Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20170225

Accidentalidades











Conocí a @Accidental_ hace ocho años en Un Raro Dúo, (no me pregunten por qué, pero siento que ha pasado más tiempo). Desde ese 30 de enero de 2009 se volvió recurrente en sus visitas a nuestro blog y viceversa. Luego nos encontramos en Twitter y algún día del 2010 (si mal no recuerdo) nos juntamos a tomarnos un café en Multiplaza... De allí tuvimos muchos cafés y muchas horchatas y muchas cervezas y muchos rones. Por allí tuvimos un proyecto que se llamaba Palabras Al viento, que se lo llevó el viento. Una vez quebré un vaso cervecero en su apartamento, trabajamos juntas en algún momento del 2012 en un proyecto llamado EsArtes, he llegado tarde a traerla muchas veces, hemos compartido alumnos en la Mónica Herrera, hemos llegado hasta a emparentarnos por vía de un gato que es mi nieto y que se llama Tolstoi.

Hemos intercambiado ideas, sueños, miedos, confesiones y pensamientos tantas veces.

Es una AMIGA que llegó a mi vida de forma @accidental_ ¿ven que interesante? y hace unos años dimos vida a este proyecto de @NonGirlyBlue, ahora ella nos deja para enfocarse en nuevos proyectos y, aunque sé perfectamente que allí va a estar siempre para compartir un almuerzo o intercambiar mensajitos por FB; yo soy una dramática empedernida y ya me comenzó a dar nostalgia, porque sí, porque soy mala con esto de los cierres, de los finales...

Así que para darle una despedida como se lo merece, con bombos y platillos, esta semana-quincena vamos a escribir inspiradas en uno de sus artistas favoritos: José José.  Cada una de las NonGirlys ha seleccionado una canción, así que, queridos, el repertorio va a estar interesante... Y el homenaje a la Karla, más que merecido.

Porque, ajá, yo sí voy a extrañar sus relatos por estos lados.

20170220

La Domesticación












(Relato inspirado en Yo Fui Una Vez de Silvio Rodríguez)

Simón era el primo de una prima. Lo que podría verse como si él fuera mi primo, pero realmente no lo era, porque mi prima era pariente por el lado de mi papá, y Simón era primo por el lado de su mamá o algo así… En fin, no era mi primo. Todo ese análisis no lo hice ese sábado en que nos conocimos en el Chantilly que quedaba atrás del Camino Real (¿Se acuerdan?)  cuando llegó con mi prima y su novio de turno. Simón, mi prima y el novio de turno eran varios años mayores que yo, unos diez, diría. Por entonces, esas diferencias de edad me parecían fascinantes, la gente de mi edad me aburría. Sí. Así.

Simón no era guapo, ni siquiera atractivo. Tenía el típico físico de los salvadoreños natos: moreno, nariz aguileña, ojos achinados, pelo negro, liso y grueso y estatura promedio. En pocas palabras: no tenía nada de atractivo a primera vista, a excepción de su excesiva seguridad y una sonrisa de perfectos dientes blancos de lado a lado que me encantó al momento. Después de unas horas y varias cervezas, ya estabamos hablando como viejos conocidos. Lo primero que me pregunté, y obviamente le pregunté a Simón, fue que cómo, siendo pariente de mi pariente, nunca nos habiamos conocido. Resultó que vivía en Washington -el DC, no el estado- y realizaba no sé qué trabajo con las comunidades latinas de allá. Al parecer se había ido a vivir con alguna familia (que no era la mía, ya está claro) a principios de los ochentas cuando lo de la guerra y la guerrilla se empezó a poner feo y desde entonces había estado allá, yendo y viniendo cada vez que le era posible. Tenía un título universitario en International Affairs (¡Wow!) o algo parecido o algo que me sonó como a eso y una maestría en Politics (Doble ¡wow!). Así que ya se imaginarán qué placer le causó a una "intelectual de pacotilla", como yo, entablar conversación con semejante ejemplar. Simón no era solo un hombre muy “estudiado”, también sabía de música, tocaba la guitarra, escribía de vez en cuando sus propias letras (¡El colmo!) y hasta escribía una columna en un periódico.

