Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20140316

"Still" - Alanis Morrisette



          Tenía siete años cuando surgieron demasiadas preguntas que nadie en su casa podía responder. Veinte años después, muchas de esas preguntas infantiles seguían sin respuesta, y no porque no hubiera intentado encontrarlas, todo lo contrario. Había  conocido tantas personas, viajado lo suficiente, cometido tantos errores y tantos aciertos, había buscado a Dios y lo había dejado a un lado, había leído todo eso que parecía inteligente y lo que era absurdamente banal, había creído y dejado de creer, había meditado y experimentado, y aún así, no encontraba alivio a esa curiosidad que la carcomía por dentro como una picazón eterna, como una sed insaciable, como un fuego inextinguible. 

          “Veintisiete años no es una edad para tener las respuestas de la vida” se consolaba a ella misma, pero aún así, Ellen llegaba a la conclusión que quizás era demasiado estúpida como para no ver las respuestas en frente de ella, o simplemente eran preguntas que no tenían respuesta. Preguntas que no deberían tener respuesta.


          “Es necesario encontrar los orígenes de las cosas.” se repetía a sí misma cada vez que chocaba contra el muro de la ignorancia. “Las respuestas se encuentran en lo sencillo, no en lo complicado” era su mantra cuando la frustración le hacía rodar lágrimas por su rostro pálido y cansado por el desvelo. Ese desvelo que cubre la vida de los científicos, de los exploradores, de los detectives que no encuentran paz hasta que encuentran toda la evidencia para cerrar el caso, o el experimento, o el descubrimiento de alguna nueva tierra prometida, o sencillamente la curiosidad infantil que, en este caso, le motivaba a seguir cometiendo errores dentro de lo seguro y aciertos dentro de lo inesperado, solo para encontrar nuevas preguntas al final del día.


          Era una complicada, lo sabía. Era una de esas chicas que se sientan a ver a su alrededor intentando encontrarle significado a las cosas. Había hecho de su mundo una tierra de fantasía, donde todo tenía y debía tener significado. Hacía de lo cotidiano un simbolísmo casi alquímico, que combinado de la forma correcta, en las proporciones correctas, todo podía convertirse en oro, o dicho en otras palabras, todo tenía un valor más allá de lo que sus ojos podía ver. Todo tenía propósito y significado más allá de lo funcional. Más que una pragmática, era una romántica. Y lo sabía. Sabía que las cosas no eran del todo como ella lo percibía, sabía que las cosas eran sencillamente cosas, que la poesía jamás reemplazaría la utilidad, que el significado lo dictaba un diccionario, algún libro sagrado y la sabiduría popular. Sabía que los sueños no eran más que una fantasía personal y que habían preguntas que eran mejor no preguntar. Repasaba la historia. Repasaba la cantidad de nombres que habían intentado borrar, sin éxito.


          “Algún día” suspiraba. “Algún día las preguntas de ahora tendrán respuesta sin censura”.


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NGB. DA20140316


20140304

Ella y Él


Relato inspirado en Still de Alanis Morisette.

Durante tres mil seiscientos noventa y dos días se miraron a los ojos y sus corazones sonrieron sin parar. Era una extraña condición, por cierto, ya que por alguna razón poderosa aquellos dos corazones intercambiaban emociones incapaces de salir al exterior, de convertirse en sonrisas verdaderas en los labios verdaderos de sus rostros.

Él, podría llamarse Narciso. De hecho, ese era su nombre; pero antes de que esta historia continuase, algún lector docto y conocedor de la mínima parte de la mitología griega y su posterior relación con algunas condiciones de la sicología moderna, estaría haciendo análisis muy adelantados de nuestro personaje, encasillándolo en ciertos rasgos de personalidad ya conocidos por media humanidad. Así que nos limitaremos a llamarlo Él. Ella podría llamarse de cualquier manera, Carmen, Eugenia, Concepción, Olga, Esperanza, y daría la mismo; ya que aquella mujer andaba suelta por el mundo sin un nombre que pudiera definir su presencia. Así que nos limitaremos a llamarla Ella.

