Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20160622

Amargo adiós



Relato inspirado en Africa de Toto





Querido mío:

Te amo, realmente te amo. Pero tenemos que dejar de vernos.


Verás, no puedo describir lo que me haces. ¿Te das cuenta como me haces temblar y me cortas la respiración? Todas las noches me quedo sola en mi cama, despierta y mirando al techo, sin poder dejar de pensarte y sin poder decirle a mi corazón que se calme. No encuentro paz, no sé qué hacer para que dejes de hacerme sentir de esta forma. Es una angustia constante de saber que si me acerco, volveré a estar igual: desesperada y sin poder ocupar mi mente y cuerpo en otra cosa.


Pasan los minutos y me quema el deseo de poder tener mis labios sobre tí: moreno, tibio y siempre ansioso de verme. Solo de estarte recordando de nuevo, vuelvo a estar nerviosa. Tu aroma me hace falta, necesito esa fragancia celestial en mi nariz, en mi cara... Necesito saberte cerca de mí.

Mis días no son lo mismo sin tí. Al levantarme, la falta de sueño me mata: mis ojos están tristes, mi piel se ve opaca y mis pensamientos están nublados, camino como entre algodones, sin saber dónde estoy parada. Me quitaste el miedo, me hiciste moverme pero muy a costa de mi seguridad, mi tranquilidad y comodidad. Pienso de nuevo en nuestro último encuentro y me pregunto con todas mis fuerzas: ¿Valió la pena?


Nuestra relación ha llegado a lo enfermizo. Sé que te estoy usando y que me usas también. Es increíble la desesperación por tenerte y creo que esto se ha vuelto una adicción. Pienso entonces que si puedo tan solo pasar un día sin tí, voy a poder ser libre al fin. Pero no es así. No puedo. Siempre vuelvo. Regreso arrastrándome hacia tí y es solo eso lo que me hace sentir viva una vez más.


Lo admito con todo el dolor de mi ser: no puedo vivir sin tí, sin tu calor. Pasa el tiempo y esto es peor para mí. Necesito más de tí en mis labios, no puedo sobrevivir con esta necesidad.


Veo que el único camino seguro para sanar de esto es el no verte más y cortar todo contacto contido. Así que no nos encontraremos "accidentalmente" en los pasillos, ni nos miraremos con ansiedad en el comedor o el supermercado, ni siquiera por casualidad. No pasarás por mi puerta nunca más, ni siquiera en la madrugada como hacías antes.


Quizás algún día pueda olvidarte del todo y pueda superarlo. Quizás pueda continuar con mi vida, no lo sé. A lo mejor pruebe con otras cosas más claras, compañías tibias y no hirvientes de ansiedad como la tuya.


Me iré no sin antes decirte: otros te querían envuelto de espuma, más dulce y apapachador, pero yo no. Te quise siempre así como eras: amargo e insoportable, pero lleno de vida. Cambiaste mi aburrida existencia, pero ahora debo dejarte para calmar mi corazón.



Esto es todo. Bueno, quizás después de un último beso y una última taza. Respiro profundo, entras por mi nariz y recito tu nombre dulcemente:



Coffea Arabiga, Café.

20160510

Chévere como la China


Relato inspirado en
God gave me Everything de
Mick Jagger con Lenny Kravitz




Chévere como la China... ¿Sabés? Como meterse en una carcacha chuca y salir a tomar chelas y un par de pupas con chicharrón por la noche con los cheros a un changarro. ¿Me entendés? Todo azul, todo chill, bien chévere.


Chivo, te voy a contar como conocí a la China. Fue en una de esas fiestas de pueblo donde ves a los viejos con cuetes de vara, a los bichos haciendo rueda alrededor de un bolo bailando y a una maitra refunfuñando en una esquina porque la hija se le había perdido... Te podés imaginar la escena. La China era esa hija perdida, pero yo todavía no lo sabía.


