Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]

20140626

Recuerdos


Relato inspirado en So I Thought de FlyLeaf

Tengo doce años y la arena, miles, y ganas de meterse entre los pliegues de mis dedos y pegarse sin remedio a las flores multicolor de mi vestidito playero. Papá tiene tantos años que no entiendo y su cigarro humea impaciente mientras mira perdido el horizonte, y el horizonte azul y más perdido, lo mira de regreso a él. Como una línea que no se termina nunca. Como los pensamientos que no terminan tampoco. Papá tiene tantos años que no entiendo y no dice nada. Nunca dice nada. Muchas veces he llegado a pensar que piensa que al sacar las palabras se le va a perder algo, algún misterio se va a develar para siempre entre nosotros. Como cuando llegué a los cinco y al despertar me dijo “feliz cumpleaños” abrazándome despacio y salió del cuarto como arrepintiéndose de las palabras. Ese fue el mejor regalo de ese año. Podría decir que fue el mejor regalo de toda mi vida. De mis escasos doce años.

No dice nada.

Mamá tiene treinta y tantos y dice mucho. Por eso la dejamos en la piscina con sus hermanas, tías, primas, amigas y todas esas mujeres que hablan tanto como ella. Como las vecinas de las tardes que platican de ventana a ventana, de balcón a balcón, contando quién sabe qué, que a mí no me interesa, porque soy un poco como papá. Me gusta guardar mis palabras. Mamá las desperdicia en argumentos inexplicables con gritos y reclamos por cosas tan tontas como si papá consume la mayor parte de sus noches en oír a Rachmaninov en la oscuridad de la casa o si transcurre su día entre papeles y más papeles amarillentos que escribe a mano y que le ha dado por llamar la novela que algún día va a publicar. Mamá gasta palabras en eso, en llamarle inútil y desperdicio, porque ya lleva quince años en la famosa novela. Muchos más años que yo. De hecho, mi vida no ha existido sin la novela.

Y papá no dice nada.

Enciende otro cigarro mirándome de reojo, tal vez para que no le reproche que fume tanto. Pero no le reprocho. No tengo palabras para eso. Para reprochar. Mamá tiene demasiadas. Papá me vuelve a ver, esta vez con una sonrisa. Una sonrisa triste. Como siempre su sonrisa. Y se acerca a dejarme una concha. Una animalejo tornasolado con forma imprecisa y lleno de arena negra en todos los rincones. Que es un regalo, dice. Un recuerdo. Tengo muchos recuerdos de él, porque siempre me regala cosas como esas y siempre dice que son recuerdos. Tengo recuerdos en hojas secas, flores, cajitas, aretes, discos. Tengo toda la colección de conciertos para piano de Rachmaninov y todas las sinfonías de Beethoven que papá me ha dado como recuerdo. También varios libros gruesos que me ha dicho que no lea todavía. Les ha puesto números. Que es la edad a la que tengo que leerlos me ha dicho. Mientras tanto los guardo en el baúl, un mueble que él mismo me regaló, un mueble viejo que fue de la abuela. De la mamá de papá que nunca conocí y que mamá no tarda en decirme que no me perdí de mucho.

Y papá sigue sin decir nada.

El sol se va escondiendo en el horizonte que ya no es tan azul, sino rojo, naranja, rosado y morado. Papá se sienta a unos pasos de mí y con una varita hace dibujos deformes en la arena que ahora ya no está tan tibia como antes. Creo que ni siquiera son dibujos. Papá nunca fue buen dibujante y la muestra son las tareas en las que siempre quiso ayudarme, con poco éxito. Supongo que es bueno con las palabras. Esas con las que llena tantas páginas todos los días. Supongo que, a veces pienso que, a veces creo que por eso no dice mucho, porque se está terminando las palabras en los papeles esos. Quince años de palabras debe ser mucho. Las estrellas comienzas a aparecer como pajaritos desnudos en el cielo. Las miramos en silencio como si no hubiese nada más que ver. Como si la línea del horizonte  no fuera esa cosa color extraño, esa línea que quiso ser roja o naranja. Mamá grita desde la casa quién sabe qué. Que es hora de cenar o algo así, me imagino. Pero seguimos allí con papá, mirando esas estrellas torpes y solitarias. Mirándolas hasta que casi es de noche.

Que tengo que irme para dentro, dice finalmente. Que va a caminar por la playa.

Que me voy a quedar allí sentada mirándolo, le contesto. Que quiero verlo hasta que desaparezca en el horizonte.

Que nunca olvide todos los recuerdos que me ha dejado, agrega.

Que ya se vaya, le contesto, mientras siento el nácar de la concha bajo mis dedos.

Lo veo irse en silencio y dramático, como un concierto número tres de Rachmaninov. A medida que avanza se va haciendo más pequeño, se va confundiendo entre las sombras. Cada vez es más difuso y pequeño. 

Y no dice nada.


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