El primer día de los tres mil seiscientos noventa y dos días llovía suave, con gotas casi dibujadas, tan leves que parecía que se las llevaba el viento. Ella caminaba por una esquina cualquiera mirando para abajo como siempre, como si buscara algo que se le había caído al suelo, como si nunca lo encontrara. El frío le hizo cruzar los brazos y el suéter sobre el pecho y buscar en el café más cercano un chocolate con leche y malvaviscos flotantes y esponjosos. Atrás del chocolate se lo encontró a Él, que la miró por primera vez con sus profundos ojos de playa caribeña.

– Tenés un bigote de chocolate– dijo Él, sonriendo cada vez más para adentro.
– ¿De qué más podría ser?– contestó Ella, lamiendo cualquier rastro de sonrisa en sus labios.
– Parecés del tipo que sabe cómo y cuando disfrutar un buen chocolate caliente y distinguir el olor del café recién hecho– dijo Él, sin saber que estaba pactando un contrato de trabajo que duraría tantas miradas, cafés recién hechos, pasteles de queso con jalea de fresa, pastelitos de guayaba, matrimonios hasta que la muerte los separe, abrazos sinceros, hijos queriendo y sin querer, lágrimas de mentira y de verdad, escaramuzas de separación y de odio; y en medio de todo, tanta sonrisa del corazón.

Los primeros trescientos sesenta y cinco días se fueron entre miradas y el nuevo nombre del café que ahora se llamaba Arkadia. “El lugar donde se reúnen los poetas”, dijo Ella sin tanta ceremonia, colocando el rótulo en un lugar más visible que el anterior y dejándose envolver por el abrazo reconfortante del primer café de la mañana.

– No entiendo eso del lugar en donde se reunen los poetas–, dijo Él a la mañana siguiente, porque de verdad era muy lento para procesar y pensar en las cosas que consideraba irrelevantes. – ¿Nuestro café es solo para poetas o qué? ¿Vamos a hacer recitales los viernes y sábados por la noche o qué? ¿Vamos a competir con Los Tacos de Paco o qué? No conozco muchos poetas, sabes...

Ella lo miró despacio y sin prejuicios, como solía verlo cada vez que Él no la seguía en alguna de sus ideas, que era casi siempre. Como cuando le dijo que el cielo estaba morado y Él lo seguía viendo azul-celeste, como cuando lo besó esa noche porque le dio la gana y Él se arrepintió -al contar hasta diez- de corresponderle y bajar la mano por la espalda descubierta, como cuando Ella le dijo que estaba llegando demasiada gente y que tenían que ampliar el local o irse a otro lugar y Él le contestó que no era necesario que la gente se iba a acomodar a donde fuera.

– La poesía puede estar en cualquier parte,– le dijo, haciendo de lado la boca y apretando los ojos como cuando pensaba mucho, – incluso en la forma en la que cerrás los ojos cuando querés olvidar, o en la forma en que la luz cae sobre ese afiche tonto del Louvre que has puesto en esa esquina–.

Él sonrío por dentro, porque la misma luz que Ella mencionaba caía sobre su pelo y destacaba-subrayaba un par de canas salvajes y sin remedio entre su pelo. Y pensó que eso también era poesía.

– Quiero informarte que creo que me voy a casar–, anunció Él, el día ochocientos veinticuatro.
– ¿Con la pobre boba niña nice de colores pastel o con aquella vieja cargada de imitaciones de pieles de gatos?–  Pregunó Ella, apurando una tercera cucharada de azúcar al chocolate.
– Espero que no creás que espero tu aprobación…
– Y yo espero que vos no creás que tengo que dártela…
– Entonces… ¿Está bien?
– Ni siquiera me has dicho con cual de las dos…
– La de las pieles de gato…
– Me imaginé–, dijo Ella terminando el chocolate en un solo trago grande. – Aunque seás un cursi sin remedio no te podrías quedar con la pobre boba niña nice.. La de las pieles de gato tampoco me parece, ocho años de diferencia es demasiado, pero como no estás esperando mi aprobación, no importa.

Decidieron que la despedida de soltero la harían ellos dos solos. Ellos dos solos como particpantes, pues. Él no tenía muchos amigos. De hecho, no tenía amigos. Ella siempre se lo dijo: era un narciso sin clemencia, por eso no tenía amigos hombres, no le gustaba la competencia de ninguna forma.

