Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20170209

Permanencia voluntaria


Afuera todos hablan de cómo me salvaste. De la forma heroica en la que, en el último instante, me tomaste del cabello para impedir que saltara al vacío. En la tele dicen que me salvaste; igual que el periódico que Teresa me trajo a leer en la mañana. No quiero ver más, ni escuchar nada.

¿Salvarme? ¿De qué? ¿De la libertad? ¿De mi decisión? Me salvaste, dicen. ¿Para qué? ¿Para volver a lo mismo, a este camino sin salida al que entré cuando te contesté aquel primer saludo?

Parada sobre ese techo me sentí, por primera vez en años, dueña de mí, de mi destino. No sé cómo llegaste hasta allí... Oh claro, me seguiste. ¿Fue el GPS que pusiste en mi carro? De seguro viste que salí sin consultarte, sin pedirte permiso, e imaginaste que iba a encontrarme con algún amante. Sí, eso debió pasar. Tus malditos celos, como siempre.

De un tirón me arrebataste ese momento de autonomía. Me anulaste de nuevo, aunque para todos ahora sos un héroe. Teresa dice que te han entrevistado y tomado fotos. Me cuenta que sos como el nuevo príncipe soñado en redes sociales; que has recibido mucho apoyo, el joven esposo abnegado que ha sufrido el golpe de ver a su mujer intentarse quitarse la vida.

¡Qué suerte! ¡Qué feliz coincidencia! ¡Qué valentía que llegaste a tiempo para librar a esta pobre infeliz de sus propios desvaríos, de ese intento cobarde de quitarse la vida!

Ahora es... Oh, la ironía, como si no existiera.

Nada de lo que digo vale para nadie. Ni siquiera he logado encontrar un poco de luz en Teresa .  Llora y me reclama cómo pude siquiera intentarlo sin pensar en ella, en mamá, en el tío Gustavo... La  pena que les he causado.

Al siquiatra le he dicho todo. Le hablé de los golpes, de las amenazas de muerte, de la gente a la que le pagaste para que me siguiera, de lo bebés que he perdido, de cuánto te odio. Silencio. Anota y no me cree nada. "Desvaríos de suicida ", murmuró la enfermera. "Esta mujer está grave, ¿viste al encanto del esposo? Es que hay quienes tienen todo resuelto en la vida y por eso se inventan problemas", ha contestado la otra.

Veo al techo, ya sin fuerzas para nada , ni para sacar las lágrimas que se me atoran en la garganta. Supongo que es el medicamento. Me  cuesta respirar. No logro pensar con claridad.

Y sin embargo, estoy más resuelta que nunca. Esta vida debería ser de permanencia voluntaria, y yo he decidido que quiero levantarme e irme.


20170206

La nausée en la tina

La nausée en la tina


inspirado en Present Tense - Radiohead
heal blind love
is that even a sentence? she didn’t know
she’s ––

Se dieron un último beso que parecía a penas una pista, el primero de muchos. En público, un beso en la mejilla es solo una promesa. En privado, había habido miles de besos de labios húmedos y sedientos, cuerpos sudando; las barbilla se raspan con besos y barbas. Adiós; tranquilo y casual. ¿Cuántos deseos habían contado sin contar cada beso?

Cayeron suspiros y amenes y cosquillas se asentaron en el estómago, separados. (Mis piernas aún tiemblan, dice; pero no cuenta, jamás.) Un buen respiro y ella, espalda recta, sale preparada para lo peor, el peso del ahora no cuenta cuando canta el pasado y condiciona al futuro, y empieza entonces a avanzar sin él a su lado, pero con él en su mente. Azulejos y piedritas firmas no se comparan con la estabilidad de sus emociones, como late tranquilamente mi corazón al verte estar allí, aquí. Hay distancia, y la acepto, le dice saboreando el té helado con menta. Solo allí, en un café que ahora ya no existe, sirven buen té helado hecho en caso.

Debe ser la menta.

O es que, como ya se está yendo el verano, el hielo mentolado sabe mejor que nunca.

(Esta es su vida, con barbilla raspada y encontrando sabor a lo insaboro.)

Ignoró a los testigos y se fijó de nuevo en los labios quebradizos, había que volver a besarlos. ¿Es normal que se besen y abracen? Hace tiempos que ya en su cabeza se habían besado, y cada vez que hablaban él se iba a un mundo en el que no había barreras ni tapujos.  Pero había que irse, dejarla; la semana empezaba y la vida sigue. Me quedo hasta el viernes.

Había que caminar, y necesitaba café de manera urgente. Lo acompañan, el largo de la calle y en cada callejón, el murmullo de la música, cada elemento de cada canción. Así suenan los espacios de descanso: a los pedazos de belleza que le revelan sus gustos, que graba. Y pesa más su cuerpo que de costumbre, con esta mente liviana.

Su camisa está empapada en sudor.

Aún tiene ropa limpia, pero todo le da la impresión de estar usado y envejecido, salvo por el recuerdo de él y ella.

(Deja correr el agua y se llena la bañera. Se deja caer en el manto del agua caliente, una cerveza y lee La Nausée, solo.)

20161116

Un trago, solo


relato inspirado en "Barracuda" - Heart
Dicen que es importante prever las amenazas, les aléas, cuando uno sale al campo de su trinchera que venimos tejiendo; el campo minado incluye riesgos, ¿pero podemos realmente dejar de exponernos? A cada quien, to each her own, estrategia de guerra, según el camino y las conclusiones a las que hemos llegado sin querer queriendo. ¿Por qué no probamos disfrazarnos? Es más fácil, la verdad, que ser atacada por ser inofensiva, ¿cuál es el miedo y a quién le importa…? Y, bueno, así se armó una argumentación que la convenció de ser Teresa, y // acostarse con las normas sociales y mimetizarse con lo aprobado… Una peluca rubia un labial no muy rojo nunca un sombrero tacones depilaciones lo que fuera necesario para construir un perfil perfecto una silueta deseada hablar con mesura pensar en voz baja caminar recto combinar fertilidad con curiosidad // así combinar expresarse y protegerse, está en sus manos, desde hace un par de años, qué revela y qué no, a quién no y a quién sí, y se traga y siente el estómago las heridas de batallas anteriores, aunque ya no se vean los moretes, y es mentira que los demás entienden, pero… Se mira en el espejo el cabello que apenas le crece que oculta debajo sus pelucas y hoy va ser platino casi gris, sus labios combinan con Penélope Cruz, sus sueños se dejan ver apenitas en este rol en este labial en esos tacones y dos grandes aretes perlas que se coloca uno por uno (cuando le pesan los hombros, se demora más en el espejo, va a salir y lo siente y lo piensa) y el espejo está sucio y hay que limpiarlo, pero no ha podido organizarse bien y está vuelto nada el apartamento. Sera mejor que no regrese con nadie, que solo se tome un trago, que cuando alguien se le acerque y sienta la premisa del juego de guerra, lo piense dos veces antes de tomar esas malas decisiones, que bailar un poquito y hablar despacito no la lleven, no tan rápido, por altos y por bajos; y menos a aquellas esquinas y callejones a pesar de su disfraz, a pesar de su fuerza, a pesar de su no, pero mejor solo un trago y que el maquillaje no se corra.

