Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20170206

"Present Tense" --Radiohead



the dusty road bites the traveller's weary footsteps.  
dead ends. no place to go. no more. 

all roads are closed by humans fighting for their rights, 
by “righties” fighting for their righty fights. 
why should i care? 
when you’re left, nothing’s right: 
not even distance, not even hands or beliefs. 

in a rightie world, 
everything’s left for the lefties to do right. 
everything’s right for the lefties to do harm. 

“no harm” 
“no harm” 
—no harm.

but the world collides with contradictions: 
dichotomies of religion, exhaustive exasperation, 
regrets and desolation. 


—DA20170222

20160530

“UFO Starmen” —Piotr Kalachyn


Remedios Varo. El Relojero. 1955.

The bells toll for those
who awaken surrender
willfully to death. 


1
Seclusion

     Johan Strauss swayed at the bottom of the mechanical tower clock moving the pendulum on a controlled, relentless oscillation. He wasn’t used to the constant movement and as he looked down to relieve his revulsion, he discovered a trail of footprints ingrained on the wooden floor. For how long had he been there walking in cycles? Three decades? A century perhaps? He couldn’t remember at all. 
     If only I could stop,” he thought.
     But stopping was not an option. Three broken ribs and a half-healed scar reminded him that he was bounded to that pendulum; that if he dared to stop, like the day he went on a strike, the pendulum’s inertia would drag him back and forth on a vicious cycle, claiming, if unlucky, his life. No shenanigans. No matter what he tried, he was tied to a win-lose situation.
     He looked up where the mechanical gear danced harmoniously, but he failed to appreciate its perfection. If anything, it was its precision what Johan feared the most: the dented circles rotating against each other, devouring themselves endlessly, producing that raucous sound.
     Oppressed by the tic-tac-tic-tac, he went from left to right, or right to left? he wasn't sure which way was next, not that it mattered at all. The only thing in Johan's mind was to keep that mechanical beast alive.
     As the pendulum swung across the miniscule cell, the image of Eliene's hair appeared swirling in the invisible air waves. Johan realized he hadn’t thought of her or any of them since that day. In fact, he barely remembered anything about his life before the pendulum. Was his mind playing tricks on him? Was seclusion driving him mad?
     Frightened, he allowed himself to wander deeper in his own thoughts. Between the monotonous tic-tac-tic-tac and his steps cracking on the floor, he heard a smile. 
     Yes. It was hers.
     He closed his eyes and after some effort, he saw a cake. A birthday cake. There had been a celebration that day, but whose was it? Was it his? Had it been his birthday?
     “Open your eyes,” the memory whispered.
     Johan opened his eyes. In the shallow darkness, a blue cake waited in front of him. he stretched his hands to grasp the cake but it dissolves in the air. Johan closed his eyes to keep the memory in his mind. He saw clearly a ribboned blue cake. A golden table. A giant backyard with prehistoric vegetation. A lilies pond. Burning candles on top of the cake. One, two, three, six… seven. Seven golden candles shining on top of the exuberant cake.
     “Make a wish,” Elienne’s memory whispered.
     But there was no time for wish-making. They appeared from behind. With forceful arms, they grabbed him and pulled him from the chair on a violent m, Johan had lost his balance and before he knew it, his face was on the table. A buzzing sound. A trail of blood over the blue chiffon tablecloth. In the blurry vision, the candles melting over the meringue on the cake. The others taking Eliene’s by force. Eliene’s muted screams.
     Then, darkness.
     Silence.

     (tic-tac-tic-tac)

     He was seven when They preserved him. With anger, Johan opened his eyes and looked around the wooden cell. He looked down and saw his worn out shoes. He looked at his hands with acute curiosity. It was only now, in front of Eliene’s ghost, that Johan wondered why he was still seven years old. 



--From "The Clock Maker". ©DA2015

20160510

Ruskiy-Polski & UFO Starmen Invasion



Alguna vez durante el 2015 recomendé una canción polaca, y recientemente en el 2016 una canción rusa. Tal parece pues que mi conexión con la Europa Central no termina ya que hoy les traigo "lo que es" una muy bonita, módica y versátil canción ruso-judía-polaca. 

La pieza, UFO Starmen es producción de mi buen amigo, traductor, programador, profesor de ruso, músico, cantante, estudiante de budismo y muchas otras habilidades más, Piotr Kalachyn, quien acompañado de muchos músicos talentosos, inspiran no solamente a bailar, sino que a imaginar como sería una invasión de hombres de estrellas. 

Déjola pues a su merced para su atenta escucha y modesta escritura, y a la nuestra la paciente espera para la lectura.


“God Gave Me Everything” —Mick Jagger feat. Lenny Kravitz



El 13 de mayo de 1994 fue viernes. Como antesala a un invierno que llegó puntual, el día se esfumó en un reflejo naranja-grisáceo. Dentro del salón de clases, los estudiantes se ocuparon del orden de unas clases vespertinas que terminaron antes de lo habitual. Por las ventanas, el tiempo se diluyó gota tras gota sobre las plantas achicopaladas por una ligera lluvia. Fue bajo ese cielo que segundo a segundo se volvía gris, entre cuadernillos y lápices; sillitas y mesitas; uniformes y mochilas escolares, que a sus recién estrenados 8 años, Camila se encontró dándole la razón a los adultos: los viernes 13 eran de mala suerte. Los 13 de mayo dejaron de ser de una virgen maría que bajaba de los cielos de cova e iría —o como dijera la canción, para bajar a su casa y llevarse a su abuelo. ¿Qué de santo tendría ese viernes gris, tenebroso como la sala de la funeraria por donde desfilaron las caras desconocidas, hinchadas por el llanto? ¿Qué de memorable tendría esa noche donde los primos lejanos aparecieron en un disfraz de luto, ignorantes del dolor ajeno? ¿Qué entenderían de un duelo inexplicable? ¿De madres llorosas y abuelas consagradas al nazareno a causa del dolor extremo? ¿De tardes de novenario ahumado en incienso y mujeres con velos en las cabezas y cánticos disueltos en llantos? ¿Quién explicaría el significado de la muerte, del cáncer, ese que por años consumió no solo a una persona, sino que a toda una familia dejándola en un luto perverso y eterno?


