Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20140224

El Anticuario.

Relato de Otto Meza,
Insipirado en "Still" de Alanis Morrisete. 


"Tienen una sola vida, gástenla en algo que valga la pena"
Chiara Luce Badano

Afuera de la tienda se podía ver el rótulo de  letras raras y para nada inteligibles. Un aroma a éter, mezclado con el perfume sepia de viejas fotos te daba la bienvenida invitándote a pasar. Al abrir la puerta, parecía que el silencio  se tragaba el espantoso ruido del mundo. Era un oasis de calma, un segundo robado al universo entero y conservado en alcanfor y cosas viejas.

En el inmenso caos de cosas dispuestas sin orden aparente, sobresalía el único objeto que cada tanto se movía:  la figura turca del tío Nael. Delgado, ojos  hundidos en una cara de huesos  y de la que solo sobresalía una nariz desproporcionadamente grande. Sus manos de dedos largos trenzados. Los brazos delgados atados (por una vieja bufanda verde) a ese cuerpo siempre encorvado sobre su mesa de trabajo, desde donde "rescataba el alma de los recuerdos", como le gustaba decir, aunque para mí solo era un simple vendedor de antigüedades limpiando objetos para ofrecerlo a algún turista. Alto como las paredes de su tienda, de movimientos lentos, parecía sostenido por los andamios de la nostalgia.  

-¿Por qué trabajas tanto en esas cosas viejas?- le preguntaba mi madre sin esperar respuesta. Yo que me quedaba un rato más le escuchaba mascar algunas palabras de forma lenta: no son cosas, son recuerdos... 

-Sabes, Mateo - me dijo un día- La realidad de los humanos defrauda de tal manera que solo la nostalgia nos salva de hacernos insensibles. La nostalgia y la luna.

Nunca se casó, nunca le conocí pareja, o deseos de descendencia. Nada, ni un desliz, ningún arrebato. Pero si tenía una viejo amor: la luna, en quien refugiaba sus noches enteras. Se sentaba por horas a verla y parecía convertirse en un objeto más de su tienda, inerte, embebido en la belleza del círculo blanco. Cada tanto, mamá iba a verlo, quizá para cerciorarse que no hubiese muerto. Lo veía por un momento y dejaba escapar una leve sonrisa al notar que el tío Nael movía su cabeza al compás de la danza astral de su musa. La luna parecía la pupila insomne que aún amaba al mundo entero gracias a la mirada perdida de un viejo octogenario. 

Me contaba que las lunas más hermosas las vio durante su servicio militar, nunca habló de esos dolorosos días de inútil guerra, más que para reconocer sus antológicas memorias lunares. Como si ese "amor" lo salvara de daños colaterales. 

Una noche parecía inquieto, nervioso mientras fumaba su pipa de agua. Pequeño Mateo - me dijo- hoy he visto llorar la luna. Derramó tres lágrimas de diamantes que surcaron la bóveda oscura que encierra al mar. He buscado pistas y señales en cada recuerdo que viene a mi tienda con el objetivo de entender a la luna. Y creo saber lo que busca. Sé que es lo que ella necesita, Mateo - repetía una y otra vez.

A la mañana siguiente mientras regresaba de la escuela vimos una muchedumbre en el muelle. Casi todos en silencio. Un sollozo, daba sentido de dolor a la escena, era mi madre que sostenía la bufanda verde del tío Nael. Según algunos pescadores, durante la madrugada, una figura delgada, con una pequeña bolsa al hombro, cantaba, sonreía y se adentraba al mar diciendo cosas en lengua hindi.

No lo encontraron nunca, ni un rastro más que su bufanda. No hubo nota de despedida. Daba la sensación que el tío Nael se había diluido en las aguas. La tristeza inundó su tienda y mamá remató en venta de domingo todo lo que había. No se habló del tema en casa, aunque en el pueblo comentaran que la locura de vivir tantos años oliendo alcanfor lo había llevado al suicidio. Mi tío era mejor que esa teoría. Por eso, cuando vengo de noche al mar, creo advertir que cuando la luna se refleja en las aguas, lo hace para bajar al océano, perdiéndose y arañando las profundidades; buscándolo para bailar con él y corresponderle  las noches de devoto silencio frente a la ventana. Esas noches cuyos recuerdos y nostalgias me salvan a mí de ser insensible y rescatan la luna de su soledad.

20140221

En los pasillos del Edén.


Relato de @ElCopycito
Inspirado en Con Nombre de Guerra
de Héroes del Silencio

¿Con qué quieren que empiece?, ¿con una frase que captará su atención en dos segundos?, ¿con la descripción de un personaje que no se siente como antes?, ¿con la puerta que al fin se abrió? ¿con la última fiesta en donde no pude conseguir la droga que ella quería? Aaaaah, ya sé… ¿qué les parece si iniciamos  esta historia con una buena conversación? A todos les gusta una buena conversación, vamos, la mayoría de las buenas historias empiezan con una buena conversación. Mierda. Ya me hicieron  repetir tres veces la palabra conversación (y ahora cuatro veces). En fin. Pongan atención, porque no lo diré dos veces.

