Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]

20140630

Todo, frágil


Decidió ya no hacerse más preguntas. Se había hecho suficientes preguntas. Cuestionaba tanto a su pasado en base a su presente y, a la vez, se preguntaba sobre su presente según su pasado. Se había agotado. Agota ver que se mezclaban, como bailando, el principio de sus veintes con la última parte. Los años, los primeros, se habían manchado. ¿Se estaban destiñendo, quizás, las manchas que habían quedado? ¿Qué pasó con las marcas de comprensión profunda y seguridad? ¿Qué son estas risas? Ya tienen arrugadas las sonrisas.

No era la primera vez que le pasaba esto de sentir que todo se perdió. O que, fragilizado por los conflictos que dibujan el final de una relación (relación que no es seria, que tomas en serio, que nunca fue, que siempre será), había que llorar. Quizás aún hay esperanzas. El miedo de que cuando se vayan a ir las lágrimas se va a ir todo. ¿Cómo dejar ir voluntariamente todo lo que nunca antes te había pasado? Como se habían mezclado ciudades con gustos con deseos y con virtudes. Como habían nacido chistes y escalofríos y ganas de más. Fragilizado todo por cómo no tenía que pasar más, no daba para más lo que parece haber sido un vínculo y unos círculos de entendimiento y emociones recíprocas.

El problema era, después, que ya le había pasado antes esto de sentir que todo se perdió. Habían, desde entonces, ya pasado varios suspiros y respiraciones y proyecciones que la sacaban de allí. Dejarte llorar o dejar de llorar, no había diferencia. Prolongar el dolor o ver para adelante, no hay diferencia pues igual no cambian el hecho de que lo hecho hecho está. Y viene el aliado de sobre-pensar las cosas, ese amigo con el que se complementan el exceso de preguntas: el tiempo ayuda a ver las cosas cómo eran y tomarlas por lo que son. Ajá, sí; eso: sea lo que haya sido, fue y será el recuerdo de que en su momento eso hizo sentido. Así como hizo sentido la amistad que llegó a su fecha límite, o esa relación estrecha con la discografía de Madonna, o la obsesión-expertise con Almodóvar. Los primeros años de tus veintes hacen sentido, hasta que ya no. Hacen que agarremos fuerza y criterio y reafirman las ganas y las pasiones, o no. Hacen que nos hagamos preguntas y no sigamos tan ciegamente, tan felizmente, tan incómodamente.

El problema era que se le olvidaba, como amnesia parcial, como borrón de tape de una noche de copas… Es decir, recordamos vívidamente lo que aprendemos. Qué hacer, qué evitar, con nuestros ojos nuevos, cada año más viejos en el amor y el odio, que ven la imagen grande, la realidad como sustituto de la influencia de la pantalla grande. Hay matices, las cosas no son tan simples y tu paladar no es insensible a la incompatibilidad ni a los conflictos que fragilizan ese estado que alcanzás, que no querés perder. Recordamos lo que aprendemos, algo que nos hace olvidar cómo lo aprendemos. Olvidamos que debemos de ir probando, jugando, viviendo, cayéndonos. Así, cayéndose, levantándose para aprender más, con la seguridad de que no pueden durar los amoríos ni con los miedos ni con la comodidad.

("So I thought" - Flyleaf)

#nueserioestecementerio


Luego de un obsesivo debate conmigo misma que ha durado más de dos semanas, finalmente he llegado a elegir una canción para recomendar.

Esta vez buscaba alejarme de las canciones de amor, decepción o melancólicas. Quería que fuera una canción feliz. Por un momento estaba por recomendar una clásica (la Danza Húngara No. 5 de Brahms), luego iba una de Chumbawamba, pasé por Imagine Dragons, American Authors. 

Luego se volvió más difícil la búsqueda porque se me ocurrió que debía ser cantada por una mujer. Y por allí pasó Pink, mi ídola Carly Simon, Annie Lenox, Los Aterciopelados, Bebe, Pastora, y así... Pero al final, los temas siempre eran los mismos: amor, desamor, decepciones...

