Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20150921

Reza por mi

Texto insirado en
Cupid Carries a Gun - Marilyn Manson
--*--

Cuando la muerte venga,
cuando me pida cuentas,
y me exija moverme de tus brazos.

Cuando me mire a los ojos
y yo sepa reconocerla,
estando cansada de todo.

Cuando sienta el frío interminable
de un viento ajeno que viene por mi
y solo sepa recordar tu nombre.

Cuando mi reloj quiera detenerse sin opciones,
le diré que regrese por donde vino:
Que no hay corazón que deje de latir si sigues conmigo,
que no tiene nada que llevarse si mi vida está contigo,
que esta alma que nunca dejó de errar no es mía en verdad.
Que toda yo viví por vos.

Que venga otro día,
que busque a quién cazar,
porque estos labios solo conocen tu nombre.
Y no puede decidir por mi, si soy de ti.

Cuando esa vieja amiga que -que en verdad nunca se fue-
quiera decidir mi último camino,
le diré que te consulte primero
lo que ya decidiste cuando los besos los repartimos.

Que sepa que mi cuerpo te responde,
que no depende de mi cambiar de lugar.

Ni siquiera respirar es cosa mía,
estas manos que no dejan de buscarte,
que te vea sonreír si no me cree.

¿Qué hará esa triste consejera cuando me busque y sepa que mi vida y muerte hace ratos no me pertenecen?

20150908

Escrito inspirado en Just Breathe de Pearl Jam
--*- -

Hoy no es martes
tampoco septiembre
perdí el año que traía
y perdí el amor en el camino.

Dejé pasar el frío
pero regresó a cuestionarme.
Me quedé sin respuestas
y me quedé sin ti.

No se si dije lo que pensé,
no se si estuve adonde fui,
no recuerdo lo soñado,
y tampoco lo sentido. 
Todo se fue contigo.

Esta música que sigue en mi,
la que suena al reír
la que calla al dormir
sigo siendo yo. 
Sigues en mi.

Aprendo a solo ser
para no cruzar espejos y encontrarnos
para no tenerte solo al rezar.

La muerte sabe lo que hizo.

20150713

La mala memoria que no tengo


Relato inspirado en "Self esteem" de Offspring
Por: Ivonne Veciana

---

Lo bueno y lo malo de la memoria, es que no aprendió a mentir.

Podemos intentar reprogramar un recuerdo,
Sumar o restarle a una situación,
Adelantar lo que queremos o fingir que nunca pasó.

Convencernos de algo invisible y jurar por lo más sagrado que fuimos testigo, o bien ponernos de rodillas y e implorar al olvido que nos abrace hasta no recordar.
Acomodar momentos en otro tiempo, suponer que todo lo que pasó fue por una buena razón y hasta aducir demencia cuando ya no podemos más.

Pero lo bueno y lo malo de la memoria, es que es nuestra mejor editora:
Nos recuerda datos exactos, nos presume claridad y no le importa si no la podemos aceptar, le informa a la conciencia que estamos haciendo trampa y ahí es cuando saca del basurero esa hoja que arrancamos y tiramos para no volver a leer.

La memoria es eso: la mejor escritora feroz, con dientes de perra, anotaciones de jueza y alma triste.

La que guarda todo por obligación, aunque también se muera por olvidar.

20150629

Microcuento bailable


Relato inspirado en 'Special to me' de Jessica Harper
Por: Ivonne Veciana

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Cuando entró al antro, no podía creer que sus amigos le habían convencido de ir a ver bailes exóticos. Pensó que si su familia o compañeros de trabajos le vieran en ese estado: con una botella de ron en la mano y pagando el cover para ver nudistas bailar, se le armaría una revuelta.

Se sentaron en la mesa y pidieron la otra botella de ron, de todo modos, estaba en oferta para las fiestas grupales. Sintió todo el humo de quienes fuman cigarros -normales y chistosos- ponerle rojos los ojos, alguien le pellizcó una nalga y un mesero le pasó golpeando la cabeza con su bandeja al ir de prisa hacia la mesa VIP de la esquina donde celebraba su cumpleaños el empresario soltero del año junto a su grupo de amigos ricachones.

Justo cuando pensaba que quería irse a dormir a su casa porque no era parte de esa realidad nocturna, se apagaron las luces, se iluminó la pista central y el público aplaudió para dar la bienvenida al personaje de striptease más famoso del momento. Su coordinación con la música, los pasos modernos, la forma de bailar en el tubo, la canción particular con la que se quitaba los pantalones... era una locura la que desataba entre la gente que moría por ponerle todo tipo de cosas en la tanga: billetes, tarjetas de presentación, servilletas con números de teléfono y llaves del hotel de quieres llegaban como turistas a ese rincón de la capital siguiendo el mito.

Cuando no podía sentir más incomodidad ante ese espectáculo y sus amistades parecían absortas, sintió una mano sobre su hombro. No podía creer que semejante personaje se acercara para detener su partida: "espérame hasta que termine el show", le dijo entre los gritos de su grupo.

Se volvió a sentar con la cabeza girando entre el ron, el humo, los amigos y la música.

Cuando se encontraron en el pasillo de los baños, le preguntó si el show le había parecido aburrido como para levantarse así

_Eeeh... claro que sí, bailas muy bien...

_¿Pero?

_Nada... bueno...

_¿Nunca habías visto a un hombre hacer eso?

_Eeeh... no... la verdad no. Es nuevo estar en un club de striptease masculino

_Si te doy mi número de teléfono ¿llamarías?

_ [...]

_Jajaja... Que haga esto como trabajo nocturno, no significa que no me gusten las mujeres o que no pueda estudiar leyes durante el día

_Bueno, yo pensé que... la forma por como... es decir...

Le tomó la mano y con el lapicero que colgaba de la guía telefónica le anotó su número en la palma.

_Llama. En verdad me gustaría invitarte a salir.

20150616

Susana, Leo, los perros y las cicatrices


Relato inspirado en 'Danzón'
Por: Ivonne Veciana
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Cuando llegó a la playa, no esperaba encontrarse con un torneo de surf femenino. Había viajado varios kilómetros para huir de los que en vacaciones inundaban como hordas las playas detrás de su casa y se veía obligado a llevar su amargura a otro lugar.

Por eso subía a sus tres mejores amigos a la vieja camioneta Chevy restaurada en casa: un labrador negro como el carbón, un pastor alemán con aires de nobleza y uno de raza incierta, más feroz y autónomo que los otros dos. Coal, Sergeant y Whiskey. Durante tres meses empacaba más pertenencias de sus perros que propias, el bastón con el que impulsaba su pierna desaparecida en Irak y soportaba que le doliera esa herida por varias horas al volante hasta llegar a otra playa lo más alejada posible de la civilización veraneante. Elegía ese otro lugar porque siempre tenía prohibición de nadar por las corrientes traicioneras y pasaba casi vacía; pero el vigilante de Clearwater Beach había sido amigo del abuelo de Leo cuando llegaron como inmigrantes a Nueva York y lo dejaba hospedarse en una cabaña abandonada que poco a poco iba reconstruyendo.

Ahora estaba igual de atestado de gente y debía ponerle correa a Whiskey, el único volátil de los tres, para evitar algún accidente.

Al entrar a la vieja casa fue directo a la cocina para guardar y ordenar las compras del mercado para sobrevivir las primeras dos semanas. Coal fue detrás de él, mientras que Sergeant y el criollo corrieron al cuarto de baño.

