Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20170206

Lázaro


Relato inspirado en
The Present Tense de Radiohead


Hagan un nicho para el cuerpo. Abran la tierra y envuélvanlo en lienzos, denle su lugar bajo las plantas, déjenlo formar parte de todo este aire que respiramos. Corten el pecho y esculpan la carne: este será su monumento, su huella de paso por este lugar. Cuando vuelva, se verá a sí mismo tal y como quedó en su último respiro.


Usen el cuerpo de molde. Déjenlo en la misma pose que tomó, que represente el momento que marcó su salida de este mundo. Digan que vivió feliz, que tomó aire dentro de sí y que nunca usó más espacio del que necesitaba. Guarden su corazón para que en la otra vida tenga el pecho vacío y listo para uno nuevo sin que pierda de vista al otro.


Ayúdenle a que sienta con piel nueva, que mire con los ojos que le darán allá para que sepa cómo hacerlo todo con el amor que en vida no logró tener. Pinten el molde: pongan color allí donde ya no lo hay. Paren todo y admiren su figura. Extiendan sus piernas y acuéstenlo en su última cama, donde despertará en el lugar que aún no conocemos y quizás cuando vuelva nos cuente qué hay.


Escriban su historia. Dibujen su vida en estampas, guarden recuerdos que pinten su memoria sin adornarla, sin mentir y sin despreciar. No olviden su nombre. Pronuncien su nombre.  Cuenten aquello que llenó sus años, días, horas, minutos. Marquen la fecha. Hagan que su estela perdure, que alimente la imaginación de los que quedan atrás.


Limpien el hueco. Digan adiós. Lloren sus últimas lágrimas. Este es el misterio de los que se van: regresan cuando ya no queda nadie.

20160121

Nombre para un recuerdo


Relato inspirado en
Gypsy de Fleetwood Mac




Anoche soñó conmigo. Sé que está tejiendo memorias y esperanzas futuras con los hilos de lo que le queda de mí. Me tiene allí, anclada en su mente y a la vez muy lejos de su conciencia. Cuando despierta, soy un poco más que un vago recuerdo o un pensamiento difuso y nuestros subconscientes son como dos amigos que se saludan el uno al otro desde las esquinas de un cuarto grande. Allí estoy. Casi invisible, pero allí estoy.


Es de noche otra vez y se prepara para ir a dormir. Se acuesta en su cama y poco a poco se borra esa avalancha de cosas que carga en su mente para dar paso de nuevo a mi persona. Me voy dibujando de nuevo a medida se va quedando dormido y es entonces cuando toma mi mano.


Abre una puerta oscura y hermosa para llegar a donde estoy. Reconozco esa puerta: es la de la casa que casi compramos antes que yo muriera. Lo veo como una entrada a los recuerdos que tiene de mí, una barrera que separa a lo que queda de mí dentro de sus pensamientos mientras está despierto y que a la vez crea un santuario para que estemos juntos.


Allí es donde hablamos. Me habla y yo escucho atenta todo acerca de sus fobias, sus miedos y sus arrepentimientos, sus triunfos y sus nimiedades. Solo puedo decir todas aquellas cosas que le pude decir mientras vivía. Casi siempre, son cosas relevantes, que tienen sentido. A veces no tengo nada que decir que se ajuste a lo que habla y solo me limito a acariciar su frente, delineando con mi dedo la cicatriz que le dejó el accidente en el que perdió también mi cuerpo. Se estremece de frío cuando lo toco. Es algo que le recuerda que esto no es real para él y ambos lloramos. De vez en cuando se despierta empapado de sudor y lágrimas, con el corazón angustiado.


Me amó mucho más de lo que se permitió amar antes. Incluso ahora, no está seguro si tenía esa capacidad de amar o si yo lo empujé a eso. Pensó en mí durante su hora de almuerzo. Siempre lo hace. Yo le preparaba almuerzos y le dejaba notas azucaradas. Guardó la última en su mochila y la lee antes de comer. Hoy vio la nota arrugada y la dejó doblada en cuatro partes. Abrió apenas la puerta oscura otra vez y me vio a los ojos para cerrarla luego. El corazón le dolió. Lo pude sentir. Me asusté y me apoyé en la puerta, confundida. Me puse a esperar a que se durmiera.


Cuando se durmió al fin y abrió la puerta, me encontró nerviosa y tan llena de energía que casi abrí la puerta sola. No podría hacer eso. Imposible. Me muevo en su subconsciente pero no tengo autoridad sobre su mente. Tampoco quisiera eso. No quisiera hacerle daño. Su mente es tan delicada...


Me llamó por mi nombre. Su voz es tan tenue que apenas lo escucho. Lo veo casi tan nervioso como yo. Le pregunto como estuvo su día, con las mismas palabras que usaba cuando llegaba de trabajar. Intento ignorar ese miedo que crece a cada segundo. Me  dice que debemos hablar y está llorando. Lo veo y hago lo mismo que hacía cuando lloraba: beso sus ojos. Luego espero y suspiro. Me dice que necesita que yo sepa que siempre me ha amado y que me ama más que al aire que respira y luego me explica que siempre tendremos este lugar para los dos. Me dice también que ya no podrá venir tan seguido como hasta ahora. Se ahoga un poco con sus palabras y respira profundo antes de continuar. Finalmente me cuenta que conoció a esta mujer, que seguramente a mí me caería bien. Dice que sabe que da igual, porque yo siempre encontraba algo bueno en los demás. Se ríe a medias y el sonido me parece agridulce.


No estaba esperando esto. No tengo palabras de nuestra vida juntos para este momento, así que digo algo que dije en mi cumpleaños número 27 para expresar mi sorpresa. Dice que lo entiende y me promete siempre venir a verme, insiste en decirme que necesita que yo sepa lo mucho que me ama.



Le digo que también lo amo. Si tuviera un corazón, en este momento estuviera en pedazos.


Me explica que se quedará conmigo hasta que despierte y me suplica quedarme con él, dice que no es necesario que diga nada porque ya es tiempo de una vida nueva y palabras nuevas. Me pregunta si lo comprendo. Le digo que sí y guardo silencio. Nos quedamos así hasta la mañana siguiente. Por mi culpa se despierta tarde y llega con retraso al trabajo. Cierra la puerta y me acuesto en el suelo, sobre la alfombra que habíamos escogido para la sala, todo dentro de su delicada y hermosa mente que no quiero tocar.


Pasan los meses.


Se casa con ella. Un día entonces abre mi puerta y la puedo ver. Se ve radiante como el sol en su vestido de novia. Me alegro por ella porque sé que él tiene todo para ser un esposo maravilloso. Casi fue mío. Después de eso, me ve cada vez menos. Cada vez que abre la puerta estoy más transparente, soy menos yo hasta que un día la puerta se cierra y de mí no queda nada más que un trozo de papel doblado en cuatro partes en las manos suaves y abultadas de una mujer esperando a su bebé.



Ella pregunta por el papel y él se acerca mientras la nota cae de una vieja y polvosa mochila que estaban apartando para una venta de garage. Cierra los ojos y lo veo en mi puerta. La abre y entonces están la alfombra, el olor de las gardenias mojadas, mi perfume favorito y los melocotones, pero yo ya no estoy allí. Intenta con todas sus fuerzas atraerme hasta allí, excavando en lo más profundo de sus recuerdos; pero no logra encontrarme. Al fin, abre sus ojos. Le cuenta a ella que la nota era mía, que le dejaba muchas como esas con sus almuerzos.



