Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]

20141014

Todavía y demasiado

Relato inspirado en Luz de Día
de los Enanitos Verdes.


Debajo del agua el mundo tiene voces que suenan de otra forma, las pláticas de los que están apenas a metros suenan tan lejanas y oscuras que pudiera abandonarse, meterse allí, quedarse flotando como infinita partícula de hidrógeno y oxígeno, mirando el cielo líquido, como materia real e impredecible.

Debajo del agua a las dos de la madrugada, los cuerpos también son lejanos, tiene formas difusas, confusas, profusas... Debajo del agua, iluminadas por la luz de la glorieta, las piernas se quiebran blanquecinas y llenas de diminutas burbujas. Burbujitas como besos de sapo o chimbolos o peces o cangrejos.

Debajo del agua ella ya no es ella y su cuerpo tampoco. Deja asomar su mirada derretida en rimmel y gotas que se cuelan entre las pestañas. Las hebras, largas y sin fin, de su pelo negro flotan con vida propia. Una estela en cámara lenta. Una vuelta que las enreda en su cuello.

Una mirada que se acerca.

– ¿Me vas a ofrecer una cerveza?–, sonríe ella, anticipándose a una de sus escenas de hace años. Cuando eran otras personas y la vida era tan simple.

– Esta vez no hay cervezas– Dice él, apartándole el pelo de la cara. –Hay una botella de champán enfriándose, si no te molesta...
– Son las dos de la madrugada, ¿quién va a tomar champán a esta hora?
– Nosotros.
– ¿Para qué? ¿Un to be continue? ¿No existe el fin? ¿Somos más grande que esto?
– Jajajaja, veo que recordás todas mis frases
– Las podría recitar, si querés...
– ¿Diez años no hicieron, aunque sea un pequeño estrago, en tu memoria impecable?
– Difícilmente. Pero no era impecable la palabra. Implacable, siempre te lo dije.

El cielo está lleno de estrellas. Neruda estaría feliz, podría escribir los versos más tristes y las voces de los otros llegan lejanas como murmullos sin sentido. Y también llega el sonido de las olas, esas pobres que se repiten hasta el cansancio, ese eco un tanto absurdo. La madrugada, enmarcando su historia entre palmeras. Siluetas de palmeras. Y ella, hundiendo su metro sesenta bajo el agua.

– Y decime, ¿tu memoria implacable recuerda la frase que me dijiste aquella otra madrugada?

Ella se ríe y se tira para atrás con todo el cuerpo, se suspende en el agua con los brazos abiertos, haciendo una cruz, mirando el cielo, la luz de la noche. Mirándolo a él, dando vueltas a su alrededor. Sonriendo con la mirada, repitiendo otra de esas escenas cursis que solían montar hace todos esos años.

– Ay, cariño, ya no estamos de esas edades y esas cosas nacían de una frescura que ya no tenemos. De seguro esa frase no tendría el mismo efecto hoy...
– Probá.
– No quiero.

(Silencio, olas y gallos cantando a lo lejos)

– Pero, ¿querés champán?
– Quiero. Pero ¿qué vas a hacer con todos esos personajes si se me ocurre incentivarte a traerme inmediatamente el champán? Dice ella, señalando con los labios a todos los amigos de la escena y que intentan no hacerse ver, como pareciendo que no se dan cuenta de nada.

– Es tu relato, tu escena, tus personajes, tu canción y tu narrador omnisciente, podrías hacerlos desaparecer ahora mismo. Si quisieras...

Hagamos que choquen nuestras copas por habernos encontrado.