Cuando estaba a punto de tirar la toalla, apareció Mecano en el espectro musical. Les diré que no soy muy fan de su música de los 80's, si hubieran tenido que oír Cruz de Navajas por días y días en la radio me entenderían. Pero, sí diré que tiene muy buenas canciones, mucho más maduras, al final de su carrera como grupo; Ai-Dalai es una hermosura de disco, incomparable. Si no lo han oído completo, se los recomiendo. Tú, El Fallo Positivo, Naturaleza Muerta y El Uno, El Dos y El Tres, son mis favoritas.

En fin, que buscando algo divertido para esta ocasión, llegué a No Es Serio Este Cementerio, de su disco Entre El Cielo y La Tierra de 1986. 

No se necesita más presentación para la canción. Espero que nos divirtamos escribiendo. 




20140626

Recuerdos


Relato inspirado en So I Thought de FlyLeaf

Tengo doce años y la arena, miles, y ganas de meterse entre los pliegues de mis dedos y pegarse sin remedio a las flores multicolor de mi vestidito playero. Papá tiene tantos años que no entiendo y su cigarro humea impaciente mientras mira perdido el horizonte, y el horizonte azul y más perdido, lo mira de regreso a él. Como una línea que no se termina nunca. Como los pensamientos que no terminan tampoco. Papá tiene tantos años que no entiendo y no dice nada. Nunca dice nada. Muchas veces he llegado a pensar que piensa que al sacar las palabras se le va a perder algo, algún misterio se va a develar para siempre entre nosotros. Como cuando llegué a los cinco y al despertar me dijo “feliz cumpleaños” abrazándome despacio y salió del cuarto como arrepintiéndose de las palabras. Ese fue el mejor regalo de ese año. Podría decir que fue el mejor regalo de toda mi vida. De mis escasos doce años.

No dice nada.

Mamá tiene treinta y tantos y dice mucho. Por eso la dejamos en la piscina con sus hermanas, tías, primas, amigas y todas esas mujeres que hablan tanto como ella. Como las vecinas de las tardes que platican de ventana a ventana, de balcón a balcón, contando quién sabe qué, que a mí no me interesa, porque soy un poco como papá. Me gusta guardar mis palabras. Mamá las desperdicia en argumentos inexplicables con gritos y reclamos por cosas tan tontas como si papá consume la mayor parte de sus noches en oír a Rachmaninov en la oscuridad de la casa o si transcurre su día entre papeles y más papeles amarillentos que escribe a mano y que le ha dado por llamar la novela que algún día va a publicar. Mamá gasta palabras en eso, en llamarle inútil y desperdicio, porque ya lleva quince años en la famosa novela. Muchos más años que yo. De hecho, mi vida no ha existido sin la novela.

Y papá no dice nada.

Enciende otro cigarro mirándome de reojo, tal vez para que no le reproche que fume tanto. Pero no le reprocho. No tengo palabras para eso. Para reprochar. Mamá tiene demasiadas. Papá me vuelve a ver, esta vez con una sonrisa. Una sonrisa triste. Como siempre su sonrisa. Y se acerca a dejarme una concha. Una animalejo tornasolado con forma imprecisa y lleno de arena negra en todos los rincones. Que es un regalo, dice. Un recuerdo. Tengo muchos recuerdos de él, porque siempre me regala cosas como esas y siempre dice que son recuerdos. Tengo recuerdos en hojas secas, flores, cajitas, aretes, discos. Tengo toda la colección de conciertos para piano de Rachmaninov y todas las sinfonías de Beethoven que papá me ha dado como recuerdo. También varios libros gruesos que me ha dicho que no lea todavía. Les ha puesto números. Que es la edad a la que tengo que leerlos me ha dicho. Mientras tanto los guardo en el baúl, un mueble que él mismo me regaló, un mueble viejo que fue de la abuela. De la mamá de papá que nunca conocí y que mamá no tarda en decirme que no me perdí de mucho.

Y papá sigue sin decir nada.

