Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20170221

Hubo una vez

Relato-recuerdo inspirado en Yo fui una vez, de Silvio Rodríguez


A la que me acompañó en mi primera noche de espanto


Aunque esperaba aquel día con ansias desde hace semanas, Judith no vio nada distinto a otros amaneceres, estaba acostumbrada a ver levantarse el sol desde muy niña, cuando se levantaba muy temprano y salía del rancho a levantar el cerco para que las cabras salieran al potrero a comer, luego le daba maicillo a los pollos y después dedicaba todo el peso de su cuerpo pequeño y delgado a sacar agua del pozo para cocer el maíz que usaba su mamá para echar tortillas.

Aquella madrugada era igual que aquellas con una rutina rural establecida. No había nada distinto. Excepto el arma que tenía en el regazo, abrazándola como última esperanza de una vida que quería que fuera distinta. Aún se veía la penumbra cuando alcanzó a ver unos ojitos asomándose en los primeros vidrios solaire de la casa donde estaba refugiada. No tuvo miedo por primera vez en las últimas 24 horas. 

El silencio se había instalado al fin. Judith se había separado de su célula en medio del combate, su unidad intentaba repeler a varios soldados apostados en la base del cerro, en medio del cerro había una colonia y justo en la noche el ejercito había estado tirando bombas desde un helicóptero así que les tocó bajar hasta aquel caserío de techos de duralita ondulada. La estrategia era llegar al punto más alto de la colonia y desde ahí atacar hacia los cielos. 

___

La noche parecía eterna, tenía cinco días de no ver a su papá, aquella guerra de la que siempre había escuchado al fin se veía cercana y palpable, nadie podía entrar o salir de la colonia y a ella le tocó vivir aquellos días sola con su mamá y su hermanita menor. No lo decía, pero tenía miedo. 

El primer día le ayudó a su mamá a acomodar toda la vida hogareña para sobrevivir. Levantaron los colchones de las camas y los apoyaron sobre las ventanas de la sala y los cuartos, excepto del cuarto que daba al patio, porque ya no alcanzaban los colchones, de todos modos ese cuarto y el que daba a la calle no iban a ser usados, las tres dormirían bajo la mesa del comedor que metieron a rastras en el cuarto de en medio. 

Dormir nunca había sido fácil para ella y aquellos días y sus noches no había podido dormir mucho, la asustaban los pasos secos y pesados que se escuchaban sobre el techo de su casa. "Son los muchachos", le decía su mamá a manera de explicación que buscaba dar alivio. Por precaución tenían prohibido ella y su hermana salir a la calle y al patio. Aún así, ella se las arreglaba para asomarse a la ventana que daba a la calle para ver si milagrosamente aparecía su papá bajo el árbol de mangos que daba la bienvenida a su casa. 

Aquella madrugada escuchó más pasos que las noches anteriores, además de escuchar el helicóptero que sobre volaba muy bajo, no estaba segura si su mamá y su hermana escuchaban lo mismo que ella, con la agilidad que siempre tuvo se fue deslizando hacia fuera de la mesa del comedor y salió con pasos de gato, se sentó en los sillones de la sala y solo se quedó viendo hacia la duralita ondulada que le anunciaba que mucha gente caminaba sobre su cabeza. 

____

De pronto lo sintió. No fue dolor, fue un fuego que le pegó en la parte de atrás del muslo derecho. No dijo nada, vio a sus compas seguir el camino y ella, para no atrasarlos, solo se hizo a un lado del techo, se refugió entre las ramas de un árbol de marañón y vio hacia abajo, el patio era un espacio libre, solo había una pila y un enorme barril que supuso Judith que estaba lleno de agua. Sintió sed de solo pensar en el líquido. 

Arrastró su dolor y abrazó su AK-47, decidió que debía refugiarse si no quería recibir otro disparo. Se alegró de tener la experiencia de subir y bajar árboles desde que era una niña allá en Aguilares, se terció el fusil a la espalda y con todas las fuerzas que le permitieron sus brazos se abrazó al marañón y fue bajando, despacio, procurando no hacer ruido, solo el frotar de sus ropas asperas contra la corteza del árbol la delataban. De pronto no pudo más y faltando metro y medio para llegar al suelo se soltó y cayó al patio. Gimió de dolor al caer y el instinto le indicó que debía estar sentada, fusil en mano, apoyando la espalda al gran muro que separaban el patio de esta casa con el patio de los vecinos.

___

De pronto lo sintió. No era miedo, era pura curiosidad, unos pasos sonaban distintos a los que acababan de pasar y luego el silencio, sintió cómo el árbol emitía un sonido distinto al que daba cuando el viento lo mecía. Siguió el consejo de su mamá al pie de la letra: cuando sospeches que alguien desconocido está en la casa, no importa dónde, tirate al suelo. Cuando terminó de pensar en eso, su pecho ya estaba en contacto con el piso helado. En vez de regresar al cuarto con su mamá y hermana, se fue deslizando hacia el cuarto que daba al patio. 

Su corazón latió más fuerte y rápido cuando escuchó un golpe seco, como cuando alguien deja caer un saco de papas, luego escuchó un gemido. Reconoció el dolor ajeno. No se atrevió a asomarse por la venta, el instinto le indicó que debía sentarse justo abajo de la ventana, apoyando la espalda al muro que la separaba del patio. 

___ 

Silencio. Ninguna dijo nada, ambas se morían de apoco. Más de diez años las separaba. Todo las separaba, un muro, un arma, la edad, los estudios, el origen, una ventana. Solo las unía el miedo.

___

Aún se veía la penumbra de la madrugada cuando alcanzó a ver unos ojitos asomándose en los primeros vidrios solaire de la casa donde estaba refugiada. No tuvo miedo por primera vez en las últimas 24 horas. 

Del otro lado, la niña vio a la muchacha vestida con pantalones y camisa oscura, no entendía muy bien, pero supuso que era de "los muchachos", era evidente que le dolía algo, aún así... No tuvo miedo por primera vez en las últimas 24 horas. 