CORTE A: 

El 27 de septiembre de 2008 fue jueves. A las 00:12 horas caminó sin dirección por las calles de la ciudad. A través de unos ojos llorosos marcó por cuarta vez el número telefónico de la única persona en quien confiaba. “El número que intenta llamar no se encuentra disponible—”, respondió mecánicamente el buzón de voz.  —dios, y las desérticas calles fueron los testigos de ese arrebato fúrico que hizo estrellar el teléfono celular contra el concreto. ¿En qué momento la algarabía de la noche, de los nuevos amigos, de la cerveza se convirtió en pelea? ¿Cómo fue que las palabras de amor se volcaron a pleitos borrachos, tan difíciles de recordar y al mismo tiempo, tan difíciles de olvidar? ¿Cómo fue posible pasar de la compañía al abandono? Entre la soledad de media noche y la confusión, Lucía lloró sobre las gradas que llevaban a una institución financiera. Luego de limpiarse las lágrimas borrachas que le escurrían el maquillaje, recobró la compostura. 21 años no era edad para llorar, deambular por las calles durante la madrugada y mucho menos entender de (des)amores. Un suspiro largo le devolvió la dignidad. Una a una, recuperó la compostura y las piezas que conformaban el aparato celular. El teléfono no volvió a prender. No había a nadie a quien llamar. Caminó 700 metros hasta la casa de sus padres. Para variar, no llevaba la llave. Sonrió ante el absurdo adagio que reafirma que las cosas cuando van mal siempre pueden ir peor. De alguna forma, alguien la dejó entrar a la casa y entre la vergüenza y el etílico, se durmió.

CORTE A: 

El 18 de agosto de 2014 fue lunes. Dos rayitas azules sonrieron positivas sobre la porcelana del servicio sanitario de la oficina. ¿Cuántas pruebas positivas más pasarían por ese baño frío e impersonal?, se preguntó. ¿Cuántas acciones indeseadas? ¿Cuántos desaciertos, equivocaciones y pendientes por resolver? Con manos temblorosas, guardó la paleta de plástico que confirmaron la peor de las noticias. No tuvo necesidad de verificar las instrucciones, ni de exámenes de sangre adicionales. Las tiritas azules se pintaron en menos de dos segundos, cambiando para siempre la vida de Jimena. Con la caja, los papeles y el miedo guardado en su bolso, salió hacia la sala de reuniones. Prendió el computador y sobre su lista de “cosas por hacer”, anotó un pendiente más.







20160427

“When Doves Cry” —Prince




tic-tic, goteaba la lluvia.
tac-tac, temblaba el salón.
tic-tac, escribió el periodista
nervioso en su redacción.

los vivos, bajo los escombros,
clamaban a dios su perdón,
se daban ya todos por muertos
bajo tal siniestro dolor.

tic-tic, goteaba la lluvia
tac-tac, menguaba el valor,
tic-tac, el muchacho perplejo
escapó de la situación.

de pronto astillas de vidrio
volaron por la habitación;
entraron de prisa, corriendo
comandos de salvación.

“aquí hay uno, acá otro, allá dos”,
gritaron con desesperación;
y con manos apresuradas
comenzaron la excavación.

tic-tac, goteaba la lluvia,
tic-muerte, tac-desolación.
tic - t  i   c  , tronó el edificio,
t a c  -  t   a   c   ,  s  e   d  e   s   p    l   o    m    ó.

tic-tic goteaba la lluvia,
tac-tac, caía el salón.
faltaban diez para las nueve,
t i c - t  a  c , se detuvo el reloj.