De inmediato escuchó un grito, varias cosas que caían en la ducha y Coal se unió a los otros dos canes en sus ladridos. Tomó su bastón,sacó su navaja suiza que escondía en su bota especial y fue en busca de sus perros y el grito. Encontró a una joven deteniendo la cortina de la ducha con una mano y un bote de shampoo en la otra para defenderse de sus tres agresores.

Se quedó en  la puerta y ella volvió a gritar. Leo hizo una señal de "afuera" a sus perros y cerró la puerta para que ella saliera de esa situación en paz.

A los 15 minutos, ella salió del baño con una mochila al hombro y más sonrojo que un atardecer.

_ ¿Quién eres y qué haces aquí? -Preguntó Leo si dejar de cortar filetes de pescado

_ Lo lamento mucho... no sabía que alguien venía aquí y yo necesitaba alejarme un poco de la gente del torneode surf porque...

_ No me interesa. Pregunté quién eres y qué haces aquí.

_ Susana. Me llamo Susana y no sabía que el viejo vigilante había dado permiso para que alguien...

_Yo pago por esta cabaña -interrumpió Leo- No me interesa lo que el viejo Joe te haya dicho. Esta casa está habitada los tres meses de verano, ¿Entendido? .

_ No pretendía quedarme, solo necesitaba una ducha en privado porque...

Y Leo dejó caer en el fuego las verduras picadas de su tabla de madera que hicieron un ruido suficiente para cortar la explicación de Susana. Al ver que su interlocutor ni siquiera la miraba, se acomodó la mochila en el otro hombro y salió dando un portazo que hizo temblar la pequeña ventana de la sala.

Leo se sentó en el sofá gigante con su plato recién servido y cuando estaba a punto de destapar la cerveza, se dio cuenta que ninguno de sus tres perros estaba en la casa. De un saltó en un solo pie llegó a la puerta, apoyó el bastón para bajar los escalones y se fue siguiendo el rastro a perfume que su invitada no deseada dejó al irse.

Ella casi llegaba a la playa donde estaban reunidas sus colegas de surf y no se había percatado que detrás venían los tres amigos que le habían dado un susto al salir de la ducha.

Escuchó que gritaban su nombre _¡¡Susana!!

Volvió a ver y era Leo tratando de correr en un solo pie y bastón con la cara descompuesta de pensar a sus perros como perdidos. Casi nunca se separaban de su lado. Los tres habían sido rescatados de un refugio de animales durante la guerra y estaban a punto de ser sacrificados hasta que él recibió su baja y decidió calmar sus demonios acompañándose de la soledad de esos tres desafortunados. Pagó una buena suma para traerlos hasta su casa y procurarles rehabilitación en una veterinaria mientras él aprendía a usar una pierna de acero y a cocinar comida que no saliera de latas con sello del gobierno federal.

Cuando ella identificó que era Leo, vio a unos metros que los tres perros venían siguiéndola emocionados, como si ella los guiara al agua donde tanto les gustaba jugar. Se agachó para abrazarlos y Leo vio cómo esos tres insoportables se dejaban acariciar por esa perfecta desconocida que les besaba la trompa como si no tuviera miedo a perder la nariz de una mordida.

_Tranquilo, no sabía que estaban aquí.

_Lo sé. Nunca se van así, no se qué pasó...

_¿Les gusta pasear? Podría pasar a traerlos cada tarde para sacarlos si es que tu no puedes

_No es necesario. Mi pierna no interfiere en su rutina de ejercicio. Están entrenados para ayudarme

_Lo siento, no quise decir eso. Me refería a que...

_Así déjalo. Nos vamos.

Hizo de nuevo la señal con su mano y los tres perros enfilaron de regreso a la casa.

La mañana siguiente Leo despertó sin el peso de los perros sobre su cama. Supuso que habían vuelto a huir buscando el mar -o a ella- y cuando salió del cuarto con el bastón, los vio echados en la alfombra de la sala mirando la puerta, como esperando a alguien.

Se asomó por la ventana y vio a Susana subiendo los escalones y antes que tocara le abrió

_Te dije que no necesito que los saquen a pasear

_No vine por los perros. Necesito que me dejes duchar aquí

_¿Ah?... pero qué...?

_Por favor

_Si eres competidora tienes tu propia ducha, ¿no?, ¿Se están hospedando en el...

_No, Algunas no alcanzamos habitación en el hotel y nos quedamos en una casa compartida. Con cocina y duchas compartidas y necesito ducharme aquí.

_No entiendo qué tiene que ver. No me parece correcto.

_¡Por favor! -Levantó la voz en tono demandante, como si estuviera harta de pedirlo

Leo le vio la expresión de súplica y en silencio se apartó dejándola entrar. Los perros se fueron detrás de ella al baño y Leo preparó dos cafés mientras veía las tres colas que casi nunca se movían por él.

Cuando la cafetera sirvió la segunda taza, regresó al sofá grande de la sala para esperar a que su autoinvitada siempre no deseada saliera y le diera alguna explicación. Vio la puerta del baño entreabierta, se inclinó un poco para evaluar si la vista y el ángulo alcanzaban para ver algo y... sí, la vio salir de la bañera con la toalla cubriéndole la espalda. Se volvió a sentar en la otra esquina del sofá pensando que estaba loco. Primeros sus perros actuaban extraño y ahora él. Tanto tiempo en entrenamiento y en guerra habían destrozado más su interacción con la sociedad que la soledad que siempre lo acompañó.

Volvió a inclinarse hacia el ángulo del baño y la vio de espalda frente al espejo ahumado por el agua caliente. Soltó su cabello. Era en verdad negro y más corto de lo que se notaba. Pasó su mano por el espejo para limpiarlo. Y en ese reflejo la vio acariciar dos grandes cicatrices.

Se quedó congelado aguantando la respiración tratando de entender cómo alguien tan joven y aparentemente sana podía no tener su cuerpo completo. En ese mismo segundo recordó las cicatrices de su pierna y cómo poco a poco la fue perdiendo hasta ganarse el apodo de 'Ironman' cuando le instalaron la de acero. Recordó despertar en la cama de un hospital cutre con gente agonizando a ambos lados. Recordó las veces que se ha despertado con dolor en una pierna que ya no existe.

Susana salió del baño con su mochila al hombro. Caminó hacia la puerta y cuando dijo "gracias", sacó a Leo de su s recuerdos y  la detuvo:

_Preparé café

_¿En serio?, pensé que no era bienvenida aquí

_No lo eres. Pero es importado y se enfría... -Le acercó la taza a la orilla de la mesa

Ella la tomó y se sentó en la esquina donde minutos antes había sido espiada.

Leo la observó de reojo tratando de ver cómo su ropa tenía la curva normal de sus senos y se preguntaba si esas prótesis funcionaban similar a su pierna...

_¿Puedo preguntar qué te pasó en la guerra? -Dijo ella

_¿Cómo sabes que...?

_Tus placas de metal cuelgan de tu cuello, y...también...tu....

_Pierna. -Leo la miró fijamente y sintió una profunda confianza con su desconocida nunca bienvenida.

Pasaron toda la mañana hablando de Irak, las Torres Gemelas, política internacional, los estudios de relaciones internacionales de Susana, su amor por el mar, su cáncer y doble mastectomía a los 28 años, la emboscada del escuadrón de Leo, la metralleta que vaciaron en su pierna, sus perros con sus propias cicatrices. Todos en esa sala tenían más de una herida física y varias emocionales que les costaba compartir con alguien más porque no soportaban la lástima ni los beneficios de discapacitados que la sociedad brinda para sentirse menos culpable.