Decidió recorrer el camino del cuarto hacia la puerta que daba al patio y abrirla. Cuando asomó la cabeza solo vio el rostro de Judith con su dedo índice perpendicular a su boca, diciéndole que no hablara. 

Con todo y todo, Judith sintió alivio de ver a la niña. Ya no recordaba la última vez que había sentido ternura, la guerra no es buen momento para la ternura, ¿o sí? La niña salió al patio y se acercó a Judith. 

- ¿Estás sola? - preguntó Judith. La niña solo movió la cabeza en negativa. 
- Estoy con mi mamá y mi hermana menor - dijo ella. 
- ¿Y tu papá? 
- No sé dónde está - dijo la niña. 
- Regalame agua - pidió la joven.

En ese momento la niña se dio cuenta de la herida que traspasaba la pierna de Judith y se asustó al ver sangre. Era evidente que aquella niña no sabía muchas cosas de la vida, incluyendo la muerte. Judith le tomó las manos delgadas y la forzó a verla al rostro.

- Regalame agua, por favor - dijo Judith. La niña abrió los ojos mucho y vio el rostro de la guerrillera y salió del susto, asintió y se levantó. Entró a la casa y salió con un vaso plástico con una calcomanía de IRA 26, era grande el vaso. La niña se inclinó sobre la pila y con mucho cuidado apenas giró el grifo para dejar salir un chorro mínimo de agua, de manera de no hacer ruido. No quería despertar a su mamá, ¿qué le iba a decir al ser descubierta dándole agua a una desconocida? ¿cómo iba a explicar todo aquello?

La niña le dio el vaso a Judith lleno de agua fresca, mientras daba grandes tragos vio a la niña entrar a la casa de nuevo y al rato salir con dos toallas, una se la puso en la espalda y la otra en la herida y la apretó. Es lo que en el colegio le habían enseñado que se debía hacer en casos de heridas con mucha sangre. Judith agradeció el gesto. Muchas cosas cambian con un gesto, solo que a veces no nos damos cuenta.

- ¿Cómo te llamas? - preguntó Judith.
- Karla María. 

20170116

Futuro

Relato inspirado en "Futuro" de Café Tacvba.


Judith sintió lo tibio del sol que iba naciendo, el día la despertaba en una nueva casa, cansada y enferma. Estaba enojada. Constantemente.

Vio a Mario dormir a su lado, su respiración pesada y olor a licor le molestó. Estaba enojada. Constantemente. Era él quien siempre le reprochaba ese perenne enojo. Tenía ganas de llorar y no sabía por qué.

Amanecía y el año acababa de llegar, a penas eran las 6 a.m. del primero de enero. Todo mundo la rodeó una noche antes con mensajes esperanzadores, su familia le dijo que todo saldría bien y su mejor amiga le mandó un mensaje diciendo que el año nuevo la sanaría. Ella solo pudo recordar a su jefe diciéndole que es una cínica. Que no cree en nada. Al parecer solo él entendía cómo era ella en realidad.

Trató de ver a Mario con amor, hizo repaso de sus canas, de las mínimas arrugas en las comisuras de sus ojos, vio su piel morena y blandita. Pensó que al menos ahora, cuando su cuerpo ha vuelto a tratar de darse por vencido, al menos él estaba a su lado, no podía quejarse. Estaba enojada. No sabe muy bien por qué, lo que sabe es que no es justa. Mario estaba ahí. Nadie más se había quedado, nadie más le había tenido paciencia.

Vio a Mario como él la miraba, con ternura, a pesar de su incesante necesidad de fuego en su corazón, a pesar de ese vendaval que quería destrozar todo a su alrededor estaba encapsulado en su vientre, Mario lo contenía. Él le daba los medicamentos a la hora, le recordaba que tomara agua, estaba pendiente de cada detalle, de cada dolor, de cada miedo, de cada susto.

El futuro no existe para Judith, cree saber qué la mantiene tan molesta en los últimos días, no es per se la maldita adenomiosis que le retuerce las entrañas, es pensar que no es justo que ahora que había encontrado la felicidad, se le ocurre aparecer. No saber qué es el futuro es su profundo enojo.

Mario abrió los ojos, la mira que lo observa, no le dice nada, solo la acerca y la besa. Ella deja a un lado su molestia, lo besa mientras piensa, el futuro es hoy.


20160825

El camino

Aquella noche Judit y Mario fueron a cenar al restaurante que querían visitar hacía meses. Comieron y bebieron.

Mario no lo sabía, pero Judit ha estado pensando en hacer algunos cambios. Ella pronto será otra mujer.

Ellos siempre se han divertido, ambos estaban claros de que pocas personas podían ponerse a la altura del otro y eso los dejaba con la fantasía de ser el uno para el otro.

Bajaron del taxi que los llevo a casa.  Las luces estaban apagadas, pero un leve resplandor salía bajo las puertas de los cuartos de sus hijos. Todos pretendían ser disciplinados, para llegar temprano cada mañana a la universidad y al trabajo.

Mario tomó la mano de Judit y la guió al cuarto. Se besaron, como la primera vez que cerraron una puerta para alejarse de todos.

- Permitime, dijo Judit y fue al baño. Mario se sentó a la orilla de la cama y vio a su mujer desaparecer en el mínimo cuartito del baño. Suspiró.

Al otro lado,  Judit se enfrentó al espejo. Se vio. Cuarenta años y muchas reflexiones después se sentía fea. En secreto se preguntaba si su marido la deseaba. Sospechaba que tenía una amante, pero... ¿A qué hora? El hombre pasaba a su lado siempre. Tanto que hasta era difícil encontrar un tiempo y un lugar para la sana soledad. Se regañó a sí misma.

Estaba cansada. De ella misma, de su timidez, de sus dudas.

Se quitó la ropa. Vio su cuerpo. Recorrió con la yema de los dedos sus caderas, la redondez de su barriga de maitra, escuchó a su marido... "¿estás bien, linda?" dijo el hombre, pensando que su mujer había enfermado luego de la cena.

Judit empezó a caminar, sintiendo el movimiento de sus senos grandes con cada paso que daba. El camino la lleva hacia la cama donde Mario la esperaba. Él la vio llegar y sintió algo tan extraño que solo había sentido siendo un adolescente cuando besó por primera vez a una vecina.