Ella queda fascinada con mi nombre y le dice que le parece lindo para su hija. Decide que se llamará como yo y se acaricia el vientre. Dentro de ella, dos pequeños pies dan su aprobación. Ambos se ríen y yo suspiro una vez más.

20160115

Amir y El Ojo



Relato Inspirado en
Under Pressure de David Bowie y Queen


Amir entró a la cámara con cuidado, le daba miedo poner los pies en un lugar tan sagrado. Pocos como él podían atreverse siquiera a asomarse. Había algo en el aire que lo ponía nervioso. No sabía si eran los cánticos, el incienso o el constante murmullo de los monjes recitando los nombres de los viejos reyes. Había poca luz, pero la suficiente como para poder ver el movimiento de sus pies. Respiró profundamente para sentirse vivo. Su nariz no lo engañó: a lo lejos sintió un suave olor a flores de altar y más cerca, casi pegado a su nariz, el penetrante perfume del incienso, con su dulzón rastro a madera quemada a fuego lento. El suelo de madera pulida crujía a cada paso y solo pedía que esto no fuera el llamado final o un castigo. Que recordara bien, no había hecho nada que llamara la atención de su Regidor. Nunca había tenido ninguna razón para entrar a ese lugar ni hablar directamente con El Ojo. Los Regidores se dedicaban a dar órdenes y repartirlas entre los Pastores como él. Esa mañana había despertado deprisa y no esperaba que fuera para eso,



Justo estaba tomando su ración diaria cuando fue llamado por su Regidor. Era de por sí extraño verlo tan temprano, aun más raro que lo llamara por su nombre y todavía más inusual que le dijeran que El Ojo quisiera verlo en persona. Nunca antes lo habían volteado a ver y de inmediato supo que algo no andaba bien. Con un grito le ordenó levantarse y terminar de comer.

"El Ojo quiere verte. ¡Ya! ¡Es una orden!"



Podía ver la rabia en su cara. "Definitivamente, algo no anda bien", pensó. Luego el Regidor se esfumó antes que pudiera seguir Amir pensando en qué preguntarle.



Lo pasaron por el corredor del templo y rápidamente olvidó que no quería hacer ruido con la madera del piso. A su espalda, una enorme puerta de metal se cerró con estruendo y alcanzó a oír un cerrojo pesado encajando en su lugar.


"Eso es. Ahora sí podemos hablar con tranquilidad." Era la voz de El Ojo. Se oía por todas las esquinas del cuarto y llenaba todo. Podía sentir cada gota de sudor en su frente. Se sintió pequeñísimo, no era nadie para estar allí.



"Amir. Entra. Pasa."

Amir balbuceaba. Era una mezcla de admiración y terror.

"Eehh.. Sí señor. ¡Señora! ¡Señor!" Así era como le habían enseñado a dirigirse a sus superiores. No sabía si El Ojo tenía género. ¿Era hombre o mujer? ¿Qué o quién era El Ojo? No sabía. ¿Para qué lo querría? No sabía.

"¿Me necesitaba?"

El Ojo ignoró la pregunta.

"Serás el nuevo Regidor de tu clan. Tu Regidor ha sido enviado a otro lugar donde pueda servir mejor."

Amir no lograba contener su asombro. Finalmente, logró escupir la pregunta: "¿Por qué? ¿Por qué yo?" Hubo silencio un momento.

El Ojo logró mostrarle a Amir una imagen en su mente. El anterior Regidor trasegaba información con otro clan. Era un espía. O al menos eso le pareció, porque lo logró escuchar sonido alguno. Eso pareció haber pasado durante las celebraciones de la Reconciliación. 

Tragó saliva y se atrevió a decir: "El Regidor mentía." Siempre había tenido un don especial para encontrar personas difíciles y saber qué las hacía vulnerables. No era un guerrero, sino un buen observador. Defenderse era algo que había tenido que aprender a la fuerza. De otro modo, no hubiera podido sobrevivir entre sus siete hermanos y hermanas.



"Es por eso que tu antiguo Regidor no es de mi confianza. Has sabido llevar a tus rebaños a buen destino y reportar todo. Sabrás mantenerme bien informado, aun de aquellas pocas cosas que se me escapan y no logro ver. ¿Quién sabe qué más no me contó?"


Hasta ese momento, la conversación había sido monótona. Imaginó que a El Ojo le importaba más que le reportara la verdad y no sus dudosos talentos para arrear ovejas perdidas. Siempre había creído que El Ojo lo veía todo. Supo entonces que había estado equivocado. Escuchó cambiar de tono su voz, sintió como comenzaba a hablar con tristeza.

"Amir."

Lo interrumpió: "¿Qué es todo esto? ¿Usted?"

Hubo de nuevo un silencio incómodo.

 "Solía ser humano."

El corazón de Amir dio un salto. 



"Fue hace mucho tiempo. Solía ser un hombre, como tú. Lleno de vida, llevaba mi mensaje a todos. Tenía un cuerpo de carne y hueso, como tú. Construí una máquina para verlo todo. Sacrifiqué un ojo para eso. Fue mi mayor creación, la fusión perfecta entre arte y ciencia. Vertí mi mente y mis ideas en la máquina para vivir para siempre. Luego vino la guerra, esa competencia entre otros como yo para hacerse notar. La Gran Purga, como te enseñaron. Y ya no solo perdí mi ojo, sino también mi cuerpo. Todo se perdió: la sociedad que amaba en mis tiempos, los colores originales del mundo, las canciones de nuestros abuelos, las verdades que todos llevábamos escrita en la piel, mi ojo que veía las cosas de afuera. Solo me quedé con el ojo que ve las cosas de adentro. Es por eso que necesito que todo lo que me reporten sea verdad. ¿Entiendes la urgencia ahora?"



Amir suspiró y preguntó de nuevo. "¿Y para qué necesita saber tanto de todo?" Sintió que la pregunta era tosca, pero cumplía son su propósito.



"Eso es más simple. Es sencillo. Es para ayudarles a reconstruir este mundo."


20160111

Carta blanca



Un brindis por las buenas decisiones.



Relato inspirado en
Closing Time de Semisonic




Aprendió que la paz en privilegio de reyes. En su vida existían solo el caos, el desorden, las imágenes perdidas de una realidad que nunca fue. En la cochera tenía todas sus cajas llenas de ilusiones, de recuerdos de viajes, de ropa tres tallas más pequeña, de tiempos más felices. Junto a los zapatos de veinteañera estaban los jueguetes que había comprado ya siendo adulta. Los iba a coleccionar. Comprobó al verlos que todo había cambiado y nada era para bien. Ya no eran cuatro, ahora eran tres personas los fragmentos de otra. Intentaban en vano remendar lo que sabían que nunca había existido, aparentando ser la familia que ella hubiera querido tener. 