Cocinaron el almuerzo entre las historias de sus respectivos padres. De cómo los de Leo lo convencieron de unirse al ejército siendo él un vegetariano pacifista y cómo los de Susana quisieron tomar decisiones por ella pensando que le ayudaban con su enfermedad pero en realidad la enfermaban más asfixiándola.

Las historias de la tarde surgieron caminando los cinco hacia el mercado de frutas frente al parque. Dejando que Coal, Sergeant y Whiskey disfrutaran el césped, la tierra y los charcos, que asustaran a los patos y se dejaran acariciar por los niños que los sobornaban con pan y dulces para acercarse.

El atardecer lo vieron a la orilla del lago de los patos. Vieron a todas las familiar regresar a sus casas, las aves esconderse para dormir y ellos continuar con sus aventuras de adolescentes y niños, mucho antes que sus pesadillas se hicieran realidad.

Leo no sabía cómo acercarla a él para besarla. Le daba miedo ponerle la mano en la espalda, en los hombros, no estaba seguro de dónde tocar. Había entendido porqué esa chica buscaba esconderse cada tanto de la multitud y necesitaba una ducha privada, un espacio solo para ella y su cuerpo en recuperación. Y él sabía exactamente cómo era eso.

Apenas estaba procesando lo que sentía al soltarle a ella cada una de sus historia; pero cada recuerdo que intercambiaban los hacía más ligeros. Cada palabra pronunciada era un alivio.

De regreso en la cabaña, Leo servía los tres platos a sus canes hambrientos que esperaban sentados en fila a la orilla del lavaplatos. Cuando sirvió el último y se apoyó sobre la mesa de la cocina para descansar su pierna, sintió las manos de Susana en su espalda. Eso lo paralizó aún más que verla a ella en la mañana en su baño frente al espejo. Cuidó de no mover sus manos. Ella se colocó frente a él, se inclinó tomándole la cara y lo besó.  Lo suficiente para cicatrizar.



20150529

Soñar con insomnio



Escrito por: Ivonne Veciana
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Anoche me costó dormir. Siempre he tenido al insomnio como compañero de cama; pero anoche estaba particularmente grave. Quizás porque bebí una taza de café en la tarde y  el café puro después de las 2 pm me produce el triple de problemas para dormir.

En fin, logré conciliar el sueño pasada la una de la mañana. Comenzó a llover y usualmente eso me ayuda. Creo que la lluvia de madrugada me recuerda a la casa de mis abuelos donde pasé un par de años de mi infancia. Recuerdo el olor de las galletitas de mi abuela, los sonidos que salían de la oficina de abuelo donde daba consultas y hasta la calma de una calle secundaria donde en esa época no transitaban muchos autos, solo personas a pie con su canasto del mercado bajo el brazo sin miedo a ser asaltados.

Escribir sobre mis sueños nunca ha sido fácil. Suelo repetir muchas escenas de un sueño y luego las reproduzco en  otro sueño. Puedo levantarme, volverme a acostar y retomar el sueño exactamente donde lo dejé y otras veces escribo en una libreta que dejo a propósito sobre mi mesa de noche para anotarlos, y al día siguiente no recuerdo absolutamente nada de lo que estoy leyendo.

Mis sueños son muy reales: si sueño que corro o voy huyendo me levanto asustada, agitada y con la certeza que hay alguien debajo de la cama. Si sueño con mis abuelos (ya fallecidos), despierto sintiendo su olor, si en el sueño lloré, al levantarme me seco las lágrimas y veo la almohada con un círculo mojado. Y el colmo: he soñado que no puedo dormir.

Mi madre cuenta historias del peor período de insomnio que he tenido en la vida: la adolescencia. Supongo que entre el trastorno de sueño heredado, las hormonas de la época y las presiones imaginarias que uno solito se impone para sentirse grande y dejarse de ver en el espejo a ese ser humano que ya no es ni pollo ni gallo.

Ella y yo dormíamos en habitaciones opuestas. Cuenta que una vez escuchó la puerta de mi cuarto, mis pasos por el pasillo, abrí la puerta de su cuarto y ahí me quedé viéndola. Ella se despertó asustada pensando que algo me pasaba, me preguntó varias veces si estaba bien; pero nunca respondí. Se levantó de la cama y dice que me tronaba sus dedos en mi cara para que reaccionara. Yo estaba con los ojos abiertos sonriéndole. Me tomó de la mano y me llevó de nuevo a mi cama, me arropó y regresó a su cuarto pensando a cuál de sus amigos médicos podía preguntarle por semejante episodio.

Otra noche, cuenta que me escuchó gritar en mi cuarto: "¡puta! ¡no me importa!"... entró para preguntar con quién estaba peleando y me vio profundamente dormida.

Anoche -por ejemplo- soñé con dos ballenas. Una negra parecida a las orcas y una totalmente blanca, como una jorobada albina. Ambas nadaban al lado de la otra en un río, no en el océano. Era un río turbio, de agua café y una velocidad increíblemente rápida. Ellas iban cerca de la orilla derecha y solo alcanzaba a ver sus dorsales haciendo olas.

Recuerdo que yo las veía desde arriba, esperaba que sacaran la cabeza del agua para verlas. Sentía que necesitaba verlas; pero alguien me llamaba. Tenía la prisa de irme rápido; pero no quería perderme la oportunidad de saber que esas dos ballenas estaban bien y que llegarían seguras al mar.

Había bebido mucha agua antes de acostar, así que en la madrugada tuve que levantarme. recuerdo haber pensado "ojalá pueda verle la cara a esas dos". Me volví a dormir; pero el sueño que retomé fue otro:

Estaba en una terraza de un edifico alto; pero era realmente un jardín inmenso, como si el Central Park estuviera en una azotea. Venía caminando de la mano de un hombre a quien nunca le vi la cara me él venía cantando y yo burlándome de su acento en inglés. Nunca distinguí de dónde era.

Fue algo que comencé a soñar en enero y me había pasado en la cabeza solo un par de veces, nunca pensé que le daría secuencia a esa escena cuando esperaba retomar a las ballenas.

Ambos de la mano nos acercábamos a una vendedora de flores que las tenía al lado de un camino donde pasaban muchos corredores y madres paseando a sus bebés. Cada vez que estaba a punto de verle la cara, me despertaba.

Y ni hablar de cuando sueño con mi abuela. La madre de mi madre fue una mujer con exceso de pantalones para su época y con exceso de sazón en sus comidas que siguen siendo legendarias. Cuando sueño con ella siempre intercambiamos recetas o me da consejos de lo que sea que me pasa en mi vida actual. Creo que ella es mi angel de la guarda porque de otra manera no me explico cómo sabe exactamente qué decirme cuando me la encuentro en sueños.

Cuando más me cuesta dormir, es cuando más tangibles son mis experiencias oníricas en ese plano que no termino de aprender a manejar. No es un tema fácil para hablar con cualquier persona porque siempre me sonríen con un poco de ternura pensando "toma leche caliente y nos vemos mañana".

Creo que es poca la gente que le pone atención a su inconsciente en ese estado , vulnerable; pero real. Son pocos los que se toman en serio las señales, mensajes, desahogos y temas no resueltos en sueños, como reflejo de lo que pueden hacer mejor cuando están despiertos.

