Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20140217

Salir

Olía a húmedo, siempre; como a madera humedecida por el pasar de inviernos, debajo del aroma espeso a cervezas pression como Guiness y New Castle Brown Ale... y, también, la neblina de humo de cigarros, como un cenicero que te acoge. Pero se sentía bien estar allí. Le haría falta el olor a fumadores una vez pasaran la ley antitabaco de Francia, en el 2008... Sobre todo que el Dick Turpin's no es un restaurante, ni nada así; el olor particular va bien con la música setentera inglesa y con los dardos en la pared, y con aquel viejo par de esquís que el dueño había abandonado en aquella pared. Clara no podría reprocharle el olor a bar mezclado con bodega, pues igual allí quedaban embodegados más de un par de recuerdos.

Esto es lo que necesitaba, pensamiento que venía con cada inhalación y parpadeo. El desvelo la empalidece y le irrita los ojos, pero allí va. Aunque asentara con la cabeza y rescatara algo de lo que estaban diciendo, Clara no podía evitar hacer un intento por embodegar otro recuero. Esa amarga imagen, la distracción en la que se sube y la hace capaz de irse. A penas llevaba cerveza y media, pero ¿cuántos meses van ya desde que conoció al imbécil? Ese hijo de puta; o hijo de puta con ella, al menos. ¡Y si tan solo fuera así de simple! Pero no se trata de él, sino de comprender este afán, el de Clara, por darle importancia y no dar media vuelta para salir del impasse físico y emocional. Traga, pero eso no ablanda el nudo en la garganta. Este nudo está mejor que llorar. No hay más por qué llorar, ha pasado suficiente. Darle vueltas entre dientes está mejor que fijarse detenidamente en deseos en contradicción con que recibe.

Por eso fue que le dijo a Eva que la sacara de la casa. Para soltar las esperanzas, soltar la ansiedad por saber qué va a pasar, todas esas cosas que no ha dejado ir. Ojalá no hubieran llegado los demás, pues la imposibilidad de hablarles la condiciona, estancada entre darle vueltas a lo más profundo y asentar la cabeza como que nada ha pasado, superficialmente. Sí, Clara también quiere otra ronda. Nada, sólo un poco cansada.

Por eso fue que le pidió a Eva que la sacara de la casa, porque estaba inmovilizada. Las manos acalambradas de tan fuerte aferro a deseos y ansias. Queriendo salir y cambiar de aire, pero con intención de no volver a una sala de espera. Querer, de verdad, dejar ir el miedo de no volver a sentir lo que sintió cuando lo conoció. El miedo de que esas sensaciones en la piel, y el comportamiento dirigido por la total satisfacción y felicidad de estar con alguien con quien se compenetra en muchos niveles, desaparezcan.

20140211

Belleza

Despertó pensando en hacer la mejor construcción de su vida, algo que hiciera ver a París hacia arriba y sentirse orgulloso de su estética en el arte. Algo que rompiera la monotonía del cielo cuando los enamorados estuvieran besándose en los Campos Elíseos.

Sabía que Gustav Eiffel presentaría una idea y debía hacer sus planos antes que ese engreído.

Cogió el sobretodo que aún goteaba lodo por su salida la noche anterior, volvió a vestirlo, calzó sus botas de montaña sin amarrar y salió a buscar más material para su idea.

Cruzó la esquina y se encontró a la pelirroja que le gustaba ver cuando pasaba por la calle de oficinas gubernamentales. Una mujer en sus treintas, no muy delgada, gafas de culo de botella y zapatos adelantados para su época que le daban un look como las diosas de las revistas que guardaba entre el colchón.

Cuando la vio doblar la calle que cruza el parque central, dio la vuelta para seguirla. Había esperado mucho para acercarse a ella porque ésta -en particular- le gustaba mucho. Ella parecía sonreírle sin miedo y no quería perderla.

Al día siguiente sintió una profunda tristeza al ver por su ventana del cuarto piso, que las patrullas de policías cercaban la zona y los uniformados hacían preguntas a los vecinos de la calle. Nadie sabía el destino de la pelirroja que le encantaba. Nunca llegó a su casa y su familia puso la denuncia.

No sabía cómo reaccionar. No quería salir de su agujero por miedo al cuestionamiento de posible sospechoso, así que la llamó con el pensamiento. Cerró los ojos y la pensó hasta que sintió su olor. La respiró hasta que el rostro le cambió de color. 

Dejó que pasaran unos días hasta que cesaran las averiguaciones y decidió ir a buscarla al parque central, a ver si había alguna pista. Nada. Sería imposible encontrarla.

Varias mañanas después, sentado en el sofá incómodo por los resortes sueltos, bebiendo el mismo café con sabor a tierra y fingiendo leer el periódico, vio por la ventana a alguien parecida. Se emocionó al pensar que podía ser su pelirroja de siempre, pero al afinar la vista, entendió que no podía ser su amor. Sin embargo se atrevió a seguir a la nueva imagen de sus deseos. A seguirla con la mirada mientras bajaba corriendo las gradas con pintura desgastada y se ponía su sobretodo con el mismo lodo seco de hace unos días. La siguió con los ojos y la nariz, mordiéndose los labios y frotándose las manos. La siguió hasta que no pudo más.

Varios meses más tarde, cuando se encontró con el ingeniero de moda, Gustav Eiffel, ante el comité, sonrió al ver sus propios planos enrollados bajo el brazo, con la confianza en que su idea era la más conveniente.

Llegó el momento de su entrevista. Escucha su nombre, se levanta de la silla, camina orgulloso hacia la sala de espera y la policía irrumpe para sujetarle los brazos mientras otro par de uniformados le quita los planos y coloca las esposas. Los asistentes exaltados y confundidos, gritan pidiendo explicación.

El gendarme sostiene tembloroso entre sus manos los planos del siempre sospechoso. Sabe lo que hay y no quiere ver. Se acerca dudoso hacia la mesa donde estaban los demás planos de quienes competían por la idea de la estructura que representara a la hermosa París. Los extiende, gira un poco unos con otros y el silencio pesa en la sala: rostros, manos, cabellos, piernas -largas y cortas- casi todas pelirrojas, formando una especie de pirámide con base cuadrada y cuatro niveles hacia arriba terminados en una punta perfecta. Una idea terminada y lista para ser iluminada. Su propia idea de belleza esperando a ser construida y publicitada. Una perfecta estructura de cadáveres pelirrojos.