20160523

Inquina


Ilustración: Otto Meza


El carrusel avanzaba lentamente y hacía un extraño rompimiento con la música acelerada que inundaba la noche. El volumen era exagerado, pero ¿qué de esa noche no lo era?

Las luces en el cielo se confundían con las estrellas, no se sabía qué era natural, qué era artificial, un caleidoscopio de pequeños focos, bengalas, fuegos artificiales y las pocas estrellas de aquel cielo veraniego que se negaban a ser opacadas por el exceso de iluminación formaban un velo iridiscente bajo el que la fiesta adquiría un tono de surrealismo al que nadie escapaba.

Lo más real del momento era el galope de su corazón, sus manos frías y esa embriaguez que definitivamente no se debía a las dos cervezas que había tomado. Sarah sospechaba que era la música, la hora, las risas, ese hoy-se-vale-todo tan extraño para ella. Pero sobre todo, la compañía de Andrew.

Sus días llenos de rigidez y tareas, de horarios y compromisos, de control, control y más control, habían preparado el terreno para que esta noche, justo esta noche, fuera tan espectacularmente especial. Se le cruzó precisamente ese pensamiento: de no ser por la vida gris que había llevado hasta hoy, no se sentiría extasiada y embriagada por lo que en ese instante ocurría. De pronto se encontró dando gracias por tanta disciplina y rutina, pero al mismo tiempo la horrorizó la certeza de que mañana volvería a esa normalidad... Sacudió la cabeza y paró allí su hilo de ideas. No quería arruinar su momento.

—¿Bailamos?

Andrew le extendió el brazo y tomó su mano, que seguía fría, a pesar del calor sofocante que se mantenía aún a esa hora. Sarah se incorporó suavemente, sin prisa, fiel a su objetivo de prolongar aquella vivencia tanto como pudiera, de expandir los segundos hasta donde dieran sus fuerzas. Imaginó un reloj elástico, y rió con la idea de poderlo estirar a su antojo.

En la pista apenas había espacio. Las parejas rebotaban entre sí en una danza desordenada y alegre. Algunos hablaban a los gritos, otros reían y comenzaban a abundar los besos. Pero para Sarah todo lo demás sobraba. Existían sólo ella y Andrew. El roce de su cuerpo tibio, el olor de su colonia impregnado en la camisa de algodón, la sensación de su barbilla mal rasurada sobre el hombro de ella, su cercanía, esa deliciosa cercanía, interrumpida cada tanto por las exigencias de los pasos de baile entre melodías cada vez más aceleradas... todo era perfecto, no podía pedir más.

Al lado de la pista de baile, decenas de jovencitos se malacomodaban en las bancas de la improvisada cafetería. La carpa apenas lograba cubrir el tumulto de gente que comía y bebía entre aquel jolgorio. Allí, entre los comensales, Alicia había logrado sentarse y seguía a los danzantes con la vista.

Una amargura que la hacía desconocerse a sí misma le impedía tragar la limonada que ya se había calentado en el vaso de cartón. Veía a Andrew, a su Andrew, bailando con una chica de nada, feliz y entusiasmado,  apretándola contra su cuerpo y diciéndole quién sabe qué cosas al oído.

La amargura le sube a la cabeza, de la misma forma que lo hizo el rubor, aquella vez que había sido a ella a la que le había susurrado algunas palabras al oído:

—Hasta la próxima, muñeca.

Sólo que "la próxima" nunca llegó. Esa primera y única cita con él la había dejado en pausa. Ella se consideraba una muchacha libre, experimentada, sabedora de los rituales del cortejo adolescente e incluso de las técnicas utilizadas por los hombres mayores, al menos por los tres con los que había estado. Pero Andrew tenía algo especial, algo que la cautivaba y que la había dejado prendada. Jovial, despreocupado, demasiado coqueto, le parecía un punto de equilibrio ideal que se alejaba de la inocencia y falta de decisión que le irritaba tanto entre los jóvenes de su edad, pero tampoco llegaba a la altanería y cinismo que había encontrado en los hombres mayores.

Durante días y semanas esperó que la llamara. Su ansiedad crecía y finalmente se decidió a buscarlo ella misma, para encontrar únicamente respuestas evasivas. Inventaba pretextos para encontrárselo, incluso se ofreció a ayudar a su padre con las compras de los insumos para la granja en la tienda de la familia de Andrew. Al padre le extrañó el repentino interés en los asuntos del hogar. Él y su hija no se llevaban bien y apenas intercambiaban un par de palabras por las noches.

Alicia persistía, ilusionada, pero el joven comenzó a evitarla.  Ella no se rendía fácilmente. El efecto no fue el esperado. En lugar de tomar a bien el interés de la chica, Andrew decidió cortar todo contacto con ella, lo que la dejó confundida y resentida.

Los recuerdos se mezclaban en su cabeza, sublimaba la intensidad y la importancia de los pocos momentos que habían compartido, y minimizaba los rechazos que había recibido. Quizá él sería muy tímido, o estaría confundido. Había terminado por causarle cierta ternura que él no fuera capaz de encarar su amor. Pero esa noche, esa calurosa noche llena de luces en medio de la multitud embriagada por la fiesta, la ternura había dado paso a un odio y a un resentimiento que la mantenían paralizada en una banca de madera mientras veía a Andrew y a Sarah prestos a darse el primer beso.

—¿Ganador o perdedor? ¡Usted decide su suerte, venga y atrévase!

El grito del encargado de la carpa de apuestas la hizo dar un salto en el asiento. Vio a su alrededor y se sintió extraña, foránea, totalmente fuera de lugar. Le irritaban las risas, el alegre ambiente, la música, las luces. La amargura había vuelto a bajar a su pecho y la asfixiaba.

—Pues sí— se dijo — quizá deba ser así. Quizá esta vez decida no ser la única que pierda.

Metió la mano al pequeño bolso de tela y acarició con feliz anticipación el frío metal del revólver que algunas horas antes había sacado del cajón de su padre.


20160314

Miss Barrio Concepción

Relato inspirado en "Miss Sarajevo" de U2 y Luciano Pavarotti

A la inocencia,
que se nos muere sin darnos cuenta.

La escena era dantesca, las llamas salían por las ventanas, arrasando todo a su paso, todo lo que estaba en el edificio sería destruido sin nada que pudiera evitarlo. Era desolador.

Abajo, todas las personas que habían logrado salir a tiempo miraban estupefactas el alcance del desastre. Nadie decía nada, el rechinar de las llamas en contacto con el cemento, con las telas, con la madera y con todo tipo de materiales se hacía escuchar a muchas cuadras, la luz en los rostros tilosos y entristecidos de la gente doraba no solo planes rotos, sino también la desesperanza. ¿Qué les quedaría luego de ese día de infamia?

- ¿Han visto a la Adelita? - se escuchó la voz de un hombre joven. Al instante todos salieron del hipnotismo de lo nefasto. Un rumor empezó a escucharse mientras unos se veía a otros. La respuesta era una sola, nadie la había visto desde antes de que la alarma los despertara y salieran en estampida rescatando lo único que tenían puesto y las ganas de vivir. 

A lo lejos se empezaron a escuchar las sirenas, alguien al fin había llamado a los bomberos, alguien al fin se apiadó de los adultos mayores y los separó del cordón humano al rededor de lo que quedaría de sus hogares, inmediatamente llegaron bomberos, paramédicos y el alcalde con su tropa de gente falsamente piadosa municipal, protegieron a los niños, dieron mantas a los ancianos y otorgaron oxigeno a los asmáticos, nadie sabía donde estaba la Adelita y aunque todos se preguntaban por ella, nadie se miraba ofuscado buscándola, con la desesperación del amor. 