No me enamoré de él, como se hubiera esperado. No me explico por qué, tenía todas las características necesarias. Ahora que lo pienso: ni siquiera me gustaba, de gustarme físicamente, me encantaba estar con él y pasar interminables horas hablando de temas inesperados, insospechados y desconocidos. Y eso fue lo que pasó durante su larga estadía de un mes. Nos ibamos (ya sin la prima y su novio de turno) a repasar todos los posibles lugares que típicamente visitaban los “Hermanos Lejanos”. También ibamos al apartamentito en el que se quedaba con un amigo. Estaba en la segunda planta de una casa en la Centroamérica. Que no era una segunda planta de verdad, sino que, un cuartito que habían construído sobre la cochera y que tenía su acceso privado por una gradas de metal que subían desde la calle. En fin. Allí me cantaba con su guitarra las canciones que había escrito y otras, como “Usted es la culpable”. Yo no era la culpable de nada. El tampoco estaba enamorado de mí. Ya saben… Uno presiente esas cosas.

A estas alturas se estarán preguntando si era casado o algo por el estilo. Yo también me lo pregunté y se lo pregunté la segunda vez que salimos. No era casado, pero si "algo por el estilo". Vivía "rejuntado" con una gringa, lo que a mí no me impidió seguir saliendo con él, y, según me contó, tampoco a la gringa le importaba que saliera conmigo. Bien para todos. Después del mes de estar saliendo todos los fines de semana, se borró por un tiempo. Como se imaginarán, no lo busque ni pregunté a dónde estaba, me imaginé que en Washington haciendo su vida con la gringa. A esa edad quién se clava en esas cosas. Yo no. Tenía mi vidita, con familia sobreprotectora, estudios universitarios y ensayos de grupo de teatro (si, quería ser actriz).

Apareció otra vez como a los seis meses. Me llamo un sábado por la mañana y al medío día ya estabamos sentados platicando en el peñón más alto de la Puerta del Diablo. Debe haber sido octubre, porque estaba haciendo un vientecito bien rico que hacía que todo el monte de abajo se mecieran al unísono y me hiciera pensar en el poema de Alfredo Espino “Eran mares los cañales que yo contemplaba un día…” Los que yo contemplaba ese día no eran cañales, pero se movían como mares y pensé que algo así había visto el Alfredo. La cuestión es que el momento era como para enamorarse o para estar enamorado, no para estar hablando de la doble moral de los salvadoreños y la sexualidad a finales de los ochentas. Sí, de eso estábamos hablando. Esos eran nuestros temas. 

Estabamos allí sentados los dos solos y sonrió con esa sonrisa de lado a lado con perfectos dientes blancos, por un momento lo vi hasta guapo y derrepente sentí que él también había sentido que era un momento como para estar enamorado o enamorarse. Pero me equivoqué. Nunca hablamos de amor. No en el sentido romántico. Sí hablamos de hacer el amor, o mas bien: él habló o sugirió que “porqué no haciamos el amor”. Le dije que sí, que estaba bien, pero que el asunto no podía ser así nada más (sí, dije asunto), que primero tenía que domesticarme (sí, dije domesticarme) como hizo el Principito con el zorro. ¿Cómo así?, preguntó Simón. Y entonces le conté la metáfora del niño que quería jugar con el zorro, pero el zorro le dijo que no se le podía acercar, que primero debía domesticarlo, es decir, acercarse a él cada día un poquito más hasta que ya se hubiera acostumbrado a él y pudieran estar cerca. Al final el zorro le suplica “Domestícame”. O algo así. Así que allí mismo, en la peña más alta de la Puerta del Diablo con viento de octubre que nos mecía el pelo, montes que parecían mares, un sol cálido y amable en un momento que hubiera podido ser para estar enamorado o enamorarse; me besó por primera vez. 

El segundo beso nos lo dimos en el pick up azul que le prestaba su amigo mientras se quedaba en San Salvador. Estábamos parqueados en el boulevard Constitución, cuando estaba recién abierto y estrenado. Creo que no imaginamos que por alli pudiera pasar nadie, no en esa época. Y de no haber sido por la patrulla que se estacionó adelante, el policía que se bajó y nos pidió la identificación y que nos retiraramos de ese lugar, este beso sí hubiera sido apasionado, sin llegar a ser de película. De vez en cuando saliamos con mi prima y su novio de turno. A veces ibamos al cine, a veces a tomarnos algo, a veces solo a sentarnos en el apartamentito a ver tele, a veces a oir a Simón tocar la guitarra, a veces cantabamos con él. A veces cuando ellos se iban, seguíamos con la domesticación y nos besabamos en el único sillón que había. Después de varias sesiones de domesticación, como diez en realidad, Simón volvió a desaparecer. Esta vez me llamó para despedirse, le habían llamado de Washington para un asunto de un papeleo o algo así, me dijo que todavía no sabía cuando iba a regresar, pero en cuanto volviera se iba a comunicar conmigo.