El sol se va escondiendo en el horizonte que ya no es tan azul, sino rojo, naranja, rosado y morado. Papá se sienta a unos pasos de mí y con una varita hace dibujos deformes en la arena que ahora ya no está tan tibia como antes. Creo que ni siquiera son dibujos. Papá nunca fue buen dibujante y la muestra son las tareas en las que siempre quiso ayudarme, con poco éxito. Supongo que es bueno con las palabras. Esas con las que llena tantas páginas todos los días. Supongo que, a veces pienso que, a veces creo que por eso no dice mucho, porque se está terminando las palabras en los papeles esos. Quince años de palabras debe ser mucho. Las estrellas comienzas a aparecer como pajaritos desnudos en el cielo. Las miramos en silencio como si no hubiese nada más que ver. Como si la línea del horizonte  no fuera esa cosa color extraño, esa línea que quiso ser roja o naranja. Mamá grita desde la casa quién sabe qué. Que es hora de cenar o algo así, me imagino. Pero seguimos allí con papá, mirando esas estrellas torpes y solitarias. Mirándolas hasta que casi es de noche.

Que tengo que irme para dentro, dice finalmente. Que va a caminar por la playa.

Que me voy a quedar allí sentada mirándolo, le contesto. Que quiero verlo hasta que desaparezca en el horizonte.

Que nunca olvide todos los recuerdos que me ha dejado, agrega.

Que ya se vaya, le contesto, mientras siento el nácar de la concha bajo mis dedos.

Lo veo irse en silencio y dramático, como un concierto número tres de Rachmaninov. A medida que avanza se va haciendo más pequeño, se va confundiendo entre las sombras. Cada vez es más difuso y pequeño. 

Y no dice nada.


"So I Thought" - Flyleaf

          Entonces espero. Me siento afuera de cada puerta verde en la calle a esperar, a escuchar las conversaciones de los transeúntes, a ver como la vida se va en palabras y palabras que nadie nunca recuerda porque nacen en la trivialidad. Me siento con las piernas recogidas y las manos dentro de los bolsillos porque el frío comienza a calar.

          Y escucho. Escucho con los ojos cerrados imaginando el sonido de tus pasos, esos que nunca he escuchado pero que algún día llegarán como promesas sin fecha.

          Como quien tiene la vida por delante, con paciencia de esa que sólo los santos conocen, espero a que la lluvia, el frío o los perros sin dueño me espanten esta maldita gana de esperar.  ¿Por qué el espacio, aunque vacío, siempre está lleno de ilusiones? ¿Por qué es juego de niños creer?

          Calle tras calle y día tras día la ciudad cada vez se me hace más pequeña: ya no me quedan suficientes calles; ;os perros, transeúntes y vecinos me conocen ya. Me he sentado en cada puerta a esperar y tras cada espera una historia y dos cervezas, cinco cervezas y mil historias más, sin un final real. Todos los hombres somos iguales: buscamos sin encontrar pasos que nunca vienen y siempre van.


NGB.DA20140519

20140623

El Museo

El Museo
(Relato inspirado en "So I thought" de Flyleaf)


Se tiene miedo cuando se está en desacuerdo consigo mismo.
- Demian, Herman Hesse.


Tocó a la puerta de vidrio. Estaba impecable y sin embargo, tenía un leve olor a óxido que le revolvió el estómago. La recibió una anciana de pelo blanco, vestida de negro y con una radiante sonrisa.


- Bienvenida, hija. Sabía que vendrías.
- No sé si estoy en el lugar correcto.
- Claro, no todos lo saben. El Museo recibe a todos por igual. ¿Traes algo para mí?
- ¿Es para usted? Me dijeron que si lo dejaba acá, mi memoria sanaría y mis recuerdos verdaderos regresarían. Que podría ser yo misma otra vez.
- Eso no lo puedo garantizar, hija. Eso depende de tí.
- ¿Hay algo que pueda hacer para acelerar el proceso? ¿Papeleo, permisos? No creo que debería ser complicado.
- No. Pero antes debes estar segura de lo que vas a hacer.
- Lo estoy. No tengo dudas.
- Me imagino, hija. Pero es parte de mi deber darte un recorrido antes. Debo asegurarme que sabes lo que estás haciendo. No todos están dispuestos a pagr el precio por limpiar sus recuerdos. La nostalgia es una amiga traicionera, pero una amiga al fin y al cabo. No todos quieren dejarla.
- Haga lo que tenga que hacer. Sé que no cambiaré de opinión.
- Como tú digas, hija.