Alguien le dijo al jefe de bomberos que faltaba, en el censo de seres humanos y máscotas, la loquita del barrio. La Adelita. Se dio la voz de alarma. Ella siempre dormía en el sótano abandonado del edificio, siempre con primor guardaba sus pocas pertenencias, tan protegidas que nadie sabía de qué se trataba su tesoro envuelto en trapos chucos.

El siniestro fue apagándose poco a poco, los bombero fueron combatiendo a las furiosas llamas, arrancaron de sus brazos pocas pertenencias de algunos inquilinos, fueron despacio y con cuidado abriendo habitaciones, hicieron censo de pérdidas, revisaron posibles causas del inicio del incendio, recuperaron fotografías a medio quemar, juguetes rotos, cuadros quebrados, cada habitante del edificio agradeció la entrega de un pequeño escombro, era lo que quedaba, eso y la vida, ese pedazo carbonizado de su vivienda y la vida. 

Cuando ya solo quedaba humo y carbón y las llamas se habían apagado, volvieron a decirlo, la Adelita no aparecía, ya era preocupante, alguno de los cuerdos presentía algo malo y lo contagió, los bomberos, los paramédicos y la gente de la alcaldía se dedicaron a buscarla entre las ruinas. La encontraron en su antiguo refugio; calcinada.

Sus manos de anciana estaban pegadas a su tesoro: la corona de latón, la que le dieron cuando la proclamaron reina del barrio, allá por mil novecientos cuarenta y siete.

20160116

La luz

Relato basado en Space Oddity, de David Bowie




Ilustración: Otto Meza




Día 1
¿Dónde está mi traje? ¿Es este el ajuar de la muerte, una desnudez fría? Es posible. Llegamos al mundo vestidos sólo con nuestra piel y la tibia viscosidad remanente del vientre de nuestras madres. En cambio, ahora tengo frío.

Día 2
Quiero moverme pero mis músculos se han vuelto plomo inmóvil. ¿Serán mis músculos? ¿Será que este cuerpo nuevo es así, helado e inamovible? Nunca imaginé así la muerte, la conciencia presa por siempre en el cadáver mustio que irremediablemente volverá a ser polvo... Pero no puede ser. Mi cuerpo material debería estar aún vestido, sí, debería tener mi traje, no hay modo de que fuera diferente.

Día 3
Me pesa pensar. Apenas logro ver. Todo es blanco aquí, tal y como lo pensé. La luz era blanca, blanquísima, me envolvió, me cegó. Estoy sobre una cama, quizá una mesa, o simplemente una plataforma de algo que parece metal. Creo que por eso tengo frío todo el tiempo. Lo que no me explico es esta alternancia entre conciencia e inconsciencia, este ir y venir entre recuerdos de mi colorida vida en la Tierra y este blanco despertar en ¿la muerte? Ya no sé, ya no estoy tan seguro.

Día 4
¿Cuánto tiempo ha pasado desde que flotaba en el espacio? Recuerdo la angustia que me invadió cuando veía alejarse la nave, la opresión en el pecho, el galope de la ansiedad en mi pecho. Y luego, la luz. La paz que me dio esa luz me hizo suponer que, después de todo, estuve equivocado todo el tiempo y sí hay un dios, sí hay algo más allá, y que la muerte no es el final de todo. Pero ahora todo es confuso. Extraño las estrellas. Siempre fueron la única constante en mi vida. Desde el hueco del techo de la granja cuando me escapaba al cobertizo, desde la ventanilla del auto en los largos viajes con mi padre, desde las noches de desvelo en el tecnológico. Ellas, siempre ellas, y ese inexplicable anhelo por ir siempre más lejos. ¿Valió la pena? ¿Habrá algún  legado en mi sacrificio, más allá que una escuela que lleve mi nombre?

Día 5
La Tierra luce particularmente bella desde el espacio. Aquella es una visión sobrecogedora. Nos hace sentir pequeños, ínfimos. La vista de las estrellas lo es más aún, y aunque el rigor científico y mi natural escepticismo siempre me hicieron dudarlo, ahora creo que no estamos solos. Al menos yo no. No estoy muerto, pero no sé por cuánto tiempo más sea así. Supongo que una vez obtengan lo que quieran no les seré más útil y deberán desecharme. O querrán diseccionarme. La curiosidad con la que me observan me hace pensar que soy el primero que ven. ¿Será que no han llegado realmente hasta la Tierra? ¿No les atrae visitar esa peculiar esfera azul en un sistema planetario más bien muerto? Quizá no, quizá sea mejor así.

Día 6
No sé dónde floto ahora. Sé que no es aire, no es una cámara sin gravedad. Creo que es agua. Trato de entender cómo respiro en este líquido y sigo vivo y alerta de todo lo que pasa. Nunca me gustaron los acuarios, y ahora me observan como a uno de tantos delfines que soñé liberar en las visitas a Miami durante las vacaciones veraniegas. Me observan y los observo. No han intentado hablar conmigo, y yo no tengo intención de decir nada. Espero que me tomen por un bruto, por un espécimen de una raza radicalmente inferior a la que no vale la pena conocer. Mi única preocupación en este momento es la nave. Podría haber rogado al dios en el que creí brevemente que no encontraran mi nave.  

Día 7
Me han devuelto mi traje. Ha sido un alivio no padecer más de frío. Sigo inmóvil, de espaldas en la plataforma en la que desperté el primer día. Qué curioso que yo siga pensando en términos de días. No sé cuánto tiempo he estado aquí y los conceptos de días y horas de la Tierra no tienen ningún sentido. Mi equipo no funciona. Nada. Supongo que estas criaturas me han vestido por alguna consideración para con mi dignidad. Me río de mis propios pensamientos. No me han dado mejor trato que el que le daríamos a una chinchilla en un laboratorio de la tierra. Debo seguir siendo la chinchilla, uno no piensa que las chinchillas representan algún peligro ni considera siquiera la idea de aniquilar a la población completa de chinchillas.

Día 8
Abro los ojos y siento la brisa en mi rostro. El inconfundible olor del campo recién segado. El sol no me deja ver bien pero escucho a mi madre hablándome. "¡Qué bien lo has hecho! ¡Eres famoso ahora!", me dice. "Los periódicos no han dejado de llamar y tu padre refunfuña con cada solicitud de entrevistas". Me paro con dificultad, camino hacia ella y la abrazo, la aprieto, siento el olor a galletas de su cabello, el dulce roce de su delantal de algodón crudo. "¿Madre? ¿Cómo es posible?". Y lloro, lloro de felicidad y de alivio.

Día 9
Me duele el cuerpo. Las fantasías y los sueños vívidos durante los periodos de coma a los que me inducen son cada vez más reales, ahora dudo de mi cordura. Estoy en lo que creo es una celda. No hay puertas ni ventanas, qué maldita obsesión con el blanco. Pero me dejan moverme, puedo caminar, puedo tratar de explorar. Doy vueltas, recorro una y otra vez aquel confuso espacio sin formas particulares. Más bien pareciera que cambia para aumentar mi tormento. Finalmente abren la puerta y me ven. Les grito, les exijo saber qué quieren, les llamo cobardes, lloro, les pido que me maten. Luego un sonido fuerte y la nada. La nada.

