Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20160508

Entrevista con Mick Jagger




















(Relato basado en God Gave Me Everything de Mick Jagger)

Todo tuvo que ver con la ex equis #23 y su mensaje en alguna hora de la madrugada. Un mensaje por Whatsapp de esta ex compañera sexual a la que desde hace unos meses solía ignorar cuando le dio por escribirme - casi siempre a mitad de la noche - las cosas más random que se puedan imaginar. Uno no necesita esos sobresaltos de la nada, mucho menos cuando al fin has logrado conquistar a la querida equis #24 y estás a punto de meterla en tu cama. O mejor: ya la tenés en tu cama. Entenderán que cuando el pop-up del mensaje iluminó la cara de mi fogosa compañera y vi el nombre de la ex, no me quedó más que hacer dos cosas: tirar el celular tan lejos como pude, cerrarle los ojos a la querida con un beso. Con lengua, saliva y todo lo demás, claro, en eso me especializo.

Al día siguiente - no me pregunten la hora -, volvió a caer otro insistente mensaje de la Ex Equis #23. Digo insistente, porque me di cuenta de que había escrito varias veces durante la madrugada y la mañana. Y bueno, ya saben la técnica, y si no la saben se las cuento: para no dejar en vistos los mensajes, pero enterarte de qué trata, corrés la pantalla hacia abajo para el preview de las notificaciones. No sé cómo funciona en iPhone eso, pero en Samsung y LG es lo más infalible... Así que, pónganse que le di un preview a los mensajes de la ex tan insistente. Me pedía que le hablara, que tenía algo urgente que decirme, que me convenía y tenía que ver con que uno de mis ídolos musicales estaba en el país.

Sí, ídolos musicales, dijo. Ella y todas mis exes sabían las palabras adecuadas para referirse a todas mis aficiones. Yo me encargaba de enseñarles esas cosas mínimas mientras duraran las relaciones. Con la #23 no habíamos llegado ni a los cuatro meses, con la #22 habíamos durado casi un año, y de seguro eso habría alcanzado para algo más duradero de no haber sido porque estaba casada. Sí, casada, la pobre, con un tipo mucho mayor que ella que se la pasaba en viajes y cosas de exportaciones, según supe. Casada y con cuatro hijos pequeñitos que, como entenderán, no me interesó conocer. Casada, aburrida y deambulando por allí hasta que cayó en mi vida. Pero bueno, volvamos al Whatsapp de la #23. Claro que le hablé por teléfono en cuanto leí "uno de tus ídolos musicales". Lo demás no me importó. Ni siquiera me importó que la #24 estuviera en el otro cuarto haciendo café y unas tostadas.

– ¿Qué pasó? – Le dije, tratando de parecer lo menos curioso respecto al tema.

– Hola, Ale, ¿cómo estás? – Bromeó. Ale era ella. Ya saben, no soy bueno para esos rituales sociales. – Estoy bien, Quique, gracias por preguntar. Gracias por todos los mensajes contestados y demás– Siguió

– Alejandra, querida, ya sabés que no soy bueno para eso–.

– Para eso y otro montón de cosas más, querido... Pero bueno, el punto es que me llamó este chero de la U. Sí, uno de esos amigos medio hipsters que tanto te molestan, de esos "estudiantitos de periodismo", como les decís. Me llamó y me contó que Mick Jagger, tu ídolo musical está en el país, de incógnito, y gracias a unos conectes que tiene lo contactaron para una entrevista, pero mi amigo no se siente en la capacidad de algo así, de una entrevista de esa trascendencia y me preguntó, me pidió, que si yo te podía decir a vos... Que bueno, ya tenés cierto nombre en el periodismo...

Claro que ya tengo cierto nombre en el periodismo. Claro que esto no puede ser verdad y me está tratando de jugar una broma. Y no me extrañaría de la #23, terminamos de una forma bien fea e inusual.

– Alejandra, vos me estás tratando de ver la cara

Que no, me dijo, Que Jagger se estaba hospedando en La Guitarra, que ya todo estaba arreglado para la entrevista, que solo necesitaba que yo dijera que sí, bajo las condiciones que ella y el amigo hipster tenían que estar presentes, que el tipo solo tenía una hora, que tenía que ser esa misma noche, que nos esperaba a las 10.

***********************

Mick Jagger nos recibe en su habitación en La Guitarra, que más bien es una cabaña de ladrillo visto, con una pequeña cama matrimonial cubierta con una colcha o cubrecama de añil, dos mesitas de noche a cada lado y una mesa-escritorio con un plasma sobre ella. Alejandra, el hispter y yo nos sentamos alrededor de esta mesa, Mick se queda sentado a la orilla de la cama casi en posición de loto. Solo lleva puesto un pantalón blanco de manta o lino o vaya ustedes a saber de qué material, no soy bueno para eso, y un collar de conchas de esos que venden en El Tunco con una estrella de mar que cae sobre su pecho bronceado e increíblemente joven. Sí, este Mick Jagger está joven, quizás en sus tempranos treinta. Tiene una Pilsener de esas de medio litro en una de las manos, un Marlboro rojo se consume en la otra. Sonríe sin decir palabra desde sus labios gruesos que han cantado millones de veces. Nos mira con simpatía a los tres allí, sin saber qué decir. Yo decido que no voy a perder tiempo dándole rodeos a la cosa y le lanzo la pregunta que desde hace varios meses viene dando vueltas en mi cabeza:


– Señor Jagger…
– Hey, dime Mick

– Mick, ¿Cómo es posible que cientos, miles de veces hayas cantado You Can’t Always Get What You Want y ahora nos vengás a decir que Dios te ha dado todo? ¿Cómo es posible? ¿No es un tanto contradictorio e irresponsable de tu parte?