Pasaron por el salón primero de la exhibición. La primera urna de vidrio tenía un zapato algo, esbelto, hermoso y de charol rojo.

- ¿Y esto qué es? ¿Por qué está aquí?
- Lo dejó una mujer que fue engañada por otra. Dejó esto porque era de esa 'otra'.
- Qué estupidez. Páseme a la siguiente y las que sean, terminemos esto ya.
- Como digas.


La segunda urna tenía una copa rota. Estaba sucia, empañada.
- ¿Y ahora?
- Esta la dejó un joven. Su padre era alcohólico. Esto lo dejó porque fue la que le tiró a la cara el día que decidió no volverle a hablar nunca.
- Bueno, quizás lo merecía. Los borrachos no son dignos de lástima.
- Todos merecemos una lágrima por nosotros, hija.
- No, no lo creo. Vamos a la siguiente.
- Muy bien.


La tercera urna tenía un hacha. Vieja, desgastada, oxidada. Parecía haber sido usada muchísimas veces.
- ¿Qué historia sangrienta tiene ésta? ¿Por qué un hacha?
- No es lo que parece, hija. Esta hacha fue usada por un hombre para cortar leña... de muebles.
- ¿Cómo? ¿Deshizo su sala?
- No. Deshizo todos los regalos de su esposa cuando ella desapareció. Nunca volvió a saber de ella. Dicen que hasta la fecha nadie sabe qué le pasó. El hombre estaba tan dolido que hizo pedazos cada mueble en el que ella se había sentado. Luego sacó todo a una pira en el jardín y le dio fuego.
- ¿Qué? Esto ya no me está gustando. Yo no estoy loca, yo sólo vine a dejar esto y ya.
- No todos reaccionamos igual al abandono y la pérdida. Ese hombre escogió una vía extrema, pero válida.
- Estaba loco. No es para tanto.
- No se sabe nunca, hija.
- Sigamos, ya no quiero estar aquí.
- Sígueme. Ya sólo quedan dos.


La cuarta urna tenía una llave de metal antigua. Era realmente encantadora. Tenía  incrustaciones de piedras preciosas, relieves de hojas y parras plateadas con una forma inusual.

- Esto no parece tétrico. Esta llave es hermosa.
- Sí, hija. La dejó una mujer que vivió sola toda su vida.
- ¿Y entonces? ¿Cuál es la historia?
- Quien se la dio nunca quiso estar con ella. La llenaba de regalos, dicen que la adoraba pero no quiso casarse con ella ni darle hijos. Sólo la visitaba y le llevaba pequeños regalos.
- ¿Y cuál es el problema? Nadie está obligado a casarse con nadie.
- El hombre murió después de un año de una enfermedad incurable y contagiosa. No quiso estar con ella para que ella no llorara su pérdida. La llave fue el último regalo que recibió esa mujer y la vino a dejar aquí porque no quería continuar con  "esa herida abierta", como dijo.
- No veo el problema. Debería de alegrarse que la quisieran alguna vez.
- Ese fue el problema, hija. Ella no siente que nadie volverá a quererla igual. No quería recordar para poder continuar. Pero la mente es impredecible. Sus recuerdos volvieron y ahora sigue tan sola como antes, sin querer que nadie se le acerque.
- Qué terrible, pero tenía muchos buenos recuerdos de él. No tendría que haberlo olvidado.
- Ahora que lo sabes... ¿Quieres continuar?
- Sí. Ahora más que nunca. Lo mío es diferente.
- Muy bien. Hemos llegado a la última urna. Esta es la tuya.
- Sí, veo que está vacía. El Museo podrá tener esto.
- Dame el paquete y ábrelo, hija.


Sacó un objeto enrollado en papel de seda y lo puso en las manos de la anciana. Era un cuaderno.

- Este es un cuaderno, vengo a dejarlo para siempre. Quiero que mis recuerdos falsos se vayan. Quiero ser quien era, no la que soy ahora. No quiero seguir engañada.
- Entrégame tu historia, hija.