Día 10

En la inmensidad de esta plataforma mi nave no es más que una pequeña y delgada lata. No sé cómo desperté acá dentro. No veo a nadie. No veo otras naves, solo la plataforma y, al final de esta, una esfera negra que pone fin al desesperante blanco, al maldito blanco de este lugar. Ese pequeño trozo de espacio me llena de alegría, puedo huir, puedo flotar entre las estrellas, puedo quitarme el casco y terminar con mis miserias. Quizá eso quieren. No me han matado ellos mismos pero saben que no duraré mucho allá afuera. Qué poco saben de los humanos. La muerte en libertad. La prefiero con creces sobre la vida como su conejillo-de-Indias-cautivo. La nave funciona.  ¿La han reparado ellos mismos? Se abre una puerta y los veo allí, pálidos y altos, inexpresivos, observándome. Un zumbido y se aparta el techo de la plataforma. Un segundo zumbido y mi nave comienza a flotar. Pruebo los controles y todo está bien. Me miran, sus ojos negros me retan, se preguntan si me atreveré. Y sí, claro que me atreveré, me atrevo, enciendo propulsores y salgo. Voy hacia la nada y, sin embargo, jamás fui tan feliz. No se me cruza siquiera la más mínima esperanza de volver a la Tierra, pero no me importa. Las lágrimas recorren mi rostro mientras un sonido de estática interrumpe la celebración de mi recién recuperada libertad. "Control de tierra al Mayor Tom, ¿nos escucha, Mayor Tom?". 

20151018

El extraño caso de aquella mujer azul

(Relato inspirado en Am I Blue?, aquí en la versión de Ray Charles, pero fue inspirada en la de Linda Ronstadt, que no la encontré en YouTube, tal y cual me gusta)



Que si podía tocarle una vez más la piel tan suave y pasarle los dedos despacio por los hombros mientras sentía los más mínimos bellos emocionarse y expandirse, le decía, acariciando despacio su espalda. El permiso era más una formalidad. Igual, no le habría importado que le dijera que no. Y se quedaban horas así. Ella, mirando el vacío en la mirada de él. Él, pasando sus manos por horas por el cuerpo desnudo de ella.

Se habían conocido tres meses atrás en la esquina más oscura de una fiesta a la que ninguno de los dos entendía por qué había sido invitado. Él, ciego de nacimiento. Ella, azul de pies a cabeza.Y sí, habían andado por la vida todos esos años. Ella, sin nadie que pudiera entender su condición. Él, sin saber que en el mundo pudiera existir alguien con la piel tan suave.

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Lo de su color azul pasó hasta los 4 años, antes de eso fue una niña normal, con trenzas de puntas doradas y una gran facilidad para bailar y entretener a los familiares de los padres en las reuniones navideñas. Pero fue alrededor de los 5 o 6 que una de las puntas doradas apareció azul un día, una mañana cualquiera. Ella, la mamá, el papá y la abuela; pensaron que se había ido en algún bote de tinta o algo así. Lavaron el pelo por horas. Claro, sin resultados. A los diez años tenía el pelo completamente azul. La madre, para evitar las preguntas y burlas de los niños, se lo dejó corto, como de varón, y se lo pintaba una vez al mes. Pero a los 15 ya era imposible: la piel también había tomado un matiz azul. No volvió a salir de su casa por muchos años. El bachillerato lo terminó con un profesor particular que fue advertido de la situación y al cual se le pidió total discreción, ya había sucedido también que habían sido asediados por revistas y periódicos, querían la noticia de la niña Azulina. Por años también visitó médicos y especialistas en pigmentación, pero ninguno pudo darle la razón de tan extraño padecimiento. Así que a los 20 años, aceptando su vida y apariencia tal cual era, decidió volver a la vida, a la universidad, a tratar de ser como todos, aunque, claro, nunca lo logró. No pudo ser como todos, y todos no pudieron entender. Entenderla. Una mujer azul de pies a cabeza.

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Hasta que él, ciego de los prejuicios y abarrotado de sensaciones en las manos, conoció la felicidad de una piel azul. Y se pasaron años encerrados. Ella, dejándose acariciar como nunca en la vida. Él, dejándose arrullar por todas las palabras que nunca eran suficientes. La lluvia a veces lloraba afuera, lloraba sin sonido y sin color y sin oscuridad. En su desnudez, ella podía admirar por fin todo el azul de su vida y hundirse en el vacío de aquellos ojos que nunca la podrían ver tal como era. Y cerraba los ojos también, y entonces las diferencias desaparecían para siempre. 

20151005

Sin pies ni cabeza


Relato inspirado en
Golden Slumbers de
The Beatles


Imagínate que todos tuviéramos que asumir la responsabilidad de todo lo que decimos.

No existirían los chistes, los piropos, las promesas.

Quizás no tendríamos relaciones monógamas.
O bueno, la mayoría no las tendría. Sí, como ese idiota que decía que las mujeres le ofrecían su cuerpo. ¿Te acordás de ese infeliz? Es probable que haya terminado con alguna que no le importe no ser la única. Era genial como mentiroso y un asco de persona. Espero que ya esté muerto.


Esa responsabilidad, esa carga no es para cualquiera. Solo los cínicos son capaces de llevar el peso de sus palabras, por pesadas que sean. De eso sé lo suficiente como para darme cuenta que nadie lleva a cuestas sus errores con gusto.

Tendríamos especialistas en pesimismo.


Los doctores tendrían que dar diagnósticos fatales y siempre asumir lo peor, esperanzados por algo bueno solo en remotos casos. Nadie tendría infancia porque los cuentos no existirían, Santa Claus quedaría reducido al viejo panzón de algún tío que se quedó soltero, quizás apestoso a licor, quizás demasiado triste para que alguien lo quiera. No habrían ilusiones ni para niños ni para adultos. Los pájaros y las flores no tendrían razón de ser, lo que se llamaba por nombres de chistes o cariños tendría que conocerse entonces por su nombre clínico, los mocosos en su calentura no tendrían tiempo para descubrirse. Sería sencillo: se preguntarían de una vez si habría coito o no. Nada de seducción, nada de citas ni cartas románticas. En fin, se volvería una urgencia como cualquier otra, como comer o dormir y nadie se gozaría en ningún tipo de placer.

Los besos serían solo intercambios de saliva y no promesas de amor. Las visitas a los almacenes ya no serían planes para poblar una casa de sueños, los votos de la boda se borrarían de un plumazo porque no tendrían peso ni validez suficiente. Me pregunto si podrían existir los matrimonios en esas condiciones, los divorcios serían mil veces más engorrosos y ya no digamos las visitas y repartición de hijos. No, es cómodo eso de poder retractarse y arrepentirse.


Llevaría una insignia en el pecho, como medalla de guerra: "Miembro vitalicio del club de miserias y arrepentimientos". Sería uno de tantos hombres con ese dudoso galardón. Habrían graduados en Desgracia, profesores que enseñen el Arte de la Auto-compasión y maestrías en Manejo del Fracaso. Tendría que darles cátedra a todos, quizás sería la única forma de hacerme respetar. Yo, experto en todos los males resultantes de la incapacidad humana de razonar antes de hablar. ¡El mundo sería tan diferente!


