Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20140519

¿Seguro que lo has hecho antes?

A Ignacio
Porque "a él le habría gustado"

El teléfono sonó en medio de la noche, Mario nunca tuvo un sueño ligero, era bien improbable que escuchara que alguien le llamaba en medio de la noche... si acaso no hubiera estado esperando aquella llamada.

- ¿Aló?... ¿Aló? - dijo con el característico tono de preocupación de los que esperan la muerte.
- Soy yo, Ernesto... te llamo porque me avisó Estela que Ignacio acaba de morir.

El silencio luego de aquella frase fue eterno y de hielo, fue justo lo que todos esperaban, pero que no estaban listos para escuchar... Ignacio había muerto.

- Alistate - dijo Ernesto - paso por vos en unos 15 minutos.

Mario se sentó en la cama, a su lado, su compañera alcanzó a sentir que se incorporaba y lo interrogó con los ojos medio cerrados. Él solo la vio y dijo "voy a salir con Ernesto, ya voy a regresar", ella solo le dijo "¡Ya vas a chupar!"

Muchos años de bolencia compartida entre aquella camada de amigos tan dispares le daban la razón a la mujer, todos los sábado se reunían en casa de Ignacio y trataban de resolver los problemas maritales, sociales, económicos y políticos... de sus vidas y del país a punta de vodka barato o de cerveza atontadora. Se amaban como solo pueden amarse los hermanos.

El mayor, Ignacio, un hombre alto y recio los había ido reuniendo de diferentes tiempos y espacios, hasta reunir a aquella manada que reunía a hombres entre los 30 y los 50 años. Siempre, cada fin de semana, luego del mediodía, aquellos 5 hombre desaparecían del radar de sus mujeres, hijos y jefes y se adentraban a la inmensidad del bosque salvaje de la masculinidad. Daban rienda suelta a todo su ser gregario y conversaban a gritos sobre lo que hubiera sido "mejor" en la guerra, de lo lindas que eran las mujeres y de lo que costaba criar adolescentes, de los pequeños dolores que se asomaban como haciéndoles burla a la edad y de aquellos problemas que no contaban a nadie... los hombres si hablan de "sus cosas", como las mujeres, solo que no nos damos cuenta. Los hombres si hablan de "sus cosas", pero solo entre ellos y sin admitirlo del todo.

Un sábado cualquiera, sobre la mesa esperaba a la manada, una magnífica botella de vodka, del más fino. También les esperaba una noticia.

"Tengo cáncer" - dijo aquel día Ignacio. Por supuesto la cara de cada uno de la manada estuvo para recopilar rostros de espanto, cuando pudieron usar la voz de nuevo, fusilaron a Ignacio a preguntas... "¿Cáncer de qué?", "¿quién te ha dicho?", "¿qué exámanes te han hecho?"; todo lo fue contestando Ignacio, con cada dato iba bajando el nivel de la botella de vodka, cada uno tomaba en la medida que su resistencia (o aflicción) se lo permitiera. Era el primero de toda la camada que enfermaba de algo grave.

- Maje, pero vas a empezar tratamiento, verdad?
- Yo he leído que con buena terapia podes superarlo.
- Vos no te ahueves...
- Si ya vas a ver... todo va a estar bien... después hasta nos vamos a reír de esto.
- Nombe! si es más fácil que me muera yo...

Todo lo escuchaba Ignacio, los veía como cuando un muchacho mayor le enseña a los recién estrenados adolescentes a fumar, mientras todos tosen en medio de una gran nube de humo blanco.

El tiempo se fue rápido... demasiado. A penas tres semanas y el teléfono sonó en la madrugada.

Ernesto llegó a casa de Mario, vio a su amigo parado en la puerta de la casa. Estaba serio y sereno... Ernesto siempre admiró esa frialdad de Mario, claro, no se lo podía decir, "no es de hombrecitos" andar diciendo que admira a otro, más si el otro es otro cabrón igual o peor que él.

