Cuando la música se convierte en inspiración
Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.
Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?
[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20160201
Todas las muertes de Ámbar
Relato insiprado en Gypsy de Fleetwoodmac
Ámbar recordaba todas sus vidas pasadas. Así como lo leen. Incluso podía recordar la vez que fue gato, la vez que fue listón de pandereta, la vez que fue violín. De hecho por el violín fue que comenzó todo.
No es que en cada una de sus vidas haya tenido memoria de la anterior. No, fue a partir de esa época en que la fue violín y era tocada en la corte por el joven hijo veinteañero de Sir Gallagher. Toda la corte estaba sorprendida. Incluso su padre que nunca tuvo la más mínima esperanza de que el hijo tuviera talento. No. Todos se equivocaron y se reunían una vez al mes a escuchar al joven prodigio sacar sorprendentes, atinados y cadentes arpegios a ese violín. Ella, claro, por entonces ya estaba aburriéndose un poco de la vida de vals que le estaba dando el condesito y se la pasaba encerrada en su estuche de terciopelo negro, urdiendo inusuales planes para salirse del castillo. Aunque en el intento perdiera una cuerda o dos. Porque claro, ella sabía que daba para fugas y tocatas, para nocturnos o rapsodias.
Por suerte para ella, el día mismo que cumplía cinco años de estar con los sires, miestras viajaba a su afinación mensual; una llanta del carruaje golpeó contra unas piedras y, sí, lo adivinaron: Ámbar -claro, que por entonces no sabía que se llamaba así- saltó por la puerta con todo y estuche. El estuche se rompió, como se imaginarán. Ella perdió, no dos, sino solo una cuerda y rodó por la ladera hasta caer -afortunadamente- en los brazos de Johan.
Johan, qué puedo decirles, era un poco sucio y desaliñado, con unas greñas que pudiera que fueran claras, pero le tiraban a marrón, y con las manos fuertes y rotas de tanto cortar leña. Y no, no crean que todos los Johanes de esos lares podían tocar tan bien el violín como él, pero sí, qué suerte que Ámbar comenzara a rodar así por sus vidas, sucediéndose una historia a la otra como si ya estuvieran escritas desde siempre, o por lo menos bien planeadas. Y Johan no solo la tocaba día y noche, durante el alba y al atardecer, no solo la tocaba siempre con las mismas ganas y pasión; la tocaba con todo el impetú de quien quizás cree que se le va a terminar la vida. Y sí, ella se pegó a Johan en cada nota, cada pizzicato, cada vez que la acariciaba con el arco. Pero ya saben, una cosa así nunca puede terminar bien y ya se le veía a Johan más desgreñado que nunca, con las manos llagadas, dejó de hacer sus labores, de reunirse con el clan, de comer, de beber... A veces parecía que hasta había dejado de respirar. Ámbar, que nunca más recurperó su estuche, y que de todos modos no lo necesitaba, porque nunca más la volvió a soltar; también comenzó a decaer. Ya no eran tan brillante como antes, los Csardás que más de una vez le sacaron algún lamento, ahora sonaban secos y opacos.
En el primer intento, Johan la colocó con cariño y devoción en el promontorio de desechos que acumulaba el clan a la orilla de la aldea. Le dolía dejarla allí, pero sabía, tenía bien claro, que no podía seguir con ella, le estaba arruinando la vida, le estaba quitando el sueño, le estaba quitando la oportunidad de tener una relación normal... Dos días después, los quemadores de escombros estaban a la puerta de su casa con el violín, un poco más destruído, un poco más opaco; pero en sus manos otra vez. Y Ámbar era feliz de que con solo verla de nuevo, quisiera tocarla.
En el segundo intento corrió con ella a orillas del río, a veces tocándola, a veces solo abrazándola, a veces queriendo soltarla. Y así lo hizo. La miró caer hasta el fondo. Ella quiso decir algo, como un lamento en un nocturno, pero recordó que lo necesitaba a él para gritarlo... Dos días después apareció goteando agua por sus más insospechados rincones en la puerta de Johan. De alguna manera, cada vez que volvía a aparecer, Johan sentía que volvía a nacer, y la tomaba, salvaje, entre sus manos hasta hacerla estallar otra vez en lamentos que se perdían en la noche.