¿Tendríamos comediantes? Lo más probable es que no. Todos se tomarían los monólogos como insultos y se desataría el caos con un dime-que-te-diré de nunca acabar. Ese afán de ser políticamente correcto me tiene podrido. Nada es peor que un insulto velado o una crítica asolapada. Los chinos ya no serían chinos sino asiáticos, ciudadanos de China Continental y a los negros todos les dirían Morenitos. No sé si los estaría insultando más con una sonrisa falsa con la que les diga que en realidad son demasiado estúpidos como para no detectar palabras condescendientes de otros. Si de verdad nos hiciéramos responsables por nuestras palabras, nos ahorraríamos miles de discursos políticos. Es más, casi el 100%  de ellos estuvieran presos, no estaría tan mal después de todo.


No tendría que disculparme por nada. Me tomaría el café de la mañana con un "Con permiso, voy a tragarme mi taza de suicidio diaria". ¿A quién le importaría? ¿Quién tendría que aparentar preocupación por mí sino aquel a quien de verdad le importe? Sería increíble contar con un filtro tan bueno. "Personas inservibles por acá, amigos potenciales por allá" y los dividiría a todos en estas categorías desde el primer día.


Cosas que por fuera parecen ser tan ínfimas podrían torcer la realidad hasta lo absurdo. Todo esto y mucho más porque nos podemos dar el lujo de mentir, de bromear, de prometer y ofrecer. Tiramos palabras al aire, a ver qué sale, como cazando posibilidades.


20150824

Sorbo a sorbo

Relato inspirado en Mala de La Garfield


Ya no recuerda cómo empezó todo. Sabe que alguna vez su vida fue tranquila, aburrida y que alguna vez amó a alguien de cara difusa que ya no recuerda. Quizás fue feliz, ya no lo sabe. Lo único que le importa es encontrar algo que pueda saciar su sed de una vez por todas. Los días pasan lentos y parsimoniosos y ella contempla las hojas del calendario con desgana. Se siente vacía de nuevo. Poco a poco decide que no puede quedarse esperando a que su salvación caiga del cielo: empuja a un lado sus dudas y sale a buscarla.


Nada le importa más que su sed entonces. En su cabeza, todo da vueltas. La sensación de soledad la abruma. Escoge una calle oscura y se funde con la negrura de la noche. Paciente, espera. Cierra los ojos y se da cuenta de cada reacción de su cuerpo: cada inhalación, cada gota de sudor, cada temblor. A lo lejos todo se magnifica y escucha... Desde el gato en la esquina dentro de un basurero, un vigilante que anuncia la medianoche con un silbato y los tacones de una mujer que va suspirando. Sigue esperando, sabe que tarde o temprano va a encontrar lo que busca. Después de un par de horas, se da cuenta que no está de suerte. Llega el amanecer y se resigna a no encontrar sosiego una vez más.


De nuevo, comienza un día repleto de preguntas para ella. Se acuerda que dejó a alguien esperando pero no deja que eso la distraiga. Todo es nuevo y la luz del sol está especialmente brillante, sus ojos arden y quiere evitar a la gente. Quiere llorar y no puede, todo se ahoga en su garganta y hierve su cabeza con más preguntas que la noche anterior. Ha pasado algún tiempo sin poder entender cómo es que todo de un momento a otro parece fastidiarla más de lo normal. La música es algo más que un par de notas para sus oídos, nadie parece entender todos los matices que una canción lleva sino ella, nadie busca entenderlo y no logra concebir cómo es que no oyen las trompetas, las cuerdas de cada guitarra y bajo que suena. Sin querer, cierra los ojos y comienza a caminar por la acera, casi cantando. Ama la música porque es lo único que logra apartarla un poco de tanta incertidumbre, adora la seda que entra por sus oídos, las notas que acarician sus sentidos. Siente cada vibración, disfruta el toque del viento sobre su piel que se siente casi de papel. De repente hay silencio y vuelve la ansiedad. Deja de estar tranquila y se da cuenta que debe verse como una loca bailando en plena calle, está segura que los demás la miran y lo que menos desea es llamar la atención. Asustada y nerviosa, se cubre la cara y sale corriendo lo más rápido que pueda hasta su casa, dispuesta a ver llegar la noche de nuevo.


Ha hojeado libros, ha intentado dormir y no ha podido, No ha comido, no ha bebido nada. No es ella misma. No se siente completa, no como hace dos días. Elástico, el tiempo la traiciona y se enrosca en su cerebro, torturándola. No soporta el pasar de las agujas del reloj, la nada que pasa con las horas, minutos, segundos. Finalmente, comienza a oscurecer y ve su oportunidad.


Toma lo que necesita y busca un lugar nuevo donde buscar. Descarta los parques. Hay demasiada gente allí. No toma en cuenta las plazas porque le han fallado demasiadas veces. Detrás de las tiendas puede ser, usualmente hay quienes se quedan allí después de las jornadas de trabajo. Sabe que quien sea ese a quien encuentre, tiene que estar solo, estar callado y tener ese aire de desamparo de quienes no han conocido nada que los ilumine todavía.  Si llega con una sonrisa, es probable que alguien le sonría y le pregunte qué hace tan sola, que le ofrezca acompañarla a su casa, que le brinde un hombro donde llorar para lamentarse de sentirse tan abandonada en una ciudad tan grande. Se lo imagina. Tal vez le pregunten por quién llora o para adonde va. Intenta hacer su mirada lo más líquida y pequeña que puede. Ellos se pierden por un par de pequeños ojos vidriosos. Para rematar, deja mostrar un hombro y suspira.


Sabe reconocer a aquellos que intentan buscar presas sin saber que son ellos mismos los que terminan siendo las presas. Ha pasado años haciendo esto, tantos que ya no puede precisar cuándo fue la primera cacería. Sabe reconocer a los depredadores fallidos. Sabe cómo ir sacando lo más asqueroso de ellos y lo más frágil de ella misma para tentarlos. Alguien que se alimenta de almas sabe cómo obtenerlas.

20150810

La historia sin título de Juana Velasco

joe webb - hand cut collageRelato inspirado en No More I-Love-You's de The Lover Speaks
y Sandman de Neil Gaiman

Juana da la impresión de guardar muchas historias mas no cuenta casi nada. Sin embargo, arrastra un aura y a veces elementos de alguien que ha vivido, como fotos enmarcadas y joyería extranjera y el color rojo se pone más vivo, al parecer, cada vez que ella está cerca. “Es que ella es como reservada” pero sí, seguro, tiene historias fragmentadas e inocuas que no salen a la luz, formando un patrón secreto comparable a su aglutinación de lunares y manchas sutiles, pecas que van apareciendo tras haber sido germinadas por la sobreexposición solar de los años 90. Juana culpa a los genes del lado de su madre que le regalaron piel muy sensible (pero habrá que ver si es cierto o si es irresponsabilidad de ella, ya que también te va a decir que no fuma para luego echarse un cigarro de escondidas en la azotea).

Sus lunares son del color de sus ojos amielados (pero menos dulces que la miel) que son del color de su collar de ámbar, puro ámbar que hoy día no se consigue a ese precio. (Si vamos a contar la historia de Juana, vamos adecir esto). El collar vive guardado en un cajón y sale solo cuando la ocasión amerite, como si las invitaciones a bodas y cócteles vinieran con un +1 imaginario alusivo a este accesorio preciado, la cita predilecta, el fiel acompañante. En el espacio que separa a un evento de otro, Juana olvida que Él la dejó por una tal Ámbar, quien luego fue madre de hijos que no fueron de Juana pero que bien hubieran podido ser de ella.