Ella terminó su recorrido y Mario la esperaba ansioso. Él Posó sus manos en las caderas de ella.

"Sos maravillosa" dijo Mario mientras ella cerraba los ojos tratando de no morirse en ese momento.

20160808

You're so fuckin' special

Relato inspirado en Creep, de Radiohead, pero en la versión de Postmodern Jukebox.


A mi amiga,
la imaginaria... 


Giró la perilla de la ducha y el sonido del agua cayendo la alejó de todo. El agua llegó a su cabeza y empezó a bajar por su rostro, su cuello, sus pechos y pasó acariciando su vientre antes de desviarse por los pliegues donde inician las piernas. Tenía mucha fiebre. 

Levantó los brazos para que el agua mojara sus axilas, sentía que la fiebre la debilitaba, apoyó sus manos sobre la pared, exponiendo su espalda a la frescura del agua, quería que pasara la sensación de morirse. 

Agachó la cabeza, un poco más abajo de sus hombros, cerró los ojos y quiso recordar el momento más feliz de su vida, por si se moría, podía hacerlo llevándose la mejor experiencia que había vivido. Vio a Mario, su marido, sentado en la silla que ocupaba un lugar en el gran reino de su habitación, todo lo demás estaba a oscuras. Ella estaba recostada sobre la cama, desnuda, tal cual estaba bajo la regadera, con los cabellos sueltos, el aliento agitado, sentía el corazón rebalsando, la sangre galopando, de pronto sintió el suave tacto de unas manos. Eran manos de mujer. 

Sintió el recorrido interminable de esas manos, había iniciado en sus muslos, rodearon la carnosidad de su vientre y se divirtieron un poco al llegar a las protuberancias de sus pezones, los dedos juguetearon un momento con la suave vellosidad de su piel. Mario veía fijamente hacia ellas. No decía nada. Ella se permitió suspirar. Cuando las manos terminaron de llegar a sus hombros y empezaron a acomodarse en su espalda, mientras los brazos se deslizaban sobre sus homóplatos rodeándola, vio al fin el rostro de la mujer. Era bella, como ella. Eso era lo que pensaba Mario de ambas. Las deseó. Se le notó.

Ambas se querían, eran amigas desde hace años; para ella, su amiga siempre había sido tan especial, jamás se lo habían dicho pero lo sabían, se sentían atraídas, pero ser mamás y esposas era un deber, una obligación, un cumplimiento del deber que no podía ser detenido por fantasías lesbo-eróticas. Ambas sabían que aquello no era un error, sino una enmienda a años interminables de cumplimiento del "deber ser". Sus labios se juntaron y Mario hizo evidente su necesidad de acercarse, se sentó a la orilla de la silla y abrió las piernas, ambas vieron su increíble erección. Separaron un poco sus carnes y extendieron, cada una, un brazo, invitándolo a unirse al festival de caricias. Mario se dejó guiar. Sin hablar le mostraban dónde tocar, donde dejar una marca en la piel, dónde juguetear, él se maravilló.

Ninguno dijo nada, incluso cuando al fin Mario penetró a la amiga de su mujer, viendo cómo se movían sus pechos con cada arremetida, mientras su mujer abría las piernas para que la lengua de su amiga entrara fácilmente a su región más escondida. Cerraron el triángulo Mario y su mujer al juntar sus bocas. Los tres se vinieron en ese momento. 

Ella abrió los ojos, el agua seguía corriendo por todo su cuerpo. Seguía caliente. Cerró la llave, se envolvió con una toalla y salió del baño; a la salida, uno de sus hijos adolescentes le preguntó si seguía sintiéndose mal.

"Ya me siento mejor" - le dijo.

20160706

Manera de contar una tragedia

Mini relato inspirado en Only happy when it rains de Garbage


Luego de lo que él dijo solo atinó a darse vuelta, viendo a la pared, musitó un "Buenas noches" para dar por terminado lo que habían empezado. Esperó a escuchar sus primeros ronquidos y lloró. Después de todo, era lo único que seguía siendo su exclusividad. Se sentía vacía, sola y sin nada que decir.

¿Acaso así se sentía cuando la felicidad se acaba?

20160425

Rojo carmesí

Relato inspirado en la canción "Y si fuera ella" de Alejandro Sanz.


Al ingeniero Guzmán le dolía el estómago, llegó a su oficina y se encerró luego de que su secretaria le había dicho que su esposa le había llamado. "Le urge comunicarse con usted", apuntó la mujer enfundada en una estrecha falda azul marino y tacones negros con suela roja.

"Sos el cliché andando", pensó el ingeniero Guzmán al ver a su secretaria, lo había pensado desde el primer día que se conocieron.

En su oficina se sentó en su silla reclinable, muy cómoda y confortable, lo envolvía el aire acondicionado, salvándolo del horrible calor tropical, no podía ser de otra manera, si no hubiera muerto enfundado en aquel costoso traje y ahorcado por la corbata. 

Al ingeniero Guzmán le pasa algo, está mal, suspira, cierra los ojos y piensa en su mujer. La ama. Eso es lo que pasa. La ama tanto que no logra comprender por qué o de donde nace tanto amor. Se siente como un adolescente en ese instante. Se regaña a sí mismo diciéndose un "sos un pendejo", auto dedicándose el peor insulto: "pareces mujercita".

Todo esto no tuviera nada de raro si el distinguido ingeniero Guzmán no fuera un puto de primera calidad. Durante todo su matrimonio se ha dedicado a cogerse a toda mujer que se dejara, incluyendo a su secretaria. 25 años de recorrer senos, pubis y espaldas. Por supuesto, su mujer nunca dijo nada, ella... con su paciencia infinita y su sonrisa siempre distante era un ser pulcro y apartado de toda malicia. Era la mujer ideal para ser infiel. El ingeniero Guzmán siempre supuso que sufría en silencio, que era consciente del marido que tiene. No se imaginó nunca la verdad.

