Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20170220

La Domesticación












(Relato inspirado en Yo Fui Una Vez de Silvio Rodríguez)

Simón era el primo de una prima. Lo que podría verse como si él fuera mi primo, pero realmente no lo era, porque mi prima era pariente por el lado de mi papá, y Simón era primo por el lado de su mamá o algo así… En fin, no era mi primo. Todo ese análisis no lo hice ese sábado en que nos conocimos en el Chantilly que quedaba atrás del Camino Real (¿Se acuerdan?)  cuando llegó con mi prima y su novio de turno. Simón, mi prima y el novio de turno eran varios años mayores que yo, unos diez, diría. Por entonces, esas diferencias de edad me parecían fascinantes, la gente de mi edad me aburría. Sí. Así.

Simón no era guapo, ni siquiera atractivo. Tenía el típico físico de los salvadoreños natos: moreno, nariz aguileña, ojos achinados, pelo negro, liso y grueso y estatura promedio. En pocas palabras: no tenía nada de atractivo a primera vista, a excepción de su excesiva seguridad y una sonrisa de perfectos dientes blancos de lado a lado que me encantó al momento. Después de unas horas y varias cervezas, ya estabamos hablando como viejos conocidos. Lo primero que me pregunté, y obviamente le pregunté a Simón, fue que cómo, siendo pariente de mi pariente, nunca nos habiamos conocido. Resultó que vivía en Washington -el DC, no el estado- y realizaba no sé qué trabajo con las comunidades latinas de allá. Al parecer se había ido a vivir con alguna familia (que no era la mía, ya está claro) a principios de los ochentas cuando lo de la guerra y la guerrilla se empezó a poner feo y desde entonces había estado allá, yendo y viniendo cada vez que le era posible. Tenía un título universitario en International Affairs (¡Wow!) o algo parecido o algo que me sonó como a eso y una maestría en Politics (Doble ¡wow!). Así que ya se imaginarán qué placer le causó a una "intelectual de pacotilla", como yo, entablar conversación con semejante ejemplar. Simón no era solo un hombre muy “estudiado”, también sabía de música, tocaba la guitarra, escribía de vez en cuando sus propias letras (¡El colmo!) y hasta escribía una columna en un periódico.

No me enamoré de él, como se hubiera esperado. No me explico por qué, tenía todas las características necesarias. Ahora que lo pienso: ni siquiera me gustaba, de gustarme físicamente, me encantaba estar con él y pasar interminables horas hablando de temas inesperados, insospechados y desconocidos. Y eso fue lo que pasó durante su larga estadía de un mes. Nos ibamos (ya sin la prima y su novio de turno) a repasar todos los posibles lugares que típicamente visitaban los “Hermanos Lejanos”. También ibamos al apartamentito en el que se quedaba con un amigo. Estaba en la segunda planta de una casa en la Centroamérica. Que no era una segunda planta de verdad, sino que, un cuartito que habían construído sobre la cochera y que tenía su acceso privado por una gradas de metal que subían desde la calle. En fin. Allí me cantaba con su guitarra las canciones que había escrito y otras, como “Usted es la culpable”. Yo no era la culpable de nada. El tampoco estaba enamorado de mí. Ya saben… Uno presiente esas cosas.

A estas alturas se estarán preguntando si era casado o algo por el estilo. Yo también me lo pregunté y se lo pregunté la segunda vez que salimos. No era casado, pero si "algo por el estilo". Vivía "rejuntado" con una gringa, lo que a mí no me impidió seguir saliendo con él, y, según me contó, tampoco a la gringa le importaba que saliera conmigo. Bien para todos. Después del mes de estar saliendo todos los fines de semana, se borró por un tiempo. Como se imaginarán, no lo busque ni pregunté a dónde estaba, me imaginé que en Washington haciendo su vida con la gringa. A esa edad quién se clava en esas cosas. Yo no. Tenía mi vidita, con familia sobreprotectora, estudios universitarios y ensayos de grupo de teatro (si, quería ser actriz).