– No esperés que hayan mujeres chulonas bailando y cosas como esas–, le dijo ella cuando lo pasó a traer a su casa para la despedida. Él pensó que a la única mujer chulona bailando que le gustaría ver sería a ella, pero no se lo dijo, la mayoría de las veces nunca le decía las cosas que pensaba, porque siempre creía que no podía soportar que ella se burlara o no pensara igual o lo mandara por allá.
– No espero mujeres chulonas–, le dijo en cambio. – ¿Qué vamos a hacer?
– Vamos a bailar, nos vamos a emborrachar, nos vamos a drogar, vamos a ir un puterío si querés, traje este libro para leer mientras te espero, mirá– Él miró: Salvajes de Jon Winslow. – y finalmente podemos ver el amanecer en el cuarto que tengo en el Hilton. Un cuarto que da al amanecer, entendés... Tu último amanecer soltero.

La boda fue un día de diciembre. Ella se encargó de todos los detalles de la comida, tragos, cafés, música, chocolates y demás. Fue la madrina de lazo, Ella lo pidió, Ella quería.

– Te quiero recordar la metáfora de ese acto tan descabellado. Te voy a amarrar tan fuerte que nunca te vas a soltar–, le dijo. Él solo la miraba con su estómago retorciéndose de dolores secretos como esos que les llaman cólicos y cosas por el estilo. Y así fue: lo amarró fuerte a la mujer de pieles de gato que esta vez no las llevaba, aunque en el ensayo le hayan repetido varias veces que no lo tenía que amarrar, que solo era un símbolo, que solo tenía que “colocar” el lazo alrededor de ellos. No, ella los amarró. Mientras Él se quería reír y ella desparramaba su olor a cítricos, café, chocolates y azúcar alrededor de Él, que solo podía recordar ese mismo aroma –el de Ella- la madrugada anterior junto a Él en la cama, que no miraba el amanecer, sino a Ella dormida sobre los pedazos de la carta que había escrito para el acto de despedida –como Ella le había llamado- y que nunca leyó, porque en un arrebato de borrachera extrema le contó la historia de la carta mientras la rompía en piezas simétricas de aproximadamente media pulgada, antes de expulsar en el inodoro toda la cena y el alcohol que había entrado a su cuerpo por más de nueve horas y quedar cuajada sin aviso en el piso del baño.

En el día mil quinientos noventa y ocho, Ella tuvo un hijo. – De padre desconocido–, repitió durante los más de ocho meses en que su panza fue creciendo al calor del chocolate con leche y los pastelitos de guayaba que Él se encargaba de tostar en el horno. Él, a pesar de las quejas y rabietas de la mujer de las pieles de gato, la acompañó al parto, le secó el sudor, le detuvo la mano, se aguantó todos los gritos y maldiciones que le calleron al Padre Desconocido, pero que, por la manera que le estrujaba los dedos, parecía que eran para Él. Sonrió con ella cuando el niño pegó el primer grito, se fue detrás del pediatra para comprobar que tuviera todos los dedos y pestañas, se sintió orgulloso al verlo por primera vez, ya sin todas las tripas, sangre e inmundicias del primer momento y fue el segundo en cargarlo, después de Ella. la foto del nene acostado en la cunita de hospital, envuelto como cigarro en frazadas de ositos amarillos, fue lo primero en decorar el escritorio de Él en su nueva oficina en la sucursal 4 de Arkadia, que recién acababa de abrir en esos días. Él y Ella ya ni necesitaban hacerse cargo, sin mucho esfuerzo el negocio se había vuelto tan rentable que ahora se dedicaban más bien a pensar en qué hacer con todo el dinero que entraba a sus cuentas de ahorro.

–Invertir en fincas de café– Decía ella emocionada por la idea de producir su propio café...
–Abrir un prostíbulo o motel de lujo, eso da mucho dinero, comprobado,– sugería Él.
–¿Un café-guardería para madres sin oficio? Todas las mujeres con hijos se quieren ir a tomar un café decentemente.–
–Hoteles temáticos en todas las playas de El Salvador–
–Calzonetas desechables para esos casos de emergencia–
–¿Qué casos de emergencia?–
–Como cuando se te olvida...–
–¿Un hotel nudista cinco estrellas en una playa exclusiva del país?–
–Una línea de paletas de sopa de gallina, mondongo, arroz aguado; y diferentes sopas criollas, camisetas hechas del bagaso de la caña, uñas acrílicas con pinturas de Fernando Llort o el Aleph, aire de las montañas de Apaneca para exportar, arena de las playas de la Libertad para exportar, yuca con pepescas para exportar, el olor a la Navidad salvadoreña para exportar...