– Espero que tus recuerdos pesen más que la grandeza de tu ausencia– le dije a Gerardo, mientras fumaba mi último cigarro.

– No me jodás, cabrón, ¿de dónde te sacaste esa frase?, ¿de una de esas novelas de vampiros culeros que brillan en el día?


– No, en serio, es decir, quiero que…


– Espero, y en serio espero, que lo próximo que salga de tu boca llena bacterias de tabaco barato sea lo suficientemente interesante para que me quede un rato más ¾me reclamó Gerardo al tomar un sorbo de la última botella de Estrella Verde.

Suspiré.

– Perdoná, pero no pude pensar en otra cosa. Estoy demasiado borracho para pensar jajajaja... La frase de “Espero que tus recuerdos y bla bla bla…” se la robé a mi ex jefe.

Gerardo escupió una lluvia de gotas de Estrella Verdes, las cuales bañaron mi cara y parte de las paredes de mi apartamento. No me importó. Al fin y al cabo mis paredes necesitaban una limpieza, o por lo menos un olor al cual estaba acostumbrado. ¿Y mi cara? pues, mi cara había pasado tres noches sin dormir, sin conocer agua. Claro, mi rostro se había convertido en el nueva fragancia de Armani: Trasnosheando (así con sh… ajá, yo sé, los publicistas y su creatividad en nombres, ¿qué le vamos a hacer?) Por cierto, después de eso Gerardo no paró de reír.

– Todavía no entiendo por qué renunciaste

– No me sentía bien.

– ¿Cómo que no te sentías bien? Si te pagaban bien, cabrón. Y tu hedor me dice que no has salido del apartamento desde que lo hiciste. Olés como el  culo de un vagabundo.

– No me sentía bien escribiendo esquelas para gente rica.

(Dato curioso: después de graduarme de redactor profesional, trabajé por tres años en una agencia que se especializaba en escribir, diseñar y distribuir esquelas para pudientes).

– ¿Y qué si no te sentías bien?  Tenías dinero para tus vicios, para invitarme de vez en cuando a un trago  ¾dijo Gerardo al ver por la ventana.

– Soy más que eso.  O sea, ya estaba harto de escribir “ mi más sentido pésame, que descanse en paz, nuestro profundo dolor…” Mierda, ¿sabés cuántos Jesuses sangrando y cruces y palomas y vírgenes y querubines he visto  en los últimos años? Creo que un día en la oficina aluciné que un Jesús agarraba su sagrado corazón, me lo tiraba en la cara y se reía de mí, de mi estúpido trabajo.

– ¿Y?

– ¿Y? Y come mierda, cabrón. Y tampoco apesto a culo de vagabundo, tal vez a pelo de vagabundo, pero no culo, pedófilo de mierda…

Brindamos, reímos y reímos un poco más. La luz que entraba por la ventana mal formaba la cara de Gerardo, como una máscara hecha de sombras.

Gerardo era un de mis mejores amigos. Tenía la adicción de andar con niñas vírgenes de 19 años. Creo que era porque sentía que tenía control. Ellas, las niñas de 19, hacían todo lo que él les pedía. ¿Por qué? Porque quizás ellas creían en la experiencia de un hombre que había cogido durante más de 15 años y querían que la primera vez no fuera incómoda, dolorosa. Gerardo les decía que el pene de un hombre mayor era anatómicamente perfecto para no causar dolor. El cabrón hasta había diseñado una página web sobre eso y subía artículos falsos, firmados por autores falsos.

Pero la verdad, lo auténtico de él, es que las trataba muy bien y les daba cierto tipo de esperanza en este mundo lleno de cinismo. Pues, tenía su forma especial:  les contaba historias fantásticas sobre él. Un día, una de sus novias me comentó que quería ser una pintora exitosa como él y que quería exponer su obra en París como él. (Dato curioso: Gerardo no ha podido dibujar una línea recta desde que empezó kínder.)

Gerardo era como el Pelé, el Picasso, el Scrosese de los novios mentirosos. Piénsenlo. Al menos las hacía aspirar a más y a no ser solo la esposa de alguien.

– Odio que tenga que irme en cinco días y tu así. Te dije mil veces que mantuvieras la cabeza baja y que siguieras ganando
dinero– dijo Gerardo, apretando con su mano derecha la botella..

– …

– ¡Ahora ya no nos alcanza para más guaro, ni para invitar a Cindy!

Gerardo seguía apretando la botella

– Tranquilo. Mierda. Perdoná. Es así, empezaré a escribir un libro y cuando lo lance…

Gerardo abrió la boca como un león a punto de morder a su presa, gritó, y arrojó la botella hacia el suelo

– Pero no  vamos a pasar peleando por esto durante los últimos días que me quedan aquí, ¿verdad?...

– …Ya, estoy seguro que Cindy entenderá, no volvás a tus maneras de bolo violento. Tomá ¾ le arrojé  el último cigarro que me quedaba.


