Cuando la música se convierte en inspiración
Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.
Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?
[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20150210
"Goodbye Horses" - Q Lazzarus
“A pos sin mucha dirección vos…” —le había confesado a la Cristina, su cómplice en los asuntos del corazón. —“La verdad es que me marcho sin mucha dirección, más que a donde me apunte la nariz.”—le dijo señalando al aire así con descuido con esa su nariz aguileña y desviada que heredó de su promiscuo padre, ese que nunca conoció porque así igual que el Carlos, el Arnoldo y la Cristina, había sido un polvo más en una noche cualquiera, y pues la vieja de su mamá, bien ubicada como era, tampoco anduvo detrás de ningún hombre. —“Es de tontos esperar”—le había asegurado la vieja entre cigarro y cigarro con una carcajada todavía repleta de dientes y vacía de amargura. Bien se acordaba el José, tendría unos sus cinco años cuando un domingo después de la Misa mientras compraban un sorbete de tamarindo de esos de carretón, que la vieja de su nana le heredó ese pedazo de verdad. La vieja, aunque vieja y sola, era feliz después de todo.
El plan original, según se lo había dicho a la Cristina, era salir de madrugada. —“Esperáte a que haya un poco más de claridá, vos, no seas loco...”—le había dicho, pero arrebatado como era, una hora antes o una hora después poco le importaba ya, total, había tomado la decisión meses atrás como para seguir dándole vueltas al asunto. —“Mejor morir siendo santo que mártir”—le había resonado en un recuerdo el consejo de su nana y pues la vieja sabía más por vieja que por diabla y como nunca se equivocaba, reparó el José que era mejor intentar vivir siendo santo que morir siendo mártir pues él no era ningún idiota para dejarse crucificar por causas perdidas, como el amor.
“Vos siesque sos igualito. Igualito a mama Rosely. Así, todo arrebatado y desamorado.” —le había dicho la Cristina en un abrazo. —“Mira pues, si te vas sin dirección anqueseya desde un público llamás avisando questás bien, vos…” —y trataba de tragarse las lágrimas mientras le continuaba diciendo —“Igualito si decidís quedarte quedito por un rato, ahí merito avisás también pues. A vos te puede valer y puede ser que a la Rosely le importe lo que es un pedo, pero yo si me preocupo por vos cerote… Bien sabes que está peligroso allá afuera como para andar jugando a desaparecido.” —y lo apretó fuerte en un abrazo. Se tragó todas las lágrimas que pudo porque sabía que el José era peor que piedra y más que un abrazo, una putiada se iba ganar por andarle llorando. Le dió una bolsada de panes con huevo y un termo con café y cuando se hubo dado la vuelta el José, rapidito le dibujó una persinada, porque si la cachaba, una penquiada se podía ganar. Que era ateo decía el José y que esas “brujerías” de cruces y rezos y qué sabía el… que se los quedaran las viejitas de pueblo de velo en la cabeza. Que eso no era con él.
Se subió a la carcacha y prendió el motor. Prendió las luces iluminando el camino de tierra y se marchó. Ni volvió a ver para atrás.
Ya había recorrido mucho trecho sobre el camino asfaltado pues las marcas de polvo de las ruedas se hacían invisibles. Un sueño picante se le instalaba en los ojos.—“Ay mierda… bien tenía razón la Cristina en que durmiera una hora más… hoy ya ni modo, a hacerle huevos pues que el camino es largo y, anque sin prisas, a algún lugar hay que llegar.”
Y así siguió, avanzando y dejando kilómetros detrás, mientras la negrura del cielo se esfumaba entre colores bonitos, así como rosados y anaranjados, mientras la luna se iba haciendo cada vez más rala, desapareciendo lentamente sobre el camino interminable.
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NGB.DA20150210
20150209
Repeticiones
El pasillo oscuro de la estructura abandonada no deja espacio para caminar a la par. Sus pasos y los de él intercambian ecos, unos tras de los otros en aquel espacio mínimo. Ella no quiere abrir los ojos y se guía por el oído: sigue el ritmo de su respiración y finalmente busca su boca. Un beso frío, cerrado, sin olor ni sabor. Él se aparta y las manos de Adalli ya solo tocan la pared, también fría.
