Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20170309

Ahogo


Relato inspirado en Amar y Querer de Jose Jose



Te voy a contar algo: esta mañana, cuando me desperté, no esperaba venir a verte. No esperaba tragarme toda esta cadena de recuerdos, pero mirá ve, las cosas no salen siempre como uno quiere.  Cierro los ojos y veo todavía las luces en el cielo de cuando nos conocimos, cuando celebraban la independencia con fuegos artificiales chinos y salchichas llenas de mostaza mientras nosotros salíamos a ver quién nos estaba viendo. La noche estaba regia, como si la hubieran hecho para nosotros dos.


Pero no, no sale todo como uno quiere. No, no llorés, tampoco yo me imaginé que terminaríamos así. ¿Todavía te tardás veinticinco minutos para bañarte? Te tardabas veinticinco casi siempre, pero cuando te lavabas el pelo se iba el tiempo hasta cuarenta minutos o más, mientras el jabón se hacía una bola aguada en el  baño. ¿Siempre te tomás el café negro?  No me contestés, me imagino que sí. Nunca te gustaron las cosas dulces. Me acuerdo porque te llevaba a veces pasteles que terminaban petrificándose en la refrigeradora. ¿Y todavía te gusta que te besen en las esquinas donde no cae mucha luz? No, creo que no. Buscar esas esquinas está bien mientras se es joven y estúpido, pero no a estas alturas. Mejor no me contestés, es mejor que no sepa.


Yo también mantengo algunas de mis mañas. Todavía guardo botellas en el tanque del baño para ahorrar agua y cuento cuántos perros pasan frente a la casa cuando llego, nada más para consolarme que en realidad no estoy tan solo entre tanto anciano donde yo vivo, veinte años más joven que la mayoría. Suspirá, pues... Pero no me llorés, mirá que esto no es tan malo como se ve, cada quien va a estar donde le corresponde, lejos del otro y ya.


¿A mí me venís a decir que estar solo es mejor? Mirá, eso depende. Uno puede pasar tranquilo y en paz, pero la mente no se calla. Es como querer comer carne sin nunca encontrarla, morder por gusto para sentir hambre todo el tiempo. ¿Por qué no te callás? Sí, mi cerebro tampoco se calla, pero vos no me estás ayudando. Que apestás a sudor.


Calláte. Calláte, que yo tampoco esperé que salieran las cosas así. Todo lo dí. Mirá, yo tampoco quería llorar. Pero vos sabés como es esto. Todos sabemos querer pero pocos sabemos amar y no sé qué. Calláte, no me dejás pensar en paz. No sabés como es esto, a mí tampoco me gusta. ¿Creés que me gusta oírte llorar? No. No me gusta y menos me gusta ponerme a llorar yo y es por eso que hago esto. ¿O pensás que me levanté hoy pensando en venir a dejarte acá, a este hoyo? Calláte, que no me dejás cerrar esto. Calláte, que estás levantando polvo.

20170225

Accidentalidades











Conocí a @Accidental_ hace ocho años en Un Raro Dúo, (no me pregunten por qué, pero siento que ha pasado más tiempo). Desde ese 30 de enero de 2009 se volvió recurrente en sus visitas a nuestro blog y viceversa. Luego nos encontramos en Twitter y algún día del 2010 (si mal no recuerdo) nos juntamos a tomarnos un café en Multiplaza... De allí tuvimos muchos cafés y muchas horchatas y muchas cervezas y muchos rones. Por allí tuvimos un proyecto que se llamaba Palabras Al viento, que se lo llevó el viento. Una vez quebré un vaso cervecero en su apartamento, trabajamos juntas en algún momento del 2012 en un proyecto llamado EsArtes, he llegado tarde a traerla muchas veces, hemos compartido alumnos en la Mónica Herrera, hemos llegado hasta a emparentarnos por vía de un gato que es mi nieto y que se llama Tolstoi.

Hemos intercambiado ideas, sueños, miedos, confesiones y pensamientos tantas veces.

Es una AMIGA que llegó a mi vida de forma @accidental_ ¿ven que interesante? y hace unos años dimos vida a este proyecto de @NonGirlyBlue, ahora ella nos deja para enfocarse en nuevos proyectos y, aunque sé perfectamente que allí va a estar siempre para compartir un almuerzo o intercambiar mensajitos por FB; yo soy una dramática empedernida y ya me comenzó a dar nostalgia, porque sí, porque soy mala con esto de los cierres, de los finales...

Así que para darle una despedida como se lo merece, con bombos y platillos, esta semana-quincena vamos a escribir inspiradas en uno de sus artistas favoritos: José José.  Cada una de las NonGirlys ha seleccionado una canción, así que, queridos, el repertorio va a estar interesante... Y el homenaje a la Karla, más que merecido.

Porque, ajá, yo sí voy a extrañar sus relatos por estos lados.

20160826

Señorita perfecta


Relato inspirado en Garota de Ipanema
de Caetano Veloso y Roberto Carlos



Me enamoré de Simone el 24 de Septiembre del 2002. La tarde había sido aburrida hasta el momentó en que la ví. De lejos alcancé a ver el baile de sus caderas y fue así como me flechó. Su sonrisa relucía entre las otras y ya no pude mirar a otra, no me culpen porque no pude evitar tener mi mente solo ella. ¿Cómo podría ver a otro lado con semejante monumento de mujer a mi lado?  Normalmente espero unos meses para poder llevarme a alguien a casa, pero con ella fue diferente y esa misma noche me acompañó hasta después del amanecer. Y ya nunca más se fue.


Pienso ahora en las cosas que me atrajeron a ella, pienso en las advertencias antes del desastre: amigos y familiares preguntándome si lo había pensado bien antes de juntarme con ella, mi conciencia diciéndome que el silencio de ella era prueba más que suficiente para ver que lo nuestro no iba a funcionar jamás, que estuviera siempre con la piel brillante y con menos ropa que yo porque era tan fácil dejarla desnuda y que yo hiciera con ella lo que quisiera o verla tan pequeña entre mis manos.


Todo me hizo recapacitar. Entiéndanme y escúchenme: las muñecas son para verlas y no para casarse con ellas. Es mejor dejarlas en el estante de la tienda y seguir de largo.


No se casen con una muñeca. Aun si tiene un nombre de chica Bond como Simone.

20160422

Purple Rain




















(Relato homenaje a Prince, que más bien es una anécdota, lejana e inolvidable)

Todo tiene que ver con la Escuela Nacional de Danza y ese año de descubrimientos de un cuerpo que había sido hecho para eso. Descubrimiento de todo ese amasijo de gente que se reunía en ese lugar para tomar o impartir clases. Mediados de los ochentas, yo todavía era una bichita y no me acostumbraba a los baños sin puertas ni a la ¿Esmeralda? sentada en el inodoro platicando a grito pelado con las demás. Las demás, más grandes, mayores, que estaban en los últimos años. No me acostumbraba tampoco a los cheros con esos cuerpos tan bien hechos y formados, ni al profesor de ballet tan él, por allí caminando en los pasillos, moreno y vestido de lino blanco, tan él y caminando siempre en primera o segunda.

Mi maestro de danza moderna también había sido o era baletista clásico. Era alto, uruguayo y con la nariz encorvada, me llamaba Floretta con cada instrucción y, de alguna manera, me quería y vio algo en mí. Esa chispa que no tuve que haber perdido, supongo. Me abrazaba entre sus brazos largos y estilizados y me dictaba sus instrucciones con cariño, como deben ser las instrucciones de un maestro, ¿verdad? Eran tiempos de guerra, faldas largas y camisetas rotas, calentadores de colores, sí, claro, muy al estilo Flashdance, y pelos colochos o anudados en moños; aunque luego terminaran desechos en el piso de madera de los salones. Eran tiempos de barras dobles de hierro, espejos, ventanales altos que llegaban hasta el techo y el tambor del maestro, marcándonos el ritmo y el paso.

El maestro me seleccionó a mí ese año, a mí, y a dos o tres de mis compañeras de primero, para ser parte de la temporada Nacional de Danza. Había montado una coreografía acerca de un pastor y la luna, claro, ellos dos, de últimos años, eran los principales de la historia; y mis compañeras y yo, éramos las nubes (huy! qué presagio del futuro) que pasábamos por allí para descubrir en los sueños del pastor, para descubrirla a ella: la luna. La Luna, entienden, blanca y con tules que daban vuelta por allí con la música. La luna, ella, en la vida real, recuerdo que se llamaba Ada. Sí, Ada de verdad. Y era blanca, así como esa luna que representaba. Fueron largas semanas de ensayo, sí, aunque solo fuéramos unas simples nubes que pasábamos por allí. Fuímos, incluso, a los ensayos algunos días de las vacaciones de Semana Santa. Y aquí aparece Prince con Purple Rain, porque un grupo de los de último año, hicieron una interpretación de esa canción, la versión larga, esa que dura 8:41 minutos. Y las cheras llevaban vestidos blancos de manta, con los hombros descubiertos, los cheros, solo en pantalón, blancos y de manta también, y todos con toneladas de bronceador vaciadas en sus cuerpos. Eran como esclavos sudados o algo así, entendí yo a mis escasos años, esclavos de esos que cortaban algodón... Y yo hubiera querido estar allí. Allí cuando, sentada en una butaca del Teatro Nacional, los miraba a ellos, los Purple Rain, perfectos y sincronizados, dejando un recuerdo que, todavía ahora, persiste. Dejando un recuerdo feliz para siempre de esa canción.

