Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20170209

Permanencia voluntaria


Afuera todos hablan de cómo me salvaste. De la forma heroica en la que, en el último instante, me tomaste del cabello para impedir que saltara al vacío. En la tele dicen que me salvaste; igual que el periódico que Teresa me trajo a leer en la mañana. No quiero ver más, ni escuchar nada.

¿Salvarme? ¿De qué? ¿De la libertad? ¿De mi decisión? Me salvaste, dicen. ¿Para qué? ¿Para volver a lo mismo, a este camino sin salida al que entré cuando te contesté aquel primer saludo?

Parada sobre ese techo me sentí, por primera vez en años, dueña de mí, de mi destino. No sé cómo llegaste hasta allí... Oh claro, me seguiste. ¿Fue el GPS que pusiste en mi carro? De seguro viste que salí sin consultarte, sin pedirte permiso, e imaginaste que iba a encontrarme con algún amante. Sí, eso debió pasar. Tus malditos celos, como siempre.

De un tirón me arrebataste ese momento de autonomía. Me anulaste de nuevo, aunque para todos ahora sos un héroe. Teresa dice que te han entrevistado y tomado fotos. Me cuenta que sos como el nuevo príncipe soñado en redes sociales; que has recibido mucho apoyo, el joven esposo abnegado que ha sufrido el golpe de ver a su mujer intentarse quitarse la vida.

¡Qué suerte! ¡Qué feliz coincidencia! ¡Qué valentía que llegaste a tiempo para librar a esta pobre infeliz de sus propios desvaríos, de ese intento cobarde de quitarse la vida!

Ahora es... Oh, la ironía, como si no existiera.

Nada de lo que digo vale para nadie. Ni siquiera he logado encontrar un poco de luz en Teresa .  Llora y me reclama cómo pude siquiera intentarlo sin pensar en ella, en mamá, en el tío Gustavo... La  pena que les he causado.

Al siquiatra le he dicho todo. Le hablé de los golpes, de las amenazas de muerte, de la gente a la que le pagaste para que me siguiera, de lo bebés que he perdido, de cuánto te odio. Silencio. Anota y no me cree nada. "Desvaríos de suicida ", murmuró la enfermera. "Esta mujer está grave, ¿viste al encanto del esposo? Es que hay quienes tienen todo resuelto en la vida y por eso se inventan problemas", ha contestado la otra.

Veo al techo, ya sin fuerzas para nada , ni para sacar las lágrimas que se me atoran en la garganta. Supongo que es el medicamento. Me  cuesta respirar. No logro pensar con claridad.

Y sin embargo, estoy más resuelta que nunca. Esta vida debería ser de permanencia voluntaria, y yo he decidido que quiero levantarme e irme.


20160523

Inquina


Ilustración: Otto Meza


El carrusel avanzaba lentamente y hacía un extraño rompimiento con la música acelerada que inundaba la noche. El volumen era exagerado, pero ¿qué de esa noche no lo era?

Las luces en el cielo se confundían con las estrellas, no se sabía qué era natural, qué era artificial, un caleidoscopio de pequeños focos, bengalas, fuegos artificiales y las pocas estrellas de aquel cielo veraniego que se negaban a ser opacadas por el exceso de iluminación formaban un velo iridiscente bajo el que la fiesta adquiría un tono de surrealismo al que nadie escapaba.

Lo más real del momento era el galope de su corazón, sus manos frías y esa embriaguez que definitivamente no se debía a las dos cervezas que había tomado. Sarah sospechaba que era la música, la hora, las risas, ese hoy-se-vale-todo tan extraño para ella. Pero sobre todo, la compañía de Andrew.

Sus días llenos de rigidez y tareas, de horarios y compromisos, de control, control y más control, habían preparado el terreno para que esta noche, justo esta noche, fuera tan espectacularmente especial. Se le cruzó precisamente ese pensamiento: de no ser por la vida gris que había llevado hasta hoy, no se sentiría extasiada y embriagada por lo que en ese instante ocurría. De pronto se encontró dando gracias por tanta disciplina y rutina, pero al mismo tiempo la horrorizó la certeza de que mañana volvería a esa normalidad... Sacudió la cabeza y paró allí su hilo de ideas. No quería arruinar su momento.

—¿Bailamos?