Abre los ojos y busca
de nuevo a Olen. Una silueta que huye de
prisa hacia la luz de una torre lejana. Su primer impulso es, una vez más,
seguirlo. Pero esta vez se detiene. Esta vez, solo esta vez, no corre tras él. Llevan
huyendo juntos ya, ¿cinco años? Y permanecer juntos es lo que les ha permitido
sobrevivir. A Adalli la taladra la idea de que el instinto de supervivencia sustituyó, hace mucho, al amor. Ya antes se han despedido, ya antes han vuelto, ¿pero por
qué? Para seguir viviendo, seguro, aquella vida que ya no sabía igual. Esta vez
no será ella la que intente rescatar la alianza. Algo en ese beso le dice que
es el último, y dedica esos segundos a tratar de grabar el sabor de esa boca adorada,
antes de que desaparezca.
Aún puede verlo, alto y encorvado, caminando hacia la luz, pero ya llora su ausencia. Le duele su soledad recién asumida. Se da pena a sí misma allí, apoyada en el sucio muro. Lo ve y le sube un ardor por los brazos, la invade un dolor en el pecho, una pesadez en las sienes. Se va y no lo va a parar. Se va. Se le va.
De pronto le enoja la certeza de que aquello pudo haber pasado mucho antes. Reconstruye, en una docena de déjà vus, las veces que Olen intentó dejarla. Si nuca lo hubiera detenido hace tiempo que serían historia. De haber logrado sobrevivir separados, ya habría pasado el luto de sus ausencia, quizá se habría encariñado menos, ya no sentiría este espantoso dolor.
Trata de dejar de llorar y solo logra ahogar un adiós. Le duele la garganta también. Tiene las manos frías y suelta pequeños gemidos mientras lo ve por última vez. Debe buscar ahora refugio. Hay pocos lugares en este mundo para los desertores.
...
Aún está llorando
al despertar. La pesadilla recurrente es igual de dolorosa que la escena que la
originó. Trata de incorporarse para respirar, pero no puede. La cápsula del
sanatorio es apenas lo suficientemente grande para permanecer acostada. Recuerda
dónde está y todo lo que ha pasado, y la doblega comprobar que, pese al tiempo transcurrido, él sigue allí, doliendo. Haga lo que haga no logra hacer que se vaya,
no se va, no se le va.
Bagaje
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| Relato inspirado Goodbye Horses |
Desde que tenía memoria, la realidad de Clara estaba compuesta por dos mundos en armonía el uno con el otro. Levanta la mirada del cuaderno al vacío desde su pupitre en el colegio para ver el carrusel de imágenes de cosas que no existían, escenas de qué lo que va ser cuando sea grande (obras completas, con personajes bien desarrollados) que se colocan poéticamente sobre las acciones del día a día. Un tren con sueños, ideas, ficción y diálogos y a veces el tedioso trabajo de quererlo aterrizar todo en la tierra, sobre las acciones del día a día. ¿Cómo vivir con lo que uno tiene? ¿Acaso los viajes de nuestras ideas se deben abandonar o, al contrario, perseguir? Camina y camina, y pasa el tiempo, y los deseos y las pasiones cambian, mutan, aunque las imágenes y el tren incesante sigue avanzando.
Avanzaba el tiempo y con él se iban los días pero se quedaban los recuerdos acumulados. Se complicaba el trabajo de disociarse de la realidad, pues el tren de ideas cargaba el pesado equipaje. Conversaciones, sensaciones, expectativas y videos no de lo que podría pasar eventualmente si él y Clara se volvieran a ver, ni de lo que habría pasado si no se hubiesen visto jamás; videos de lo que ya habían vivido y construido y compartido y abandonado. Hablábamos entonces de relaciones construidas en base a un pasado inagotable que, en la mente de Clara, se regaba y se mezclaba con el presente como una fuga de agua. Esta agua parecía ser invisible para todos menos ella, quien seguía tejiendo los mismos lazos antiguos. No se detenía cuestionar el proceso de seguir con una amistad basada en momentos pasados, ni tampoco dudaba de sus expectativas. Las cosas iban a ser como sus ideales lo dictan.