--DA20160627

20160426

“Y si fuera ella” —Alejandro Sanz



Danilo Veliz era agente de la policía de tránsito. Su trabajo consistía en coordinar el tráfico del sector número 316 la ciudad. Desde las 5:30 hasta las 10:30 de la mañana, su trabajo, aparte de coordinar el caos vehicular, incluía engullir todo ese humo de automóviles y autobuses descompuestos y vueltos a componer. La hora que Danilo más detestaba eran las 8:30 de la mañana. Era la hora del terror, de las bocinas ensordecedoras, de los manantiales de humo deslizándose a 0 km. por hora sobre la Calzada Roosevelt. Roosevelt. Siempre se preguntó porqué su lugar de trabajo llevaba el nombre de un personaje del cuál nunca había escuchado nada. Rusevel? Rusvel?. Ni siquiera estaba seguro cómo se pronunciaba. Entre autobús y automóvil, se encontró pensando cómo terminó como agente policial, sin encontrar más que un suspiro sordo atragantado en su pecho y un dolor agudo en el estómago. Todos nos odian, concluyó inmune mientras soplaba el silbato indicándole al conductor del autobús de la ruta 62 que debía de avanzar y dejar de acaparar la estación de buses. Llevaba cuatro meses asistiendo el tránsito matutino. Cuatro meses de recibir el humo, el sol, la lluvia, el roce de los automóviles, las miradas hostiles de los conductores. Pero no era su culpa. Solamente —e igual que todos, se repetía constantemente, cumplía con una función desagradable a cambio de dinero. Dinero. Durante cuatro meses había aceptado despertarse a las 4:30 de la mañana, caminar hasta encontrar el primer pick-up que hiciera viajes, o cuando la suerte no estaba de su lado, caminar 32 cuadras hasta llegar el puesto de policía número 42, donde Catalina, su compañera de turno estaría lista con un termo de café azucarado. Danilo, con su apariencia escueta, tomaría el café en tres tragos sin aturrar la cara y le daría las gracias con su mejor sonrisa aún cuando no le gustara el café con azúcar. Era la gratitud y la bondad humana lo que le hacía beber tal desagradable café. A las 5:20 subirían los conos verdes en la parte trasera del pick-up policial y a las 5:23 saldrían hacia la carretera que, por cinco horas, llamaría su lugar de trabajo. Sonrió ante la idea absurda de llamar una calle su lugar de trabajo. Cuando la señorita en el banco le preguntara donde trabajaba, con oculta vergüenza le contestaría que sobre la Calzada Roosevelt, y la señorita educada con su traje sastre color gris rata y su maquillaje modesto, sonreiría apenada, no por ella, sino por él pues nunca sería sujeto para el préstamo hipotecario que, para entonces, tantas veces habría solicitado. Nunca poseería una casa propia. Con suerte viviría arrendando aquella pequeña casa que compartía con su hermana y sus tres sobrinos, cada uno hijo de un padre diferente. De los tres, era Lucas su sobrino favorito. Lucas nació durante la última (?) gran crisis del 2008, y había llegado a iluminar aquella gran decepción que se llevó cuando descubrió que Yesenia, quien para entonces era su novia, jamás se casaría con él. Tres años después de tal desafortunado descubrimiento, Lucas crecía junto a una curiosidad y un hambre voraz. Tal era su apetito que Jacinta tenía que guardar todo aquello que fuera comestible para asegurar que sus otros dos hijos pudieran comer también. Qué hacía al niño tan glotón era una incógnita. Danilo nunca fue así y sus otros dos sobrinos tampoco. En esa casa, parecía que todos entendía el significado de la escasez. Es-ca-sez. Esa que crecía día con día mientras el periódico nacional anunciaba que la canasta básica alimenticia  había aumentado en 350 quetzales durante el último año. Osea, casi 50 dólares más al mes para alimentar con menos a la misma cantidad de personas. Era una desgracia. Una tragedia, si bien no nacional, personal. Un desangre a la economía familiar. Aún así, Lucas parecía no entender más que su apetito insaciable. Todas las mañanas Danilo apartaba ⅓ de su desayuno para guardarlo y dárselo a Lucas. Si había algo que Danilo no soportaba era querer y no poder. Querer y no tener. Y ver al pequeño Lucas dormido en la hamaca junto a sus otros dos hermanos le partía el corazón. De alguna forma le hacía recordar aquellos tiempos cuando él era un chiquillo también. Cuando jugaba junto a su hermana y no importando el juego, siempre la hacía llorar. Nunca lo hizo a propósito, pero en su torpe infancia, no sabía controlar su fuerza de varón. Con los años, y tras la muerte de la niña Angélica, su madre, aprendió a usar su fuerza para cuidar a su única hermana y su único bastión dentro de un mundo que cada vez se hacía más denso, más oscuro, más tirano.

-- DA20160426

20160402

“Heart of Glass” —Blondie




cumplía 42 años. su sonrisa mengüaba como luna frente al monitor del ordenador donde la monotonía se repetía en pornografía. cumshots, racial, sado, trans, elderly, obese. había visto —y hecho, de todo. a sus 42, ¿qué sorpresas encontraría en lo sexual? ¿qué placeres pendientes por experimentar? ¿qué aventurillas por conquistar?

cumplía 42 y, desde que el número 4 rondaba la inicial de su edad, cazaba echado. si es cierto ese cuentico de que todos los caminos llevan a roma, esa era su realidad. una donde todos esos pussies, adolescentes o añejados, vírgenes o experimentados, rasurados —y los más old-school forrados en un bush bien arreglado, se presentaban literalmente a su puerta, su facebook, su mesenger y su skype.

a sus recién estrenados 42, ya no era un casanova. no tenía nada que cazar. después de tantas jugarretas y de una juventud experimentada, había aprendido que no era necesario buscar presas ni asediar, mucho menos importunar. tampoco se lamentaba la ausencia de amantes pues el dicho también es cierto: siempre hay más peces en el mar. además, su apariencia escueta, su habla tajante y su misterio de mister-know-it-all, eran la miel perfecta para atrapar las mosquitas, quienes creyéndose vivas, morían en un affair intenso, placentero y vacío.

lo conocí junto a un johny walker black label en las rocas. tres cubos de hielo y ese oro líquido magnificando ese efecto je ne sais quoi a través de un chat en skype. hablamos de todo y de nada, de cosas que parecen tan inteligentes que se olvidan, de mensajes breves que se transformaron a una videollamada cuando soy yo quien odia hablar. que le mostrara una teta, sonrió la imagen pixelada. que me invitara a un trago en persona, respondí yo. varias noches después —y pocos kilómetros de distancia, cumplieron la predicción. la teta. el trago. el hielo derritiéndose en un refill de johny walker, celebrando frente al ordenador su cumpleaños número 42.


—NGB.DA20160403/08 

20160317

"Miss Sarajevo" —U2 ft. Luciano Pavarotti


     Los ojos de la señorita eran de un color azul amargo. Los recuerdo muy bien porque cada vez que su mirada se fijaba en la mía era como morder la semilla de un mango tierno. Pero esta primera descripción es solamente una distracción. Bien sabré yo que las primeras impresiones son solamente espejos de las locuras que guardamos en la mente y en el corazón. Era tan profundos ese par de ojos que tuve que entrenarme durante varias noches para poder adentrarme en ese azul profundo. Cuando por fin logré mantener la mirada firme, no encontré nada de amargura. Encontré un misterio gigantesco y ululante. Cada abrir y cerrar de ojos era como el aleteo de un búho. Una persecución voraz donde siempre que perdía la batalla, en lugar de demostrarme débil y bajar mi mirada tal como ella lo deseaba, yo estallaba en carcajadas. “Es imposible hacer un serio contigo”,  reprochaba y como un cielo atormentado, cerraba esa fuente maravillosa de vida y de misterio que eran sus magnificos ojos. Por más que intentaba hacerla reír con cuentos tontos, chistes y alguna que otra cosquilla, una vez se encerraba en su capricho no lograba adentrarme en esas fuentes azules de vida hasta que ella me lo permitiera. No sé como lo hacía pero lo que una vez parecían cálidas lagunas de agua viva se convertían en una férrea bóveda oscura, privándome de los más amables tesoros que tan pocas veces compartía conmigo. Aún así, la amaba. Amaba sus caprichos. Amaba su silencio. Amaba esa locura de hablar con la mirada en lugar de las palabras. Amaba los secretos que sus ojos resguardaban.