Allá a lo lejos vi a una bicha cantando, destemplada, a todo pulmón, casi chillando. Tenía unos pantalones de lona rotos en la rodilla, una pañoleta roja en la cabeza, una blusa blanca y unos mocasines negros chuquitos de lástima. Toda ella era bulla, bochinche y colochos. Tenía un marco de resortes negros alrededor de la cara que brincaban cada vez que se movía. Sonreía y venía un colocho a saludarte. Saltaba de emoción y allá iba otro colocho metiche a ver qué pasaba. No puedo imaginármela sin sus colochos. Por eso le decían China, no porque tuviera los ojos chiquitos o achinados. En esos tiempos era de esperarse que todas las bonitas se hicieran la permanente, pero ella no lo necesitaba. Había nacido con los colochos que otras tanto se esforzaban en hacerse. ¿Te había dicho ya que me gustaban sus colochos? ¿Te acordás de Medusa, la convertía a los hombres en piedra? Si salía en un libro de esos que nos pusieron a leer en Octavo Grado... Bueno, no te acordás. Dejá y te cuento. Medusa tenía serpientes en lugar de pelo y la China tenía resortes en lugar de mechones. Era chula, chulísima, bien chévere. No me convertía en piedra, pero me ponía aguado cuando la veía. Bastó que viniera a mí con sus colochos y me sonriera para que fuera de baboso a hacer lo que ella quería.


Para no hacerte el cuento largo, fue en esa fiesta de pueblo cuando también conocí a la nana de la China. Ella no era tan chévere, pero no he llegado a esa parte. La China y yo nos subimos a la Chicago, al Tagadá, al Zipper, a los carros chocones y al Gusanito. No, en serio, nos subimos al Gusanito, ya vás de cochino... No, no fue así. En serio nos subimos a los vagoncitos del Gusano ése porque al final ya no me alcanzaba para nada más. Con lo que me sobró, fuimos a buscar unos algodones de azúcar; ella agarró uno azul y yo agarré uno amarillo. Seguimos platicando, contándonos todo. Yo le contaba como había llegado allí por la presión de mis cheros que querían ir a conocer la dichosa Perla de Oriente y ver si era verdad que en el carnaval se podía bailar hasta las seis de la mañana, siempre con bichas diferentes. Ella me contaba cómo la hostigaba la nana: ya se había ido la hermana a otro lado con un bicho que la había dejado panzona y no quería que a ella le pasara lo mismo. Me decía que eso le había pasado por tonta, porque no se había cuidado y que ella era mucho más viva. Me reía de las sinvergüenzadas de la China, pensando en la nana que de verdad iba a tener mucho trabajo con ella, por deshuevada. Era libre a su manera. Me impresionó, para qué te voy a mentir. Yo solo la miraba y me decía que era un tipo con suerte porque semejante mujerón me había hablado y se reía conmigo. Fue en una de ésas que me agarró la cabeza para plantarme el beso más dulce que me han dado en mi vida. El azúcar se nos deshacía en la lengua, en la cara, en la nariz. De pronto los dos teníamos la cara pintada de verde y mi nariz era un revoltijo de colores. Los colochos se le miraban escarchados, como de turrón. ¿Te había dicho ya que era chula toda ella con sus colochos?


Así nos encontró la nana, con la cara y los labios pintados de verde, en pleno beso. No alcancé a sentir cuando sus labios se separaron de los míos porque fue más rápida su yina Balco en mi cara que mi sorpresa. Reíte, reíte, desgraciado, que justo así fue. Nunca le conté a nadie de la China porque nadie me hubiera creído. No me creás, pues. Fue el beso más dulce, el más chévere, el más colocho. Chévere, así como la China.


20160421

La que se negó a morir



Inspirado en Y si Fuera Ella
de Alejandro Sanz




Me esforcé tanto en matarla... Me tomó meses, años, días. No sabía que bajo esa gruesa capa de indiferencia y falsa madurez, todavía respiraba. Bastó arañar un poco la superficie para que volviera a salir.