Salir a correr 4 Kms. antes de dormir me está ayudando para que mi cerebro descanse mejor por la noche; pero los sueños siguen y a veces el insomnio es más fuerte que el ejercicio físico. Así que les iré contando por aquí cualquier otro sueño. Y si tienen alguna interpretación que quieran compartir, es bienvenida.

Feliz noche.


20150504

No te enamores de un hombre que canta



- ¿Vas a ir a verlo?
- Sí, quiero conocer dónde vive.
- Esa es una excusa. Te está gustando
- ¿Y qué tiene de malo?
- No te enamores de un hombre que canta. Si comienza a hacerlo, corre. Peor si canta mientras cocina. No hay regreso de un hombre que canta.

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Esa casa en la playa tenía un encanto de principios de siglo. El techo se caía a pedazos con elegancia, las paredes con vigas de madera se quejaban constantemente del viento, las baldosas tímidas habían dejado de brillar varias décadas atrás y las cortinas parecían esqueletos de fantasmas. Pero toda ella tenía la gracia de sonreír entera.

Al entrar había un perro raquítico. De esos encantadores que muestran más costillas que colmillos y su cola no distingue buenos de malos.

Me recibió su dueño con la misma sonrisa canina. Habíamos decidido cocinar mientras bebíamos algo y darle tiempo al sol de desaparecer con la lentitud de quien no quiere morir.

Esa cena fue un baile. La risa hervía más lento que el fuego y los temas de conversación se derretían con la mantequilla. No recuerdo de qué hablamos porque de pronto aparecimos sentados a la mesa compartiendo ideas como ensalada.

El plan era visitar un nuevo bar cerca de la zona. Lo habían publicitado semanas antes y sirvió de excusa para mi viaje. Cuando vimos la hora, era muy tarde para salir a disfrutar la noche y la solución fue disfrutarla en una hamaca. En una sola. Con besos tardos, manos pausadas, miradas mordaces y una noche que nos encontró queriendo querer.

Cuando se levantó para traer más vino, lo escuché cantar. Cada paso era pronunciada la estrofa de una canción que descubrí cuál era; pero seguramente le gustaba mucho porque cantaba con alegría. Entonces recordé las palabras que sentenciaron el momento: "no te enamores de un hombre que canta".

Entendí que la alegría de la música agrava el amor. La contentura de unos besos empeora si se le pone ritmo y las ganas de querer se hace honda si encuentra una buena letra para recordarse. Regresó cantando y sonriendo. Sin garantías de nada porque no las necesitaba; pero sin posibilidad de salir de salir de él. De esa alegría que me hacía preguntarme qué más tendría para mi. Y mientras saboreaba mis labios escuchaba mi propia voz por dentro: "no te enamores de un hombre que canta... no te enamores de un hombre que canta..."...



20150308

La vida que nací mujer


Texto inspirado en la canción 'Nemo' de Nightwish
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Que todas estas experiencias como mujer, valgan la pena. Espero que al final de esta vida, pueda ver hacia atrás y ver con agradecimiento lo que ahora no entiendo.

Que mi piel no pierda el color con la lluvia.

Que el cabello no se enrede con las dudas.

Quiero llegar a vieja solo con marcas de sonrisa.

Que estos pies y sus arcos bailen hasta agotarse. Que me lleven a lugares nuevos y me traigan de regreso a donde saben que pueden descansar.

Espero verme a mí misma con ternura y cuidado, sin juzgarme ni criticarme, sin exigirme ni olvidarme de lo que quiero. Saber compartirme algún día sin dejar de verme, apartarte un lugar en mi camino y caminar más lento; pero juntos.

Poder ver a mi corazón sano, sin tropiezos en su latir, sin dolor en sus venas. Verlo todavía con ganas de viajar y que nunca se canse de todo lo que tuvo que despedir. Espero verlo erguido y no resignado.

Que los hilos con que está remendado no impidan que vuelva a sentir.

Quisiera ver a mi cintura llena de recuerdos en la mesa. Que su memoria vea de nuevo pasar los platos y la cantidad de sabores de helados que falta por inventar.

Proyecto que mis ojos podrán verse en el espejo sin arrepentimientos y con tiempo de sobra para saber que fuimos felices sin tener que pensarlo mucho. No necesitar maquillarlos para encontrar belleza en su brillo. Y que ese brillo no mengüe sin importar lo que vean.

Mis manos. Estas manos que han aprendido a soltar para evitarme llegar a vieja con pesos ajenos. Su fuerza me ha levantado de innumerables caídas y siguen tan suaves... como esperando un roce sorpresa.  Que cada día aprendan a abrirse más para compartirse, para curar, cocinar pasteles, encontrar direcciones y amar. 

Que el dolor de vientre tenga un motivo y tus ojos.

Que no me olvide de respirar. Cuando tenga que pasar de una vida a la otra; acordarme de fluir en mejores intenciones para encontrar mejores compañías de las que aprender sea obligatorio. 

Que las lágrimas del sin fin de despedidas hayan ido a un solo lugar para que no se pierdan los cariños y la vida sepa devolverme lo que sobró de soledad.

De esta vida que nací mujer, que sea capaz de ver y tratar a todos por igual, sin dejar de saberme defender. Que pueda ser útil y oportuna con mi presencia y sepa desaparecer cuando yo lo necesite. 

De esta vida que nací mujer, aprenda a ver más allá de lo que escucho y a limpiar mi propio camino.

Que encuentre esos 'algo' perdidos.

Que sepa siempre quién soy.

Que extrañar sea voluntario.

Que  el aire que respiro no sea en vano y me llene cada segundo de vida. Sin luchas, ni peso, ni dolor.

Vaya mi alma tranquila, al centro de la vida, con su espacio ganado, despejándome el cabello del rostro con una trenza de certezas. 

20150203

Lo que ya tenías

Cuando regresó del viaje, sacó la llave del pantalón con la mano derecha mientras dejaba en el suelo su maletín con las pocas prendas que se había llevado.

No había terminado de introducir la llave en la chapa cuando ésta se abrió. "Bienvenido", escuchó detrás de la puerta y sonrió.

Terminó de correr la puerta y la vio. Con un vestido claro muy escotado para esa hora de la noche; pero que a él le encantaba porque le destacaba sus dos atributos favoritos de ella: los ojos y los hombros. Lo que más extrañaba de su cuerpo cuando viajaba.

Se dieron un beso largo en la puerta, entró hasta la sala y se dejó caer en el sofá muerto en vida por semejante viaje en carretera. Siempre que regresaba juraba no volver a hacer ese viaje por tierra; pero siempre terminaba inventando excusas para ir a los países vecinos a hacer lo suyo: cuestionar el sistema educativo y buscar librerías de segunda mano que casi vaciaba -igual que su billetera- y regresar con más peso en la maleta del que sentía en el alma.

Rachel terminaba de preparar la cena entre la cocina y la mesa del comedor mientras Tomás sacaba del maletín arrastrado hasta sus pies lo que había comprado para ella, metiéndolo en la bolsa de su pantalón.

Se sentaron a comer mientras él platicaba de sus recientes experiencias entrelazando situaciones, nombres y lugares. No terminaba de contar una historia cuando ya había comenzado otras dos. Ella lo veía sonriendo de lada mientras pensaba que la pasta había quedado un poco seca, que quizás le ponía más salsa y qué lástima que no había encontrado hongos frescos en el mercado porque le gustaba más la salsa blanca que la boloñesa para esos espaguetis pasados de calor.

Tomás ignoraba que ella divagaba entre su pasta recién hecha, el vestido que le estaba causando frío en la espalda, las veces que él le había llamado en cada uno de sus viajes y todo lo que se le estaba atorando en la garganta por decirle.

