Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20170206

La nausée en la tina

La nausée en la tina


inspirado en Present Tense - Radiohead
heal blind love
is that even a sentence? she didn’t know
she’s ––

Se dieron un último beso que parecía a penas una pista, el primero de muchos. En público, un beso en la mejilla es solo una promesa. En privado, había habido miles de besos de labios húmedos y sedientos, cuerpos sudando; las barbilla se raspan con besos y barbas. Adiós; tranquilo y casual. ¿Cuántos deseos habían contado sin contar cada beso?

Cayeron suspiros y amenes y cosquillas se asentaron en el estómago, separados. (Mis piernas aún tiemblan, dice; pero no cuenta, jamás.) Un buen respiro y ella, espalda recta, sale preparada para lo peor, el peso del ahora no cuenta cuando canta el pasado y condiciona al futuro, y empieza entonces a avanzar sin él a su lado, pero con él en su mente. Azulejos y piedritas firmas no se comparan con la estabilidad de sus emociones, como late tranquilamente mi corazón al verte estar allí, aquí. Hay distancia, y la acepto, le dice saboreando el té helado con menta. Solo allí, en un café que ahora ya no existe, sirven buen té helado hecho en caso.

Debe ser la menta.

O es que, como ya se está yendo el verano, el hielo mentolado sabe mejor que nunca.

(Esta es su vida, con barbilla raspada y encontrando sabor a lo insaboro.)

Ignoró a los testigos y se fijó de nuevo en los labios quebradizos, había que volver a besarlos. ¿Es normal que se besen y abracen? Hace tiempos que ya en su cabeza se habían besado, y cada vez que hablaban él se iba a un mundo en el que no había barreras ni tapujos.  Pero había que irse, dejarla; la semana empezaba y la vida sigue. Me quedo hasta el viernes.

Había que caminar, y necesitaba café de manera urgente. Lo acompañan, el largo de la calle y en cada callejón, el murmullo de la música, cada elemento de cada canción. Así suenan los espacios de descanso: a los pedazos de belleza que le revelan sus gustos, que graba. Y pesa más su cuerpo que de costumbre, con esta mente liviana.

Su camisa está empapada en sudor.

Aún tiene ropa limpia, pero todo le da la impresión de estar usado y envejecido, salvo por el recuerdo de él y ella.

(Deja correr el agua y se llena la bañera. Se deja caer en el manto del agua caliente, una cerveza y lee La Nausée, solo.)

20160724

Ella













- Carlos no está  - le dice, parada junto a la puerta, sosteniendo el picaporte como si alguien fuera a quitárselo.
- Ya sé, le hablé en la mañana por teléfono y me contó que se iba para Panamá. Me dijo que estaba bien si pasaba a devolverle este libro, me lo prestó hace meses – contesta él enseñándole el libro que, de alguna manera, justifica su presencia a esa hora de la noche.
- Bueno, dámelo. Yo le digo que pasaste – dice, por decir algo, deteniendo la puerta. Esperando algo más que el libro. Dibujando en su rostro una mueca que quiere ser una sonrisa. Una sonrisa que quiere ser una mueca. “Un momento que no podrá ser nunca”, piensa y le pregunta si quiere pasar. Él no se niega ni por un segundo y desplaza su metro ochenta dentro del pequeño recibidor de la casa, argumentando que no quiere interrumpirla en nada. Ella cierra la puerta tras de él, contestando que no interrumpe nada, que solo iba a tomarse una copa de vino y fumar un cigarro en la terraza, que si quiere acompañarla.
Sí la acompaña. Ella le ofrece algo de beber. Él solo quiere agua, tiene sed. El vaso viene fresco y transparente moviéndose suave al ritmo de ella, que se lo entrega directo en la mano. Se sientan frente a frente con la mesa de vidrio en medio y ese sentimiento a medias por todos lados.  Hablan de las mismas historias que no se cansan nunca de contar en las largas reuniones de los viernes con el grupo de siempre. Solo que ahora no es viernes ni está el grupo de siempre. Solo ellos dos con sonrisas tontas y silencios largos, entre frases cortadas y sin sentido. Ella le mira a los ojos mientras hablan, él no le puede sostener ni un minuto la mirada, nunca ha podido. Uno de los niños viene a decir buenas noches. No se extraña de encontrar allí al “Tío Santiago”, quien siempre está en la casa acompañando a su papá como su sombra. El chico le da un beso a la mamá, otro al “tío” y se va corriendo al dormitorio. Ella sonríe otra vez, con una sonrisa nueva que él no le conocía, que le ilumina toda la cara.