Más de una vez se tropezó el recorrido del tren con conversaciones vacías y se empezaron a formar baches de necesidades insaciadas. Hay amistades que mueren una vez se agota el recurso de los recuerdos. ¿Dónde pararse una vez se afronta la distancia entre la persona que eras y la persona que eres? Las conexiones verdaderas sobreviven los estragos del tiempo.
Se despertó un queriendo llenar los vacíos que dejó el tren de ideas preñadas. ¿Qué garantía existe? No podemos adivinar qué va a sobrevivir el tiempo ni predisponernos a romper nuestras propias promesas, pensó Clara desde su cama. En vez de vivir casada con ilusiones lejanas, Clara se comprometió con aceptar lo que fuera recibiendo y creciendo.
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20150205
Robinson Snake
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| Relato inspirado en "Goodbye Horses de Q Lazzarus" |
El Bulevar de Las Luces estaba lleno a esa hora, repleto de gente que quería salir. Salir un día de semana sin encontrar tráfico era un lujo. Ese miércoles no fue una excepción. Manejó aburrido por la avenida Principal, pasando por la calle llena de evangélicos esperando su milagro a cambio de su diezmo, vio a las escolares esperando el bus, a oficinistas con cartapacios y lentes negros, mujeres hastiadas queriendo vender galletas y chicles en las esquinas y después de varios minutos en carretera, llegó al portón de la colonia de militares donde vivía.
Allí estaba el Tata, tan amargado y serio como siempre. No sabía más que dar órdenes, gruñir a la gente y perseguir toda falda que se moviera. De vez en cuando tenía una sonrisa para él, pero últimamente era raro verlo sonreír. Que si el Pueblo lo iba a apreciar, que si la gente entendía la magnitud de lo que estaba haciendo por ellos, que si su familia no entendía que era un sacrificio por la patria abandonar la vida en la casa para servirle bien a la bandera, carajo.
Hablar con el Tata lo hostigaba, hacía que quisiera salir de allí. Eso mismo hizó esa noche: ir a la Zona Rosa, el lugar más brutal de la ciudad, donde se reunían los que sabían disfrutar la poca vida nocturna que había en ese lugar de mierda.
Pensó en qué llevar para impresionar. Impresionar era todo lo que le importaba. No quería que la sombra del Tata lo opacara, brillar con luz propia era su intención. Se vistió, despacio, disfrutando cada vuelta y beso hacia sí mismo esa noche. Abrió la puerta hacia el cajón de armas del Tata y buscó. Sabía que la llave la escondía abajo del asiento de su escritorio, ese sillón viejo de cuero y madera oscura que tenía un fondo falso abajo de la parte tapizada. Tomó la llave y sacó un revólver con mango de marfil, muy pequeño. Se podía esconder bien en la cangurera que llevaba en la cintura. Les gustaría verlo, daba gusto verlo y era muy antiguo. Les podía servir de modelo para su logo. Lo guardó entre su pañuelo antes de descargarlo. Después se acordó que no había terminado de arreglarse, sólo se había vestido.
Se amarró las cintas de los zapatos para no caer y los lustró bien por la noche para verse deslumbrante. Ese blanco en sus pies era lo que hacía falta para verse como quería. Sus pantalones con triple lavado, la cangurera lista, la chaqueta con pines, su camiseta en amarillo neón... todo estaba perfecto. Un toque de gotas de Drakkar para el toque seductor y Dep en el pelo no podían faltarle, porque estaba reservado para los guapos, como él.
Entró al salón y la luz lo deslumbró. El aire apestaba a cigarros y sacó el suyo, porque tenía que impresionar. Había aprendido a sacar el humo por la nariz, eso arrancaba suspiros de admiración de hombres y mujeres. Escogió una de las mesas de afuera del Méditerranée, esperando a los demás. Al rato fueron llegando, y allí estaba Rosalía. Con su pelo en cascadas negras, su vestido blanco con lazo rosa y aretes de perlas. Le encantaba verla con esos aretes.
