Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20170220

La Domesticación












(Relato inspirado en Yo Fui Una Vez de Silvio Rodríguez)

Simón era el primo de una prima. Lo que podría verse como si él fuera mi primo, pero realmente no lo era, porque mi prima era pariente por el lado de mi papá, y Simón era primo por el lado de su mamá o algo así… En fin, no era mi primo. Todo ese análisis no lo hice ese sábado en que nos conocimos en el Chantilly que quedaba atrás del Camino Real (¿Se acuerdan?)  cuando llegó con mi prima y su novio de turno. Simón, mi prima y el novio de turno eran varios años mayores que yo, unos diez, diría. Por entonces, esas diferencias de edad me parecían fascinantes, la gente de mi edad me aburría. Sí. Así.

Simón no era guapo, ni siquiera atractivo. Tenía el típico físico de los salvadoreños natos: moreno, nariz aguileña, ojos achinados, pelo negro, liso y grueso y estatura promedio. En pocas palabras: no tenía nada de atractivo a primera vista, a excepción de su excesiva seguridad y una sonrisa de perfectos dientes blancos de lado a lado que me encantó al momento. Después de unas horas y varias cervezas, ya estabamos hablando como viejos conocidos. Lo primero que me pregunté, y obviamente le pregunté a Simón, fue que cómo, siendo pariente de mi pariente, nunca nos habiamos conocido. Resultó que vivía en Washington -el DC, no el estado- y realizaba no sé qué trabajo con las comunidades latinas de allá. Al parecer se había ido a vivir con alguna familia (que no era la mía, ya está claro) a principios de los ochentas cuando lo de la guerra y la guerrilla se empezó a poner feo y desde entonces había estado allá, yendo y viniendo cada vez que le era posible. Tenía un título universitario en International Affairs (¡Wow!) o algo parecido o algo que me sonó como a eso y una maestría en Politics (Doble ¡wow!). Así que ya se imaginarán qué placer le causó a una "intelectual de pacotilla", como yo, entablar conversación con semejante ejemplar. Simón no era solo un hombre muy “estudiado”, también sabía de música, tocaba la guitarra, escribía de vez en cuando sus propias letras (¡El colmo!) y hasta escribía una columna en un periódico.

No me enamoré de él, como se hubiera esperado. No me explico por qué, tenía todas las características necesarias. Ahora que lo pienso: ni siquiera me gustaba, de gustarme físicamente, me encantaba estar con él y pasar interminables horas hablando de temas inesperados, insospechados y desconocidos. Y eso fue lo que pasó durante su larga estadía de un mes. Nos ibamos (ya sin la prima y su novio de turno) a repasar todos los posibles lugares que típicamente visitaban los “Hermanos Lejanos”. También ibamos al apartamentito en el que se quedaba con un amigo. Estaba en la segunda planta de una casa en la Centroamérica. Que no era una segunda planta de verdad, sino que, un cuartito que habían construído sobre la cochera y que tenía su acceso privado por una gradas de metal que subían desde la calle. En fin. Allí me cantaba con su guitarra las canciones que había escrito y otras, como “Usted es la culpable”. Yo no era la culpable de nada. El tampoco estaba enamorado de mí. Ya saben… Uno presiente esas cosas.

A estas alturas se estarán preguntando si era casado o algo por el estilo. Yo también me lo pregunté y se lo pregunté la segunda vez que salimos. No era casado, pero si "algo por el estilo". Vivía "rejuntado" con una gringa, lo que a mí no me impidió seguir saliendo con él, y, según me contó, tampoco a la gringa le importaba que saliera conmigo. Bien para todos. Después del mes de estar saliendo todos los fines de semana, se borró por un tiempo. Como se imaginarán, no lo busque ni pregunté a dónde estaba, me imaginé que en Washington haciendo su vida con la gringa. A esa edad quién se clava en esas cosas. Yo no. Tenía mi vidita, con familia sobreprotectora, estudios universitarios y ensayos de grupo de teatro (si, quería ser actriz).