     Los secretos que la señorita escondía los supe seis meses después de nuestro último juego a las escondidas. “Serios”, diría ella. “Escondidas”, diría yo. ¿Cómo iban a ser serios si siempre me estaba riendo? Nunca me dio la razón y tampoco anhelaba tenerla. Para ese entonces ya había entendido yo que es imposible razonar con cierto tipo de mujeres cuando creen firmemente tener la razón. La señorita  era una de ellas. Luego de haber comprendido —y aprendido—muchas cosas sobre la señorita, como que sus pestañas no eran pelos sino que alas gigantescas de búhos legendarios, que su hermetismo no era del todo un capricho sino que resultado de un misterio inalcanzable, que su color favorito para pintarse las uñas era el rosado Barbie y que tomaba té de manzanilla con media cucharadita de azúcar, siempre lograba perderme en la profundidad de sus ojos azules. Tan claros, tan frescos, tan… transparentes. Ella nunca lo supo. Yo nunca se lo dije. Pensé que era parte de un juego, ya saben, como parte de una amistad de esas que se consolidan en el silencio de las cosas no dichas, de esas que se atragantan con besos reprimidos y suspiros en la cama vacía mientras las noches, ya saben, incitan a auto saciarse el sofocante calor del deseo. Una de esas noches, luego de una vana conversación por Messenger, terminaron todos los juegos, los serios y los secretos.
     “Me voy a casar”, escribió en un mensaje amargo. 
     Si, amargo, como esa primera impresión que por tanto tiempo tuve de ella y de su mirada. Letra a letra me voy dando cuenta que cuando la vida me golpea de forma inesperada, el mundo se me vuelve amargo. 
     ¿Por qué?, me revolcaron internamente las tripas. ¿Por qué después de tantos silencios tiene que quebrarlo de esa forma tan siniestra e impersonal? 

(   (  (  ( ( M e v o y a c a s a r ) )  )  )   ) 

     Así, una por una se separaron las palabras como garras de una bestia rapaz, destrozando cada fibra de mi fragilidad. Todavía ningún emoticon logra expresar ese sabor amargo que explotó en mi corazón. 

     “?” 

     …la señorita está escribiendo un mensaje…

     …la señorita está escribiendo…
      …la señorita está…
      …la señorita…

La señorita jamás volvió a escribir mensajes.






DA20160316



      

20160302

“Vladivostok 2000” —Mumiy Troll





     Miles ahead from the frozen land, Alexandr witnesses movement: an endless ocean flowing relentlessly towards the sun. “Where does it go?” Where does it end?,” he whispers ashore.

     Flags in the air. Ships in the docks. The city is a living museum where history is carved in the walls, yearning the glory of old days. Shells, anchors, and boats fade with the setting sun. At the Central Square, darkness covers the face of the copper statue once built to challenge the brave to defend the Motherland. Years of battle went by before the white winter decided to rule, imposing punishment indefinitely. “Thou shall not move,” it confined boats in frozen water, preventing men and dreams, to sail away. 

     Not from bravery but from the desperation confined souls suffer from, few men dare to escape sailing away into the world’s end. Ashore, it is known that for each sunset a beloved one vanishes from the stream of life. From the ocean's side, sunrise reminds sailors of the defenseless love left behind.

     Standing under the centennial statue, Alexandr loses sight of the horizon. In the dark water, ship lights blend with the stars. “Is there anybody out there?,” the question his mother refused to answer when he was five still roams in his mind.

     After a short walk, Alexandr arrives to his house. It is the same house he has lived his entire life. Inside, he takes off his coat. With shaky hands, he lights a candle. Home is nothing but humid walls and broken fixtures. A wooden table. A broken stove. Old furniture in rags. He looks around wondering if it is time for him to pursue change. He thinks of the flowing ocean. He thinks of the vanishing sun. He tries to imagine new places he could call home, none to be found.

     He approaches the small altar his mother installed by the window. The last reminder of her wishes for life and love. What life? What love? All Alexandr knows is journeys with no returns. The father sailing away. The mother dying before her time. There are no reasons to remain in that frozen land. 

     He sees the icon his mother used to pray to, now covered with dust and mold. What is life but fragmented memory? Pieces of mind for others to recollect? With all these feelings in his heart exploding like hand grenades, he burns down the altar. No more pain to remember. No more time to waste. He finally smiles.

     Outside, the night begins to fade. The copper statue's left index finger points at the unknown horizon. A new day is born. Shells, anchors, and flags glimmer under the soft golden sunbeams. The ice melts slowly. Drop after drop, the water returns to the currents of an moving ocean, dissolving the story of a man ready to sail away.


—DA20160304


20160216

De inviernos, amores y Vladivostok.


¿Qué cosa puede ser el amor?  ¿Una idea? ¿Una persona? ¿Un nombre?