Los productos para exportar eran los que tenían más éxito en sus brainstormings, podían pasar horas pensando en productos nostálgicos para mandar a los yunais y así se les iban los días en una calma aparente. Hasta que, exactamente en el día dos mil quinientos, la mujer de las pieles de gato anunció que se iba con un hombre que bien podría ser su hijo, al que solo llamó “conejito” y, según contó, había conocido en una despedida de soltera... Conejito tenía un gran talento para quitarse la ropa mientras bailaba, según relató, y había decido convertirse en su “manager”. Así que sin más anuncios ni aspavientos se fueron a Las Vegas a buscar fama y fortuna. Por supuesto que el divorcio tuvo que ser apresurado y con todas las peticiones y exigencias le costaron a Él más de una sucursal de Arkadia. Así que ahora eran Él, sus dos hijos, Ella, su hijo y el Amante Desconocido que había aparecido unos meses atrás en conversaciones y los – hoy me tengo que ir antes porque tengo algo que hacer en la noche–, de Ella que cada vez se hacían más frecuentes. Por lo menos tres veces a la semana. Eso, sin incluir los sábados y domingos que desaparecía por completo, a veces incluídos algunos lunes, a veces incluído también el nene.

El día dos mil quinientos noventa y siete Ella le anunció a Él que se iba a ir a vivir con el Amante Desconocido, que habían alquilado una casa con patio amplio y vistas al atardecer, en donde, además del nene, iban a tener un lindo cachorro y algunos pajaritos en una jaula.

– No esperaras que te haga una despedida de soltera con “conejitos” desvistiéndonse–, preguntó Él mientras le ayudaba a meter sus libros en cajas para la mudanza.

– No esperarás que a estas alturas de la vida yo espere algo de vos... Además no, no creo que hoy, ni nunca, vaya a despedirme de mi soltería, digamos que esto solo es una prueba...

– ¿Querés que te escriba una carta y después la rompa sin leértela?

– No quiero nada, ya te dije.– Concluyó, aunque en el fondo esperara a que hubiese algún tipo de objeción de parte de Él.

Le estaba administrando el negocio, organizándole la vida, escogiéndole la ropa para esta o aquella reunión, acompañándolo cuando se sentía solo, como siempre; y ahora, además, criándole a los hijos. Lo menos que se podía esperar es que fuera Él con quien se fuera a vivir y no con un Amante Desconocido al cual conocía apenas de unos meses. Claro, no se lo dijo. No iba a ser Ella quien lo sugiriera. Sonrió para afuera con una sonrisa de esas fingidas, sonrió para adentro con tristeza.

–¿Querés que vayamos a ver el amanecer?–

–...



El día tres mil doscientos veinticuatro Él tuvo que aceptar que ella se estaba dejando ir de su vida, de la vida de todos al parecer... No le interesaban los pastelitos de guayaba ni el chocolate con leche y malvaviscos, ni hacer planes de qué hacer con todas las ganancias de Arkadia, ni le parecía divertida la idea de la línea de minutas de tiste con alguashte que Él sugería para invertir. Ya no quería sonreír, ni para dentro ni para afuera. Algo faltaba en el color de sus ojos, en la forma cómo miraba hacia un lado cada vez que pensaba en algo importante, algo faltaba en la comisura de sus labios cuando trataba de hacer esa mueca de aburrimiento, algo faltaba en su pelo cada vez que el sol caía oblicuo sobre él con la primer luz de la mañana. Él no entendía exactamente qué, pero algo faltaba. Y Ella empezó a faltar también. Primero unas horas, luego toda la mañana, toda la mañana con algunos momentos de la tarde. Una tarde completa. Hasta que las horas de su ausencia se convirtieron en días, dos días sin verla, tres días y luego aparecía con el nene de la mano, pidiendo un frozen de sandía para él, comentando el calor de esa mañana como si nada de eso estuviera pasando, como si no tuviera que justificar su ausencia, su desaparecimiento. Él no iba a preguntarle. No iba.