Él solo sonríe, claro, no se la esperaba. Sigue sonriendo mientras le da otro sorbo a su Pilsener, mientras se acomoda en la cama, mientras mira la estrella de mar en su pecho.

– Querido amigo, el pensamiento puede evolucionar a otras partes…

– Pero, Mick, en un arrebato de inspiración poética yo le recité esa canción a una mujer entre sábanas y whiskys. Entre olores prematuros a sexo le dije "Vos sos lo que quiero, ¿me entendés?'– 

– ¿Y ella qué te dijo?

– "Qué fuerte lo que acabás de decir". Solo eso dijo, "qué fuerte"... ¿Y ahora esperás que vaya y le diga que era mentira, que Dios le va a dar todo? ¿Cuando yo ni siquiera creo en Dios y ella tampoco?

– ¿Y todavía están juntos?– Pregunta Mick, un poco incrédulo.

– No, no estamos juntos y nunca más lo vamos a estar, está casada.

– Entonces ¿cuál es el problema?, no es como que tengas que darle cuenta de tus palabras ahora.

No, no es como que tenga que darle cuenta de mis palabras, le digo. De hecho, ya ni siquiera me importa, agrego. Ella, pues. La dejé atrás entre todos los números y las exes. Ya ni siquiera me dan ganas de contestarle los mensajes cuando esporádicamente me escribe para ver cómo estoy. Pero no me gusta ver mis palabras, basadas en letras de canciones, cuestionadas de esa forma. Chill out, me dice, que ella ya ni siquiera se debe acordar de eso. Y agrega:

– Crazy you said, it's all in your head. 

20160201

Todas las muertes de Ámbar















Relato insiprado en Gypsy de Fleetwoodmac

Ámbar recordaba todas sus vidas pasadas. Así como lo leen. Incluso podía recordar la vez que fue gato, la vez que fue listón de pandereta, la vez que fue violín. De hecho por el violín fue que comenzó todo.

No es que en cada una de sus vidas haya tenido memoria de la anterior. No, fue a partir de esa época en que la fue violín y era tocada en la corte por el joven hijo veinteañero de Sir Gallagher. Toda la corte estaba sorprendida. Incluso su padre que nunca tuvo la más mínima esperanza de que el hijo tuviera talento. No. Todos se equivocaron y se reunían una vez al mes a escuchar al joven prodigio sacar sorprendentes, atinados y cadentes arpegios a ese violín. Ella, claro, por entonces ya estaba aburriéndose un poco de la vida de vals que le estaba dando el condesito y se la pasaba encerrada en su estuche de terciopelo negro, urdiendo inusuales planes para salirse del castillo. Aunque en el intento perdiera una cuerda o dos. Porque claro, ella sabía que daba para fugas y tocatas, para nocturnos o rapsodias.

Por suerte para ella, el día mismo que cumplía cinco años de estar con los sires, miestras viajaba a su afinación mensual; una llanta del carruaje golpeó contra unas piedras y, sí, lo adivinaron: Ámbar -claro, que por entonces no sabía que se llamaba así- saltó por la puerta con todo y estuche. El estuche se rompió, como se imaginarán. Ella perdió, no dos, sino solo una cuerda y rodó por la ladera hasta caer -afortunadamente- en los brazos de Johan.

Johan, qué puedo decirles, era un poco sucio y desaliñado, con unas greñas que pudiera que fueran claras, pero le tiraban a marrón, y con las manos fuertes y rotas de tanto cortar leña. Y no, no crean que todos los Johanes de esos lares podían tocar tan bien el violín como él, pero sí, qué suerte que Ámbar comenzara a rodar así por sus vidas, sucediéndose una historia a la otra como si ya estuvieran escritas desde siempre, o por lo menos bien planeadas. Y Johan no solo la tocaba día y noche, durante el alba y al atardecer, no solo la tocaba siempre con las mismas ganas y pasión; la tocaba con todo el impetú de quien quizás cree que se le va a terminar la vida. Y sí, ella se pegó a Johan en cada nota, cada pizzicato, cada vez que la acariciaba con el arco. Pero ya saben, una cosa así nunca puede terminar bien y ya se le veía a Johan más desgreñado que nunca, con las manos llagadas, dejó de hacer sus labores, de reunirse con el clan, de comer, de beber... A veces parecía que hasta había dejado de respirar. Ámbar, que nunca más recurperó su estuche, y que de todos modos no lo necesitaba, porque nunca más la volvió a soltar; también comenzó a decaer. Ya no eran tan brillante como antes, los Csardás que más de una vez le sacaron algún lamento, ahora sonaban secos y opacos.