Si tuviera que culpar a alguien por mi amor a Rusia, ese sería Vladivostok. No sé si por causa de conexiones de vidas pasadas o por simple obsesión de escritor coleccionista de palabras, desde que escuché ese nombre hace cinco años atrás, supe que así como existe el amor a primera vista, así existe el amor a primer oído: 
 [vlədʲɪvɐˈstok]

Cinco años después, me encuentro en “Russkiyland” descubriendo un invierno donde la vida se me presenta demasiado corta como para darle espacio a la indecisión. Donde estar en casa significa estar presente donde sea que me encuentre. Donde el amor es ilimitado, sin fronteras, ni distancias. Donde el tiempo se congela junto a un océano infinito a -38ºC. Donde el calor de Sívar es irreal y entiendo que #EnElTrópico tenemos una calidad de vida envidiable gracias a un clima benigno y proveedor. Donde detrás del frío y caras de piedra, se esconden rusos con corazones preciosos que se abren con una conversación, una fiesta, un baile, una canción. 

Hace cinco años, Vladivostok era solo una palabra en mi lista de “palabras favoritas”, un check-point en el mapa de “lugares por visitar”. Hoy, Vladivostok se pinta en fotos, se manifiesta en recuerdos, se viste de amor y se transforma en canciones.

Como parte de romper conceptos, este Febrero les propongo encontrar inspiración en los sonidos de Мумий Тролль (Mumiy Troll), una banda rusa de gran recorrido e historia, originaria de Vladivostok.

¿Qué dicen en su canción 
"Vladivostok 2000"? No lo sé y por el momento tampoco quiero saberlo. Solamente quiero saborear los sonidos, los ritmos y la fuerza de un idioma, que como su gente, golpean con una intensidad capaz de quebrar cualquier hielo, de borrar cualquier frontera, de traspasar cualquier idioma. Después de todo, a la hora de sentir, no somos tan diferentes.



20160110

“Closing Time” —Semisonic



Trescientas noches de desvelo. El oro líquido que antaño celebró nuestras pasiones se marchitó dentro de la cárcel de cristal. Se sació la sed. Me sacié de ti. El sol no calentó más esa esquina del jardín que tanto me gustaba contemplar mientras sereno dormías en una habitación ignorante de tiempo. Del otro lado de la cama, el frío comenzó a calar.

Recapitulemos.

La puerta encerró siglos de palabras. El silencio escaló por las paredes rotas, sin tiempo ni reparo. La sal en la mirada de los amantes fue una cosa indescriptible, algo así como una mezcla de lágrimas, misterios y rutinas. La profundidad de las pupilas sobrias se mide únicamente con la cantidad de parpadeos que como espadas esquivan una realidad bipolar. El tiempo se disolvió en pasos austeros, taquicardias y borracheras. No quedó nada, ni un segundo para recordar, ni un segundo para perdonar.

Un correo electrónico anunció ese adiós que llevaba años escondiéndose detrás besos y silencios. Los bailes trastabillados colgaron de la verja donde Jonás, el jardinero, podaba la enredadera que se explayaba sobre el cementerio de mascotas: promesas serviles de un amor que aguanta y perdona. Así se creó un nuevo espacio para solventar todas esas deudas arrastradas desde un pasado milenario. Así se disfrazó el amor entre cocinas y comidas y sembradíos mañaneros que se quemaron en una zarza eterna, como la que alguna vez un tal Moises encontró en su camino, la diferencia es que acá no hubo voces que anunciaran misiones trascendentales. Acá, solo se escucharon los pasos huecos, las taquicardias indecisas, las repeticiones obsesivas y la negaciones de los que crucificados juegan a todo menos al amor. Acá, frente al juicios de los mirones, la envidia de los solitarios y las sorpresas inequívocas de aquellos que no conocen el amor eterno, los amantes se convirtieron en rutina.

Domingo a domingo, un golpe sordo cerró la puerta de un vehículo donde la única diversión era despedirse sin palabras, donde lo único audible era un motor moribundo repitiendo ciclo tras ciclo un “ya no te amo” eterno.