Cuando ya estaba completo el grupo, les contó del acto musical que pensaba armar y por supuesto, quería que Rosalía fuera la vocalista. Se llamarían Robinson Snake y tenía el modelo perfecto para la portada de su disco nuevo, el dinero para el dibujante bien se lo iba a poder pedir al Tata diciendo que eran para los libros de la Universidad que iba a empezar en dos meses. Carlos le aplaudió, dijo que era buena idea y que luego podrían reunirse en su casa para tocar. Adrián se rió y el Rafa protestó porque el nombre sonaba gringo. Pero hubo una voz que no se dejó escuchar.
Puso el revólver en la mesa contando que esa iba a ser la cara de su disco. Saboreó ese suspiro largo de impresión. Miró la cara de Rosalía. No sonreía. ¿Y si lo había arruinado todo? Seguro pensaba que era como el Tata. No, no podía pasarle otra vez. Miró a Rosalía, pidiendo su opinión. Quiso oírla, pero los gringos de la mesa de al lado no lo dejaban oír. ¿Qué era ese ruido? Rosalía no decía nada, pero tenía los ojos muy abiertos. Todos se levantaron. Algo habían visto.
Rosalía gritó.
"¡Tenían un arma aquí! ¡Yo lo ví, éste es el hijo del Coronel!"
No alcanzó a decirles que no, que el Tata no tenía nada que ver con él, que no era como él. La vida se le fue a borbotones a través de ese hueco que la paranoia de otro le dejó en la garganta y no pudo terminar de arrepentirse.
20150203
Q Lazzarus y sus caballos
"Goodbye horses" es, como bien dijo Flor cuando definíamos la canción de esta semana, un "one-hit wonder", un éxito de la cantante estadounidense Q Lazzarus, que lastimosamente no se repitió en ninguna de sus otras obras.
También es una de esas canciones que uno no sabe que ha escuchado... hasta que la escucha sabiendo cuál es.
¿Una pista? ¿Recuerdan la imagen de Buffalo Bill bailando frente al espejo en "El silencio de los inocentes"?
Pues esa es la canción que baila mientras está travestido y lanza su frase de culto: "Would you fuck me? I'd fuck ... I'd fuck me so hard".
Muy aparte de esta escena en particular que hizo famosa a la canción en 1991, la rolita fue lanzada en 1988, y es un deleite para los sentidos.
La letra de la canción es enigmática y triste. La musicalización es muy rica, el bajo tiene mucho del toque ochentero que usaron grupos como Duran Duran y The Cure, pero con una composición que la hace única.
Los invitamos a escuchar desde ya esta excelente canción —les recomiendo la versión extendida—, y a esperar los relatos que publicaremos las Non Girly Blue inspiradas en ella.
Pro tip: Si usted es amante de los juegos de video, recordará también esta canción como parte del soundtrack de Grand Theft Auto IV.
También es una de esas canciones que uno no sabe que ha escuchado... hasta que la escucha sabiendo cuál es.
¿Una pista? ¿Recuerdan la imagen de Buffalo Bill bailando frente al espejo en "El silencio de los inocentes"?
Pues esa es la canción que baila mientras está travestido y lanza su frase de culto: "Would you fuck me? I'd fuck ... I'd fuck me so hard".
Muy aparte de esta escena en particular que hizo famosa a la canción en 1991, la rolita fue lanzada en 1988, y es un deleite para los sentidos.
La letra de la canción es enigmática y triste. La musicalización es muy rica, el bajo tiene mucho del toque ochentero que usaron grupos como Duran Duran y The Cure, pero con una composición que la hace única.
Los invitamos a escuchar desde ya esta excelente canción —les recomiendo la versión extendida—, y a esperar los relatos que publicaremos las Non Girly Blue inspiradas en ella.
Pro tip: Si usted es amante de los juegos de video, recordará también esta canción como parte del soundtrack de Grand Theft Auto IV.
Lo que ya tenías
Cuando regresó del viaje, sacó la llave del pantalón con la mano derecha mientras dejaba en el suelo su maletín con las pocas prendas que se había llevado.
No había terminado de introducir la llave en la chapa cuando ésta se abrió. "Bienvenido", escuchó detrás de la puerta y sonrió.
Terminó de correr la puerta y la vio. Con un vestido claro muy escotado para esa hora de la noche; pero que a él le encantaba porque le destacaba sus dos atributos favoritos de ella: los ojos y los hombros. Lo que más extrañaba de su cuerpo cuando viajaba.
