Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20160302

“Vladivostok 2000” —Mumiy Troll





     Miles ahead from the frozen land, Alexandr witnesses movement: an endless ocean flowing relentlessly towards the sun. “Where does it go?” Where does it end?,” he whispers ashore.

     Flags in the air. Ships in the docks. The city is a living museum where history is carved in the walls, yearning the glory of old days. Shells, anchors, and boats fade with the setting sun. At the Central Square, darkness covers the face of the copper statue once built to challenge the brave to defend the Motherland. Years of battle went by before the white winter decided to rule, imposing punishment indefinitely. “Thou shall not move,” it confined boats in frozen water, preventing men —and dreams, to sail away. 

     Not from bravery but from the desperation confined souls suffer from, few men dare to escape sailing away into the world’s end. Ashore, it is known that for each sunset a beloved one vanishes from the stream of life. From the ocean's side, sunrise reminds sailors of the defenseless love left behind.

     Standing under the centennial statue, Alexandr loses sight of the horizon. In the dark water, ship lights blend with the stars. “Is there anybody out there?,” the question his mother refused to answer when he was five still roams in his mind.

     After a short walk, Alexandr arrives to his house. It is the same house he has lived his entire life. Inside, he takes off his coat. With shaky hands, he lights a candle. Home is nothing but humid walls and broken fixtures. A wooden table. A broken stove. Old furniture in rags. He looks around wondering if it is time for him to pursue change. He thinks of the flowing ocean. He thinks of the vanishing sun. He tries to imagine new places he could call home, none to be found.

     He approaches the small altar his mother installed by the window. The last reminder of her wishes for life and love. What life? What love? All Alexandr knows is journeys with no returns. The father sailing away. The mother dying before her time. There are no reasons to remain in that frozen land. 

     He sees the icon his mother used to pray to, now covered with dust and mold. What is life but fragmented memory? Pieces of mind for others to recollect? With all these feelings in his heart exploding like hand grenades, he burns down the altar. No more pain to remember. No more time to waste. He finally smiles.

     Outside, the night begins to fade. The copper statue's left index finger points at the unknown horizon. A new day is born. Shells, anchors, and flags glimmer under the soft golden sunbeams. The ice melts slowly. Drop after drop, the water returns to the currents of an moving ocean, dissolving the story of a man ready to sail away.


—DA20160304


20160301

Distancia borrosa

relato inspirado en Vladivostok 2000 - Mummy troll


Nunca entendí qué pasó allí. Suelo ver todo de una manera tan cuadriculada, en la que no caben cosas muy fuera de lo común, no cuando hay diferencias tan distinguibles. Él estaba en el colegio aún. Mayor que sus compañeritos, sí; pero aún así menor y sin experiencia.   Más alto también, me acuerdo. Era de esas personas de pocas palabras y con eso sabías, un poco, cuando te saludaba distante, que el tipo acumulaba cierto tipo de experiencias, pero permanecía reservado e inexperto en materia interpersonal y afectiva. Y era más alto que ella. Con ella, parecía más cómodo: se le acercaba sin esa aparente timidez que le aportaba a otras conversaciones. Ciertas conexiones se manifiestan con desbloqueos y soltura, dicen. Ella, en cambio, era mucho mayor, pero no parecía.  Tenía años de estar en la UCA y lo de Comunicación Social, pero lucía igual que cuando recién regresaba de estudiar afuera.


En presencia de él, no dejaba de verse mayor, pero perdía la severidad de su mirada, aquella que sus alumnos reconocían. Se veía igual de relajada que cuando toma, pero a veces no era que hubiera tomado: era que estaba en medio de todos, hablando con nadie, hablando con él. No hay que tener la misma trayectoria para entrar en un universo común, ¿no? Nunca iban a coincidir además: él estaba en un camino mucho más científico-matemático que el de esta cumbiera intelectual. Yo escuché, cuando me acerqué a servirme agua mineral con limón y sal, que reían de lo que ambos no sabían y se deslizaban en sus paladares, en movimientos circulares, promesas que se decían entre líneas.