Andrew le extendió el brazo y tomó su mano, que seguía fría, a pesar del calor sofocante que se mantenía aún a esa hora. Sarah se incorporó suavemente, sin prisa, fiel a su objetivo de prolongar aquella vivencia tanto como pudiera, de expandir los segundos hasta donde dieran sus fuerzas. Imaginó un reloj elástico, y rió con la idea de poderlo estirar a su antojo.

En la pista apenas había espacio. Las parejas rebotaban entre sí en una danza desordenada y alegre. Algunos hablaban a los gritos, otros reían y comenzaban a abundar los besos. Pero para Sarah todo lo demás sobraba. Existían sólo ella y Andrew. El roce de su cuerpo tibio, el olor de su colonia impregnado en la camisa de algodón, la sensación de su barbilla mal rasurada sobre el hombro de ella, su cercanía, esa deliciosa cercanía, interrumpida cada tanto por las exigencias de los pasos de baile entre melodías cada vez más aceleradas... todo era perfecto, no podía pedir más.

Al lado de la pista de baile, decenas de jovencitos se malacomodaban en las bancas de la improvisada cafetería. La carpa apenas lograba cubrir el tumulto de gente que comía y bebía entre aquel jolgorio. Allí, entre los comensales, Alicia había logrado sentarse y seguía a los danzantes con la vista.

Una amargura que la hacía desconocerse a sí misma le impedía tragar la limonada que ya se había calentado en el vaso de cartón. Veía a Andrew, a su Andrew, bailando con una chica de nada, feliz y entusiasmado,  apretándola contra su cuerpo y diciéndole quién sabe qué cosas al oído.

La amargura le sube a la cabeza, de la misma forma que lo hizo el rubor, aquella vez que había sido a ella a la que le había susurrado algunas palabras al oído:

—Hasta la próxima, muñeca.

Sólo que "la próxima" nunca llegó. Esa primera y única cita con él la había dejado en pausa. Ella se consideraba una muchacha libre, experimentada, sabedora de los rituales del cortejo adolescente e incluso de las técnicas utilizadas por los hombres mayores, al menos por los tres con los que había estado. Pero Andrew tenía algo especial, algo que la cautivaba y que la había dejado prendada. Jovial, despreocupado, demasiado coqueto, le parecía un punto de equilibrio ideal que se alejaba de la inocencia y falta de decisión que le irritaba tanto entre los jóvenes de su edad, pero tampoco llegaba a la altanería y cinismo que había encontrado en los hombres mayores.

Durante días y semanas esperó que la llamara. Su ansiedad crecía y finalmente se decidió a buscarlo ella misma, para encontrar únicamente respuestas evasivas. Inventaba pretextos para encontrárselo, incluso se ofreció a ayudar a su padre con las compras de los insumos para la granja en la tienda de la familia de Andrew. Al padre le extrañó el repentino interés en los asuntos del hogar. Él y su hija no se llevaban bien y apenas intercambiaban un par de palabras por las noches.

Alicia persistía, ilusionada, pero el joven comenzó a evitarla.  Ella no se rendía fácilmente. El efecto no fue el esperado. En lugar de tomar a bien el interés de la chica, Andrew decidió cortar todo contacto con ella, lo que la dejó confundida y resentida.

Los recuerdos se mezclaban en su cabeza, sublimaba la intensidad y la importancia de los pocos momentos que habían compartido, y minimizaba los rechazos que había recibido. Quizá él sería muy tímido, o estaría confundido. Había terminado por causarle cierta ternura que él no fuera capaz de encarar su amor. Pero esa noche, esa calurosa noche llena de luces en medio de la multitud embriagada por la fiesta, la ternura había dado paso a un odio y a un resentimiento que la mantenían paralizada en una banca de madera mientras veía a Andrew y a Sarah prestos a darse el primer beso.

—¿Ganador o perdedor? ¡Usted decide su suerte, venga y atrévase!

El grito del encargado de la carpa de apuestas la hizo dar un salto en el asiento. Vio a su alrededor y se sintió extraña, foránea, totalmente fuera de lugar. Le irritaban las risas, el alegre ambiente, la música, las luces. La amargura había vuelto a bajar a su pecho y la asfixiaba.

—Pues sí— se dijo — quizá deba ser así. Quizá esta vez decida no ser la única que pierda.

Metió la mano al pequeño bolso de tela y acarició con feliz anticipación el frío metal del revólver que algunas horas antes había sacado del cajón de su padre.