Se dieron un beso largo en la puerta, entró hasta la sala y se dejó caer en el sofá muerto en vida por semejante viaje en carretera. Siempre que regresaba juraba no volver a hacer ese viaje por tierra; pero siempre terminaba inventando excusas para ir a los países vecinos a hacer lo suyo: cuestionar el sistema educativo y buscar librerías de segunda mano que casi vaciaba -igual que su billetera- y regresar con más peso en la maleta del que sentía en el alma.
Rachel terminaba de preparar la cena entre la cocina y la mesa del comedor mientras Tomás sacaba del maletín arrastrado hasta sus pies lo que había comprado para ella, metiéndolo en la bolsa de su pantalón.
Se sentaron a comer mientras él platicaba de sus recientes experiencias entrelazando situaciones, nombres y lugares. No terminaba de contar una historia cuando ya había comenzado otras dos. Ella lo veía sonriendo de lada mientras pensaba que la pasta había quedado un poco seca, que quizás le ponía más salsa y qué lástima que no había encontrado hongos frescos en el mercado porque le gustaba más la salsa blanca que la boloñesa para esos espaguetis pasados de calor.
Tomás ignoraba que ella divagaba entre su pasta recién hecha, el vestido que le estaba causando frío en la espalda, las veces que él le había llamado en cada uno de sus viajes y todo lo que se le estaba atorando en la garganta por decirle.
Él hablaba y hablaba de Nicaragua, Comparaba Managua que le resultaba profundamente árida y aburrida con Masaya y Granada que le hacían sentir en otra época. Y quizás eso le aliviaba. Comentaba del queso trenzado y de la horchata con hielo que le regalaba la señora cerca de su hospedaje, de sus compañeros asesores que siempre terminaban buscando bares nudistas en cada pueblo; pero que él no iba y así sucesivamente cada detalle de sus aventuras como director de la nueva propuesta educativa que trataba de implementar en las escuelas de la región y esperaba que Nica le diera más suerte que el desastre vivido en Guatemala por la negativa del Ministerio de Educación a reconocer como lenguas oficiales la cantidad de dialectos indígenas, además del castellano.
Rachel acomodaba su cabello castaño sobre un hombro y sobre el otro y se levantaba a dejar y traer vasos y platos a la cocina que iba apilando al lado del garrafón con agua. Pensaba que cuando lo compraron con Tomás apenas tenían unos meses de iniciada su relación y habían peleado por el color del grifo plástico para el agua embotellada. Ella quería el azul y Tomás quería el gris. Compraron el celeste.
Se apoyó sobre el lavaplatos y respiró profundo. Él la llamó al ver que no regresaba a la mesa. "Rachel, amor... nena, Rachel...", escuchaba ella pensando que siempre había odiado su nombre y más desde que se instaló en el país. Por él, con él, en su casa, abandonando su vida apacible en San Francisco como maestra de kinder. Adoraba el acento con el que pronunciaba ese "Rachel". No era ni el sonido de la ch, ni el sonido de la q. Era una mezcla suave que solo Tomás sabía pronunciar para derretirle la vida.
Se asomó por una columna de la cocina para responder a sus llamados con la misma sonrisa de enamorada que tuvo para él desde el principio. Sus brazos cruzados sobre el abdomen solo se separaban para seguirse acomodando el cabello mientras desatascaba las palabras de su garganta.
Con un pie arrastró una maleta hasta quedar entre ella y la columna de la cocina. Cuando Tomás se fijó en ese movimiento, al fin calló. "¿Qué pasa nena?" preguntó sintiendo la adrenalina previa a morir en el campo de batalla.
-"Dejé mi país por ti, mis niños del kinder, mis padres, mis amigos y la beca que me habían dado para el doctorado..."
-"Pero dijiste que no te la habían dado. Eso fue hace tres años y..."
-"Fuiste mi prioridad. Por eso no dije nada. Quería darme la oportunidad de venir aquí. Contigo"
-"...Sí; pero...¿no eres feliz?"