Ella ya no era la misma: sus metas habían cambiado, había dado paso a una vida menos pomposa y ya con ambos pies sobre la tierra. Era ínfima. Ya no iba a ser abogada, ni magistrada o fiscal, ni jueza. Apenas podía dirigir su vida sin estrellarse y volverse polvo... ¿Cómo pensaba ordenar entonces la vida de otros? Esas noches largas llenas de horas extra para cerrar el mes sin saldo negativo y las salidas a deshoras con otros tan desilusionados como ella eran solo formas de matar el tiempo. Le daba igual porque seguía estando a la deriva y no encontraba ninguna forma de cambiar eso. Cada mañana era igual a la anterior y solo esperaba que hubiera algo que rompiera su rutina; algo que la hiciera sentir que todo había valido la pena. Vivía en carne propia la estupidez de haber llevado una vida de ese mal-llamado "trabajo duro y honesto", se comparaba con otras más tramposas que habían resultado ser exitosas, no como ella. Tenía venticuatro y cargaba con el peso de cientocincuenta y siete años de fracasos en total. Los venticuatro propios, los cincuenta y cinco de él, los cincuenta y seis de ella y los veintidós de la otra. Se miraba envejecida en plena juventud. Eran demasiado la envidia, la amargura y el rencor.


Pensó que vivir sola sería la solución a todos sus problemas. Sus fantasmas la seguían: fieles al final de cada quincena para recoger lo que hubiera quedado de su esfuerzo. Contaba con los dedos de la mano (y le sobraban) las razones para seguir intentándolo. El escenario era distinto, pero la obra seguía siendo la misma. Nada era suyo, todo cambiaba de manos en una fracción del tiempo que había invertido en conseguirlo. Lentamente, se le iban consumiendo las ganas de vivir. No tenía nada que la impulsara.


La rabia iba guardándose en su alma. Gota a gota, iba llenándose de algo bastante parecido al odio. Llegó a preguntarse si era una persona cuerda: nadie podía tragarse tanto y salir ileso, pensaba. Quizás su límite estaba mucho más lejos de lo que imaginaba. Su paciencia se ponía a prueba a cada momento, mientras que su cordura alcanzaba esa frontera fina que la separaba de la locura. Soñaba con dejarlo todo, tomar un día las llaves de la vieja casa, llevárselas y dejarlos en la calle. Pensaba en mil formas distintas de fingir su muerte, liberarse de ese hastío de una vez por todas. No creía merecer tanta carga, tanta ingratitud. Se desvelaba desvariando y pensando en vidas alternas donde no tuviera la misma miserable existencia. 


Un día, dio con la solución perfecta. Era ideal, cada quien tendría que hacer su camino y por din la dejarían tranquila. Implicaba sacrificios, pero estaba lista. Guardó bien en su mente las fotografías de esos viajes que nunca podría volver a pagar, escogió dos pares de zapatos de las muchas cajas de la cochera y rescató una caja de sus libros más amados y polvosos llevándolos donde una de sus pocas amigas; envió a los otros tres a un paseo y lo preparó todo. Dio una última mirada a las cajas y saboreó un largo suspiro. Con un movimiento rápido de manos encendió un fósforo y lo lanzó a la cochera. En cuestión de minutos alcanzarían el piso superior de la casa y quizás tardarían un poco más (¿Horas?) en consumirse por completo. Con una risa histérica y lágrimas en los ojos, dejó caer la caja al suelo y por último se limpió la cara con la mayor calma que pudo alcanzar mientras veía crecer las llamas. Pensó en como el fuego lo purificaba todo, incluso su conciencia. 



Nunca se había sentido tan feliz. 

20151014

El castillo

Relato inspirado en "Azul" de Natalia Lafourcade





Aquella caja había sido el regalo más hermoso que había recibido en toda su vida. Nunca de los jamáses de los nevers iba recibir algo mejor que aquella inmensa caja.

¿De qué era esa caja? ¿Qué traía desde china? ¿Acaso una refrigeradora, una cocina o una lavadora? La niña Martita pensó que aquella caja iba a solucionar sus problemas de desorden de juguetes que su vástaga dejaba por todos lados.

- Vas a recoger todos tus juguetes y van a vivir aquí - dijo mientras metía los primeros. La niña se sintió dichosa, ella también quería vivir en la caja de cartón. Nadie se imaginó que aquella pequeñez iba a determinar toda una vida.

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- Shhhh... Tito, no hagas bulla, los fantasmas no pueden atraparnos acá.
- ¿Segura? - preguntó Tito, no es que desconfiara de ella, desconfiaba de los fantasmas. 
- Mi mamí dice que nadie nos puede hacer daño, ella sabe.
- Tengo miedo, Karla.
- Yo también tengo, pero ya vas a ver, nada nos va pasar si nos escondemos acá en el castillo - Tito la miraba y veía las fuertísimas estructuras del castillo imaginario, las antorchar inacabables que los alumbraba, se acurrucó para darle calor a su dueña.

Aquella niña abrazó a su ojo de peluche y se quedó dormida, soñó con los montes de Chalatenango, esos que veía cuando su papá la llevaba para ver a su abuela, eran enormes colinas tapizadas de florcitas blancas, minúsculas que le hacían cosquillas en las piernas, justo donde terminaban sus calcetitas blancas. Soñó con la abuela perdida, se había muerto, le habían dicho, pero para ella solo estaba en otro lugar. Posiblemente en aquel campo, comiendo mangos maduros, cortando flores para la mesa del corredor, cocinando quesadillas para su gigante papá, haciendo fresco de tamarindo para los que pasaban con los fusiles terciados, 

Soñó con la sonrisa del sol, la caricia del viento y el frío de la lluvia, corría por el monte junto a Tito y otros amigos imaginarios, ahí estaba Adolfo, el ardilla, también Adela, una osita amarilla, por supuesto, Adam, el mapache no se quedó en casa, todos llegaron de pronto frente a los muros impenetrables de una fortaleza, tocaron a la puerta y una hermosa mujer les abría la puerta, en sus manos traía una bandeja con tacitas llenas de leche poleada con canela molida coronando el preciado botín.

- La estábamos esperando, princesa - dijo la hermosa mujer - a usted y a sus señores amiguitos.

La niña, Tito y sus demás amiguitos imaginarios entraron al castillo como cuando mamá ha pasado el trapeador, de puntitas y con cuidado de no tocar el piso mojado, Tito iba agarrado de la niña por el ruedo de su short.

- Karla y si nos quedamos aquí toda la vida?
- ¿Para siempre? - preguntó la niña asustada.
- Si. - dijo el desfachatado oso.
- Pero no veríamos a mi papi y a mi mami...
- Pero mirá qué lindo es todo acá. Nadie nos molesta, nadie nos quita las crayolas en el kinder, ni nadie nos dice que somos raros y además, todo es azul!
- Yo sé que nos gusta todo lo azul, como las crayolas, las flores y el cielo, pero debemos regresar, solo tomémonos la leche poleada, lavamos la tacita y  nos regresamos.

Tito se puso un poco triste, para él, aquel lugar era maravilloso, pero la niña tenía razón, debían volver, se habían tardo ya y la niña Martita podía asustarse si no los veía. Karla supo que su amigo estaba triste.

- Siempre podemos regresar, Tito, acá va a ser nuestro refugio siempre, no estés triste, yo también quisiera quedarme, pero no podemos, tenemos que ir al kinder, también hay que darle pancitos a los pajaritos que llegan cada mañana a la ventana del cuarto, tenemos que terminar de aprendernos todos los colores, además, allá siempre vamos a estar juntos, te lo prometo.