¿Cómo hace la gente para envejecer también? Cada nueva arruga que me sale me lanza en una búsqueda perpetua de nuevos remedios caseros y exfoliaciones en YouTube. A lo mejor ella, Marianna L., tenía algún secreto: elixirs quema grasa o mascarillas DIY de colágeno. La verdad es que no sé, pero sé que pasaban los años y ella permanecía bien finita, esbelta; su piel, impecable. No fuma ya, pero en mi cabeza siempre fuma. (Se me quedó grabada la imagen de ella y su cigarrillo hablando en privado con este muchachito, en medio un evento social en el que ella no tenía nada que estar haciendo allí.) O, ahora que lo pienso, este niño menor fue lo que la hizo empezar a envejecer, después de que dejó de fumar y pasó largo rato sin que yo la viera hablar así.

Quizás otros, con una manera más flexible de ver las cosas, “como todas las cosas están llenas de mi alma”, pueden ver lo que no veía yo, que es que a pesar de los límites bien trazados de la edad y las cosas en común, Marianna y su amiguito podían ser más que solo amigos. ¿Hay algo controversial allí? Los cigarros se iban consumiendo, deben haber tenido mucho de qué hablar; yo no sé. No solo no era problema mío: no era problema de nadie más, entonces ¿qué importa? People don’t have to understand, it’s only between you and me. Y de lo poco que vi, vi mucha admiración. Mutua. “Tiene que ser alguien que podás respetar, men, no cualquiera.”

Yo los dejé de ver y dejé de especular como todos acerca de cuán seguido se veían ellos, sin nosotros. Me hacía la loca, asumía demencia y leía solo lo explícito: son personas separadas por años, por profesiones, por intereses (una distancia invisible, marcada únicamente cuando Marianna llegaba acompañada de alguien más; las veces que Marianna tenía novio). Nadie lo vio, nunca fue público, pero me imagino que se enamoraron y que eso explica la voluntad de él comprometer su libertad, tan joven. Teniendo todo por delante, fue hasta perderla que se sintió libre. Libre, quería alcanzar y recorrer los 9 años que los separan. Marianna se había graduado hace mucho, mucho y él, pues, hizo lo que tenía que hacer después de graduarse: alejarse, crecer y cambiar. No sé si Marianna sabía ya para ese entonces que el final que tuvieron es el mismo que le espera a todas las parejas, independientemente de las edades o cosas o cómo vemos las cosas. Lo común a todos es que nos acercamos a quienes no conocemos y nos separamos cuando ya nos conocemos. Nunca me lo dijo, eso sí. Me dijo nada más que sí le había importado mucho ese muchachito.






20160229

Descolor

Inspirado en Vladivostok 2000 de
Mummy Troll




Estoy en la niebla que empaña tus caminos,
en el suspiro que das por la mañana,
fuera de la puerta de tu casa mientras tomas un café y
en la marca de las olas que no volviste a ver.

Estoy en la nieve revuelta que agoniza a tus pies,
en el velo de la novia que algún día esperas encontrar y
en la espuma de la cerveza que celebra un año más.

Me guardas en tus manos,
en la punta de los dedos que toman tus sueños
y los convierten en letras,
en lo ancho de tus ojos que guardan
los recuerdos a estamparse en tu memoria.

Aparezco en las mejillas de los muertos,
en el lino el sudario,
en los ramos de difuntos y en las perlas de la viuda,
esperando a que me miren
por quien soy,
por lo que encierro.

Mírame de nuevo,
llénate de mí,
pues abundo en la ciudad de tus amores,
eterno en las montañas y pasajero en las calles.

Los siete












Relato inspirado en Vladivostok 2000 de Mummy Troll.

No se cansaban de sentarse a ver el amanecer cada madrugada de sábado. No se cansaban de hacerlo cada amanecer de año nuevo desde cuatro años atrás cuando por casualidad se habían ido conociendo uno a uno, por allí en una fiesta, por allí en la universidad, por allí en algún bar de esos que hierven de olor a cerveza barata y nicotina. Porque, sí, eran conscientes de que eso era la amistad, esa amalgama de gentes que eran ellos siete, hombres y mujeres, no importaba; hablaban de las mismas cosas, les movía la misma música, compartían un mismo puro o cigarro, se empinaban la misma botella cuando ya no había más.