La anciana abrió el cuaderno. Estaba lleno de dibujos de hadas, de príncipes, de castillos y armaduras, de flores y unicornios.


- Estos son mis recuerdos falsos. Cosas que no existen. Quiero que se vayan.
- Parece que fuiste muy feliz, hija. No dejaste una esquina sin ilustrar.
- Pero todo era falso, cosas que no existen. No los quiero. Quiero que queden en el Museo para que otros sepan que no existen, que no cometan el mismo error que yo cometí.
- ¿A quién quieres olvidar?
- A la que era hace diez años. No puedo seguir así.


Sus ojos se humedecieron. Comenzó a sollozar y ahogó un suspiro.


- Hija, veo tus dudas. Es tu última oportunidad. Decide si quieres dejarlo, eres libre de llevártelo si quieres. Una vez lo dejes, tus recuerdos vinculados a este cuaderno se borrarán. Y cambiarás. Piénsalo bien.


El suspiro se convirtió entonces en un lamento. Extendió su mano y lo tomó de regreso. La anciana la tomó en sus brazos y la consoló con un abrazo.

20140619

Creo que hemos llegado

Abrió los ojos y no le pareció que estuviera demasiado bien. Vio su mano y recordó que estaba en un hospital al ver el fino tubo que se insertaba en la piel. No podía pensar muy bien. El dolor siempre había sido una dimensión demasiado conocida para ella. Desde siempre. 

Intentó respirar profundo, le dolió el pecho cuando el aire entró. Tenía frío, la bata de manta rústica con el logo del ISSS no le daba el calor que necesitaba. Sintió cómo temblaba todo su cuerpo. ¿Cuánto tiempo tenía de estar en aquella cama? No lograba recordar. Lo último que recordaba era que llegó a consultar porque aquella gripe se había salido de proporciones. Luego de muchas horas de espera al fin había entrado en una de las pequeñas habitaciones para que una doctora, pasada en años y libras, le dijera.... "acuéstese"... cuando la vio entrar con dificultad. Luego nada.

La nada es un espacio-tiempo muy raro. Es como flotar a la deriva. 

Se acercó un enfermero, moreno, grueso, pelo crespo y negro. La vio con un poco de compasión, pero no le dijo nada, solo le tocó la frente, notó el constante temblor en su cuerpo y cómo se abrazaba a sí misma, se fue y regresó con una frazada gruesa y se la puso encima. "Tome agua" le dijo, mientras le destapaba una botella, "tiene mucha fiebre todavía". Con dificultad pudo arrecostarse y sintió llegar el agua a su boca, era como intentar apagar un incendio con un guacalito de agua. Sin embargo había un dejo de alivio esperanzador al pasar el líquido por su garganta, pudo sentir todo el recorrido hasta que el agua llegó a su estómago. "Alivio" pensó. Cerró los ojos de nuevo, el dolor de cabeza era demasiado intenso. 

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- ¿Vos crees que te vas a morir joven?
- No sé... creo que ya no estoy tan joven
- jejejeje - se ríe recordando que pronto ella cumplirá 40 años.
- Digo... morirme joven hubiera sido antes de los 30. De todos modos eso no me aturde. Uno se muere y ya.
- Creo que nos hemos ido atrasando en algunas cosas.
- ¿Por qué decis?
- Creí, cuando te encontré, que ya tenías hijos, casa y estabas casada.
- mmmm... eso de atrasarse en esas cosas es relativo, además, creí que esas "cosas" no eran una preocupación para nosotras.
- Bueno, a los 15 no, pero ya vas pateando los 40.
- Hemos hecho otras cosas, igual importantes y lindas - le dijo a la chica que era hace 21 años. 
- ¿Cómo cuales?
- Hemos viajado, hemos conocido gente y la hemos querido y hemos aprendido a des-quererlas, hemos estudiado y leído mucho.
- Si me lo preguntas ahorita no le veo lo grandioso... 
- No te quejes, hemos sido felices - su ella de 15 años la veía un poco incrédula y con un poco de lástima. 
- ¿Nos han amado?
- Si
- ¿En serio? y entonces por qué no nos casamos.
- Porque casarse no es imprescindible para amar.
- ¿Nunca quisimos hijos?
- A veces, pero no podía ponerme a parir a lo loco.
- Pero estamos solas ahora... nadie viene a vernos.
- Si vienen, además nos llaman por teléfono.
- Enseña ese bolado, en 1992 no habían de estos - dijo la chica tomando el celular entre sus manos, como si se tratara de un delicado animalito.
- Vamos a tener uno hasta el 2000 - dijo la actual, mientras se acomodaba la almohada.
- ¿Cuánto llevas acá? 
- No sé, ni sé qué día es...
- 7 de junio dice aquí - dice la cipota, viendo la fecha en la pantalla del celular.