En el primer intento, Johan la colocó con cariño y devoción en el promontorio de desechos que acumulaba el clan a la orilla de la aldea. Le dolía dejarla allí, pero sabía, tenía bien claro, que no podía seguir con ella, le estaba arruinando la vida, le estaba quitando el sueño, le estaba quitando la oportunidad de tener una relación normal... Dos días después, los quemadores de escombros estaban a la puerta de su casa con el violín, un poco más destruído, un poco más opaco; pero en sus manos otra vez. Y Ámbar era feliz de que con solo verla de nuevo, quisiera tocarla.

En el segundo intento corrió con ella a orillas del río, a veces tocándola, a veces solo abrazándola, a veces queriendo soltarla. Y así lo hizo. La miró caer hasta el fondo. Ella quiso decir algo, como un lamento en un nocturno, pero recordó que lo necesitaba a él para gritarlo... Dos días después apareció goteando agua por sus más insospechados rincones en la puerta de Johan. De alguna manera, cada vez que volvía a aparecer, Johan sentía que volvía a nacer, y la tomaba, salvaje, entre sus manos hasta hacerla estallar otra vez en lamentos que se perdían en la noche.

En el tercer intento ya quedaba poco de Ámbar. Tres cuerdas, madera rota, gastada, el puente casi desaparecido, el mango casi en un hilo. La llevo a lo más profundo del bosque una madrugada. En silencio, y sin verla ni tocarla, encendió una fogata. Durante largos minutos y horas, Johan se dedico a curar todas las heridas de sus manos. Las abrió una a una con una navaja previamente desinfectada en el fuego, y luego les aplicó una hierba de color rojizo. Finalmente vendó todos sus dedos juntos con una tela limpia de gaza. Y entonces fue su turno. La dejó caer despacio en la hoguera. La vio consumirse lentamente como cuando se mira el pasado.



20160111

Pérdidas

Relato basado en Closing Time de Semisonic.

Esa noche soñó con una calle que nunca terminaba. Un sueño de esos oscuros en los que no sabés para dónde vas. Una calle interminable en la cual, por más que trataba de ir por el lado correcto, las líneas del sentido cambiaban a cada momento. Y entonces, siempre iba en contrasentido. Por más que trató nunca pudo llegar a ninguna parte, mientras el sueño se hacía cada vez más oscuro.

A la mañana siguiente se despertó como si hubiese bailado y bebido toda la noche, estaba cansada, y, por lo mismo, se detuvo a pensar o tratar de encontrar el significado de un sueño tan largo y tan simbólico. No era que olas gigantescas hubieran aparecido en su subconsciente, o que hubiera volado o tratado de volar, no era, ni siquiera, que hubiese aparecido desnuda en su antigua escuela o en el trabajo; que eran, por decir, sus sueños más recurrentes, como todos, y tan obvios. No, calles sin sentido... ¿Su vida no iba para ninguna parte? ¿Su vida tendría que ir hacia otra parte? ¿Su vida no tenía sentido? Eran las preguntas que se hizo esa mañana y durante todo el día. Le dio vueltas por todos lados al sueño, lo analizó, trató de encontrarle un mensaje escondido, buscó en internet a ver si encontraba por allí la simbología.

Y nada.

No se dio cuenta hasta varias semanas después, pero el gato desapareció esa misma noche. Salió a una de su usuales travesías por el vecindario y simplemente no volvió. Claro, ella no se dio cuenta de la falta del peludo, porque solía hacer esas desapariciones constantemente, la cuales daban por terminadas con una entrada espectacular con algún regalo, que generalmente consistía en un murciélago, un pájaro muerto o un chapulín gigante. Pero esa vez no volvió, y ella habría de darse cuenta hasta pasados varios días. La siguiente pérdida se dio al segundo día después de su sueño. Tenía un almuerzo importante, de esos de trabajo, de esos a los que no se puede llegar tarde o faltar; cuando, subiendo una de las cuestas más empinadas de la colonia Escalón, allá por la Ambrogi, el marcador del calentamiento del motor comenzó a subir y subir y subir sin previo avisoy antes de que ella pudiera detenerse el motor comenzó a echar humo. Demasiado humo. Y, claro, ya luego de que la remolcaran los buenos hombres del taller más cercano, pudo saber que se había echado la culata. Sí, eso le dijeron. Gravedad que ella no entendió hasta que los amables tipos le explicaron que podría costarle alrededor de mil quinientos dólares. Si no era eso, o que hubiera quedado inservible para siempre. Ese para siempre le pareció demasiado desesperanzador. Mucho más cuando dos horas después de la reunión llegó a la oficina y un gerente de Recursos Humanos la esperara con la puerta abierta y los cheques cerrados para explicarle de una tal reestructuración de la firma y que, bueno, su falta a la reunión de esa tarde les había ayudado a tomar la decisión que de todos modos hace unas semanas ya estaba tomada. Salió antes de las cinco de la tarde con una caja demasiado vacía y un futuro lleno de preguntas. O más bien: un presente lleno de preguntas acerca del futuro. Se sentó a la orilla de la cama y permaneció allí varios minutos u horas. El hombre de su vida andaba nuevamente de viaje, y, la verdad, es que se había quedado en blanco con la tercera pérdida de ese día. Sin trabajo, sin carro y sin gato, por supuesto que no pudo dormir esa noche. El amanecer la sorprendió sentada en la misma orilla de la cama enviando mensajes por WhatsApp al mejor amigo.