Porque Ada, la querida Luna de esta anécdota, se fue esa vacación a pasar unos días a alguna playa de El Salvador. ¿Conchalío habrá sido? Y murió ahogada, como deben morir las heroínas de estas historias. Como era de suponerse, nuestra coreografía fue suspendida, claro, el maestro la había creado especialmente para ella. Ella era una Luna. Y nosotras, aquellas nubes pasajeras que estábamos destinadas a ser.

Y entonces quedó Purple Rain grabado en esta mente, pegado a la oscuridad del Teatro Nacional, a los vestidos blancos iluminados por una luz cálida, al olor del bronceador de coco, a uno de los años más inolvidables de mi vida.

20160314

Séptima Calle Oriente


Relato inspirado en
Miss Sarajevo de Passengers y Luciano Pavarotti




Me pasé toda la tarde mirando esos zapatos. Tenía zapatillas, botas, tacones... linduras que me habían costado en su tiempo mucho dinero. Cerré la caja polvosa y tiré a la basura todos esos pares que ya no me servían, los que se habían pelado y los que ya estaban por deshacerse. ¿Te acordás cuando  fuimos a comprar esos que llevaban piedras? Me insistías que llevara algo cuando en realidad no lo necesitaba. Nunca me ponía tacones ni nada parecido. Eso fue así hasta que aparecieron tus ansias de felicidad y grandeza. Eran delirios apresurados que se volvieron una desesperación por aferrarse a una vida que se escapaba como niebla.


Sigo sin entender cuál era la gana tuya de gastar dinero como si no hubiera un mañana. ¿Cómo iba a saber yo que en realidad no lo iba a haber? Ya venías pensando en cómo iba a terminar todo esto, de seguro. Quizás ya lo sabías o lo habías visto y no me habías querido decir nada por no querer matarme la ilusión. ¿Cuántos años pasaron? Unos ocho o diez, ya no me acuerdo. El juez desaparecía por días y te ibas a los tribunales a ver qué había pasado. A los días, te volvía a ver con la misma cara gris de meses anteriores y entendía que no habíamos tenido avances. Parecía que íbamos a tener una vida nueva sin realmente salir de la que teníamos. ¡Todo lo bueno se nos venía encima y no lo sabíamos! O al menos eso pensábamos. Esas salidas de noche a restaurantes donde te saludaban por tu nombre y donde eras Don Fulano de tal, los viajes en vacaciones y las tardes horneando pollo con hierbas en la casa con jardín de dos pisos... Todo se ve ahora tan lejano. Parece que fue ayer. Ponías el tocadiscos y la sala se llenaba de voces dulces, aterciopeladas y a veces graves y cremosas. Podía ser ópera, new wave, clásica... cualquier cosa. Me gustaba verte sentado en la sala bajo el óleo enorme que teníamos allí, en el sofá rosa viejo con madera clara, justo al lado del enorme armario que tenía los discos que con tanto amor habíamos pasado coleccionando todos durante décadas. Sentía que no me iba a pasar nada mientras estuvieras allí, cuidando de todos nosotros. Casi puedo oler el polvo, el olor a años acumulados entre las tapas. A veces cierro los ojos y puedo sentirlo todavía.



Paso a veces frente a la casa y la veo con nostalgia: se ha convertido en un flamante consultorio de uno de esos doctores con injusta fama de guapos que ven a señoronas de apellidos largos para cobrarles facturas largas. Pudo haber sido nuestra casa. Pudimos habernos quedado en esa zona de árboles viejos y casas con techos de tejas, pero no. No era para nosotros. Todo había sido un espejismo. Fue algo pasajero para hacernos apreciar lo que venía después. De una noche a otra nos dijeron que teníamos una noche para salir de esa casa porque ya tenía otro dueño. De repente la definición de "amigo" cambió a "persona que desinteresadamente te pueda dar cajas vacías sin importar que sean altas horas de la noche". Hasta risa me da ahora, pero en el momento fue todo lo contrario. Nunca voy a entenderlo. Le doy vueltas todos los días a esto y sigo sin entenderlo. De un día para otro, toda nuestra vida se vio resumida a dos camiones llenos de cajas. Tuvimos que vender la mitad de los muebles a los pocos amigos de buen bolsillo que les quedaban a ustedes, llamar a los que alguna vez habían sido ordenanzas o jardineros en la casa y pedirles que nos ayudaran a mover las cosas. Todavía los unía un sentimiento de lealtad a quienes habían tenido como sus patrones por tanto tiempo. Insistimos en pagarles y no nos cobraron. Pude ver que les dimos lástima. "Pobrecita la niña", alcancé a oír los susurros detrás de la columna de la cochera. Nunca te lo dije. No quise aplastarte más el orgullo. No más de lo que ya estaba.




La mente nos juega mal. Yo me acuerdo todavía de los detalles. Trato de domarlos en mi mente, intento manternerlos a raya para que no me coman viva en un momento de silencio. Porque en esos momentos donde no había explicación a nada, estaba el silencio. Y las remolachas. ¿Todavía te gustan las remolachas? Me dijiste un día que eran dulces porque encapsulaban azúcar de la tierra, que el sol las pasaba cociendo a fuego lento para que supieran así, para que yo me las pudiera comer en la ensalada y me hicieran fuerte. Tenías una forma curiosa de decir las cosas: suaves para que me gustara oírlas y directas para que las entendiera. No he encontrado todavía a nadie que hable así. Unos son melosos y asquerosamente poéticos y otros son tan directos que resultan aburridos. Creo que me voy a morir sin encontrar a nadie que me explique el mundo de esa forma. Las remolachas son ahora una forma muy morada para mí de describir al mundo. Siempre las ocupo de ejemplo con quien me quiera escuchar y tenga la paciencia de descubrir conmigo lo poco que le queda de poesía a lo cotidiano. Me aferro a ellas porque son el último símbolo que me queda de tu lucidez. Porque fueron lo último que comí en una mesa sola, pensando qué había sido de aquellos días en esa casa enorme que limpiábamos entre cinco personas mientras sonaba el tocadiscos.

20160215

El timbre


Microrelatos inspirados en
What it takes de Aerosmith


A los héroes anónimos del pasillo



El chicle tenía un mal sabor después de estarlo mascando por dos horas. Llevaba un marcador en el bolsillo de la falda desdoblada de su uniforme. Allí venía la sueca amargada que le daba clases de Inglés. Seguía preguntándose qué putas había venido a hacer a este país de podridos, de muertos y de recuerdos grises cuando tenía todo un mundo civilizado a sus pies, a un país que aseguraba el futuro de sus mujeres y sus recién nacidos con buena salud y educación gratuita. No entendía por qué siempre olía a whisky y cigarros. O quizás sí. Se ponía a pensar en sus propios zapatos mal lustrados y en los pellejos de la sueca asomando por las mangas de la chaqueta que llevaba. No ha de haber sido fácil para la pobre sueca seguirle el ritmo a ese montón de malcriados que se creían con derecho a todo por venir de una familia con dinero. Después de pensar en todo eso, botó el chicle y se puso a dibujar, sentada con las piernas cruzadas en el pasillo polvoso.


*****


Un par de minutos después, sonó el timbre que llamaba a clases. Recogió el cuaderno, los lápices y la orilla de la falda llena de polvo. Volvía a oír a las mismas idiotas de siempre que la llamaban, preguntándole por qué nunca hablaba. Las oía pero no les daba el gusto de dejarles ver una rección de su parte. Sintió algo húmedo en el bolsillo. Justo lo que le faltaba: el marcador se había derramado. Pensó en la suerte que tenía. Menos mal que el marcador no era rojo. Eso le hubiera dado algo más para  reír al grupo de arpías de los recreos.



*****


Allí estaba otra vez, leyendo un tomo de las enciclopedias que quedaban en la biblioteca. Le gustaba ver cómo leía. Le gustaba ver como se podía quedar callado durante toda la hora con aparente y fingido interés a la clase mientras seguía leyendo cualquier cosa: desde los ritos funerarios de una tribu africana perdida hasta cuántas clases de bacterias puede haber en un cabello humano. Podía haber estado haciendo cualquier cosa y ella lo hubiera seguido viendo con el mismo encanto. Tenía pestañas largas, el uniforme sucio (como ella), pelo negro como el de un cuervo (como el de ella) y por qué no decirlo, un buen trasero (Con eso ella no había tenido tanta suerte). Verlo era lo único que hacía tolerables esas largas horas escuchando fórmulas, reglas y teoremas que en realidad nunca terminaba de entender. Era simple en realidad: cuando no veía que estaba en clase, las horas se estiraban y multiplicaban hasta lo insoportable.