20151030

De agua y arena


inspirado en Henry Lee de Nick Cave / PJ Harvey




El viento peinaba su pelo,
su pelo perfumado y revuelto.
El mar rugía a lo lejos y opacaba mi voz
que intentaba decirle absurdas palabras de amor.


Mis ojos lloraban de pena,
mi pecho estallaba.
Tanto fantasma de sueños sin acabar,
fantasías sin lograr,
rostros sin conocer,
canciones sin cantar,
palabras sin poder salir.


Salían por mis ojos
traicionando mi imagen, mi postura
de guardián impasible, de roca invencible.


Me volvía de arena,
derrumbándome grano a grano.


Seguía diciéndole frases absurdas,
lanzando promesas ilusas,
rogando por un beso de sus labios quemantes,
suplicando por una mirada,
algo de su encanto.


Todo se estrellaba contra su sonrisa de mármol.
Era hermosa en su simpleza, rebosante de paz.
En vano intentaba hacerla reaccionar.


Pasaban las horas y mi voz subía de tono,
rugía más que el mar, más que el viento.
Fue entonces que ví... ví el terror en sus ojos.
Intenté suplicarle, apagar ese miedo.


No entendía ella mi amor,
no entendía el tormento
de saberme solo por siempre
sin el calor de sus huesos,
sin su hermosura simple
y su pelo revuelto.


No entendí yo su horror, ni su miedo,
ni el sudor frío ni su temblor
cuando mis palabras absurdas
comenzaron a rugir más fuerte que el viento.


Huyó de mi,
despreció mis lamentos,
prefirió el abrazo de agua y sal
que gemía bajo sus pies en un abismo abierto.




Inspirado también en Annabel Lee de Edgar Allan Poe

20151018

Not so blue

Relato inspirado en Azul Oscuro, de Zurdok.

Por: Mariana Belloso






Mandy sale corriendo del auditorio. La clase se atrasó y debe apurarse para llegar al trabajo. Mandy es periodista y trabaja en la redacción web del periódico más prestigioso de la ciudad.

Corre por los jardines, la mochila en un brazo y varios papeles en el otro. La melena obscura y abundante se mueve a uno y otro lado. Viste botas cafés, falda azul y suéter celeste. Mandy quiere ser una chica formal.

Al entrar a la redacción saluda con prisa, sube las gradas y llega a la sala asignada para el área web. Lo primero que encuentra es la isla del IT Crew. Los chicos de soporte son sólo dos, pero se encargan de todo, desde el diseño y mantenimiento del sitio, hasta resolver los problemas con las computadoras y tabletas del equipo. Cada día, cuando Mandy llega, lo primero que ve es el espacio de trabajo del equipo de soporte. Cada día, al llegar, a la primera persona que ve es a Phillip.
Mandy se aparta la melena de la cara y saluda a Phillip con su mejor sonrisa. Él apenas levanta la cabeza para devolverle el saludo y continúa trabajando. Phillip es un poco mayor que Mandy. Se encarga de la programación y el back end en el sitio del periódico. Es serio y reservado, además de excéntricamente formal. Parece un escolar disfrazado de abuelo, cubierto de tweed.

A Mandy le gusta que lo primero que ve al llegar sea el rostro cuadrado de Phillip, su cabello negro, sus grandes ojos verdes tras las gafas de marco gris, y los tiernos labios enmarcados por una perenne barba com crecimiento de dos días. Le gusta mucho Phillip, quisiera ser diferente y animarse a invitarlo. Se conforma con quererlo de lejos.

Continúa hacia su escritorio cuando un brazo, fuerte como un tronco, la levanta por los aires. Se le cae la mochila, se le sueltan los papeles y ahoga un grito mientras Danny la carga hacia el módulo de al lado, donde está la recepción. Mandy ríe mientras Danny simula gruñidos y levanta a Kim con el otro brazo. Ambas protestan, se carcajean y tratan de soltarse. Las chicas son menudas pero Danny es fuerte y mide dos metros, parecen muñecas presas en brazos de un gigante.

Danny las suelta finalmente y se dobla de risa. Las chicas lo regañan y le reclaman su falta de seriedad, sin dejar de reír. El juego se ha vuelto un ritual matutino para los tres, siempre y cuando no haya jefes a la vista.