Y nada.

A las nueve y treinta y cuatro minutos el mejor amigo dejó en leído el mensaje. Tampoco es que fuera uno de esos mensajes triviales de todos los días como buenos días o tuve un sueño extraño anoche. No. Estaba angustiada y con frío. Más con frío que angustia. Que al final, era lo mismo. A las diez con doce minutos se preparó un café, la casa resoplaba en su silencio, las paredes estaban desteñidas y sin cuadros. Nunca quiso colgar nada. Nunca quiso poner un lindo paisaje o una foto u un cuadro de arte moderno. Nunca quiso. A las diez con cuarenta y cinco marcó el número del mejor amigo. Sin respuesta. Le envió otro mensaje. Sin respuesta. A las seis veintidós de la tarde recibió un escueto mensaje

conocí a esta chera. 
he estado con ella desde ayer. 
tranquila

Entonces supo que lo había perdido. El frío era más fuerte adentro y no sabía explicarse por qué. Los vidrios de las ventanas se empañaban y ella se paseaba por los cuartos vacíos de la casa fumando un cigarro tras otro. Mientras se disponía a salir por otra cajetilla de cigarros se topó con el hombre de su vida en el umbral. Lo abrazó y besó como si se fuese a terminar el mundo, pero él, sin saber de su despido, la pérdida del carro, el gato y el mejor amigo; la detuvo en seco para explicarle que solo venía por sus cosas, que no quería que todo fuera así, pero que ya no podía más con la culpa y el destierro de querer a otra y andar a escondidas, que a su edad ya no se le daba y que mejor quedaran así, como dos personas que en su momento se habían querido tanto y que el sexo había sido bueno, pero que ya no le quería seguir mintiendo, porque, de boladas, sí la quería, de otro modo, pero sí, y que ella no se merecía eso. Él siguió como si nada hasta la habitación que habían compartido por más de cinco años. Ella lo vió sacar la maleta azul que habían comprado para su viaje a Lisboa. Lo vio llenarla de su ropa, afeites, accesorios y demás. Lo vio salir por la puerta como si nada.

No durmió muy bien esa noche, como entenderán. Tuvo que tomarse una botella de vino para pescar el sueño. Y tuvo sueños oscuros con líneas de la calle que se perdían y cosas así que ella no entendía, pero nunca llegaba a ninguna parte. Nunca llegó en sus sueños.

Cuando despertó había perdido su casa. La cama blanca flotaba en un limbo étereo del blanco más puro mientras Dan Wilson y su banda cantaban a capella closing time, open all the doors and let you out into the world, closing time, turn all of the lights on over every boy and every girl, closing time... 

You don´t have to go home but you can´t stay here

Al incorporarse de la cama flotante en el limbo también perdió la memoria. No supo ni cómo se llamaba, ni siquiera que había perdido tanto. Se quedó allí, sonriente y escuchando la canción, que de verdad le parecía de lo más alegre. Se envolvió más en la sábana, porque de no ser por la música, hubiera preferido dormirse otra vez.

20141223

Impresiones de Estela y el olor de la luz






















Relato inspirado en Shine On Your Crazy Diamond de Pink Floyd

I. Primera impresión de Estela.

Estela llegó esa noche como una de esas olas que te caen de golpe. Estela vino y se fue, vino y se fue, vino y se fue de mi vida como una marea para la que nunca estuve preparado. Me golpeó con toda la fuerza que era capaz desde el primer segundo que mis ojos se fijaron en ella, y quién sabe por qué nunca supe decírselo, nunca supe cómo, ni cuando tenía veinticinco años, ni cuando tenía treinta y cinco, ni cuando tenía más de cuarenta. Ni ahora.

Mi primera impresión de ella es verla allí, bailando como la ráfaga de viento que era, bailando sola en la pista sola de baile, brillando como un diamante, el pelo rojo enloquecido, los ojos cerrados, la camiseta morada, las manos abiertas, el jeans demasiado desteñido, los tenis blancos con cintas de colores. La veo allí, así, y ahora me doy cuenta de que era un presagio. Estaba entrando para siempre en la monotonía de nuestros días para darles vuelta de una manera que ninguno de los tres podía sospechar en ese momento. Sí, los mismos tres que habíamos sido desde los quince años, los que estábamos allí, enamorándonos de ella, supongo, enamorándonos con amores diferentes, pero amor, de ese que dura toda la vida, por el cual podés hacer cualquier cosa por alguien, de ese amor, porque era imposible no querer a Estela, no querer hacer todo por ella, no querer perseguirla a donde fuera. Estela era como un imán.

Cuando la canción terminó –no me pregunten cuál era- salió de su trance, así de fácil como había entrado, nos miró a los tres como se mira a una silla o un mueble o un objeto cualquiera y salió al patio por una cerveza. Era julio y llovía. Regresó medio mojada, riéndose por quién sabe que cosa que le contó en secreto a Alberto, que era quien la había traído a la fiesta. Carlos y yo no dejábamos de ver alelados el colochero rojo que le caía casi hasta la cintura, los ojos –de color extraño- que se convertían en una adorable línea cada vez que se reía. Creo que esa fue la noche en que los tres, sin decírnoslo, decidimos que de alguna manera se tenía que quedar en nuestras vidas.