Siguieron los vientos de octubre, participamos en el festival de teatro universitario y ganamos el segundo lugar, celebré la Navidad con mi familia sobreprotectora, se acabó ese año, empezó otro, comencé mi penúltimo ciclo de universidad, empezaron los primeros parciales y Simón volvió a comunicarse conmigo. Me saludó como si se hubiera ido el día anterior y me dijo que ya era suficiente domesticación, que no tenía tiempo para eso, que iba a pasar a traerme, ibamos a ir a cenar y a tomar vino en algún lugar bonito y después podíamos ir a la casa en la que se estaba quedando, que ya no era el apartamentito, sino una casa de verdad, que compartía como con cuatro o cinco personas más. Nos fuimos por allí, tomamos vino y hablamos de todo, menos de la domesticación y del asunto que nos competía esa noche. Nos reimos bastante. Tal vez si no hubiera disfrutado tanto la compañía de Simón, la relación –o lo que haya sido- no hubiera llegado hasta allí, y si él hubiera puesto un mínimo esfuerzo de su parte, hasta me hubiera enamorado, pero todo fue demasiado directo y simple como eramos los dos. La velada (como dicen en las películas) pasó más rápido de lo que me imaginaba, entre conversaciones triviales y nuestras típicas charlas tratando de componer el mundo; al rato ya estabamos en la casa saludando a todos los “roomates” y sus amigos, que eran como diez personas en total, desparramadas por toda la sala en los sillones, el suelo y una que otra silla del comedor. Había uno con una guitarra tocando alguna canción lejana. El cuarto de Simón quedaba pasando el patio, que era pequeño, con una jardinera al centro que le daba vida a un arbolito de limón y algunas hierbas que lo rodeaban a la altura del suelo. 

Simón puso todo de su parte para que el asunto se desarrollara lo más normal posible: me enseñó el cuarto, su aparato de sonido, el baño (por si quería darme una ducha o algo) y lo más importante: la cama. Puso un casette de Silvio Rodríguez y se sentó sobre la cama. Yo hice lo que parecía mas lógico y me senté junto a él, nos besamos despacito mientras pasaba su mano detrás de mi cuello, esta vez si como en las películas. No cerré los ojos, los deje abiertos mirando un punto fijo en el cielo falso, precisamente en una mancha de humedad que casi tenía la forma de un corazón (¡sí, qué cursi!). Entonces el beso dejó de ser despacito, empezó a desabotonar mi blusa blanca y caimos horizontalmente sobre la cama, su horizonte sobre el mio. Se quitó la camisa, lo que dejo entrever dos bien marcadas cicatrices: una en el brazo izquierdo, otra a un lado del pecho. (Al fondo seguia Silvio “Yo fui una vez al monte, yo fui una vez lucero, yo fui una vez sinsonte, yo fui una vez lo nuevo.”) Y entonces, cuando su mano iba entrando por debajo de mi falda, sonaron los primeros disparos, ráfagas, primero lejanas y que luego se iban acercando. Más disparos, golpes en las puertas, vidrios que se quebraban al parecer en la casa de la par. Simón solo me tiró al suelo, jaló el colchón y me lo echó encima. Me quedé allí largos minutos, horas, quizás, hasta que algunas de las cheras que estaban en la sala al entrar vinieron a sacarme, nos subimos a un Toyota viejísimo y me llevaron a mi casa.

Volvimos a Simón unos meses después, ya con la prima y el novio de turno. Nos vimos en el Chantilly, el que quedaba atrás del Camino Real (¿se acuerdan?). No hablamos nunca del asunto, de su desaparición, ni de lo que pudo haber sido. Entre tlo poco que hablamos, solo se me quedó grabada su sonrisa perfecta de dientes blancos de lado a lado y su comentario de (“aquella noche en que salimos, aquella noche tan surrealista, ¿te acordás?”) Al día siguiente desapareció así como había aparecido.