Él hablaba y hablaba de Nicaragua, Comparaba Managua que le resultaba profundamente árida y aburrida con Masaya y Granada que le hacían sentir en otra época. Y quizás eso le aliviaba. Comentaba del queso trenzado y de la horchata con hielo que le regalaba la señora cerca de su hospedaje, de sus compañeros asesores que siempre terminaban buscando bares nudistas en cada pueblo; pero que él no iba y así sucesivamente cada detalle de sus aventuras como director de la nueva propuesta educativa que trataba de implementar en las escuelas de la región y esperaba que Nica le diera más suerte que el desastre vivido en Guatemala por la negativa del Ministerio de Educación a reconocer como lenguas oficiales la cantidad de dialectos indígenas, además del castellano.

Rachel acomodaba su cabello castaño sobre un hombro y sobre el otro y se levantaba a dejar y traer vasos y platos a la cocina que iba apilando al lado del garrafón con agua. Pensaba que cuando lo compraron con Tomás apenas tenían unos meses de iniciada su relación y habían peleado por el color del grifo plástico para el agua embotellada. Ella quería el azul y Tomás quería el gris. Compraron el celeste.

Se apoyó sobre el lavaplatos y respiró profundo. Él la llamó al ver que no regresaba a la mesa. "Rachel, amor... nena, Rachel...", escuchaba ella pensando que siempre había odiado su nombre y más desde que se instaló en el país. Por él, con él, en su casa, abandonando su vida apacible en San Francisco como maestra de kinder. Adoraba el acento con el que pronunciaba ese "Rachel". No era ni el sonido de la ch, ni el sonido de la q. Era una mezcla suave que solo Tomás sabía pronunciar para derretirle la vida.

Se asomó por una columna de la cocina para responder a sus llamados con la misma sonrisa de enamorada que tuvo para él desde el principio. Sus brazos cruzados sobre el abdomen solo se separaban para seguirse acomodando el cabello mientras desatascaba las palabras de su garganta.

Con un pie arrastró una maleta hasta quedar entre ella y la columna de la cocina. Cuando Tomás se fijó en ese movimiento, al fin calló. "¿Qué pasa nena?" preguntó sintiendo la adrenalina previa a morir en el campo de batalla.

-"Dejé mi país por ti, mis niños del kinder, mis padres, mis amigos y la beca que me habían dado para el doctorado..."

-"Pero dijiste que no te la habían dado. Eso fue hace tres años y..."

-"Fuiste mi prioridad. Por eso no dije nada. Quería darme la oportunidad de venir aquí. Contigo"

-"...Sí; pero...¿no eres feliz?"

-"Te amo"

-"No entiendo"

-"Que también me dejé a mi. Te veo ir y venir llenándote de lo tuyo. Luchando por tu causa. Riendo y sufriendo con tus amigos que respiran su causa igual que tu. Yo no tengo nada de eso"

-"Pero podríamos hacer que..."

-"No va a funcionar"

-"¿Hace cuánto pensaste ésto?. ¿Esto es por mi?"

-"Hace varios meses. Claro que es por ti; pero no por sentirme mal, es porque me causa envidia no poder sentirme tan bien como tu y necesito buscar lo mismo. Y sé que no es aquí".

-"¿Te pusiste mi vestido favorito para irte?"

-"Quería recordarnos así. Cenando juntos. Gustándonos", dijo mientras sacaba de un llavero su copia de la llave y poniéndola sobre el desayunador.

-"Esta también es tu casa"

-"No. Y es parte del problema. Me sumaste a tu vida hecha. Nunca pensaste en construir una nueva juntos. Una para los dos. Solo me sumaste a lo que ya tenías. Como algo más".


-"Nunca fue mi intención..."

-"Ni la mía". Se acercó para besarlo en la mejilla. Pero Tomás se inclinó y la besó en la boca. Se quedaron quietos sintiendo ese beso mojado con sal. Él intentó levantarse; pero las piernas le temblaron. Esa mujer perfecta caminaba en dirección contraria y no era capaz de detenerla. Se preguntó si así como él había roto un corazón hace años, le estaría pasando lo mismo. Si ese momento era un recordatorio del daño que él había hecho antes.

Sacudió los pensamientos cuando escuchó el sonido de un motor y vio un reflejo amarillo que le hizo suponer era un taxi. Vio la mesa servida. Todos eran platos que le encantaban y no se había dado cuenta. ¿Cuántas cosas más había hecho por él sin que se diera cuenta?. "Solo me sumaste a lo que ya tenías..." repicó en su cabeza una y otra vez. "A lo que ya tenías...a lo que ya tenías... a lo que ya tenías..."





20141124

La sonrisa del adiós

Mientras la abrazaba -un abrazo que duró más de lo usual- escuchó un silbido fino y largo. Era un silbido delgado como sus brazos y frío como el viento que entraba por el vidrio roto de la ventana.

La encontró en el suelo cuando entró a la habitación. Ya le había dicho que cuando decidiera morirse, tuviera la decencia de esperarla. Que por ningún motivo se le ocurriera morir sola.

Casi le contradice; pero logró esperarla. 

La vio en el suelo con la misma tranquilidad con la que vivió. En paz, siempre presente y muy consciente. Hasta sonriente. La vio desde el marco de la puerta que le sirvió para detenerse por el susto y tratar de entender -en un segundo- que había llegado su hora.

Se conocieron quince años atrás por pura casualidad. Uno de sus novios de esa época las presentó. A él lo recuerda no solo por haber sido un tipo decente, también por haber propiciado ese encuentro por el que seguía eternamente agradecida. 

Era una época de muchos cambios para ella, de muchas despedidas juntas y de sentirse como un aeropuerto donde la gente llegaba, se iba y nadie se quedaba. Hacía la broma de ser una eterna puerta por la que la gente cruzaba sin detenerse mucho tiempo. Reía de su metáfora para ocultar lo mucho que le costaba acostumbrarse a ese karma de ser puerta en lugar de un cómodo sofá.

En ese ir y venir de gente, países y cosas, decidieron hacerse amigas y vivir juntas para paliar como equipo sus problemas y hacerlos mitad para que pesaran menos. Esa relación creció como los cerezos en oriente: con reverencia, paciencia y mucha vistosidad hasta ser un símbolo de algo infinito.

Esa amistad desafió prohibiciones, tiempo, enfermedades, pobreza, noches de insomnio y cientos de dudas. Las dos se convirtieron en el camino de la otra.

Una aprendió a vivir el presente sin preocuparse tanto por el futuro. La otra aprendió a confiar, que era lo que más le costaba, al venir de donde venía. Una familia numerosa que poco se había ocupado de ella.

Cuando la amistad cumplió diez años, comenzaron los cambios. El invierno llegó a una de las cabezas y la sombra del tiempo se acomodó en sus para nublarlos. Su salud comenzó a decrecer mientras trataban de ignorar lo obvio para no adelantar el final.

Las alegrías siguieron igual a pesar del dolor de huesos. Los abrazos y apretones continuaron a pesar de la respiración cansada. La comida compartida, las siestas juntas y sentarse en la terraza para ver llover, siguieron como actividades favoritas sin mencionar nada más.

La que quedaba, entendió lo que tantas veces había escuchado: aquí y ahora, no hay más que el presente, hay que disfrutar y amar cuando se puede porque no se sabe cuándo será la última vez. Así fue como aprendió a vivir, cuando al fin estuvo consciente que había un final sin saber cuándo y no quería sorpresas.