Mario vio cómo se acercaba Ernesto y sintió un alivio verlo ahí... subió al carro y le dijo "qué pasó, cabrón?" No lo dijo buscando una respuesta específica, era como siempre se saludaban. Solo que ahora su voz tenía un dejo de soledad. "Vamos para el ISSS, tal vez podemos ayudar en los trámites, escuché a la Estela bien mal".

Ninguno de ellos era hombre de una sola mujer, esa visión romántica de la vida de la monogamia no había sido muy arraigada en esa generación de exguerrilleros. Cada uno abandonó la primera juventud con una larga lista de deslices, un par de parejas y unos hijos que estaban terminando de crecer, todo muy light, todo muy normal... y a lo mejor ese era el problema... esa normalidad.

Junio cernía lluvia en aquella madrugada, saludaron a los hijos y a la expareja de Ignacio, la muerte es demasiado burocrática.

__

Ignacio nació en Santa Ana, como Mario... se encontraron una tarde en la esquina de la colonia donde vivían, tenían la mirada afligida y la forma de ocultarse propia de los jóvenes.

- ¿Qué pasó, cerote? - dijo Mario a forma de saludo, a lo que Ignacio contestó con un leve y simbólico movimiento de cabeza... parecía como si iban a botar un poste con una bomba de contacto, tan comunes en tiempo de la guerra.

Ignacio casi le sacaba diez años de diferencia de edad a Mario y eso lo hacía más callado y cauteloso. Mario era más intrépido, faltaban muchos acontecimientos para que aprendiera a ser más cauto, más sensato. Pero aquella tarde era para realizar un solo objetivo.

Cuando llegaron a la parte más lejana del pasaje y lindando con la polvorienta cancha, Igancio sacó el botín... una hermosa y reluciente cajetilla de cigarros, a Mario le brillaron los ojitos...

- ¿Seguro que lo has hecho antes? -preguntó Ignacio.
- ¡Por supuesto que sí! - dijo indignado Mario... mentía por supuesto.

Ignacio le dio un cigarro a Mario y se puso uno en sus labios también. Encendió un fósforo y encendió el cigarro a Mario y luego el suyo. Casi instantáneamente, luego de que la brasa del cigarro encendiera, Mario empezó a toser, primero suavecito, haciéndose el loco... luego fue inevitable, tosió como si un pulmón se le fuera a salir. Ignacio reía, tanto que también empezó a toser. Cuando lograron controlarse, el único que reía era Ignacio, veía a Mario y tenía un color verduzco muy feo y una cara de absoluta nausea. Le quitó el cigarro que aún sostenía entre los dedos y lo arrojó lejos.

- Vos si que sos bruto, con tal de fumar sos capaz de decir que sos Etrusco si esa fuera el requisito para llenarte de humo los pulmones.

No sabían los chicos que Mario se volvería un fumador perenne con el paso del tiempo, luego de superar su aprendizaje de aquel arte. Ignacio siempre le decía "Etrusco" cuando estaban a solas.

____


- Maje, te acordas cuando Ignacio se quedó dormido y no llegó a tiempo a la reunión del partido - le preguntó Ernesto a Mario.
- Es que cuando se fondeaba no había poder que lo despertara. ¿Te acordas?

Todos los amigos se reunieron el siguiente sábado, Ignacio ya no estaba, pero la casa de Ernesto se abrió para conmemorar su historia como le habría gustado... con alcohol.

- Somos unos borrachos de mierda - decía, Alberto, el más jóven de todos.
- Mira, cerote, es verdad lo que decía Ignacio? (lo interrumpió Mario)
- ¿De qué?
- De que te hueviabas las monedas de un su bote donde las ahorraba, cuando viviste con él...
- ¡Qué vas a creer! si el maje, él se las gastaba y luego decía que yo me las clavaba.

La risa de los hombres cuando se burlan de ellos es como una droga, como una droga dura. Sos feliz, sin serlo de verdad.

- ¡Puta! se acabó el hielo. ¿Tenés en la refri, Ernesto?
- No cerote... se me olvidó comprarlo.
- Bueno, alguien tiene que ir a comprarlo porque así no podemos estar... - dijo determinante Mario.