El dieciséis de enero de mil novecientos noventa y dos se celebró el resultado final de la firma de los acuerdos de paz. Hubo una misa en San Jose de la Montaña, todo mundo estaba feliz y eufórico. Luego de casi doce años de guerra, de miles de muertos, de varios pueblos desaparecidos, de cientos de hijos, nietos, hermanos, amigos desaparecidos; al fin estabamos en paz. Las celebraciones se dieron por todas partes. Y nosotros (mi novio de turno, dos amigas y mi hermano) quisimos constatar y dar fe de esa realidad que parecia mentira y nos fuimos a la celebración abierta y democrática de los clandestinos, que según decían, nunca más volverían a serlo. El Parque Barrios era una feria, con casetes, libros y souvenirs de la guerrilla. Había vinchas, gorras, pasarrios, calcomanías y camisetas con el nuevo color rojo que hasta entonces había sido prohibido. Había toda clase de libros expuestos a la luz del sol y al público, todos aquellos que hasta entonces tenían que haber estado escondidos en algún desván. El Palacio Nacional y la Catedral no se podían ver con tantas pancartas, mantas y gente que después de tanto tiempo reconocían sus caras y su ideología en público. Luego  de mi asombro, de la gente moviendo las banderas en la asotea del Palacio, de la gente caminando soprendida como despertando, pude reparar en el improvisado escenario que había sobre las gradas de la Catedral, en donde un descubierto  y emocionado lider ex - guerrillero proclamaba a todo pulmón su nueva arenga política. Avancé como pude entre aquel gentío de seguidores y curiosos que se arremolinaban sobre las gradas, siguiendo el tono conocido de aquella voz que sonaba en altoparlantes por toda la plaza… Y sí, era él (lo adivinaron). Simón que era el primo de una prima, pero que no era mi primo, el que me había domesticado y me había cantado usted es la culpable y con quien casi pierdo mi virginidad, estaba encaramado en la tarima vociferando con tal propiedad, que por un momento me olvidé que habiamos estado tan cerca que no cabía un alfiler entre los dos y llegué a creer que era ese nuevo hombre allí arriba, el exclandestino, hoy llamado Comandante Aurelio. Mi sorpresa me llevó a casi cuatro gradas cerca de él, en donde por unos breves segundos su mirada se junto con la mía y descubrí la mirada de Simón y sonrió con sus perfectos dientes blancos de lado a lado… Yo también sonreí y bajé las gradas espantada de asombro.

20160806

Your skin makes me cry















No sé en qué momento, Creep, la de Radiohead, llegó a esta historia de mi vida. No fue en el tiempo que salió originalmente allá por el 92, no, por esos días yo andaba tratando de entender las intrincadas letras de Rogers Waters. Creo que Creep, la de Radiohead, apareció probablemente hace unos años cuando armaba mis playlists para llorar. Y con toda propiedad podría decir que fue en ese momento en el que le puse total atención a Radiohead. Me enamoré de Thom Yorke y sus canciones y letras para acompañar los momentos más tristes de la vida. En la actualidad me dedico a comprar o conseguir todos sus vinyles, aunque, ajá, su voz suene más rara que nunca en acetato.

Esa canción -aunque al mismo Thome le disguste tanto su éxito- tiene algunas líneas que son increíbles

YOUR SKIN MAKES ME CRY

es prueba de eso.

YOUR SKIN MAKES ME CRY

es la palabra hecha poesía.

Me declaré fan de Radiohead hace algunos años, y en mi lista de bandas favoritas ahora ocupa el segundo lugar.

¿Ya dije que amo a Thom Yorke?

Pero claro, hubiera sido tan fácil escribir con el Creep de Radiohead, ¿verdad? Entonces recordé esta versión de Postmodern Jukebox. ¿Postmodern Jukebox? Ya saben, el experimento de Scott Bradlee, este músico gringo que hace versiones de canciones actuales con tonos de estilos como ragtime, jazz y swing...

Mis hijos y yo somos fan de Postmodern desde hace varios años, pero cuando, en abril de 2015, salió esta versión de Creep; simplemente enloquecimos. Sinceramente, creo que es imposible que haya tanta belleza en una letra, un arreglo y una voz.

Además, la versión esta amenizó un atardecer en el Lincoln Memorial del DC, con mi hijo adolescente y un pintor gringo de atardeceres, mientras yo trataba de traducir YOU'RE SO FUCKIN' SPECIAL y WHAT THE HELL AM I DOING HERE al español.

Ok. Veamos qué sale.