Karla y Tito se despertaron, habían dormido en la caja, pero era hora de salir y echar ahí todos los juguetes. Ellos debían crecer un poquito.




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Nota de la autora: La felicidad en la primera infancia me llegó con una caja, era enorme, de cartón fuerte y resistente. Fue mi territorio liberado, mi dimensión desconocida, mi refugio antiaéreo, mi bastión contra los monstruos de la infancia, ahí convivimos Tito y yo; mi mítico oso de peluche y yo libramos batallas contra animales que nos atacaban para quitarnos la caja. Confirmo que, desde entonces, ser retraída era una cuestión de sobrevivencia, agradezco a la vida que llegara aquella caja para rescatarme de todos mis miedos infantiles. 

No se puede pedir más... una caja, música y un buen amigo como Tito. 








20150920

La ofrenda



Relato insirado en
Cupid Carries  a Gun de Marilyn Manson



Decían que traían con ellos el miedo y el terror. Nadie los veía con buenos ojos. Sus plumas negras en los jardines traían la mala suerte y malas noticias, decían.Se perdían las joyas, se agriaba la leche, se llenaban las tardes de ruido, se asustaban las gallinas, todo por ellos. No era de extrañarse. Podían verse en los peores lugares: en los cementerios, al lado de la horca, cerca de las casas que nadie visitaba. Otros podían temerles, pero yo no. Los mimaba en el jardín del señor para agradecerles que mantuvieran fuera no solo a los malos espíritus, sino también a los indeseables. Por las mañanas los oía llegar con su escándalo y revuelo de plumas, como todos los días. Les tenía algo de comer, estaba lista para recibirlos.


Esta es una ciudad sucia, llena de gente supersticiosa, donde se unen en los altares vírgenes blancas con sacos llenos de polvos dados por quién sabe qué curandero. Los señores vivían bien y la gente como yo pasaba los días solo esperando ver el sol con la esperanza de tener la barriga llena a la hora de dormir. Pasé demasiado tiempo aguantando. Hubo momentos en los que quise morirme y no tengo idea de como pude resistir. Amanecer y terminar el día entre gritos y amenazas no es vida, decía yo. Machacaba esa frase todas las noches, contando los minutos. Solo me callaba, esperando que todo terminara, había aprendido que con el silencio me podía ahorrar golpes. Si bajaba la cabeza, el mal rato duraba menos, porque creían que no sentía nada y les daba rabia no verme llorar, se hartaban y me dejaban sola al menos un rato. Si la tortura no llevaba llanto, para ellos no tenía sentido. Tomaban de mí lo que querían hasta dejarme vacía como un cascarón. Mis pies se llenaban de ampollas porque tenía que además caminar lejos para poder vender lo suficiente y llevarles la ganancia del día. Nada los irritaba más que llegara con poco o que dijera que no había conseguido nada. Una vez, oculté lo que había ganado y terminé con el cuello casi roto, las manos del señor se cerraban cada vez más alrededor de mi cuello y al aire me faltaba. Fue entonces que uno de mis pequeños me salvó. Picó con fuerza la cabeza de este y logré soltarme. Respiré como nunca lo había hecho, desesperada por sobrevivir. Mi primera reacción fue ver al cielo. Lo vi: estaba allí, pendiente de mí, mirándome. Fue un segundo nada más, porque el otro salió a perseguir a mi salvador. Volteé la mirada hacia arriba y di gracias por mi suerte... Aunque no estaba tan segura que eso hubiera sido solo suerte.


Eso fue solo el primero de muchos momentos en los cuales uno de mis hijos me salvaba. Sí, los comencé a llamar "mis hijos". Mi cuerpo estaba ya tan consumido que estaba segura que no podría tenerlos nunca. Mejor para mí, mejor para ellos no existir. No hubiera querido que estuvieran igual que yo ni hubiera querido ver como me los quitaban. Nacer negra en un mundo en que lo blanco es mejor es igual a haber nacido en el infierno. Mis hijos y yo éramos iguales: nada luminosos, nada buenos. No éramos puros, sino oscuros y repulsivos. Comenzaron a correr rumores porque decían que los pájaros me seguían. Yo estaba feliz de al menos tener compañía y al fin unas migajas de paz.


Nadie de afuera parecía querer buscarme y eso fue un alivio. Los indeseables fueron desapareciendo. Seguía dándoles de comer a mis hijos cada vez que podía. Pero en el caserón, seguía todo igual: seguían lloviendo golpes, gritos, insultos y humillaciones. Tenía que estar siempre alerta, siempre despierta. Dormir era un lujo. En los preciosos momentos de silencio cada vez más escasos, podía ir a bañarme o buscar algo para comer. En una de esas tardes, busqué un árbol grande que me diera sombra para descansar. Estaba todo tan tranquilo, que sin darme cuenta, me dormí. Cerré los ojos poco a poco y al poco rato no sentí nada. Ese fue mi error. No había pasado mucho tiempo cuando sentí una mano en mi cuello. Me habían seguido. En ese instante reviví el pánico de saberme indefensa, abrí los ojos de golpe y con mis manos intenté buscar algo a lo que aferrarme, lo que fuera. Me costaba cada vez más respirar, sentía un dolor quemante en mi garganta que subía hasta mis ojos. Me gritó, me amenazó, rabiando porque decía que sin mis animales no era nadie, que allí nadie me encontraría, a nadie le daría lástima una basura como yo. Comencé a escuchar un murmullo que subía de tono. Ya no solo me bastaba intentar usar mis manos. Pataleaba, intentaba moverme lo más que pudiera y sentía que el corazón me iba a estallar. El murmullo se había convertido en un rugido. Todo comenzó a oscurecerse entonces, me imaginé que eso era parte del proceso de morir. Escuché un grito agudo que me convirtió la sangre en hielo mientras sentía que tenía fuego en mis ojos. Pensé que todo había acabado y me abandoné, esperando a que la muerte me llevara.


No fue la muerte lo que llegó a mí. Fueron mis hijos, mis alados, mis bebés. Se habían encargado de la bestia que intentaba matarme. Podía oler su sangre: un olor a óxido y sal que bien sabía reconocer. Pusieron algo en mi pecho, algo húmedo y tibio. Carne. Era mi regalo. Fue entonces cuando me dí cuenta: en mi angustia, no había sentido el inmenso dolor en mi cara. Me di cuenta que me había vuelto una de ellos. Me habían elegido. Ellos eran míos y yo era de ellos. Me convertí así en una mujer-pájaro, mujer-animal, mujer-cazadora (ya no la presa), mujer-criatura, mujer con ojos de cuervo. Era libre al fin.


20150420

La risa de Pauline

Relato inspirado en "Hung up" - Madonna

Nunca antes había yo jugado con palabras en una refri, pero pasó esa noche con los imanes amovibles que tenía palabras.

Al principio, no sabía qué hacer. La última vez que habíamos hablado lo habíamos hablado y no había sido muy bonito. Que no podemos estar juntos, que no quiero novia ahorita, que de todas formas nunca iban a vivir en la misma ciudad. ¿Y él acaso podía prever el futuro? Gracias, Antonio, por hacer esas aclaraciones. De todas formas, siempre insistí en que yo no era y nunca iba a ser su novia y los momentos de estrés –las frustraciones, las preguntas incesantes, la edificación de conclusiones a base de ladrillos de nada, de los cuales yo y los años de decepciones amorosas estaban huyendo– venía justo de eso. Se deformó, después de un rato. Mi relación informal y relajada, al final, tenía poco que envidiarle a un mutante.