– Mañana tenemos que empezar con el plan de mercadeo para el próximo año–, le dijo un día de esos, solo para hacerla regresar, para detenerla de ese desaparecimiento sin tregua.

–No me necesitás para eso,– contestó Ella. –Nunca me has necesitado–.

Y salía con el nene de la mano tal cual había entrado, sin avisar cuándo iba a volver o si iba a volver y no volvía por largos días, hasta semanas. Y entonces volvía a aparecer con el pelo corto y de otro color, entraba a regar las plantas de la terraza y Él le preguntaba que qué tal le iba en su vida con el Amante Desconocido. Y Ella contestaba con un parco bien, que bien, que todo bien. Y volvía a desaparecer.

Días.
Semanas.
Meses.

El día tres mil seiscientos noventa y dos, Él decidió que era necesario ir a visitarla. Hacerla volver. Sí, estaba dispuesto a pedirle que volviera, a decirle cuánto la necesitaba y quería, si era necesario. Sí, podría hacer eso si fuera necesario. Podría decirle, incluso, que toda esa idea del Amante Desconocido siempre le había parecido absurda, que qué hacía con un hombre que no quería tanto al nene como Él. Sí, Él amaba al nene y eso era obvio. Sí, amaba al nene.

Llamó a la puerta de la casa varias veces. Cuatro veces. Solo a la quinta llamada se dio cuenta del pequeño sobre colgando a su izquierda de una maceta. Esta dirigido a Él... “Por si algún día venís”, decía.

Adentro habían dos cartas y una llave.

La casa olía a Ella, esa mezcla extraña, pero deliciosa, entre café, chocolate y cítricos. Todo estaba limpio e intacto, como si recién se hubiera ido. Entró a su habitación, la habitación de Ella con el Amante Desconocido, ese turista-intruso de sus vidas, ese pobre idiota que nunca la conocería como Él, que nunca la habrá contemplado dormir como Él lo hizo esa noche, la noche de su despedida. Horas enteras solo mirándola respirar, darse vuelta, hablar entre sueños, verla amanecer entre papeles y palabras rotas, verla abrir los ojos y mirarlo. Mirarlo como siempre. Sonreír desde adentro.

Querido Él:

No estoy segura si algún día vas a venir. Nunca estuve segura de nada. Como te darás cuenta cuando ya estés adentro y curioseando todas mis cosas como sé que lo harás –si es que algún día venís- nunca existió ningún Amante Desconocido. Esta es mi casa, mi vida solitaria. Mi vida.

En este sobre encontrarás la carta que te iba a leer el día de tu despedida. Sí, recogi los pedazos y volví a juntarlos. Sí, así era, así soy y así hubiera querido haber sido.

Too late.

Sacó la otra carta con una mano temblorosa. La otra carta, la carta Frankenstein, hecha pedazos y remendada, volando por el espacio en silencio del cuarto del hotel, cayendo sobre la frazada blanca y la mirada apagada de Ella, tratando de sonreír, siguiendo el trayecto de los papeles por el aire.

Esperar toda una vida. Y cuando digo vida no me refiero a vivir como respirar o ver o sentir o simplemente ser, me refiero a vida como eso que se esconde en las esquinas de las canciones o los poemas o en los reflejos de una mirada sobre otra o en los blancos de los grices o azules. Esperar toda una vida, digo, por las mañanas con estrellas que todavía se resisten a desaparecer, por el olor a café recién hecho, por las risas y el chocolate y la espuma, esperar toda una vida por la mirada, por la sonrisa que se resiste a salir, por la sonrisa que lucha, por la sonrisa que de desata como gota de agua sobre el agua. Esperar como quien espera la utopía, esperar en silencio y entre sombras... Esperar por mirarte y que me mirés de regreso...

Esperar por el abrazo y las risas.
Esperar.
Porque no quedaba más que eso.

Esperar y allí estás.
Como un oasis.
Un hechizo.