--DA2016

20151228

“Quédate Luna” —Devendra Banhart



     Esa noche regresaba de la clínica comunal. El viento que soplaba y las densas nubes que se arremolinaban arriba en el cielo sin estrellas sugerían que era más sabio guardarse en casa que deambular por las calles. A pesar de eso, el calor era infernal. Llegué a la entrada principal de la colonia. El portón estaba abierto. Sentado en una silla de plástico, uno de los vigilantes pretendía estar despierto. El otro miraba absorto el partido de fútbol por el pequeño televisor a color. La señal era malísima y por los comentarios e imprecaciones del muchacho disfrazado de vigilante entendí que su equipo iba perdiendo. ¿Qué importaba? Era un partido en retransmisión. Ya había escuchado los resultados del marcador (o fraude futbolístico, como estaba de moda) en el comedor de la oficina; en la parada de buses; en el autobús. Mañana escucharía nuevamente los mismos comentarios de los resultados en la parada de buses, dentro del autobús. Al llegar a la oficina, leería el resultado en la portada del periódico mientras un titular, lo suficientemente sugestivo, invitaría a leer el análisis y la columna editorial denunciando las atrocidades del fútbol nacional. En el comedor escucharía las quejas, las pláticas enardecidas a favor y en contra mientras intentaría, inútilmente, tomar una taza de café. ¿Qué importaba? 
     Avancé por las calles desiertas. Los vehículos estacionados en posición de salida, como ordenaba el pequeño rótulo pintado a mano, señalaban que la jornada había terminado para varios. Apenas eran las 8:00 pm., muy temprano para que la mayoría de los residentes del barrio estuvieran ya en sus casas. Saludé al vigilante durmiente sin recibir respuesta alguna. Una luz tenue iluminaba las calles vacías. Las sombras de los carros y los basureros se prolongaban por la acera mientras los árboles se sacudían de una forma casi siniestra. Detestaba la iluminación pública. ¿Por qué el gobierno, la alcaldía, o quien fuese responsable de estas cosas no se comprometía a iluminar, realmente iluminar? Era por ese tipo de luz vial que no se podía caminar tranquilamente por las noches. Bien podían asaltar los ladrones a quien quisieran y las sombras siempre jugarían a su favor, permitiéndoles escapar sin ser reconocidos, pero ¿realmente importaba eso? Lo único que importaba en ese instante era llegar a esa tienda de barrio y pedir una cerveza para ahogar el calor y las malas noticias. 
     Positivo, había confirmado horas antes el doctor. 
    ¿Desde cuándo positivo significaba algo tan negativo como el cáncer? Es realmente increíble tener que pagarle a alguien para que además de abusar de la paciencia y la dignidad humana, se ría en tu cara ofreciendo estafas disfrazadas de prescripciones médicas y medicamentos.
     Subí las escaleras de cemento que daban la bienvenida al pasaje siete. Llegué a la pequeña tienda que todavía estaba abierta. Toqué la lata que servía de bandeja, de mesa y de despacho al mismo tiempo. Escuché la continuación del partido en retransmisión que había dejado minutos atrás en la portería. Adentro, un muchacho también gritaba enardecido. ¿Cuál es ese afán de los hombres de gritarle a un televisor que proyecta el pasado? Toqué otra vez, más fuerte.
     “Pan ya no le tengo,” dijo un muchacho. 
     “Ah vaya,” respondí sin interés. “Dame una Regia”. 
     No recibí respuesta más que las acotaciones sensacionalistas del comentarista en la televisión. Por una rendija de alambres mal cortados apareció una mano morena sosteniendo una lata de aluminio. 
     No. Dame el litro”.
     En la espera, saqué un cigarrillo. Una botella de color ámbar salió por la rendija.
     “¿Y tenés fuego?”
     Sobre la bandeja despachó una cajetilla de fósforos Gato.
     “¿No tenés encendedor?” reproché. 
     Usar fósforos para encender cigarros era todo un misterio que todavía no lograba resolver.
     “Y un vaso, por favor.”
     El muchacho no dijo nada. Los comentarios del televisor callaron abruptamente. Por los gritos adentro, supe que el partido había terminado con resultados nada favorables para la ferviente afición del muchacho. Luego de algunos minutos, apareció finalmente un vaso de plástico, lleno de polvo y fastidio.
     “Ahí deja los fósforos en la repisa cuando se vaya,” dijo toscamente.
     Con vaso, botella y cigarro en mano, caminé hacia uno de esos banquillos de cemento frente a la tienda. Luego de cuatro inútiles intentos, por fin encendí el cigarro. Destapé la cerveza y llené el vaso hasta el borde. Cinco horas en la sala de espera de la clínica comunal, el ir y venir de enfermeras autómatas y un doctor acuchillando mi paciencia con delirios de grandeza y nula empatía se disolvieron junto el primer sorbo de ese trago amargo y glorioso. Finalmente, después de la tortura de escuchar los detalles del diagnóstico y los costos imposibles de pagar del tratamiento, disfrutaba de la soledad. La amenaza de la lluvia entre los árboles. El anonimato nocturno.
     “No debería fumar”, dijo una voz desde las sombras.
     En la penumbra —maldita luz pública— apenas podía distinguir quién osaba sacarme del trance en que me encontraba. Al fondo del pasillo, en el último banco de cemento, lo vi. Era ese hombre desagradable del pasaje 13. 

— 
EL HOMBRE DEL PASAJE 13  
     Al hombre del pasaje 13 le llamaban Beto. Nadie sabía exactamente si era el diminutivo de Roberto, o si se trataba de algún apodo de esos que se pegan por fuerza de costumbre. La verdad es que nadie sabía cómo se llamaba realmente y tampoco a nadie le importaba.  
     Se sabía muy poco de él. Nadie sabía en qué se ocupaba, si trabajaba o si era empresario. La niña Lupita, por ejemplo, decía que salía antes del amanecer, que era un buen mozo y además trabajador. Pero quién le iba a creer si a todos los trataba como si eran sus hijos. Los muchachos de la tienda decían que le hacía “trabajitos” a la mafia. Otros decían que era un sicario. Para mí, el tipo era un vividor y un borracho.  
     Era alto y flaco. Silencioso y de mirada analítica. Muy pocos se atrevían a dirigirle la palabra. Iba siempre acompañado de su perro. Caminaba con firmeza, como si fuera el dueño de la calle. Le gustaba intimidar a las personas con su apariencia. Mantenía una imagen ruda para alejar a los débiles. Años de experiencia le habían confirmado que sólo quienes se atrevía a traspasar la ilusión de la apariencia eran realmente dignos de su atención. 
     De todo el barrio, sólo hablaba con tres personas: Julio, el niño con corazón de futbolista disfrazado de vigilante y por quien sentía una empatía de hermano mayor. Quizás le recordaba aquella época cuándo él también tuvo el corazón así de ingenuo. La Lupita, la señora del pan quien a pesar de los constantes interrogatorios, nunca lograba sacarle respuestas concretas; y Carlos “El Chaneque” Valencia, con quien, si la Soraya se lo permitía, bebía hasta el amanecer.
     Nadie recordaba desde cuándo vivía en ese barrio. Como el hábito y la costumbre hacen que se olvide la necesidad de hacer preguntas, todos se habían acostumbrado a verle al atardecer. Acompañado de su perro, daba una vuelta por la calle central hasta llegar al portón principal. Ahí, saludaba a Julio quien en su ingenuidad no se daba cuenta que entre pregunta y pregunta le sacaba información sobre quienes entraban y salían de la colonia. Luego daba dos vueltas al parque antes de pasar por Carlos.
     Era muy selectivo con quienes le acompañaban. El Carlos era buena compañía para los tragos. Era paciente, no armaba problemas y hablaba únicamente de todas aquellas historias cuando era un hombre libre, sin problemas de hijos ni esposas. A pesar de apreciar a Carlos, no soportaba a Soraya. Para él, una mujer dejaba de ser mujer cuando comenzaba a coquetear con otro hombre que no fuera su esposo. Y la Soraya coqueteaba con todos los amigos de su marido. No tenía pruebas contundentes, y tampoco era de su interés incendiar matrimonios, pero sabía que la Soraya le ponía los cuernos a su amigo. 

