Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20141117

"Rock and Roll Dreams Come Through" - Meatloaf




          Julieta se sentó a escribir todas esas historias que la hicieron ser quien era: un rostro sin nombre, un alma en oscuridad, un corazón sin aire. Las palabras encontraron un catalizador monótono de dedos tecleantes en una máquina de escribir oxidada. “Que se oxide el mundo menos la memoria. Que se oxiden las teclas menos las palabras que me harán recordar la persona que ahora soy y que dejaré de ser mañana”, escribió conclusivamente en el blanco papel.

          Sin titubeos, arrancó la página del rodillo negro. Colocó otra página, intacta. Escudriñó la blancura del papel y sus ojos se cubrieron de una fina capa de lágrimas. Era una lástima tener que manchar semejante blancura con su verborrea y sus verdades a medias, pero era lo único que sabía hacer: escribir. Escribir como si fuera el fin del mundo; escribir porque la voz se le escondía cuando intentaba hablar; escribir porque era el papel la única medicina para su ansiedad, su soledad, sus huesos fríos y el único remedio comprobado para ese hormiguero mental, ese que se alborotaba ante los pasos inesperados de la verdad.

          Tecleó en automático, tecleó leyendo entre líneas, tecleó entre cigarro y cigarro. Tecleó hasta que el papel la observó derrotado, con mil impresiones de letras en su blanca piel. Hasta que ya no había espacio para otra letra más. 

          Entonces tecleó un punto. Un punto que desvanecía todo el ímpetu y toda la furia que había descargado letra tras letra. Un punto que apaciguaba cualquier agitación y dejaba caer la consciencia en el sopor nocturno de ansiolíticos, de taquicardias, de sed, de ausencia de movimiento, de nudos de manos estáticas en la cama flotante. Un punto que se cerraba como una puerta dejando la habitación en paz absoluta.

          Un. Pun. To. Y. Fi. Nal.


—
NGB.DA20141117


20141112

El partido

Relato inspirado en Rock' n' Roll Dreams Come Through, de Meat Loaf.

A M.E.
Porque siempre quise verlo en un partido


Eduardo salió corriendo al sonar el timbre, jamás había sentido entusiasmo en lo que llevaba de ser adolescente... hasta que descubrió que tenía una habilidad: jugar fútbol.

Nadie le tenía fe. Es difícil vivir así, sin que nadie espere nada de ti. Es otra forma de vacío, es otra forma de muerte. Jamás entendió porque le pedían todo, sin recibir nada, ni siquiera eso, un poco de fe. Todo aquello mutaba cuando tomaba un balón.

Junto a Eduardo salieron todos sus compañeros, unos a la tienda de la escuela, otros a sentarse bajo un frondoso árbol, unos a ver si practicaban las tácticas para conseguir novia y las chicas a practicar las tácticas para hacerse las difícil. Pocos corrían hacia el pedazo de terreno que servía de cancha de fútbol. Era el pedazo más abandonado de la escuela, el jugueteo de varias generaciones de cipotes hacía imposible que creciera algún asomo de vegetación, todo era polvo. Los mismos de siempre se hacían presente y con piedras, palos o lo que se pusiera a mano se colocaban las porterías. El partido iniciaba con el característico cabeceo de los capitanes, uno de ellos era Eduardo, y luego venía el proceso de elección de los miembros de cada equipo.

Rodaba la pelota, vieja y un poco ahuevada de tanto uso y abuso; nada importaba, más que echar goles. Eso y ganar.

El recreo era lo único que los separaba de las vidas que dejaban en pausa al salir de sus casas, afueran quedaban los hermanos chillones, las hermanas a las que había que defender de "bichos patanes", las cosas que no entendían de los adultos, Todo quedaba fuera de ese terreno de juego, las malas notas, las quejas de la profesora, el miedo, los enamoramientos. Todo.