El ingeniero Guzmán sigue con los ojos cerrados, su cuello descansa en su suave y hermosa silla reclinable, no quiere abrir los ojos, está recordando a su mujer, a su alma. Se reconoce en perdición.

Su mujer lo acaba de abandonar, se fue con la vecina.

20160412

A veces lloro en seco, como hoy

A Gustavo
Porque la familia siempre es la familia

Relato inspirado en "The Logical Song", de Supertramp.


Llegar a la finca siempre era una alegría, el espacio, el clima y el silencio siempre nos recibía junto a la jauría de feroces perros que se volvían mansos al vernos. Siempre amé la finca, así la llamábamos, pero que en realidad era un pedazo de terreno asignado a la servidumbre en la verdadera finca, la finca era propiedad de un doctor alemán. Mi familia siempre estuvo bajo la protección del doctor, un viejito loco y científico pero millonario. 

Yo no nací ahí, pero mi madre que había logrado salir de la servidumbre y se fue a trabajar a un hospital, tenía un vínculo explicable, su hermana era la ama de llaves del caserón y al no tener quien me cuidara mientras trabajaba yo iba a parar a aquella finca mientras ella cumplía su horario de burócrata. Aprendí a ser callada, a ser discreta e invisible. No importaba dónde estuviera, si en la casa patronal o en la pequeña casita de mi tía, yo debía encontrar un espacio donde no estorbar. 

El silencio se instaló en mi, dentro de mi y alrededor de mí. 

La tarde era un poco más aburrida, caminar entre los surcos que hacía mi abuelo para sembrar hortalizas y hermosas flores era la única entretención, el tiempo se detenía, era entonces cuando me iba a "ispiar" a mis primos, que habían llegado del colegio y colgaban sus lustrosos uniformes de colegio católico, el mismo donde yo iría a estudiar años después, becada por supuesto, por el doctor alemán.

Gustavo era largo y chele, muy distinto a Miguel, que era más bien pequeño e impresionantemente colocho. Eran hermanos y no se parecían, eran mis primos hermanos y no nos parecíamos en nada entre los tres, yo era una niña y ellos eran de esos adolescentes ochenteros que escuchaban canciones raras que terminaban gustándome y que no eran las mismas que escuchaban mis papás. 

Tenían otro hermano, Roberto, hijo de mi tío... hijo de crianza de mi tía. Pero eso lo supe muchos años después, porque en mi familia, cuando sos hijo de alguien, no importa que no lo hayas parido o lo hayas engendrado, es tu hijo y punto. 

Yo tenía 4 años en aquel entonces, cuando mi abuelo aún se iba de zumba y mis primos lo andaban buscando desesperados por la calle que conduce a la puerta del diablo, cuando Gustavo era el encargado de regar las plantas que primorosamente cuidaba mi tía, cuando Miguel hervía la sopa magi con papas hasta tres horas para "matar los gérmenes" de la mosca que había caído en ella y que era el único alimento que tendríamos, cuando Roberto me enseñaba a bajar mangos a punta de pedrada, cuando yo pensaba que había un pequeño duende escondido entre las piedras que dividían las plantaciones de mi abuelo. 

Yo tenía 4 años y aún siento el aroma del bambú que daban la bienvenida a la finca, el sonido de las largas varas amarillentas y con hojas largas y delgadas, ese sonido que me aterraba cuando me quedaba a dormir ahí; aún recuerdo los colores del atardecer desde aquella finca, cómo se veía San Salvador a esa hora, a nuestros pies.

Yo tenía 4 años y creo que ha sido la época más feliz de mi infancia, cuando me revolcaba con los perros, jugando o arrastrándome panza a tierra para ver a los conejitos recién nacidos en su madriguera, regresando chuca y despeinada para que mi tía se admirara de mi capacidad de rasparme las rodillas una y otra vez y que eso no me impidiera seguir escondida entre los árboles. 

Yo tenía 4 años y todos a mi alrededor parecían adultos serios y callados, en especial Gustavo... hasta que lo veía a escondidas en su cuarto, cantando con los ojos cerrados the logical song y yo imitaba a la perfección el sonido gutural y que no comprendía que era inglés lo que balbuceaba. 

Han pasado 35 años de aquel entonces. Roberto murió en un accidente hace más de 11 años y Gustavo cerró los ojos para siempre hace una semana, hoy terminan sus misas de novenario, mi abuelo murió hace 25 años y Miguel sigue vivo, ahora es un hombre panzón y más bien chiquito, sigue igualito de colocho pero ahora con canas en las sienes, tiene dos hijos y una esposa. Mi tía ya no es la ama de llaves de la finca, el doctor alemán murió hace muchos años y su hijo mayor fue asesinado el mismo año en que mi primo Roberto murió. 

Es difícil, pero me queda claro que no podemos regresar a esa época en la que somos felices de niños aunque los adultos que te rodeaban te exigían ser un mini adulto. Está fuera de toda lógica. Todo está fuera de la lógica, incluyendo este sentimiento de abandono. 

20160314

Miss Barrio Concepción

Relato inspirado en "Miss Sarajevo" de U2 y Luciano Pavarotti

A la inocencia,
que se nos muere sin darnos cuenta.

La escena era dantesca, las llamas salían por las ventanas, arrasando todo a su paso, todo lo que estaba en el edificio sería destruido sin nada que pudiera evitarlo. Era desolador.

Abajo, todas las personas que habían logrado salir a tiempo miraban estupefactas el alcance del desastre. Nadie decía nada, el rechinar de las llamas en contacto con el cemento, con las telas, con la madera y con todo tipo de materiales se hacía escuchar a muchas cuadras, la luz en los rostros tilosos y entristecidos de la gente doraba no solo planes rotos, sino también la desesperanza. ¿Qué les quedaría luego de ese día de infamia?

- ¿Han visto a la Adelita? - se escuchó la voz de un hombre joven. Al instante todos salieron del hipnotismo de lo nefasto. Un rumor empezó a escucharse mientras unos se veía a otros. La respuesta era una sola, nadie la había visto desde antes de que la alarma los despertara y salieran en estampida rescatando lo único que tenían puesto y las ganas de vivir. 