Apareció otra vez como a los seis meses. Me llamo un sábado por la mañana y al medío día ya estabamos sentados platicando en el peñón más alto de la Puerta del Diablo. Debe haber sido octubre, porque estaba haciendo un vientecito bien rico que hacía que todo el monte de abajo se mecieran al unísono y me hiciera pensar en el poema de Alfredo Espino “Eran mares los cañales que yo contemplaba un día…” Los que yo contemplaba ese día no eran cañales, pero se movían como mares y pensé que algo así había visto el Alfredo. La cuestión es que el momento era como para enamorarse o para estar enamorado, no para estar hablando de la doble moral de los salvadoreños y la sexualidad a finales de los ochentas. Sí, de eso estábamos hablando. Esos eran nuestros temas. 

Estabamos allí sentados los dos solos y sonrió con esa sonrisa de lado a lado con perfectos dientes blancos, por un momento lo vi hasta guapo y derrepente sentí que él también había sentido que era un momento como para estar enamorado o enamorarse. Pero me equivoqué. Nunca hablamos de amor. No en el sentido romántico. Sí hablamos de hacer el amor, o mas bien: él habló o sugirió que “porqué no haciamos el amor”. Le dije que sí, que estaba bien, pero que el asunto no podía ser así nada más (sí, dije asunto), que primero tenía que domesticarme (sí, dije domesticarme) como hizo el Principito con el zorro. ¿Cómo así?, preguntó Simón. Y entonces le conté la metáfora del niño que quería jugar con el zorro, pero el zorro le dijo que no se le podía acercar, que primero debía domesticarlo, es decir, acercarse a él cada día un poquito más hasta que ya se hubiera acostumbrado a él y pudieran estar cerca. Al final el zorro le suplica “Domestícame”. O algo así. Así que allí mismo, en la peña más alta de la Puerta del Diablo con viento de octubre que nos mecía el pelo, montes que parecían mares, un sol cálido y amable en un momento que hubiera podido ser para estar enamorado o enamorarse; me besó por primera vez. 

El segundo beso nos lo dimos en el pick up azul que le prestaba su amigo mientras se quedaba en San Salvador. Estábamos parqueados en el boulevard Constitución, cuando estaba recién abierto y estrenado. Creo que no imaginamos que por alli pudiera pasar nadie, no en esa época. Y de no haber sido por la patrulla que se estacionó adelante, el policía que se bajó y nos pidió la identificación y que nos retiraramos de ese lugar, este beso sí hubiera sido apasionado, sin llegar a ser de película. De vez en cuando saliamos con mi prima y su novio de turno. A veces ibamos al cine, a veces a tomarnos algo, a veces solo a sentarnos en el apartamentito a ver tele, a veces a oir a Simón tocar la guitarra, a veces cantabamos con él. A veces cuando ellos se iban, seguíamos con la domesticación y nos besabamos en el único sillón que había. Después de varias sesiones de domesticación, como diez en realidad, Simón volvió a desaparecer. Esta vez me llamó para despedirse, le habían llamado de Washington para un asunto de un papeleo o algo así, me dijo que todavía no sabía cuando iba a regresar, pero en cuanto volviera se iba a comunicar conmigo.

Siguieron los vientos de octubre, participamos en el festival de teatro universitario y ganamos el segundo lugar, celebré la Navidad con mi familia sobreprotectora, se acabó ese año, empezó otro, comencé mi penúltimo ciclo de universidad, empezaron los primeros parciales y Simón volvió a comunicarse conmigo. Me saludó como si se hubiera ido el día anterior y me dijo que ya era suficiente domesticación, que no tenía tiempo para eso, que iba a pasar a traerme, ibamos a ir a cenar y a tomar vino en algún lugar bonito y después podíamos ir a la casa en la que se estaba quedando, que ya no era el apartamentito, sino una casa de verdad, que compartía como con cuatro o cinco personas más. Nos fuimos por allí, tomamos vino y hablamos de todo, menos de la domesticación y del asunto que nos competía esa noche. Nos reimos bastante. Tal vez si no hubiera disfrutado tanto la compañía de Simón, la relación –o lo que haya sido- no hubiera llegado hasta allí, y si él hubiera puesto un mínimo esfuerzo de su parte, hasta me hubiera enamorado, pero todo fue demasiado directo y simple como eramos los dos. La velada (como dicen en las películas) pasó más rápido de lo que me imaginaba, entre conversaciones triviales y nuestras típicas charlas tratando de componer el mundo; al rato ya estabamos en la casa saludando a todos los “roomates” y sus amigos, que eran como diez personas en total, desparramadas por toda la sala en los sillones, el suelo y una que otra silla del comedor. Había uno con una guitarra tocando alguna canción lejana. El cuarto de Simón quedaba pasando el patio, que era pequeño, con una jardinera al centro que le daba vida a un arbolito de limón y algunas hierbas que lo rodeaban a la altura del suelo. 