De alguna manera.

Desde ese día dejamos de ser el trío para convertirnos en cuarteto. Estela se convirtió en la mascota del equipo, como ella misma decía, iba a todos lados con los tres, una noche pasaba yo por ella y la regresaba Alberto, a la siguiente Carlos la llevaba y la regresaba yo, y así las noches se iban en verla salir delgada y apurada con un vestido mínimo, algún jeans desgastado, alguna idea rondándole la mente y el típico comentario acerca de la vecina treintona y casada que siempre le vigilaba los pasos de salida y entrada para luego tener de qué hablar en el vecindario.

II. Estela en el pozo.

Siempre dijo que no le importaba lo que la gente dijera o pensara de ella, se reía tanto de eso, se burlaba de todas las señoras casadas de la colonia, sin vida propia, aburridas dentro de una rutina que no pasaba de cuidar niños y tener feliz al marido. “Mujeres que han tenido que casarse porque ese es el fin último de su existencia”, decía Estela, pegándole otro jalón al cigarro, haciendo coronitas con el humo. Pero siempre supe que sí le importaba, siempre vivió luchando con ella misma para complacer a la gente, para hacer lo que se esperaba de ella, luchando, porque tenía esa mala costumbre de la que siempre renegó de no pensar en las consecuencias de sus palabras y sus actos. Y entonces caía en esos pozos profundos, como ella misma solía llamarlos. No contestaba el teléfono por días, no quería salir ni saber nada de nosotros. “Estoy en el pozo”, decía, que no nos quería meter en él, que era bien feo, profundo y oscuro. A los días aparecía como si nada, radiante y fresca. Brillando como el sol.

No sé cuanto tiempo pasé tratando de analizar cómo la quería, de qué forma. Porque a veces no lo entendía, yo apenas tenía veintiseis años y a esa edad uno piensa que lo sabe todo, pero no sabe nada. Y yo no sabía, no entendía cómo la quería. Obvio que cada vez que decía una de sus frases retorcidas y sin sentido, riéndose con los ojos de color extraño, me entraban unas ganas locas de abrazarla y besarla y quitarle el vestido mínimo y bueno... Hacer lo que había que hacer. Pero también estaba ese asunto de que los tres la queríamos y ella nos quería, y a veces en las noches de cervezas y risas enloquecidas por la marihuana, era como un chero más con el que te podías quedar doblado de ya no poder más, o como un chero más con el que te podías quedar hablando mierdas hasta ver salir el sol. Y amanecíamos, enroscados los cuatro, como cuatro gatos de la calle.

III. Estela con un pájaro muerto en la cabeza. 

Nunca supe cómo Estela me quería, tampoco. Porque la primera vez no tuve tiempo de preguntárselo. Pasaron dos años, llegó mayo y llovía. Estela, como estatua, deteniendo un cigarro encendido en la mano derecha y una copa de champaña en la otra, mientras le hacían un moño descomunal que más bien parecía un pajaro muerto sobre su cabeza. Que eso no le iba arruinar el día, que ninguna lluvia iba a hacer que las cosas no fueran cómo se las había imaginado, nos decía a Carlos a mí, que éramos los encargados de aprobar que el maquillaje y el peinado le fueran bien con el vestido. Nunca tuvo amigas, por lo menos no por entonces. Odiaba a las mujeres, nos decía, que no hablaban más que de ropa, de hombres y de niños, pero que en un momento como ese, no le habría venido mal una. Que nosotros qué íbamos a saber de vestidos de novia y peinados y esas cosas. Pero nos dejó mirarla. Admirarla. Aprobar el resultado final. Estela, vestida de blanco y con un pájaro rojo anidando en su cabeza. Estela caminando hacia el altar como la única certeza del amor. Brillando, como siempre. Estela, sonriendo, con la copa de champán escondida entre las flores del ramo.

Alberto y Estela fueron una pareja feliz los primero años. O siempre se veían felices. O siempre parecían felices. Tenían una maña para que les pasaran cosas extraordinarias, como la madrugada que subían de una boda del Puerto y se les quedó el carro en plena soledad y tuvieron que esperar a que amaneciera y pasara el primer bus. Tenían una gracia para contar el momento en el que se subieron completamente vestidos de gala, se atropellaban las palabras mientras hacían grandes gestos imitando las caras de los pasajeros al verles la facha. Se reían. Y nos hacían reír. Nos hacían felices con su felicidad. Al menos a mí. Como dije, era la certeza más cercana que tenía del amor. De lo que podía ser o pudo haber sido. Hacían fiestas descomunales con cualquier cantidad de güaro y marihuana y comida e invitados. Conocíamos mucha gente allí. Gente rara de todas las especies: escritores, pintores, ilustradores, arquitectos, publicistas; siempre había gente diferente, siempre sus fiestas terminaban en una locura, en un amasijo de cuerpos bailando, brincando, gritando enardecidos. Y siempre Estela allí, pasando y paseándose como si nada pasara, como si nada pudiera tocarla o alcanzarla, destacando con ese brillo particular, con esa manera de sonreír sin mover si quiera los labios, con esa forma en la que se le iluminaba la mirada. Estela cantando come on you stranger, you legend, you martyr, and shine y acercándose tanto a mí que podía sentir su olor tan parecido a como podría oler la luz.