A lo lejos se empezaron a escuchar las sirenas, alguien al fin había llamado a los bomberos, alguien al fin se apiadó de los adultos mayores y los separó del cordón humano al rededor de lo que quedaría de sus hogares, inmediatamente llegaron bomberos, paramédicos y el alcalde con su tropa de gente falsamente piadosa municipal, protegieron a los niños, dieron mantas a los ancianos y otorgaron oxigeno a los asmáticos, nadie sabía donde estaba la Adelita y aunque todos se preguntaban por ella, nadie se miraba ofuscado buscándola, con la desesperación del amor. 

Alguien le dijo al jefe de bomberos que faltaba, en el censo de seres humanos y máscotas, la loquita del barrio. La Adelita. Se dio la voz de alarma. Ella siempre dormía en el sótano abandonado del edificio, siempre con primor guardaba sus pocas pertenencias, tan protegidas que nadie sabía de qué se trataba su tesoro envuelto en trapos chucos.

El siniestro fue apagándose poco a poco, los bombero fueron combatiendo a las furiosas llamas, arrancaron de sus brazos pocas pertenencias de algunos inquilinos, fueron despacio y con cuidado abriendo habitaciones, hicieron censo de pérdidas, revisaron posibles causas del inicio del incendio, recuperaron fotografías a medio quemar, juguetes rotos, cuadros quebrados, cada habitante del edificio agradeció la entrega de un pequeño escombro, era lo que quedaba, eso y la vida, ese pedazo carbonizado de su vivienda y la vida. 

Cuando ya solo quedaba humo y carbón y las llamas se habían apagado, volvieron a decirlo, la Adelita no aparecía, ya era preocupante, alguno de los cuerdos presentía algo malo y lo contagió, los bomberos, los paramédicos y la gente de la alcaldía se dedicaron a buscarla entre las ruinas. La encontraron en su antiguo refugio; calcinada.

Sus manos de anciana estaban pegadas a su tesoro: la corona de latón, la que le dieron cuando la proclamaron reina del barrio, allá por mil novecientos cuarenta y siete.

20160201

Gitanas

Relato inspirado en Gypsy de Fleetwood Mac.

A Emilia,
mi amiga, mi hermana, 
mi compañera de pato-aventuras
mi acompañante de viajes y canciones.
¿A quién más?


A ella le parecía que la niña nueva era muy creídita, muy fina, muy de colegio de monjas, su eterna trenza castalla, sus calcetas altas, la veía de reojo con cierta desconfianza.

A ella le parecía que aquella muchacha morena con cabellos demasiado negros era agresiva innecesariamente, bastante tosca, mal hablada, demasiado comunista. La veía de reojo... con cierta desconfianza.

Ninguna de las dos sospechó que serían amigas el resto de la vida.

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- ¿No les ha pasado que de pronto conocen a alguien y de pronto se sienten profundamente comprendidas en las locuras más ocurrentes posibles?

- No.

- No has vivido nada entonces.

- Estás enamorada...

- No, es diferente. Es tener una amiga, una hermana que es como vos y sigue siendo totalmente distintas. Es eso, tengo una amiga.

- Vos tenés montón de amigas...

- No, tengo conocidas, cheras... amigas solo tengo una. Vas a entender cuando encontrés a tu hermana elegida. Ahorita sos demasiado joven.

- Hace cuánto conociste a esta tu amiga.

- Éramos unas niñas recién llegadas a la adolescencia. Con ella es la única con la que sigo siendo esa niña de 15 años.

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Se dieron un beso, ambas estaban felices de verse, justo en el estacionamiento de un centro comercial, diciembre había sido clemente con el trópico y la brisa aliviaba todo un año de calores insoportables. Ambas iban acompañadas, pero en ese breve instante solo ellas dos existían, tenían casi tres años de no verse, de no saber nada de ambas. Se vieron y se abrazaron. Creo que una de ellas susurró un "qué gusto verte". En realidad para el resto de mortales presentes nada de eso tenía de raro, eran un par de mujeres saludándose, como si no se hubieran visto un par de semanas.

- ¿Quién era? - preguntó Mario.

- Mi amiga María - contestó Judit mientras una sonrisa no se le quitaba del rostro.

Mario sabía que Judit y María no se veían desde hacía años, había sido testigo de la melancolía de su mujer durante aquella ausencia. Muchas noches había escuchado la frase "y la vez que, con María... tal cosa" o un solitario "Es que con María..." Siempre le preguntó por qué no se veían, Judit nunca le dio una respuesta satisfactoria y entendió al segundo año de tanta tristeza que era mejor no preguntar mucho.

Judit no se apartó de esa alegría del saludo breve con su amiga, conservó ese entusiasmo intacto hasta que un día recibió un mensaje por Facebook.

Como siempre son amigas, las mismas niñas de 15 años, sorprendiéndose con la vida, jugando tetrix con las emociones, encariñándose de sus decisiones de mujeres adultas. Suele vérseles cabalgando al atardecer, como cuando iban al colegio, siempre atentas, siempre libres, siempre gitanas, siempre hermanas.

20160115

Amor normal

Relato inspirado en "Modern Love" y en homenaje a David Bowie, porque a pesar de todo, como le pasó al inglés, yo también creo en el amor.


Cada mañana se levanta tempranito, se baña y jala con todo y la mujer y el hijo, el día de trabajo les espera. Ella va a atender el puesto para llevarle a los transeuntes agua y dulces, también va a cuidar al crío, él va a subirse a un montón de buses a vender dulces. Se llama Roberto, le dicen "El Grumpy".

- "Buenos días a todas las personas que abordan esta unidad de transporte, este día les paso a poner, hasta la palma de su mano, este delicioso y exclusivo chocolate jerchi, que le viene con lo que es almendra, maní y chocolate, usted se estará preguntado cuál es el valor de este sabroso chocolate, déjeme decirle que en todo supermercado o tienda de conveniencia usted cancela cincuenta centavos de dólar, pero a mi no me va a cancelar cincuenta, ni cuarenta, ni treinta centavos, usted puede disfrutar de este chocolate por solo una cora. Es de esta manera en que me gano el sustento de mi familia cada día, demostrándole así a muchos jóvenes que es posible ganarse la vida honradamente sin venir a exigirle dinero o faltándole el respeto con sus pertenencia. Pasaré a por cada uno de sus asientos por si alguno desea llevar este sabroso chocolate jerchi."