A nosotros nos faltaban mis carcajadas. Nunca estuvieron allí los gradientes de mis risas que llenan el espacio. Pero la ausencia de estas, en medio de pláticas con la mística de Ay, sí, tenemos ratos de no vernos y nunca nos hemos sentado a platicar, se vuelve prescindible. Uno se deja seducir por coincidencias, puntos claves, reflejos de tus propias posturas en los labios del otro, ¿qué es esto que me tiene tan concentrada? Ya hacía ratos que no me gustaba alguien como me gustó él. Cada vez que nos veíamos me sorprendía oír el relato de justo lo que yo pensaba, creía, ideales ahora machacados. Evolucionaron nuestros encuentros hasta que, mierda, ¿dónde están mis risas?


Y hoy, ¿qué putas quiere?


“bn. y vos?”


Y meses del tamaño de años pasaron cuando, de pronto, le contesté eso por mensajito¿Cómo había conseguido mi número? Aún hoy no puedo descifrar con claridad cómo fue que pasamos a esto, si veníamos de una conversación tan borrosa como las líneas del compromiso, arrastrada por todo el centro comercial en el que nos despedimos. Ajá, él pasó por mí a la casa de mis padres con el pretexto de decirnos adiós casi que como amigos o amigos en segundo lugar o excompañeros, cuando éramos examantes que habían dejado de buscarse y de contestarse las llamadas. Y no solo el mensajito, también le contesté la llamada, la primera de una serie de llamadas que intercambiábamos y que me daban a mí la pauta para decir que, nada, solo estaba hablando con él de nuevo.


Era como si yo voluntaria me sometía a la experimentación de sus deseos. Saboreaba el palabrarerío que, con tacto y buen gusto, me compartía una selección minuciosa de mis momentos favoritos. Saboreaba desde el balcón frío el paréntesis cálido del lejano sabor de sus besos, sus abrazos inocuos y los elogios construidos con sus manos y su admiración. A veces, el humo de mis cigarros se confundía con el recuerdo del amanecer entrando por la ventana las noches que no debíamos pasar juntos, por que nunca fue correcto. Las risas coquetas inevitables sellaban los finales de estas nuevas pláticas telefónicas con promesas de que sí, sí, nos iríamos a ver pronto. ¿Qué querrá?


Debí haberme preguntado a mí que qué quería yo, pero me fui dos o tres ciudades al sur de París, sin saber de verdad nada. Aunque sí, de pronto, sé lo que esperaba: un reencuentro, un encontrón, entretenimiento. Buscaba reparar mi estado estático que había fallado en el amor y también en el desamor. El desequilibrio emocional me había perseguido de un lado y también del otro. ¿Qué más da? Mi viaje respondía a los enredos que me hacía con los cables del teléfono y los botones del celular y las ganas insaciables de hacer de mi vida lo que yo quisiera. Mientras otros actuaban en función de metas y estrategias, yo actuaba en función de mis reacciones, como un juego de ping-pong a solas, rebotando y sonriendo hasta cuando se me salían lágrimas untadas de maquillaje que yo negaba.


No alcancé a ver mucho de eso que solíamos tener. Éramos, sin embargo, las mismas personas. Que cómo estuvo el viaje, que qué quería hacer. De seguro era algo más que un encontrón en la cama, pues alguien con quien coger generalmente se consigue en códigos postales más cercanos que donde yo vivía. Y estas atenciones –ver con quién me quedaba mientras él trabajaba, ver cómo me atendían– de seguro ocultaban un pequeño brief personalizado de nuestro pasado, o una reseña de lo que había sido. Sí, ella, es así y le gusta esto, y con ella pasó esto, y me gusta por esto, y la quise mucho, vieras todo lo que me decía. Algún discurso así, que llevara guiños de pequeñas escapadas y de cómo se nos fue la mano y de cómo, al final, el único secreto era que nuestro secreto no era secreto. ¡Tan confiada que era! Y tan en serio que tomaba todo, también.  


El día siguiente nos despertamos tarde, en un ambiente extraño. No íbamos a hablar de la escena de celos en la calle, pero ambos recordábamos cómo todo mi cuerpo había expresado un “¿quién putas es ella?” y toda la agresión posible en mis miradas y mis llamadas telefónicas erráticas. Todo había estado bien, con todos los amigos en común que teníamos en esa ciudad más al sur, hasta que mis berrinches se comieron mis ansias y ya, vámonos de aquí, que si no nada va a hacer sentido en mi cabeza. Ya estaba ciega de la borrachera y culpo al alcohol por la torpeza y la sobreexposición de gemidos y gritos y de escapar a caerme y de medio responder al celular en la madrugada, yo arriba, él abajo, la ropa tirada…. hasta que caí en una especie de coma diabético.


No quise hacerme responsable de nada de eso, opté por pasar la página y ver qué más iba a pasar en el incómodo silencio, ya recién bañada, con el que comimos cereal y fumamos tabaco. El día y la noche fueron manchados por el morbo de lo que no nos decíamos. Sus palabras y sus actos dibujaban paredes y caminos de amistad y cercanía que nunca antes habíamos negociado. Y lo acompañé a su cena y al fin de semana en casa de No-sé-quiénes y nos tenían listo un cuarto, yo su amiga. Nunca le dije a qué punto me sorprendía su incongruencia. Al menos antes se comportaba igual dentro y fuera de la alcoba, o del carro, o del pasillo. Al mismo tiempo, ni yo sabía qué estaba haciendo y en esas de no entender tus propias acciones, uno no puede exigir mucho. Pero vine y me fumaba los cigarrillos compartidos como que eran dulces; y decía sí con la cabeza y no hablaba mucho. No tenía mucho que contar, de todas formas. ¿A quién le podrían interesar dos noviazgos y un semestre universitario? Sabía escribir, platicar, viajar y dar clases de idiomas, pero no mucho más que eso.


Pauline parecía divertirse con mis palabras llanas y mis historias a medias. Me imaginé que ella era de esas mujeres como yo, que a lo mejor pertenecemos a la misma casilla que comparte un gusto por Manu Chao y la ropa colorida y el lenguaje florido. Quizás se le hacían esos camanances con mis anécdotas baratas por alguna afinidad que remonta a sus 18 años, que tenía la humildad de reconocer aún desde su independencia y su hogar, su cocina. Le encantaba su cocina, pequeña pero acogedora. Me mostró el estante donde guardaban hierbas frescas como lo haría alguna chef frustrada en su afán por sacar recetas propias y nos detuvimos frente al refrigerador para jugar con palabras. Nunca antes había yo jugado con palabras en una refri, pero pasó esa noche con los imanes amovibles que tenía palabras. Allí en esa puerta del refrigerador, se descomponían frases e historias. Cada vez que alguien viene, aparecen enunciados absurdos, me decía mientras yo armaba los míos. “Tout est pour le mieux quand il s’agit de la virginité”, su traducción arrevesada siendo algo así como “Todo es por el bien cuando se trata de la virginidad. Tiene algo de verdad, dijo Pauline, porque ¿acaso no es mejor cuando no hay antecedentes y no hay con qué comparar? Ellos no van a atender, me dijo por último, ellos los hombres a quienes no les gustan las palabras como nos gustan a nosotras.