Todas las miradas cayeron sobre Alberto... en eso se dieron cuenta del cachimbazo de agua que caía aquella tarde. Protección civil había dicho que aquel fin de semana llovería torrencialmente.

- Puta, menos mal que enterramos a Ignacio antes de este aguacero - dijo Alberto.
- Dejá de hacerte el maje y andá a comprar el hielo - tronó la voz de Mario.

Alberto salió bajo la lluvia por el hielo. Mario, Ernesto, Pedro y otro compa se quedaron en la casa. Ernesto aprovechó y le dijo en media voz a Mario algo que le había estado molestando desde la tarde en que fueron al sepelio de su amigo.

- ... y dijo que yo soy el siguiente en morirme y que me voy a morir un día 29...

Ambos vieron de reojo el calendario colgado en la pared. Aquel sábado era 29. Mario no resistió la idea de vivir la muerte de otro amigo, así que hizo lo que creyó conveniente... se burló de él y le contó al resto de la manada el miedo de Ernesto.

Toda la tarde pasaron burlándose de Ernesto, las dos únicas formas de morirse aquella tarde eran... o por ahogarse en alcohol o ahogarse en el aguacero. De repente, el silencio. Ignacio ya no estaba y era tan sorprendentemente increíble, a penas unas semanas antes estaban hablando de los concilios de la iglesia católica, siendo todos ateos, apostando botellas de "guaro"... con la esperanza puesta en sus conocimientos más vagos y no ser el que ponga "el bote" el siguiente sábado.

Todo aquello llegó junto con el aguacero, el silencio y el hielo.. la soledad... la ausencia.

- "Ignacio" - murmuró Mario, sin darse cuenta había empezado a llorar como nunca en su vida había llorado. Ni las mujeres que amó o que lo amaron, ni los hijos, ni su madre, ni su hermana le había sacado este dolor que sentía que lo recorría en el torrente sanguíneo como el alcohol. Estaba de pie, frente al baño, porque en la borrachera sintió deseo de "miar" pero se detuvo, cuando Ernesto lo vio ahí, inmovil, comprendió lo que pasaba.

Con cautela se acercó. Vio a Mario llorando como un niño y comprendió que no se iba a morir, simplemente iban a llorar el luto que vivían desde la tarde en que Ignacio dijo que tenía cáncer, comprendió que el miedo no es morir, el miedo es que se te muera alguien que queres. Así de simple, esa es la muerte, no es el que se muere, es el que se queda. Es el recuerdo y el no tener el referente de esos recuerdos, es la tarde de sábado sin borrachera, sin consejos disfrazados de puteadas, sin vodka barato. ¿Ahora con quién conversarían como lo hacían en casa de Ignacio? Ya no llegaría Pedro y cocinaría, porque era el único que podía cocinar rico, ni tampoco apoyarían a los amigos que se metían en líos de faldas, ni tampoco se burlarían de Alberto, de su juventud mal puesta y de sus aventuras con meseras de bares del centro. Nada de eso volvería. Como tampoco las lágrimas que (para entonces) ya salían de los ojos de los cinco hombres reunidos.

De repente algo los sacó de aquel momento emotivo compartido, una terrible ráfaga de viento entró en la casa y se escuchó un golpe, como si una maceta hubiera caído desde lo alto y se hubiera quebrado. Todos se asustaron, cuando alguien dijo "el hielo se va a deshacer, majes".

Nadie dijo nada, pero todos sabían que era la voz de Ignacio, fue claro y no estaban dormidos, todos se miraban con desconcierto, queriendo pero sin atreverse a preguntar ¿escuchaste eso?, al contrario, se abrazaron y al soltarse, se volvieron a sentar a dar término a la botella de vodka y al hielo.

20140518

Cathy



Cada quien escoge su veneno, o vicio; esa fuente de destrucción placentera, pues existen cosas que nos hacen daño, o nos hacen daño a medida hagan daño a nuestro entorno… y que aún así nos enamoran. ¿Será el caso de todos? Jim nunca sabría decirlo, pues únicamente reconocía la lógica detrás de perseguir las ganas y las pulsiones. No compartía el pensamiento de Juan, quien tenía una serenidad y sensatez capaz de afectar y contagiar a quien se le acercara. “Es que vos porque te hacés ese tipo de preguntas, Jim.” Al final, de todas formas, entendían profundamente qué era lo que no entendían del otro. Descansaban en este acuerdo tácito que guiaba, llevaba, alimentaba la amistad.