En aquel momento el celular empieza a vibrar y la "ella" joven se asusta y se lo pasa a la "ella" adulta. Qué gracia le hace a esta ver los ojos asustados de su juventud a algo que se ha hecho tan cotidiando con el paso del tiempo.

- Aló?... Hola... si... mejor, creo... no... creo que vendrán al mediodía,... no, no te preocupes. Vaya... nos vemos.

Ella cuelga.

- ¿Con quién hablaste?
- Era Miguel.
- ¿Quién?
- Mi pareja.
- Ah... tu novio!
- A esta edad una no tiene novios, niña... tiene parejas. Es algo que vas a descubrir en un tiempo.
- Y él como es? ¿estamos enamoradas de él? ¿viven juntos?
- Preguntas mucho niña.
- Ve, chis! es mi vida, quiero saber.
- No creo que sea buena idea darte tantos detalles... es bueno tener cosas con las que te podas sorprender. 
- ¡Contame, no seas así!
- Quiero dormir, no me siento bien.
- Y si le pregunto al enfermero cuándo nos van a dar el alta?
- No te va a decir. 
- ¿Qué apostamos?
- Nada.
- Me he vuelto algo aburrida... 
- Siempre hemos sido aburridas, no te hagas...

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El enfermero se acercó al ver la mujer murmuraba, supuso que estaría delirando. Era la tercera vez que el doctor le cambiaba el antibiótico porque no parecía que la enfermedad quisiera ceder. Neumonía, decía en el cuadro metálico que contenía un legajo de páginas entre resultados de exámenes, indicaciones y garabatos.

Puso su mano sobre ella y confirmó la fiebre... regresó a la estación de enfermería para tomar un termómetro y poder ver la temperatura exacta. 

Ella abrió los ojos cuando sintió la mano gruesa y pesada del enfermero tocarle el brazo para ponerle el termómetro en la axila. No sabía qué le dolía más. Sintió la boca seca y vio la botella de agua que estaba en la mesa al lado de la cama. El enfermero entendió y tomó la botella y se la acercó a los labios. Fue un solo y corto trago de agua.

- Debería tomar más agua - dijo el enfermero.

Ella solo le respondió con una mirada que decía "ahora no". El cerró la botella y la puso de nuevo sobre la mesa. Sacó el termómetro de la axila de ella y vio... 40 grados... sin decir nada se fue y regresó con una compresa húmeda y se la puso sobre la frente. Se quedó unos segundos a su lado y regresó a su estación. 

- Creo que se va a morir - dijo el enfermero a una mujer que también estaba de turno con él.
- Todos nos morimos - contestó ella sin levantar la mirada de los papeles que estaba leyendo.
- Lo sé, pero ella pronto.
- Igual, no es que no hayas visto a alguien morirse antes.
- No, claro que he visto. 

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- Karla, despertá - dijo la joven.
- ¿Qué queres? - contestó la Karla adulta sin abrir los ojos.
- Creo que hemos llegado...

20140616

Sin orilla

Era una buena mañana. Encontró el anillo que llevaba mucho tiempo perdido.

Por más de cinco años le llovían recuerdos esporádicos de ese círculo de plata que había perdido y le daban ganas de gritar por ello. Ahogaba su frustración en un par de suspiros, volvía a revisar los mismos lugares de siempre, revolvía sus viejos joyeros y nada... ni rastros del anillo. Olvidaba el asunto por un tiempo, luego aparecía la lluvia de recuerdos y repetía la búsqueda con los mismos resultados.