20140303

Amor con olor a amistad

Relato inspirado en "Still" - Alanis Morissette 

Había mucha gente invitada a esa fiesta o al menos así parecía, cuando ellos llegaron. Pues sí, uno no llega así como tan temprano a la fiesta de cumpleaños de un compañero mas no amigo-amigo, amigo-de-verdad. Sus amigos-de-verdad son los que llegan temprano, pero Clara y Sam llegaron tarde, formando parte de otro grupito, con sus amigos de verdad. De hecho, se sirvieron algo de tomar y se sentaron por allá. Quienes iban pasando, a veces, se unían y los sacaban de la anti-sociabilidad... no mucho, eso sí. Clara y sus amigos se la estaban pasando bien pero de manera muy diferente al resto, según lo percibía ella: ellos habían fumado marijuana, un porro había bastado; y nadie más compartía este "hobby". Sam se preocupaba por estos ataques de risa imposibles de disimular, mientras que Clara escondía su mirada. A nadie se le ponen tan rojos los ojos como a Clara después de fumar marijuana, peor que si hubiera nadado en piscina llena de cloro y químicos por horas. Los demás fumadores parecían lidiar muy bien con sus sentidos alterados, dejando a Clara y a Sam solos en su paranoia que lejos de espantarlos les daba más risa. Terminaban sus frases, se perdían encontrándole sentido a lo que no tenía ningún sentido aparente, mezclando percepciones con sensaciones y comprensión mutua.

Más o menos así fue que se dieron cuenta estos amigos de 18 años que se gustaban. No era 100% seguro, pero valía la pena por lo menos hacerse la pregunta, que si era o no era atracción más allá de la amistad. Estas dudas y preguntas los acompañaron los meses que siguieron, meses compuestos por intercambio de risas y apoyo que fortalecía la amistad. ¿Y acaso no es también amor lo que se siente por los amigos? Las cosquillas en la panza y las muestras de cariño, sin embargo, era algo nuevo. Algo que fue evolucionando hasta que tomó la forma de la expresión de una atracción más grande, de una química entre dos cuerpos, sin que ellos supieran bien qué hacían. Se escondían, más bien, detrás del alcohol y la distancia, pues ya no vivían en la misma ciudad. ¿Será que el romance viene también en presentaciones tan confusas? Ese formato ambiguo que al público incluso le cuesta definir si es o no, si son amigos o qué, pero lo que sí es que era problema de ellos.

Quisieron convertirse en pareja. Lo que él sentía por ella no es lo que te provoca una amiga, o quizás era tan fuerte la amistad que lo enamoró, y ella sentía algo parecido. Habían pasado ratos en este estado que no habían aclarado, y al decirlo pasaron al siguiente, ese en el que estaban juntos. Todo era igual, pero diferente; no les fue bien. Se pronunciaron las grietas de la diferencia entre lo que ella sentía y el quería, lo que él decía y no hacía, y lo que ella no decía. 19 años y más confundida que nunca, sofocada, ella lo acabó y él lo permitió, no sin aquella tristeza que hasta pasó a ira, todo viniendo de esa amistad perfumada con humo de marijuana.

Le siguieron muchos episodios igual de ambiguos: por años la dinámica e interacción entre Clara y Sam tenía componentes de exes, amigos, amantes, amores. Sam no la quiso dejar ir, Clara no dejaba ir los altos y bajos que hacían de él, por veces, todo lo que ella quería, hasta que un día abandonó todo lo innecesario, el peso que la mantenía dudando. En esos años, a veces había inocencia y amistad, a veces indiferencia endulzada con educación. Otras veces había amargura y rencor, otras veces un imposible amor. En el transcurso de años variaron los sentimientos, el trato y el maltrato, pero había algo que no cambió: cuánto se conocían, cómo se llevaban. Al final de cuentas, ellos se hacen reír, se entienden, se escuchan y conocen los defectos y cualidades como nadie más los conoce. Eso y los recuerdos, componentes incondicionales que nunca van a perder a pesar de que ya dejaron de joderse la vida mutuamente y ya sus episodios sólo contienen el aroma de su amistad.

20140224

El Anticuario.

Relato de Otto Meza,
Insipirado en "Still" de Alanis Morrisete. 