- ¿Qué? – Logra apenas decir Santiago. Más que una pregunta, una súplica.
- ¿Algunas veces no sentís que estás viviendo una vida que no te imaginabas? –

Él le dice Rebeca como un conjuro, tratando de que su nombre suene como algo más que una palabra. Y no dice nada más, solo sonríe lento, tratando de sostenerle la mirada. Enmudeciendo frente a esos ojos grandes y profundos, queriendo partir en dos la mesa, el mundo, el maldito destino que la hizo cruzarse por la puta vida de Carlos antes que por la de él.
- A veces siento que estoy viviendo una vida que no es mía -  dice él, pasando una mano sobre la mesita para encenderle otro cigarro.
Ahora ella le dice Santiago como una promesa, con sílabas que pronunciadas así se vuelven una esperanza.

- ¿Qué es lo que esperás de mí, Rebeca? –
- Entenderás que no puedo esperar nada más que sigás siendo el mejor amigo de Carlos –
- Entonces, ¿Vos entenderás que ahora me levante y me vaya? –
- Lo entiendo. Está claro –

Por segundos él no se mueve. Le dijo que lo entiende. Claro que está claro. Toma el celular que antes puso sobre la mesa, junto al vaso con agua que permanece intacto, y casi de un salto se levanta. Todavía la mira. Ahora sí puede sostenerle la mirada.

En la puerta se despiden como si nada, hacen planes para verse el viernes con el grupo de siempre, cuando Carlos ya esté de vuelta. A escuchar nuevas anécdotas en Panamá, bromea Santiago, mientras con la mano derecha le agarra el brazo izquierdo para despedirse. El brazo que es eterno, que se vuelve un puente en donde su mano se va deslizando hacia abajo hasta quedar los dedos juntos, entrelazados.

- Como debería ser – dice Santiago, jalándola hacia afuera, empujándola levemente contra la pared de laja, acariciándola mientras mide los pocos centímetros que faltan para aplacar su respiración, su agitación, sus límites. Se miran como nunca. Nunca tan cerca. Se besan como nunca. Nunca antes. Reconociéndose las formas, las humedades. Se sienten, un murmullo cadente y pausado. Se desean y se adivinan, se adivinan y se desean bajo aquel cielo, inútilmente estrellado. Bajo aquella luna que quiso ser llena, pero es menguante. Santiago siente que se le escapa, que se le va a escapar y la envuelve con un brazo, sintiendo el cuerpo nuevo de Rebeca que no conocía. Dejando, sí dejando, que esta vida sea suya. Imaginando, nada más imaginando que puede ser…

- ¿Creés que si me quedo con vos esta noche estarías viviendo la vida que imaginabas? –

Entonces Rebeca piensa. Piensa y lo separa. Trata de mirarlo, pero ahora es ella quien no puede sostenerle la mirada. Camina de regreso hacia la  puerta, se voltea y lo abraza. Nada más lo abraza y se deja abrazar largo. Luego se para bajo el umbral y le contesta:
- No creo, porque en la vida que imaginaba no tenía que engañar a Carlos para estar con vos…

- Entonces… gracias por el agua - dice Santiago tratando de sonreír y se va.

20160615

Toto - "Africa"

El mundo está un poco más susceptible, últimamente. Y además del riesgo de que exploten tensiones que parecen acumularse más que hace unos años, existen nuestros terremotos emocionales. Pero en todo este ruido y polvo, siempre se asienta, tarde o temprano, y quedan las relaciones que hemos cultivado y las experiencias por probar. Mientras unos dicen que la nostalgia se enriquece mientras se mantiene como recuerdo y que el recuperarla significa su muerte, yo creo que solo son cosquillas de que si nos gustó antes, pues, lo más seguro es que nos va a seguir gustando. Y algo así es lo que escucho en esta canción:


20160608

Señor que posa muy serio para una foto


Usted es un hombre formal, de saco y corbata. Un señor casado con esposa "de Usted" a la que le manda flores cada aniversario, cumpleaños y evento de celebrar. Se pasea por los eventos sociales con trago en mano siendo saludado por otras personas formales, personas de "nombre y apellido", personas con tragos en la mano, también. Usted es tan serio que no se le hace ni una arruga en el pantalón ni la camisa cuando se sienta, y tampoco se sienta en el suelo. Usted sonríe por todos lados, usted habla sereno y pausado, y sabe muy bien todos los temas de los que habla, porque usted ha estudiado y leído mucho de lo que habla, usted es un hombre de éxito. Todos lo sabemos. Se le nota.