La enredé en memorias falsas y borré poco a poco los recuerdos al punto que ahora no queda mucho para reconstruir la escena de nuestra despedida. Hice de todo para asegurarme que no regresara: dejé la pluma para cartas reales por siempre en el escritorio, no volvieron a sonar canciones de amor en mi presencia y tiré a la basura los libros con poemas.


La sepulté completamente vestida, con todos sus adioses aun vibrando en sus manos y todas sus mentiras blancas. Le cavé una tumba profunda, hecha con paciencia y dedicación. No fue algo repentino. Fue todo premeditado, planeé con suficiente tiempo y de antemano busqué la forma de llevar ese luto que estaba anticipando mientras calculaba el tiempo que le faltaría de vida. El detonante fue ver cómo reaccionaba a lo irreparable. Cuando me dí cuenta que lloraba, mintiendo y diciendo que estaríamos juntos por siempre, supe que debía morir. Sabía que ella creía firmemente en que todo duraría por siempre al principio, pero a medida iban pasando los años, ella mentía por mí. Yo sabía que las cosas no iban por buen camino y ella salía siempre al paso, asegurándole que todo iba a estar bien, que estaríamos siempre juntos. No me dejaba hablar. Ella: la romántica, la mentirosa, la cobarde, la débil, la ilusa, la ingenua, la que siempre tenía un abrazo lleno de perdón. No me dejaba progresar.  No me dejaba terminar algo que ya no tenía razón de ser. Me dolía el solo hecho de estar allí, de respirar, de ver el sufrimiento que ella causaba. Lo más generoso hubiera sido cortar con todo de raíz y temprano, pero ella todo lo alargaba con su permanente ilusión de un 'felices para siempre'. Para mí, eso era un motivo válido para que ella dejara de existir.


Nadie más que él y yo lloramos su muerte. A su ausencia los demás la llamaron "crecimiento", yo la llamé "alivio". No volvería  a extrañar sus sollozos. Por fin pude decir la verdad sin remordimiento, pude dejar de lamentarme por todo lo perdido y logré construirme un pasado nuevo. Reescribí todo cuando ella se fue. Aprendí a hablar sin las metáforas que construía en mi cabeza, a mantenerme firme por fuera mientras me derrumbaba por dentro y eso me ganó el respeto de quienes me veían tan entera aun en esos momentos de duelo. Me convertí entonces en la fuerte, la admirable, la valiente, la fría, la decidida, la vacía, la que sale adelante. El tiempo se dedico a irla borrando de mi memoria. Viví tranquila y sin pensar en ella después de algunos meses y por primera vez en años logré dormir una noche entera sin estar revolviendo recuerdos o recreando conversaciones que terminaban en promesas, más mentiras piadosas o más dolores. Creí que había desaparecido por fin de mi vida y fue justo esta mañana que la sentí asomarse en una lágrima. Volvía en mis lágrimas, en ese temblor de labios y en esa confusión mental que llevaba una eternidad sin ofuscarme.  



Verá doctor, ella no tiene que estar viva. Yo la maté, la maté y revivió. Es esa yo de veintidós años que revive, la que había enterrado en mi cabeza. Por favor ayúdeme a matarla de nuevo, que no quiero sentir, no quiero conmoverme, no quiero recordar. La maldita regresó cuando escuché esa canción, cuando sonó la voz de ese hombre deshaciéndose en gemidos flamencos casi llorando de amor. Por favor, doctor... Ayúdeme a no volver a sentir.