20160724

Ella













- Carlos no está  - le dice, parada junto a la puerta, sosteniendo el picaporte como si alguien fuera a quitárselo.
- Ya sé, le hablé en la mañana por teléfono y me contó que se iba para Panamá. Me dijo que estaba bien si pasaba a devolverle este libro, me lo prestó hace meses – contesta él enseñándole el libro que, de alguna manera, justifica su presencia a esa hora de la noche.
- Bueno, dámelo. Yo le digo que pasaste – dice, por decir algo, deteniendo la puerta. Esperando algo más que el libro. Dibujando en su rostro una mueca que quiere ser una sonrisa. Una sonrisa que quiere ser una mueca. “Un momento que no podrá ser nunca”, piensa y le pregunta si quiere pasar. Él no se niega ni por un segundo y desplaza su metro ochenta dentro del pequeño recibidor de la casa, argumentando que no quiere interrumpirla en nada. Ella cierra la puerta tras de él, contestando que no interrumpe nada, que solo iba a tomarse una copa de vino y fumar un cigarro en la terraza, que si quiere acompañarla.
Sí la acompaña. Ella le ofrece algo de beber. Él solo quiere agua, tiene sed. El vaso viene fresco y transparente moviéndose suave al ritmo de ella, que se lo entrega directo en la mano. Se sientan frente a frente con la mesa de vidrio en medio y ese sentimiento a medias por todos lados.  Hablan de las mismas historias que no se cansan nunca de contar en las largas reuniones de los viernes con el grupo de siempre. Solo que ahora no es viernes ni está el grupo de siempre. Solo ellos dos con sonrisas tontas y silencios largos, entre frases cortadas y sin sentido. Ella le mira a los ojos mientras hablan, él no le puede sostener ni un minuto la mirada, nunca ha podido. Uno de los niños viene a decir buenas noches. No se extraña de encontrar allí al “Tío Santiago”, quien siempre está en la casa acompañando a su papá como su sombra. El chico le da un beso a la mamá, otro al “tío” y se va corriendo al dormitorio. Ella sonríe otra vez, con una sonrisa nueva que él no le conocía, que le ilumina toda la cara.

- ¿Qué? – Logra apenas decir Santiago. Más que una pregunta, una súplica.
- ¿Algunas veces no sentís que estás viviendo una vida que no te imaginabas? –

Él le dice Rebeca como un conjuro, tratando de que su nombre suene como algo más que una palabra. Y no dice nada más, solo sonríe lento, tratando de sostenerle la mirada. Enmudeciendo frente a esos ojos grandes y profundos, queriendo partir en dos la mesa, el mundo, el maldito destino que la hizo cruzarse por la puta vida de Carlos antes que por la de él.
- A veces siento que estoy viviendo una vida que no es mía -  dice él, pasando una mano sobre la mesita para encenderle otro cigarro.
Ahora ella le dice Santiago como una promesa, con sílabas que pronunciadas así se vuelven una esperanza.

- ¿Qué es lo que esperás de mí, Rebeca? –
- Entenderás que no puedo esperar nada más que sigás siendo el mejor amigo de Carlos –
- Entonces, ¿Vos entenderás que ahora me levante y me vaya? –
- Lo entiendo. Está claro –

Por segundos él no se mueve. Le dijo que lo entiende. Claro que está claro. Toma el celular que antes puso sobre la mesa, junto al vaso con agua que permanece intacto, y casi de un salto se levanta. Todavía la mira. Ahora sí puede sostenerle la mirada.

En la puerta se despiden como si nada, hacen planes para verse el viernes con el grupo de siempre, cuando Carlos ya esté de vuelta. A escuchar nuevas anécdotas en Panamá, bromea Santiago, mientras con la mano derecha le agarra el brazo izquierdo para despedirse. El brazo que es eterno, que se vuelve un puente en donde su mano se va deslizando hacia abajo hasta quedar los dedos juntos, entrelazados.

- Como debería ser – dice Santiago, jalándola hacia afuera, empujándola levemente contra la pared de laja, acariciándola mientras mide los pocos centímetros que faltan para aplacar su respiración, su agitación, sus límites. Se miran como nunca. Nunca tan cerca. Se besan como nunca. Nunca antes. Reconociéndose las formas, las humedades. Se sienten, un murmullo cadente y pausado. Se desean y se adivinan, se adivinan y se desean bajo aquel cielo, inútilmente estrellado. Bajo aquella luna que quiso ser llena, pero es menguante. Santiago siente que se le escapa, que se le va a escapar y la envuelve con un brazo, sintiendo el cuerpo nuevo de Rebeca que no conocía. Dejando, sí dejando, que esta vida sea suya. Imaginando, nada más imaginando que puede ser…

- ¿Creés que si me quedo con vos esta noche estarías viviendo la vida que imaginabas? –

Entonces Rebeca piensa. Piensa y lo separa. Trata de mirarlo, pero ahora es ella quien no puede sostenerle la mirada. Camina de regreso hacia la  puerta, se voltea y lo abraza. Nada más lo abraza y se deja abrazar largo. Luego se para bajo el umbral y le contesta:
- No creo, porque en la vida que imaginaba no tenía que engañar a Carlos para estar con vos…

- Entonces… gracias por el agua - dice Santiago tratando de sonreír y se va.