Simón puso todo de su parte para que el asunto se desarrollara lo más normal posible: me enseñó el cuarto, su aparato de sonido, el baño (por si quería darme una ducha o algo) y lo más importante: la cama. Puso un casette de Silvio Rodríguez y se sentó sobre la cama. Yo hice lo que parecía mas lógico y me senté junto a él, nos besamos despacito mientras pasaba su mano detrás de mi cuello, esta vez si como en las películas. No cerré los ojos, los deje abiertos mirando un punto fijo en el cielo falso, precisamente en una mancha de humedad que casi tenía la forma de un corazón (¡sí, qué cursi!). Entonces el beso dejó de ser despacito, empezó a desabotonar mi blusa blanca y caimos horizontalmente sobre la cama, su horizonte sobre el mio. Se quitó la camisa, lo que dejo entrever dos bien marcadas cicatrices: una en el brazo izquierdo, otra a un lado del pecho. (Al fondo seguia Silvio “Yo fui una vez al monte, yo fui una vez lucero, yo fui una vez sinsonte, yo fui una vez lo nuevo.”) Y entonces, cuando su mano iba entrando por debajo de mi falda, sonaron los primeros disparos, ráfagas, primero lejanas y que luego se iban acercando. Más disparos, golpes en las puertas, vidrios que se quebraban al parecer en la casa de la par. Simón solo me tiró al suelo, jaló el colchón y me lo echó encima. Me quedé allí largos minutos, horas, quizás, hasta que algunas de las cheras que estaban en la sala al entrar vinieron a sacarme, nos subimos a un Toyota viejísimo y me llevaron a mi casa.

Volvimos a Simón unos meses después, ya con la prima y el novio de turno. Nos vimos en el Chantilly, el que quedaba atrás del Camino Real (¿se acuerdan?). No hablamos nunca del asunto, de su desaparición, ni de lo que pudo haber sido. Entre tlo poco que hablamos, solo se me quedó grabada su sonrisa perfecta de dientes blancos de lado a lado y su comentario de (“aquella noche en que salimos, aquella noche tan surrealista, ¿te acordás?”) Al día siguiente desapareció así como había aparecido.

El dieciséis de enero de mil novecientos noventa y dos se celebró el resultado final de la firma de los acuerdos de paz. Hubo una misa en San Jose de la Montaña, todo mundo estaba feliz y eufórico. Luego de casi doce años de guerra, de miles de muertos, de varios pueblos desaparecidos, de cientos de hijos, nietos, hermanos, amigos desaparecidos; al fin estabamos en paz. Las celebraciones se dieron por todas partes. Y nosotros (mi novio de turno, dos amigas y mi hermano) quisimos constatar y dar fe de esa realidad que parecia mentira y nos fuimos a la celebración abierta y democrática de los clandestinos, que según decían, nunca más volverían a serlo. El Parque Barrios era una feria, con casetes, libros y souvenirs de la guerrilla. Había vinchas, gorras, pasarrios, calcomanías y camisetas con el nuevo color rojo que hasta entonces había sido prohibido. Había toda clase de libros expuestos a la luz del sol y al público, todos aquellos que hasta entonces tenían que haber estado escondidos en algún desván. El Palacio Nacional y la Catedral no se podían ver con tantas pancartas, mantas y gente que después de tanto tiempo reconocían sus caras y su ideología en público. Luego  de mi asombro, de la gente moviendo las banderas en la asotea del Palacio, de la gente caminando soprendida como despertando, pude reparar en el improvisado escenario que había sobre las gradas de la Catedral, en donde un descubierto  y emocionado lider ex - guerrillero proclamaba a todo pulmón su nueva arenga política. Avancé como pude entre aquel gentío de seguidores y curiosos que se arremolinaban sobre las gradas, siguiendo el tono conocido de aquella voz que sonaba en altoparlantes por toda la plaza… Y sí, era él (lo adivinaron). Simón que era el primo de una prima, pero que no era mi primo, el que me había domesticado y me había cantado usted es la culpable y con quien casi pierdo mi virginidad, estaba encaramado en la tarima vociferando con tal propiedad, que por un momento me olvidé que habiamos estado tan cerca que no cabía un alfiler entre los dos y llegué a creer que era ese nuevo hombre allí arriba, el exclandestino, hoy llamado Comandante Aurelio. Mi sorpresa me llevó a casi cuatro gradas cerca de él, en donde por unos breves segundos su mirada se junto con la mía y descubrí la mirada de Simón y sonrió con sus perfectos dientes blancos de lado a lado… Yo también sonreí y bajé las gradas espantada de asombro.