20160215

El timbre


Microrelatos inspirados en
What it takes de Aerosmith


A los héroes anónimos del pasillo



El chicle tenía un mal sabor después de estarlo mascando por dos horas. Llevaba un marcador en el bolsillo de la falda desdoblada de su uniforme. Allí venía la sueca amargada que le daba clases de Inglés. Seguía preguntándose qué putas había venido a hacer a este país de podridos, de muertos y de recuerdos grises cuando tenía todo un mundo civilizado a sus pies, a un país que aseguraba el futuro de sus mujeres y sus recién nacidos con buena salud y educación gratuita. No entendía por qué siempre olía a whisky y cigarros. O quizás sí. Se ponía a pensar en sus propios zapatos mal lustrados y en los pellejos de la sueca asomando por las mangas de la chaqueta que llevaba. No ha de haber sido fácil para la pobre sueca seguirle el ritmo a ese montón de malcriados que se creían con derecho a todo por venir de una familia con dinero. Después de pensar en todo eso, botó el chicle y se puso a dibujar, sentada con las piernas cruzadas en el pasillo polvoso.


*****


Un par de minutos después, sonó el timbre que llamaba a clases. Recogió el cuaderno, los lápices y la orilla de la falda llena de polvo. Volvía a oír a las mismas idiotas de siempre que la llamaban, preguntándole por qué nunca hablaba. Las oía pero no les daba el gusto de dejarles ver una rección de su parte. Sintió algo húmedo en el bolsillo. Justo lo que le faltaba: el marcador se había derramado. Pensó en la suerte que tenía. Menos mal que el marcador no era rojo. Eso le hubiera dado algo más para  reír al grupo de arpías de los recreos.



*****


Allí estaba otra vez, leyendo un tomo de las enciclopedias que quedaban en la biblioteca. Le gustaba ver cómo leía. Le gustaba ver como se podía quedar callado durante toda la hora con aparente y fingido interés a la clase mientras seguía leyendo cualquier cosa: desde los ritos funerarios de una tribu africana perdida hasta cuántas clases de bacterias puede haber en un cabello humano. Podía haber estado haciendo cualquier cosa y ella lo hubiera seguido viendo con el mismo encanto. Tenía pestañas largas, el uniforme sucio (como ella), pelo negro como el de un cuervo (como el de ella) y por qué no decirlo, un buen trasero (Con eso ella no había tenido tanta suerte). Verlo era lo único que hacía tolerables esas largas horas escuchando fórmulas, reglas y teoremas que en realidad nunca terminaba de entender. Era simple en realidad: cuando no veía que estaba en clase, las horas se estiraban y multiplicaban hasta lo insoportable.



*****



Había terminado una pintura más. La esposa del director daba las clases de pintura más por amor al arte que por el sueldo. Se le notaba en la cara sonriente que tenía, enmarcada con una melena corta de color plata. Se deshacía en elogios y le decía que tenía talento. Ella apreciaba a su maestra pero pensaba que en realidad la señora tenía buenas intenciones y no comprendía que en ese jodido país nadie jamás apreciaría el hecho que pudiera imitar a Klee o Kandinski de esa forma. Jamás le serviría de nada. Pobre mujer. (Pobre... ¿Ella?) Sus ilusiones germanas no se habían aclimatado todavía al país en el que le había tocado vivir. Se limitaba a sonreírle de regreso a su maestra. ¿Cómo le explicaría que la ilusa era ella y no sus alumnos?



******


La fuerza centripetal (¿O era centrípeta?) era esa que actuaba sobre objetos en movimiento en una trayectoria curvilínea... O al menos eso era lo que recordaba al final de la clase. La señora holandesa tenía un inconfundible tono de voz nasal que actuaba como un tónico para el sueño. Con su compañera de mesa se dedicaban a señalar (con risas secretas) todos los errores gramaticales al intentar componer oraciones en otro idioma. Terminaban armando una lista que revisaban después, sacando un "top 10" de los errores más garrafales, sin acordarse que ellas también estaban leyendo un idioma extranjero. Eso, claro... Si acaso el sueño no las dominaba primero.