20160608

Señor que posa muy serio para una foto


Usted es un hombre formal, de saco y corbata. Un señor casado con esposa "de Usted" a la que le manda flores cada aniversario, cumpleaños y evento de celebrar. Se pasea por los eventos sociales con trago en mano siendo saludado por otras personas formales, personas de "nombre y apellido", personas con tragos en la mano, también. Usted es tan serio que no se le hace ni una arruga en el pantalón ni la camisa cuando se sienta, y tampoco se sienta en el suelo. Usted sonríe por todos lados, usted habla sereno y pausado, y sabe muy bien todos los temas de los que habla, porque usted ha estudiado y leído mucho de lo que habla, usted es un hombre de éxito. Todos lo sabemos. Se le nota.

Pero más allá de eso no se le notan otras cosas, lo que usted -obviamente- quiere ocultar. No se le nota, por ejemplo, cómo mira entre la concurrencia a la mujer que le ha gustado por más de quince años. Nadie nota, tampoco, cómo se sonríen de lado a lado del salón con esa sonrisa cómplice y cómo se ilumina todo, por más que traten de ocultarlo. Por más que usted trate de ocultarlo, porque es un hombre serio y formal y en teoría no debería sonreír así a la que no es su esposa; aunque en la práctica tenga más de dos meses de no cruzar palabra -mucho menos sonrisas- con ella.

Señor serio y formal: quién va a creer, cuando posa elegantemente para esa foto, que hace todo tipo de propuestas por chats, mensajes de celular y messenger. ¿Quién va creer, señor, las cosas que de verdad pasan por su mente? Yo no lo juzgo, de verdad. De hecho me gustan sus propuestas y cuando le digo "¿y si me enamorara perdidamente de vos?" en serio lo creo, porque quince años es suficiente tiempo para conocer a alguien, demasiado tiempo para sonreírle a alguien en una fiesta al otro lado del salón. Y cuando usted me contesta "los dos corremos ese riesgo", en serio, le creo, porque ya sabemos, usted es un señor serio y dudo mucho que ande jugando con esas cosas.

Relato basado en la canción Wicked Game de Chris Isaak.

20160523

The last man standing













Esa Navidad, una pequeña Aura de apenas cinco años, bailó subida en la mesa de la sala familiar para el tío-hermano-lejano que había venido para las festividades. Alguien tuvo que haber sabido, entonces, que nunca iba a parar. Que en interminables fiestas con amigos, amores, familia, amantes, conocidos o desconocidos; siempre todo iba a parar en eso: ella era la que siempre terminaba bailando a altas horas de la noche cuando todos los demás ya estaban doblados de la borrachera. Y así fue pasando de clases de ballet a danza moderna, folclórico, bellydance, salsa y hasta lambada, punta, samba. Ustedes solo menciónenlo. Ella bailaba. Unos pintan, otros cantan, otros escriben. Ella bailaba. Era su forma de decirle al mundo que nunca iba a parar. Como esa noche en el cuartito blanco y a oscuras del primer romance en serio, con algunos jalones de más a la pipa y el hombre que la miraba anonadado mientras ella brincaba y su ropa volaba para todos lados, o la otra noche en que apenas en calzones le bailaba demasiado cerca al querido en cuestión, aquellas escenas, aquellos bailes que iban a parar directo a la cama, porque ella sabía cómo, ella sabía qué fibra tocar. Toda su vida se tratataba de playlists, todos sus amores los arreglaba con un paso por aquí, otro por allá. Porque no tenía otra forma de entender las cosas. Solo a través de la música y bailando.

– I'm the last man standing!!! Gritaba en aquella fiesta alzando su vaso casi vacío mientras las demás ya se habían ido, o estaban dobladas en alguna silla, o dormían la borrachera en algún sueño.

Ella era the last man standing con los pies descalzos y chucos de tanto bailar. Sabía que había nacido para andar en el mundo y agarrarle a la música el gusto y las ganas. Porque nadie tenía más ganas que ella de andar por allí sin que nada le importara, sin explicación cierta, sin aburrimientos ni excusas.