 —

     “En serio, no debería fumar”, dijo aquella alimaña saliendo de la oscuridad.
     Vestía todo de negro. Era la primera vez que lo miraba de cerca, y tal como afirmaba la niña Lupita, era alto y bien parecido. Las únicas veces que le había visto era cuando deambulaba a media noche cayéndose de borracho junto al perro que tan pacientemente lo cuidaba. 
     Sigilosamente, se acercó hacia donde me encontraba. Entre las sombras, un destello de reprobación brilló en su mirada. El perro se acercó silenciosamente a mis pies.
     “Daniela, salude”, interrumpió la curiosidad olfativa del animal. 
     El animal levantó la cabeza. Su mirada inocente se cruzó con la mía y como si de una persona se tratase, extendió su pata derecha hacia mi rodilla, como buscando estrechar mi mano. Con el cigarro todavía en la boca, le extendí la única mano que tenía libre. Contrario al humano, el perro me parecía bastante amigable y tranquilo.
     “¿Qué raza es?”, pregunté con desdén sin dejar de ver animal. 
      “Es un viejo pastor inglés”, dijo con orgullo como un padre hablando de un hijo.
     Por la inocencia en sus ojos constaté que se trataba de un cachorro todavía. Me pregunté cómo un perro de raza terminaba al lado de un borracho; si aparte de las escenas bochornosas en la vía pública, no sufriría abusos por parte de ese hombre que además de sospechoso, tenía un aire siniestro.
     “Las mujeres que fuman sólo demuestran su estado emocional,” dijo mientras acercaba al perro a su regazo. “ Y ese, usualmente, nunca es bueno”.
     Fumar, no fumar, ¿realmente le importaba? Después de tedio de pasar horas bajo el escrutinio médico, la noticia que el seguro jamás cubriría el tratamiento y que día tras día no me quedaría más que la evolución destructiva de esa masa maligna condenándome a una muerte dolorosa y sin escapatoria, ¿realmente importaba si fumaba o no? ¿Qué autoridad tenía este borracho desconocido, con su cara hinchada y probablemente su hígado consumido en cirrosis, para decirme si debía fumar o no?
     Di un sorbo largo a la cerveza para serenarme. Con la colilla del cigarrillo en la mano y con un largo jalón, prendí otro cigarrillo.
      “¿Y cómo se llama?”
     Alexander
     No, el perro
      “Daniella”

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DANIELLA SHULTZ  
     Se pronunciaba /Da-nie-la Shutz/ pero se escribía Daniella Shultz. Se llamaba así porque era una perra igual que la mujer dueña del nombre y, según me contaron después, esposa de aquel individuo de quien quedaba muy poca humanidad.  
     La Dani (porque también le decían así) no tenía nada de vieja pero era una vieja pastor inglés. Tenía dos años de compartir la existencia con aquel hombre y aunque me preguntaba cómo terminaba una perrita tan bonita al lado de un sujeto como aquel, secretamente me alegraba por él pues finalmente tenía compañía; y por ella, porque aunque fuese el recordatorio de un matrimonio fallido, la trataba muy bien. Quizás para autocomplacerse de las cosas que tanto quiso darle a la Daniela humana y que no pudo, o para reinvindicarse ante la opinión pública de que el abandono no fue culpa de él. Lo cierto es que era a esta Daniela de pelos, cuatro patas y bigotes, a quien demostraba empatía genuina, de esa que se manifestaba en amor.  
     La Shultz (pues también le llamaban así) era enorme. Era tan alta que de un salto hacía perder el equilibrio de cualquiera que se le acercara. Para ser una perra, siempre andaba limpia y olía muy bien. Su rostro peludo destilaba esa inocencia que solo los perros bien cuidados, amados y consentidos conocen. Entre jadeo y jadeo su elegante omnipresencia vestida en un abrigo de pelos blanco-grisáceo contrastaba con la nariz negra brillante, humedecida por los constantes lengüetazos que ese verano, igual que la noticia del cáncer, había llegado sin aviso. 



      “¿Daniella?”, pregunté absorta. ¿Qué clase de nombre es ese? 
     “Uno apropiado para una perra”, sonrió maliciosamente mientras acariciaba suavemente su cabeza. A pesar de perra, es muy buena compañera.
     “No lo dudo”, le dije con desprecio. “Aunque debe ser difícil vivir junto a un vicioso como usted. Es increíble que nadie lo haya denunciado todavía por maltrato animal.
     ¿Maltrato animal? preguntaron sus ojos. Se rió nerviosamente. No tenía ni la más mínima idea de qué le estaba hablando.
     “Por supuesto que en sus borracheras ni recuerda todo el daño que le hace al perro. Por ahí va el pobre animal a media noche, arrastrándolo por la calle principal. Lo he visto. No me venga con esa falsa moral de fumar o no fumar, cuando es usted el vicioso sin remedio.
     El hombre escupió una carcajada que resonó por todo el pasaje.
     ¿Tan rápido se hace opiniones de la gente?, preguntó.
     “No. Sólo me baso en los hechos”, repuse.
     Me miró pensativo por un largo rato. Y añadió,
     “Existe una gran diferencia entre el vicio y la costumbre”, dijo con aparente raciocinio.  “Usted me acusa de vicioso, y es cierto. Es una cuestión de consciencia. Nunca es el vicio el que termina matando a las personas, sino que la costumbre. Todos en este barrio saben que soy un borracho sin remedio, y es cierto. Nada de lo que hago intenta contradecirlo. Soy borracho porque escogí ser borracho. Verá, cada trago que bebo es un brindis y una despedida al mismo tiempo, pues con cada trago recuerdo que jamás volveré a verla a ella. A Daniella.
     Automáticamente mis ojos volvieron hacia el perro que descansaba a sus pies. 
     No, no esta Daniela de pelos. Me refiero a la Daniela humana, de carne y hueso. La que no logró sobrevivir aquel accidente automovilístico. Desde entonces, la vida ha sido amarga y es el trago lo único que le da sentido y fuerza a mi vida. Yo no sé usted por qué fuma, pero algo me dice que no es porque está feliz. Por lo menos, soy consciente de mi vicio, y soy feliz por eso”.
     Guardó silencio por varios minutos. El viento que amenazaba con lluvia había cesado. El cielo comenzaba a despejarse y una luna brillaba entre las ramas de los árboles. La Daniela de pelos jadeaba tranquilamente. En el silencio de la noche, comprendí que por primera vez después de mucho tiempo, estaba sobrio.
     “Hoy no he tomado”, sonrió. “Pero me voy a tomar un traguito con usted ahora”.