Phillip los observa, pero luego se hunde más entre el teclado y el monitor. Danny se sienta a su lado, aún riendo. Es el otro IT guy del sitio web, el especialista en diseño y front end. Rubio y alto, siempre con jeans gastados y camisetas, parece más un surfista californiano.

Mandy recoge sus cosas y va a su escritorio, mientras le dice a Kim que debe ponerse al día con sus clases. Ha faltado mucho y los profesores han preguntado por ella. Kim asiente con una sonrisa mientras recoge en un moño sus rizos rojos. No se toma muy en serio los estudios desde que trabaja allí. Mandy y Kim son compañeras en la universidad y aplicaron al mismo tiempo a plazas de reporteo en el periódico. Mandy logró un puesto como redactora web, pero a Kim la colocaron como recepcionista. Asistente operativa, dice su ID, pero la decepción es la misma.

Ordena su escritorio y mira a Danny, que corta pedacitos de papel para luego hacerlos bolitas y tirárselos a Mandy. Ríe y su rostro enrojece. Kim suspira. Ha pensado mucho en renunciar, en buscar un trabajo en una redacción y demostrarles a todos que puede ser una excelente periodista. Kim aprecia y admira a Mandy, pero desea mucho estar a su nivel y en esa oficina lo ve difícil. Quiere irse. Quiere irse pero la detiene Danny, el niño grande que provoca sus sonrisas a diario. Ve sus ojos azules y piensa en cómo le gustaría ser más interesante, para que se fijara en ella. Quisiera ser diferente e invitarlo a salir. Baja la vista y vuelve a suspirar. Se conforma con quererlo de lejos.

Danny se levanta y les recuerda que el domingo es el cumpleaños de Phillip, y les propone ir por unos tragos esa noche al salir de la oficina. Es viernes, y aquella ciudad gris olvida su opacidad los viernes en la noche, y se tapiza de fiesta.

Mandy se ha quedado callada esperando la reacción de Phillip ha levantado la vista y se ha quedado congelado, como un niño al que han sorprendido tratando de escapar de la escuela. Es Kim la que pone fin al momento incómodo. ¡Qué buena idea! Hace mucho que no salimos los cuatro juntos, les dice, con una sonrisa amplia y despreocupada.

Danny la ve y le palpita fuerte el corazón. Le fascina esa pelirroja alegre, le cautiva su forma relajada de ver la vida, su facilidad para la risa, la ternura de su mirada. Esta puede ser la noche, se dice, sólo para contestarse con amargura, claro, siempre dices que este será el día, trozo de cobarde bueno para nada, y al final es lo mismo, tú jugando al payaso, a hacerla reír. Danny quisiera ser más decidido, tener suficiente valor para tomarla en sus brazos con suavidad, pero con firmeza, robarle un beso y decirle que le encanta, que ya no quiere pensar en vivir sin su risa. Nunca ha llegado siquiera a intentarlo. La única forma en la que logra acercársele es con chistes y bromas, y se siente mucho mas cómodo cuando Mandy es parte de la charada. Se conforma con hacer reír a Kim. Se ha resignado a quererla de lejos.

Phillip ve a Danny y le dice que no había pensado salir esa noche. Mandy lo escucha y se le encoge el corazón. Danny se voltea y le da un manotazo, vamos, hombre, es tu cumpleaños, qué más regalo que la compañía de estas tres bellezas. Todos ríen, hasta Phillip. La cita ha sido acordada.

*****

Es la 1 a.m. y la tibia noche, las risas y el alcohol han hecho que vuele el tiempo. Están en el Heaven's Pub y han conseguido una de las mejores mesas, justo al lado del muelle, con vista a la bahía.

La luna se asoma a ratos entre el entramado de nubes que permite prever que aquel inesperado clima cálido es antesala de lluvia.

Pero mientras tanto, la neblina que comienza a asomar por el muelle es apenas la materialización de la magia de aquella noche. Se han divertido más de lo que esperaban. Hasta Phillip ha hecho chistes, se ha quitado la chaqueta de tweed y se ha arremangado la camisa para acompañar sus bromas con mímica. Mandy está fascinada, lo ve y cree soñar. De pronto la despierta, bajo la mesa, el roce de una mano sobre la suya. Se sobresalta y la aparta. Phillip la mira fijamente y vuelve a intentar tomarle la mano, ella vuelve a apartarla y lo ve con un gesto de espanto. Se excusa y se levanta de la mesa. Kim y Danny ni siquiera la ven, están absortos en su propio idilio platónico, en el imaginario heroico del supuesto amor no correspondido.