Apareció otra vez como a los seis meses. Me llamo un sábado por la mañana y al medío día ya estabamos sentados platicando en el peñón más alto de la Puerta del Diablo. Debe haber sido octubre, porque estaba haciendo un vientecito bien rico que hacía que todo el monte de abajo se mecieran al unísono y me hiciera pensar en el poema de Alfredo Espino “Eran mares los cañales que yo contemplaba un día…” Los que yo contemplaba ese día no eran cañales, pero se movían como mares y pensé que algo así había visto el Alfredo. La cuestión es que el momento era como para enamorarse o para estar enamorado, no para estar hablando de la doble moral de los salvadoreños y la sexualidad a finales de los ochentas. Sí, de eso estábamos hablando. Esos eran nuestros temas. 

Estabamos allí sentados los dos solos y sonrió con esa sonrisa de lado a lado con perfectos dientes blancos, por un momento lo vi hasta guapo y derrepente sentí que él también había sentido que era un momento como para estar enamorado o enamorarse. Pero me equivoqué. Nunca hablamos de amor. No en el sentido romántico. Sí hablamos de hacer el amor, o mas bien: él habló o sugirió que “porqué no haciamos el amor”. Le dije que sí, que estaba bien, pero que el asunto no podía ser así nada más (sí, dije asunto), que primero tenía que domesticarme (sí, dije domesticarme) como hizo el Principito con el zorro. ¿Cómo así?, preguntó Simón. Y entonces le conté la metáfora del niño que quería jugar con el zorro, pero el zorro le dijo que no se le podía acercar, que primero debía domesticarlo, es decir, acercarse a él cada día un poquito más hasta que ya se hubiera acostumbrado a él y pudieran estar cerca. Al final el zorro le suplica “Domestícame”. O algo así. Así que allí mismo, en la peña más alta de la Puerta del Diablo con viento de octubre que nos mecía el pelo, montes que parecían mares, un sol cálido y amable en un momento que hubiera podido ser para estar enamorado o enamorarse; me besó por primera vez. 

El segundo beso nos lo dimos en el pick up azul que le prestaba su amigo mientras se quedaba en San Salvador. Estábamos parqueados en el boulevard Constitución, cuando estaba recién abierto y estrenado. Creo que no imaginamos que por alli pudiera pasar nadie, no en esa época. Y de no haber sido por la patrulla que se estacionó adelante, el policía que se bajó y nos pidió la identificación y que nos retiraramos de ese lugar, este beso sí hubiera sido apasionado, sin llegar a ser de película. De vez en cuando saliamos con mi prima y su novio de turno. A veces ibamos al cine, a veces a tomarnos algo, a veces solo a sentarnos en el apartamentito a ver tele, a veces a oir a Simón tocar la guitarra, a veces cantabamos con él. A veces cuando ellos se iban, seguíamos con la domesticación y nos besabamos en el único sillón que había. Después de varias sesiones de domesticación, como diez en realidad, Simón volvió a desaparecer. Esta vez me llamó para despedirse, le habían llamado de Washington para un asunto de un papeleo o algo así, me dijo que todavía no sabía cuando iba a regresar, pero en cuanto volviera se iba a comunicar conmigo.

Siguieron los vientos de octubre, participamos en el festival de teatro universitario y ganamos el segundo lugar, celebré la Navidad con mi familia sobreprotectora, se acabó ese año, empezó otro, comencé mi penúltimo ciclo de universidad, empezaron los primeros parciales y Simón volvió a comunicarse conmigo. Me saludó como si se hubiera ido el día anterior y me dijo que ya era suficiente domesticación, que no tenía tiempo para eso, que iba a pasar a traerme, ibamos a ir a cenar y a tomar vino en algún lugar bonito y después podíamos ir a la casa en la que se estaba quedando, que ya no era el apartamentito, sino una casa de verdad, que compartía como con cuatro o cinco personas más. Nos fuimos por allí, tomamos vino y hablamos de todo, menos de la domesticación y del asunto que nos competía esa noche. Nos reimos bastante. Tal vez si no hubiera disfrutado tanto la compañía de Simón, la relación –o lo que haya sido- no hubiera llegado hasta allí, y si él hubiera puesto un mínimo esfuerzo de su parte, hasta me hubiera enamorado, pero todo fue demasiado directo y simple como eramos los dos. La velada (como dicen en las películas) pasó más rápido de lo que me imaginaba, entre conversaciones triviales y nuestras típicas charlas tratando de componer el mundo; al rato ya estabamos en la casa saludando a todos los “roomates” y sus amigos, que eran como diez personas en total, desparramadas por toda la sala en los sillones, el suelo y una que otra silla del comedor. Había uno con una guitarra tocando alguna canción lejana. El cuarto de Simón quedaba pasando el patio, que era pequeño, con una jardinera al centro que le daba vida a un arbolito de limón y algunas hierbas que lo rodeaban a la altura del suelo. 