Y allí estaban, los siete, sentados en la grama de la casa de Edgardo, el primero de ellos que había tenido la osadía de ir a vivirse solo, sin saber cómo, ni con qué, sin muebles más que su cama matrimonial, una hielera de esas azules, unos cuantos platos, vasos y cubiertos y una cocina eléctrica de dos quemadores. Y allí estaban, esperando su quinto amanecer de año nuevo desde el patio abierto en algún lugar de San Salvador, como solían decirle. Todos con sus ropas de año nuevo, vestidos elegantes, negros y brillantes, camisas blancas, corbatas de colores y de seda. Todos con martinis a rebosar, tirándose las aceitunas, rolándose un puro, oyendo a esa banda rara rusa que nadie entendía lo que decía pero que a todos les daba ese feeling de tranquilidad-alegre que necesitaban para esos momentos.

– ¿De dónde salieron estas copas para martini? ¿No eras vos el que no tenía ni un vaso para tomar agua, Ed? Pregunta Lidia, sin esperar respuesta, viendo el fondo de color de la copa.

– Las trajo Raúl

El disco de Mummy Troll es lo único que se escucha por alrededor de un minuto. Todos miran los vasos, las manos, el piso, el horizonte en donde el sol está por salir. El cielo se ilumina todo, la mañana se vuelve más cálida, zanates y golondrinas cruzan el cielo, como si nada. Como si estuviera empezando el mundo.

– Feliz año nuevo, dice Edgardo. – Por cierto, agrega, Raúl se va a venir a vivir aquí...

– ¿Aquí? Pregunta la Margara sin dejar de tomar su martini

– Conmigo, pues.– Agrega Ed

– Feliz año nuevo, entonces. Dice Quique

Chocan las copas. Mientras, Mummy Troll sigue sonando al fondo.

20160216

De inviernos, amores y Vladivostok.


¿Qué cosa puede ser el amor?  ¿Una idea? ¿Una persona? ¿Un nombre?

Si tuviera que culpar a alguien por mi amor a Rusia, ese sería Vladivostok. No sé si por causa de conexiones de vidas pasadas o por simple obsesión de escritor coleccionista de palabras, desde que escuché ese nombre hace cinco años atrás, supe que así como existe el amor a primera vista, así existe el amor a primer oído: 
 [vlədʲɪvɐˈstok]

Cinco años después, me encuentro en “Russkiyland” descubriendo un invierno donde la vida se me presenta demasiado corta como para darle espacio a la indecisión. Donde estar en casa significa estar presente donde sea que me encuentre. Donde el amor es ilimitado, sin fronteras, ni distancias. Donde el tiempo se congela junto a un océano infinito a -38ºC. Donde el calor de Sívar es irreal y entiendo que #EnElTrópico tenemos una calidad de vida envidiable gracias a un clima benigno y proveedor. Donde detrás del frío y caras de piedra, se esconden rusos con corazones preciosos que se abren con una conversación, una fiesta, un baile, una canción. 

Hace cinco años, Vladivostok era solo una palabra en mi lista de “palabras favoritas”, un check-point en el mapa de “lugares por visitar”. Hoy, Vladivostok se pinta en fotos, se manifiesta en recuerdos, se viste de amor y se transforma en canciones.

Como parte de romper conceptos, este Febrero les propongo encontrar inspiración en los sonidos de Мумий Тролль (Mumiy Troll), una banda rusa de gran recorrido e historia, originaria de Vladivostok.

¿Qué dicen en su canción 
"Vladivostok 2000"? No lo sé y por el momento tampoco quiero saberlo. Solamente quiero saborear los sonidos, los ritmos y la fuerza de un idioma, que como su gente, golpean con una intensidad capaz de quebrar cualquier hielo, de borrar cualquier frontera, de traspasar cualquier idioma. Después de todo, a la hora de sentir, no somos tan diferentes.