Salió de su trabajo caminando mientras pensaba en llegar a casa para hacer la comida. Llegó a la esquina revisando su cartera porque era costumbre que siempre dejaba algo olvidado en su cubículo. Metió mano en todas las bolsas: llaves, pintalabios, un billete enrollado y escondido por seguridad, una tarjeta de presentación de aquel tipo de corbata elegante que la entrevistó para el último trabajo al que aplicó, unas monedas, varios dulces y una foto. La sacó pensando que era de ella; pero era la primera foto que tomó a su hijo cuando entró al kinder. Sonrió.
Cruzó la calle para esperar el transporte público del otro lado y recordó los buses de aquel país al que llegó por esa oportunidad de trabajo que terminó muy mal.
Recordó el placer del transporte moderno, decente y hasta con aire acondicionado. Las paradas de buses identificadas por números, letras y colores. Cada una con un mapa interactivo donde resaltaba la ruta de esa unidad en particular. "Nunca me perdí" -pensó mientras contaba las monedas en la mano para no perder tiempo. Los buses de esa nación eran todos brillantes, como nuevos. Todos con una voz electrónica interna donde van anunciando las siguientes estaciones y hasta piden disculpas si se atrasan tres minutos.
Contaba monedas a la orilla de la calle y sonreía viendo la foto de su hijo cuando llegó el bus. Una lata destrozada por el óxido, con una sola puerta imposible de cerrar, vomitando gente por las ventanas, inundando su nariz con humo negro y apenas frenando a dos metros de la cuneta. Como pudo, logró subir de dos zancadas y se sentó junto a una ventana que intentó abrir y solo logró herirse con una lámina suelta.
Pensó que el día finalizaba tal y como inició: fatal.
Decidió cerrar los ojos e imaginar los dos bracitos que la esperaban en casa. Pero su mente no estaba del todo convencida. Su realidad se mezclaba con el recuerdo de ese viaje que tuvo que haber sido solo de ida. No recordaba en qué momento tomó la decisión de hacer caso a su billete de avión para volver en la fecha que indicaba. No estaba segura si fue miedo, nostalgia o simple falta de carácter el tomar una decisión espontánea, contracorriente, loca... como siempre se sintió.
Tapaba un pensamiento con otro. Acumulaba capas y capas de razones hasta hacer un gran muro que derrumbaba con la carita de su hijo y luego volvía a construir una y otra vez para tratar de encontrar una explicación a la vida en pausa que llevaba. A la avalancha de cambios repentinos que aún no lograba entender.
Haber viajado le había abierto los ojos al mundo que siempre quiso conocer, que logró tener entre sus manos y por no saber tomar decisiones, había perdido en un segundo. Ese mundo lejano que siempre sintió que merecía. Salir de aquel hotel maravilloso camino al aeropuerto para su viaje de regreso había sido como el caminar de un condenado a muerte, sacado de su celda amarrado de pies y manos y llevado directo a un final donde dejaría de respirar. Así regresó.
Se tocaba el vientre una y otra vez para estar segura que algo se movía dentro y era suficiente razón para no decir nada y simplemente volver a casa, donde todo sería menos difícil. No estaba segura de poder ella sola con lo que venía. No estaba segura de querer que ese futuro creciera con etiquetas tan duras y lejos de sus abuelos. "Las de aquí son más llevaderas" - se dijo a sí misma para aliviar sus dudas por un segundo más.
- "Mami, mami!"
- "Hola mi amor!. Mirá, te traje de los dulces que te gustan"
- "¿Los de chocolate?, ¡Dame, dame!"
Cuando la música se convierte en inspiración
Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.
Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?
[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20140516
20140409
Frutas y flores
439, 440, 441, 442... Llevaba caminando cuarenta días. Y quien lo veía de lejos, pensaba por un segundo que su semblante era bíblico: andrajoso, con el cabello largo, sucio y enredado, descalzo, dos harapos cubriendo las partes que podían, amarrados con un trozo de cordel hecho de nudos y recitando salmos.
También llevaba su garganta hecha de nudos. Se sostenía con los pies sujetos a las posibilidades de seguir; pero algo debía cambiar. No podía continuar el mismo camino y bajo las mismas circunstancias.
- "Alguien dijo que para obtener resultados diferentes, había que hacer las cosas diferentes" -pensaba mientras contaba los pasos de cada pie- "765, 766, 767...¿Quién fue el que dijo eso?, ah! no importa, de seguro no estaba tan loco como yo, 768, 769, 770...".