La historia es menos compleja que una trama Almodovareña y en eso siempre descansaba Juana, respondiéndose en su mente cuando alguien le preguntaba y a ella le daba por decir solo pistas de una historia que se puede resumir en la de un compromiso (importante que fue) roto, en un lugar deforme metido entre El Salvador y Guatemala.

Empieza en el 1999, en un paisaje del que resalta un apego latente al grunge: a los elementos skate y surf que lucíamos los jovencitos fresas-bohemios del istmo Centroamericano, se suman los trozos de camisas cuadriculadas y jeans desteñidos con huecos y rotos de Juana y su pandilla. Él se llamaba Johann y seguían escuchando babosadas de los 80’s y 90’s, a pesar de que supuestamente la cancha ya es de otros.  Siendo Juana alguien que se tomaba las cosas en serio a pesar de no parecer ni particularmente exigente ni particularmente descuidada, la relación de la joven bachiller y el amigo alemán avanzó con esa naturalidad que es impermeable e inmune a lo que esperaran, quisieran, dijeran los demás. Todo desaparece a medida avanza y solo existe Johann y el devenir de ambos depende de esta relación. La frase recurrente que aparecía en la mente de la muchacha cuando volvía a ver al hombre era Si este es el hombre con quien estaré para siempre, estaré contenta con todo lo que no tendré, una visión menos romántica pero no menos enamorada que fue vigente desde 11vo grado hasta un 31 de julio de 2007, según lo que aparece apuntado en una agenda de Quino que le regalaron a Juana en diciembre de 2006 y que le sirvió para rellenar agujeros emocionales con ideas.

No es que le haya mentido, pero definitivamente no hubo la valentía de decirle la verdad sin filtros. Lo dicho fue una verdad parcial que llegó hasta hacerla sentir culpable. ¿Será el tiempo que Juana pasa en la universidad? Medicina es bien difícil y demanda mucho tiempo, pero en ningún momento habían amenazas. Si existía una tal Ámbar o no, si era que el amor había migrado o que nunca existió… Nada iba a cambiar lo que tres días de duelo con el son de “No more I love yous”, “Breaking up is hard to do” y “Learnin’ the blues” la llevaron a concluir: el tipo se va, como en un poema de Shel Silverstein (“Goodbye then, Donald, I’m leaving you”) pero sin el carisma romanticón dentro de lo trágico. La salida era, entonces, que ella también se fuera de allí donde estaba y algo que le parecía muy, muy lógico era nunca más volver a algo semejante a esos con Johann. (No, ni cerca.)

La había dejado y ella, a su vez, dejó ropa que le recordara a él, boletos de conciertos a los que habían ido y planes de conciertos a los que querían ir; se fue la tarjeta de crédito a nombre de ella pero en manos de él y, también, las llaves de sus casas. El carro, él lo quiso devolver pero Juana no quería entonces, bueno, si así va a ser que se venda, mejor, ¿no? Adiós a las familias extendidas con mucho dolor pero con una frialdad falsa que ella trató de mantener, tratando de simular el borrón y cuenta nueva con el que él, Yohann, el novio de años atrás con quien tomaban micheladas con jugo de tomate y jugaban serio, le había dicho que No, ya no. Y con eso se fue la frase aquella y entró la nueva, la de Nunca más vuelvo a salir con alguien.

Pasaron años y nunca nadie pudo romper este compromiso con una vida alterna a la que Juana le apostó por años. En este compromiso exploró muchas disciplinas y ni una comprometía a la otra: podía pasar de squash a tejer y de tejer a natación y las vacaciones dependían de qué se le antojaba a ella. Paty, me dijo una vez, he estado con alguien desde que tengo 16 años y esta es primera vez que no tengo el reflejo de “Esperá, le voy a preguntar a Yohann” cuando alguien me invita a una fiesta. Ahora, ¿qué depende de él? ¡Nada!

Ella y yo no nos conocimos, porque esto es ficción y yo no lo soy, pero la historia continua así:

Su fase de “me liberé, me liberé” se prolonga como un acto consciente, una renuncia que no implica irse y volver pero con la cola entre las patas; una operación exitosa que requirió de muchas salidas con anillos de mentira que le daban licencia de decir Eh, estoy casada, sorry, salidas voluntarias con parejas más jóvenes (pues Juana había calculado que si ellos eran menores y además estaban emparejados, entonces no habría nadie a quien presentarle, y esa comodidad era su idea de diversión). Hubo, en paralelo, un discurso chiquito amargado de El amor no existe y de Jamás volveré que se fue diluyendo hasta convertirse en un No, yo no sé, no he conocido a nadie.

Pues no había conocido a nadie. Muy ensimismada y encerrada, fueron los años más tercos de alguien que suponía ser relajada con todo. (¿Qué le hiciste, Yohann?) Y entonces, ¿se le habrá acercado alguien que, al darle a un saco roto de un compromiso con la soltería perpetua, desistió de todos esfuerzos? Es que era interesante y sus ojos que combinaban con su piel y su pelo libre te atraían a la primera y te pegabas contra el vidrio. No hay que nadar contra la corriente –decía mi Padre– al menos que seas Juana Velasco Paredes, apellidos que ella nunca soltaría (pues, según ella, no iría a contraer matrimonio.) Otra noche más con jet lag y las manos untadas de vaselina dentro de calcetines para mermar la resequedad de la piel viajera, seguido de un sábado de Encendamos la tele y tomemos vino mientras jazz suena y resuena en las cuevas de la cabeza.

Claro que no todas las noches/días eran así (si algo es constante, es el cambio) y fue en uno de estos cambios que conoció a Manuel Antonio. No, no nos conocemos de antes, estoy seguro pero, ¿y entonces cómo explicar la familiaridad? Su voz, incluso, suena conocida y Juana reconoce hasta su perfume. Viene de una gaveta llena de lavanda y musas ubicada en el ático de la familia Velasco, pero el dice que no, que es de un viaje a Marruecos y que el olor se enamoró de él al punto que lo siguió. Y siguieron hablando y ríeron y, en un ingenuo intento de calmar los nervios inexplicables, las rodillas de Juana se rozaban y la fricción aumentaba a menudo este tipo ponía sobre la mesa las cartas que le mueven las fibras a Juana, a quien sí, le puede decir Juanita, dale.

Esa noche en la que Juana le perdió el miedo a los diminutivos rompió su compromiso con nunca jamás volver a salir con alguien, no sin antes pedir perdón porque creyó que era para siempre esto de renunciar al amor, pero heme aquí con alguien. Se llama Miguel Antonio y ya le dije que si vamos a estar juntos que más vale se corte ese pelo tan largo que tiene, una de las condiciones estipuladas en una negociación a la cual le siguieron tantas historias como los lunares color ámbar que arrugan la piel de Juana Velasco de Ríos.  


20150713

Advertencia



Relato inspirado en Self Esteem de The Offspring




No tengo los años que tengo sin haber aprendido un par de cosas en el camino.