– Sí, sí, sí. Te amo, tú me amas, nosotros nos amamos y todas las personas gramaticales nos amamos. Ahora vení, acercate y mirá de lo que te estás perdiendo– me dijo, viendo fijamente por la ventana.

No era la primera vez que él me pedía que me acercara a ver por la ventana. Sabía lo que había. Y mientras me acercaba a él, solo podía pensar en que iba a extrañar nuestras conversaciones, sus enojos esporádicos, las preguntas estúpidas de sus novias acerca del mundo del arte y de los penes que no dañan a vírgenes, las puteadas, los perdones…

Desde el séptimo piso podíamos admirar a gente glamorosa, mujeres con vestidos que brillaban más que las estrellas, hombres acompañados de sus guardaespaldas como chuchos cuidando su comida, grupo de chicas de adolescentes borrachas pidiendo taxi… Todos ellos saliendo o entrando al hotel de cinco estrellas en donde yo vivía.

Cinco estrellas. Leyeron bien. Resulta que, un día, un nuevo rico quiso competir en la industria del hospedaje de lujo. Conoció un edificio de apartamentos que se encontraba en una zona de alto tráfico y lo compró. Así de fácil pasó y así de fácil él lo convirtió en un hotel que los periódicos llamaron “El Edén de Oro”, no me pregunten porqué.

Ah, ¿por qué YO, un redactor desempleado de 28 años, vivía en un hotel de cinco estrellas? Gracias a una ley que dice, defiende y proclama que el dueño de un cuarto en la ciudad no podrá ser desalojado, aunque compren el edificio entero. ¿Qué les parece? Vivía alrededor del lujo, pero adentro, en mi apartamento, vivía en la mierda de mi situación económica, en otras palabras: en el limbo veinteañero-soñadero-desempleadero.

Afortunadamente, encontré otra botella de Estrella Verde. Bebimos hasta el amanecer esa noche. Gerardo olvidó que tenía que ir a traer a Cindy, su novia, para llevarla a la universidad y al salir corriendo de mi apartamento, tropezó con una mucama del hotel. Le pedí disculpas a la pobre y la ayudé a levantarse, ella no dijo ni gracias. Cuando regresaba a  mi realidad, vi lo que esperaba, la imagen que ocurría todas las mañanas y medianoches desde hace unos meses.


Los pasillos del Edén tenían un parecido a esos hoteles antiguos de la década de los cincuenta. No había nada estándar sobre sus accesorios. El piso era cubierto por una alfombra roja, la cual, al parecer, borraba rastros o manchas, nunca la vi malgastada o si quiera una mancha de salsa de tomate o de vino tinto. El Edén cuidaba lo que hacían los huéspedes aun afuera de los cuartos.  Las lámparas eran adornadas por dos ángeles de oro con ojos vendados, quienes sostenían el foco. Las paredes eran suaves, tenían  ojos azules y un pantalón de cuero, con blusa roja…

Perdón. Perdón. Me confundí. Eso era ella, la imagen de mañanas y medianoches. Ella, todos los días, antes de entrar a su cuarto de hotel, se me quedaba viendo cada vez que  paseaba por los pasillos del Edén.

La primera vez fue hace dos meses cuando regresaba borracho a las 6 de la mañana, ella me observó caer al suelo y después entró a su cuarto.

La segunda vez estaba besando en el pasillo a una de las amigas de la novia de Gerardo. Podía sentir sus ojos en mis labios, en mi lengua tocando otra lengua, en las fantasías que tenía de adolescente con dos mujeres en la cama. ¿Qué tenían esos ojos azules?  Y… ¿Por qué acabo de sonar tan cursi/poético hace un ratito?

La tercera vez, y esta es la que recuerdo más, me le quedé viendo también. Los dos estábamos como pegados a la pared. Nuestras miradas entraron en esa vía invisible de la atracción. Pensé en que  le decía hola, la invitaba a mi sucio y desordenado cuarto a tomar un trago de Estrella Verde o nos reíamos de las  a niñas borrachas pidiendo un taxi que veíamos desde la ventana. Y eso. Así terminó lo más memorable de los encuentros no encuentros.

Verán, cuando yo imagino todas las posibilidades, las acciones que pueden pasar o las conversaciones que pueden surgir con una persona es cuando la recuerdo más. Es patético. Me gusta, pero es patético.

Gerardo no sabe de ella y Cindy no sabe ni siquiera que tuve sexo con una de sus mejores amigas.  

Esa mañana que Gerardo tropezó con la mucama, ella, la de los ojos azules ya no tenía ojos azules,  porque de cerca las cosas se ven como nunca las pensaste, imaginaste o soñaste, y es la razón por la cual le dije las palabras que seducen a cualquier mujer:
 “tus ojos no son azules”.

Pero ella no era cualquier mujer.

Ya, cerca de mí, acarició mi puerta y me preguntó si podía pasar. No respondí. Abrió  la puerta sin importarle mi opinión.  Al entrar  mencionó que su nombre era Beth, al mirar por la ventana me contó que no había hablado con nadie en años, al acostarse en mi cama observó mis libros  en mi mesa de noche, ojeó algunos, se río un poco, lloró durante las dos páginas de uno y estuvo en silencio por más de media hora mientras yo le servía Estrella Verde.