Ella y Guillaume se veían felices. Ella era periodista y él, músico. La magia de la terraza en la que estábamos estaba compuesta por varias partes: el hecho que la habían construido ellos mismos y que predominaba madera color turquesa, la hiedra que se enredaba en el techo y la cantidad de marijuana. Que la probara, que era buenísima. Nunca antes había visto a una pareja tan feliz, no con ese misterio de ¿cómo le harán? Para estar así hoy, deben de haber habido varios ayeres que hoy son la goma, el velcro, los chistes secretos. Una pareja que de verdad se buscaba para sentarse cerca, medio manosearse, darse besos que amablemente interrumpían algún monólogo jovial. La risa de Paulina era contagiosa y parecía ser motor de esa fuente de besos animados y abrazos emocionados. Me los puedo imaginar yéndose a dormir contentos, solamente para luego despertar en una comodidad cómplice de la atracción cambiante pero constante, porque cuando algo es bueno va a seguir siendo bueno. Allí, en medio de Le Gers, brillaban dos pares de ojos cuando se veían y eso no se consigue simplemente firmando un papel o rebotando en función de qué conviene y qué no.


Al lado opuesto de la pareja risueña que había encontrado (en las diferentes vibraciones de las risas de cada uno) el secreto de la fascinación perpetua (en mi mente, en mi concepción efímera de Pauline y su cocina con imanes y su jardín secreto de marijuana), estábamos Antonio y yo. Antonio tenía el porro en la mano cuando me volvió a ver a mí casi con condescendencia, una mirada de “Me gustas cuando callas” y con un aire de Sí-pero-no. Me quiso tanto que no me quiso, y yo a él lo había rechazado tanto que lo quise, algún día. Nosotros no éramos esa excepción a la regla general. Nosotros estábamos mejor en el pasado, en el aturdimiento de no saber qué hacer pero saber que nos gustábamos, pensar que nos queríamos, seguir en las mismas hasta que aquella vez que se agotó la vida útil de la ausencia de mis risas. Lo malo no era nuestra disfunción, era retomar las risas pícaras volátiles, que no me sirven, por teléfono, por mensajitos. Retrocedimos sin encontrar lo mismo que hubo cuando no habían antecedentes.


Las risas caducaron después de un rato, no mucho después de que nos acabamos los vinos y el camembert. Ya la música no sonaba tan fuerte, esas trompetías y esos bajos se rindieron. Mi mente sedada por el etanol que luego iba a ser mortífero logró distinguir la mejor opción antes de irme a dormir. Lo mejor, en ese momento, habría sido darle la espalda en la cama y dormir tiesa como una piedra a su lado. Lo mejor hubiera sido no susurrarle que no hiciéramos ruido y no prolongar nada más, si de todas formas al volver no nos seguimos hablando por teléfono ni mandándonos mensajes. Al volver al norte, volví a ver a quien sí le sonreía como Pauline a su esposo, alguien con quien podía despertar hecha pedazos y radiante, todo en uno. Fui a ver a Antonio, le contaría yo. Fue raro, le diría; y nada más. Él es de esas personas con quien no hay necesidad de decirlo todo, porque ya lo sabe, siempre lo sabe; porque me conoce, porque me quiso, porque no me deja ir. Me imagino, me diría, sin preguntarme más y solo algún día reclamarme del viaje al sur de Francia.

20150213

Amores

Escrito inspirado en la canción de Al Green - Lets Stay Together

por: Ivonne Veciana

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Amores que crecen sin podarse. Despeinados, libres, largos. Acicalados de rutinas.

Amores deliciosamente equivocados, polvosos, lentos y un poco atrasados. Pendientes y en pausa.

Cariñitos lejanos, volados, volcados. Estirados en un mapa. Inquietos, telefónicos, escritos, enviados.

Escondidos, doblados, archivados. Intento de olvido. Amores delineados. Aceptados, crecidos, indefinidos. Infinitos.

20141223

Breve instructivo para ser odiosa

Relato basado en la canción "Another brick in the Wall" de Pink Floyd


Para C,
quien un día me salvó.


Cuando abrió los ojos la imagen seguía ante ella. La voces de los niños seguía siendo estridente y ella luchaba con todas sus fuerzas para soltarse de sus agresores.Entre varios niños la habían tumbado al suelo y otro había ido a recoger el arma mortífera y horripilante que la mantenía presa del terror: Un sapo.

Mientras aquellos pillos estaban gritando, dando ánimos a los malignos, los que la sostenían le decían en voz baja: no seas chillona, no seas niña. El más maligno, un chelito, de cabellos oscuros y lisos, siempre muy peinadito y el favorito de la señorita, traía al animal de una pata, el animal y ella se retorcían, ambos sabían que no les esperaba nada bueno.

Al fin pudo hacer lo que debía... gritó lo más fuerte que pudo. (Breve momento de silencio). Nadie movió un músculo, excepto el animal y ella. Para entonces, el más maligno de los malignos estaba justo encima de ella y mantenía suspendido el sapo sobre la cara de la niña. Cuando ella gritó se detuvo en seco. Ella logró zafarse de los niños que la sostenían y de un manotazo alejó a ambos animales (al de verdad y al sapo).

Se levantó y corrió mientras lloraba y los niños en silencio la vieron alejarse, el sentimiento colectivo era de premonición de algo muy malo... ¿acaso los delataría y terminarían expulsados?, ¿o los papás de cada uno los disciplinarían con castigos ejemplares?, ¿o tal vez la señorita les daría su merecido con la repetición mil veces de la frase "No debo de ser tan hijueputa con mis compañeras"? Nada. Nada de eso sucedería.

Ella corría, corrió lo más rápido que pudo, lloró todo lo que pudo y se escondió donde supo que nadie la encontraría porque era territorio de los "niños grandes" de bachillerato, ningún niño o niña de primaria sería parte de esa dimensión. Corrió y corrió... hasta que chocó con un cuerpo grande y macizo.

Él la detuvo y al verla llorar no le dijo nada, solo la abrazó como para hacerla recordar la bondad. No hubo necesidad de que le contara lo ocurrido, ni que le explicara el sentimiento de abandono al que se enfrentaba. Nada importaba. Ambos habían pasado lo mismo a la misma edad: eran raros y los raros están condenados a no encajar, eso incluía ser maltratado por los "populares" del colegio católico con tendencias comunistas.

Cuando se vieron a la cara, él le dijo algo que la sacó del espanto: "No siempre será así" y la dejó. Ella volvió en sí y suspiró, vio a su alrededor y supo lo que tenía que hacer. Él se había marchado.

En su cuaderno escribió con precisa y preciosa ortografía el nombre de sus compañeros, esos que ella recordaba como los principales agresores, mientras la señorita seguía en el dictado, ella encontró paz mientras el trazo de su lápiz se deslizaba para dar vida a la lista de los que debían pagar cara su osadía. La señorita sonrió satisfecha desde su escritorio-trinchera y pensó que la niña estaba ensimismada tomando el dictado.

Pasó el tiempo, todos olvidaron lo que sucedió en ese recreo, todos, menos ella.

____

Aquella mañana todo parecía normal en el colegio, nadie sospechaba que había una deuda que debía ser saldada. Nadie sospechaba nada.