Te voy a decir algo que no te va a gustar. Todo en esta vida se reduce a los que te parecen pendejos, a los que no lo son y a los que de verdad son. Todo es sencillo. ¿No te gusta o no se parece a vos? Pendejo. ¿Dijo algo que no tenía que decir? Pendejo. Es cuestión de sobrevivir y hacerte de la vista gorda porque no podés andar por allí mentándole a su progenitora a medio mundo sin esperar a que no te devoren vivo. Este mundo es para los que estén dispuestos a navegar con bandera de pendejos sin serlo, porque solo así pueden ver las dos caras de la moneda.


Tal pareciera que hay un momento en que todos a tu alrededor viven para irritarte: el camión de la basura que no pasó a la hora o no pasó, la señora con su banderita de católica en el vidrio del carro que no hizo caso al semáforo, la cajera del banco con cara de aburrida que se toma su almuerzo justo antes que pasés, el pollo que no se descongeló a tiempo. Comenzás entonces a imaginar cosas y  planeás una muerte lenta y dolorosa para todos esos inútiles que se atraviesan... en tu mente, claro. La cosa aquí no es terminar en la cárcel, sino mantener tu salud mental más o menos entera.


Olvidáte de lo que te dijeron antes: que es mejor ir un paso adelante de los demás. No. Primero mirá a los otros y date cuenta de sus errores, de cuándo caen, quién estorba. Entonces y solo entonces vas a poder dar tu primer paso. Ahorráte tiempo y frustraciones dejando que los otros sí sean pendejos, es mejor mirarlos de lejos.


Sesenta y tres años he tenido que aguantar estar vivo y te voy a decir que todo comenzó a ser más fácil cuando aprendí que es mejor dejar que los demás piensen que sós pendejo. Te enterás de cosas que luego te sirven y nadie te echa la culpa porque no piensan que sós capaz de reaccionar. Es obvio: sós pendejo, entonces no debiste haber sido vos. Aparentar ser pendejo es todo un arte. ¿Ves por dónde voy?

20150519

La batalla

Relato inspirado en Kashmir, de Led Zeppelin


A Judith
Porque sé que existís 
en algún lugar de mi corazón


El ardiente suelo quemaba sus pies, a pesar de las sandalias que calzaba. Había caminado mucho, había recorrido kilómetros para llegar ahí. Aquella colina era su fortaleza, su ira era su fortaleza. Abajo, el mundo importaría muy poco dentro de poco tiempo.

- Su Alteza, estamos listos para atacar - dijo su principal comandante. 

Su mirada recorría las enormes dunas, preciosas ondulaciones doradas, calcinantes, imperantes... desalmadas sábanas de muerte, rodeaban la ciudad que asaltarían, esa ciudad que la vio nacer y de la que huyó con un solo bien: un libro. Un pequeño séquito la acompañaron al exilio, la mayoría murió en los primeros días, pero su espíritu se fortaleció con cada muerto, prometió, juró regresar y vengar cada vida perdida. 

Sobre ella se posó por un instante la sombra de una enorme ave, era su fiel halcón, la acompañaba en cada batalla, su presencia era señal de la muerte, sus alas llevaban a sus enemigos al otro lado de la vida.

La furia estaba en sus ojos, alzó el brazo y en el silencio de su ira buscó un instante para recordar lo que siempre se repitió a sí misma... "la guerra se gana con inteligencia". Los hombres que ya la proclamaban reina emitieron un rugido de victoria anticipada, no importa cómo, esa noche triunfarían. Jamás sufrían hambre o sed en el desierto, jamás estarían perdidos, jamás sentirían derrota, ni tristeza, ni desesperanza. El sol los abandonaban y el manto inmensamente oscuro, con sus miles de estrellas serían los testigos de aquella batalla. Ella buscó en su memoria el recuerdo más hermoso, si moriría... moriría feliz. Vio su rostro, el hombre que la había amado hasta la muerte, él la había preparado para este momento, no necesitó más.

"¡Ataquen!" fue la orden... el murmullo de la noche la envolvió y solo surgió hasta obtener la gloria.

20150504

Plaza Salvador

Los Amantes de Marc Chagall

Texto inspirado en
Relato inspirado en Ostatnie Lato XX Weiku de Komety
Era un martes, a media semana de enero iba, caminando hacia todo lo que lo pendiente del resto de sus años, cuando se fijó por primera vez en Plaza Salvador. ¿Se estaría refiriendo a El Salvador, este pequeño monumento incrustado en el barrio de Varsovia? Moja droga, le decía él al oído cuando se permitían caminar el largo del río. Kocham cie, le iría a firmar luego cuando todo se condensara en cartas postales, porque primero hubo caminatas e invitaciones a salir de estos espacios circulares de verbena y masajes de ego para discutir y platicar y viajar, poco a poco, a los recuerdos el uno del otro. Luego cesaron las miradas, quedaron las palabras al aire e impresas en el cartón de cartas postales.


Ella firmada en español y con mucho cariño tácito que llevaba el eco de cuando a media caminata se volvían a ver a los ojos y guardaban el sentimiento de que era la primera vez que veían a los ojos a alguien que hace mucho conocían.. cuando no se conocían. ¿Cómo pronunciar nombre de ella? Si los alfabetos eran tan distintos pero cachaban en el aire sonidos y semejanzas y en la traducción se perdían las construcciones gramaticales pero no el sentido de un yo también ni de un yo entiendo, el privilegio de dos personas que juraban ser amigos de toda la vida, a quienes les dolía separarse cuales amantes enamorados.


Ella iba a llegar a Varsovia, algún día, solo para que se juntaran de nuestros los brindis de El Salvador y Polonia, brazos cruzados, y rieran todo. Uno creería que a medida se escurre el tiempo esos elementos que carecen de sentido se van llenando de significado, cuando para estos había tanto que permanecía sin casar con ninguna pieza de sus reflexiones. Claro, ¿cómo iba a querer alguien el bigote de Hitler? No era necesario especificar que no le gustaba el fascismo, al contar de la vez en la que se empezó a quitar la barba y el bigote la primera vez.


Reirían de ello una vez más en las ciudades costeras y al sur por Dachau y Auschwitz, aunque no al mismo tiempo. Ella iba a entender, por fin, la sensación de cortar las conexiones con la capital y escaparse a los paisajes húmedos y grises y encontrarían nuevas frases para el glosario que iban armando, más allá de nazdrovie y drogo. Y estando más cerca, así como estaban, quizás pasaría algo que rompa la promesa de amistad, como dicen que ningún lazo fraterno es del todo inquebrantable. De cerca pasarían por encima de los dibujos de la facultad de arquitectura de Varsovia o dibujo en Cracovia.


Y las palabras nuevas y el sabor de las aventuras dibujadas en un bar con luz tenue, un círculo polaco alrededor de la salvadoreña, vivían y crecieron en una libreta que tenía escrito Warsaw en la portada. El cuaderno está untado de pistas que pueden reconstruir lo que nunca sucedió, todo lo que evoca Plaza El Salvador, aun después de que las postales hayan hecho la brecha más grande. Pues, de repente las postales ya no venía desde Varsovia. Luego vinieron los viajes a México, al Oeste de EE.UU., inquietudes con respecto a si seguir con el dibujo, y pedazos de historias que perdían vigencia y relevancia tan rápido como el pasar de semestres que, luego, uno justo después de otro, cobran un ritmo que conexiones tempranas son incapaces de alcanzar. a

20150209

Repeticiones





El pasillo oscuro de la estructura abandonada no deja espacio para caminar a la par. Sus pasos y los de él intercambian ecos, unos tras de los otros en aquel espacio mínimo. Ella no quiere abrir los ojos y se guía por el oído: sigue el ritmo de su respiración y finalmente busca su boca. Un beso frío, cerrado, sin olor ni sabor. Él se aparta y las manos de Adalli ya solo tocan la pared, también fría.