– “Ese lugar conocido” es uno de mis libros favoritos. Pensé que ya no había más copias. ¿Cómo lo conseguiste?

– Ya sabés, un amigo de un amigo de un amigo me lo prestó y nunca lo devolví. Dicen que la autora nunca ha dado entrevistas o explicaciones sobre el último cuento. ¿Qué opinás del último cuento? Yo todavía no…

– Flor Aragón no necesita explicar sus cuentos– me dijo al tomar el vaso de Estrella Verde de mis manos. –Y menos el último. No necesita ninguna explicación, el personaje principal siempre quiso que fuera así: un mundo que fuera más que la suma de sus realidades y reglas.


La discusión se alargó durante toda la mañana. Me recomendó que leyera a Karla Rauda y su colección de cuentos. Le comenté que últimamente había sido escritor de esquelas para ricos. Ella se burló, me dio un golpe en la espalda y me dijo que un día  le dedicara una.

Beth  la de los ojos verdes y no azules regresó  a su cuarto. Y yo, yo por fin me bañé después de tres días, abrí mi computadora, miré por la ventana otra niñas borrachas pedir taxi y empecé a escribir.

Durante los siguientes días, Beth se invitaba así misma a mi cuarto. Es más, hasta llamaba a la recepción y ordenaba room service para todos: Gerardo, Cindy, yo.

Gerardo no la pudo tragar. Me decía que escondía algo, cuestionaba sus gustos musicales, y no era fan las largas verborreas sobre las películas nominadas al Oscar.

Una noche, entre cigarros, cervezas y Estrella Verde,  Cindy le preguntó a Gerardo sobre sus pinturas, y por qué nunca le mostraba su bocetos o nuevos trabajos. Gerardo cuestionó si yo le había comentado algo sobre sus mentiras.

Beth sabía. Todo. Y se divertía diciéndole a Cindy que ella era también  un artista, que debería visitar su nueva exposición llamada Falsos Novios. Ah, y Beth, la creadora de pinturas como Niñas Borrachas Pidiendo Taxi y Perros Guardespaldas En Cocaína, no tenía idea de quién era Gerardo el pintor.

– La mentira es divertida– me decía Beth con una voz delicada, casi inaudible –me hace sentir como nueva persona.

Sí. Disfrutábamos ver a Gerardo tomar y tomar y tomar y así  evitar tener si quiera conciencia para responder las inquietudes de Cindy.
Amo a Gerardo, quiero que quiere claro eso, y burlarse de él con mi nueva cómplice era una manera de demostrarlo.


Imaginar sobre la ocupación de Beth era mi forma de procrastinar antes de seguir escribiendo. Gerardo tenía la teoría que era un prostituta clase A y que quizás uno de los accionistas del Edén la mantenía. Sorpresa: las suposiciones de Cindy, siempre tontas y ridículas,  ahora caían en mi categoría de cosas que podían ser verosímiles. Una de ellas fue que Beth era una etnógrafa de el extranjero que había venido a estudiar a jóvenes desempleados del tercer mundo. Lo que más me sorprendió de esa idea era que Cindy sabía lo que hace  un etnógrafo.

Cierto. Beth nunca nos dejaba ir a su cuarto de hotel. Era muy hermética en ese sentido. A mí no me importaba que hacía o no hacía, sus discursos acerca del boom literario y el anécdota sobre cómo conoció a Tarantino en un bar eran suficientes para mí. Y no, no me atraía, al menos no sexualmente. Nuestros gustos, nuestra versión de la vida construían una frontera fuerte entre amistad y el placer inevitable del coito.

Dato curioso: sus tetas tenían una manera de excitarme cuando las apoyaba en mis hombros al  servirme un trago de Estrella Verde.

Las líneas de cocaína estaban repartidas sobre la mesa de noche,  las manchas de mi alfombra roja brillaban  a líquido de Estrella Verde, la ventana escupía humo. Y yo, Gerardo, Beth y Cindy estábamos en la cama.

Tocaban a la puerta.

Ver a Gerardo y Cindy derramar cerveza en sus cuerpos desnudos es algo que hasta ahora no puedo olvidar. No porque fue algo bello y excitante, más bien me dio la impresión de ver una pareja de viejitos cogiendo. ¿La están imaginando? Ajá, así se siente.
El ácido que se metieron estaba fuerte y durante horas se hicieron llamar Lady Pijamas y Don Bolas de Paja. 

Tocaban a la  puerta otra vez.

– Quisiera ver lo que ellos están viendo ¾ dijo Beth  otra vez con esa voz casi inaudible y limpiándose el polvo blanco de su nariz.

– Oye, Beth, ¿quisieras hacerme un favor?, más bien, cumplir uno de mis deseos.

– Claro, chivo, dale, contá, contá, contá.

– ¿Pudiera aspirar toda esta bolsa de cocaína  sobre tus nalgas?