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"Se reporta un incendio en un colegio privado de San Salvador, el jefe de bomberos ha dado declaraciones a la prensa confirmando la muerte de al menos una veintena de estudiantes de bachillerato, quienes estaban en prácticas en el laboratorio de química, cuando una explosión arrasó con el lugar. Entre los fallecidos se encuentran la mitad del equipo de fútbol del colegio y los que fueran las grandes promesas intelectuales del país. Ante el siniestro, las autoridades del colegio decidió despachar al resto del alumnado y los profesores, junto a los bomberos, se han dado a la tarea de remover escombros y han iniciado las tareas para reconocer los cadáveres. Gracias a Dios, y de manera casi milagrosa, hay una sobreviviente, quién está siendo atendida por cuerpos de socorro y quien se cree que sobrevivió por estar justo en la puerta del laboratorio al momento de la explosión. Testigos aseguran que deliraba en el momento en que fue rescatada y solo repetía la frase "No siempre será así"

__

-¿A qué hora vas a venir a acostarte, amor?
- Ya voy

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Tuvo que apagar la tele, no sabía si era por el efecto de las cinco cervezas que recién se había tomado, pero sintió un vértigo. Vio el rostro de la fotografía que pasaron en la noticia, reconoció a la niña que hacía 9 años había visto huir de una mala experiencia.

Tuvo que apagar la tele e irse a acostar a la cama donde una joven y hermosa mujer lo esperaba, deseosa de tenerle dentro. Llegó y empezó a besarla, la deseaba y justo en el momento de empezar a penetrarla se lo dijo: "No tengamos hijos, este mundo es una mierda".

20140730

La Fiesta

La puerta la esperaba entreabierta mientras él terminaba de servir sangría en dos vasos. Entró a su casa todavía con los recuerdos de la última vez. Tratando de amarrarlos al olvido como perros rabiosos.

De fondo sonaba lo que parecía ser una canción; pero se concentró en no tropezar con la puerta principal que regresaba en su dirección por una ráfaga de viento.

_ ¿Cierro?  -preguntó con la voz sonriente que a él tanto le gustaba
_ Como gustes -dijo indiferente mientras ponía ambos vasos en la mesa del comedor y cerraba la ventana.

Iniciaron una conversación de todo y nada. Risas, recuerdos, gustos y amigos en común, de la canción que casi no se escuchaba. Trabajos. 
Conversación vacía y poco importante para lo que ambos querían en realidad. Llenaron con lo que pudieron el vacío que sentían. El tema obvio.

Acomodaron dos sillas y se sentaron con un par de palabras que arrastraron desde la cocina y luego quedaron en silencio. 
Parecía un acuerdo tácito dejar de fingir. Si no harían eco del elefante blanco entre los dos, al menos honrarían el silencio.

Él fijó su mirada en una parte del encaje de sus medias que asomaba por la abertura de la falda larga. Al cruzar la pierna esa abertura parecía el telón de un teatro francés listo para recibir con aplausos a su actriz favorita.

Ella abandonaba cada una de sus dudas y afirmaba su decisión de dejar de vivir en el pasado. Aunque no estaba segura si él pensaba lo mismo. El silencio ya era ridículo pero no importaba. Era más cómodo que tener que explicarlo.

Todavía sosteniendo el vaso con su mano izquierda, pasó su dedo índice de la otra mano sobre el pedacito de encaje que él seguía admirando. 

De inmediato se dio cuenta lo que ella hacía y se dejó caer en el juego como un chiquillo travieso viendo por una puerta entreabierta el baño de niñas.

Fueron los diez segundos más largos que ella haya vivido.

Luego él hizo lo que mejor sabía hacer: arrodillarse y pedirle perdón.

Fue un susurro que casi se pierde en los últimos acordes de la canción.  Pero encerró un perdón atrasado. Perdón por el tiempo perdido, perdón por no hablar cuando debí, perdón por dejar que te fueras, perdón por aquel beso equivocado y todo lo que le siguió. Perdón por tanto perdón.

De rodillas frente a ella, le quitó el zapato de la pierna que cruzaba, con ambas manos le tomó la rodilla y la bajó para quitarle el otro zapato. Cuando ella comenzó a pensar si dejaba que pasara lo siguiente o no, él acostó su cara sobre sus piernas sin mover las manos más que lo necesario para seguir sintiendo con la palma y los nudillos, el elástico de encaje negro y el liguero. Nada más.

Ella puso el vaso sobre la mesa y no supo qué hacer. ¿Respondía a ese susurro de perdón?, ¿ponía las manos sobre su cabeza para enredar sus dedos sobre ese cabello que tanto había extrañado?, ¿acariciaba su espalda como consolando a ese chiquillo mal portado?, ¿Halaba su camisa para besarlo?...

Se dio cuenta que había sanado más de lo que pensó. Se comparó a sí misma con lo que pasaría en la misma situación años antes y encontró drama. Agradeció el tiempo que había logrado enseñarle a simplemente estar. Llegó sin expectativas y obtuvo lo que más quería: él.

No sabe cuánto tiempo pasaron en esa tesitura. Disfrutó el roce casi obsesivo de sus nudillos sobre la misma porción de encaje, una mano arriba y la otra abajo, intercambiando funciones y velocidades, como una máquina perfecta.

Cada segundo era un año. Cada broche del liguero tardó una década en soltarse. Fue un siglo quitar todo excepto las medias.

Cuando despertó al día siguiente trató de recordar porqué le dolía tanto la cabeza. Como pudo, enfocó la vista a la orilla de la cama. Encontró un tarro de miel, orillas mal cortadas de queso, trozos de fruta que se salvaron de morir ahogadas en sangría. Siguió el rastro de comida para encontrarse con su pintura de labios en la espalda que él tenía a medio tapar.  
Sus brazos largos derramados sobre la cama y el cabello que no recordaba haber acariciado con enredos, sobre la almohada.

Se tapó la boca tratando de aterrizar de su nube cuando escuchó un "_Buenos días. Voy a preparar café para no dejar que te vayas".

_No quiero hablar de lo mismo -dijo ella en tono incómodo

_Nunca es lo mismo dos veces. Siempre hay alguna diferencia. Y sí, vamos a hablar -insistió con su voz  de mañana

Ella guardó silencio como si fuera la culpable por una travesura ajena.

Él se volteó hundiendo la cabeza sobre la almohada y tocándose la frente para que el dolor le dejara pensar, le tomó su mano para acostarla sobre su pecho y fue él quien enredó sus dedos en su cabello largo:

_Vamos a hablar hasta haberlo dicho todo -insistió- Así cuando nos equivoquemos tarde o temprano, no tendremos pasado ni dudas con qué hacernos daño.

_¿Estás seguro de ésto?

_Nunca estaremos seguros. Pero contigo siempre será una fiesta.


20140505

Acuerdo de Alegría

Sobre la calle antigua que antes era de los dos, hoy conducía el auto destartalado que sonaba con cada hueco que le golpeaba las llantas. Invariablemente debía pasar por ahí, ya que las otras dos calles estaban cerradas por reparación. "Si supieran que ésta tiene peores condiciones, habrían comenzado por aquí" - pensaba mientras caía en un nuevo bache.

Para ella era más triste lo que esa calle guardaba que los golpes que su auto de lata sufría: en esa calle, a una orilla del triángulo central, estaba el parque donde iban hace diez años cuando él todavía existía.