La siguiente ronda la iba a pagar Jim, Juan siempre pagaba la primera. Eso era como siempre, pero algo que le decía a Jim que algo había cambiado. Juan parecía haber perdido algo de su inseguridad que caracterizaba la manera en la que hesitaba antes de tomar cualquier decisión que podría cuestionar la forma en la que tenían que fluir las cosas.  Hasta sonreía más de lado, como con picardía y confianza.

“¿Tenés fuego?” preguntó Jim, habiendo buscado cerillos en sus bolsillos.

“Perame” dice el otro, y empieza a buscar en su blazer, acción interrumpida bruscamente con una mueca y una mirada viendo al frente. Se levanta Juan a recibir a una mujer que viene caminando, brazos abiertos y saludo de beso.

“Jim, te presento a Cathy”.

Ella es la razón por la que Juan se siente, o por lo menos se ve, mejor que nunca. Juan que ha buscado y buscado lazos estables con mujeres a veces hasta vacías, hoy a parece en sintonía con una mujer elegante e inteligente, hasta misteriosa. Dicen, recuerda Jim, que uno no escoge quien causa qué impresión en ti. A veces solo pasa que, bueno, conocés a alguien que te atrapa, te gusta, a la primera. Otras veces, todos sabemos, la primera impresión no es representativa de esa atracción creciente que nace y vive entre dos personas, de manera bilateral en el mejor de los casos; o hacia una persona. Otro cigarro, y otra ronda, y lo más embriagante era la sonrisa, la cara, la energía de esta mujer. Su risa, sonaba cada vez más familiar y atractiva, como si se acercaran más a medida pasaba el tiempo. ¿Cómo hacen, este tipo de mujeres, para aparecer un día con todo lo que pudiera pedir? Y Jim, tranquilo, poniendo barreras a medida, en su mente, se compenetraba más con la compañía de Cathy.

“Ya vengo”, y sonrió. Quizás iba al baño, y Jim la siguió en su mente a otro bar, a otra calle, a otro momento en el que han estado solos por mucho tiempo.

La sonrisa y la seguridad de Juan eran como el sello de un amor y una emoción sin precedente. Ella es, le contaba a Jim. Desde esa vez que se la presentaron, no tenía más remedio que intentar conocerla más y seducirla, sin la seguridad de que esta mujer, tan interesante y entretenida, iba a permitirlo. Pero parece que queremos lo mismo, por suerte que tuvo de que se cruzara con ella en el camino.

Le bajó el nivel de sonrisa, lo miró y le dijo “A ella no te dejo, Jim.”

“Por supuesto.”

Cathy regresó, y era el turno de Jim de levantarse. Sus pensamientos lo siguieron, no había llegado al baño cuando había decidido dejarla irla. Sacarla de la cabeza. Comerse la curiosidad por saber si a él también le podría hacer lo que le hizo a Jim. Igual, Sara lo estaba esperando, en la cama de ella. Sara era lo que Jim de verdad necesitaba, porque no le pedía nada. Aunque ella le dijera esas palabras dulces como… ¿Cómo fue lo último que le dijo? Que entre más tiempo pasaban juntos, más tiempo quería que pasaran juntos. “¿Qué hacemos Jim?” ¿Y qué iban a hacer, pues? Nada: sólo entender que las cosas van a pasar en los términos de Jim. Que falta mucho para que Jim ceda lo que lo hace sentir más cómodo y apegarse a los modelos de una relación estable. Que pasan cosas que te provocan otras cosas, que no hay que renunciar a ellas. Más bien, hay que actuar en función de los deseos. Pero, hoy no puede. Hoy, quizás, esté ganando Sara, con esta lealtad que lo empuja a la cama que no quiere. Ya, se lavó la cara, se volvió a ver al espejo por última vez, y regresó a la mesa.