Hasta que, - claro, siempre hay un "hasta que" - apareció el Marciano. Se lo encontró en la pausa entre una canción y otra en una de esas fiestas de viernes mientras ella buscaba otra cerveza y él pedía su quinta agua mineral. Ese hombre no tenía modos ni filtros, y a la primera, sin mediar palabras ni presentaciones, le estaba tratando de adivinar el color de ojos en la oscuridad. Y luego le estaba contando un sueño, tan vívido que parecía como si hubiera pasado de verdad. Fue el sueño ese de cómo bajaba su nave espacial sobre el volcán de San Salvador y de cómo sus compañeros planetarios lo habían dejado aquí a la buena de Dios... Bueno, sea cual sea el Dios de los marcianos. Y de allí su nombre. Y el Marciano era tan atractivo que bien se le podría creer que no era de este mundo. Seguía hablando incoherencias a las que Aura ya no les prestaba atención, solo quería sentarse a oírlo por siempre y tener la excusa de mirarse en su mirada todo el tiempo que fuera posible. El Marciano le contaba otro sueño, pedía la séptima botella de agua mineral, y a ella ni siquiera le había preguntado su nombre. Le contó todos sus sueños y fantasías por más de cinco horas, diez agua mineral y siete veces al baño, hasta que entró la madrugada. Que si quería ir a ver el amanecer al volcán, le preguntó, le iba a enseñar dónde lo había dejado la nave... Según su sueño, claro.

Subieron y subieron y subieron y subieron.

Hasta el final o el tope de una calle. La calle terminaba allí en medio de una nada con vista a San Salvador, el lago de Ilopango y el Chinchontepeque. Y de hecho, el sol estaba saliendo cuando llegaron. Aura estaba incendiada de rojo cuando el Marciano cayó de rodillas a la orilla de la alcantaría que previamente había abierto. Con los brazos abiertos hacia arriba invocó a Zeus y a algunos otros dioses del Olímpo. Y sin advertir si quiera "aquí va", se tiró de un solo salto en el hoyo recién abierto.

Comenzaba a subir el calor y eso no podía estar pasando. Vio el reloj y eran casi las siete de la mañana. Vio su sombra tirada en el suelo.

– I'm the last man standing!!! Gritó

* Foto tomada de -  http://coordenadascuba.blogspot.com/2015/06/la-bienal-de-la-habana-tiene-zona-franca.html


20160508

Entrevista con Mick Jagger




















(Relato basado en God Gave Me Everything de Mick Jagger)

Todo tuvo que ver con la ex equis #23 y su mensaje en alguna hora de la madrugada. Un mensaje por Whatsapp de esta ex compañera sexual a la que desde hace unos meses solía ignorar cuando le dio por escribirme - casi siempre a mitad de la noche - las cosas más random que se puedan imaginar. Uno no necesita esos sobresaltos de la nada, mucho menos cuando al fin has logrado conquistar a la querida equis #24 y estás a punto de meterla en tu cama. O mejor: ya la tenés en tu cama. Entenderán que cuando el pop-up del mensaje iluminó la cara de mi fogosa compañera y vi el nombre de la ex, no me quedó más que hacer dos cosas: tirar el celular tan lejos como pude, cerrarle los ojos a la querida con un beso. Con lengua, saliva y todo lo demás, claro, en eso me especializo.

Al día siguiente - no me pregunten la hora -, volvió a caer otro insistente mensaje de la Ex Equis #23. Digo insistente, porque me di cuenta de que había escrito varias veces durante la madrugada y la mañana. Y bueno, ya saben la técnica, y si no la saben se las cuento: para no dejar en vistos los mensajes, pero enterarte de qué trata, corrés la pantalla hacia abajo para el preview de las notificaciones. No sé cómo funciona en iPhone eso, pero en Samsung y LG es lo más infalible... Así que, pónganse que le di un preview a los mensajes de la ex tan insistente. Me pedía que le hablara, que tenía algo urgente que decirme, que me convenía y tenía que ver con que uno de mis ídolos musicales estaba en el país.

Sí, ídolos musicales, dijo. Ella y todas mis exes sabían las palabras adecuadas para referirse a todas mis aficiones. Yo me encargaba de enseñarles esas cosas mínimas mientras duraran las relaciones. Con la #23 no habíamos llegado ni a los cuatro meses, con la #22 habíamos durado casi un año, y de seguro eso habría alcanzado para algo más duradero de no haber sido porque estaba casada. Sí, casada, la pobre, con un tipo mucho mayor que ella que se la pasaba en viajes y cosas de exportaciones, según supe. Casada y con cuatro hijos pequeñitos que, como entenderán, no me interesó conocer. Casada, aburrida y deambulando por allí hasta que cayó en mi vida. Pero bueno, volvamos al Whatsapp de la #23. Claro que le hablé por teléfono en cuanto leí "uno de tus ídolos musicales". Lo demás no me importó. Ni siquiera me importó que la #24 estuviera en el otro cuarto haciendo café y unas tostadas.

– ¿Qué pasó? – Le dije, tratando de parecer lo menos curioso respecto al tema.