Simón puso todo de su parte para que el asunto se desarrollara lo más normal posible: me enseñó el cuarto, su aparato de sonido, el baño (por si quería darme una ducha o algo) y lo más importante: la cama. Puso un casette de Silvio Rodríguez y se sentó sobre la cama. Yo hice lo que parecía mas lógico y me senté junto a él, nos besamos despacito mientras pasaba su mano detrás de mi cuello, esta vez si como en las películas. No cerré los ojos, los deje abiertos mirando un punto fijo en el cielo falso, precisamente en una mancha de humedad que casi tenía la forma de un corazón (¡sí, qué cursi!). Entonces el beso dejó de ser despacito, empezó a desabotonar mi blusa blanca y caimos horizontalmente sobre la cama, su horizonte sobre el mio. Se quitó la camisa, lo que dejo entrever dos bien marcadas cicatrices: una en el brazo izquierdo, otra a un lado del pecho. (Al fondo seguia Silvio “Yo fui una vez al monte, yo fui una vez lucero, yo fui una vez sinsonte, yo fui una vez lo nuevo.”) Y entonces, cuando su mano iba entrando por debajo de mi falda, sonaron los primeros disparos, ráfagas, primero lejanas y que luego se iban acercando. Más disparos, golpes en las puertas, vidrios que se quebraban al parecer en la casa de la par. Simón solo me tiró al suelo, jaló el colchón y me lo echó encima. Me quedé allí largos minutos, horas, quizás, hasta que algunas de las cheras que estaban en la sala al entrar vinieron a sacarme, nos subimos a un Toyota viejísimo y me llevaron a mi casa.

Volvimos a Simón unos meses después, ya con la prima y el novio de turno. Nos vimos en el Chantilly, el que quedaba atrás del Camino Real (¿se acuerdan?). No hablamos nunca del asunto, de su desaparición, ni de lo que pudo haber sido. Entre tlo poco que hablamos, solo se me quedó grabada su sonrisa perfecta de dientes blancos de lado a lado y su comentario de (“aquella noche en que salimos, aquella noche tan surrealista, ¿te acordás?”) Al día siguiente desapareció así como había aparecido.

El dieciséis de enero de mil novecientos noventa y dos se celebró el resultado final de la firma de los acuerdos de paz. Hubo una misa en San Jose de la Montaña, todo mundo estaba feliz y eufórico. Luego de casi doce años de guerra, de miles de muertos, de varios pueblos desaparecidos, de cientos de hijos, nietos, hermanos, amigos desaparecidos; al fin estabamos en paz. Las celebraciones se dieron por todas partes. Y nosotros (mi novio de turno, dos amigas y mi hermano) quisimos constatar y dar fe de esa realidad que parecia mentira y nos fuimos a la celebración abierta y democrática de los clandestinos, que según decían, nunca más volverían a serlo. El Parque Barrios era una feria, con casetes, libros y souvenirs de la guerrilla. Había vinchas, gorras, pasarrios, calcomanías y camisetas con el nuevo color rojo que hasta entonces había sido prohibido. Había toda clase de libros expuestos a la luz del sol y al público, todos aquellos que hasta entonces tenían que haber estado escondidos en algún desván. El Palacio Nacional y la Catedral no se podían ver con tantas pancartas, mantas y gente que después de tanto tiempo reconocían sus caras y su ideología en público. Luego  de mi asombro, de la gente moviendo las banderas en la asotea del Palacio, de la gente caminando soprendida como despertando, pude reparar en el improvisado escenario que había sobre las gradas de la Catedral, en donde un descubierto  y emocionado lider ex - guerrillero proclamaba a todo pulmón su nueva arenga política. Avancé como pude entre aquel gentío de seguidores y curiosos que se arremolinaban sobre las gradas, siguiendo el tono conocido de aquella voz que sonaba en altoparlantes por toda la plaza… Y sí, era él (lo adivinaron). Simón que era el primo de una prima, pero que no era mi primo, el que me había domesticado y me había cantado usted es la culpable y con quien casi pierdo mi virginidad, estaba encaramado en la tarima vociferando con tal propiedad, que por un momento me olvidé que habiamos estado tan cerca que no cabía un alfiler entre los dos y llegué a creer que era ese nuevo hombre allí arriba, el exclandestino, hoy llamado Comandante Aurelio. Mi sorpresa me llevó a casi cuatro gradas cerca de él, en donde por unos breves segundos su mirada se junto con la mía y descubrí la mirada de Simón y sonrió con sus perfectos dientes blancos de lado a lado… Yo también sonreí y bajé las gradas espantada de asombro.