– Sí, sí, sí.– Se quitó la falda roja –Dale, dale, dale, yo también quiero sentir qué se siente. Jajajaja ¿Viste? Repetí la misma palabra pero en diferente conjugación. ¿Quién crees que toca la puerta? Tengo hambre. Mucha, mucha.

La línea de cocaína casi se pierde encima de las nalgas blancas de Beth. Aspiré. Aspiré. Aspiré. Aspiréééééée. Armé otra línea y aspiré, aspiré. La frontera entre la amistad y el placer del coito se caían en pedazos. Un temblor estaba pasando por todo mi cuerpo, por todas sus nalgas, vibrar sin vibrar,  dejar de imaginar y olvidar todas las teorías sobre ella y postular una nueva sobre nosotros.

Era el último día de Gerardo y lo mejor que pudo hacer Beth fue traer su caja de golosinas ilegales.

Dato curioso: tocaban la puerta. Otra. Vez.

Beth me comentó que había escrito una canción y que quería cantármela. ¿Cómo no iba a negar que me cantara  una mujer guapa y sin falda? ¡Dios! Puede ser que no sintiera atracción sexual  hacia ella (en serio, créanme), pero no podía dejarla sin cantarme.

–...“Y dejemos que los sueños se apoderen del deseo
recordemos que lo nuestro…” –cantaba y ahora su voz inaudible rugía en rimas y versos.

– Héroes del Silencio– gritó Gerardo –Sííííí, Héroes, ahí está Búnbury mirá amor, cantando y usando la toalla como micrófono jajajajaja.

– No es de Héroes, es mía, mía, mía– reclamaba Beth

Gerardo abrazó a Beth y ella de regreso. Los dos cantaron  juntos la canción de Beth y de Héroes del Silencio (aunque yo no creo que los Héroes hayan compuesto tan hermosa canción, pero bue…)


– ¿Cómo se llama la canción?– pregunté acariciando las nalgas de Beth.

– No tiene nombre todavía.

– Se llama Nombre, se llama ¡Nooooombre! ¿Verdad, Búnbury?– babeaba Gerardo.

Tocaron a la puerta. Me dirigí a abrirla, pensando que era el  room service.

Es vago lo que recuerdo a partir de ese momento:  un hombre vestido de negro, gritos, Gerardo desmayándose, Cindy encerrándose en el baño, pistola, más gritos, miedo, Beth vistiéndose, golpes, empujones, puteadas, cocaína en los ojos…

No sé cómo, pero Beth y yo logramos escapar del hombre vestido de negro. ¿Qué quería con Beth?, ¿a caso era su pimp o su padre? ¿Por qué nos amenazó con una pistola? ¿Por qué, después de salir del cuarto y darle múltiples golpes en la cabeza, todavía nos seguía por los pasillos del Edén?

Bajamos por las escaleras, pasamos por la cocina del hotel y nos detuvimos en el aparcamiento.

– ¿Quién es él, Beth y qué quiere con vos? ¾pregunté jadeando, con cocaína derretida saliendo de mi nariz.

– Hay cosas que no debes saber… Tengo que irme.

– ¿Quién sos?

– Soy lo que quieres creer que soy.

– ¡No me salgás con eso!

– Sshhhh, oígo pasos. ¿Crees que me podés conseguir más cocaína? ¿Tenés un amigo o alguien conocido que tenga un contacto…?

– No, no soy tu tienda de cocaína ¿Sos una puta, una etnógrafa o qué?

– ¿Ah? ¿Qué putas estás hablando?

– Olvidalo.

– Así no más, me dejás con alguien persiguiéndome, después de que te dejé tocar y aspirar mi culo?

– No te  pongás dramática ¾ la tomé de los brazos y nos escondimos atrás de un carro. –Decime quién sos y ya, necesito eso.

– Creo que has necesitado lo suficiente de mí.

Beth se soltó de mis brazos, me empujó al suelo, me dio un beso en la mejilla, y susurró algo  en mi oído: “yo conocí a Flor Aragón”. Después preguntó mi nombre y salió corriendo.


El hombre vestido de negro pasó a centímetros de mí. Escuché disparos, gritos y al regresar a mi cuarto podía oír sirenas de ambulancias.

Ha pasado un año y Gerardo vive en el país que siempre quiso vivir. Ahora, por lo menos, me cuenta que se ha metido a clases de pintura y que sale con una niña virgen de 22 años.

Deben saber que el dueño del Edén me echó a la calle,  la marca de disparos  en los pasillos y cuartos y demandas por parte de los huéspedes fueron mi condena. ¿Y la ley que protegía mi cuarto? Pues… la ley siempre se deja coger cuando tienes dinero para ella.

Ahora vivo en un hostal, pago mi estadía haciendo rótulos para  eventos o promocionando el lugar. Sí, ahora soy la puta de un cliente. Tengo que comer, amigos y amigas.

Y sigo escribiendo y escribiendo… todavía nada que valga la pena. 
De vez en cuando publico un esquela para la misma persona:

Por la sensible pérdida de

Beth, la del Pasillo del Edén

cantamos tu canción

..dejemos que lo cierto
sea lo que imaginamos
recordemos que lo nuestro
todavía no ha acabado
aunque, por esta noche, ...
...por esta noche...