Cathy pidió una siguiente ronda. Ya casi era viernes, ¿qué tiene de malo? Ya eran las 11, se le había hecho tarde a Juan. ¿Y entonces? Cathy propuso quedarse con Jim, tomarse la última, y ya. Podía confiar en él para llegar bien a su casa, ver a Juan mañana, normal; y otro día encontrarse de nuevo los tres. Juan dejó el dinero de su parte, Jim insistió en que no. Los tres de pie, Juan se fue después de darle besos a su novia y un abrazo a su buen amigo.


20140516

Dulces

Salió de su trabajo caminando mientras pensaba en llegar a casa para hacer la comida. Llegó a la esquina revisando su cartera porque era costumbre que siempre dejaba algo olvidado en su cubículo. Metió mano en todas las bolsas:  llaves, pintalabios, un billete enrollado y escondido por seguridad, una tarjeta de presentación de aquel tipo de corbata elegante que la entrevistó para el último trabajo al que aplicó, unas monedas, varios dulces y una foto. La sacó pensando que era de ella; pero era la primera foto que tomó a su hijo cuando entró al kinder. Sonrió.

Cruzó la calle para esperar el transporte público del otro lado y recordó los buses de aquel país al que llegó por esa oportunidad de trabajo que terminó muy mal.

Recordó el placer del transporte moderno, decente y hasta con aire acondicionado. Las paradas de buses identificadas por números, letras y colores. Cada una con un mapa interactivo donde resaltaba la ruta de esa unidad en particular. "Nunca me perdí" -pensó mientras contaba las monedas en la mano para no perder tiempo. Los buses de esa nación eran todos brillantes, como nuevos. Todos con una voz electrónica interna donde van anunciando las siguientes estaciones y hasta piden disculpas si se atrasan tres minutos.

Contaba monedas a la orilla de la calle y sonreía viendo la foto de su hijo cuando llegó el bus. Una lata destrozada por el óxido, con una sola puerta imposible de cerrar, vomitando gente por las ventanas, inundando su nariz con humo negro y apenas frenando a dos metros de la cuneta. Como pudo, logró subir de dos zancadas y se sentó junto a una ventana que intentó abrir y solo logró herirse con una lámina suelta.

Pensó que el día finalizaba tal y como inició: fatal.

Decidió cerrar los ojos e imaginar los dos bracitos que la esperaban en casa. Pero su mente no estaba del todo convencida. Su realidad se mezclaba con el recuerdo de ese viaje que tuvo que haber sido solo de ida. No recordaba en qué momento tomó la decisión de hacer caso a su billete de avión para volver en la fecha que indicaba. No estaba segura si fue miedo, nostalgia o simple falta de carácter el tomar una decisión espontánea, contracorriente, loca... como siempre se sintió.

Tapaba un pensamiento con otro. Acumulaba capas y capas de razones hasta hacer un gran muro que derrumbaba con la carita de su hijo y luego volvía a construir una y otra vez para tratar de encontrar una explicación a la vida en pausa que llevaba. A la avalancha de cambios repentinos que aún no lograba entender.

Haber viajado le había abierto los ojos al mundo que siempre quiso conocer, que logró tener entre sus manos y por no saber tomar decisiones, había perdido en un segundo. Ese mundo lejano que siempre sintió que merecía. Salir de aquel hotel maravilloso camino al aeropuerto para su viaje de regreso había sido como el caminar de un condenado a muerte, sacado de su celda amarrado de pies y manos y llevado directo a un final donde dejaría de respirar. Así regresó.

Se tocaba el vientre una y otra vez para estar segura que algo se movía dentro y era suficiente razón para no decir nada y simplemente volver a casa, donde todo sería menos difícil. No estaba segura de poder ella sola con lo que venía. No estaba segura de querer que ese futuro creciera con etiquetas tan duras y lejos de sus abuelos. "Las de aquí son más llevaderas" - se dijo a sí misma para aliviar sus dudas por un segundo más.

- "Mami, mami!"
- "Hola mi amor!. Mirá, te traje de los dulces que te gustan"
- "¿Los de chocolate?, ¡Dame, dame!"