Antes de subirse al bus regañó a su hijo, como que comprendiera cada una de sus palabras le dijo "por esas culeradas si te voy a verguiar", mientras se refugiaba entre las piernas de su mamá, ella le dijo que no lo regañara, la regañó a ella... "cuando se haga marero a los dos nos va a matar, no quiero que él sea así". "Exagerado" le dijo ella.

...

Cuando se acompañó tenía solo 15 años, ahora tiene 17 y un niño de año y medio. No le importó que su nana le dijera que no se fuera con ese muchacho, que se dedicara a sacar siquiera bachillerato en el instituto. No sabía su nana que estaba preñada, nunca lo supo, se "le vino" el niño cuando tenía tres meses, pero Roberto si la quería de verdad, no la dejó, se quedó. Le dijo cuando salió de maternidad - "vaya mija, hay que buscar trabajar de algo".

En sus días más afortunados vende hasta 40 dólares de dulces y bolsas de agua, está curtida por el sol y el pelo morucho se le ha puesto claro de tanto aguantar sol, la parada de buses de metro es su segunda casa, su hijo solo conoce ese lugar y la casa de su abuela como lugares para quedarse, día tras día. Ya ha pensado en vender otras cosas, como verduras o ropa, pero el pisto nunca alcanza para saltar de rubro. Se llama Yamileth, le dicen "La Curilera". 

...

Los días son duros en el mundo de los vendedores informales, son una estadística en el comercio de El Salvador y un titular habitual en los periódicos, en especial cuando al alcalde se le ocurre que los va a reubicar, también cuando los malos de la película los matan, por renta o porque vieron algo que no debían o dijeron algo incorrecto o pasaron por donde no debían. La vida es difícil, pero al menos ellos se tienen amor, un amor tan normal. 

...

Esta mañana mataron a "El Grumpy", un pasajero paranoico le dio un solo balazo en el estómago, dijo que lo estaba asaltando. "La Curilera" lo está llorando mientras espera que lo reconozca medicina legal, alguien le soltó la  noticia sin anestesia, dejó al niño encargado con su vecina, la señora que vende lotería ahí en la misma parada de buses. Ni ella, ni su hijo leerán lo que dirá la nota al día siguiente, que lo mataron por delincuente. Menos mal.


20160104

Tiempos que han terminado

A la que fui
porque siempre me llevó por el buen camino



Mini-Relatos inspirados en "Closing time" de Semisonic


Cerró la puerta y se dio cuenta que jamás regresaría al apartamento. Ni a la soledad, ni al silencio. No estaría más nunca sola. No solo era que se "arrejuntara" con Mario, era la compañía de los chicos lo que al final era lo más importante, con su marido ya había pasado de casi todo como para comprender que lo amaba. Pero incluir a todos los demás había sido un proceso largo. Todo estaba ya en la "otra casa", incluyendo su gato, sabía que todos tendrían que adaptarse a una nueva vida, a nuevos ritmos y nuevas formas de vivir. Nada sería lo mismo de nuevo.

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Vio que se cerraron las puertas justo al pasar ella, iba a costada en una camilla, tenía miedo, un examen le dijo a ella y a su doctor que tenía un tumor. Sangraba. El miedo a morirse no era tan grande como el miedo de saber que tenía ese tanate enquistado en las entrañas gracias a las violaciones constantes que sufrió siendo una niña. Sabía que todo era una artimaña del tiempo para no dejar de recordar, no dejar de protegerse, no dejar de perdonarse. Le dijo al doctor que no le dijera a su familia las razones por las que salen esos tumores. Ella debía decirlo en persona, afrontar una verdad que la mantuvo en silencio por más de 15 años. Lo haría luego de la operación para sacarle esa piedra de las entrañas. Nada sería lo mismo de nuevo.

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Cerró la caja que contenía sus pocas pertenencias, hizo recuento mental para no olvidar nada de aquel cuarto que había sido su hogar en los últimos meses. Recordó cuando llegó, era una viuda sin muerto, el viaje desde su país había sido espantoso, doloroso y cruel, el frío no ayudaba. Ella había sido muy feliz con Manuel, él la había querido, pero para cuando recibió un correo desde Guatemala ofreciéndole un trabajo, la relación ya había devenido en algo incongruente. Él se lo dijo claro... "ya no quiero seguir". La mató. Recogió sus cosas del apartamento de aquel hombre y al amanecer se fue. No dejó de llorar hasta tres días después de llegar a Xela, cuando le cayó el veinte de que no había llegado de vacaciones, sino a trabajar. Echó riata como estaba acostumbrada, recibir su salario y solventar sus deudas le devolvió la vida. Decidió que no podía depender de nadie, por más amor que se tuvieran, entendió a Manuel y le perdonó. El tiempo pasó como debía: rápido, era hora de regresar y seguir viviendo como siempre se lo propuso. Se despidió de su amigo en la terminal de buses de Xela, le esperaban 14 horas de viaje hacia San Salvador. Nada sería lo mismo de nuevo.

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Cerró la sesión de trabajo, apagó la computadora, acababa de enviar un correo renunciando a su trabajo, fueron pocos meses y muchas cosas feas en aquella oficina de sindicalistas, hacer un recuento de todo lo podrido ya no vale la pena, simplemente sabía que no tenía vocación para la corrupción, decidió renunciar sin tener claridad de qué iba a hacer para sobrevivir. No importaba, nada sería lo mismo de nuevo.

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Cerró la puerta de la habitación, habían viajado varios kilómetros, al fin habían llegado a las montañas y justo cuando la señorita del hotel estaba a punto de darles dos llaves de habitaciones separadas, ella dijo: "es una sola habitación". Subieron la cuesta empinada del hotel y vieron la maravilla del paisaje que los rodeaba, no había ruido, no había nada que los perturbara. Él abrió la puerta y ella entró, él cerró la puerta, ella lo esperaba en la penumbra. Nada ha sido lo mismo de nuevo. 