"Tienen una sola vida, gástenla en algo que valga la pena"
Chiara Luce Badano

Afuera de la tienda se podía ver el rótulo de  letras raras y para nada inteligibles. Un aroma a éter, mezclado con el perfume sepia de viejas fotos te daba la bienvenida invitándote a pasar. Al abrir la puerta, parecía que el silencio  se tragaba el espantoso ruido del mundo. Era un oasis de calma, un segundo robado al universo entero y conservado en alcanfor y cosas viejas.

En el inmenso caos de cosas dispuestas sin orden aparente, sobresalía el único objeto que cada tanto se movía:  la figura turca del tío Nael. Delgado, ojos  hundidos en una cara de huesos  y de la que solo sobresalía una nariz desproporcionadamente grande. Sus manos de dedos largos trenzados. Los brazos delgados atados (por una vieja bufanda verde) a ese cuerpo siempre encorvado sobre su mesa de trabajo, desde donde "rescataba el alma de los recuerdos", como le gustaba decir, aunque para mí solo era un simple vendedor de antigüedades limpiando objetos para ofrecerlo a algún turista. Alto como las paredes de su tienda, de movimientos lentos, parecía sostenido por los andamios de la nostalgia.  

-¿Por qué trabajas tanto en esas cosas viejas?- le preguntaba mi madre sin esperar respuesta. Yo que me quedaba un rato más le escuchaba mascar algunas palabras de forma lenta: no son cosas, son recuerdos... 

-Sabes, Mateo - me dijo un día- La realidad de los humanos defrauda de tal manera que solo la nostalgia nos salva de hacernos insensibles. La nostalgia y la luna.

Nunca se casó, nunca le conocí pareja, o deseos de descendencia. Nada, ni un desliz, ningún arrebato. Pero si tenía una viejo amor: la luna, en quien refugiaba sus noches enteras. Se sentaba por horas a verla y parecía convertirse en un objeto más de su tienda, inerte, embebido en la belleza del círculo blanco. Cada tanto, mamá iba a verlo, quizá para cerciorarse que no hubiese muerto. Lo veía por un momento y dejaba escapar una leve sonrisa al notar que el tío Nael movía su cabeza al compás de la danza astral de su musa. La luna parecía la pupila insomne que aún amaba al mundo entero gracias a la mirada perdida de un viejo octogenario. 

Me contaba que las lunas más hermosas las vio durante su servicio militar, nunca habló de esos dolorosos días de inútil guerra, más que para reconocer sus antológicas memorias lunares. Como si ese "amor" lo salvara de daños colaterales. 

Una noche parecía inquieto, nervioso mientras fumaba su pipa de agua. Pequeño Mateo - me dijo- hoy he visto llorar la luna. Derramó tres lágrimas de diamantes que surcaron la bóveda oscura que encierra al mar. He buscado pistas y señales en cada recuerdo que viene a mi tienda con el objetivo de entender a la luna. Y creo saber lo que busca. Sé que es lo que ella necesita, Mateo - repetía una y otra vez.

A la mañana siguiente mientras regresaba de la escuela vimos una muchedumbre en el muelle. Casi todos en silencio. Un sollozo, daba sentido de dolor a la escena, era mi madre que sostenía la bufanda verde del tío Nael. Según algunos pescadores, durante la madrugada, una figura delgada, con una pequeña bolsa al hombro, cantaba, sonreía y se adentraba al mar diciendo cosas en lengua hindi.

No lo encontraron nunca, ni un rastro más que su bufanda. No hubo nota de despedida. Daba la sensación que el tío Nael se había diluido en las aguas. La tristeza inundó su tienda y mamá remató en venta de domingo todo lo que había. No se habló del tema en casa, aunque en el pueblo comentaran que la locura de vivir tantos años oliendo alcanfor lo había llevado al suicidio. Mi tío era mejor que esa teoría. Por eso, cuando vengo de noche al mar, creo advertir que cuando la luna se refleja en las aguas, lo hace para bajar al océano, perdiéndose y arañando las profundidades; buscándolo para bailar con él y corresponderle  las noches de devoto silencio frente a la ventana. Esas noches cuyos recuerdos y nostalgias me salvan a mí de ser insensible y rescatan la luna de su soledad.

Hablemos de misericordia.

Hablar de amor es difícil. Más difícil es hablar de la misericordia, habitualmente hemos perdido la perspectiva de lo que eso significa. La humanidad es voraz.