Phillip se levanta tras Mandy, la sigue, la toma del brazo y la ve con un gesto suplicante. Te quiero, le dice, y trata de besarla. Mandy se aparta sin saber por qué, tiene un millón de lágrimas atoradas en la garganta y no entiende de dónde ni por qué han salido.

Phillip también está al borde del llanto. Te quiero, le repite. Te quiero, y no sé cómo hacer esto. Yo tampoco, le contesta ella, con la voz quebrada: ya me había resignado a quererte de lejos.

20150809

El silencio





Aquí nadie me cree, pero él era real. Era un caballero, de esos que describen en las novelas clásicas, de los que luchan por el corazón de una mujer, de los que te abren puertas, te acercan la silla, te preparan el café y los desayunos de domingo.

Sus ojos eran una fuente de paz. No importaba el mal día, los veía y olvidaba todo. Sus brazos, su pecho, su barbilla sobre mi cabeza mientras nos fundíamos en abrazos eternos, se habrían convertido en mi salvación en medio de la más severa de las depresiones.

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Habré tenido 8 años la primera vez que pensé en el suicidio. Fue justo después de que aquel vecino se sobrepasara conmigo de una manera que no logré entender, y que mi mente tuvo a bien cubrir con un manto nuboso que ni con la hipnosis ha sido posible develar. Recuerdo la boca de ese adulto sobre la mía, sus manos sobre mi cuerpecito, y lo su voz áspera repitiendo "no le digás a nadie", mientras me llevaba en brazos a su casa. No recuerdo más, y tampoco quiero.

Desde entonces fue una montaña rusa de buenas y malas épocas. Abandonos, pérdidas y todos los retos de ser parte de una familia desintegrada y pobre. Cuando tuve edad de trabajar me fui de aquella casa en la que me habían hecho sentir menos que nada, en la que siempre se me exigió y en la que todo lo que di nunca fue suficiente.

Me enamoré por primera vez justo en esa época. Aquel compañero de la universidad era un revolucionario encantador, de discurso fluido, de palabras convincentes. Dijo que yo era una "burguesita" a la que él terminaría de enderezar. Su concepto de amor me sumió en la segunda gran depresión de mi vida, y en la primera hospitalización por abuso de pastillas.

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Había cumplido ya 30 años y un par de cicatrices en las muñecas, era paciente frecuente de la unidad siquiátrica del hospital local y luchaba por mantenerme fuera de la reclusión, que ya más de alguno de los médicos del sistema público había indicado.

Por primera vez tenía un trabajo que me entusiasmaba. Había logrado colocarme como escritora de cuentos en una publicación de alcance nacional, después de ganar un concurso promovido entre jóvenes plumas. Mis textos, firmados con un seudónimo, salían en el suplemento dominical y eran para mí el lienzo en blanco en el que plasmaba la vida que habría querido tener. Entre semana ayudaba a corregir piezas de otros escritores y a hacer trabajo de archivo.

En esa época lo conocí. Él, poeta, no era visitante asiduo a los lugares en los que el círculo literario e intelectual solía congregarse. Yo, totalmente anónima en el medio, sólo había asistido a un par de actividades del Ministerio de Cultura para recibir segundos o terceros lugares en los concursos a los que participaba casi compulsivamente, más por la necesidad económica de ganar algo que por convicción.

En una de estas premiaciones fue él uno de los jueces y habló sobre mi cuento, que había ganado el tercer lugar, con una fascinación y un deleite que me parecían totalmente desconocidos. Hundida en mi silla me ruboricé a niveles inimaginables, y cuando finalmente él pidió que la autora de aquella pieza pasara al frente a recibir el diploma y el aplauso del público, no pude moverme de mi lugar.

Estaba cautivada por aquel hombre. Debo reconocer que el encanto de sus ojos me capturó desde el primer momento, pero fue cuando comenzó a hablar, cuando las palabras comenzaron a fluir de sus labios, que llegué al punto sin retorno. Siempre me he enamorado de las palabras bellas, es como una maldición.

Esperé mucho después de que el acto terminara para finalmente acercarme a la promotora del Ministerio de Cultura para recoger mi cheque y, bueno, el diploma. Caminaba hacia la salida cuando él se me acercó y me cortó el paso.

—La escritora misteriosa.