– Hola, Ale, ¿cómo estás? – Bromeó. Ale era ella. Ya saben, no soy bueno para esos rituales sociales. – Estoy bien, Quique, gracias por preguntar. Gracias por todos los mensajes contestados y demás– Siguió

– Alejandra, querida, ya sabés que no soy bueno para eso–.

– Para eso y otro montón de cosas más, querido... Pero bueno, el punto es que me llamó este chero de la U. Sí, uno de esos amigos medio hipsters que tanto te molestan, de esos "estudiantitos de periodismo", como les decís. Me llamó y me contó que Mick Jagger, tu ídolo musical está en el país, de incógnito, y gracias a unos conectes que tiene lo contactaron para una entrevista, pero mi amigo no se siente en la capacidad de algo así, de una entrevista de esa trascendencia y me preguntó, me pidió, que si yo te podía decir a vos... Que bueno, ya tenés cierto nombre en el periodismo...

Claro que ya tengo cierto nombre en el periodismo. Claro que esto no puede ser verdad y me está tratando de jugar una broma. Y no me extrañaría de la #23, terminamos de una forma bien fea e inusual.

– Alejandra, vos me estás tratando de ver la cara

Que no, me dijo, Que Jagger se estaba hospedando en La Guitarra, que ya todo estaba arreglado para la entrevista, que solo necesitaba que yo dijera que sí, bajo las condiciones que ella y el amigo hipster tenían que estar presentes, que el tipo solo tenía una hora, que tenía que ser esa misma noche, que nos esperaba a las 10.

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Mick Jagger nos recibe en su habitación en La Guitarra, que más bien es una cabaña de ladrillo visto, con una pequeña cama matrimonial cubierta con una colcha o cubrecama de añil, dos mesitas de noche a cada lado y una mesa-escritorio con un plasma sobre ella. Alejandra, el hispter y yo nos sentamos alrededor de esta mesa, Mick se queda sentado a la orilla de la cama casi en posición de loto. Solo lleva puesto un pantalón blanco de manta o lino o vaya ustedes a saber de qué material, no soy bueno para eso, y un collar de conchas de esos que venden en El Tunco con una estrella de mar que cae sobre su pecho bronceado e increíblemente joven. Sí, este Mick Jagger está joven, quizás en sus tempranos treinta. Tiene una Pilsener de esas de medio litro en una de las manos, un Marlboro rojo se consume en la otra. Sonríe sin decir palabra desde sus labios gruesos que han cantado millones de veces. Nos mira con simpatía a los tres allí, sin saber qué decir. Yo decido que no voy a perder tiempo dándole rodeos a la cosa y le lanzo la pregunta que desde hace varios meses viene dando vueltas en mi cabeza:


– Señor Jagger…
– Hey, dime Mick

– Mick, ¿Cómo es posible que cientos, miles de veces hayas cantado You Can’t Always Get What You Want y ahora nos vengás a decir que Dios te ha dado todo? ¿Cómo es posible? ¿No es un tanto contradictorio e irresponsable de tu parte?

Él solo sonríe, claro, no se la esperaba. Sigue sonriendo mientras le da otro sorbo a su Pilsener, mientras se acomoda en la cama, mientras mira la estrella de mar en su pecho.

– Querido amigo, el pensamiento puede evolucionar a otras partes…

– Pero, Mick, en un arrebato de inspiración poética yo le recité esa canción a una mujer entre sábanas y whiskys. Entre olores prematuros a sexo le dije "Vos sos lo que quiero, ¿me entendés?'– 

– ¿Y ella qué te dijo?

– "Qué fuerte lo que acabás de decir". Solo eso dijo, "qué fuerte"... ¿Y ahora esperás que vaya y le diga que era mentira, que Dios le va a dar todo? ¿Cuando yo ni siquiera creo en Dios y ella tampoco?

– ¿Y todavía están juntos?– Pregunta Mick, un poco incrédulo.

– No, no estamos juntos y nunca más lo vamos a estar, está casada.

– Entonces ¿cuál es el problema?, no es como que tengas que darle cuenta de tus palabras ahora.

No, no es como que tenga que darle cuenta de mis palabras, le digo. De hecho, ya ni siquiera me importa, agrego. Ella, pues. La dejé atrás entre todos los números y las exes. Ya ni siquiera me dan ganas de contestarle los mensajes cuando esporádicamente me escribe para ver cómo estoy. Pero no me gusta ver mis palabras, basadas en letras de canciones, cuestionadas de esa forma. Chill out, me dice, que ella ya ni siquiera se debe acordar de eso. Y agrega:

– Crazy you said, it's all in your head.