*****



Había terminado una pintura más. La esposa del director daba las clases de pintura más por amor al arte que por el sueldo. Se le notaba en la cara sonriente que tenía, enmarcada con una melena corta de color plata. Se deshacía en elogios y le decía que tenía talento. Ella apreciaba a su maestra pero pensaba que en realidad la señora tenía buenas intenciones y no comprendía que en ese jodido país nadie jamás apreciaría el hecho que pudiera imitar a Klee o Kandinski de esa forma. Jamás le serviría de nada. Pobre mujer. (Pobre... ¿Ella?) Sus ilusiones germanas no se habían aclimatado todavía al país en el que le había tocado vivir. Se limitaba a sonreírle de regreso a su maestra. ¿Cómo le explicaría que la ilusa era ella y no sus alumnos?



******


La fuerza centripetal (¿O era centrípeta?) era esa que actuaba sobre objetos en movimiento en una trayectoria curvilínea... O al menos eso era lo que recordaba al final de la clase. La señora holandesa tenía un inconfundible tono de voz nasal que actuaba como un tónico para el sueño. Con su compañera de mesa se dedicaban a señalar (con risas secretas) todos los errores gramaticales al intentar componer oraciones en otro idioma. Terminaban armando una lista que revisaban después, sacando un "top 10" de los errores más garrafales, sin acordarse que ellas también estaban leyendo un idioma extranjero. Eso, claro... Si acaso el sueño no las dominaba primero.



*****



La señorita (No señora) de apellido italiano tenía más telarañas que cabello. Veía su enorme y canosa cabeza adivinando si habrían bichos adentro. Seguro era un nido de alacranes y otros animales con más patas que ella misma. Había decidido que todo lo que tuviera más de cuatro patas era horrendo y debía ser eliminado del planeta... Esa señora (no, señorita) debía albergarlos a todos en su cabeza. Estaba segura. Ese pelo no era normal. Les dictaba lentamente como debían ir sus dedos sobre el teclado. A con meñique, S anular, D con el medio y F con el índice. ("F" de 'Fuck you'. Eso siempre la hacía reír) No sabía si era viuda, solterona o simplemente sin suerte en el amor o adicta a su persona sin espacio para nadie más. Siempre la veía sola y se imaginaba que aparte de su población secreta de animales en su cabeza, tendría muchos gatos con los que hablar en sus horas de soledad, quizás dándoles instrucciones para mecanografiar correctamente o para lamentarse acerca de sus alumnos que ya no entendían el arte escondido en las enormes máquinas Olivetti del salón. Era realmente una mala alumna: pasaba fantaseando más con la vida oculta de su profesora que poniéndole atención a lo que intentaba explicarles. Y así, sin darse cuenta, comenzaba a sonar entre sus oídos el timbre de salida.


20160121

Nombre para un recuerdo


Relato inspirado en
Gypsy de Fleetwood Mac




Anoche soñó conmigo. Sé que está tejiendo memorias y esperanzas futuras con los hilos de lo que le queda de mí. Me tiene allí, anclada en su mente y a la vez muy lejos de su conciencia. Cuando despierta, soy un poco más que un vago recuerdo o un pensamiento difuso y nuestros subconscientes son como dos amigos que se saludan el uno al otro desde las esquinas de un cuarto grande. Allí estoy. Casi invisible, pero allí estoy.


Es de noche otra vez y se prepara para ir a dormir. Se acuesta en su cama y poco a poco se borra esa avalancha de cosas que carga en su mente para dar paso de nuevo a mi persona. Me voy dibujando de nuevo a medida se va quedando dormido y es entonces cuando toma mi mano.


Abre una puerta oscura y hermosa para llegar a donde estoy. Reconozco esa puerta: es la de la casa que casi compramos antes que yo muriera. Lo veo como una entrada a los recuerdos que tiene de mí, una barrera que separa a lo que queda de mí dentro de sus pensamientos mientras está despierto y que a la vez crea un santuario para que estemos juntos.


Allí es donde hablamos. Me habla y yo escucho atenta todo acerca de sus fobias, sus miedos y sus arrepentimientos, sus triunfos y sus nimiedades. Solo puedo decir todas aquellas cosas que le pude decir mientras vivía. Casi siempre, son cosas relevantes, que tienen sentido. A veces no tengo nada que decir que se ajuste a lo que habla y solo me limito a acariciar su frente, delineando con mi dedo la cicatriz que le dejó el accidente en el que perdió también mi cuerpo. Se estremece de frío cuando lo toco. Es algo que le recuerda que esto no es real para él y ambos lloramos. De vez en cuando se despierta empapado de sudor y lágrimas, con el corazón angustiado.


Me amó mucho más de lo que se permitió amar antes. Incluso ahora, no está seguro si tenía esa capacidad de amar o si yo lo empujé a eso. Pensó en mí durante su hora de almuerzo. Siempre lo hace. Yo le preparaba almuerzos y le dejaba notas azucaradas. Guardó la última en su mochila y la lee antes de comer. Hoy vio la nota arrugada y la dejó doblada en cuatro partes. Abrió apenas la puerta oscura otra vez y me vio a los ojos para cerrarla luego. El corazón le dolió. Lo pude sentir. Me asusté y me apoyé en la puerta, confundida. Me puse a esperar a que se durmiera.


Cuando se durmió al fin y abrió la puerta, me encontró nerviosa y tan llena de energía que casi abrí la puerta sola. No podría hacer eso. Imposible. Me muevo en su subconsciente pero no tengo autoridad sobre su mente. Tampoco quisiera eso. No quisiera hacerle daño. Su mente es tan delicada...


Me llamó por mi nombre. Su voz es tan tenue que apenas lo escucho. Lo veo casi tan nervioso como yo. Le pregunto como estuvo su día, con las mismas palabras que usaba cuando llegaba de trabajar. Intento ignorar ese miedo que crece a cada segundo. Me  dice que debemos hablar y está llorando. Lo veo y hago lo mismo que hacía cuando lloraba: beso sus ojos. Luego espero y suspiro. Me dice que necesita que yo sepa que siempre me ha amado y que me ama más que al aire que respira y luego me explica que siempre tendremos este lugar para los dos. Me dice también que ya no podrá venir tan seguido como hasta ahora. Se ahoga un poco con sus palabras y respira profundo antes de continuar. Finalmente me cuenta que conoció a esta mujer, que seguramente a mí me caería bien. Dice que sabe que da igual, porque yo siempre encontraba algo bueno en los demás. Se ríe a medias y el sonido me parece agridulce.


No estaba esperando esto. No tengo palabras de nuestra vida juntos para este momento, así que digo algo que dije en mi cumpleaños número 27 para expresar mi sorpresa. Dice que lo entiende y me promete siempre venir a verme, insiste en decirme que necesita que yo sepa lo mucho que me ama.



Le digo que también lo amo. Si tuviera un corazón, en este momento estuviera en pedazos.


Me explica que se quedará conmigo hasta que despierte y me suplica quedarme con él, dice que no es necesario que diga nada porque ya es tiempo de una vida nueva y palabras nuevas. Me pregunta si lo comprendo. Le digo que sí y guardo silencio. Nos quedamos así hasta la mañana siguiente. Por mi culpa se despierta tarde y llega con retraso al trabajo. Cierra la puerta y me acuesto en el suelo, sobre la alfombra que habíamos escogido para la sala, todo dentro de su delicada y hermosa mente que no quiero tocar.


Pasan los meses.


Se casa con ella. Un día entonces abre mi puerta y la puedo ver. Se ve radiante como el sol en su vestido de novia. Me alegro por ella porque sé que él tiene todo para ser un esposo maravilloso. Casi fue mío. Después de eso, me ve cada vez menos. Cada vez que abre la puerta estoy más transparente, soy menos yo hasta que un día la puerta se cierra y de mí no queda nada más que un trozo de papel doblado en cuatro partes en las manos suaves y abultadas de una mujer esperando a su bebé.



Ella pregunta por el papel y él se acerca mientras la nota cae de una vieja y polvosa mochila que estaban apartando para una venta de garage. Cierra los ojos y lo veo en mi puerta. La abre y entonces están la alfombra, el olor de las gardenias mojadas, mi perfume favorito y los melocotones, pero yo ya no estoy allí. Intenta con todas sus fuerzas atraerme hasta allí, excavando en lo más profundo de sus recuerdos; pero no logra encontrarme. Al fin, abre sus ojos. Le cuenta a ella que la nota era mía, que le dejaba muchas como esas con sus almuerzos.



Ella queda fascinada con mi nombre y le dice que le parece lindo para su hija. Decide que se llamará como yo y se acaricia el vientre. Dentro de ella, dos pequeños pies dan su aprobación. Ambos se ríen y yo suspiro una vez más.