Una tarde, en pleno invierno, cuando una regresó del mercado, la llamó para contarle que había encontrado de los mangos que tanto le gustaban y piña muy fresca para calmar sus antojos. Cuando nadie respondió, el peso de la soledad le cayó como yunque en el pecho y se le instaló un frío que le abrazaba cada vena hasta congelar sus pies. Levantó cada rodilla que pesaba una tonelada de hielo para buscarla, creía que la llamaba pero de su boca solo salía aire. La encontró enrollada detrás del sofá con dolor saliendo de sus ojos. 

Con mucho esfuerzo la cargó hasta la alfombra, le puso toallas calientes para cubrirla y masticó un remedio casero que luego puso en su boca. Como las mamás pájaros hacen con sus crías salidas del cascarón. Ese remedio llevaba más amor y paciencia que medicina.

Para tratar de quitarse el peso del susto que le duró varios meses, un día la sentó al sol, le puso una fotografía de ambas a sus pies, la tomó de las manos y le dijo:

Sos un ser maravilloso por el que agradezco cada día
Con vos he aprendido a vivir, más que a estar viva
Decidí dejar de pensar para imitar tu simple sentir
Esa simpleza de estar que tanto me alivió la soledad.

Has sido una maestra en respirar
Una manta al sol
Representas la mayor nobleza en tu mirada
Sin juzgar, ni pedir, ni mentir
La autenticidad en un constante dar
El verdadero significado de estar conectada con algo más
Ahora sé que vienes del más alto bien.

Gracias por tu fuerza, tu honestidad, tu tiempo y tu paciencia
No he sido la amiga que debí; pero te he amado a ami manera
Gracias por tu vida en la mía.

Esa noche sintió que alguien se sentaba a la orilla de su cama y le sobaba los pies. Pensó que el susto que se le había instalado aquella tarde había decidido perdonarla y soltarla.

Por si acaso, a veces iba a verla a su cama y le ponía la mano en el estómago para sentir que subía y bajaba. Para sentir que sí respiraba.

Otras, le daba un besito en la frente y llegaba hasta la ventana para que el suspiro de alivio saliera y no regresara. Lo último que necesitaba era llevarse más suspiros a la almohada y desacomodar su tamaño.

Cuando despertó, muy temprano antes que el sol, escuchó cantar a lo lejos una aurora. Cayó de rodillas suplicándole a la vida que fuera lo suficientemente lejos para que se llevara a alguien más.

Salió a hacer sus mandados con su nombre en los labios. Pasó por la calle principal que ya vendía la época en canastos itinerantes. Dobló por la iglesia que repicaba campanas de otra fe. Siguió por la fuente del parque central que le trajo un silbido a sus oídos. En ese momento decidió desandar el mismo camino. 

Llegó a la casa y sin saber nada, su instinto la llevó hasta donde estaba. Levantó su cabeza y la puso en sus rodillas, arrastró de la cama la manta que a veces compartían y la cubrió. 

_Gracias por esperarme. No quería que te fueras estando sola. Ya vine, ya vine.
Aunque me ayudarías mucho si pudieras esperar un poco más. No estoy segura de poder seguir sin vos. No estoy segura de estar lista. No lo estoy. No lo estoy. No lo estoy.

[silencio]

Con una mano le tapaba los ojos y con la otra espantaba al ángel oscuro que le seguía silbando al oído. Estaba segura que si no se veían, no se la llevaba. 

Las dos terminaron como siamesas en el vientre de la Tierra. En el suelo y de frente. Como flotando en un espacio solo de ellas. Cuando cruzaron miradas, sonrieron. 

Vio una pequeña luz dorada salir de su boca, rebotar en su nariz, en la cama, en el espejo y detenerse flotando en la ventana rota. 

Desde el suelo y con los ojos muy abiertos y mojados, le tiró un beso hasta la ventana y le hizo una reverencia, como antes se saludaban a los maestros, a los reyes que daban favores y a los sabios que veneraban al sol, el mar y el fuego. 

Una reverencia que seguía guardando esa última sonrisa. La sonrisa del adiós.



20141117

Al Lado del Camino - Fito Paez


¿Por qué recomiendo esta semana al gran Paez?. Pudiera dar mil explicaciones sobre el pilar fundamental que es Fito para la música. Hablar de su talento, de su personalidad, de su misterio y su presencia absoluta en un escenario. Pero eso sería inventar el agua tibia.

Esta canción es mi padre nuestro musical. Es la que canto al despertar para agradecer mi vida y la que recito llorando cuando alguna emoción me rebalsa. Acabo de cumplir años y es la canción con la que celebro mis cierres de ciclo para agradecer lo vivido y soltar lo aprendido.

Al lado del camino ha sonado en mis oídos en aviones, trenes, barcos, montañas y playas. En encuentros felices y ansiosas despedidas. He procurado ponerle este ritmo a cada paso. Es la letra que me hace estar consciente en un presente total. Disfrutar aquí y ahora. Ser y estar. Solo hoy.

20141110

La niña blanca. Salmo 91



Esa mañana la casa olía a caldo de gallina. Todos caminaban rápido y sin hablar para evitar tocar el tema. Las cocineras sudaban cilantro, las encargadas de los animales destilaban olor a leche recién ordeñada, la nodriza igual y todas hacían sus tareas cotidianas viendo hacia abajo para no llamar a la mala suerte ni con el pensamiento.

Sabían que los gritos que habían escuchado anoche significaban algo malo; pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta. La niña más pequeña de la casa tenía la virtud de ser un hermoso bloque de queso blanco con sonrisa de porcelana y mirada de ángel; pero cuando soñaba que se le caían los dientes, era porque alguien iba a morir.

Por supuesto que no hay una lógica en eso. El mundo onírico siempre ha sido visto de menos, con recelo, con un completo escepticismo por todos en el pueblo. Incluso por los dolientes que aún lloran esas 'coincidencias' de sus familiares fallecidos.

Nadie creía lo que ocurría con la niña blanca de la casita al final de la calle. Pero todos le temían.

En la puerta desvencijada habían clavado animales muertos para "ahuyentar al demonio", recipientes con todo tipo de sahumerios, macetas con hoja de ruda, fotografías de los enfermos para ver si la niña soñaba con alguno y les avisaba a tiempo para prepararlos antes del rigor mortis cuando ya costaba vestirlos o fotos de los recién nacidos con la esperanza que la niña aprendiera a ignorarlos y les diera tiempo de vivir. incluso hojas sueltas de la biblia en el capítulo 91 del libro de Salmos, versículo 5, donde reza:


No tendrás temor de espanto nocturno,
 Ni de saeta que vuele de día;

Ni de pestilencia que ande en oscuridad, 

Ni de mortandad que en medio del día destruya.



Nadie sabía exactamente cómo era el procedimiento de soñar con dientes caídos, llenos de caries, o en el dentista del pueblo, con encontrar a alguien en su último aliento. Si no se hablaba de ello, mucho menos era posible establecer la conexión entre las pesadillas de una mocosa de familia bien, venida a menos y su amistad con la muerte.

A doña Jacinta la encontraron en la cocina. Murió sentada en la mesita del desayunador mientras ponía la corteza superior de su famoso budín de plátano. Vivía sola desde que su único hijo se fue a la guerra. Nunca nadie se atrevió a contarle el verdadero final que tuvo. En lugar de darle la noticia al poco tiempo de partir, decidieron escribirle una carta falsa por año, justo para su fecha de cumpleaños, diciendo que la extrañaba y que todo estaba bien.