20150602

Telaraña


Relato inspirado en I don't think you anymore, but I don't think about you any less de Hungry Ghosts.

Enciende unas candelas y la música duele en alguna parte. Abre otra botella de vino. Su mirada se desliza en las sombras, con las sombras que van y vienen con la luz. Nada queda de esa sonrisa que solía lucir cuando en los días de diciembre nos conocimos y corríamos por la vida como si se fuera a terminar de pronto. Algo tiene la noche, la madrugada que ya no es una promesa como cuando teníamos veinte años, si no una amenaza.

"Así como sos", dice. "Así como sos", y lo repite. 

Así como soy le da la oportunidad a todos de saber que pueden confiar en mí, que puedo entender todo, por más difícil que sea, por más fuerte que sea verlo entramando su alma de una manera inesperada, desolada, desconsolada. 

"No entiendo en lo que te has convertido, pero no importa". Le digo.

No quiere decir que no esté allí sentada, sintiendo cómo algo se desliza entre nosotros, como una araña pequeña bordando hilos invisibles. Sintiendo cómo de una manera sincronizada la araña le va envolviendo el cuerpo en líneas. Líneas que antes no existían. 

"No hay lugar más solo que saber lo que los demás no saben." Dice, casi envuelto en el blanco de la araña.

Eso es lo que tengo. Lo que me da. Lo que no podía imaginar antes del vino y las velas y sus palabras sonando allí, vuelto un ovillo. Eso es lo que me ha dado. Lo que me queda. "Lo que los demás no saben".

Necesito huir y lo hago.

Abro la puerta. La cierro detrás con todas mis ganas.

Allá atrás queda el amigo que fue.

20150519

La batalla

Relato inspirado en Kashmir, de Led Zeppelin


A Judith
Porque sé que existís 
en algún lugar de mi corazón


El ardiente suelo quemaba sus pies, a pesar de las sandalias que calzaba. Había caminado mucho, había recorrido kilómetros para llegar ahí. Aquella colina era su fortaleza, su ira era su fortaleza. Abajo, el mundo importaría muy poco dentro de poco tiempo.

- Su Alteza, estamos listos para atacar - dijo su principal comandante. 

Su mirada recorría las enormes dunas, preciosas ondulaciones doradas, calcinantes, imperantes... desalmadas sábanas de muerte, rodeaban la ciudad que asaltarían, esa ciudad que la vio nacer y de la que huyó con un solo bien: un libro. Un pequeño séquito la acompañaron al exilio, la mayoría murió en los primeros días, pero su espíritu se fortaleció con cada muerto, prometió, juró regresar y vengar cada vida perdida. 

Sobre ella se posó por un instante la sombra de una enorme ave, era su fiel halcón, la acompañaba en cada batalla, su presencia era señal de la muerte, sus alas llevaban a sus enemigos al otro lado de la vida.

La furia estaba en sus ojos, alzó el brazo y en el silencio de su ira buscó un instante para recordar lo que siempre se repitió a sí misma... "la guerra se gana con inteligencia". Los hombres que ya la proclamaban reina emitieron un rugido de victoria anticipada, no importa cómo, esa noche triunfarían. Jamás sufrían hambre o sed en el desierto, jamás estarían perdidos, jamás sentirían derrota, ni tristeza, ni desesperanza. El sol los abandonaban y el manto inmensamente oscuro, con sus miles de estrellas serían los testigos de aquella batalla. Ella buscó en su memoria el recuerdo más hermoso, si moriría... moriría feliz. Vio su rostro, el hombre que la había amado hasta la muerte, él la había preparado para este momento, no necesitó más.

"¡Ataquen!" fue la orden... el murmullo de la noche la envolvió y solo surgió hasta obtener la gloria.

20150518

Saturno
















Ya solo se quedaban ellos dos a sí mismos. El pueblo de pocos habitantes se había ido quedando desierto después de que la ola de calor, que más bien era un mar de calor; se intensificara unos meses atrás. Era invivible ese lugar, había dicho el último habitante antes de abandonar el pueblo en su camioneta del 75 que se iba cayendo a pedazos por el camino.

Desde entonces solo eran ellos dos: ella y el perro, el perro y ella.

Había quedado allí, el can, como tantas cosas que quedaron luego del éxodo masivo. A ella le dio por llamarle Saturno, y seguía todos sus movimientos. Que eran pocos, de hecho, ya que el sopor del día la hacía mas bien tenderse en la sombra ronca y oscura de su casa, meciéndose por horas y horas en una hamaca de colores que se había encontrado por allí, en una de las casas abandonadas.

Y es que ahora todo era suyo. Todo lo de las casas abandonadas. Incluyendo a Saturno.

Por las noches, cuando el calor era pasable y soportable, se iban por las calles abandonadas del pueblo a visitar casas, a tirarse en los amplios pisos de barro, a sentarse en los patios con sillas de hierro, a contemplar las estrellas desde las puertas, desde las ventanas cayéndose, a pensar que podría haber algo más allá de esas paredes y puertas y ventanas.

Pero no había nada. Nada iba quedando, solo silencio y Saturno y ella caminando por las noches.

Caminando entre los silencios de las calles, pateando piedras mientras buscaban algo de comer, para abastecerse de agua en el desolado pozo en medio de la plaza, que esa noche descubrieron que había quedado vacío. Esa noche ya no hubo más. Miró a Saturno a los ojos cuando el sonido del balde sonó hueco en el fondo. Saturno la miró de regreso con los párpados caídos y moviendo levemente la cola.

Ella sonrió y le sobó la espalda. Despacio. Sabiendo que de allí en adelante todo terminaba.

Se fueron a dormir tirados en un patio de loza roja abierto al cielo. Ella, pensando si tal vez era la hora de emigrar. Pero ¿a dónde? Pensando en qué momento habrían de desaparecer los dos consumidos por el sopor y los vapores de alguna tarde. Pensando en Saturno como su única compañía, si lo habría de ver cerrar los ojos, o qué haría el perro si ella se iban antes. Era mejor dormir. Tratar.