Me quedé, de nuevo, petrificada. Incapaz de moverme o hablar, fascinada por aquel hombre alto y guapo, inteligente y sereno, apenas esbocé un mal intento de sonrisa.

—Veo que no se va a quedar al coctel. Yo tampoco. ¿Nos vamos juntos al estacionamiento?

—No...

—¿No? Es tarde, no es tan recomendable que vaya sola...

—No, quiero decir, es que no vengo en auto. Voy a tomar el autobús.

—Faltaba más. Venga.

Ese "venga" fue, finalmente, la cábala que dio pie a nuestra historia. Me tomó del brazo y me llevó hasta su auto, un Volkswagen escarabajo muy a tono con su personalidad sencilla y despreocupada. Se ofreció a llevarme a casa. En el camino me sacó a cucharadas mi nombre, a lo que me dedicaba, y tuvo a bien contarme lo que él hacía, dónde vivía, me habló de su madre, de sus mascotas, del pueblo donde vivía su familia y donde ansiaba vivir cuando por fin se retirara.

Me invitó a tomar un café al día siguiente y yo accedí. La tercera cita para tomar café la concertamos, por fin, en mi apartamento, que era pequeño y con escasos muebles, pero que tenía una vista envidiable de los atardeceres. Y fue así, viendo el atardecer, que me besó por primera vez.

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No recuerdo una época más feliz en mi vida. Aquel apartamentito se llenó de amor, de luz, de caricias, de olor a café y a pasta recién hecha, de sus libros y sus escritos, de las notas de su guitarra y de las melodías que me cantaba.

Los meses pasaban volando mientras soñábamos juntos con viajes, con aventuras, con proyectos imposibles para mejorar el mundo, con huir de todo y de todos. No había ya un tiempo suyo y uno mío, era nuestro tiempo, nuestras horas, la vida misma fundida en abrazos y besos, en nuestros cuerpos aferrados entre sí, en las pláticas en la madrugada, en las promesas de media noche, en las lágrimas de felicidad y de miedo...

Y entonces pasó. La carta me la mandó una prima lejana que me reclamaba nunca haberme preocupado por mi mamá, que me criticaba por haberme creído siempre superior al resto de la familia, que me echaba en cara los gastos que habían tenido por la hospitalización y, solo después de todo eso, me informaba que mi madre había muerto después de sufrir tres infartos y una dolorosa agonía.

No pude salir de casa ese día. Me quedé sentada junto a la ventana esperando a que Felipe llegara para contarle todo, para soltar el caudal de lágrimas que me estaban ahogando, para abandonarme al dolor y gritar todas las angustias pasadas, presentes y futuras, porque solo me sentía capaz de hacerlo con él.

Pasaron las horas, se convirtieron los días, y la espera pasó a ser angustia. Lo busqué en su trabajo, con sus amigos, traté de contactar a su familia, pero nadie sabía sobre él. Cuando fui a denunciar su desaparición, la agente policial que me atendió me dijo con aburrimiento que de seguro cuando se le pasara el enojo volvería conmigo. De muy mala gana accedió a tomarme el reporte. La investigación, si es que se dio, nunca tuvo resultados, porque mi Felipe seguía sin aparecer.

Me volví visitante asidua de hospitales y morgues, repartía fotos en noticieros y periódicos, hice volantes y los repartía en los parques. Las fuerzas me flaquearon y un día, varios meses después de la desaparición de Felipe, me tomé un frasco entero de pastillas para dormir.

Desperté en el hospital, amarrada a la camilla. "Esta vez te vas a quedar, hasta mucho te habías tardado", me dijo el enfermero. Efectivamente, habían pasado ya tres años desde mi último intento de suicidio. Esta vez, sin nadie que llegara a responder por mí, habían ordenado mi internamiento en la Unidad Siquiátrica.

Los compañeros de la revista llegaron a visitarme un par de veces. La última vez me comunicaron "con mucha pena" que el editor había decidido rescindir mi contrato porque sería muy penoso que se enterara que escribía yo desde mis "circunstancias". Esa fue la última vez que los vi.

Me enfoqué en tratar de recuperarme, en convencer a los médicos que estaba bien y que podía salir. Hice todo lo que me pidieron, mentía durante las terapias y aprovechaba las catarsis grupales para invitar a los demás internos a seguir las indicaciones de nuestros médicos para lograr el avance que yo había conseguido. Mantenía una falsa sonrisa día y noche, y esperaba con ansias la reunión del comité que decidiría si me daban el alta.