20160115

Amir y El Ojo



Relato Inspirado en
Under Pressure de David Bowie y Queen


Amir entró a la cámara con cuidado, le daba miedo poner los pies en un lugar tan sagrado. Pocos como él podían atreverse siquiera a asomarse. Había algo en el aire que lo ponía nervioso. No sabía si eran los cánticos, el incienso o el constante murmullo de los monjes recitando los nombres de los viejos reyes. Había poca luz, pero la suficiente como para poder ver el movimiento de sus pies. Respiró profundamente para sentirse vivo. Su nariz no lo engañó: a lo lejos sintió un suave olor a flores de altar y más cerca, casi pegado a su nariz, el penetrante perfume del incienso, con su dulzón rastro a madera quemada a fuego lento. El suelo de madera pulida crujía a cada paso y solo pedía que esto no fuera el llamado final o un castigo. Que recordara bien, no había hecho nada que llamara la atención de su Regidor. Nunca había tenido ninguna razón para entrar a ese lugar ni hablar directamente con El Ojo. Los Regidores se dedicaban a dar órdenes y repartirlas entre los Pastores como él. Esa mañana había despertado deprisa y no esperaba que fuera para eso,



Justo estaba tomando su ración diaria cuando fue llamado por su Regidor. Era de por sí extraño verlo tan temprano, aun más raro que lo llamara por su nombre y todavía más inusual que le dijeran que El Ojo quisiera verlo en persona. Nunca antes lo habían volteado a ver y de inmediato supo que algo no andaba bien. Con un grito le ordenó levantarse y terminar de comer.

"El Ojo quiere verte. ¡Ya! ¡Es una orden!"



Podía ver la rabia en su cara. "Definitivamente, algo no anda bien", pensó. Luego el Regidor se esfumó antes que pudiera seguir Amir pensando en qué preguntarle.



Lo pasaron por el corredor del templo y rápidamente olvidó que no quería hacer ruido con la madera del piso. A su espalda, una enorme puerta de metal se cerró con estruendo y alcanzó a oír un cerrojo pesado encajando en su lugar.


"Eso es. Ahora sí podemos hablar con tranquilidad." Era la voz de El Ojo. Se oía por todas las esquinas del cuarto y llenaba todo. Podía sentir cada gota de sudor en su frente. Se sintió pequeñísimo, no era nadie para estar allí.



"Amir. Entra. Pasa."

Amir balbuceaba. Era una mezcla de admiración y terror.

"Eehh.. Sí señor. ¡Señora! ¡Señor!" Así era como le habían enseñado a dirigirse a sus superiores. No sabía si El Ojo tenía género. ¿Era hombre o mujer? ¿Qué o quién era El Ojo? No sabía. ¿Para qué lo querría? No sabía.

"¿Me necesitaba?"

El Ojo ignoró la pregunta.

"Serás el nuevo Regidor de tu clan. Tu Regidor ha sido enviado a otro lugar donde pueda servir mejor."

Amir no lograba contener su asombro. Finalmente, logró escupir la pregunta: "¿Por qué? ¿Por qué yo?" Hubo silencio un momento.

El Ojo logró mostrarle a Amir una imagen en su mente. El anterior Regidor trasegaba información con otro clan. Era un espía. O al menos eso le pareció, porque lo logró escuchar sonido alguno. Eso pareció haber pasado durante las celebraciones de la Reconciliación. 

Tragó saliva y se atrevió a decir: "El Regidor mentía." Siempre había tenido un don especial para encontrar personas difíciles y saber qué las hacía vulnerables. No era un guerrero, sino un buen observador. Defenderse era algo que había tenido que aprender a la fuerza. De otro modo, no hubiera podido sobrevivir entre sus siete hermanos y hermanas.



"Es por eso que tu antiguo Regidor no es de mi confianza. Has sabido llevar a tus rebaños a buen destino y reportar todo. Sabrás mantenerme bien informado, aun de aquellas pocas cosas que se me escapan y no logro ver. ¿Quién sabe qué más no me contó?"


Hasta ese momento, la conversación había sido monótona. Imaginó que a El Ojo le importaba más que le reportara la verdad y no sus dudosos talentos para arrear ovejas perdidas. Siempre había creído que El Ojo lo veía todo. Supo entonces que había estado equivocado. Escuchó cambiar de tono su voz, sintió como comenzaba a hablar con tristeza.

"Amir."

Lo interrumpió: "¿Qué es todo esto? ¿Usted?"

Hubo de nuevo un silencio incómodo.

 "Solía ser humano."

El corazón de Amir dio un salto. 



"Fue hace mucho tiempo. Solía ser un hombre, como tú. Lleno de vida, llevaba mi mensaje a todos. Tenía un cuerpo de carne y hueso, como tú. Construí una máquina para verlo todo. Sacrifiqué un ojo para eso. Fue mi mayor creación, la fusión perfecta entre arte y ciencia. Vertí mi mente y mis ideas en la máquina para vivir para siempre. Luego vino la guerra, esa competencia entre otros como yo para hacerse notar. La Gran Purga, como te enseñaron. Y ya no solo perdí mi ojo, sino también mi cuerpo. Todo se perdió: la sociedad que amaba en mis tiempos, los colores originales del mundo, las canciones de nuestros abuelos, las verdades que todos llevábamos escrita en la piel, mi ojo que veía las cosas de afuera. Solo me quedé con el ojo que ve las cosas de adentro. Es por eso que necesito que todo lo que me reporten sea verdad. ¿Entiendes la urgencia ahora?"



Amir suspiró y preguntó de nuevo. "¿Y para qué necesita saber tanto de todo?" Sintió que la pregunta era tosca, pero cumplía son su propósito.



"Eso es más simple. Es sencillo. Es para ayudarles a reconstruir este mundo."


Amor normal

Relato inspirado en "Modern Love" y en homenaje a David Bowie, porque a pesar de todo, como le pasó al inglés, yo también creo en el amor.


Cada mañana se levanta tempranito, se baña y jala con todo y la mujer y el hijo, el día de trabajo les espera. Ella va a atender el puesto para llevarle a los transeuntes agua y dulces, también va a cuidar al crío, él va a subirse a un montón de buses a vender dulces. Se llama Roberto, le dicen "El Grumpy".

- "Buenos días a todas las personas que abordan esta unidad de transporte, este día les paso a poner, hasta la palma de su mano, este delicioso y exclusivo chocolate jerchi, que le viene con lo que es almendra, maní y chocolate, usted se estará preguntado cuál es el valor de este sabroso chocolate, déjeme decirle que en todo supermercado o tienda de conveniencia usted cancela cincuenta centavos de dólar, pero a mi no me va a cancelar cincuenta, ni cuarenta, ni treinta centavos, usted puede disfrutar de este chocolate por solo una cora. Es de esta manera en que me gano el sustento de mi familia cada día, demostrándole así a muchos jóvenes que es posible ganarse la vida honradamente sin venir a exigirle dinero o faltándole el respeto con sus pertenencia. Pasaré a por cada uno de sus asientos por si alguno desea llevar este sabroso chocolate jerchi."

Antes de subirse al bus regañó a su hijo, como que comprendiera cada una de sus palabras le dijo "por esas culeradas si te voy a verguiar", mientras se refugiaba entre las piernas de su mamá, ella le dijo que no lo regañara, la regañó a ella... "cuando se haga marero a los dos nos va a matar, no quiero que él sea así". "Exagerado" le dijo ella.

...

Cuando se acompañó tenía solo 15 años, ahora tiene 17 y un niño de año y medio. No le importó que su nana le dijera que no se fuera con ese muchacho, que se dedicara a sacar siquiera bachillerato en el instituto. No sabía su nana que estaba preñada, nunca lo supo, se "le vino" el niño cuando tenía tres meses, pero Roberto si la quería de verdad, no la dejó, se quedó. Le dijo cuando salió de maternidad - "vaya mija, hay que buscar trabajar de algo".

En sus días más afortunados vende hasta 40 dólares de dulces y bolsas de agua, está curtida por el sol y el pelo morucho se le ha puesto claro de tanto aguantar sol, la parada de buses de metro es su segunda casa, su hijo solo conoce ese lugar y la casa de su abuela como lugares para quedarse, día tras día. Ya ha pensado en vender otras cosas, como verduras o ropa, pero el pisto nunca alcanza para saltar de rubro. Se llama Yamileth, le dicen "La Curilera". 

...

Los días son duros en el mundo de los vendedores informales, son una estadística en el comercio de El Salvador y un titular habitual en los periódicos, en especial cuando al alcalde se le ocurre que los va a reubicar, también cuando los malos de la película los matan, por renta o porque vieron algo que no debían o dijeron algo incorrecto o pasaron por donde no debían. La vida es difícil, pero al menos ellos se tienen amor, un amor tan normal. 

...