En el tercer intento ya quedaba poco de Ámbar. Tres cuerdas, madera rota, gastada, el puente casi desaparecido, el mango casi en un hilo. La llevo a lo más profundo del bosque una madrugada. En silencio, y sin verla ni tocarla, encendió una fogata. Durante largos minutos y horas, Johan se dedico a curar todas las heridas de sus manos. Las abrió una a una con una navaja previamente desinfectada en el fuego, y luego les aplicó una hierba de color rojizo. Finalmente vendó todos sus dedos juntos con una tela limpia de gaza. Y entonces fue su turno. La dejó caer despacio en la hoguera. La vio consumirse lentamente como cuando se mira el pasado.
Gitanas
Relato inspirado en Gypsy de Fleetwood Mac.
A Emilia,
mi amiga, mi hermana,
mi compañera de pato-aventuras
mi acompañante de viajes y canciones.
¿A quién más?
A ella le parecía que la niña nueva era muy creídita, muy fina, muy de colegio de monjas, su eterna trenza castalla, sus calcetas altas, la veía de reojo con cierta desconfianza.
A ella le parecía que aquella muchacha morena con cabellos demasiado negros era agresiva innecesariamente, bastante tosca, mal hablada, demasiado comunista. La veía de reojo... con cierta desconfianza.
Ninguna de las dos sospechó que serían amigas el resto de la vida.
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- ¿No les ha pasado que de pronto conocen a alguien y de pronto se sienten profundamente comprendidas en las locuras más ocurrentes posibles?
- No.
- No has vivido nada entonces.
- Estás enamorada...
- No, es diferente. Es tener una amiga, una hermana que es como vos y sigue siendo totalmente distintas. Es eso, tengo una amiga.
- Vos tenés montón de amigas...
- No, tengo conocidas, cheras... amigas solo tengo una. Vas a entender cuando encontrés a tu hermana elegida. Ahorita sos demasiado joven.
- Hace cuánto conociste a esta tu amiga.
- Éramos unas niñas recién llegadas a la adolescencia. Con ella es la única con la que sigo siendo esa niña de 15 años.
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Se dieron un beso, ambas estaban felices de verse, justo en el estacionamiento de un centro comercial, diciembre había sido clemente con el trópico y la brisa aliviaba todo un año de calores insoportables. Ambas iban acompañadas, pero en ese breve instante solo ellas dos existían, tenían casi tres años de no verse, de no saber nada de ambas. Se vieron y se abrazaron. Creo que una de ellas susurró un "qué gusto verte". En realidad para el resto de mortales presentes nada de eso tenía de raro, eran un par de mujeres saludándose, como si no se hubieran visto un par de semanas.
- ¿Quién era? - preguntó Mario.
- Mi amiga María - contestó Judit mientras una sonrisa no se le quitaba del rostro.
Mario sabía que Judit y María no se veían desde hacía años, había sido testigo de la melancolía de su mujer durante aquella ausencia. Muchas noches había escuchado la frase "y la vez que, con María... tal cosa" o un solitario "Es que con María..." Siempre le preguntó por qué no se veían, Judit nunca le dio una respuesta satisfactoria y entendió al segundo año de tanta tristeza que era mejor no preguntar mucho.
Judit no se apartó de esa alegría del saludo breve con su amiga, conservó ese entusiasmo intacto hasta que un día recibió un mensaje por Facebook.
Como siempre son amigas, las mismas niñas de 15 años, sorprendiéndose con la vida, jugando tetrix con las emociones, encariñándose de sus decisiones de mujeres adultas. Suele vérseles cabalgando al atardecer, como cuando iban al colegio, siempre atentas, siempre libres, siempre gitanas, siempre hermanas.