El comité jamás llegó a discutir mi caso. Una semana antes de ello me encontraba leyendo algunos periódicos viejos y revistas de meses anteriores que una de las enfermeras me conseguía. En una de ellas, editada en España, vi a mi Felipe recibiendo un premio internacional de poesía, de la mano de una elegante dama que, según el pie de aquella fotografía, era su esposa, y tenía nombre de reina: Victoria de los Ángeles Ancalmo.

No recuerdo los detalles de mi crisis. Sí recuerdo el dolor, la dificultad para respirar y haber escuchado gritos. Pero no recuerdo haber corrido a la ventana, no recuerdo haber roto los vidrios con la cabeza y tampoco recuerdo haber golpeado a enfermeros que luchaban conmigo para evitar que saltara.

No pude guardar la revista. Acá nadie me cree que Felipe existió. Nadie recuerda a un poeta con ese nombre. Menos creen que un hombre de esas características haya podido alguna vez amar a una depresiva suicida violenta y peligrosa. Y aún más increíble es que ese hombre se me haya perdido para aparecer luego casado en España... Los médicos creen que es todo parte de mi neurosis, y que he llegado a estar tan mal que alucino e invento realidades alternas.

Hay días en los que se me van las fuerzas para llorar. Debe ser el medicamento. Hay medicamentos diseñados a obligarte a no estar triste. Creo que ahora estoy más allá de todo eso. Ahora, cuando ya solo me queda el silencio, tomé valor para escribir estas líneas. Quiero que se sepa que Felipe sí existió, que fue mío, que yo fui suya, que cuando estuvimos juntos el tiempo era nuestro, la vida misma, que en sus ojos hallaba paz y que sus brazos, su pecho y su barbilla sobre mi cabeza se habrían convertido en mi salvación en medio de la más severa de las depresiones.

20150729

El amante habló primero



"No more I love you's" es una de esas canciones que todos hemos escuchado, pero cuya historia quizá no todos conocemos. La encargada de hacerla famosa fue Annie Lennox, que, sin embargo, no es la intérprete original de la misma.

En realidad es una canción que tocaba y cantaba el grupo de los 80 "The lover speaks", que solía abrir los conciertos para Lennox. Annie cuenta que solía pararse a un lado del escenario a escucharlos, y que le dolía mucho ver que no despegaban. Finalmente decidió hacer un cover de esta bella pieza y es así como todos la recordamos cantando sobre deseo y desesperación y de cómo el lenguaje la iba dejando,  ataviada en un corsé.

Las Non-Girly Blue nos inspiraremos en la versión original de la canción y veremos qué historias resultan. Les invitamos a escucharla y contarnos qué les parece, así como a leer los relatos que publicaremos durante las próximas dos semanas.





20150504

La fortaleza


Heme aquí, la reina indiscutible del imperio del deseo no satisfecho. Me harté de pelear hace ya demasiado tiempo y me construí una fortaleza cómoda en medio del desierto. Acá paso los días regodeándome en lo que se hizo, lo que no se hizo y lo que queda por hacer.
A veces tengo visitas furtivas. Rostros amables que no reconozco porque en el pasado fueron miradas hostiles y huidizas. ¿Se vuelve uno atractivo cuando decide vivir solo? ¿Por qué atrae esa singularidad? Mientras más quiero alejarme, más me buscan. Ya no quiero ser encontrada.
También viene, de cuando en cuando, la paloma de los designios. Es terca, insiste en que podremos, en un futuro indeterminado, conjugar sus arrebatadas visiones con mis pétreos planes. La dejo hablar y convencerse a sí misma de lo que yo jamás aceptaré. Así es ella feliz.
A los que no tolero ya es a los coyotes. Con demasiada frecuencia aparecen y me recuerdan, con sus aullidos, los trozos de carne que me arrancaron uno a uno en los días en los que aún me guiaba por la ingenuidad. Escuchar sus pasos, su respiración, sus gruñidos, me transporta irremediablemente al momento del ataque, de la traición. Varios de ellos se mostraron en algún momento amigables conmigo, amorosos, dóciles. Otros fingieron necesitarme. El resto simplemente pudo acercárseme porque me simpatizaron. Me costó mucha piel entender que no podía confiar en ninguno, que el final sería siempre el mismo, sin importar la trama intermedia.