La pelota llegó a los pies de Eduardo, siempre fue bueno para jugar, siempre se lo dijo su papá y todo hombre que lo veía patear. Recordó las tardes de sábado cuando su papá los llevaba a él y a sus hermanos a un parque para que participaran en un torneo infantil, Recordó los  "Uuuuuuuh" con cada gol fallido, los gritos a los árbitros cuando el niño más grande les entraba duro, cometiendo una falta a las reglas del juego, los "ya vas a ver, si en el siguiente partido van a ganar", recordó que, desde siempre, ha querido vivir del fútbol, del juego, de la emoción, de la lágrima que brota ante el gol. Recordó que siempre el que echa el gol es el héroe. Apuntó, vio la oportunidad y lo siguiente que vio al abrir los ojos, luego de dar una patada fue cómo el portero se barría y no lograba hacer contacto con el esférico y nuevamente era el héroe. El campeón.

Sonó el timbre, termina el recreo. Todos los cipotes inician su peregrinaje al aula, Eduardo no quiere regresar, quiere vivir de su sueño, quiere seguir anotando goles, quiere cambiar el terrenito de la escuela por una cancha engramada, por un estadio profesional. Eduardo toma el esférico-huevo, lo acaricia y piensa... "mañana voy a echar otro gol".

Los zanates no cantan

Advertencia: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. 


Relato inspirado en Rock & Roll dreams come through de Meat Loaf.



Después de todo, la tarde se les había ido en risotadas y chistes. Xavier tocaba la guitarra mientras la Sequilla cantaba y el Zanate se encargaba de la batería. No sonaban lo mismo sin el bajo. Que parecían cuchumbos de leche, les dijo el papá de la Sequilla. Al fin, se hartaron y salieron a la tienda por una gaseosa y chucherías. Eso fue antes que se fuera el Zanate. Entonces todavía se reía la Sequilla. Pasó varios años esperando a que volviera hasta que se aburrió de nuestras burlas. Ya después volvió a regalarnos sus risas feyas.

Era una cosita de nada, puros huesos y pellejo con una sonrisa de dientes torcidos, amarillos por el cigarro. En aquel entonces tenía ocho años menos y más cargajadas encima. Las camisas le colgaban y la confundían con un bicho, nunca envejecía. Sólo sus manos nervudas la delataban, esas mismas manos con las que hacía tatuajes para sus compañeros, especialmente para el Zanate. Eran como hermanos. Se reían de las mismas cosas, tenían los mismos dolores y oían las mismas canciones.

El Zanate era enjuto, igual a la Sequilla. Morenito, feo, nariz pequeña y ojos de alcancía pesetera. No le gustaban el apio, la mayonesa ni los cobradores de los buses. Vivía para sus cuchumbos de leche, golpeando sus tambores con todo, aprendiendo con cada sacudida de la baqueta cómo sonar más como Dave Grohl o Dave Lombardo y menos como el chorreadito que era. Se debió haber llamado Dave, decía. Quizás algo de la magia de esos gringos se le hubiera pegado, pero los que lo conocimos bien, sabíamos que no. No tenía sentido del ritmo, tocaba sin ton ni son. Pero igual lo dejaban tocar porque no había nadie más que aguantara esas sesiones que duraban toda la noche. Si le daban instrucciones, cumplía.

"Cuando la Sequilla grite y diga "más", le tenés que dar cuatro veces al cuchumbo del centro y una al de la derecha. ¿Oís?"
"Va. Cabal."

El Zanate obedecía.  


"Cuando la Sequilla levante el brazo antes del coro, sacudís los palitos para hacer bulla así como de maraca. ¿Mentendés?"
"Simón. Va".

Terco, el Zanate obedecía.


Para ser un veinteañero, tenía mañas de mocoso. La Sequilla le daba dulces entre ensayos para tenerlo contento y el Zanate seguía hasta la madrugada o hasta donde el cuerpo aguantara. Hacía todo, pero no podía estar callado, sin hacer preguntas.

"Que jodés, Zanate. Maje, ni cantás y cómo jodés. Mira la Sequilla, no jode y canta."
"Los Zanates no cantamos, vó... Pero hacemos las cosas. Aunque nos cueste." El Zanate se reía.
"Sólo de chiva vos. Seguí, ve. Sigamos". 