Pero sí, de vez en cuando volvía a caer en el pozo. Algunas veces por días. Algunas otras veces la perdíamos por meses. Se acababan las fiestas bulliciosas, deambulaba por la casa, las pocas veces que la veíamos, como una sombra, como algo fugaz. Alberto se cansaba de tratar de encenderla, de sacarla, de avivarla, como él mismo decía, y se perdía él también por días o semanas. Y siempre le quedaba yo. Porque esa era mi misión en la vida, decía Estela. Quedar. Estar. Soportarla. Acompañarla en el pozo, en el que entonces sí me dejaba entrar. Mirábamos películas. Nos emborrachábamos en silencio. Fumábamos sin perder la compostura. Yo la acompañaba y ella, la mayoría de veces, lloraba, y yo la dejaba, porque esa era mi misión en la vida, la única a la que le encontraba sentido, era un imán, ya lo dije, y yo quería estar pegado a ella, verla dormirse con los ojos hinchados, abrazando un cojín peludo de los sillones. Verla dormir con el colochero rojo enredándosele en los sueños. Hubiera querido que fuera feliz. Nada más. Pero en esos momentos me daba cuenta  que para ella no existía la felicidad. Ni siquiera la tranquilidad mediana que todos buscamos.

IV. Cargando a Estela.

Carlos y yo tuvimos que cargarla cuando ella y Alberto se separaron luego de seis años de un matrimonio que no daba para más. Volvimos a ser los tres y a ratos los cuatro, porque Carlos ya tenía casa con patio y mujer y un hijo por venir. Volvimos a ser los tres a veces y antes de que Estella le dijera adiós para siempre al colochero rojo y se dejara el pelo casi a la altura de las orejas y del color natural, que por entonces supimos que era castaño oscuro, con algunos reflejos más claros que brillaban con el sol. Con ese sol que se le metió entonces otra vez en la vida y abrió todas las ventanas de un apartamento pequeño con vista a un San Salvador rugiente y enfadado, como ella, que quería recuperar el tiempo, la carrera de artes a medias, que quería pintar, que quería escribir, ¿qué era lo que no quería? Bajábamos al mar y quería piedras, conchas, caracoles, quería pareos de todos los colores, quería tenderse al sol, olvidarse de sí misma por horas, olvidarse de mí, supongo, sentado junto a ella con un libro que nunca leía, con una cerveza que se calentaba de tanto olvido, solo quería vivir, decía, yo solo quería vivir junto a ella. Quedar. Estar. Soportarla. Cargarla todas las veces que fuera necesario. Y entonces, tampoco tuve tiempo de saber o entender o preguntarle cómo me quería, porque una mañana de octubre, unos días antes de su cumpleaños número treinta y cuatro, desapareció con toda su vida sin decir adiós. No la busqué. No estaba para eso. Además, como ya dije, ni yo estaba seguro de cómo me quería y hacer un drama de persecución por un aeropuerto o país o ciudad, tal vez hubiera sido demasiado. No iba conmigo. No quería caer en la escena que tal vez, como me lo confesó muchos años después, ella hubiera esperado. Me casé algunos años después. No es que lo hubiera buscado. Claro, haber vivido contemplando la vida de Estela por más de diez años no me había permitido la más mínima oportunidad de conocer otras mujeres y tener alguna relación normal. Supongo que a esas alturas de la vida ya no se tiene todas aquellas expectativas de un amor que te vuelva loco o enloquecer por alguien o querer hacer todo por alguien, o anularse por una persona que sabés que te quiere, pero no le de la forma en que vos quisieras que te quiera de regreso. Vayan a saber. La verdad es que me casé sin grandes alborotos y sin aquella infatuación necesaria para llevar a alguien a vivir con vos. La verdad que todo era tan tranquilo que a veces me despertaba a media madrugada esperando que Elsa estuviera convulsionando en histeria y llanto, esperando que no pudiera dormir, esperando al menos un asomo de insomnio en su cara, dormida. Pero no. Elsa no cuestionaba nada, no hacía aspavientos para hablar, y su locura o indecisiones más grandes eran seleccionar la película que quería ver. Y así fue. Una vida tranquila fue hecha para mí. Ella la construyó sin mucha dificultad, con una paz que era casi imposible que viniera de un humano. Pero venía de ella que siempre tenía todo bajo control. Un control que no molestaba, saben, un control que le salía tan natural y del alma que parecía que estaba hecha para eso. Y yo me acomodé, como solo un hombre que viene de tratar de encontrarle explicaciones a las cosas, podía hacerlo.