Esta noche es diferente, tengo una cita con la luna. Es la única que, lejana y hermosa, me recuerda que aún estoy viva, que no me he vuelto piedra mimetizándome con las paredes de mi frío refugio. Hablar con ella me hace hervir la sangre de un modo delicioso que me recuerda a los calores de la juventud. Esta noche la dejaré cantarme, la escucharé en silencio, hasta quedarme dormida.  

20150213

Expiación


Aquel había sido un día particularmente extenuante. Tomó sus pastillas y luego de algún tiempo se durmió. Pronto comenzó a soñar. Soñaba con una casita de madera y un portón, con una mecedora y una hamaca. Con un vestido de algodón, aquel vestido blanco de florecitas amarillas y con su olor a limpio, a jabón de pacunes y a Heno de Pravia. Lloró y las lágrimas rodaron desde sus ojos cerrados hasta sus orejas, pero no pudo despertar.

En el sueño buscaba su mano, después de cuatro o cinco intentos logró tomarla, y la llevó hasta la hamaca. Se sentaron a la par. Le apretó la cintura y hundió la nariz en su pelo, en aquella maraña de colochos descuidados, negros, brillantes, y sintió el olor del amor joven. La apretó más y más, hasta que ella, agobiada, lo apartó muerta de risa.

—¿Qué te pasa, loquito?
—No, no, dejame agarrarte, por favor, no te vayás.
Aquella criatura aún con alma infantil tomó el ruego más como un reto o una invitación a jugar, que como una petición seria, y riendo aún más se levantó y comenzó a huir de él.
—¡No! Por  favor, por favor, vení, dejame besarte, por favor.

Las lágrimas le rodaban por las mejillas, en el sueño y en la realidad. La criatura que corría paró de pronto, asustada por aquel a arranque sentimental.

—¿Qué te pasa, mi vida? ¿Qué te pasa? ¿Quién te hizo algo?
—No entendés, amor, no entendés, vení, he querido abrazarte desde hace tanto, dejame besarte, por favor, dejame besarte.

Ella seguía extrañada pero se dejó besar, abrazar, acariciar... lo tomó de la mano de nuevo y lo llevó adentro. Lo acostó en la cama de pita, siguió besándolo, acariciándole el pelo, rascándole la cabeza suavecito, diciéndole en el oído ya calmate loquito, a saber qué te pasó pero ya, ya estoy aquí con vos, dejá de llorar que me partís el alma, dame esa boquita, tranquilo, no tengás miedo de nada, y él, él se asía a aquel cuerpo juvenil como si no hubiera nada más allá, como si el vacío lo jalara, y la besaba y quería explicarle, lloraba y le pedía perdón, la penetraba y lloraba más, sentía en sus entrañas el calor que había conocido hace décadas, y le parecía irreal, imposible, efímero...

Quedaron acostados apenas uno junto al otro, en la estrecha cama de pita. Ella le pasaba los dedos por el pecho, jugando con su piel, con sus vellos, en la ingenua felicidad de quien se sabe con la vida por delante.

—No entendés, no entendés, perdoname, te juro que no quise que nada fuera así de mal, te lo juro. Te prometo que voy a aprovechar el tiempo, que voy a estar aquí, vos vas a ser lo más importante, no, vos sos ya lo más importante. Bien sabés que te amo, te he amado desde que te reíste conmigo la primera vez, y te voy a amar para siempre, creéme, te voy a amar para siempre, no logro olvidarte, no quiero, no quiero, vení.

Ella lo veía extrañada, sin entender nada, y redobló entonces los mimos en un intento por consolarlo, como cuando se calma a un niño asustado. Él luchaba por explicarle, porque tratar de expiar en esos segundos una vida de arrepentimientos, por querer rescatar en ese instante todos los años desperdiciados, pero no pudo. Finalmente sucumbió al deleite de los sentidos y se durmió junto a ella, aún llorando.


Las lágrimas caían desde sus ojos cerrados hasta sus orejas, y el agua en los oídos terminó por incomodarlo. Despertó de súbito y se secó con la manga. Buscó en vano a la novia veinteañera, a la casa de pueblo, a la cama de pita. No estaban más. Solo quedaba el doloroso vacío, el recuerdo, y el amargo espacio libre que no alcanzaba nunca a ocupar en su solitaria cama de viudo.