Avanzó hasta llegar a una esquina donde el semáforo siempre está arruinado. Los chicos que limpian los parabrisas a los autos que hacen alto, suelen arruinar la caja automática para ser ellos quienes den vía y lograr un par de monedas más. se sentó sobre un muro bajo que separa el parque sin árboles del Hospital Central. Se movió con las manos para sentarse bajo la poca sombra que da un poste de tendido eléctrico sobre el muro y observó:
- 7 niños con la ropa sucia igual que la suya
- 3 perros. 1 cojeando de la pata derecha trasera
- 1 ambulancia en contrasentido con la luz roja girando y haciendo un ruido infernal
- 2 policías de la militar viendo a una anciana tratando de cruzar y sin ayudarla
- 2 pies con sandalias. Los suyos; pero sin saberlo
- 1 bolsa con fruta a la que abrazaba con dos brazos que no sabía de dónde salían
Cuando el poste de tendido eléctrico dejó de darle sobra por el ángulo del sol, saltó del muro y se internó en el bosque inexistente. No lograba recordar si los árboles desaparecieron antes o después de ese último trago de aguardiente.
Identificó el camino de piedras que habían creado para rodear los columpios de los niños en el parque y decidió seguirlo. Cerraba los ojos para seguir contando los pasos de cada pie: "987, 988, 989, 990..." y para que su cerebro le ayudara a crear árboles, los que extrañaba de la infancia, brisa, risas, el rostro de la niña del instituto que se casó con otro, cuatro meses después que le gritara borracho por primera y última vez. Rostro que confundía con el de su madre arrullándolo muchos años atrás al caer de un árbol para conseguir la fruta que ahora roba y almacena en esa bolsa que abraza. 991, 992, 993, 994...
Alguien le avisó que al seguir el camino de piedra del área de niños en el parque ele hacía caminar el círculos. Veía al guardia de la zona hablarle; pero no escuchaba sonidos, estaba ocupado oyendo la voz de su padre repetirle que era un fracasado y la niña del instituto diciendo "me caso con Rodrigo, no te quiero volver a ver". El guardia entendió que le hablaba a una pared y tuvo la compasión suficiente para dejarlo caminar en círculos sin avisarle a los policías militares de la esquina. "Quien no está en este mundo, no puede ser peligroso", pensó guardando su escopeta.
La noche lo encontró sentado en el columpio quebrado. Estar colgando de lado le daba la sensación de tener a su madre cubriéndole la espalda de nuevo mientras le sobaba las manos y la cabeza. El otro guardia de turno le ofreció agua y que por favor se retirara del parque o llamaría a servicio social para que lo llevaran a un hospicio o al hospital psiquiátrico, que estaba a la vuelta del Hospital Central.
Sin soltar su bolsa de frutas, le dijo "mamá no te vayás, 995, 996, 997...". El guardia lo observó en silencio intentando decidir qué problema tenía. Por radio de onda corta llamó a la base y contó lo que pasaba. La indicación fue clara: llamar a alcohólicos anónimos y que ellos decidieran qué hacer.
Varias semanas después, cuando abrió los ojos y preguntó dónde estaba, la señora con nariz de gelatina y vestida de blanco le dijo que llevaba semanas con sedante para desintoxicarlo y salvarle la vida. Que seguían estudiando su hígado por si comenzaba a fallar; pero que era buena señal que abriera los ojos y le saliera voz de su garganta quemada.
El psicólogo que tenía asignado le aconsejó hablar con sus padres para comenzar a resolver dudas y sanar dolores. Entendió que su pasado lo seguía controlando y le pareció buena idea; pero no se acordaba dónde estaban y necesitaba que lo llevaran.
El psicólogo se saltó un par de reglas para meterlo a su auto y salir de la clínica en horario de almuerzo. Antes de llegar hicieron una parada. Todavía abrazando la misma bolsa llena fruta que hoy le daba la clínica, le preguntó a su acompañante:
- "¿Para qué las flores?"
- "Para tus papás"
- "Pero ya les llevo fruta"
- "La fruta es para vos; las flores para ellos"
También llevaba su garganta hecha de nudos. Se sostenía con los pies sujetos a las posibilidades de seguir; pero algo debía cambiar. No podía continuar el mismo camino y bajo las mismas circunstancias.