-"Te amo"
-"No entiendo"
-"Que también me dejé a mi. Te veo ir y venir llenándote de lo tuyo. Luchando por tu causa. Riendo y sufriendo con tus amigos que respiran su causa igual que tu. Yo no tengo nada de eso"
-"Pero podríamos hacer que..."
-"No va a funcionar"
-"¿Hace cuánto pensaste ésto?. ¿Esto es por mi?"
-"Hace varios meses. Claro que es por ti; pero no por sentirme mal, es porque me causa envidia no poder sentirme tan bien como tu y necesito buscar lo mismo. Y sé que no es aquí".
-"¿Te pusiste mi vestido favorito para irte?"
-"Quería recordarnos así. Cenando juntos. Gustándonos", dijo mientras sacaba de un llavero su copia de la llave y poniéndola sobre el desayunador.
-"Esta también es tu casa"
-"No. Y es parte del problema. Me sumaste a tu vida hecha. Nunca pensaste en construir una nueva juntos. Una para los dos. Solo me sumaste a lo que ya tenías. Como algo más".
-"Nunca fue mi intención..."
-"Ni la mía". Se acercó para besarlo en la mejilla. Pero Tomás se inclinó y la besó en la boca. Se quedaron quietos sintiendo ese beso mojado con sal. Él intentó levantarse; pero las piernas le temblaron. Esa mujer perfecta caminaba en dirección contraria y no era capaz de detenerla. Se preguntó si así como él había roto un corazón hace años, le estaría pasando lo mismo. Si ese momento era un recordatorio del daño que él había hecho antes.
Sacudió los pensamientos cuando escuchó el sonido de un motor y vio un reflejo amarillo que le hizo suponer era un taxi. Vio la mesa servida. Todos eran platos que le encantaban y no se había dado cuenta. ¿Cuántas cosas más había hecho por él sin que se diera cuenta?. "Solo me sumaste a lo que ya tenías..." repicó en su cabeza una y otra vez. "A lo que ya tenías...a lo que ya tenías... a lo que ya tenías..."
No había terminado de introducir la llave en la chapa cuando ésta se abrió. "Bienvenido", escuchó detrás de la puerta y sonrió.
Terminó de correr la puerta y la vio. Con un vestido claro muy escotado para esa hora de la noche; pero que a él le encantaba porque le destacaba sus dos atributos favoritos de ella: los ojos y los hombros. Lo que más extrañaba de su cuerpo cuando viajaba.
Se dieron un beso largo en la puerta, entró hasta la sala y se dejó caer en el sofá muerto en vida por semejante viaje en carretera. Siempre que regresaba juraba no volver a hacer ese viaje por tierra; pero siempre terminaba inventando excusas para ir a los países vecinos a hacer lo suyo: cuestionar el sistema educativo y buscar librerías de segunda mano que casi vaciaba -igual que su billetera- y regresar con más peso en la maleta del que sentía en el alma.
Rachel terminaba de preparar la cena entre la cocina y la mesa del comedor mientras Tomás sacaba del maletín arrastrado hasta sus pies lo que había comprado para ella, metiéndolo en la bolsa de su pantalón.
Se sentaron a comer mientras él platicaba de sus recientes experiencias entrelazando situaciones, nombres y lugares. No terminaba de contar una historia cuando ya había comenzado otras dos. Ella lo veía sonriendo de lada mientras pensaba que la pasta había quedado un poco seca, que quizás le ponía más salsa y qué lástima que no había encontrado hongos frescos en el mercado porque le gustaba más la salsa blanca que la boloñesa para esos espaguetis pasados de calor.
Tomás ignoraba que ella divagaba entre su pasta recién hecha, el vestido que le estaba causando frío en la espalda, las veces que él le había llamado en cada uno de sus viajes y todo lo que se le estaba atorando en la garganta por decirle.
Él hablaba y hablaba de Nicaragua, Comparaba Managua que le resultaba profundamente árida y aburrida con Masaya y Granada que le hacían sentir en otra época. Y quizás eso le aliviaba. Comentaba del queso trenzado y de la horchata con hielo que le regalaba la señora cerca de su hospedaje, de sus compañeros asesores que siempre terminaban buscando bares nudistas en cada pueblo; pero que él no iba y así sucesivamente cada detalle de sus aventuras como director de la nueva propuesta educativa que trataba de implementar en las escuelas de la región y esperaba que Nica le diera más suerte que el desastre vivido en Guatemala por la negativa del Ministerio de Educación a reconocer como lenguas oficiales la cantidad de dialectos indígenas, además del castellano.