No era un anillo cualquiera. Aunque la diferencia estuviera en ella.

Le gusta acordarse del círculo perfecto que era, con una planicie leve que le hacía parecer sin orilla. recordaba que él jugaba con el anillo en su dedo meñique porque solo ahí le cabía en esa mano gigantesca y señalando el mar decía: "este anillo me gusta porque no tiene orilla, igual que toda esa agua".

Cuando se lo regaló a ella -a quien sí le cabía en el dedo anular- le dijo que recordara que lo suyo tampoco tenía orilla.

Era muy común verla con el anillo fuera de su dedo y dándole vuelta entre las manos para sentir su delgadez. Era plata 925 y de color bastante opaco por el uso, con una pequeña imperfección en su interior gracias a un golpe. Lo giraba hacia un lado, hacia el otro, lo hacía girar sobre la mesa, lo probaba en otros dedos solo para sentir el placer de terminar en el anular de siempre. Donde él lo dejó.

Esa mañana que salió de la ducha y limpiaba el espejo del vapor, abrió el joyero de siempre y ahí estaba. Como si nada. Como si no hubiera pasado el tiempo. Viéndola con su imperfección. Ella le clavó la mirada casi desafiante; pero con una sonrisa de complicidad. Al fin y al cabo, eso habían sido con su dueño: cómplices.

En lugar de tomarlo, lo saludó de lejos, con la toalla medio puesta y las manos en la cintura, como cuando una madre regaña a un hijo; pero sin dejar de reírse por la travesura:

-"¿Dónde has estado?", fue todo lo que se le ocurrió decir pensando en que le gustaría preguntarle lo mismo al antiguo dueño.

Cerró el joyero, se vistió y fue a su trabajo con el anillo girando entre sus manos... en su mente.

Al regresar, subió a buscar si todavía estaba ahí. Si era posible que el anillo desapareciera y regresara a su antojo, perfectamente podía volver a pasar. Abrió la tapa y ahí estaba, esperándola. Se lo puso en el mismo anular y le seguía quedando perfecto.

Esa noche soñó con él. Le pareció extraño ya que no había ocurrido eso en un buen tiempo. Durante el día se sentía fatigada y con un peso exagerado sobre sus hombros. Sin ánimo de nada.

Los días siguientes ocurrió lo mismo. Cansancio extremo, sueños recurrentes, pesadez en los párpados, caminar lento y extraños dèjá vu de su vida juntos.

Pensó desde cuándo estaba teniendo de nuevo el mismo insomnio y cuando lograba dormir unos minutos, el mismo sueño que tuvo hace muchos años.

El día que no se ponía el anillo, andaba con presión en el pecho como si algo le faltara. Como si tuviera un mal presentimiento sin que nada pasara. Y aunque se lo quitaba para dormir y ducharse, el peso de los recuerdos era cada vez mayor.

Todo coincidía. Aunque no le contó a nadie ni se atrevía a decirlo en voz alta. Era delirante la idea que un anillo de plata provocara una avalancha de sucesos emocionales y hasta físicos. Una locura.

Pensó en mandarlo de regreso con su antiguo dueño -sin dar mayor explicación-; pero le pareció mucho trabajo conseguir con sus antiguas amistades la dirección y el código país para envío de correspondencia, así que la solución inmediata era guardarlo en una caja bajo llave, dentro de la primera gaveta del tocador y hacer de cuenta que nunca más lo encontró.








20140612

¿Por qué "So I thought" de Flyleaf?





"...  el mundo infantil se resquebraja y se derrumba lentamente, cuando todo lo que amamos nos abandona y, de pronto, sentimos la soledad y la frialdad mortal del universo que nos rodea. Muchos se estrellan para siempre en este escollo y permanecen toda su vida apegados dolorosamente a un pasado irrecuperable, al sueño del paraíso perdido, que es el peor y más nefasto de todos los sueños."
 ~ Demian, Herman Hesse.



Me costó decidirme. Después de escribir nueve canciones diferentes en papel, escogí tres al azar y el último tenía justo ésta, una canción muy mía.