Don Eleuterio cayó por las escaleras del sótano. Cuando la niña blanca estaba despertando de una pesadilla donde gritaba "¡dientes! ¡DIENTES!" siendo zarandeada por una de las nodrizas, el padre del panadero del pueblo rodaba como los bollos franceses que habían hecho famosa a su familia por generaciones. "Infarto fulminante" dijo el médico.


Ese médico bien sabía de infartos porque semanas antes había enterrado a su hermano mayor. Medio hermano, la verdad. Hijo de su padre con una lugareña varios años antes. Por más que trataron de aparentar que al llegar al pueblo con su señora, ya traían al niño; era bastante obvio que con ocho años de diferencia entre ambos, era hijo de bastardo. La santa madre del doctorcito, doña Abigail,  se mantuvo en esa versión hasta su muerte. Incluso al confesarse en su lecho de enferma, el padre Avelino fingió no saber nada y le dio la bendición de inmediato antes que la niña tuviera otra pesadilla con sus dientes de leche y el padre tuviera que salir corriendo a otra visita.


Así pasaron los asustadizos vecinos un buen tiempo. Se reunían en diferentes casas para hacer rezos, compartir recetas de quemas, incienso cuando había algún recién nacido, prestarse hierbas y biblias cuando estaban en tiempos precarios y comprar las velas rojas que estaba haciendo Balbina, tátaranieta de una de las fundadoras del pueblito, quien acababa de salir del novenario de su madre; pero había decidido usar luto riguroso. Más por su soltería que por la muerte cercana.


Esa noche todos durmieron bien. Después de varios años de angustias nocturnas, murmuraciones vespertinas y pordioses en cada esquina, esa noche todos durmieron bien. Unos con sobredosis de té de floripondia, otros con intoxicación leve de humos que mezclaban hierbas aromáticas para evitar insomnio, otros simplemente cansados de rezar a la luz de las velas rojas. Tan tranquilos y en paz, que ni siquiera se dieron cuenta a la mañana siguiente del alboroto que causó la muerte de la niña blanca.


Como pudieron, la familia logró pagar a un amigo del doctorcito para que llegara de un pueblo vecino y más evolucionado a hacerle una autopsia a la casa. Lavó la mesa de madera de la cocina donde estaban las piezas de pollo descuartizado que dejaron listas desde la noche anterior para celebrar su cumpleaños número 6, le dieron mantas blancas recién hervidas para no contaminar su cuerpecito blando con los instrumentos sucios:


_"Arsénico", dijo con voz ronca el médico visitante.


20140616

Sin orilla

Era una buena mañana. Encontró el anillo que llevaba mucho tiempo perdido.

Por más de cinco años le llovían recuerdos esporádicos de ese círculo de plata que había perdido y le daban ganas de gritar por ello. Ahogaba su frustración en un par de suspiros, volvía a revisar los mismos lugares de siempre, revolvía sus viejos joyeros y nada... ni rastros del anillo. Olvidaba el asunto por un tiempo, luego aparecía la lluvia de recuerdos y repetía la búsqueda con los mismos resultados.

No era un anillo cualquiera. Aunque la diferencia estuviera en ella.

Le gusta acordarse del círculo perfecto que era, con una planicie leve que le hacía parecer sin orilla. recordaba que él jugaba con el anillo en su dedo meñique porque solo ahí le cabía en esa mano gigantesca y señalando el mar decía: "este anillo me gusta porque no tiene orilla, igual que toda esa agua".

Cuando se lo regaló a ella -a quien sí le cabía en el dedo anular- le dijo que recordara que lo suyo tampoco tenía orilla.

Era muy común verla con el anillo fuera de su dedo y dándole vuelta entre las manos para sentir su delgadez. Era plata 925 y de color bastante opaco por el uso, con una pequeña imperfección en su interior gracias a un golpe. Lo giraba hacia un lado, hacia el otro, lo hacía girar sobre la mesa, lo probaba en otros dedos solo para sentir el placer de terminar en el anular de siempre. Donde él lo dejó.

Esa mañana que salió de la ducha y limpiaba el espejo del vapor, abrió el joyero de siempre y ahí estaba. Como si nada. Como si no hubiera pasado el tiempo. Viéndola con su imperfección. Ella le clavó la mirada casi desafiante; pero con una sonrisa de complicidad. Al fin y al cabo, eso habían sido con su dueño: cómplices.

En lugar de tomarlo, lo saludó de lejos, con la toalla medio puesta y las manos en la cintura, como cuando una madre regaña a un hijo; pero sin dejar de reírse por la travesura:

-"¿Dónde has estado?", fue todo lo que se le ocurrió decir pensando en que le gustaría preguntarle lo mismo al antiguo dueño.

Cerró el joyero, se vistió y fue a su trabajo con el anillo girando entre sus manos... en su mente.

Al regresar, subió a buscar si todavía estaba ahí. Si era posible que el anillo desapareciera y regresara a su antojo, perfectamente podía volver a pasar. Abrió la tapa y ahí estaba, esperándola. Se lo puso en el mismo anular y le seguía quedando perfecto.

Esa noche soñó con él. Le pareció extraño ya que no había ocurrido eso en un buen tiempo. Durante el día se sentía fatigada y con un peso exagerado sobre sus hombros. Sin ánimo de nada.

Los días siguientes ocurrió lo mismo. Cansancio extremo, sueños recurrentes, pesadez en los párpados, caminar lento y extraños dèjá vu de su vida juntos.

Pensó desde cuándo estaba teniendo de nuevo el mismo insomnio y cuando lograba dormir unos minutos, el mismo sueño que tuvo hace muchos años.

El día que no se ponía el anillo, andaba con presión en el pecho como si algo le faltara. Como si tuviera un mal presentimiento sin que nada pasara. Y aunque se lo quitaba para dormir y ducharse, el peso de los recuerdos era cada vez mayor.

Todo coincidía. Aunque no le contó a nadie ni se atrevía a decirlo en voz alta. Era delirante la idea que un anillo de plata provocara una avalancha de sucesos emocionales y hasta físicos. Una locura.

Pensó en mandarlo de regreso con su antiguo dueño -sin dar mayor explicación-; pero le pareció mucho trabajo conseguir con sus antiguas amistades la dirección y el código país para envío de correspondencia, así que la solución inmediata era guardarlo en una caja bajo llave, dentro de la primera gaveta del tocador y hacer de cuenta que nunca más lo encontró.








20140516

Dulces

Salió de su trabajo caminando mientras pensaba en llegar a casa para hacer la comida. Llegó a la esquina revisando su cartera porque era costumbre que siempre dejaba algo olvidado en su cubículo. Metió mano en todas las bolsas:  llaves, pintalabios, un billete enrollado y escondido por seguridad, una tarjeta de presentación de aquel tipo de corbata elegante que la entrevistó para el último trabajo al que aplicó, unas monedas, varios dulces y una foto. La sacó pensando que era de ella; pero era la primera foto que tomó a su hijo cuando entró al kinder. Sonrió.

Cruzó la calle para esperar el transporte público del otro lado y recordó los buses de aquel país al que llegó por esa oportunidad de trabajo que terminó muy mal.