20170206

La nausée en la tina

La nausée en la tina


inspirado en Present Tense - Radiohead
heal blind love
is that even a sentence? she didn’t know
she’s ––

Se dieron un último beso que parecía a penas una pista, el primero de muchos. En público, un beso en la mejilla es solo una promesa. En privado, había habido miles de besos de labios húmedos y sedientos, cuerpos sudando; las barbilla se raspan con besos y barbas. Adiós; tranquilo y casual. ¿Cuántos deseos habían contado sin contar cada beso?

Cayeron suspiros y amenes y cosquillas se asentaron en el estómago, separados. (Mis piernas aún tiemblan, dice; pero no cuenta, jamás.) Un buen respiro y ella, espalda recta, sale preparada para lo peor, el peso del ahora no cuenta cuando canta el pasado y condiciona al futuro, y empieza entonces a avanzar sin él a su lado, pero con él en su mente. Azulejos y piedritas firmas no se comparan con la estabilidad de sus emociones, como late tranquilamente mi corazón al verte estar allí, aquí. Hay distancia, y la acepto, le dice saboreando el té helado con menta. Solo allí, en un café que ahora ya no existe, sirven buen té helado hecho en caso.

Debe ser la menta.

O es que, como ya se está yendo el verano, el hielo mentolado sabe mejor que nunca.

(Esta es su vida, con barbilla raspada y encontrando sabor a lo insaboro.)

Ignoró a los testigos y se fijó de nuevo en los labios quebradizos, había que volver a besarlos. ¿Es normal que se besen y abracen? Hace tiempos que ya en su cabeza se habían besado, y cada vez que hablaban él se iba a un mundo en el que no había barreras ni tapujos.  Pero había que irse, dejarla; la semana empezaba y la vida sigue. Me quedo hasta el viernes.

Había que caminar, y necesitaba café de manera urgente. Lo acompañan, el largo de la calle y en cada callejón, el murmullo de la música, cada elemento de cada canción. Así suenan los espacios de descanso: a los pedazos de belleza que le revelan sus gustos, que graba. Y pesa más su cuerpo que de costumbre, con esta mente liviana.

Su camisa está empapada en sudor.

Aún tiene ropa limpia, pero todo le da la impresión de estar usado y envejecido, salvo por el recuerdo de él y ella.

(Deja correr el agua y se llena la bañera. Se deja caer en el manto del agua caliente, una cerveza y lee La Nausée, solo.)

20170116

Los grandes bulevares


Los grandes bulevares
 Tame Impala - "The Less I know the better"


Chocaron las voces del final de la tarde con el principio de la noche, con la mitad de la estadía parisina, justo cuando empezaban a caducar contratos de alquileres y renovarse otros; atrás las mudanzas. Pasan cosas pequeñas y grandes épocas frenéticas, y esta era una noche sobre una calle perpendicular a los grandes bulevares (sí, Les Grands Boulevards como menciona Zola en sus novelas pseudo-naturalistas, las calles limpias, grandes y majestuosas que desembocan en L’Opéra Garnier y sus acabados dorados). Nos quitamos, sin darnos cuenta, el sombrero y felicitamos al ingeniero Haussman por dejar el fondo nítido y clásico, listo para ensuciar con todo el poder de nuestros sentimientos incómodos.  ¿Porqué salir del confort de las callejuelas de République que albergan las luchas cotidianas de los extranjeros y escapar de ese ruido que desborda del sinfín de bares? Quien haya visto cuadra tras cuadra de bares, sabe reconocer “un sinfín de bares” cuando lo ve, o al menos ese es el ritmo al que baila el humo del cigarrillo humedecido por el frío. Porque, pues sí, llegó aquella invitación en forma de volante digital que decía que allí, en ese bar conocido como Le Comptoir de No-sé-qué, los tragos iban a estar baratos – ¡baratísimos! – toda la noche.