El Salvador, San Salvador,  20 de febrero de 2014.

Tal vez reciba demandas de parte de los abogados de los Héroes, pero para Beth, la del pasillo del Edén, siempre será su canción.

Un día la veré. Tiene que pasar.
Dato curioso: en el aparcamiento, le dije a Beth que solo iba a saber mi nombre si regresaba un día.

¿Tiene que regresar, verdad?


20140211

La radio sonó tu canción


Relato de @jerickRIP (Bloguero invitado)
Basado en la canción Valentine de Fiona Apple

Eran las 7:25 am y Daniel abrió sus ojos después de una noche de fiesta, para su sorpresa se despierta sin resaca,  mirando borroso, pero era la luz de su ventana la que lo cegaba, se sentó en su cama cruzando los brazos, frotándose la cara. Miró por la ventana contemplando cómo las hojas era arremolinadas por el viento californiano, en la acera iba pasando un niño y su padre, el niño llevaba extendido los brazos como imitando a un avión mientras su padre lo observaba, recordándole que no vaya a salir a la calle ni vaya a poner sus pies en el patio de algún vecino. Daniel se dio la vuelta y recordó algo.

Aún se secaba el cabello después del baño matinal cuando bajó las escaleras que dan a la cocina.

– Uhmm café, adoro el olor del café en las mañanas, lo adoro más que el olor del café en las tardes; pero si hay un café que adoro más es el que preparan tus manos guapa, porque está hecho de amor puro –dijo en voz alta. 

Alguien estaba en la cocina preparando el desayuno, era su novia Junnel, una linda estadounidense de ojos pardos casi amarillos, cabello cobrizo, piel bronceada al más estilo latino y un cuerpo que embriagaba los sentidos. La chica lo miró sin poder disimular la risa sonrojada que le provocó el comentario de su novio, con voz seductora le respondió:

– Hey Danny you’re so sweet, your coffee’s ready, do you want something to eat or do you want to do something else?–, mientras se llevaba el dedo meñique de su mano derecha a su boca con una sonrisa muy pícara. 

Daniel se sentó frente al desayunador, dio un sorbo a la taza de café, se levantó de la silla, se acercó a su novia, los rayos del sol entraban por la ventana de la cocina y encendían los ojos de Junnel, como su pelo se tornaba rojo, su piel brillaba y su gran sonrisa pedía el beso matinal, Daniel no se lo negaría hoy. Después de besarla Daniel le dijo:

–Adoro cuando me hablas de esa manera, dilo en español y en este momento nos revolcaremos sobre esta mesa–

–Lo puedo repetir si así te suena más sucio, al final sabes que conseguiré lo que quiero–, ella dijo mientras se recostaba sobre el desayunador, frotando sus piernas en la ingle de su novio, buscando “despertarlo”, la brisa estremecía su delineado cuerpo apenas cubierto por un ligero vestido de color perla con diseño de flores, muy primaveral ciertamente.

–Jun, realmente eres una chica malvada, sabes, en la tarde saldremos, iremos a un lugar en las afueras de San Francisco que me han recomendado mucho –dijo Daniel.

–¿Porque cambias el tema? ¿No te das cuenta lo que sucede aquí?–, replicó con un tono de sarcasmo. Daniel solo se sonrió y respondió:

–Solo te lo decía para que estés consciente que todo el día no saldremos de esta casa, es más, no creo siquiera que saldremos de nuestro cuarto, así que repíteme esa frase, creo que desayunaremos después–

Su novia le susurró al oído y fue suficiente para que los dos se encendieran, no salieron de la casa hasta bien entrada la tarde, había un compromiso que tenían que cumplir.
Ya eran las 7:40 pm en los suburbios de San Francisco y la pareja se disponía partir, Jun le preguntó a su novio: 

–Entonces déjame ver si te entendí, ¿te paraste frente a la ventana y ver a ese niño paseando con su padre te recordó algo de tu infancia?”-. Daniel solo asintió con la cabeza.

–Me recuerdo que desafortunadamente tu papá murió tiempo después que viniste a Estados Unidos y no pudiste estar en su funeral, y con tu hermano guardaste algo de distancia desde ese día, ¿cierto?-, insistió Jun, a lo que Daniel respondió:

–Qué buena memoria tienes, eso me encanta de ti, lo que significa que lo que sucederá dentro de una hora también lo recordarás por siempre–

Jun observó a Daniel con la mirada fija y una sonrisa inquieta, por su mente pasaban muchas cosas, por qué la cita a las afueras de la ciudad, por qué ir tan lejos. En efecto, se encendió una idea en su mente, eran ya 4 años desde que se conocieron, fueron novios durante 2 años y medio hasta que tomaron la decisión de vivir juntos; pero ella pensaba: «hoy no celebramos aniversario de vivir juntos, ni de habernos conocido, a menos que sea…». Inmediatamente vio el mar de la bahía de San Francisco, viajaban sobre el Golden Gate, al fondo el atardecer y en la radio iba sonando su canción, una de tantas; pero ante todo la favorita de ella. Jun empezó a tararear, Daniel al escucharla se sonrió y le dijo: 

–Esa canción me trae grandes recuerdos, nuestra canción-. 