(Soñó con zopilotes llenando el cielo. Con zopilotes cubriendo el cielo de negro)

Cuando despertó apenas podía moverse, aunque tampoco quería. Llamó a Saturno con un hilo de voz. Pero Saturno no estaba allí. Ni en la calle aledaña, ni en el parque del pozo, ni al final del pueblo.

Saturno no estaba.

Y solo se quedaba ella misma.


20150420

Fecha de vencimiento

Relato inspirado en Hung Up de Madonna

– Tal vez así la realidad deje de ser mentira y se vuelva PERFECTA.

Dijo.

– Tal vez.

Contestó.

Y el tal vez, como tantas otras cosas, se quedó colgado en alguna parte. Como todo lo que ya había pasado. Como toda esa historia que ella había empezado a abandonar por voluntad propia desde hace varios días. Por poquitos. Y tal vez ya no importaba que el tiempo, sí, pasara tan despacio. Los finales llegan de todos modos. Si ella seguía dándole vueltas, era solamente por la palabra que había dado de estar toda la vida.

Esa palabra que siempre le gustó cumplir, pero ahora, al parecer, no tenía eco, mucho menos respuesta. Y así, el "toda la vida", parece acortarse a unos cuantos meses o semanas o días.

Tal vez.

20150408

Azul medianoche
















No habían pasado ni cinco minutos de que el tipo aquel la había dejado tirada en la cama mirando en el techo su propia imagen desnuda, cuando decidió que no había terminado. No allí. No así. Ni siquiera le dijo su nombre, ni dónde encontrarlo cuando tuviera ganas de hablar de las cosa que solo ellos dos podían hablar, cuando tuviera ganas de cantarle canciones pasadas o futuras, o bailar enloquecida por el cuarto pateándose las esquinas de su risa, o cuando solo tuviera ganas de desparramar su pelo en almohadas dispares, con sus manos, las de él, metiéndose por todos los rincones de su cuerpo, el de ella...  Se envuelve en la sábana roja de terciopelo, como diosa griega –piensa-, como una ridícula loca que no se quisiera encontrar a la policía por esos lados –se ríe-, y baja corriendo las gradas de la habitación que hace unos pocos minutos había sido testigo de la despedida menos imaginada. No cierra puertas ni cortinas, no tiende la cama ni apaga la vela encendida junto a la rosa solitaria del vaso en la mesita de noche.

La madrugada se abre por la calle que más bien es un callejón interminable, en donde luces azules alumbran todas las miserias de la noche, colgándose derramadas por las paredes, los borrachos arrastrando sus pasos sin sentido, una pareja desteñida en una esquina viajando a otro mundo con el ácido en sus venas, almas en pena que en ese momento dejan atrás el Club Miedo. Sombras apenas, acarreando sus historias, sus pasados inmediatos, sus locuras y ganas de olvidarse de sí mismos.

A unos pasos tropieza con una mujer hecha casi nudo contra la pared, su piel y pelo lucen prematuramente envejecidos, las dos trenzas caen marchitas sobre su blusa de flores bordadas que alguna vez pudieron haber sido de colores. Junto a la mujer, tirado, un libro grueso, envejecido también por el tiempo, desteñido, decolorado, abandonado, pasado... El título y casi todas las páginas están ilegibles. Borradas. La que alguna vez fue una dedicatoria en la primera página en blanco, también.

– ¿Viste al tipo que llevaba este libro?– Le pregunta ella a la mujer de las trenzas. Esta no levanta la vista. No mira, no responde. Esconde su rostro entre las trenzas.

–¿Que si viste al dueño de este libro, mujer?

– Es flama que se eleva y es un pájaro a volar– Contesta con una voz diminuta.

– Otra vez, contestáaa, ¿qué se hizo el tipo del libro?

La mujer de las trenzas levanta la vista, los ojos blanquecinos reflejan una intensa llama azul. Azul profundo. En ese momento los últimos parroquianos que abandonan el Club corren sin remedio envueltos en miedo y gritos ya sin sentido. Al fondo la casa se incendia, tirando alas azules hacia el cielo. En cada llama que se eleva, ella mira sucederse una serie de recuerdos que nunca ha tenido: la arena tibia de una playa al amanecer, los besos y los abrazos tibios, también, las palabras que acompañaban todas esas coreografías, la luz de la calle entrando por la ventana y proyectándose en el techo del cuarto, el color del ambiente, de las pieles desnudas, de las sábanas, de sus labios; todo volviéndose azul y profundo, azul media noche, como otras media noches, y los cuerpos respondiéndose, los cuerpos queriéndose como nunca y la canción que tuvo que terminar.  Y la noche que se incendia, y la cama que se eleva...


– Eres libre de volar– Dice la mujer de las trenzas. Mientras mira a su lado el libro de las setecientas páginas consumirse en fuego.

20150323

Llueven subjuntivos















Relato inspirado en Kitsch en C, de Cartas a Felice.

Podría ser que ese dolor en el corazón le durara toda la vida. Y él lo sabía. A lo mejor lo supo desde el principio, quizás desde que ella se le apareció con el pelo revuelto y los zapatos gastados de tanta vuelta por el mundo. En ese momento él supo que podría mirarla dormir todos las noches.

– Me gustaría apagarte la luna cada vez que sea necesario–, le ofreció él.


Puede que haya sido lo único que podría darle; no permitir que la luna le empañara la mirada. Esa mirada de ámbar desmesurado que le haría pensar en todos los "y si" que fueran posibles. Y así sería siempre. Él queriéndole tapar la luna, los defectos y las imperfecciones para que ella pudiera levantarse cada mañana; fresca y sonriente, mirando las nubes y los amaneceres, pensando en palabras como nadie más podría hacerlo, como tal vez solo ella pudiera, cada vez que quisiera. O que imaginara. 

– Deberías saber que la vida real es una mentira –, le dijo ella una mañana.

Tal vez enojada por el descubrimiento de que, cada noche, por más intentos de él de opacar la luna, esta siguiera estando tras las cortinas. 

• Foto, Flor Aragón