Erick y Clara se proclamaron anfitriones y ampliaron las aceras de los grandes bulveras para que cupiera el decorum salvadoreño, y abrieron la locación que iban a tomar prestada, habiendo enviado ya una convocatoria extensa, el paladar de Clara emocionado por la posibilidad de beber, beber y beber. La estrategia era muy sencilla: llegar a tal hora, a tal dirección y aprovechar el alcohol; y eran los primeros en conquistar 6.6 mesas y escoger un poco de cerveza, un poco de whiskey, un poco de olor a tabaco. De allí, los demás ahí que vean qué hacen y, pues, si nos da hambre, ahí buscamos y nos comemos un grec.

La calle de dicho bar/comptoir estaba iluminada únicamente por el sereno de las noches largas de invierno y por la luz que rebasaba de las otras calles, el brillo de las vitrinas de Galeries La Fayette, ostentosa y caliente. ¿Serán estos contrastes una parte importante de la belleza de esta ciudad? Clara siempre apreció el filtro oscuro que ensucia a la imagen de cartas postales, fotografías de lo divino, romántico y perfecto; prefiriendo conocer los malos olores, la hostilidad y el estrés que existen pero que no se dibujan en las películas. Luego, después de por lo menos un par de años, entendió que la ciudad del amor no fuera lo que es sin esta utopía. Lo utópico, inalcanzable como las vidas burguesas dentro de apartamentos en los que baila el buen gusto con la educación, que está a la vista pero no podés tocar, es parte de París; estoy segura que allá en ese penthouse están los diseñadores planeando sus nuevas colecciones que llegarán con cigüeñas a Vendôme.

Porque es una característica que se riega y reparte, dividida por los diferentes arrondissements y no por partes iguales: la coexistencia del confort y la lucha, el lenguaje soez y lo vulgar que vive y respira justo al lado de estudios decorados y colecciones de arte... Y también  las oportunidades de hacer trampa y encontrarse en un lugar en el que el whiskey cuesta 1 euro  y la cerveza, 2. Y no, no es una tienda de un chino, y no estamos hablando de la banlieue a la que otros migran intentando equilibrar el costo de la vida y el deseo de ésta. Hablamos de un espacio un poco rudimentario, perfumado con olor a madera y tabaco. Un espacio para Erick y sus múltiples rondas de 50ml de cerveza que le alcanzan, y otras rondas; y otras caras, también, que se van sumando. La conversación hecha de complicidad y chistes internos, que empezaron estos dos amigos en el 2001, es interrumpida porque llegan otros. Los amigos se van separando y diluyendo entre los conocidos, los buenos amigos, los desconocidos.

Nubes de diálogo cobran vida en las mesas, absorbentes. Clara flota, de mesa en mesa, uniéndose poco a poco, porque sabe que la idea de perderse de algo de lo que está pasando le quitaría el sueño. Escucha y participa en las anécdotas de experiencias en metro por aquí, hacen planes por allá de qué van a hacer para año nuevo y, cuando está por compartir su gran idea, reconoce el rostro de su su ex-novio asomándose a uno de los grupo. No es el último, no es reciente, pero su rostro le sigue provocando en su vientre un revoltijo de contradicciones. “Lo que antes eran mariposas ahora son náuseas”, le explicó a Erick aquella vez en la playa. Con la mirada, la joven le dice “Hola, Esteban, ¿qué ondas?” antes de acudir a tomar asiento, en esta nube de conversaciones, lejos de él. Aquí estaría a salvo.

Pobre Clara perdió la cuenta de sus tragos y no alcanza a razonar. ¿Habrán sido las pláticas vacías con los amigos de los amigos de su amigo que quebrantaron su estabilidad? Pues, digo, al final del día las cosas por compromisos requieren un esfuerzo y el exceso cansa. No sabe qué es pero ya está mareada, como cuando virgen encontró en su primera cerveza un efecto soporífero del que hablan cuentos infantiles de literatura clásica.