Justo al terminar la canción el locutor dijo:

–That song was a present for a great friend of mine. Hey Dan, wherever you go I wish you’re listening to. Dan dedicated that song to his girlfriend, congratulations and good luck with…-. En ese momento se apresuró a apagar la radio y su novia no pudo escuchar el final de la frase.

-Creo que ya llegaremos mi amor -dijo Daniel a su novia-

Ella respondió: –imagino qué planeas; pero te seguiré donde vayamos-

Casi una hora en el freeway, ya era de noche, cuando Jun comenzó a cantar en voz baja:

-I made it to a dinner date. My teardrops seasoned every plate. I tried to dance but lost my nerve. I cramped up in the learning curve-.

Danny la miró de reojo y agarrando aire, a toda voz contestó: 

–I'm a tulip in a cup. I stand no chance of growing up. I've made my peace, I'm dead, I'm done. I watch you live to have my fun-.

El Mustang GT Cobra 2003 en el que la pareja se conducía, entonaban al unísono:

–I root for you, I love you.You you you you.I root for you, I love you.You you you you-.

La canción se interrumpió. Los dos vieron una luz resplandeciente frente a ellos. Y después todo fue oscuridad y silencio. El silencio fue interrumpido por múltiples sirenas y la oscuridad se desvaneció ante las luces de los paramédicos. Jun acababa de despertar de su letargo, miró hacia todos lados mientras su respiración se aceleraba, cada vez más rápido y más rápido, se percató que no se podía mover, el dolor se acrecentaba, su vista se nublaba debido a la sangre que goteaba de una fuerte herida en su frente causada por los cristales rotos, todo su cuerpo le dolía; pero no podía mover ni sus brazos, su respiración se aceleraba más, su palpitaciones se multiplicaron al darse cuenta, que precisamente estaba en medio de una maraña de metales retorcidos, con las piernas fracturadas y el tablero del automóvil presionando todo su pecho, su brazo derecho había sido atravesado por un trozo de metal de la puerta, comenzó a gritar: -Help! Help!-. Gritaba, pudo liberar el brazo izquierdo al parecer era la única parte del cuerpo que podía decirse estaba intacta. Aprovechó el vistazo a su extremidad para ver a su novio, sentado, tenía raspones similares a los de ella, aparte de eso no tenía lesiones evidentes, Jun rápidamente se dio cuenta que había algo raro en él, tenía los ojos y la boca abiertos, muy abiertos como si hubiera visto algo espantoso que le provocó un shock.

Con su mano izquierda alcanzó la cara de Danny, aguantaba el dolor en su pecho y su espalda, solo quería tocar a su novio antes que el fuerte dolor la hiciera perder el conocimiento, tocó su rostro, lentamente acarició su mejía, puso su mano detrás de su cabeza como frotando el cabello de Daniel y le dijo:

–Amor, recordé que una vez me dijiste que la primera vez que me viste fue en la Route 101, en una gasolinera mientras en la radio sonaba esa canción, te parecía la mujer más hermosa del mundo y al mismo tiempo jamás pensaste que el destino nos juntaría semanas después en el campus de la universidad, espero que salgas vivo de esto, y si yo lo hago también déjame decirte desde ya: Sí, acepto-. Al momento de decir eso, Daniel dio un intenso suspiro y cerró sus ojos.

Jun ya no pudo decir más y se quedó inconsciente al momento que los paramédicos comenzaron a cortar como si fuera una lata de sardinas al auto deportivo, había que sacar a la pareja como sea.

Fue un mero instante para Jun, poco a poco fue abriendo los ojos, su vista se cegaba con las luces de la habitación, miró a su alrededor, pudo ver claramente que estaba en un hospital, el collar no le permitía más libertad, vió la bolsa de suero pendiendo de un sujetador desplazando el líquido hasta la muñeca de su mano izquierda. Ella vió el resto de cuerpo inerte sobre la cama, sentía difícil respirar, brazo derecho inmóvil aparentemente fracturado, le dolía su parte baja de la espalda y ambas piernas fracturadas y suspendidas en el aire.

Intentó hablar, no pudo con el dolor; pero el sonido despertó a una señora muy elegante que estaba dormida en un sofá, ella se levantó y no pudo disimular la alegría al ver que Jun había despertado, le dijo:

–Jun my child, finally you came back, I’ve been through almost 2 days of anxiety and uncertainty, expectin’ you open your eyes-. Jun dijo:

–Mamá, que bueno verte, no sé qué pasó, iba con Danny de repente una gran luz, de repente todo se volvió una pesadilla, mira cómo he quedado, las vendas en mi cabeza presionan mucho. Y, ¿Danny dónde está?”-.

Su madre no pudo contestar eso sin morderse los labios, así que le respondió:

–Necesitas hablar con tu doctor, no te inquietes mientras lo llamo, ya regreso-. Jun solo desesperaba aún más.