Siendo esa la única vía alterna, debía armarse de paciencia e indiferencia cada mañana cuando al llegar al último semáforo y doblar a la derecha, aparecía ante sus ojos el primer árbol que tapaba el juego de columpios, la caja de arena para niños y la resbaladera donde una vez se golpeó las rodillas y tuvo un raspón durante dos semanas.

"Los recuerdos duelen más" - murmuró mientras buscaba alguna canción que le gustara en la radio local.

Sin darse cuenta disminuía la velocidad para disfrutar cada grada de piedra, cada arbolito nuevo, cada nueva flor que daba hacia la calle. Veía pasar desde el asiento de conductora todos los buenos momentos que ese parque y ese barrio le dejaron.

Recordó la primera vez que se sentaron en los columpios y platicaron sobre la vida... "par de estúpidos enamorados a los 20 años..." - pensaba mientras sonreía de oreja a oreja. De esa plática salió un acuerdo de alegría. Así le llamaron. No era noviazgo, ni intento de serlo. No fue un negocio de amor ni mucho menos un pacto. Fue un acuerdo de alegría. De estar más alegres y compartirse mientras estuvieran juntos.

Se sentaron descalzos a la orilla de la caja de arena para los más chicos. Con los pies, aplanaron como pudieron la arena que ya no era tan blanca por el paso del tiempo. Él tomó una ramita seca y escribió:

"Intentaré estar mejor por mí y por tí. Intentaré sonreír más por los dos. Intentaré compartirme en lo bueno y malo" y abajo firmaron con la misma rama.

Luego se levantaron, se sacudieron los pies y se fueron caminando a la casa de él que quedaba a la vuelta del parque. Se lavaron las manos y se sentaron a la mesa para cenar con la familia que los esperaba. Esa familia sustituta que tanto la quiso y que ella casi no ha vuelto a ver.

Circular por esa calle es un déjà vu. Es volver a sentirse descalza en la arena, abrazada en el columpio y golpeada en el cemento de la resbaladilla. Lo morado de ese golpe duró dos semanas, pero fingió dolor otras dos, porque sabía que él le ponía hielo y vendas cada día.

Desde que se fue, ella ha querido decirle que su acuerdo sigue intacto. Que intenta sonreír y ser mejor por ella y por lo que ya no pudo ser. Y que a pesar del dolor ante el amor que terminó sin querer, su simple recuerdo es una completa alegría.


20140409

Frutas y flores

439, 440, 441, 442... Llevaba caminando cuarenta días. Y quien lo veía de lejos, pensaba por un segundo que su semblante era bíblico: andrajoso, con el cabello largo, sucio y enredado, descalzo, dos harapos cubriendo las partes que podían, amarrados con un trozo de cordel hecho de nudos y recitando salmos.

También llevaba su garganta hecha de nudos. Se sostenía con los pies sujetos a las posibilidades de seguir; pero algo debía cambiar. No podía continuar el mismo camino y bajo las mismas circunstancias.

- "Alguien dijo que para obtener resultados diferentes, había que hacer las cosas diferentes" -pensaba mientras contaba los pasos de cada pie- "765, 766, 767...¿Quién fue el que dijo eso?, ah! no importa, de seguro no estaba tan loco como yo, 768, 769, 770...".

Avanzó hasta llegar a una esquina donde el semáforo siempre está arruinado. Los chicos que limpian los parabrisas a los autos que hacen alto, suelen arruinar la caja automática para ser ellos quienes den vía y lograr un par de monedas más. se sentó sobre un muro bajo que separa el parque sin árboles del Hospital Central. Se movió con las manos para sentarse bajo la poca sombra que da un poste de tendido eléctrico sobre el muro y observó:

- 7 niños con la ropa sucia igual que la suya
- 3 perros. 1 cojeando de la pata derecha trasera
- 1 ambulancia en contrasentido con la luz roja girando y haciendo un ruido infernal
- 2 policías de la militar viendo a una anciana tratando de cruzar y sin ayudarla
- 2 pies con sandalias. Los suyos; pero sin saberlo
- 1 bolsa con fruta a la que abrazaba con dos brazos que no sabía de dónde salían

Cuando el poste de tendido eléctrico dejó de darle sobra por el ángulo del sol, saltó del muro y se internó en el bosque inexistente. No lograba recordar si los árboles desaparecieron antes o después de ese último trago de aguardiente.

Identificó el camino de piedras que habían creado para rodear los columpios de los niños en el parque y decidió seguirlo. Cerraba los ojos para seguir contando los pasos de cada pie: "987, 988, 989, 990..." y para que su cerebro le ayudara a crear árboles, los que extrañaba de la infancia, brisa, risas, el rostro de la niña del instituto que se casó con otro, cuatro meses después que le gritara borracho por primera y última vez. Rostro que confundía con el de su madre arrullándolo muchos años atrás al caer de un árbol para conseguir la fruta que ahora roba y almacena en esa bolsa que abraza. 991, 992, 993, 994...

Alguien le avisó que al seguir el camino de piedra del área de niños en el parque ele hacía caminar el círculos. Veía al guardia de la zona hablarle; pero no escuchaba sonidos, estaba ocupado oyendo la voz de su padre repetirle que era un fracasado y la niña del instituto diciendo "me caso con Rodrigo, no te quiero volver a ver".  El guardia entendió que le hablaba a una pared y tuvo la compasión suficiente para dejarlo caminar en círculos sin avisarle a los policías militares de la esquina. "Quien no está en este mundo, no puede ser peligroso", pensó guardando su escopeta.

La noche lo encontró sentado en el columpio quebrado. Estar colgando de lado le daba la sensación de tener a su madre cubriéndole la espalda  de nuevo mientras le sobaba las manos y la cabeza. El otro guardia de turno le ofreció agua y que por favor se retirara del parque o llamaría a servicio social para que lo llevaran a un hospicio o al hospital psiquiátrico, que estaba a la vuelta del Hospital Central.

Sin soltar su bolsa de frutas, le dijo "mamá no te vayás, 995, 996, 997...". El guardia lo observó en silencio intentando decidir qué problema tenía. Por radio de onda corta llamó a la base y contó lo que pasaba. La indicación fue clara: llamar a alcohólicos anónimos y que ellos decidieran qué hacer.

Varias semanas después, cuando abrió los ojos y preguntó dónde estaba, la señora con nariz de gelatina y vestida de blanco le dijo que llevaba semanas con sedante para desintoxicarlo y salvarle la vida. Que seguían estudiando su hígado por si comenzaba a fallar; pero que era buena señal que abriera los ojos y le saliera voz de su garganta quemada.

El psicólogo que tenía asignado le aconsejó hablar con sus padres para comenzar a resolver dudas y sanar dolores. Entendió que su pasado lo seguía controlando y le pareció buena idea; pero no se acordaba dónde estaban y necesitaba que lo llevaran.

El psicólogo se saltó un par de reglas para meterlo a su auto y salir de la clínica en horario de almuerzo. Antes de llegar hicieron una parada. Todavía abrazando la misma bolsa llena fruta que hoy le daba la clínica, le preguntó a su acompañante:

- "¿Para qué las flores?"
- "Para tus papás"
- "Pero ya les llevo fruta"
- "La fruta es para vos; las flores para ellos"