Esta canción está vinculada a una etapa de mi vida en la que me tocó dejar para siempre muchas ilusiones y enfrentar la adultez. Duele crecer y madurar por las despedidas: me despedí de mi ingenuidad y dejé de ver la vida en color rosa para verla tal como era. Lo que yo pensaba no era lo que de verdad era. Descubrí esta canción de Flyleaf por casualidad y encajó con lo que sentía en ese momento. Cada vez que la oigo, sé que tomé el camino correcto.


20140603

Algunas cosas sí las permitió

Nunca dejó de ser inocente, impalpable, platónico. El permitió que le escaparan algunas cosas de las manos y alguna otra mirada pícara, pero no pasó nada. ¿Qué tenía ella? El reía con ella cuando ella se reía se sí misma, y le contestaba lo que él exponía en su clase, y de repente él tenía ganas de contarle todo sobre lo que él había filmado y creado cuando él estudiaba en el extranjero... pero, ¿porqué? Esta vez no tenía nada que ver con lo físico, con el cuerpecito ni con su rostro, aunque quizás sí con esa sonrisa. Ella era joven, 22 años los separaban, mas no dejaban de existir los puentes y los diálogos, poco a poco. Él era el profesor que seguramente al principio ella detestó por lo abstracto de su cátedra. Cada quien tiene distinta formación de docencia. Con el ciclo, la cátedra se fue y él se ocupó con otros estudiantes, otras carreras, otros cursos, otros proyectos de su carrera. Ya fue afuera del salón y afuera del campus que estaban uno frente al otro fumando un cigarro, ella fumaba Marlboro Rojos y él esa noche tenía ganas de uno; no, no es mucho más alto que ella, no cuando ella anda en tacones. Obviamente, había que hablar de qué pensaban de la película, pero en realidad ambos querían contarse qué pensaban de la gente que piensa que sabe de películas, porque así se iban entretejiendo ideas mundanas a medida crecían las ganas de contarse más. Pero, cada quien se fue a su casa, y no hablaron más; hasta que un mensaje interrumpió la preparación de clases, esas nuevas clases que él tenía que dar un sábado, esas que hacen que el no tome los viernes... Y el mensaje terminó en series de largas conversaciones. Ella, aparentemente, hervía los calamares antes de echarlos a la parrilla con perejil y 3 dientes de ajo, según sus recuerdos de España e Italia. Pero antes, hablaron de estética y cultura y calles y murales y fotografía e ideas, cosas puntuales manchadas tanto por la subjetividad de él como la de ella. Hacía ratos, ya, que no le pasaba, a ninguno de los dos. Una sentada que te deja con suspiros, con preguntas, con deseo, pero hasta allí; una de tantas de las veces que no podían dejar de hablar. Como la vez que le dijo que pasara adelante, y vieron su colección de cassettes y de discos, aquella pared llena de cassettes con la letra de él. Pink Floyd, David Bowie, Velvet Underground, The Clash, The Ramones, Sex Pistols, Pearl Jam, Smashing Pumpkins, Candlebox... Los cassettes tenían la letra de él y los vinilos, portadas y artes de esa época. Esas épocas que no comparten, que los separan, la diferencia de edad en la que habitan mayores diferencias. Ella no sabe de matrimonios fallidos, de la guerra civil, de su hijo, de la autodestrucción de los 90's, de los conflictos entre los planes y las oportunidades, de la disciplina que requiere hacer lo que más te gusta... No sabe que a pesar de alinearse cuando se cuentan cosas y se imaginan otras, ella cede de lo que tiene por delante, empapándose de lo ventaja que él tiene. Un poco más, y ella va a perder todo lo que tiene que aprender, porque él puede manchar ese lienzo en blanco. Hay algo de niña en ella que no desaparece entre las capas de comunicación, y él no puede ser el que venga a cambiarla. El permitió que se le escaparan algunas cosas de las manos, que se acabaran algunas botellas de vino, que compartieran música, que cenaran juntos, que se subiera a su carro, que se creara una complicidad con chistes y se llevara ella muchas historias... pero no permitió más. Lo dejó atrás, se quitó del camino.