Esta mañana mataron a "El Grumpy", un pasajero paranoico le dio un solo balazo en el estómago, dijo que lo estaba asaltando. "La Curilera" lo está llorando mientras espera que lo reconozca medicina legal, alguien le soltó la  noticia sin anestesia, dejó al niño encargado con su vecina, la señora que vende lotería ahí en la misma parada de buses. Ni ella, ni su hijo leerán lo que dirá la nota al día siguiente, que lo mataron por delincuente. Menos mal.


20160111

Carta blanca



Un brindis por las buenas decisiones.



Relato inspirado en
Closing Time de Semisonic




Aprendió que la paz en privilegio de reyes. En su vida existían solo el caos, el desorden, las imágenes perdidas de una realidad que nunca fue. En la cochera tenía todas sus cajas llenas de ilusiones, de recuerdos de viajes, de ropa tres tallas más pequeña, de tiempos más felices. Junto a los zapatos de veinteañera estaban los jueguetes que había comprado ya siendo adulta. Los iba a coleccionar. Comprobó al verlos que todo había cambiado y nada era para bien. Ya no eran cuatro, ahora eran tres personas los fragmentos de otra. Intentaban en vano remendar lo que sabían que nunca había existido, aparentando ser la familia que ella hubiera querido tener. 


Ella ya no era la misma: sus metas habían cambiado, había dado paso a una vida menos pomposa y ya con ambos pies sobre la tierra. Era ínfima. Ya no iba a ser abogada, ni magistrada o fiscal, ni jueza. Apenas podía dirigir su vida sin estrellarse y volverse polvo... ¿Cómo pensaba ordenar entonces la vida de otros? Esas noches largas llenas de horas extra para cerrar el mes sin saldo negativo y las salidas a deshoras con otros tan desilusionados como ella eran solo formas de matar el tiempo. Le daba igual porque seguía estando a la deriva y no encontraba ninguna forma de cambiar eso. Cada mañana era igual a la anterior y solo esperaba que hubiera algo que rompiera su rutina; algo que la hiciera sentir que todo había valido la pena. Vivía en carne propia la estupidez de haber llevado una vida de ese mal-llamado "trabajo duro y honesto", se comparaba con otras más tramposas que habían resultado ser exitosas, no como ella. Tenía venticuatro y cargaba con el peso de cientocincuenta y siete años de fracasos en total. Los venticuatro propios, los cincuenta y cinco de él, los cincuenta y seis de ella y los veintidós de la otra. Se miraba envejecida en plena juventud. Eran demasiado la envidia, la amargura y el rencor.


Pensó que vivir sola sería la solución a todos sus problemas. Sus fantasmas la seguían: fieles al final de cada quincena para recoger lo que hubiera quedado de su esfuerzo. Contaba con los dedos de la mano (y le sobraban) las razones para seguir intentándolo. El escenario era distinto, pero la obra seguía siendo la misma. Nada era suyo, todo cambiaba de manos en una fracción del tiempo que había invertido en conseguirlo. Lentamente, se le iban consumiendo las ganas de vivir. No tenía nada que la impulsara.


La rabia iba guardándose en su alma. Gota a gota, iba llenándose de algo bastante parecido al odio. Llegó a preguntarse si era una persona cuerda: nadie podía tragarse tanto y salir ileso, pensaba. Quizás su límite estaba mucho más lejos de lo que imaginaba. Su paciencia se ponía a prueba a cada momento, mientras que su cordura alcanzaba esa frontera fina que la separaba de la locura. Soñaba con dejarlo todo, tomar un día las llaves de la vieja casa, llevárselas y dejarlos en la calle. Pensaba en mil formas distintas de fingir su muerte, liberarse de ese hastío de una vez por todas. No creía merecer tanta carga, tanta ingratitud. Se desvelaba desvariando y pensando en vidas alternas donde no tuviera la misma miserable existencia. 


Un día, dio con la solución perfecta. Era ideal, cada quien tendría que hacer su camino y por din la dejarían tranquila. Implicaba sacrificios, pero estaba lista. Guardó bien en su mente las fotografías de esos viajes que nunca podría volver a pagar, escogió dos pares de zapatos de las muchas cajas de la cochera y rescató una caja de sus libros más amados y polvosos llevándolos donde una de sus pocas amigas; envió a los otros tres a un paseo y lo preparó todo. Dio una última mirada a las cajas y saboreó un largo suspiro. Con un movimiento rápido de manos encendió un fósforo y lo lanzó a la cochera. En cuestión de minutos alcanzarían el piso superior de la casa y quizás tardarían un poco más (¿Horas?) en consumirse por completo. Con una risa histérica y lágrimas en los ojos, dejó caer la caja al suelo y por último se limpió la cara con la mayor calma que pudo alcanzar mientras veía crecer las llamas. Pensó en como el fuego lo purificaba todo, incluso su conciencia. 



Nunca se había sentido tan feliz. 

20151014

Azul como la felicidad






Relato inspirado en Mr. Blue Sky
de Electric Light Orchestra


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Hacía un día perfecto para caminar, era uno de esos días hermosos en los que la suerte brillaba y la acompañaba desde la salida de su casa. Brincaba por las lozas de la acera, le encantaba ir rebotando por las ramas de los árboles que se asomaban por el concreto, oler las flores que rebosaban de los arriates de las casas vecinas y dejarse despeinar por las hojas bajas de los sauces llorones. Venía cantando y sabía que en alguna parte la escuchaban y no importaba. No le importaba porque ya había volado en sus brazos alguna vez, porque la sensación de sentirse en el aire era liberadora. Tenía pocos compañeros de canto, pocas personas que entendieran lo mucho que la hacía feliz el poder cantar. Mientras divagaba en los versos de la próxima canción que cantaría, seguía por la acera hasta llegar al portón de hierro forjado que siempre la esperaba. Antes, pasó por la tienda por su María Luisa. Le gustaban con bastante azúcar colorada encima, era su tipo de pan dulce favorito y su placer culposo. Aunque lo pensó bien y pidió su canasta de leche habitual para poderla compartir, por si acaso. Su compañero de canto no entendía dónde podía caberle tanta azúcar. No le importaba. Siguió cantando y abrió el portón.


Ya dentro, recorrió el jardín con cuidado. Saludó al romero, le recitó un verso corto al mango, acarició a las albahacas y susurró una frase de aliento para el aguacate que se estaba marchitando. Tuvo la paciencia de regar todas las plantas mientras seguía cantando. Las notas la vestían de colores y le gustaba imaginar que llenaba de esos colores al jardín con su melodía. Cualquiera que la hubiera visto hubiera pensado que estaba loca, pero no le importaba. Tenía las manos ya llenas de tierra por el trabajo y soñaba con que era Blancanieves. La única diferencia era que ella no llevaba el vestido amarillo, el suyo hubiera sido azul, como ese cielo que la acompañaba siempre que iba a buscar a quien la oyera cantar siempre. Se reía de sus ideas. 


Terminó de cuidar de sus plantas y fue directo a su habitación a buscar el papel para las cartas. Ese que le habían mandado de Europa, el que olía a rosas, el que era ligero y podía usarse hasta para mandar correo aéreo. (¿Cuándo había sido la última vez que había ido a comprar estampillas o enviado una carta al otro lado del mundo? Habían pasado ya muchos años). Pensó en buscar la plumilla fina que guardaba para sus momentos de inspiración más dulces, la que usaba para practicar sus clases de caligrafía. Decía que si los reyes hubieran podido escribir, hubieran usado plumillas como esa. Solo le faltaba un sello de lacre con sus iniciales para sentir que iba a escribir la carta más hermosa del mundo. Respiró hondo y cerró los ojos, tarareando. Ya eran pasadas las cuatro, la hora en que se veía con su compañero de canto todos los días.


Justo cuando tomaba la plumilla entre sus manos, se acordó. No era tardanza de su parte, él nunca llegaba tarde. Ya no tendría compañero de canto nunca más. Le había dicho que lo mejor para ella era no estar con él. Se había despedido y ella había llorado. Había sido ayer. No entendía cómo había podido olvidar algo como eso. Había despertado esa mañana y el cielo azul la había engañado: no podía ser posible que el día estuviera tan hermoso a pesar de todo. Iba contra toda su lógica que ella fuera capaz de cantar sola. Fue entonces cuando sintió a las lágrimas anidar en sus ojos. Sintió un nudo en la garganta. Dejó la plumilla en la mesa, ya no fue a buscar la libreta de papel de arroz. Su mente le estaba jugando una mala pasada con esa amnesia temporal. Por eso sentía que nada le importaba. No estaba pensando en nada, realmente. Comprendió que el cielo seguía allí porque la vida continuaba y el planeta seguía girando, pero para ella nada sería igual. Fue la última vez que cantó.


20151005

Sin pies ni cabeza


Relato inspirado en
Golden Slumbers de
The Beatles


Imagínate que todos tuviéramos que asumir la responsabilidad de todo lo que decimos.

No existirían los chistes, los piropos, las promesas.