- "Alguien dijo que para obtener resultados diferentes, había que hacer las cosas diferentes" -pensaba mientras contaba los pasos de cada pie- "765, 766, 767...¿Quién fue el que dijo eso?, ah! no importa, de seguro no estaba tan loco como yo, 768, 769, 770...".
Avanzó hasta llegar a una esquina donde el semáforo siempre está arruinado. Los chicos que limpian los parabrisas a los autos que hacen alto, suelen arruinar la caja automática para ser ellos quienes den vía y lograr un par de monedas más. se sentó sobre un muro bajo que separa el parque sin árboles del Hospital Central. Se movió con las manos para sentarse bajo la poca sombra que da un poste de tendido eléctrico sobre el muro y observó:
- 7 niños con la ropa sucia igual que la suya
- 3 perros. 1 cojeando de la pata derecha trasera
- 1 ambulancia en contrasentido con la luz roja girando y haciendo un ruido infernal
- 2 policías de la militar viendo a una anciana tratando de cruzar y sin ayudarla
- 2 pies con sandalias. Los suyos; pero sin saberlo
- 1 bolsa con fruta a la que abrazaba con dos brazos que no sabía de dónde salían
Cuando el poste de tendido eléctrico dejó de darle sobra por el ángulo del sol, saltó del muro y se internó en el bosque inexistente. No lograba recordar si los árboles desaparecieron antes o después de ese último trago de aguardiente.
Identificó el camino de piedras que habían creado para rodear los columpios de los niños en el parque y decidió seguirlo. Cerraba los ojos para seguir contando los pasos de cada pie: "987, 988, 989, 990..." y para que su cerebro le ayudara a crear árboles, los que extrañaba de la infancia, brisa, risas, el rostro de la niña del instituto que se casó con otro, cuatro meses después que le gritara borracho por primera y última vez. Rostro que confundía con el de su madre arrullándolo muchos años atrás al caer de un árbol para conseguir la fruta que ahora roba y almacena en esa bolsa que abraza. 991, 992, 993, 994...
Alguien le avisó que al seguir el camino de piedra del área de niños en el parque ele hacía caminar el círculos. Veía al guardia de la zona hablarle; pero no escuchaba sonidos, estaba ocupado oyendo la voz de su padre repetirle que era un fracasado y la niña del instituto diciendo "me caso con Rodrigo, no te quiero volver a ver". El guardia entendió que le hablaba a una pared y tuvo la compasión suficiente para dejarlo caminar en círculos sin avisarle a los policías militares de la esquina. "Quien no está en este mundo, no puede ser peligroso", pensó guardando su escopeta.
La noche lo encontró sentado en el columpio quebrado. Estar colgando de lado le daba la sensación de tener a su madre cubriéndole la espalda de nuevo mientras le sobaba las manos y la cabeza. El otro guardia de turno le ofreció agua y que por favor se retirara del parque o llamaría a servicio social para que lo llevaran a un hospicio o al hospital psiquiátrico, que estaba a la vuelta del Hospital Central.
Sin soltar su bolsa de frutas, le dijo "mamá no te vayás, 995, 996, 997...". El guardia lo observó en silencio intentando decidir qué problema tenía. Por radio de onda corta llamó a la base y contó lo que pasaba. La indicación fue clara: llamar a alcohólicos anónimos y que ellos decidieran qué hacer.
Varias semanas después, cuando abrió los ojos y preguntó dónde estaba, la señora con nariz de gelatina y vestida de blanco le dijo que llevaba semanas con sedante para desintoxicarlo y salvarle la vida. Que seguían estudiando su hígado por si comenzaba a fallar; pero que era buena señal que abriera los ojos y le saliera voz de su garganta quemada.
El psicólogo que tenía asignado le aconsejó hablar con sus padres para comenzar a resolver dudas y sanar dolores. Entendió que su pasado lo seguía controlando y le pareció buena idea; pero no se acordaba dónde estaban y necesitaba que lo llevaran.
El psicólogo se saltó un par de reglas para meterlo a su auto y salir de la clínica en horario de almuerzo. Antes de llegar hicieron una parada. Todavía abrazando la misma bolsa llena fruta que hoy le daba la clínica, le preguntó a su acompañante:
- "¿Para qué las flores?"
- "Para tus papás"
- "Pero ya les llevo fruta"
- "La fruta es para vos; las flores para ellos"
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