Pero más allá de eso no se le notan otras cosas, lo que usted -obviamente- quiere ocultar. No se le nota, por ejemplo, cómo mira entre la concurrencia a la mujer que le ha gustado por más de quince años. Nadie nota, tampoco, cómo se sonríen de lado a lado del salón con esa sonrisa cómplice y cómo se ilumina todo, por más que traten de ocultarlo. Por más que usted trate de ocultarlo, porque es un hombre serio y formal y en teoría no debería sonreír así a la que no es su esposa; aunque en la práctica tenga más de dos meses de no cruzar palabra -mucho menos sonrisas- con ella.

Señor serio y formal: quién va a creer, cuando posa elegantemente para esa foto, que hace todo tipo de propuestas por chats, mensajes de celular y messenger. ¿Quién va creer, señor, las cosas que de verdad pasan por su mente? Yo no lo juzgo, de verdad. De hecho me gustan sus propuestas y cuando le digo "¿y si me enamorara perdidamente de vos?" en serio lo creo, porque quince años es suficiente tiempo para conocer a alguien, demasiado tiempo para sonreírle a alguien en una fiesta al otro lado del salón. Y cuando usted me contesta "los dos corremos ese riesgo", en serio, le creo, porque ya sabemos, usted es un señor serio y dudo mucho que ande jugando con esas cosas.

Relato basado en la canción Wicked Game de Chris Isaak.

20160523

Cuaderno verde

Inspirado en UFO Starmen de Piotr Kalachyn



Dos cosas pasaron. No, no fueron 2: fueron 3. Vamos a empezar por el comienzo, porque no podemos entender lo uno si no entendemos lo otro, ajá, es debatible, pero dejemos la discusión para después, ¿no? Además, esto tiene poco que ver contigo: tiene que ver con el protagonista de la historia, reactivo y tranquilo, inconsciente de las consecuencias de reaccionar e ir y venir y llegar a lugares por inercia, y no convicción. La primera fue el cortocircuito, causado por un choque eléctrico entre lo que él esperaba y ella le dio. ¡Boom! De un solo, así el accidente del Challenger, pero más lento; igual de inesperado, pero más lento.

Después vino el estado catatónico. Compartido o a solas, no salía de la cuarentena de protección y silencio. “Cuando un hombre se queda acostado viendo al techo es que de verdad está hecho mierda”, dicen. Y esta vez fue eso multiplicado por 10 y llevado a mesas de bares y restaurantes. Palabras que no tenían sentido, llegaban a estrellarse una tras otra en la pared invisible del trauma post ruptura, el primero en la historia amorosa de nuestro protagonista. Lo delicado era que nadie estaba consciente que uno de los síntomas es asociar el malestar a todo y por eso los pleitos por el control de la tele o por qué comer un viernes en la noche. Todas las partes involucradas, sin embargo, llegaron a sus treintas sabiendo que cuando uno está mal con uno mismo está mal con todo. Amigo protagonista #2 puede llegar después de una ruptura y la red de apoyo asienta con la cabeza y juntos se preparan porque no, no es cosa de un día al otro. Silenciosamente se soltaba si y solo si desaparecía la realidad virtual para dejarlo a sola con su cuaderno verde.

Y ahora, ¿qué putas? ¿qué es lo peor que puede pasar? Si el celular se cae caería en un pasto verdoso, antes verde y virgen y hoy machucado por los infiltrados como yo y probablemente habrá que limpiarlo pero peores golpes ha sobrevivido y ya la pantalla está floja y cada acción te dice que hoy teléfono vale menos. Peores cosas han pasado y la vida útil de tantos aparatillos sigue, yo no debería de ser la excepción, ¡maldita sea! Me llevo la lección y los callos, pero no sé cómo quitarme el mal sabor de boca, todo me sabe a maldecir y a “What’s the point?” Quiero descansar apoyado en una botella de plástico o de vidrio y usar el alcohol para apagar el cerebro, el cerebro que enciendo con textos y correos electrónicos que apelan al conocimiento y la cobardía de las responsabilidades pues es más cobarde someterse a los deseos de las responsabilidades que renunciar a ellas del todo y en tiempos de desconexión igual sirve de puente al pasado. Quizás eso me hace falta: desconectarme y caer al pasto verdoso y que me trague el lodo, morir; morir públicamente para renacer emocionalmente.