20170206

La nausée en la tina

La nausée en la tina


inspirado en Present Tense - Radiohead
heal blind love
is that even a sentence? she didn’t know
she’s ––

Se dieron un último beso que parecía a penas una pista, el primero de muchos. En público, un beso en la mejilla es solo una promesa. En privado, había habido miles de besos de labios húmedos y sedientos, cuerpos sudando; las barbilla se raspan con besos y barbas. Adiós; tranquilo y casual. ¿Cuántos deseos habían contado sin contar cada beso?

Cayeron suspiros y amenes y cosquillas se asentaron en el estómago, separados. (Mis piernas aún tiemblan, dice; pero no cuenta, jamás.) Un buen respiro y ella, espalda recta, sale preparada para lo peor, el peso del ahora no cuenta cuando canta el pasado y condiciona al futuro, y empieza entonces a avanzar sin él a su lado, pero con él en su mente. Azulejos y piedritas firmas no se comparan con la estabilidad de sus emociones, como late tranquilamente mi corazón al verte estar allí, aquí. Hay distancia, y la acepto, le dice saboreando el té helado con menta. Solo allí, en un café que ahora ya no existe, sirven buen té helado hecho en caso.

Debe ser la menta.

O es que, como ya se está yendo el verano, el hielo mentolado sabe mejor que nunca.

(Esta es su vida, con barbilla raspada y encontrando sabor a lo insaboro.)

Ignoró a los testigos y se fijó de nuevo en los labios quebradizos, había que volver a besarlos. ¿Es normal que se besen y abracen? Hace tiempos que ya en su cabeza se habían besado, y cada vez que hablaban él se iba a un mundo en el que no había barreras ni tapujos.  Pero había que irse, dejarla; la semana empezaba y la vida sigue. Me quedo hasta el viernes.

Había que caminar, y necesitaba café de manera urgente. Lo acompañan, el largo de la calle y en cada callejón, el murmullo de la música, cada elemento de cada canción. Así suenan los espacios de descanso: a los pedazos de belleza que le revelan sus gustos, que graba. Y pesa más su cuerpo que de costumbre, con esta mente liviana.

Su camisa está empapada en sudor.

Aún tiene ropa limpia, pero todo le da la impresión de estar usado y envejecido, salvo por el recuerdo de él y ella.

(Deja correr el agua y se llena la bañera. Se deja caer en el manto del agua caliente, una cerveza y lee La Nausée, solo.)

20160809

26

Relato inspirado en Creep versión Postmodern Jukebox

Alex se quitó el reloj y frotó su muñeca, descontraído, antes de acostarse contra el respaldo. ¿Se acordaban de cuando no les importaban las sillas sin respaldo? Hoy no, hoy se joden la espalda y, por lo menos para Alex, era un pequeño secreto. Siempre buscaba momentos solitarios para tocarse la espalda baja, que como duele esa mierda, de modo a no quejarse en público, frente a los bichos de la oficina, de sus dolencias lumbares. Para Manuel, en cambio, el golpe bajo fue cuando lo venció la rodillera. Él había visto a su nana poniéndose esa cosa para jugar tenis, y hoy es él, con tobillera y muñequera. A la edad que tienen no pueden descuidar nada.

¿Otra birria?

Pero la edad no es tan mala, pensaba Alex. A Manuel no le va tan mal. Es bello ese apartamento en el que tantas veces se han juntado. Y ya se van a casar, al fin se van a casar, pero, pues sí, tenés que darle largas si quieren pero no pueden. ¿O serán solo las ganas de prolongar la soledad? Manuel no le veía el punto, pero pues Alex y Manuel nunca han sido iguales, men, ¿qué esperan? Manuel ha tirado más para un lado y Alex para otro, pero se juntan en el medio, siempre. Los extremos son como un putazo que se te sube, pero baja, y tanto Manuel como Alex siempre buscan su centro. El justo medio, a veces, era el balance encontrado entre la novia que viaja y la novia que vive lejos. Y así como a veces Manu se pierde siguiéndole el hilo a una que otra promesa y cambia –porque sí, cerote, te volvés irreconocible–o qué sé yo, Alex tendía por mantener un status quo y setear solito las barreras que lo confinan a su comfort.