Minutos después la madre de Jun regresó con un médico portando un expediente, se paró frente a la cama de Jun mientras su madre tomó su mano, lo cual a Jun le pareció extraño, el doctor le dijo:

–Buenas tardes Miss Janssen, soy Dr. Miles, nos alegramos que haya despertado, tiene tres costillas rotas, brazo fracturado y ambas piernas muy fracturadas por lo que recurrimos a colocarle clavos hasta que sus huesos puedan sanar, por el momento y debido a su estado hemos administrado los medicamentos más apropiados para su dolor; pero confiamos todo salga bien”-. Jun le preguntó al doctor:

-¿Mi estado? ¿A qué se refiere con eso?–, el médico respondió:

-Pues bueno Miss Janssen, usted está embarazada, comprendo su sorpresa ya que parece ser que apenas acaba de comenzar la gestación, felicidades–

La sorpresa invadió a la chica, apenas podía respirar, y ahora se le acelera el corazón, comenzó a llorar instantáneamente con una sonrisa entrecortada debido al dolor que le provocaba la felicidad.

–No puedo creerlo, voy a ser mamá, Danny va a estar feliz cuando se entere, ¿cómo está mi novio, doctor dígame cómo está?”-. Jun insistió. Dr. Miles quitó sus lentes, los guardó en su bolsillo, abrió su expediente, lo cerró al instante, vio a la inquieta chica y le dijo:

–Miss Janssen, su novio Mr. Rivera falleció en el accidente–

Los hermosos ojos de Jun parecían encajarse en el médico, no palideció lo cual hubiera sido más sano, simplemente afiló su mirada y dijo:

–¿Cómo que murió? ¿Cómo va a estar muerto? ¿Cómo es eso que ya estaba muerto en el accidente? Yo lo vi y estaba ileso, ¡míreme, parezco la novia de Frankenstein! Yo vi a mi novio y no tenía heridas graves. ¡¿Ustedes qué le hicieron?!–

El médico con mucho tacto en su tono de voz respondió:

–Miss Janssen, tiene completa razón, su novio no tenía heridas graves, fracturas, ni lesiones internas; pero parece ser que cuando el camión se salió de la carretera, fue directo a ustedes, de alguna manera su novio lo esquivó, lo que no pudo prever es el múltiple accidente en el que ustedes quedaron atrapados, su novio sabía que tenía que protegerla de una muerte segura cuando el camión que transportaba materiales de construcción les tiró la carga encima, el problema fue que en el impacto inicial las bolsas de aire del automóvil la estaban asfixiando, por lo que su novio tuvo que ayudarla, el problema es que seguían moviéndose, y parte de una viga de acero atravesó el techo del vehículo impulsando el asiento de su novio hacia adelante, él chocó su cabeza con el volante, en ese momento su cerebro sufrió un golpe que provocó que sus hemisferios se separaran dentro de su cráneo, fue un golpe tan preciso que poco a poco su cerebro se iba partiendo en dos, cualquier movimiento por leve que fuera desencadenaría su muerte, hasta tocarlo habría acelerado lo inevitable-.

La chica estaba horrorizada, su cara se desencajó al instante, –¡noooo, mi Danny yo lo maté, yo lo maté!–, ella repetía. El Dr. Miles había perdido el control de la situación, llamó inmediatamente a las enfermeras y sedaron a la chica.

Los siguientes meses fueron críticos, Jun ya no hablaba, comía lo necesario. Una mujer tan linda con múltiples lesiones, con tratamiento de rehabilitación y un bebé que nunca conocerá a su padre. Un día entró una señora a limpiar su habitación, silbaba una canción que Jun conocía, se quedó tratando de interpretar ese tenue sonido que salía de la anciana, hasta que al final dio con la tonada.

–Conozco esa canción –dijo Jun. La anciana le respondió:

–Oh señorita, ¿conoce esa canción? Es raro que una vieja como yo escuche esa música, pero le encanta a mi nieta–, 

Jun respondió: –Estoy más que segura que mi madre está afuera y le dijo que entrara silbando esa canción; pero no importa, me ha recordado que tengo que recuperarme, visitar al que siempre será el amor de mi vida y presentarle a su hija, así que gracias de todas maneras–

A la anciana le hizo gracia el comentario y respondió: –sí, su madre me lo dijo antes de irse; pero la canción en verdad me gusta, me recuerda a un gran amigo que ya no está conmigo, cuídese mucho jovencita–

Jun se paró de su cama, cruza los brazos, frotándose la panza, eran las 7:25am. Ve borroso y es la luz de su ventana la que la cegaba, contempla como las hojas son arremolinadas por el viento californiano, en el patio del hospital va pasando un hombre extendiendo los brazos, detrás de él va un niño en silla de ruedas que lleva extendido los brazos como imitando a un avión. Ella solo se lleva su mano izquierda a su cara, entre dedos ve a la pareja de abajo mientras se sonríe tiernamente, en voz baja susurra:

–Mi amor, ahora entiendo, a esto te referías–.