Y así fue que ocurrió lo que faltaba que ocurriera para terminar de narrar tres de las tres cosas enunciadas al inicio: él huyó de todo su pasado para encontrar su futuro. Nadie sabe cuál es la receta para desaparecer sin morir tan bien como el, que ya no existe, no es alcanzable ni distinguible. ¿Cómo logró desaparecer dejando esa impresión de que allí sigue? Todos los testigos que le conocieron aseguran que no ha muerto, que aún vive, que en una identidad paralela vive mejor que antes, siempre sobre la faz de esta tierra, dicen.

20160425

La próxima vida

Foto de Ricky López
(Relato inspirado en ¿Y si fuera ella? de Alejandro Sanz)
1.

No era una ventana. Apenas era un hueco de unos cincuenta centímetros que estaba demasiado alto como para alcanzar a ver algo. Apenas el cielo. Eso fue lo primero que vio al abrir los ojos. Demasiado temprano. Tal vez demasiado tarde. No estaba preocupada, no tenía miedo. No podía. Ni siquiera le quedaba la más mínima oportunidad de arrepentirse de lo que le estaba pasando. Solo aceptarlo, tomar el gabán de manta cruda, despiadadamente blanca, que le habían destinado para su último día en esta vida. Pensó en lo reducido y oscuro de aquel lugar, miró a su alrededor sin poder realmente ver nada a excepción de la ventana con su trozo de cielo azul, muy azul para aquella hora de la mañana. Pensó en Ravi y en su blanca sonrisa brillando calma al centro de aquella piel color de oliva. Solo ella sabía que ese era su verdadero nombre, para los demás era Don Esteban, el tendero de la esquina. Nadie sabía de dónde había aparecido ni cuándo. Solo ella. Ella sabía que había venido de muy lejos, que había cruzado más de mil mares por semanas, meses, años, desde aquel lugar que buscó en el mapa y se llamaba India. Al principio todo comenzó como un juego, empezó a interesarse por las historias de Ravi solo por curiosidad, atraída por aquella mirada que iluminaba su día. El siempre le advirtió que todo aquello era secreto, que solo ella podía saberlo y fue así como se adentró a un nuevo estado y aprendió nuevas maneras de desprenderse de sí misma y lo mundano. Renunció a todo con tal de estar con él. Y fue bueno saber que él también quería estar con ella.
Acostumbrada a sentir el cabello castaño rizado cayéndole sobre la frente y la espalda, se pasó una mano por la cabeza, no quedaba nada, lo había olvidado. Se quitó lo último que le quedaba del gabán anterior, dejándolo caer sobre el suelo húmedo, ni siquiera pudo ver sus pies, su cuerpo, lo que quedaba de todo aquello. Dejó caer el nuevo gabán sobre sus hombros, tratando de que lo áspero de la tela no lastimara las heridas en su espalda. En vano. El lamento salió por la ventana y se escuchó arriba, en los pasillo que la esperaban ansiosos. Respiró profundo varias veces, cerrando los ojos, anulando el dolor. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas una sobre la otra, con los brazos descansando sobre éstas, con las manos hacia arriba y los dedos índices formando una “o” con los pulgares. Se olvidó de este mundo.
2.

- Lo más sorprendente de la construcción es la manera cómo ha permanecido intacta con el paso de los siglos- refiere el guía, deteniéndose sobre las baldosas de impecable piedra pulida. 
- La obra dio inicio en 1615 y fue finalizada en 1630. Se tardaron quince años en concluirla desde que fue puesta la primera piedra, exactamente en donde estamos parados en este momento... Puede ser esa piedra en donde está usted señorita- dice directamente a Blanca. Esta se sonroja y muestra su anillo alargando la mano entre la rueda de turistas que se ha formado alrededor del guía.

- Señora.

- Recién casada, supongo. ¿Y dónde esta el afortunado esposo?

- Se quedó en el hotel enviando un telegrama a la familia... Estamos de luna de miel.

- Ahora usted es su familia, jovencita. Tendríamos que reprender a ese muchacho por dejarla sola.
Todos se ríen. Blanca se sonroja nuevamente, principalmente al pensar que el muchacho en cuestión casi le dobla la edad y que es su segundo matrimonio. La muchedumbre la abruma con sus miradas.