Estoy cansada y absurda. Digo. Debe ser la hora y el champán. Dice. Y me mira como si nunca me hubiera visto. Como si fuera la primera vez, como solía hacerlo antes. Con esa mirada que me hacía temblar todas las emociones. Y a quién no. A mí sí. Pero ya no tenemos la frescura de aquellos años. Quién lo dijo. ¿Fui yo? Sí, debe ser el champán. Me hace olvidar. Me hace reír como la tonta que sigo siendo a pesar de los años que he perdido. ¿O ganado? A pesar de los matrimonios. Los hijos. Los tiempos. Sí, todo así en plural. Aunque solo fuera un matrimonio. Un hijo. Un tiempo. Que quiere saber cómo viví mi divorcio. Dice. Que no tengo mucho que decir. Le digo. Nada que contar. Lo conocí, me enamoré, tuve ilusiones, me casé. Uno piensa que las ilusiones y los cariños van a bastar. Uno se hace a la idea de que en el camino todo va a ir cambiando. Pero no. No cambia. Con los años y la convivencia las diferencias se hacen extremas. Un gallo canta a lo lejos. Mis dedos están aturrados y blancos de tanta agua. Un gallo vuelve a cantar a lo lejos y me da angustia. Angustia del tiempo, la hora, el amanecer que se anuncia. Angustia como si tuviera alguien a quien rendirle cuentas. Qué qué fue lo pasó. Pregunta. Con mi matrimonio. Con todas esas ilusiones. Dice. No sé si quiero ser sincera. No sé si te puedo contar esa historia. Que estoy cansada de eso. Le digo. Él me mira desde adentro de sus ojos y me ablanda. Él se enamoró de otra y eso es todo. Agrego. Por un tiempo traté de ser civilizada y entender. ¿Ves que la madurez te hace pensar que podés lidear con esas cosas? Que estás preparado para manejarlas. Quise ser madura y aceptarlo. Quedamos como amigos. Por alguna razón que hasta ahora no me explico, me volví su confidente. He visto varios casos de exes que quedan como amigos. Mejores amigos. Un hombre siempre necesita una confidente cercana. Que entienda. Me dice, vaciando la botella de champán en las copas. No es sano, ni normal. Contesto. Me metí en eso por tonta. Por querer demostrar a saber qué cosa. Pero era una tortura. Así me di cuenta de que todavía lo quería. Todavía y demasiado. Nunca supe si él era consciente de lo mucho que me dolía el amor que le tenía. A ella. El amor que me contaba con lujo de detalles. “Nunca pensaste que me ibas a ver enamorado, ¿verdad?”, me dijo una vez. ¿Te das cuenta? ¿Te das cuenta?

– Me doy cuenta. Eso te dolía, y te dolía más que pareciera que a él no le importaba. Dice él, sin champán y con el alba encima. Con el cielo pasando de negro a azul iluminado. Con los gallos cantando a lo lejos.

Necesito respirar. Le digo. Debe ser la hora y el champán. Repite. Me mira con los ojos inundados de pasado. Me mira como me hubiera visto mil años atrás. Me mira y se acerca. Me mira y me acerca. Nos besamos como si el mundo se fuera a acabar. Como si fuéramos dos náufragos aleteando y pataleando antes de morir ahogados. Empujándonos el uno al otro adentro del agua, de los labios, de las bocas, de las lenguas, de los muros, las paredes

y el silencio.

Necesito respirar y que le mundo no se acabe, le digo temblando dentro de la calzoneta negra. Que ya no puedo más con esto. Le digo. ¿Y vos qué hiciste con el amigo ex y sus confidencias? Pregunta. ¿Te borraste de su vida sin ninguna explicación, supongo? Estaba cansada. Le digo.

– ¿Cansada y absurda? Dice él, encendiendo otro cigarro.
– Todavía y demasiado. Dice ella tomándole una foto a la calle desierta y sin carros de las cinco de la mañana.

Las nubes, iluminadas a medias por el sol que no quiere amanecer, parecen como si estuvieran a punto de estallar de color. Ellos siguen caminando por el arriate mojado de la Zona Rosa. El, con la botella de vino tinto casi por terminar colgada de una mano.

– Esto es surreal, dice ella sin dejar de caminar.
– Yo sé... ¿A dónde vamos?

No sé. Le digo.

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