-- Sostengo que los hombres no son tan malos, sólo son pendejos. O sea, sí, OK, las riegan, pero no lo hacen por ser malas personas. Lo hacen porque son tontos. Es cierto.

Es la voz de Clara, Erick la reconoce desde su mesa, y reconoce que suena a modo-monólogo, el estado al que uno entra cuando ha bebido en exceso y crece el protagonismo de tu inestabilidad emocional. O, por lo menos, es el estado que Erick reconoce en Clara y en Elsie, que padece del mismo mal y puede que te agarre en un descuido a recitarte su postura estoica y los males de su vida.

--Clara, ¿te acordás de la vez que la Elsie estaba sentada como sirena sobre la mesa hablando de estoicismo a media fiesta?-- le pregunta Erick a su amiga, metiéndose en las pláticas.

Y así quiebra el modo-monólogo, un poco. Ahora Clara y Erick cuentan en conjunto anécdotas producto de cuando compartían apartamento, y muchas involucran el protagonismo de Elsie, la amiga que cuando bebe se vuelve seria, inmaculada e irracional. Elsie, quien está allí, por cierto, esa noche en el Comptoir-de-no-sé-qué o no-sé-cuantos… Pero, ¿adónde? No la encuentran.

-- Allí está, mirá!-- Erick señala en dirección a las primeras mesas, a la mesa en la que está el ex-amor-de-la-vida de Clara, Esteban --vamos, venite.

No. Clara no quiere ir.

-- Allí está Esteban-- le susurra en voz alta a Erick, develando el secreto de borracha.
-¡Mejor me voy!

Los “¿Por qué te vas?” y los “Pero no sabés dónde estás” no la detuvieron. Rápido agarró su cosas, pasó repartiendo ademanes de Adiós. Se puso su abrigo, la temperatura subió a 35 C. e iba en la calle buscando, tratando de encontrar la entrada de métro. Que diablos se había hecho?
--¡Clara! ¡Pará!

Clara volvió a ver a los cielos, porque escuchó su nombre. ¿Será Dios el que le está hablando?

-- ¡Clara!

Era la voz de Elsie, ahora más cerca, quien salió del bar a buscarla y logró alcanzar.

--¿Adónde vas, tonta?

--No sé. Pero es que… Allí estaba Esteban, Elsie.

-- Yo sé, Clara. Pero es que vos te ponés muy terca, y estás muy borracha ¿qué estás haciendo aquí? Venite, te voy a llevar a mi apart, que yo ya me quiero ir a la casa. Ellos no sé qué van a hacer.

Ya no había necesidad de tomar el metro, ya que iban para el pequeño estudio de Elsie. Aunque era otra la ruta que llevaba a ese edificio en sobre las calles traseras del quartier Opéra. Todos los caminos llevan a lo mismo que el tiempo no borra. Esta era una ruta más lenta, porque llevaban la carga de la madrugada y de lo que habían bebido, afectadas por el berrinche de Clara. Sí, había sido exagerado de su parte salir corriendo; está bien, lo aceptaba… pero, aunque mareada y desubicada, sabía que era mejor para ella evitar las calles siniestras de su pasado. Esteban y Clara nunca iban a ser como los grandes bulevares y siempre existía el riesgo de volver a patinar y deslizarse en el intento de llegar a esa idea romántica de lo que podrían ser. Mientras no se vean y no los acerquen esas grandísimas avenidas, Clara podía olvidar el coqueteo de lo que no sabe, de lo que ocurre cuando ellos están lejos; porque siempre lo habían estado, y las cosas siempre acaban siendo o blancas o negras, pero no ambas.



20160906

Te sigue





nadie se da cuenta
y apenas se escucha
la madera se mueve;
te sigue y la persigues, no es
el viento, no es neblina

son los pasos que los persiguen,
se acercan, se alejan; siguen
susurros cuando duermen
de los secretos que se
prometieron nunca dejarse
–te sigo amando, dice–

y seguirán las promesas
no se van del pasado, pero
te sigue y la persigues, no es
la arena, no es la neblina

son los momentos que nunca
se han ido, perdidos; siguen
destellos que no existen
de lo que hubieran dicho
y callaron sin decirse
–te sigo amando, canta–.