- Solo son unos minutos, quedamos de encontrarnos aquí – dice, creyendo que tiene que explicar algo.

- Pues le vamos a dar unos momentos mientras hacemos un poco más de historia para pasar a los jardines y el convento. Permítanme contarles que originalmente fue construido por los monjes Franciscanos para dar inicio a su misión evangelizadora en esta parte de Centroamérica...
Blanca ya no escucha las palabras, estas se van yendo en su ansiedad de verlo aparecer. Su vida se ha vuelto la vida de Santiago desde que lo conoció, apenas seis meses atrás en una calle cualquiera, cruzándose un alto como cualquiera, pero él la volvió a ver, la miro mientras cruzaban en sentido contrario la esquina, él le sonrió y al día siguiente lo tenía parado frente a su escritorio de secretaria con un ramo de rosas. Ella que se había creído que su condición de huérfana no le iba a permitir casarse bien, ahora está allí con un aro de oro en la mano. Ella, sola desde los quince, ahora tiene una gran familia con cuatro hermanos, siete primos, tres tíos y hasta dos hijos postizos del matrimonio anterior de Santiago. Pero sobre todo lo tiene a él, con esa mirada transparente desde el primer momento. Lo tiene a él para verlo dormir y sonreír entre sueños, para quererlo cada día como si fuera el primero, así como siempre había imaginado que era el amor. Mira nuevamente el reloj, pasaron veinte minutos desde que lo dejó en el hotel diciéndole adiós, lanzándole besos como si fuera un adolescente. El mismo le había dicho el día que se casaron que se sentía como un adolescente, con esa misma ilusión, con esas mismas ganas de estar siempre con ella, desde que la había visto en la esquina de aquella calle. Pero ahora ya pasaron veinte minutos y siente que no debe pasar ni un segundo más...

- Vamos a pasar a los jardines... Su esposo no aparece. ¿Nos acompaña?

- Lo voy a esperar aquí y luego los alcanzamos.
3.

- ¿Te imaginás cuánta historia habrá pasado por este pasillo, por esas mismas baldosas en las que estás sentada? Pregunta Irene con una cara ya descompuesta por tanto alcohol. Yo solo le contesto con un parco, “sí, imagináte”, porque no quiero profundizar, no quiero hablar, no quiero seguir hablando, menos con ella. Pero ella sigue:
- ¿Sabés que toda esta parte en donde estamos ahora fue destruida por el terremoto del 65? Lo único que quedó fue el pasillo, esas gradas en donde estás sentada y ese corredor que se pierde en la oscuridad. Entonces en toda esta ala funcionaba un museo, pero en toda el área del fondo en donde ahora están los jardines, el restaurante, los salones de baile y las habitaciones del hotel, continuaba funcionando un convento. La construcción data del mil seiscientos y tantos. Imagináte, esas baldosas tienen casi cuatrocientos años, concluye, tratando de emocionarme con su historia, pero no me interesa. Por un momento se me cruza por la mente preguntarle cómo sabe todo eso, pero me retracto al instante, sería darle cuerda para que siga con su perorata y solo quiero que me deje sola, así que decido mandarla unos cinco metros lejos de mí con un “por qué no vas con los otros y averiguás qué pasa con el taxi.”
Solo quiero alejarme tres, cuatro, cinco kilómetros... 
Puta la noche que me trajo aquí con tacones altos y vestido de fiesta, con satín, joyas y peinado a beberme a saber cuántas copas de vino, más de una botella quizá. ¿Para qué? Para verlo como siempre siguiendo a cualquier puta que se le pone enfrente. Cualquiera menos yo, siguiéndole los pasos, perdonándolo cada vez que me hace lo mismo, cada vez que me promete que nunca más. Creo que estoy enferma, creo que estoy loca, sino cómo se explica esto. ¿Cómo?
Cómo voy a estar por enésima vez dándole oportunidades...
Allí viene Irene otra vez. ¿Por qué no le digo que me deje en paz, por qué no agarro el valor? Me pone la mano sobre el hombro, me habla con dulzura, “ya pidieron el taxi” dice, “pero se va a tardar un rato”. ¿Por qué me habla así? ¿Por qué me mira así? ¿Por qué siempre tengo que terminar siendo la pobre Laura? Podría jurar que ella está más borracha que yo...
- ¿Te sentís bien? - dice. No, no me siento bien, me duele la espalda cuando respiro, debe ser el maldito frío de las tres de la mañana. Me duele la cabeza, en medio de las cejas. Me duelen las piernas y cada dedo metido en los zapatos. Me duelen el orgullo y ese par de lágrimas que están a punto de salir. Me duele cada paso que me trajo aquí, me duelen los pasos de Gabriel que no escucho venir tras de mí sobre las baldosas del piso.
- Creo que voy a vomitar –
4.