Quizás no tendríamos relaciones monógamas.
O bueno, la mayoría no las tendría. Sí, como ese idiota que decía que las mujeres le ofrecían su cuerpo. ¿Te acordás de ese infeliz? Es probable que haya terminado con alguna que no le importe no ser la única. Era genial como mentiroso y un asco de persona. Espero que ya esté muerto.


Esa responsabilidad, esa carga no es para cualquiera. Solo los cínicos son capaces de llevar el peso de sus palabras, por pesadas que sean. De eso sé lo suficiente como para darme cuenta que nadie lleva a cuestas sus errores con gusto.

Tendríamos especialistas en pesimismo.


Los doctores tendrían que dar diagnósticos fatales y siempre asumir lo peor, esperanzados por algo bueno solo en remotos casos. Nadie tendría infancia porque los cuentos no existirían, Santa Claus quedaría reducido al viejo panzón de algún tío que se quedó soltero, quizás apestoso a licor, quizás demasiado triste para que alguien lo quiera. No habrían ilusiones ni para niños ni para adultos. Los pájaros y las flores no tendrían razón de ser, lo que se llamaba por nombres de chistes o cariños tendría que conocerse entonces por su nombre clínico, los mocosos en su calentura no tendrían tiempo para descubrirse. Sería sencillo: se preguntarían de una vez si habría coito o no. Nada de seducción, nada de citas ni cartas románticas. En fin, se volvería una urgencia como cualquier otra, como comer o dormir y nadie se gozaría en ningún tipo de placer.

Los besos serían solo intercambios de saliva y no promesas de amor. Las visitas a los almacenes ya no serían planes para poblar una casa de sueños, los votos de la boda se borrarían de un plumazo porque no tendrían peso ni validez suficiente. Me pregunto si podrían existir los matrimonios en esas condiciones, los divorcios serían mil veces más engorrosos y ya no digamos las visitas y repartición de hijos. No, es cómodo eso de poder retractarse y arrepentirse.


Llevaría una insignia en el pecho, como medalla de guerra: "Miembro vitalicio del club de miserias y arrepentimientos". Sería uno de tantos hombres con ese dudoso galardón. Habrían graduados en Desgracia, profesores que enseñen el Arte de la Auto-compasión y maestrías en Manejo del Fracaso. Tendría que darles cátedra a todos, quizás sería la única forma de hacerme respetar. Yo, experto en todos los males resultantes de la incapacidad humana de razonar antes de hablar. ¡El mundo sería tan diferente!


¿Tendríamos comediantes? Lo más probable es que no. Todos se tomarían los monólogos como insultos y se desataría el caos con un dime-que-te-diré de nunca acabar. Ese afán de ser políticamente correcto me tiene podrido. Nada es peor que un insulto velado o una crítica asolapada. Los chinos ya no serían chinos sino asiáticos, ciudadanos de China Continental y a los negros todos les dirían Morenitos. No sé si los estaría insultando más con una sonrisa falsa con la que les diga que en realidad son demasiado estúpidos como para no detectar palabras condescendientes de otros. Si de verdad nos hiciéramos responsables por nuestras palabras, nos ahorraríamos miles de discursos políticos. Es más, casi el 100%  de ellos estuvieran presos, no estaría tan mal después de todo.


No tendría que disculparme por nada. Me tomaría el café de la mañana con un "Con permiso, voy a tragarme mi taza de suicidio diaria". ¿A quién le importaría? ¿Quién tendría que aparentar preocupación por mí sino aquel a quien de verdad le importe? Sería increíble contar con un filtro tan bueno. "Personas inservibles por acá, amigos potenciales por allá" y los dividiría a todos en estas categorías desde el primer día.


Cosas que por fuera parecen ser tan ínfimas podrían torcer la realidad hasta lo absurdo. Todo esto y mucho más porque nos podemos dar el lujo de mentir, de bromear, de prometer y ofrecer. Tiramos palabras al aire, a ver qué sale, como cazando posibilidades.


20150906

Doce

Relato inspirado en Just Breathe de Pearl Jam



No te buscaba. Ni siquiera te imaginaba y apareciste cuando menos me lo esperaba. Que eras un hombre espantoso, me dijiste. "Buscá al enano, ese voy a ser yo". No ví a ningún enano; no fue nada de eso, no. Llegué y no ví al enano prometido.


Había demasiadas cosas que te quería decir porque te mandé al carajo cuando me tomaste demasiada confianza y ni siquiera te conocía. Esa primera vez que te dirigiste a mí personalmente no fue amistosa. Estaba a la defensiva, como siempre. Recuerdo bien. Cualquier otro hubiera desistido. No lo hiciste y seguiste hablándome entre una broma y otra. Sentí muchas cosas al verte, pero más que cualquier cosa, me sobraba curiosidad. No puedo decir que haya sido amor a primera vista, eso me había fallado antes. Me dije que iba a tomarme el tiempo que fuera necesario para aprender a entenderte, para ver si podías entenderme. Te ví frente a esa vitrina y no podía entender por qué había venido: no había visto tu cara antes, solo había leído tus chistes malos y críticas de películas. Poco me bastó para darme cuenta que hacerme reír tanto como hacerme enojar se iba a convertir en uno de tus mayores pasatiempos . Comenzaste por hacerme reír. Los enojos vinieron después, pero eso es lo menos importante. Nos saludamos torpemente como hacen los que no se conocen todavía y luego nos movimos de esa vitrina a un lugar con menos gente para platicar. Eso fue el comienzo de estos doce años.


Nunca he conocido a nadie que disfrute más del humor negro. Odiamos a las mismas personas: a los nuevos hippies creyentes de cristales y auras, a los pretenciosos yuppies que se creen muy exitosos y viven hablando del último libro de superación que han leído, a los estudiantes universitarios que piensan que lo saben todo, a las mujeres amargadas y resentidas con el mundo, a los hombres muy machitos que quieren parecer malos aunque no lo sean, a las cucas de iglesia, a los hijitos de mamá, a los que fingen vidas perfectas. Fue entonces que comprendí que quizás parte de eso que llamamos amor sea el odiar las mismas cosas y tipos de gente. Eso me lo enseñaste poco a poco.


Contigo no me han llovido rosas pero has estado callado junto a mí cuando más te he necesitado, fiel a tu costumbre de aparecer cuando menos se te espera. No han sido años melosos ni amelcochados llenos de cartas infantiles. Eso hubiera estado bien en la primera juventud, pero ya no estábamos tan jóvenes. Esas son mierdadas, al fin y al cabo. Me dí cuenta que al principio quizás lo hubiera deseado pero nada se compara a ver un par de ojos mirarte al despertar en una cama de hospital y que esos sean los ojos que más se desea ver. Ahora que estás tan lejos me doy cuenta de muchas cosas. Hay hechos que valen más que un asqueroso muñeco de cerámica o un cartón en forma de corazón o flores. En las mañanas casi anhelo oírte roncar. Casi.


Fueron años largos llenos de indirectas, de miradas incrédulas y para mi desgracia, de incontables chistes malos. No hubo citas, eran salidas. Te pasé sermoneando con estupideces como la forma correcta de tomar un tenedor o cómo distinguir un cuchillo para pescado de un cuchillo para carnes, pensando (inútilmente) que lo apreciarías.

Fueron otras cosas las que apreciaste y que consideré ordinarias como el desayuno de los domingos o llevarte chatarra para comer con tus películas.

Fueron más noches de las que pude contar, llenas de desvelos por darle vuelta a la misma porquería de "él no debería estar con ella sino conmigo y éste no debería de estar conmigo sino con ella".


Son hasta ahora cruces en el calendario, contando los días para que vuelvas a mí, pensándote en cada canción y adivinándote en cada instante. Hay cosas ínfimas con las que pienso entretenerte cuando regreses. Tengo ya una cadena larga de preguntas que hacerte para cobrarme los minutos que no has estado conmigo, para recompensarte todas las veces en las que quizás has querido abrazarme lleno de temor y no has podido... Para decirte que doce años se sienten cortos por el tiempo en que no te he visto y que estos malditos días parecen no terminar. Pienso además sacarme todo esto acumulado de no poder hablarte. Apesto a tristeza y silencio. Me muero de sed sin risas, sin tí.


Nunca te he escrito una verdadera carta de amor. Quizás esto lo sea. No pienses que esto se hará costumbre, eso sí. Es demasiado doloroso esto de verme expuesta. Mierda, ya escribí algo cursi y no hay vuelta atrás.


A lo mejor me insistas en que eres un hombre espantoso. Yo pudiera decirlo de otra forma porque no estoy de acuerdo: de ninguna manera pienso que seas perfecto, pero eres perfecto para mí.

20150713

Advertencia



Relato inspirado en Self Esteem de The Offspring




No tengo los años que tengo sin haber aprendido un par de cosas en el camino.