Agenda gitana
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| Relato inspirado en "Gypsy" de Fleetwood Mac |
¿Qué debía hacer exactamente? Si siempre hacía caso. Asentada con la cabeza o decía Sí explícitamente, nunca decía que no. "Me acordás a Inés", le susurrarían al oído. Y en esas vueltas mentales estabas cuando optó por leer algo. Allí tendidos estaban los periódicos que apenas y tocaba, might as well have a look. Esculcando, saltándose la sección de deportes que le remueve recuerdos; ¿qué hay? ¿qué ha pasado? Y justo cuando el campo léxico de poder legislativo empezaba a marear, aparecieron entremetidos una serie de post-its, en un formato curioso muy lejano a esa edición de ayer de El Periódico.
- 2:31 Ver el reloj. ¿Por qué diablos?
- 3:34 No hay que ver el reloj cuando no puedes dormir bien. Es lo último que debes hacer.
- 5:11 ¿Será que es hora de despertarse? Aprovechar el tiempo libre y perseguir el amanecer. Una manera divertida de perseguir el atardecer.
- 6:25 Hora de salir de la casa. Llegar tarde es recibir menos plata.
- 8:25 Se ecabó el termo del café y los alumnos se portaron bien.
- 9:01 Hacer ejercicio. Porque me gusto.
- 9:58 Antojos de fruta. Con la edad vienen preocupaciones que los alumnos no entenderían.
- 10:11 Odio las citas en el dentista, pero amo tener tiempo para ello.
- 12:35 Conseguir una agenda que reemplace este especie de diario volátil.
- 13:00 Cocina para uno. Para llevar. Almorzar en un café mientras leo el periódico.
Mientras Carmela se hundía periódicamente en presiones que la tocan, esta desconocida se llenaba de tiempo a solas, navegando sin la dirección de los Sis destinados a los demás.
20160121
Nombre para un recuerdo
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| Relato inspirado en Gypsy de Fleetwood Mac |
Anoche soñó conmigo. Sé que está tejiendo memorias y esperanzas futuras con los hilos de lo que le queda de mí. Me tiene allí, anclada en su mente y a la vez muy lejos de su conciencia. Cuando despierta, soy un poco más que un vago recuerdo o un pensamiento difuso y nuestros subconscientes son como dos amigos que se saludan el uno al otro desde las esquinas de un cuarto grande. Allí estoy. Casi invisible, pero allí estoy.
Es de noche otra vez y se prepara para ir a dormir. Se acuesta en su cama y poco a poco se borra esa avalancha de cosas que carga en su mente para dar paso de nuevo a mi persona. Me voy dibujando de nuevo a medida se va quedando dormido y es entonces cuando toma mi mano.
Abre una puerta oscura y hermosa para llegar a donde estoy. Reconozco esa puerta: es la de la casa que casi compramos antes que yo muriera. Lo veo como una entrada a los recuerdos que tiene de mí, una barrera que separa a lo que queda de mí dentro de sus pensamientos mientras está despierto y que a la vez crea un santuario para que estemos juntos.
Allí es donde hablamos. Me habla y yo escucho atenta todo acerca de sus fobias, sus miedos y sus arrepentimientos, sus triunfos y sus nimiedades. Solo puedo decir todas aquellas cosas que le pude decir mientras vivía. Casi siempre, son cosas relevantes, que tienen sentido. A veces no tengo nada que decir que se ajuste a lo que habla y solo me limito a acariciar su frente, delineando con mi dedo la cicatriz que le dejó el accidente en el que perdió también mi cuerpo. Se estremece de frío cuando lo toco. Es algo que le recuerda que esto no es real para él y ambos lloramos. De vez en cuando se despierta empapado de sudor y lágrimas, con el corazón angustiado.
Me amó mucho más de lo que se permitió amar antes. Incluso ahora, no está seguro si tenía esa capacidad de amar o si yo lo empujé a eso. Pensó en mí durante su hora de almuerzo. Siempre lo hace. Yo le preparaba almuerzos y le dejaba notas azucaradas. Guardó la última en su mochila y la lee antes de comer. Hoy vio la nota arrugada y la dejó doblada en cuatro partes. Abrió apenas la puerta oscura otra vez y me vio a los ojos para cerrarla luego. El corazón le dolió. Lo pude sentir. Me asusté y me apoyé en la puerta, confundida. Me puse a esperar a que se durmiera.