RELATO INSPIRADO EN "TE SIGO AMANDO" - JUAN GABRIEL
SEMANA TRIBUTO

20160809

26

Relato inspirado en Creep versión Postmodern Jukebox

Alex se quitó el reloj y frotó su muñeca, descontraído, antes de acostarse contra el respaldo. ¿Se acordaban de cuando no les importaban las sillas sin respaldo? Hoy no, hoy se joden la espalda y, por lo menos para Alex, era un pequeño secreto. Siempre buscaba momentos solitarios para tocarse la espalda baja, que como duele esa mierda, de modo a no quejarse en público, frente a los bichos de la oficina, de sus dolencias lumbares. Para Manuel, en cambio, el golpe bajo fue cuando lo venció la rodillera. Él había visto a su nana poniéndose esa cosa para jugar tenis, y hoy es él, con tobillera y muñequera. A la edad que tienen no pueden descuidar nada.

¿Otra birria?

Pero la edad no es tan mala, pensaba Alex. A Manuel no le va tan mal. Es bello ese apartamento en el que tantas veces se han juntado. Y ya se van a casar, al fin se van a casar, pero, pues sí, tenés que darle largas si quieren pero no pueden. ¿O serán solo las ganas de prolongar la soledad? Manuel no le veía el punto, pero pues Alex y Manuel nunca han sido iguales, men, ¿qué esperan? Manuel ha tirado más para un lado y Alex para otro, pero se juntan en el medio, siempre. Los extremos son como un putazo que se te sube, pero baja, y tanto Manuel como Alex siempre buscan su centro. El justo medio, a veces, era el balance encontrado entre la novia que viaja y la novia que vive lejos. Y así como a veces Manu se pierde siguiéndole el hilo a una que otra promesa y cambia –porque sí, cerote, te volvés irreconocible–o qué sé yo, Alex tendía por mantener un status quo y setear solito las barreras que lo confinan a su comfort.

Si por Manuel fuera, se habría casado hace ratos y se quedara en ese apartamento, pero la lógica de su chero era distinta: él había prolongado y estirado el noviazgo tanto que ya no veíamos el borde, el inicio.  Todo era de esperarse, y así ¿cómo no te vas a malacostumbrar? Esas malas mañas de agarrar el celular y escribir y esconder. A saber si las irá a dejar botadas, cuando deje el apartamento y encuentre su casa y tengan sus hijos. Manuel se quedara allí, con ella, en el apartamento. ¿Qué ondas con construir algo y dejarlo? Él solo quiere algo más cuando lo dejan, y allí ni modo. Y cuando Alex y él se salgan cada uno del camino que les tienden las costumbres, y el cuerpo no les deje de acordar que ya no tienen 26 años, porque esas birrias cada vez más los hacen más pedazos y pica el intestino el día siguiente –es verdad, cerote, es como una picazón– y tengan su balance, probablemente se encuentren en los extremos. Los excesos son un lujo que damos por sentado, dijo Alex, y se levantó a contestar una llamada.