Pero, ¿cómo fui a caer a esta canción? 

Hace poco mas de dos años empecé a tener problemas de salud, de esos problemas de salud que no te dejan en paz... tanto por el dolor corporal como también por el miserable miedo de morirte desangrada. A veces he pensado que el miedo me ganaba. En especial al inicio. Lloré mucho la semana en que me diagnosticaron. Para entonces trabajaba y vivía en Suchitoto en un proyecto de arte y cultura, tenía a maravillosas mujeres a mi al rededor que me aguantaron esa semana de lágrimas. Sumado a la situación de salud, justo ese día mientras hacía mi recorrido desde la clínica de mi ginecólogo hasta mi oficina en Suchitoto en mi correo estaba una carta que me ayudó a llorar aún más. Las cosas no iban bien en mi relación con el hombre que sigue a mi lado. Esas cosas pasan, pero estaba cansada que me pasaran a mí.

Como todo ser humano, común y silvestre, me pregunté ¿por qué a mí?

Esta canción apareció justo entonces, ya la conocía, pero aquella noche, mientras me terminaba una cajetilla de cigarros y una botella de vodka, esperando (quizás) a que eso acabara con mi sufrimiento me vino a la mente. Esos vericuetos de la mente tienen su misterio. 

"Still" es un mantra... bueno, para mí lo es. Comprendí aquella madrugada que muchas cosas no las puedo cambiar, otras sí, pero que lo que impulsa esos cambios es el amor. No de ese amor cursi y ridículo de catorces de febrero, o de ese amor maternal cuasi compulsivo y protector de la camada a cargo, no, sino de ese amor que es tan raro, inmaterial e incomprendido: la misericordia. 

La misericordia a una misma y hacia los demás. Ese que te dice que a pesar de todos los errores, todos los dolores, de toda la sangre, de toda la vergüenza, de la historia pasada que te hace herir a los demás... aún, a pesar de todo eso, existe el amor para una, que merecemos ese amor. 

Pero, perdonarnos es bien difícil. Se los digo por experiencia, pareciera que soy una persona que tiende mucho al error y a herir gente (la mayoría de veces sin intención) y eso me ha traído reflexiones nocturnas bastante duras contra mí misma. Pero perdonarnos esos errores es precisamente lo que nos puede salvar.

No soy una persona religiosa, en mi juventud primera si lo fui. Demasiado creo. Mucha gente me asume atea y yo misma a veces digo que no creo en Dios. Posiblemente sea porque lo que no logro entender con la lógica me parece imposible de existir. Pero entonces recuerdo aquella madrugada, drogada por analgésicos, sumergida en vodka, envuelta en el humo de cigarros baratos, ahogada en lágrimas... justo ahí lo comprendí. Tengo vida y merezco vivirla y eso depende exclusivamente de mí, no de otros... no de mis doctores, no de mi pareja, no de mi familia nuclear, no de mis amigas que me acompañaban en la tragedia. Vivir depende de mí y eso implica que debía perdonarme para poder agarrar estos treintypico de años que he vivido y ver qué haré con los que están por venir. Sean estos pocos o muchos. 

Perdonarse es amarse a pesar de todo. Es saber que la divinidad no está en una imagen, en un culto o en una creencia, la divinidad nos habita. Es esa vocecita interna que te dice "dejate de tonteras ya, buscá cómo ser mejor persona"

Cuando andaba pensando la semana pasada qué canción regalarles a mis compañeras de Non-girly Blue la recordé y la lógica fue: Si a mí me sirvió debo compartirla, porque amar es perdonarse, luego vivir y luego... compartir eso que te hace vivir, porque seguramente le puede servir a otro ser humano. 

Así que les dejo esta canción, Still de Alanis Morrisete, no solo a mis compañeras de blog, sino también a todos los que se toman el tiempo de leer y compartir con nosotras.

Termino contándoles que esta semana, como invitado, nos acompañará Otto Meza, caricaturista, escritor y un muy buen amigo que surgió de la nada y que a través de mensajes esporádicos del wasap hemos establecido un afecto que va más allá de las posibilidades de vernos seguido. Léanlo, es bueno encontrarse, de vez en cuando, personas que aún guardan candor en el alma. 

Saludos.