V. Estela en tres etapas. 

Nunca me gustó Nueva York y esa primavera hacía mucho frío. Demasiado como para caminar como otro transeúnte más que trata de confundirse entre la gente. Esas calles tan anchas y difusas, tan quién sabe para dónde van, siempre me dieron el pavor típico de un latino acostumbrado a las calles estrechas y desordenadas. Pero allí estaba, tratando de encontrar el número de línea adecuada del metro para estar a la hora indicada en la 42. “A unos pasos del MoMA”, me había dicho en perfecto español la recepcionista o lo que fuera de la nueva editorial con la que de alguna forma la franquicia que yo representaba quería hacer alianza o negocios. Sí, negocios, esa palabra tan intimidante para alguien que como yo solo sabía de libros y  literatura. Pero alguien tenía que hacerlo, me había dicho mi jefe, que solo sabía de números y estadísticas. Resulta que soy malo para las direcciones, para las ubicaciones, para eso siempre tuve a la controlada Elsa, mi capitán, oh, mi capitán, en todos esos asuntos de ubicarse. Y ese día. Ese día de esa primavera demasiado fría, lo único que podía encontrar era la famosísima fachada del MoMA con sus vidrieras y banners. Una vuelta a la calle, y el museo otra vez. Otra vuelta y las vidrieras con el anuncio de la nueva exhibición. Otra vuelta y la nueva exhibición otra vez. La hora convenida para la reunión eran las cuatro de la tarde, y faltaba más de treinta minutos, así que decidí entrar al museo para calmar mi ansiedad y el frío que a esas alturas se colaba por mis pulmones como un dolor demasiado anticipado para mi edad. Ya había estado allí una vez antes y lo que más me había gustado era todo el salón dedicado a Pollock así que allí me dirigí, necesitaba su descontrol para controlarme. Me fui directo a esa pintura, la 502 o algo así, esa manía del hombre de nombrar sus pinturas solo con números. Esa, la que esta llena de corcholatas, colillas de cigarros; esa, colgada como si nada de la pared con su brochazos sin límites y su desorden prominente. Siempre me gustó el desorden, pensaba, mientras pensaba si tocarla o no, si poner mis dedos sobre los chispazos que el hombre alguna vez lanzó y el vigilante apropiado y correcto me anunciaba “no se puede tocar”. Y fue entonces, en ese momento, mientras mi mirada y mis dedos avergonzados buscaban en dónde posarse, que mi mirada se posó en ella. Ella, con el pelo castaño más corto que el mío, con un cuello largo, con las manos cómodamente descansando sobre la banca de madera. Ella, Estela, no podía ser otra aunque estuviera de espaldas. Ella, Estela, aunque su abrigo, guantes, pantalón y botas, no dejaran ver nada más que su silencio frente al gran cuadro. Estela, dije, parado a tan pocos centímetros que podía sentir su olor, tan parecido a como podría oler la luz.

La mirada de Estela, reconociéndome en un museo. En tres etapas.

Etapa I: Escucha mi voz, su nombre, y vuelve a ver como quien mira un horizonte desértico que nunca termina. Duración: algunos segundos.

Etapa II: Sus ojos se detienen, suspendidos en algún recuerdo, en muchos recuerdos y palabras, sus ojos se clavan en los míos con una chispa que se va encendiendo en cámara lenta. Lentísima. Duración: treinta y nueve segundos.


Etapa III: La mirada le brilla, finalmente. Sonríe con los labios, los ojos y todo el cuerpo. Me abraza. Me duele el corazón. Duración: alrededor de cinco minutos)


VI. Veinte horas con Estela.


Estela en primavera, aunque hiciera frío, caminaba por las calles de Nueva York como si hubiera nacido allí. Que el destino era una cosa tan caprichosa, repetía sin sacar las manos de su abrigo, que siempre había odiado a Pollock, que no lo entendía, pero no sabía qué la había llevado a sentarse en esa banca, que tenía más de media hora de estar allí viendo los splashes de pintura, qué quién iba a saber qué hacía allí, pero seguramente esperándome. Esperándome, repetía.

Habíamos caminado no sé cuántos minutos, probablemente mucho más de una hora, luego de que, guiada por ella misma al lugar, hubiera salido de mi reunión con la editorial, que al final había resultado un éxito. Nos sentamos en una banca en Riverside, bastante cerca de la 104, que era donde estaba ubicado su apartamento, me dijo. El Hudson lucía bastante poético a esa hora en que el sol iba desapareciendo en el horizonte casi como un objeto que ya no quiere estorbar más. Las olas del agua brillaban con la última luz y Estela se empeñaba en seguir queriendo saber de mí, qué había hecho, qué hacía, si me había casado, si tenía hijos. Hablaba y reía como siempre, haciendo grandes gestos con las manos, avivando cada vez más su ojos de color extraño. Que sí, que me había casado, que no, no tenía hijos... Y me detenía un poco hablando de Elsa y nuestra vida sin sobresaltos.  “¿Pero sos feliz?”, preguntaba y sin dejarme responder seguía, “decime que sos feliz...” Y la palabra feliz se quedaba resonando en mi cabeza cada vez que la mencionaba, como un eco sordo y lejano.

No, no soy feliz.