—DA20150821/1228



20151027

“Henry Lee” —Nick Cave & PJ Harvey


(fragmento de "Henry Lee" - texto en proceso)

     “¿Cuál es tu nombre?”, preguntó.
     “No tengo, Señor”, dijo la muchacha encogiéndose de hombros.
     “¿Cómo que no tienes nombre?”
     “Nunca me ha hecho falta señor. Cuando me necesitan me dicen '¡Hey tú! Ven acá'. Otras veces me llaman con silbidos. Sólo la señora de la panadería ocasionalmente me llama ‘Anabel’”, dijo mientras sus mejillas pecosas se sonrojaban ligeramente.
     “Anabel”, repitió pensativo.
     “Es un bonito nombre cuando lo dicen otras personas pero no creo que sea un nombre digno para mí”.
     “¿Por qué dices eso?”
     “Pues verá, Anabel suena bastante real. Uno de esos nombres que pasea por salones y baila de la mano de elegantes caballeros. No es un nombre para andar cortando ramas y dejar las manos en el campo. No. Para nada. Muchos dicen que la señora Lizbeth, la panadera, enloqueció desde que mataron a su marido. Yo no creo que haya sido eso. Yo más bien creo que fue porque no tiene a quien llamar por su nombre. Por eso prefiero seguir viviendo sin nombre, para que nadie enloquezca por mi culpa”.
     “¡Qué cosas dices!”, dijo con una mezcla de furia y ternura. “Nadie se vuelve loco por no tener nombres que mencionar. La verdadera locura es andar por ahí sin un nombre que mencionar ni recordar. Así que si alguien ha de llamarte Anabel, ese seré yo. No se hable más.”



     A la mañana siguiente, la recién bautizada Anabel despertó antes que los gallos. Salió a la oscuridad donde una luna curiosa espiaba sobre los tejados y el jardín. No sintió frío pues un fuego se encendía en su interior. ¿Sería la emoción de tener un nombre, de tener a alguien que se preocupara por ella? Nunca nadie se había fijado en ella, por eso no tenía ningún nombre que le fuera propio. Más bien se veía a sí misma como una herramienta para todas esas tareas que nadie quería hacer, todas esas actividades que los demás tachaban de impropias y desagradables. Había dejado de preocuparle desde hace mucho tiempo el no tener un nombre. Contrario a lo que cualquiera pudiera pensar, era fácil vivir sin nombre. Nadie sabía realmente nada de ella y nadie se preocupaba por ella. No tenía que rendirle explicaciones a nadie y era libre para ir y venir como le pareciera. Entonces lo supo. No era fuego lo que en su interior se había despertado. Era la preocupación de tener que responderle a alguien por las cosas que siempre había hecho pero que al no tener nombre no tenía que explicárselas a nadie. Lo pensó por un momento y se dio cuenta que era peligroso tener un nombre. Uno que todos pudieran pronunciar. Uno que todos pudieran recordar.
     Un amanecer naranja se vislumbraba en el horizonte. La puerta de la habitación principal se abrió. Trató de esconderse detrás de los arbustos pero fue demasiado tarde.
     “Buen día Anabel”, sonrió el indeseado visitante.
     Como un animal asustado, presa de un depredador, la muchacha retrocedió sin éxito. No había lugar dónde escapar.
     “Buenos días”, susurró.
     Una gallina pasaba por su lado. La recogió con sus brazos y desviando la mirada avanzó hacia el gallinero, escapando de la vista de tan atroz cazador. Henry Lee sonrió para sí mismo. Una ternura profunda se apoderó de su interior.
     En la cocina, el día comenzaba a calentar no sólo la estufa sino que la vida de la casa. Las criadas iban y venían cargando cubetas de leche, agua y mantequilla. Se preparaban para un gran día.
     Luego de un tibio baño, Henry Lee revisó con extremo detalle sus prendas habituales que Josefina, la mucama, había lavado el día anterior. No había ningún rastro de sangre. Se preguntó si la joven campesina sabría distinguir la sangre del lodo, pero al recordar la amabilidad de sus anfitriones, supo que ni siquiera podían distinguir la mantequilla de la manteca.
     Se vistió sin prisas. Por primera vez desde que dejó Villa Cavilha se permitió arreglarse sin la incertidumbre de la persecución. Se peinó los cabellos, se afeitó la barba al ras y se perfumó con el agua de maderas que le había dejado la mucama la noche anterior.
     Deambuló por las instancias de la habitación dubitativo de acercarse a la jovencita que horas antes le había esquivado. Se preguntaba si realmente tendría la intención de acercarse más, de ser responsable de ese nombre que tan despreocupadamente le había otorgado la tarde anterior. Recordó la mirada de la chica y comprendió que ese silencio no era timidez campesina como había pensado al principio, sino que miedo.  Supo que no era un juego. Que un nombre no era solamente una manifestación de simpatía, ni un apelativo para identificar a alguien más. Era una responsabilidad.
     Entendió entonces que más que un nombre, había creado la idea de una vida. La ilusión de una personalidad que no solo afectaría a la vida de una simple muchacha campesina, sino que el rumbo de todo un pueblo. 



—DA20151027/1230