Cuando se durmió al fin y abrió la puerta, me encontró nerviosa y tan llena de energía que casi abrí la puerta sola. No podría hacer eso. Imposible. Me muevo en su subconsciente pero no tengo autoridad sobre su mente. Tampoco quisiera eso. No quisiera hacerle daño. Su mente es tan delicada...
Me llamó por mi nombre. Su voz es tan tenue que apenas lo escucho. Lo veo casi tan nervioso como yo. Le pregunto como estuvo su día, con las mismas palabras que usaba cuando llegaba de trabajar. Intento ignorar ese miedo que crece a cada segundo. Me dice que debemos hablar y está llorando. Lo veo y hago lo mismo que hacía cuando lloraba: beso sus ojos. Luego espero y suspiro. Me dice que necesita que yo sepa que siempre me ha amado y que me ama más que al aire que respira y luego me explica que siempre tendremos este lugar para los dos. Me dice también que ya no podrá venir tan seguido como hasta ahora. Se ahoga un poco con sus palabras y respira profundo antes de continuar. Finalmente me cuenta que conoció a esta mujer, que seguramente a mí me caería bien. Dice que sabe que da igual, porque yo siempre encontraba algo bueno en los demás. Se ríe a medias y el sonido me parece agridulce.
No estaba esperando esto. No tengo palabras de nuestra vida juntos para este momento, así que digo algo que dije en mi cumpleaños número 27 para expresar mi sorpresa. Dice que lo entiende y me promete siempre venir a verme, insiste en decirme que necesita que yo sepa lo mucho que me ama.
Le digo que también lo amo. Si tuviera un corazón, en este momento estuviera en pedazos.
Me explica que se quedará conmigo hasta que despierte y me suplica quedarme con él, dice que no es necesario que diga nada porque ya es tiempo de una vida nueva y palabras nuevas. Me pregunta si lo comprendo. Le digo que sí y guardo silencio. Nos quedamos así hasta la mañana siguiente. Por mi culpa se despierta tarde y llega con retraso al trabajo. Cierra la puerta y me acuesto en el suelo, sobre la alfombra que habíamos escogido para la sala, todo dentro de su delicada y hermosa mente que no quiero tocar.
Pasan los meses.
Se casa con ella. Un día entonces abre mi puerta y la puedo ver. Se ve radiante como el sol en su vestido de novia. Me alegro por ella porque sé que él tiene todo para ser un esposo maravilloso. Casi fue mío. Después de eso, me ve cada vez menos. Cada vez que abre la puerta estoy más transparente, soy menos yo hasta que un día la puerta se cierra y de mí no queda nada más que un trozo de papel doblado en cuatro partes en las manos suaves y abultadas de una mujer esperando a su bebé.
Ella pregunta por el papel y él se acerca mientras la nota cae de una vieja y polvosa mochila que estaban apartando para una venta de garage. Cierra los ojos y lo veo en mi puerta. La abre y entonces están la alfombra, el olor de las gardenias mojadas, mi perfume favorito y los melocotones, pero yo ya no estoy allí. Intenta con todas sus fuerzas atraerme hasta allí, excavando en lo más profundo de sus recuerdos; pero no logra encontrarme. Al fin, abre sus ojos. Le cuenta a ella que la nota era mía, que le dejaba muchas como esas con sus almuerzos.
Ella queda fascinada con mi nombre y le dice que le parece lindo para su hija. Decide que se llamará como yo y se acaricia el vientre. Dentro de ella, dos pequeños pies dan su aprobación. Ambos se ríen y yo suspiro una vez más.
20160118
To the gyspsy that remains
No le vayan a contar a nadie esto, pero desde siempre he tenido por seguro que en mi vida anterior fui gitana... Mi mamá me lo repitió toda la vida desde que, a los 5 años, bailé la Danza Húngara #5 de Brahms en el kinder con pandereta, botas negras y corset.
Así que digamos que esta canción es un homenaje a la gitana que fui o que sigo siendo de alguna forma y un homenaje a esta increíble canción escrita por Stevie Nicks para Fleetwood Mac.
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