Te voy a decir algo que no te va a gustar. Todo en esta vida se reduce a los que te parecen pendejos, a los que no lo son y a los que de verdad son. Todo es sencillo. ¿No te gusta o no se parece a vos? Pendejo. ¿Dijo algo que no tenía que decir? Pendejo. Es cuestión de sobrevivir y hacerte de la vista gorda porque no podés andar por allí mentándole a su progenitora a medio mundo sin esperar a que no te devoren vivo. Este mundo es para los que estén dispuestos a navegar con bandera de pendejos sin serlo, porque solo así pueden ver las dos caras de la moneda.


Tal pareciera que hay un momento en que todos a tu alrededor viven para irritarte: el camión de la basura que no pasó a la hora o no pasó, la señora con su banderita de católica en el vidrio del carro que no hizo caso al semáforo, la cajera del banco con cara de aburrida que se toma su almuerzo justo antes que pasés, el pollo que no se descongeló a tiempo. Comenzás entonces a imaginar cosas y  planeás una muerte lenta y dolorosa para todos esos inútiles que se atraviesan... en tu mente, claro. La cosa aquí no es terminar en la cárcel, sino mantener tu salud mental más o menos entera.


Olvidáte de lo que te dijeron antes: que es mejor ir un paso adelante de los demás. No. Primero mirá a los otros y date cuenta de sus errores, de cuándo caen, quién estorba. Entonces y solo entonces vas a poder dar tu primer paso. Ahorráte tiempo y frustraciones dejando que los otros sí sean pendejos, es mejor mirarlos de lejos.


Sesenta y tres años he tenido que aguantar estar vivo y te voy a decir que todo comenzó a ser más fácil cuando aprendí que es mejor dejar que los demás piensen que sós pendejo. Te enterás de cosas que luego te sirven y nadie te echa la culpa porque no piensan que sós capaz de reaccionar. Es obvio: sós pendejo, entonces no debiste haber sido vos. Aparentar ser pendejo es todo un arte. ¿Ves por dónde voy?

20150629

En la noche



Relato inspirado en Special To Me de Jessica Harper



A lo largo de la Historia, muchos hombres y mujeres me han amado. Los poetas me han adorado y los sacerdotes me han temido, mientras las brujas me han admirado. He formado parte de profecías, canciones de amor, desvaríos de locos, teorías de científicos y supersticiones de toda clase.


Desde donde estoy veo toda clase de cosas. La noche me cubre de nubes y a veces lo de abajo se adivina entre brumas, otras veces puedo claramente mirar y disfrutar de una hermosa vista. No siempre pude ver lo que veo ahora. Pasé siglos, eras completas sin ver mayor cosa, solo la tierra respirando. Ahora es diferente. Cada noche hay algo distinto, a veces tristeza y a veces gozo y ruido... A veces muerte y otras veces la vida grita entre el silencio.


Hay una mujer que está siempre a la orilla de la ventana de su casa, mirándome y pidiéndome que le traiga a su hija de vuelta. Cada vez que oscurece abre las cortinas raídas y viejas para mirarme en un largo lamento sin palabras, rogando por ver a su retoño una vez más. Nadie la ha encontrado, está segura que es porque no la han buscado lo suficiente. Trata de no imaginársela en un río o entre unas piedras.


Al lado de un camino solo y sucio, hay un hombre acostado en el suelo, apesta a miseria, está recordando y balbuceando entre lágrimas y me cuenta sus glorias pasadas. Alguna vez tuvo hogar, familia, honor. Tirado en el suelo, atontado por el licor, apenas recuerda su nombre.  Su mente se ha perdido y no volverá.


En el mar, hay un pequeño bote. Padre e hijo pescan, esperando cubrir con la venta de esos peces lo suficiente para la semana. Veo la ilusión brillar en los ojos del hijo, la experiencia en la mano del padre. Suavemente, muevo su barca para calmarlos y señalo en el agua el lugar exacto donde deben tirar sus redes. El padre conoce mis señales y lo hace. Felices, recogen la red llena y se abrazan.


La parturienta sigue en su cama, sudorosa y delirante. Con paciencia, entro por la ventana y la veo, acariciando su frente, intentando hacerla olvidar. He visto tantas veces el mismo esfuerzo que puedo adivinar lo que sigue pero nunca deja de sorprenderme. Horas después, escucho dos llantos y un suspiro de alivio. La vida de nuevo se abre paso y compensa tanta podredumbre. La balanza vuelve a su lugar, como siempre lo ha hecho.



Veo lo que nadie más ve: prostitutas en las calles desviviéndose por buscar clientes, hombres de negocios escondiendo papeles y guardándose billetes ajenos, trabajadores aplanando calles, despojos de gente durmiendo en aceras que apenas y recuerdan que existo. Estas cosas quisiera no verlas, lloro por ellas.



Soy la niebla que se esconde en las esquinas, la sombra que proyecta fantasmas en las paredes de las casas donde hay niños, la frescura que se cuela en las ventanas, la musa de los insomnes, la compañera de los solitarios. Estoy allí siempre, he visto la infancia de este planeta y espero ver su final respiro.



Las noches son largas y todos se creen a salvo de miradas... Mas no saben que yo los veo.  Siempre.

20150424

1999


Relato inspirado en Ostatnie Lato XX Weiku de Komety




A Melanie y Radka


Siempre he pensado que el lenguaje es un virus, entra por los oídos y sale por los poros o la boca. Infecta a quien lo escuche o tenga cerca y no siempre se sabe quién es el portador y quién es el sintomático. Vaga por las calles, siempre errante, salta de nube en nube y se cuela por todas las rendijas. Ha viajado al espacio, navegado en el aire y vibrado en mil bocas, justo antes o después de algún beso, una cachetada infame o un estrecho abrazo. Es contagioso, incoloro, invisible o visible, cambiante. No siempre se escucha, a veces solamente se ve. De todas las formas de lenguaje, de todas sus caras, la que más me interesa es la conversación. Eso no lo pude hacer bien al principio contigo.


Nacemos acostumbrados al ruido de todo: los llantos, las risas, las palabras. Yo, nunca me acostumbré al ruido ni a la palabrería hueca siempre presente a mi alrededor, pero a lo que sí me acostumbré fue al sonido de tu voz. Aun sin comprender bien que me decías, me gustaba oírte.


Lo primero que escuché fue tu risa, sin ver tu cara ni tu espalda. Tuve que voltear a ver, esa risa contenía todo en una nota.  En un segundo, el pánico me invadió porque escuché tu voz en un ronroneo tirarme a la cara un Wie geht's? Bist du die Austauschschülerin? y no supe qué responderte. Recuerdo cómo te quedaste esperando una respuesta: me mirabas mientras yo me congelaba de terror. En ese momento no supe si te habías burlado de mí, pero ví tus ojos líquidos clavados en mí y me dí cuenta que honestamente estabas preguntándome algo, no sabía qué. Me defendí con un tímido Jawohl y te reíste de nuevo. (Después me enteré que eso solo lo decían los militares, debí haber parecido muy estúpida).


El cerebro me daba vueltas.
 

Qué le digo, si tengo la respuesta en la punta de la lengua, era der die o das, el libro decía esto, todos se van a burlar, que no, que sí, me quedo callada, allí va, luego espero, no, mejor no hablo, y si muevo la cabeza, de nada me sirvió aprender esta mierda, por que no me sale nada, que me pasa, tengo que decir algo, si llevo más de diez años en esto, no puede ser... se fue.


Con una sonrisa, intentaste hablarme en inglés y yo reaccioné. Estaba todavía oxidada y era mi primer día en ese lugar. Mi pelo oscuro y baja estatura me delataban como extranjera, mi cara desorientada me marcaba como la nueva del grupo. Me preguntaron por el paisito de dónde venía, para asegurarse que no andábamos en taparrabos, si las calles eran de tierra y piedra o concreto y si no vivíamos en los árboles. Les contaba en mi media lengua de las frutas de colores imposibles y nombres impronunciables que teníamos todo el año, de nuestras temporadas de lluvia de varios días y de los animales que se miraban cada vez menos pero que existían y eran diferentes a los que ellos tenían. Me maravillaron con quesos, pan de diferentes clases y hasta vino especiado que temía probar pero resultó ser delicioso. Así pasaron las horas hasta que terminó la jornada de clase y me llevaste a caminar para conocer el pueblo. Me contaste que tenías una familia repartida en diferentes ciudades, de tus padres divorciados y de tu único hermano. Creo que en ese momento, decidiste adoptarme como hermana postiza para enseñarme todo lo que hubieras querido compartir con alguien deseosa de escuchar. Procuraba no distraerme, me divertía tu plática y me encantaba el paisaje. Después de haber pasado por la lechería, la iglesia, el supermercado, la oficina de correos y un buen número de pastos, llegamos a la casa en donde pasaría esos cuatro meses y nos despedimos con un abrazo. No podía creer mi enorme suerte de conocer gente tan cálida en un país tan frío, especialmente la suerte increíble de conocerte, tan única. No lo sabía en ese momento, pero acababa de conocer a una amiga para toda la vida.