El sonido de la llave pasando por el cerrojo de la puerta sonó amenazador en medio de toda aquella oscuridad. Iluminados por un lámpara de aceite, los rostros de los cuatro monjes que venían por ella aparecieron sombríos y desdibujados por la puerta. Uno de ellos, el más viejo, traía un lazo desgastado entre sus manos, con el que le ató los dos brazos hacia atrás. Otro le colgó una cruz de madera sobre el pecho. Luego la empujaron sobre los hombres, obligándola a arrodillarse y comenzaron sus oraciones, pidiendo a su Dios que perdonara a esa pecadora. Oraron, suplicaron, lloraron por la bruja, como la llamaron desde el principio, desde que había sido descubierta en la plaza junto a Ravi aprendiendo las doctrinas del libro de los Vedas. El libro fue quemado inmediatamente y los dos fueron azotados en la plaza ese atardecer bajo el cargo de brujería y condenados a morir quemados dos días después. Los monjes lo lamentaban, de verdad lo lamentaban en sus oraciones, en sus súplicas, mientras dejaban caer agua bendita sobre ella. Ella no lo lamentaba.
Subió descalza la escalinata acompañada por los cuatro monjes. No tendrían que haberle amarrado las manos, qué iba a hacer, a dónde iba a correr. Ese era su karma y elevaba la vista al frente, a pesar de las miradas inquisidoras de los monjes que se habían congregado a lo largo de todo el pasillo. Finalmente allí se encontró con Ravi. La mirada tranquila, la sonrisa brillando. El también estaba atado. Ella miró con serenidad la distancia que les faltaba para llegar a la calle. Diez metros de baldosas de impecable piedra pulida, de altos muros de adobe y pesadas vigas de madera en el techo. De allí en adelante todo fue caminar, los dos lado a lado, rodeados por los monjes y sus indescifrables rumores y cánticos guturales, por el ruido de la muchedumbre ansiosa que esperaba la procesión en la calle. Al llegar a las gradas se detuvieron unos segundos. Ella quiso alargar su mano hacia Ravi, olvidando que estaba atada. Solamente lo miro y suave, pausado, casi como un susurro le prometió

- Te juro que en la próxima vida voy a regresar para seguir amándote.
5.
Ya pasó media hora, piensa. Hace cuentas, del hotel hacia acá hay quince minutos caminando, cinco en poner el telegrama, son veinte. Se habrá regresado por algo, trata de convencerse, caminando despacio hasta el final del largo pasillo, contando sus pasos, tratando de mirar algo, fingiendo que admira los cuadros colgados a lo largo de las altas paredes de ladrillo antiguo, los santos descoloridos colocados en pedestales de piedra, las lámparas que cuelgan del techo de gruesas vigas de madera. Fingiendo. Lo único que puede hacer es pensar, hacer proyectos, imaginar su vida. No se puede esperar a tener hijos, uno, dos, tres, cuatro; uno tras otro, con los ricitos claros como el papá, como Santiago, con la mirada transparente, con la misma piel suave y esa manera tranquila de llevarla por la vida. Así será, piensa, regresando por el pasillo, cerrando los botones del suéter, porque de pronto las paredes altas y sin fin se volvieron frías, y oscuras. Mira desde allí a la puerta de entrada, no aparece, habrán unos diez metros, pero parece un túnel infinito. No hay nadie, a excepción del guarda y la señora que cobra los veinticinco centavos en la entrada, se ven tan lejos, silueteados por la luz de la calle, riéndose por algún chiste privado. Se detiene frente a una imagen de San Francisco, iluminada por una luz especial, no es de madera como las otras y no está pintada. La toca, está fría. Dibuja con su mano todos los pliegues de la sotana. Se atreve a mirarlo a los ojos blancos. Se atreve a sonreír. Entonces siente que el suelo se mueve despacio bajo sus pies, despacio como si la mecieran. Mira a los dos de la entrada, siguen riendo, no se han movido. Por cualquier cosa comienza a caminar despacio, siempre le dijeron que no se tiene que correr en los temblores. Se detiene otra vez al escuchar un rumor grave y ensordecedor que parece elevarse de lo más profundo del suelo. Sin más, estatuas y cuadros comienzan a desplomarse a sus pies. ¡Terremoto! Gritan los de la entrada y desaparecen entre nubes de polvo. No puede moverse, el suelo ondula como agua. Pierde el equilibrio a cada paso, ahora sí trata de correr, pero no puede. Apenas llega a las gradas, cinco metros más y está la puerta. Los ladrillos antiguos, los de más de trescientos años, se desprenden como si ya no quisieran pertenecer a esas paredes. Todo es una confusión de oscuridad, polvo, ruidos y crujidos. Sabe que no va a llegar, se enrosca junto a las gradas hecha un ovillo, cerrando los ojos, mirando a Santiago diciéndole adiós, tirándole un beso con la mano como si fuera un adolescente. El polvo que cae no la deja respirar. Ya no puede abrir los ojos. Quiere pronunciar una oración. Pero solo piensa “te juro que en la próxima vida voy a regresar para seguir amándote. Las vigas también caen. No queda nada.
6.