Si por Manuel fuera, se habría casado hace ratos y se quedara en ese apartamento, pero la lógica de su chero era distinta: él había prolongado y estirado el noviazgo tanto que ya no veíamos el borde, el inicio.  Todo era de esperarse, y así ¿cómo no te vas a malacostumbrar? Esas malas mañas de agarrar el celular y escribir y esconder. A saber si las irá a dejar botadas, cuando deje el apartamento y encuentre su casa y tengan sus hijos. Manuel se quedara allí, con ella, en el apartamento. ¿Qué ondas con construir algo y dejarlo? Él solo quiere algo más cuando lo dejan, y allí ni modo. Y cuando Alex y él se salgan cada uno del camino que les tienden las costumbres, y el cuerpo no les deje de acordar que ya no tienen 26 años, porque esas birrias cada vez más los hacen más pedazos y pica el intestino el día siguiente –es verdad, cerote, es como una picazón– y tengan su balance, probablemente se encuentren en los extremos. Los excesos son un lujo que damos por sentado, dijo Alex, y se levantó a contestar una llamada.

20160724

Ella













- Carlos no está  - le dice, parada junto a la puerta, sosteniendo el picaporte como si alguien fuera a quitárselo.
- Ya sé, le hablé en la mañana por teléfono y me contó que se iba para Panamá. Me dijo que estaba bien si pasaba a devolverle este libro, me lo prestó hace meses – contesta él enseñándole el libro que, de alguna manera, justifica su presencia a esa hora de la noche.
- Bueno, dámelo. Yo le digo que pasaste – dice, por decir algo, deteniendo la puerta. Esperando algo más que el libro. Dibujando en su rostro una mueca que quiere ser una sonrisa. Una sonrisa que quiere ser una mueca. “Un momento que no podrá ser nunca”, piensa y le pregunta si quiere pasar. Él no se niega ni por un segundo y desplaza su metro ochenta dentro del pequeño recibidor de la casa, argumentando que no quiere interrumpirla en nada. Ella cierra la puerta tras de él, contestando que no interrumpe nada, que solo iba a tomarse una copa de vino y fumar un cigarro en la terraza, que si quiere acompañarla.
Sí la acompaña. Ella le ofrece algo de beber. Él solo quiere agua, tiene sed. El vaso viene fresco y transparente moviéndose suave al ritmo de ella, que se lo entrega directo en la mano. Se sientan frente a frente con la mesa de vidrio en medio y ese sentimiento a medias por todos lados.  Hablan de las mismas historias que no se cansan nunca de contar en las largas reuniones de los viernes con el grupo de siempre. Solo que ahora no es viernes ni está el grupo de siempre. Solo ellos dos con sonrisas tontas y silencios largos, entre frases cortadas y sin sentido. Ella le mira a los ojos mientras hablan, él no le puede sostener ni un minuto la mirada, nunca ha podido. Uno de los niños viene a decir buenas noches. No se extraña de encontrar allí al “Tío Santiago”, quien siempre está en la casa acompañando a su papá como su sombra. El chico le da un beso a la mamá, otro al “tío” y se va corriendo al dormitorio. Ella sonríe otra vez, con una sonrisa nueva que él no le conocía, que le ilumina toda la cara.

- ¿Qué? – Logra apenas decir Santiago. Más que una pregunta, una súplica.
- ¿Algunas veces no sentís que estás viviendo una vida que no te imaginabas? –

Él le dice Rebeca como un conjuro, tratando de que su nombre suene como algo más que una palabra. Y no dice nada más, solo sonríe lento, tratando de sostenerle la mirada. Enmudeciendo frente a esos ojos grandes y profundos, queriendo partir en dos la mesa, el mundo, el maldito destino que la hizo cruzarse por la puta vida de Carlos antes que por la de él.
- A veces siento que estoy viviendo una vida que no es mía -  dice él, pasando una mano sobre la mesita para encenderle otro cigarro.
Ahora ella le dice Santiago como una promesa, con sílabas que pronunciadas así se vuelven una esperanza.