*****



La señorita (No señora) de apellido italiano tenía más telarañas que cabello. Veía su enorme y canosa cabeza adivinando si habrían bichos adentro. Seguro era un nido de alacranes y otros animales con más patas que ella misma. Había decidido que todo lo que tuviera más de cuatro patas era horrendo y debía ser eliminado del planeta... Esa señora (no, señorita) debía albergarlos a todos en su cabeza. Estaba segura. Ese pelo no era normal. Les dictaba lentamente como debían ir sus dedos sobre el teclado. A con meñique, S anular, D con el medio y F con el índice. ("F" de 'Fuck you'. Eso siempre la hacía reír) No sabía si era viuda, solterona o simplemente sin suerte en el amor o adicta a su persona sin espacio para nadie más. Siempre la veía sola y se imaginaba que aparte de su población secreta de animales en su cabeza, tendría muchos gatos con los que hablar en sus horas de soledad, quizás dándoles instrucciones para mecanografiar correctamente o para lamentarse acerca de sus alumnos que ya no entendían el arte escondido en las enormes máquinas Olivetti del salón. Era realmente una mala alumna: pasaba fantaseando más con la vida oculta de su profesora que poniéndole atención a lo que intentaba explicarles. Y así, sin darse cuenta, comenzaba a sonar entre sus oídos el timbre de salida.


20150323

Una idea toda azul

Relato inspirado en Kitsch en C de Cartas a Felice



Querida niña,

Acaba de amanecer y ya me estoy acordando de vos. Era bonito cuando caminábamos en esos días soleados, con cielos despejados y atravesábamos las calles sin mayor preocupación, quizás lo único que empañaba tu entusiasmo era que no fueras a llegar a tiempo a tu oficina. Las escapadas mañaneras eran la excusa perfecta para verte: que si eran las horas extras, que si había reunión, que si tenías que reponer una clase. Te salía a recibir con el pelo revuelto, listo para llevarte de paseo, me sentía feliz con tan poquita cosa.


¿Te acordás de la panadería que estaba frente a tu casa? Te gustaba comer canastas rellenas de leche, berlinesas, merengues. No sabía cómo te podía caber tanta azúcar. Conservabas la cordura, cantabas para mí. Te daba pena, decías que tenías la voz más fea del mundo, pero a mí me encantaba oírte. Nadie tenía el placer de oír tu voz de ratón: fina, pequeña y dulce, sólo para mí. Decías que me amabas, le dabas vuelta a las letras y les ponías mi nombre, y yo muy callado, escuchaba el resto de la canción y sin decir nada, sentía aguado el corazón.


No me gustaba ser cursi. Era un asunto serio eso de guardar las apariencias. Me perdía en pensamientos vagos, una nube de ideas difusas para no sentir toda esa ola de cosas que me provocabas. Verás, tenía que guardar la compostura. Eras un remolino de emociones, todas a flor de piel, todas visibles, todas revueltas. Yo intentaba todo para permanecer sereno, para quedarme quieto, para poner orden entre los dos. ¡Estaba tan equivocado!


Me escribías notas. Tu letra ínfima, lisa y redonda, como letra de escolar, me contaba todo: desde cómo habías preparado el desayuno, hasta qué planeabas hacer al siguiente día. Yo era escueto, no pasaba del "te quiero mucho" de siempre y vos derramabas toda una letanía de poesía como la niña enamorada que eras. Nunca volví a escribir poemas. ¿Sabés algo? Creo que la tinta se me acabó aquel día en que me despedí de vos. Me despedí de vos sabiendo que no quería irme. Llorabas. Llorabas a mares y no pude verte más, me partía el alma verte llorar.


A veces todavía salgo a caminar, solo, rumbo a tu antigua casa, donde vivías cuando eras una parte de mi vida. Veo el cielo limpio, me como una canastilla de leche y tengo una idea toda azul: que sós más feliz que nunca porque te dejé ir.





Inspirada también en: "Una idea toda azul" de Marina Colasanti