Estaba tan segura de que no te ibas a aparecer por ese pasillo oscuro que hasta lo hubiera jurado. Por eso me extraña escuchar tus pasos resonando suave sobre las baldosas, que ahora sé tienen cientos de años. Irene y Marta se alejan al verte venir, todavía sorprendidas por la escena que acabamos de tener en el baño. Te miro acercarte, desparramada en el suelo con mi vestido negro y los zapatos en la mano, con la joyas vueltas una vergüenza... Y lo que queda del peinado. Te miro acercarte, y no sé porqué, sé que es la última. Te deje tirado en ese baño, te dejé ir con el agua, te fuiste lento. ¡Qué fácil aceptarlo! ¡Qué liviana y descargada me siento! Ya no me importa tu sonrisa, esa misma que me lanzas desde los tres metros que nos separan. Logro pararme como sea, trastabillando al dar los pasos, caminando en equis como cualquier borracho de película. Tengo que mantener la calma, tengo que guardar la compostura. Ya te dejé atrás, te dejé en el baño.
– ¿Me abandonás tan temprano? Decís con tu sonrisa de siempre.
– No es tan temprano. Solo espero que no sea demasiado tarde– Digo. Vos te reís.
 –¿De qué putas te reís?– Te reclamo. No tengo ganas de tus mierdas, ya no, no a esta hora.
– ¡Huy! ¿De dónde salió esa fierecilla? Preguntás, tratando de acercarte, agarrándome el brazo como si fuera una de tus amiguitas de siempre.

– De donde no te imaginabas, te contesto, apartándome de tus torpes caricias que hasta ahora logro entender. Y yo que te vi y creí que podía redimirte. Y yo que te vi al cruzar esa calle como cualquiera, que te vi sonreírme y te sonreí como si te conociera de toda la vida. Miráme aquí, tratando de decirte adiós.
– Calmáte, te acompaño al hotel y allí hablamos...

– No quiero calmarme, no quiero acompañarte, solo quiero que me dejés. Me doy cuenta que en tu manera tan particular de pensar no entendás todo el daño que me estás haciendo, de cómo me duele quererte, de que esta no es la primera ni la segunda ni la tercera vez que me dejás en mi propia nariz por irte detrás de otra, pero si me querés, dejáme aquí y ya, no me acompañés a ningún hotel–
.
Se te acabó la sonrisa. Eso significa que sí me querés y que vas a dejarme. Un zapato se cae sobre la baldosa del piso. Dejálo allí. Dejáme abrazarte así, abrazáme así por todo lo bueno que fue y pudo haber sido. Podés llorar, sí, yo ya no puedo. Que no te importe si todos nos están viendo. Mañana van a tener qué contar a todos nuestros amigos. Dios mío, no puedo creer que de verdad estés llorando. No creo que creás convencerme con esa mirada de niño abandonado. No vas a convencerme. Me doy la vuelta, pero me jalas de un brazo.
– Te prometo que si hay otra vida...

– No me prometás nada, te interrumpo. - No habrá otra vida. En este momento me doy cuenta y acepto que ya ha sido suficiente para nosotros dos.
“¡Ya vino el taxi!”, grita Irene desde la puerta.
 Le dejo allí. Siento que han pasado cientos de años.