- ¿Qué es lo que esperás de mí, Rebeca? –
- Entenderás que no puedo esperar nada más que sigás siendo el mejor amigo de Carlos –
- Entonces, ¿Vos entenderás que ahora me levante y me vaya? –
- Lo entiendo. Está claro –

Por segundos él no se mueve. Le dijo que lo entiende. Claro que está claro. Toma el celular que antes puso sobre la mesa, junto al vaso con agua que permanece intacto, y casi de un salto se levanta. Todavía la mira. Ahora sí puede sostenerle la mirada.

En la puerta se despiden como si nada, hacen planes para verse el viernes con el grupo de siempre, cuando Carlos ya esté de vuelta. A escuchar nuevas anécdotas en Panamá, bromea Santiago, mientras con la mano derecha le agarra el brazo izquierdo para despedirse. El brazo que es eterno, que se vuelve un puente en donde su mano se va deslizando hacia abajo hasta quedar los dedos juntos, entrelazados.

- Como debería ser – dice Santiago, jalándola hacia afuera, empujándola levemente contra la pared de laja, acariciándola mientras mide los pocos centímetros que faltan para aplacar su respiración, su agitación, sus límites. Se miran como nunca. Nunca tan cerca. Se besan como nunca. Nunca antes. Reconociéndose las formas, las humedades. Se sienten, un murmullo cadente y pausado. Se desean y se adivinan, se adivinan y se desean bajo aquel cielo, inútilmente estrellado. Bajo aquella luna que quiso ser llena, pero es menguante. Santiago siente que se le escapa, que se le va a escapar y la envuelve con un brazo, sintiendo el cuerpo nuevo de Rebeca que no conocía. Dejando, sí dejando, que esta vida sea suya. Imaginando, nada más imaginando que puede ser…

- ¿Creés que si me quedo con vos esta noche estarías viviendo la vida que imaginabas? –

Entonces Rebeca piensa. Piensa y lo separa. Trata de mirarlo, pero ahora es ella quien no puede sostenerle la mirada. Camina de regreso hacia la  puerta, se voltea y lo abraza. Nada más lo abraza y se deja abrazar largo. Luego se para bajo el umbral y le contesta:
- No creo, porque en la vida que imaginaba no tenía que engañar a Carlos para estar con vos…

- Entonces… gracias por el agua - dice Santiago tratando de sonreír y se va.

20160615

Toto - "Africa"

El mundo está un poco más susceptible, últimamente. Y además del riesgo de que exploten tensiones que parecen acumularse más que hace unos años, existen nuestros terremotos emocionales. Pero en todo este ruido y polvo, siempre se asienta, tarde o temprano, y quedan las relaciones que hemos cultivado y las experiencias por probar. Mientras unos dicen que la nostalgia se enriquece mientras se mantiene como recuerdo y que el recuperarla significa su muerte, yo creo que solo son cosquillas de que si nos gustó antes, pues, lo más seguro es que nos va a seguir gustando. Y algo así es lo que escucho en esta canción:


20160608

Señor que posa muy serio para una foto


Usted es un hombre formal, de saco y corbata. Un señor casado con esposa "de Usted" a la que le manda flores cada aniversario, cumpleaños y evento de celebrar. Se pasea por los eventos sociales con trago en mano siendo saludado por otras personas formales, personas de "nombre y apellido", personas con tragos en la mano, también. Usted es tan serio que no se le hace ni una arruga en el pantalón ni la camisa cuando se sienta, y tampoco se sienta en el suelo. Usted sonríe por todos lados, usted habla sereno y pausado, y sabe muy bien todos los temas de los que habla, porque usted ha estudiado y leído mucho de lo que habla, usted es un hombre de éxito. Todos lo sabemos. Se le nota.

Pero más allá de eso no se le notan otras cosas, lo que usted -obviamente- quiere ocultar. No se le nota, por ejemplo, cómo mira entre la concurrencia a la mujer que le ha gustado por más de quince años. Nadie nota, tampoco, cómo se sonríen de lado a lado del salón con esa sonrisa cómplice y cómo se ilumina todo, por más que traten de ocultarlo. Por más que usted trate de ocultarlo, porque es un hombre serio y formal y en teoría no debería sonreír así a la que no es su esposa; aunque en la práctica tenga más de dos meses de no cruzar palabra -mucho menos sonrisas- con ella.