Recordó el placer del transporte moderno, decente y hasta con aire acondicionado. Las paradas de buses identificadas por números, letras y colores. Cada una con un mapa interactivo donde resaltaba la ruta de esa unidad en particular. "Nunca me perdí" -pensó mientras contaba las monedas en la mano para no perder tiempo. Los buses de esa nación eran todos brillantes, como nuevos. Todos con una voz electrónica interna donde van anunciando las siguientes estaciones y hasta piden disculpas si se atrasan tres minutos.

Contaba monedas a la orilla de la calle y sonreía viendo la foto de su hijo cuando llegó el bus. Una lata destrozada por el óxido, con una sola puerta imposible de cerrar, vomitando gente por las ventanas, inundando su nariz con humo negro y apenas frenando a dos metros de la cuneta. Como pudo, logró subir de dos zancadas y se sentó junto a una ventana que intentó abrir y solo logró herirse con una lámina suelta.

Pensó que el día finalizaba tal y como inició: fatal.

Decidió cerrar los ojos e imaginar los dos bracitos que la esperaban en casa. Pero su mente no estaba del todo convencida. Su realidad se mezclaba con el recuerdo de ese viaje que tuvo que haber sido solo de ida. No recordaba en qué momento tomó la decisión de hacer caso a su billete de avión para volver en la fecha que indicaba. No estaba segura si fue miedo, nostalgia o simple falta de carácter el tomar una decisión espontánea, contracorriente, loca... como siempre se sintió.

Tapaba un pensamiento con otro. Acumulaba capas y capas de razones hasta hacer un gran muro que derrumbaba con la carita de su hijo y luego volvía a construir una y otra vez para tratar de encontrar una explicación a la vida en pausa que llevaba. A la avalancha de cambios repentinos que aún no lograba entender.

Haber viajado le había abierto los ojos al mundo que siempre quiso conocer, que logró tener entre sus manos y por no saber tomar decisiones, había perdido en un segundo. Ese mundo lejano que siempre sintió que merecía. Salir de aquel hotel maravilloso camino al aeropuerto para su viaje de regreso había sido como el caminar de un condenado a muerte, sacado de su celda amarrado de pies y manos y llevado directo a un final donde dejaría de respirar. Así regresó.

Se tocaba el vientre una y otra vez para estar segura que algo se movía dentro y era suficiente razón para no decir nada y simplemente volver a casa, donde todo sería menos difícil. No estaba segura de poder ella sola con lo que venía. No estaba segura de querer que ese futuro creciera con etiquetas tan duras y lejos de sus abuelos. "Las de aquí son más llevaderas" - se dijo a sí misma para aliviar sus dudas por un segundo más.

- "Mami, mami!"
- "Hola mi amor!. Mirá, te traje de los dulces que te gustan"
- "¿Los de chocolate?, ¡Dame, dame!"




20140409

Frutas y flores

439, 440, 441, 442... Llevaba caminando cuarenta días. Y quien lo veía de lejos, pensaba por un segundo que su semblante era bíblico: andrajoso, con el cabello largo, sucio y enredado, descalzo, dos harapos cubriendo las partes que podían, amarrados con un trozo de cordel hecho de nudos y recitando salmos.

También llevaba su garganta hecha de nudos. Se sostenía con los pies sujetos a las posibilidades de seguir; pero algo debía cambiar. No podía continuar el mismo camino y bajo las mismas circunstancias.

- "Alguien dijo que para obtener resultados diferentes, había que hacer las cosas diferentes" -pensaba mientras contaba los pasos de cada pie- "765, 766, 767...¿Quién fue el que dijo eso?, ah! no importa, de seguro no estaba tan loco como yo, 768, 769, 770...".

Avanzó hasta llegar a una esquina donde el semáforo siempre está arruinado. Los chicos que limpian los parabrisas a los autos que hacen alto, suelen arruinar la caja automática para ser ellos quienes den vía y lograr un par de monedas más. se sentó sobre un muro bajo que separa el parque sin árboles del Hospital Central. Se movió con las manos para sentarse bajo la poca sombra que da un poste de tendido eléctrico sobre el muro y observó:

- 7 niños con la ropa sucia igual que la suya
- 3 perros. 1 cojeando de la pata derecha trasera
- 1 ambulancia en contrasentido con la luz roja girando y haciendo un ruido infernal
- 2 policías de la militar viendo a una anciana tratando de cruzar y sin ayudarla
- 2 pies con sandalias. Los suyos; pero sin saberlo
- 1 bolsa con fruta a la que abrazaba con dos brazos que no sabía de dónde salían

Cuando el poste de tendido eléctrico dejó de darle sobra por el ángulo del sol, saltó del muro y se internó en el bosque inexistente. No lograba recordar si los árboles desaparecieron antes o después de ese último trago de aguardiente.

Identificó el camino de piedras que habían creado para rodear los columpios de los niños en el parque y decidió seguirlo. Cerraba los ojos para seguir contando los pasos de cada pie: "987, 988, 989, 990..." y para que su cerebro le ayudara a crear árboles, los que extrañaba de la infancia, brisa, risas, el rostro de la niña del instituto que se casó con otro, cuatro meses después que le gritara borracho por primera y última vez. Rostro que confundía con el de su madre arrullándolo muchos años atrás al caer de un árbol para conseguir la fruta que ahora roba y almacena en esa bolsa que abraza. 991, 992, 993, 994...

Alguien le avisó que al seguir el camino de piedra del área de niños en el parque ele hacía caminar el círculos. Veía al guardia de la zona hablarle; pero no escuchaba sonidos, estaba ocupado oyendo la voz de su padre repetirle que era un fracasado y la niña del instituto diciendo "me caso con Rodrigo, no te quiero volver a ver".  El guardia entendió que le hablaba a una pared y tuvo la compasión suficiente para dejarlo caminar en círculos sin avisarle a los policías militares de la esquina. "Quien no está en este mundo, no puede ser peligroso", pensó guardando su escopeta.

La noche lo encontró sentado en el columpio quebrado. Estar colgando de lado le daba la sensación de tener a su madre cubriéndole la espalda  de nuevo mientras le sobaba las manos y la cabeza. El otro guardia de turno le ofreció agua y que por favor se retirara del parque o llamaría a servicio social para que lo llevaran a un hospicio o al hospital psiquiátrico, que estaba a la vuelta del Hospital Central.

Sin soltar su bolsa de frutas, le dijo "mamá no te vayás, 995, 996, 997...". El guardia lo observó en silencio intentando decidir qué problema tenía. Por radio de onda corta llamó a la base y contó lo que pasaba. La indicación fue clara: llamar a alcohólicos anónimos y que ellos decidieran qué hacer.

Varias semanas después, cuando abrió los ojos y preguntó dónde estaba, la señora con nariz de gelatina y vestida de blanco le dijo que llevaba semanas con sedante para desintoxicarlo y salvarle la vida. Que seguían estudiando su hígado por si comenzaba a fallar; pero que era buena señal que abriera los ojos y le saliera voz de su garganta quemada.

El psicólogo que tenía asignado le aconsejó hablar con sus padres para comenzar a resolver dudas y sanar dolores. Entendió que su pasado lo seguía controlando y le pareció buena idea; pero no se acordaba dónde estaban y necesitaba que lo llevaran.

El psicólogo se saltó un par de reglas para meterlo a su auto y salir de la clínica en horario de almuerzo. Antes de llegar hicieron una parada. Todavía abrazando la misma bolsa llena fruta que hoy le daba la clínica, le preguntó a su acompañante:

- "¿Para qué las flores?"
- "Para tus papás"
- "Pero ya les llevo fruta"
- "La fruta es para vos; las flores para ellos"