La noche parecía eterna y al parecer Estela no quería hablar de sí misma. Le huía a mis palabras cada vez que quería escudriñar en su vida.  Nos conducíamos sin mucho preámbulo a su apartamento luego de varias horas de caminar, sentarnos en alguna banca, caminar, mirar alguna vitrina, caminar, volvernos a sentar, mirar el río apagarse entre las últimas luces del día. Su edificio era bastante antiguo, con corredores estrechos y oscuros. Su apartamento estaba en el piso siete, pero no había querido usar el ascensor. Que siempre le había dado miedo y desconfianza, me dijo, que el edificio siempre parecía estar abandonado y en ocasiones tenía la sensación de que algún alma en pena se le iba a aparecer por allí, dentro del ascensor, al salir de él. Prefería las escaleras. Además hacía el ejercicio que nunca llegaba a hacer.


Estela en su apartamento, que no era más grande que el dormitorio de mi casa, se desenvolvía como el ama de casa que nunca llegó a ser, recogiendo prendas tiradas y colgadas de cualquier parte, colocando diferentes lápices de grafito dentro del recipiente colgado a un lado de la mesa de dibujo, cerrando libretas con bocetos y páginas en blanco y colocándolas una encima de la otra, buscando vasos pequeños para servir el sake que había comprado en la licorería de la esquina, invitándome a sentarme dónde fuera posible... La silla de la mesa de dibujo, los cojines enormes de colores, tirados sobre la alfombra negra del espacio que parecía ser la sala, el único sillón que daba a una ventana escasa y en donde probablemente se sentaba a leer, porque a un lado, en el piso, se encontraban apilados varios libros; la cama blanca, completamente blanca, separada del resto del espacio por un biombo de madera. Me senté en el suelo, en uno de los cojines, revisando la pila de libros, algunos en español, otros en inglés: Bradbury, Gioconda Belli, Auster, Marcal Aquino, Woolf, Plath, Huezo Mixco (bien por El Salvador, bien por El Salvador). Me los había leído todos, pensé, en eso trabajo, pensé, leyendo, interesándome por esas historias de los otros, y podría ser un buen tema de conversación para romper ese silencio que ya era demasiado largo. Ella estaba de espaldas a mí, en el reducido espacio que servía de cocina, abriendo la botella de un turquesa nevado que me había sorprendido desde el principio, una botella diseñada no solo para contener su líquido, sino para ser hermosa, para admirarla, para querer guardarla en una esquina de alguna parte de la casa. Que era una egoísta, me dijo al voltear con los dos vasos servidos, que ni siquiera me había preguntado si me gustaba el sake, que había decidido ella sola, que a ella le gustaba desde hace años... Desde que llegó allí. Yo solo sonreía y alargaba mi brazo para recibir el vaso. Ella se sentó cerca, en alguno de los otros cojines. Tan cerca que podía presentir su aroma desmedido a luz y estrellas.


Remember when you were young, you shone like the sun. Habíamos oído tantas veces esa canción... Cientos, miles de veces, que oirla una vez más ya no era nada del otro mundo. Shine on your crazy diamond. Nada del otro mundo menos en ese momento en que el mundo era otro y Estela otra, convertida en todo lo que algún día tuvo que haber sido, con la piel tan transparente y la sonrisa tan suave que daba miedo incluso acercársele. Now there’s a look in your eyes, like black holes in the sky. Shine on your crazy diamond. Quién iba a decir que esa piel de tantas veces, tantas veces vista iba a ser tan suave y que esos labios que tantas veces me habían sonreído, que tantas veces habían pronunciado las palabras más duras y terribles y despiadadas e infames; iban a ser tan suaves, tan blandos, tan líquidos. Estela era suave y eso nunca lo hubiera imaginado. You were caught in the cross fire of childhood and stardom blow on the steel breeze. Estela era un cuerpo que había sido hecho para estar entre mis manos. Eso pensaba y no sé qué pensaba ella. No me importaba. Porque estaba amaneciendo y de alguna manera yo volvía a tener 26 años y ella volvía atrás borrando toda la historia que ne ese momento ninguno de los dos quería recordar. Come on you target for faraway laughter, come on your stranger, you legend, you martyr, and shine!!


Estela era todo lo que hubieras esperado de una mujer a tus veintitantos años. Estela era esa sorpresa brillando a las ocho de la mañana, haciendo café en algún lado de su diminuto apartamento, envuelta en una camiseta blanca demasiado transparente y una luz desmedida.


VII. Estela, la luz y los finales.



Claro, me separé de Elsa esa Semana Santa. Ella se quedó con el carro, la casa y la promesa de los hijos que nunca tuvimos. En su mente organizada, nunca supo entender las razones, que ella era todo para mí, me dijo, que me había ordenado la vida, seguía, sin perder la compostura y el buen porte, hasta que, luego de cinco horas de quererme hacer entrar en razón, se le desató el animal emocional que llevaba dentro y comenzó a lanzarme las copas y lo vasos de los juegos que nos habían regalado algunos años atrás para nuestra boda. Tuve que esquivar algunos, la mayoría terminaron hecho pedazos contra la pared de la sala mientras yo huía. Solo la volví a ver el día en que firmamos los papeles. Ecuánime y medida como siempre, sonrió algunas cuantas veces, con pausa y parsimonia, como ella. Me deseó Buena suerte en mi vida, me estrechó la mano al saber que me dejaba casi en la calle. La abracé de regreso sin saber qué iba a hacer con lo que me quedaba en la vida.


Me quedaba Estela. O al menos eso era lo que yo imaginaba.