Rachel acomodaba su cabello castaño sobre un hombro y sobre el otro y se levantaba a dejar y traer vasos y platos a la cocina que iba apilando al lado del garrafón con agua. Pensaba que cuando lo compraron con Tomás apenas tenían unos meses de iniciada su relación y habían peleado por el color del grifo plástico para el agua embotellada. Ella quería el azul y Tomás quería el gris. Compraron el celeste.
Se apoyó sobre el lavaplatos y respiró profundo. Él la llamó al ver que no regresaba a la mesa. "Rachel, amor... nena, Rachel...", escuchaba ella pensando que siempre había odiado su nombre y más desde que se instaló en el país. Por él, con él, en su casa, abandonando su vida apacible en San Francisco como maestra de kinder. Adoraba el acento con el que pronunciaba ese "Rachel". No era ni el sonido de la ch, ni el sonido de la q. Era una mezcla suave que solo Tomás sabía pronunciar para derretirle la vida.
Se asomó por una columna de la cocina para responder a sus llamados con la misma sonrisa de enamorada que tuvo para él desde el principio. Sus brazos cruzados sobre el abdomen solo se separaban para seguirse acomodando el cabello mientras desatascaba las palabras de su garganta.
Con un pie arrastró una maleta hasta quedar entre ella y la columna de la cocina. Cuando Tomás se fijó en ese movimiento, al fin calló. "¿Qué pasa nena?" preguntó sintiendo la adrenalina previa a morir en el campo de batalla.
-"Dejé mi país por ti, mis niños del kinder, mis padres, mis amigos y la beca que me habían dado para el doctorado..."
-"Pero dijiste que no te la habían dado. Eso fue hace tres años y..."
-"Fuiste mi prioridad. Por eso no dije nada. Quería darme la oportunidad de venir aquí. Contigo"
-"...Sí; pero...¿no eres feliz?"
-"Te amo"
-"No entiendo"
-"Que también me dejé a mi. Te veo ir y venir llenándote de lo tuyo. Luchando por tu causa. Riendo y sufriendo con tus amigos que respiran su causa igual que tu. Yo no tengo nada de eso"
-"Pero podríamos hacer que..."
-"No va a funcionar"
-"¿Hace cuánto pensaste ésto?. ¿Esto es por mi?"
-"Hace varios meses. Claro que es por ti; pero no por sentirme mal, es porque me causa envidia no poder sentirme tan bien como tu y necesito buscar lo mismo. Y sé que no es aquí".
-"¿Te pusiste mi vestido favorito para irte?"
-"Quería recordarnos así. Cenando juntos. Gustándonos", dijo mientras sacaba de un llavero su copia de la llave y poniéndola sobre el desayunador.
-"Esta también es tu casa"
-"No. Y es parte del problema. Me sumaste a tu vida hecha. Nunca pensaste en construir una nueva juntos. Una para los dos. Solo me sumaste a lo que ya tenías. Como algo más".
-"Nunca fue mi intención..."
-"Ni la mía". Se acercó para besarlo en la mejilla. Pero Tomás se inclinó y la besó en la boca. Se quedaron quietos sintiendo ese beso mojado con sal. Él intentó levantarse; pero las piernas le temblaron. Esa mujer perfecta caminaba en dirección contraria y no era capaz de detenerla. Se preguntó si así como él había roto un corazón hace años, le estaría pasando lo mismo. Si ese momento era un recordatorio del daño que él había hecho antes.
Sacudió los pensamientos cuando escuchó el sonido de un motor y vio un reflejo amarillo que le hizo suponer era un taxi. Vio la mesa servida. Todos eran platos que le encantaban y no se había dado cuenta. ¿Cuántas cosas más había hecho por él sin que se diera cuenta?. "Solo me sumaste a lo que ya tenías..." repicó en su cabeza una y otra vez. "A lo que ya tenías...a lo que ya tenías... a lo que ya tenías..."
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