Eso fue hace dieciseis años. Volví a verte hace siete apenas. Sigues impresionándome con lo que haces, con la enorme fuerza con que enfrentas a la vida, con la delicadeza que tienes al dedicarle tu cariño a otra persona. Pasamos cuatro meses yendo a buscar panecillos, a recolectar hongos en esas alfombras de hojas doradas camino a la escuela, pintando con todos los colores que teníamos a la mano, contándonos historias que escribiríamos después. Sigo viéndote desde lejos, sigues enviando cartas que suenan a poemas y sigues siendo esa valkiria salvadora con sensibilidad de artista que aun a la distancia me hace sentir apreciada. Poco ha cambiado a pesar del océano que literalmente nos separa.


Ese virus del cual me contagiaste a unos días de estar contigo, me permitió conocerte, entenderte aunque fuera un poco para poder entrar a tu mundo. Y aunque al principio me diera lo mismo que me dijeras Friend en lugar de Freundin, entiendo que era tu forma de alcanzarme. Me enseñaste qué querían decir Wanderlust y Fernweh y desde que lo supe, entendí qué era ese dolor que me quedaba por una patria ajena.


Sé que algún día volveremos a vernos. Simplemente lo sé.


20150421

Salsa Perris

Relato inspirado en Hung up de Madonna



Eran las 4 de la tarde y sonaban "Los Temerarios" cerca de la cocina... Hacía calor y sonaban vasos con hielo por la casa mientras se oía una voz que gritaba: "¡Fiiiiiiiide! ¡Tráigame por favor más limonada!" - seguido de un "¡Ya voy, Niña Yolan!"


Era la hora de planchar, de las tareas, de la novela, del "ya va a venir a cenar el señor de trabajar, péreme que estoy haciendo la cena y tengo que ir a planchar, niña". La niña hacía su lista de palabras indígenas que le habían dejado en "Idioma Nacional" y la pequeña de la casa se dedicaba a molestar a la Fide, la había amarrado con una de las dichosas "pitas" para colgar la ropa y le decía que no se preocupara, que ella haría la limpieza ese día. La pobre Fide no hallaba como quitársela de encima: "¡Mire, Niña Conchi, la niña no me deja ir a cocinar!".

La abuela miraba las noticias, mamá hablaba por teléfono y la chiquita seguía molestando a la Fide. Tenía unos 21 años cuando llegó a la casa, venía de Santa Elena, Usulután y decía que vivía en el Cantón El Nisperal. Nunca se supo que fue de ella, dijo que se iba a "acompañar" y que se iba de regreso a su casa, a vivir con su "peor es nada". Nunca se supo si se quedó trabajando en maquila, si tuvo mil hijos como todos imaginaron que le tocaría, o si se lanzó al estrellato y se fue a los "Yunais", como ella decía.


Por ella sonaban "Variedades del Seis" con Davys Rosales en las mañanas de los domingos, junto con las noticias de la farándula nacional: que si los de Algodón necesitaban bailarina nueva, que si las de Carey le copiaban a las nenas del grupo Caña o al grupo Mandarina, que si el maratón del Zangolote tenía finalistas, que si el baile del sapito era mejor o peor que el baile del atol de elote, que cuantas canciones tenían nombre de comidas (sopa de caracol, sopa de frijoles, las pupusas, el atol de elote, etc), que si la Máquina competía con la Fuerza Band que era imitación de la Raza Band o si el grupo Compacto era totalmente nuevo y venía a revolucionar el sonido de la cumbia. Era entonces que sonaban los Bukis o Los Temerarios o los Fantasmas del Caribe y la Selena se murió. La niña se enteró de la noticia mientras jugaba en su piscina inflable del patio, la misma Fide llego contándolo entre lágrimas y con una cara de pánico que nos hizo pensar lo peor.


Cocinaba lo que ella llamaba "souffle de espárragos", que no era más que un plato de su invención, improvisado que era un capeado de güisquiles con crema Maggi de espárragos de sobre muy espesa, quesillo y crema. Quedaba tan consistente que se le podía cortar como a un pastel. De ella eran también los purés de papa con "Salsa Perris" y salchichas refritas que le daba a la abuela con su café de la tarde acompañado de dos panes quemados a los que les raspaba la ceniza. Y la abuela se lo comía feliz, así le gustaba. Cuando hacía las listas para las compras que ella le pedía, la Fide (entre otras cosas) ponía:


·         2 botellas de salsa dulce
·         Tomatinas
·         Gelatinas para las niñas
·         Mostaza para el señor
·         Veneno para zompopos
·         papelaluminio
·         Salsa Perris
·         Sopa Magui
·         Jelatina
·         Cubitos (entiéndase, jamás fueron de res, sólo de pollo)
·         Crema y queso para chancletas



Era atrevida ("Niña Conchi... ¿Me presta diez pesos para el pasaje?", "¡Ay este hombre! Mire me dijo que me veía pura puta con la permanente y yo, mire... ¡Lo putié! ¿Vacrer?"), tenía novios a cada rato (los vigilantes o los policías le llamaban la atención, la chiquita platicaba con ellos cuando llamaban a la casa, les preguntaba el nombre o se equivocaba, diciéndoles a veces el nombre del Ex en lugar del de ellos) y creía que la niña sería la nueva genio del diseño de modas ("Mire que chulo el vestido que me dibujó la niña...  ¡Allá a la niña Moncha le vuá decir que me lo cosa!", "¡En el Carnaval voy a ser la envidia!")... No bromeaba, se mandó a hacer dos con la misma hechura pero de distinto color y de distinta tela, tenía uno hecho de pana y otro de cáscara de huevo con detalles de lino y otra tela tornasol a la que jamás le supimos el nombre). Cuando regresó nos contó que con el calor de Usulután, el vestido la ahogaba y que se le había derretido el pastel del "Pocs" con el que pensaba impresionar a toda la familia. Uno de sus mayores orgullos fue llegar a una Casa Comercial de Oriente a comprar un "chifonier" y pagarlo "caish" para llevárselo a su casa, que vieran que ella solita se compraba sus muebles y ayudaba a la familia además. Jamás se puso uniforme y tampoco se lo pidieron, como en otras casas.

La Fide tenía su propio sentido de la moda, no se ponía nada plateado o dorado ni nada de "licras" pero adoraba las telas nacaradas y los esmaltes de uñas rosado chillón o los tules... mientras oía a Vilma Palma e Vampiros.


Lloraron cuando la Fide se fue. Ni la Tita, Adelita, Marta, Mari, Inés, Rosa o la Ña Chave hicieron la vida en esa casa tan divertida como ella.


En muchas casas hubo una chacha, aquella mujer (joven, viejita, no importaba) que se levantaba antes que los dueños de la casa y se dormía después de todos, que salía con permiso cada quince días y se perfumaba los sábados y regresaba el domingo por la tarde. No comía en la mesa, sino en la cocina y algunas hasta llevaban sus hijos a la casa. En la repisa de su cuarto, el más frío o caluroso de la casa, se veían todos sus menjurjes, pero los más notables eran el Ralco, la crema de tortuga, la Romance, Ponds o Aquamarine, el spray AquaNet para las más modernas, la "brillantina", la crema de serpiente Apretadora, el aceite de Sapuyulo para la caída del pelo, un peine fino, esmaltes de uñas Lolita o Darosa con su respectivo bote de acetona, perfume "Charlie" de Revlon y un "Pino Silvestre" de regalo para el novio o el papá, un peine redondo, shampoo Palmolive o sin marca y las cuchillas Gillette. No se sabía mayor cosa de ellas y podían pasar toda una vida trabajando en la misma casa, cuidando hijos ajenos, cocinando la misma comida de todos los días y haciendo la limpieza por un sueldo que ahora no es ni el mínimo. Aun así, la Fide con eso pagó muebles para su cuarto, mandó a poner azulejos en su casa, encargaba vestidos con telas que ella misma compraba en almacenes de señoronas y se compró un reloj de pulsera para su cumpleaños.


Se oían toda clase de historias raras. Una que trabajaba con una amiga de la señora salía por las noches con la ropa interior "prestada" a bailar a saber dónde... una que metió a un hombre a la casa de su patrona y lo tuvo encerrado en su cuarto dos noches hasta que el esposo de la señora se dio cuenta... otra se fue porque dijo que le salía mejor "acompañarse con un cabo de la Escuela Militar porque no la iba a hacer trabajar" y una última que se escapó un día con el jardinero.


Pero no la Fide. Ella se concentraba en lo que llamaba "la visión de tener mejor vida como fuera" y pensamos que hasta la fecha la sigue buscando, sea en una maquila, sea en los "Yunais" o sea como la mamá de dos niñas (como dijo que tendría) a las que les ha de haber puesto Hazel Veralis y Joanna Elizabeth, sus nombres favoritos.

Seguramente las mandó a la escuela para que "no fueran brutas como ella" y a lo mejor les enseñó que no se hicieran la permanente porque "no vaya a ser que en la calle les digan que parecen putas".