Comenzaron a tocar. Entonces, ya no estaban en la cochera. El Zanate cerró los ojos ante las luces imaginarias del gran escenario que tenía enfrente y ya no tocaba sólo la batería. La guitarra se veía bien en sus brazos, reluciente. Y cantaba. Y los palitos bailaban en sus manos. Ya no era el Zanate, era una estrella.

Divertidos, los demás lo miraban. La Sequilla sonrió.


"Mirálo cómo está de ido. Sí que le gusta practicar, por mucho que joda." 


20141110

La niña blanca. Salmo 91



Esa mañana la casa olía a caldo de gallina. Todos caminaban rápido y sin hablar para evitar tocar el tema. Las cocineras sudaban cilantro, las encargadas de los animales destilaban olor a leche recién ordeñada, la nodriza igual y todas hacían sus tareas cotidianas viendo hacia abajo para no llamar a la mala suerte ni con el pensamiento.

Sabían que los gritos que habían escuchado anoche significaban algo malo; pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta. La niña más pequeña de la casa tenía la virtud de ser un hermoso bloque de queso blanco con sonrisa de porcelana y mirada de ángel; pero cuando soñaba que se le caían los dientes, era porque alguien iba a morir.

Por supuesto que no hay una lógica en eso. El mundo onírico siempre ha sido visto de menos, con recelo, con un completo escepticismo por todos en el pueblo. Incluso por los dolientes que aún lloran esas 'coincidencias' de sus familiares fallecidos.

Nadie creía lo que ocurría con la niña blanca de la casita al final de la calle. Pero todos le temían.

En la puerta desvencijada habían clavado animales muertos para "ahuyentar al demonio", recipientes con todo tipo de sahumerios, macetas con hoja de ruda, fotografías de los enfermos para ver si la niña soñaba con alguno y les avisaba a tiempo para prepararlos antes del rigor mortis cuando ya costaba vestirlos o fotos de los recién nacidos con la esperanza que la niña aprendiera a ignorarlos y les diera tiempo de vivir. incluso hojas sueltas de la biblia en el capítulo 91 del libro de Salmos, versículo 5, donde reza:


No tendrás temor de espanto nocturno,
 Ni de saeta que vuele de día;

Ni de pestilencia que ande en oscuridad, 

Ni de mortandad que en medio del día destruya.



Nadie sabía exactamente cómo era el procedimiento de soñar con dientes caídos, llenos de caries, o en el dentista del pueblo, con encontrar a alguien en su último aliento. Si no se hablaba de ello, mucho menos era posible establecer la conexión entre las pesadillas de una mocosa de familia bien, venida a menos y su amistad con la muerte.

A doña Jacinta la encontraron en la cocina. Murió sentada en la mesita del desayunador mientras ponía la corteza superior de su famoso budín de plátano. Vivía sola desde que su único hijo se fue a la guerra. Nunca nadie se atrevió a contarle el verdadero final que tuvo. En lugar de darle la noticia al poco tiempo de partir, decidieron escribirle una carta falsa por año, justo para su fecha de cumpleaños, diciendo que la extrañaba y que todo estaba bien.


Don Eleuterio cayó por las escaleras del sótano. Cuando la niña blanca estaba despertando de una pesadilla donde gritaba "¡dientes! ¡DIENTES!" siendo zarandeada por una de las nodrizas, el padre del panadero del pueblo rodaba como los bollos franceses que habían hecho famosa a su familia por generaciones. "Infarto fulminante" dijo el médico.


Ese médico bien sabía de infartos porque semanas antes había enterrado a su hermano mayor. Medio hermano, la verdad. Hijo de su padre con una lugareña varios años antes. Por más que trataron de aparentar que al llegar al pueblo con su señora, ya traían al niño; era bastante obvio que con ocho años de diferencia entre ambos, era hijo de bastardo. La santa madre del doctorcito, doña Abigail,  se mantuvo en esa versión hasta su muerte. Incluso al confesarse en su lecho de enferma, el padre Avelino fingió no saber nada y le dio la bendición de inmediato antes que la niña tuviera otra pesadilla con sus dientes de leche y el padre tuviera que salir corriendo a otra visita.