20160724

Ella













- Carlos no está  - le dice, parada junto a la puerta, sosteniendo el picaporte como si alguien fuera a quitárselo.
- Ya sé, le hablé en la mañana por teléfono y me contó que se iba para Panamá. Me dijo que estaba bien si pasaba a devolverle este libro, me lo prestó hace meses – contesta él enseñándole el libro que, de alguna manera, justifica su presencia a esa hora de la noche.
- Bueno, dámelo. Yo le digo que pasaste – dice, por decir algo, deteniendo la puerta. Esperando algo más que el libro. Dibujando en su rostro una mueca que quiere ser una sonrisa. Una sonrisa que quiere ser una mueca. “Un momento que no podrá ser nunca”, piensa y le pregunta si quiere pasar. Él no se niega ni por un segundo y desplaza su metro ochenta dentro del pequeño recibidor de la casa, argumentando que no quiere interrumpirla en nada. Ella cierra la puerta tras de él, contestando que no interrumpe nada, que solo iba a tomarse una copa de vino y fumar un cigarro en la terraza, que si quiere acompañarla.
Sí la acompaña. Ella le ofrece algo de beber. Él solo quiere agua, tiene sed. El vaso viene fresco y transparente moviéndose suave al ritmo de ella, que se lo entrega directo en la mano. Se sientan frente a frente con la mesa de vidrio en medio y ese sentimiento a medias por todos lados.  Hablan de las mismas historias que no se cansan nunca de contar en las largas reuniones de los viernes con el grupo de siempre. Solo que ahora no es viernes ni está el grupo de siempre. Solo ellos dos con sonrisas tontas y silencios largos, entre frases cortadas y sin sentido. Ella le mira a los ojos mientras hablan, él no le puede sostener ni un minuto la mirada, nunca ha podido. Uno de los niños viene a decir buenas noches. No se extraña de encontrar allí al “Tío Santiago”, quien siempre está en la casa acompañando a su papá como su sombra. El chico le da un beso a la mamá, otro al “tío” y se va corriendo al dormitorio. Ella sonríe otra vez, con una sonrisa nueva que él no le conocía, que le ilumina toda la cara.

- ¿Qué? – Logra apenas decir Santiago. Más que una pregunta, una súplica.
- ¿Algunas veces no sentís que estás viviendo una vida que no te imaginabas? –

Él le dice Rebeca como un conjuro, tratando de que su nombre suene como algo más que una palabra. Y no dice nada más, solo sonríe lento, tratando de sostenerle la mirada. Enmudeciendo frente a esos ojos grandes y profundos, queriendo partir en dos la mesa, el mundo, el maldito destino que la hizo cruzarse por la puta vida de Carlos antes que por la de él.
- A veces siento que estoy viviendo una vida que no es mía -  dice él, pasando una mano sobre la mesita para encenderle otro cigarro.
Ahora ella le dice Santiago como una promesa, con sílabas que pronunciadas así se vuelven una esperanza.

- ¿Qué es lo que esperás de mí, Rebeca? –
- Entenderás que no puedo esperar nada más que sigás siendo el mejor amigo de Carlos –
- Entonces, ¿Vos entenderás que ahora me levante y me vaya? –
- Lo entiendo. Está claro –

Por segundos él no se mueve. Le dijo que lo entiende. Claro que está claro. Toma el celular que antes puso sobre la mesa, junto al vaso con agua que permanece intacto, y casi de un salto se levanta. Todavía la mira. Ahora sí puede sostenerle la mirada.

En la puerta se despiden como si nada, hacen planes para verse el viernes con el grupo de siempre, cuando Carlos ya esté de vuelta. A escuchar nuevas anécdotas en Panamá, bromea Santiago, mientras con la mano derecha le agarra el brazo izquierdo para despedirse. El brazo que es eterno, que se vuelve un puente en donde su mano se va deslizando hacia abajo hasta quedar los dedos juntos, entrelazados.

- Como debería ser – dice Santiago, jalándola hacia afuera, empujándola levemente contra la pared de laja, acariciándola mientras mide los pocos centímetros que faltan para aplacar su respiración, su agitación, sus límites. Se miran como nunca. Nunca tan cerca. Se besan como nunca. Nunca antes. Reconociéndose las formas, las humedades. Se sienten, un murmullo cadente y pausado. Se desean y se adivinan, se adivinan y se desean bajo aquel cielo, inútilmente estrellado. Bajo aquella luna que quiso ser llena, pero es menguante. Santiago siente que se le escapa, que se le va a escapar y la envuelve con un brazo, sintiendo el cuerpo nuevo de Rebeca que no conocía. Dejando, sí dejando, que esta vida sea suya. Imaginando, nada más imaginando que puede ser…

- ¿Creés que si me quedo con vos esta noche estarías viviendo la vida que imaginabas? –

Entonces Rebeca piensa. Piensa y lo separa. Trata de mirarlo, pero ahora es ella quien no puede sostenerle la mirada. Camina de regreso hacia la  puerta, se voltea y lo abraza. Nada más lo abraza y se deja abrazar largo. Luego se para bajo el umbral y le contesta:
- No creo, porque en la vida que imaginaba no tenía que engañar a Carlos para estar con vos…

- Entonces… gracias por el agua - dice Santiago tratando de sonreír y se va.