Abre los ojos y busca de nuevo a  Olen. Una silueta que huye de prisa hacia la luz de una torre lejana. Su primer impulso es, una vez más, seguirlo. Pero esta vez se detiene. Esta vez, solo esta vez, no corre tras él. Llevan huyendo juntos ya, ¿cinco años? Y permanecer juntos es lo que les ha permitido sobrevivir. A Adalli la taladra la idea de que el instinto de supervivencia sustituyó, hace mucho, al amor. Ya antes se han despedido, ya antes han vuelto, ¿pero por qué? Para seguir viviendo, seguro, aquella vida que ya no sabía igual. Esta vez no será ella la que intente rescatar la alianza. Algo en ese beso le dice que es el último, y dedica esos segundos a tratar de grabar el sabor de esa boca adorada, antes de que desaparezca.

Aún puede verlo, alto y encorvado, caminando hacia la luz, pero ya llora su ausencia. Le duele su soledad recién asumida. Se da pena a sí misma allí, apoyada en el sucio muro. Lo ve y le sube un ardor por los brazos, la invade un dolor en el pecho, una pesadez en las sienes. Se va y no lo va a parar. Se va. Se le va.

De pronto le enoja la certeza de que aquello pudo haber pasado mucho antes. Reconstruye, en una docena de déjà vus, las veces que Olen intentó dejarla. Si nuca lo hubiera detenido hace tiempo que serían historia. De haber logrado sobrevivir separados, ya habría pasado el luto de sus ausencia, quizá se habría encariñado menos, ya no sentiría este espantoso dolor.

Trata de dejar de llorar y solo logra ahogar un adiós. Le duele la garganta también. Tiene las manos frías y suelta pequeños gemidos mientras lo ve por última vez. Debe buscar ahora refugio. Hay pocos lugares en este mundo para los desertores.
...

Aún está llorando al despertar. La pesadilla recurrente es igual de dolorosa que la escena que la originó. Trata de incorporarse para respirar, pero no puede. La cápsula del sanatorio es apenas lo suficientemente grande para permanecer acostada. Recuerda dónde está y todo lo que ha pasado, y la doblega comprobar que, pese al tiempo transcurrido, él sigue allí, doliendo. Haga lo que haga no logra hacer que se vaya, no se va, no se le va. 

20150205

Robinson Snake

Relato inspirado en "Goodbye Horses de Q Lazzarus"


El Bulevar de Las Luces estaba lleno a esa hora, repleto de gente que quería salir. Salir un día de semana sin encontrar tráfico era un lujo. Ese miércoles no fue una excepción. Manejó aburrido por la avenida Principal, pasando por la calle llena de evangélicos esperando su milagro a cambio de su diezmo, vio a las escolares esperando el bus, a oficinistas con cartapacios y lentes negros, mujeres hastiadas queriendo vender galletas y chicles en las esquinas y después de varios minutos en carretera, llegó al portón de la colonia de militares donde vivía.


Allí estaba el Tata, tan amargado y serio como siempre. No sabía más que dar órdenes, gruñir a la gente y perseguir toda falda que se moviera. De vez en cuando tenía una sonrisa para él, pero últimamente era raro verlo sonreír. Que si el Pueblo lo iba a apreciar, que si la gente entendía la magnitud de lo que estaba haciendo por ellos, que si su familia no entendía que era un sacrificio por la patria abandonar la vida en la casa para servirle bien a la bandera, carajo.


Hablar con el Tata lo hostigaba, hacía que quisiera salir de allí. Eso mismo hizó esa noche: ir a la Zona Rosa, el lugar más brutal de la ciudad, donde se reunían los que sabían disfrutar la poca vida nocturna que había en ese lugar de mierda.


Pensó en qué llevar para impresionar. Impresionar era todo lo que le importaba. No quería que la sombra del Tata lo opacara, brillar con luz propia era su intención. Se vistió, despacio, disfrutando cada vuelta y beso hacia sí mismo esa noche. Abrió la puerta hacia el cajón de armas del Tata y buscó. Sabía que la llave la escondía abajo del asiento de su escritorio, ese sillón viejo de cuero y madera oscura que tenía un fondo falso abajo de la parte tapizada. Tomó la llave y sacó un revólver con mango de marfil, muy pequeño. Se podía esconder bien en la cangurera que llevaba en la cintura. Les gustaría verlo, daba gusto verlo y era muy antiguo. Les podía servir de modelo para su logo. Lo guardó entre su pañuelo antes de descargarlo. Después se acordó que no había terminado de arreglarse, sólo se había vestido.


Se amarró las cintas de los zapatos para no caer y los lustró bien por la noche para verse deslumbrante. Ese blanco en sus pies era lo que hacía falta para verse como quería. Sus pantalones con triple lavado, la cangurera lista, la chaqueta con pines, su camiseta en amarillo neón... todo estaba perfecto. Un toque de gotas de Drakkar para el toque seductor y Dep en el pelo no podían faltarle, porque estaba reservado para los guapos, como él.


Entró al salón y la luz lo deslumbró. El aire apestaba a cigarros y sacó el suyo, porque tenía que impresionar. Había aprendido a sacar el humo por la nariz, eso arrancaba suspiros de admiración de hombres y mujeres. Escogió una de las mesas de afuera del Méditerranée, esperando a los demás. Al rato fueron llegando, y allí estaba Rosalía. Con su pelo en cascadas negras, su vestido blanco con lazo rosa y aretes de perlas. Le encantaba verla con esos aretes.


Cuando ya estaba completo el grupo, les contó del acto musical que pensaba armar y por supuesto, quería que Rosalía fuera la vocalista. Se llamarían Robinson Snake y tenía el modelo perfecto para la portada de su disco nuevo, el dinero para el dibujante bien se lo iba a poder pedir al Tata diciendo que eran para los libros de la Universidad que iba a empezar en dos meses. Carlos le aplaudió, dijo que era buena idea y que luego podrían reunirse en su casa para tocar. Adrián se rió y el Rafa protestó porque el nombre sonaba gringo. Pero hubo una voz que no se dejó escuchar.


Puso el revólver en la mesa contando que esa iba a ser la cara de su disco. Saboreó ese suspiro largo de impresión. Miró la cara de Rosalía. No sonreía. ¿Y si lo había arruinado todo? Seguro pensaba que era como el Tata. No, no podía pasarle otra vez. Miró a Rosalía, pidiendo su opinión. Quiso oírla, pero los gringos de la mesa de al lado no lo dejaban oír. ¿Qué era ese ruido? Rosalía no decía nada, pero tenía los ojos muy abiertos. Todos se levantaron. Algo habían visto.


Rosalía gritó.


"¡Tenían un arma aquí! ¡Yo lo ví, éste es el hijo del Coronel!"


No alcanzó a decirles que no, que el Tata no tenía nada que ver con él, que no era como él. La vida se le fue a borbotones a través de ese hueco que la paranoia de otro le dejó en la garganta y no pudo terminar de arrepentirse.