Así pasaron los asustadizos vecinos un buen tiempo. Se reunían en diferentes casas para hacer rezos, compartir recetas de quemas, incienso cuando había algún recién nacido, prestarse hierbas y biblias cuando estaban en tiempos precarios y comprar las velas rojas que estaba haciendo Balbina, tátaranieta de una de las fundadoras del pueblito, quien acababa de salir del novenario de su madre; pero había decidido usar luto riguroso. Más por su soltería que por la muerte cercana.


Esa noche todos durmieron bien. Después de varios años de angustias nocturnas, murmuraciones vespertinas y pordioses en cada esquina, esa noche todos durmieron bien. Unos con sobredosis de té de floripondia, otros con intoxicación leve de humos que mezclaban hierbas aromáticas para evitar insomnio, otros simplemente cansados de rezar a la luz de las velas rojas. Tan tranquilos y en paz, que ni siquiera se dieron cuenta a la mañana siguiente del alboroto que causó la muerte de la niña blanca.


Como pudieron, la familia logró pagar a un amigo del doctorcito para que llegara de un pueblo vecino y más evolucionado a hacerle una autopsia a la casa. Lavó la mesa de madera de la cocina donde estaban las piezas de pollo descuartizado que dejaron listas desde la noche anterior para celebrar su cumpleaños número 6, le dieron mantas blancas recién hervidas para no contaminar su cuerpecito blando con los instrumentos sucios:


_"Arsénico", dijo con voz ronca el médico visitante.


20141031

Meat Loaf, Bat out of Hell y el Rock & Roll

La música siempre estuvo presente en toda mi vida, de una forma u otra. Y el dibujo. Ver las portadas de los discos de acetato de mis papás era de las cosas más fascinantes que podía hacer cuando estaba pequeña. Me encantaba imaginar la historia detrás de la portada, saber qué se había imaginado el cantante o qué había inspirado al autor de las letras a escribirlas de la forma en lo había hecho.

Siempre curiosa, me encontré un día con esta belleza en el mueble de discos de mi mamá, uno de los primeros CD's que compró, allá por 1995:



Meat Loaf - "Bat out of Hell II"
El pedazo de carne del infierno. Ajá. 



Lo primero que pensé fue: "Eso debe ser diabólico, terrible y seguramente es para grandes. Lo voy a oír. Miren, allí hay un ángel, un héroe y un murciélago gigante, la historia debe ser buenísima."

Me llevé una gran sorpresa al oír la primera canción (era "I'd do anything for Love") y no era un rock estridente, sino casi una ópera porque tenía una historia. No eran gritos horribles, sino alguien contando algo con una guitarra que me hablaba. El rock no era malo, no era esa creación endemoniada que todos pensaban. La tercera canción fue un encanto y se me quedó grabada a fuego con estos versos:



"Someone must have blessed us when he gave us those songs"

"Remember everything that I told you, and I'm telling you again that it's true  
You're never alone, 'cause you can put on the 'phones, 
and let the drummer tell your heart what to do"


"There's always something magic 
There's always something new 
And when you really really need it the most, 
that's when rock and roll dreams come through"



Era cierto. No importaba que a veces no hubiera nadie allí, que tuviera cosas que no pudiera decir, la música estaba allí siempre. Si la inspiración me faltaba, la podía llamar con música. Era toda mía y podía recurrir a sus notas cuando quisiera, acudir a su magia en cualquier momento. Crecí oyendo muchas cosas, pero nunca se me olvidó esta canción, que en sólo cinco minutos me había enseñado una lección que guardé para toda la vida.



Estoy ansiosa por ver qué sale de esta canción para todas en Non-Girly Blue. ¡Feliz semana!