Señor serio y formal: quién va a creer, cuando posa elegantemente para esa foto, que hace todo tipo de propuestas por chats, mensajes de celular y messenger. ¿Quién va creer, señor, las cosas que de verdad pasan por su mente? Yo no lo juzgo, de verdad. De hecho me gustan sus propuestas y cuando le digo "¿y si me enamorara perdidamente de vos?" en serio lo creo, porque quince años es suficiente tiempo para conocer a alguien, demasiado tiempo para sonreírle a alguien en una fiesta al otro lado del salón. Y cuando usted me contesta "los dos corremos ese riesgo", en serio, le creo, porque ya sabemos, usted es un señor serio y dudo mucho que ande jugando con esas cosas.

Relato basado en la canción Wicked Game de Chris Isaak.

20160523

The last man standing













Esa Navidad, una pequeña Aura de apenas cinco años, bailó subida en la mesa de la sala familiar para el tío-hermano-lejano que había venido para las festividades. Alguien tuvo que haber sabido, entonces, que nunca iba a parar. Que en interminables fiestas con amigos, amores, familia, amantes, conocidos o desconocidos; siempre todo iba a parar en eso: ella era la que siempre terminaba bailando a altas horas de la noche cuando todos los demás ya estaban doblados de la borrachera. Y así fue pasando de clases de ballet a danza moderna, folclórico, bellydance, salsa y hasta lambada, punta, samba. Ustedes solo menciónenlo. Ella bailaba. Unos pintan, otros cantan, otros escriben. Ella bailaba. Era su forma de decirle al mundo que nunca iba a parar. Como esa noche en el cuartito blanco y a oscuras del primer romance en serio, con algunos jalones de más a la pipa y el hombre que la miraba anonadado mientras ella brincaba y su ropa volaba para todos lados, o la otra noche en que apenas en calzones le bailaba demasiado cerca al querido en cuestión, aquellas escenas, aquellos bailes que iban a parar directo a la cama, porque ella sabía cómo, ella sabía qué fibra tocar. Toda su vida se tratataba de playlists, todos sus amores los arreglaba con un paso por aquí, otro por allá. Porque no tenía otra forma de entender las cosas. Solo a través de la música y bailando.

– I'm the last man standing!!! Gritaba en aquella fiesta alzando su vaso casi vacío mientras las demás ya se habían ido, o estaban dobladas en alguna silla, o dormían la borrachera en algún sueño.

Ella era the last man standing con los pies descalzos y chucos de tanto bailar. Sabía que había nacido para andar en el mundo y agarrarle a la música el gusto y las ganas. Porque nadie tenía más ganas que ella de andar por allí sin que nada le importara, sin explicación cierta, sin aburrimientos ni excusas.

Hasta que, - claro, siempre hay un "hasta que" - apareció el Marciano. Se lo encontró en la pausa entre una canción y otra en una de esas fiestas de viernes mientras ella buscaba otra cerveza y él pedía su quinta agua mineral. Ese hombre no tenía modos ni filtros, y a la primera, sin mediar palabras ni presentaciones, le estaba tratando de adivinar el color de ojos en la oscuridad. Y luego le estaba contando un sueño, tan vívido que parecía como si hubiera pasado de verdad. Fue el sueño ese de cómo bajaba su nave espacial sobre el volcán de San Salvador y de cómo sus compañeros planetarios lo habían dejado aquí a la buena de Dios... Bueno, sea cual sea el Dios de los marcianos. Y de allí su nombre. Y el Marciano era tan atractivo que bien se le podría creer que no era de este mundo. Seguía hablando incoherencias a las que Aura ya no les prestaba atención, solo quería sentarse a oírlo por siempre y tener la excusa de mirarse en su mirada todo el tiempo que fuera posible. El Marciano le contaba otro sueño, pedía la séptima botella de agua mineral, y a ella ni siquiera le había preguntado su nombre. Le contó todos sus sueños y fantasías por más de cinco horas, diez agua mineral y siete veces al baño, hasta que entró la madrugada. Que si quería ir a ver el amanecer al volcán, le preguntó, le iba a enseñar dónde lo había dejado la nave... Según su sueño, claro.

Subieron y subieron y subieron y subieron.

Hasta el final o el tope de una calle. La calle terminaba allí en medio de una nada con vista a San Salvador, el lago de Ilopango y el Chinchontepeque. Y de hecho, el sol estaba saliendo cuando llegaron. Aura estaba incendiada de rojo cuando el Marciano cayó de rodillas a la orilla de la alcantaría que previamente había abierto. Con los brazos abiertos hacia arriba invocó a Zeus y a algunos otros dioses del Olímpo. Y sin advertir si quiera "aquí va", se tiró de un solo salto en el hoyo recién abierto.

Comenzaba a subir el calor y eso no podía estar pasando. Vio el reloj y eran casi las siete de la mañana. Vio su sombra tirada en el suelo.

– I'm the last man standing!!! Gritó

* Foto tomada de -  http://coordenadascuba.blogspot.com/2015/06/la-bienal-de-la-habana-tiene-zona-franca.html


Cuaderno verde

Inspirado en UFO Starmen de Piotr Kalachyn



Dos cosas pasaron. No, no fueron 2: fueron 3. Vamos a empezar por el comienzo, porque no podemos entender lo uno si no entendemos lo otro, ajá, es debatible, pero dejemos la discusión para después, ¿no? Además, esto tiene poco que ver contigo: tiene que ver con el protagonista de la historia, reactivo y tranquilo, inconsciente de las consecuencias de reaccionar e ir y venir y llegar a lugares por inercia, y no convicción. La primera fue el cortocircuito, causado por un choque eléctrico entre lo que él esperaba y ella le dio. ¡Boom! De un solo, así el accidente del Challenger, pero más lento; igual de inesperado, pero más lento.

Después vino el estado catatónico. Compartido o a solas, no salía de la cuarentena de protección y silencio. “Cuando un hombre se queda acostado viendo al techo es que de verdad está hecho mierda”, dicen. Y esta vez fue eso multiplicado por 10 y llevado a mesas de bares y restaurantes. Palabras que no tenían sentido, llegaban a estrellarse una tras otra en la pared invisible del trauma post ruptura, el primero en la historia amorosa de nuestro protagonista. Lo delicado era que nadie estaba consciente que uno de los síntomas es asociar el malestar a todo y por eso los pleitos por el control de la tele o por qué comer un viernes en la noche. Todas las partes involucradas, sin embargo, llegaron a sus treintas sabiendo que cuando uno está mal con uno mismo está mal con todo. Amigo protagonista #2 puede llegar después de una ruptura y la red de apoyo asienta con la cabeza y juntos se preparan porque no, no es cosa de un día al otro. Silenciosamente se soltaba si y solo si desaparecía la realidad virtual para dejarlo a sola con su cuaderno verde.

Y ahora, ¿qué putas? ¿qué es lo peor que puede pasar? Si el celular se cae caería en un pasto verdoso, antes verde y virgen y hoy machucado por los infiltrados como yo y probablemente habrá que limpiarlo pero peores golpes ha sobrevivido y ya la pantalla está floja y cada acción te dice que hoy teléfono vale menos. Peores cosas han pasado y la vida útil de tantos aparatillos sigue, yo no debería de ser la excepción, ¡maldita sea! Me llevo la lección y los callos, pero no sé cómo quitarme el mal sabor de boca, todo me sabe a maldecir y a “What’s the point?” Quiero descansar apoyado en una botella de plástico o de vidrio y usar el alcohol para apagar el cerebro, el cerebro que enciendo con textos y correos electrónicos que apelan al conocimiento y la cobardía de las responsabilidades pues es más cobarde someterse a los deseos de las responsabilidades que renunciar a ellas del todo y en tiempos de desconexión igual sirve de puente al pasado. Quizás eso me hace falta: desconectarme y caer al pasto verdoso y que me trague el lodo, morir; morir públicamente para renacer emocionalmente.

Y así fue que ocurrió lo que faltaba que ocurriera para terminar de narrar tres de las tres cosas enunciadas al inicio: él huyó de todo su pasado para encontrar su futuro. Nadie sabe cuál es la receta para desaparecer sin morir tan bien como el, que ya no existe, no es alcanzable ni distinguible. ¿Cómo logró desaparecer dejando esa impresión de que allí sigue? Todos los testigos que le conocieron aseguran que no ha muerto, que aún vive, que en una identidad paralela vive mejor que antes, siempre sobre la faz de esta tierra, dicen.