Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
Mostrando las entradas con la etiqueta Mariana Belloso. Mostrar todas las entradas
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20170209

Permanencia voluntaria


Afuera todos hablan de cómo me salvaste. De la forma heroica en la que, en el último instante, me tomaste del cabello para impedir que saltara al vacío. En la tele dicen que me salvaste; igual que el periódico que Teresa me trajo a leer en la mañana. No quiero ver más, ni escuchar nada.

¿Salvarme? ¿De qué? ¿De la libertad? ¿De mi decisión? Me salvaste, dicen. ¿Para qué? ¿Para volver a lo mismo, a este camino sin salida al que entré cuando te contesté aquel primer saludo?

Parada sobre ese techo me sentí, por primera vez en años, dueña de mí, de mi destino. No sé cómo llegaste hasta allí... Oh claro, me seguiste. ¿Fue el GPS que pusiste en mi carro? De seguro viste que salí sin consultarte, sin pedirte permiso, e imaginaste que iba a encontrarme con algún amante. Sí, eso debió pasar. Tus malditos celos, como siempre.

De un tirón me arrebataste ese momento de autonomía. Me anulaste de nuevo, aunque para todos ahora sos un héroe. Teresa dice que te han entrevistado y tomado fotos. Me cuenta que sos como el nuevo príncipe soñado en redes sociales; que has recibido mucho apoyo, el joven esposo abnegado que ha sufrido el golpe de ver a su mujer intentarse quitarse la vida.

¡Qué suerte! ¡Qué feliz coincidencia! ¡Qué valentía que llegaste a tiempo para librar a esta pobre infeliz de sus propios desvaríos, de ese intento cobarde de quitarse la vida!

Ahora es... Oh, la ironía, como si no existiera.

Nada de lo que digo vale para nadie. Ni siquiera he logado encontrar un poco de luz en Teresa .  Llora y me reclama cómo pude siquiera intentarlo sin pensar en ella, en mamá, en el tío Gustavo... La  pena que les he causado.

Al siquiatra le he dicho todo. Le hablé de los golpes, de las amenazas de muerte, de la gente a la que le pagaste para que me siguiera, de lo bebés que he perdido, de cuánto te odio. Silencio. Anota y no me cree nada. "Desvaríos de suicida ", murmuró la enfermera. "Esta mujer está grave, ¿viste al encanto del esposo? Es que hay quienes tienen todo resuelto en la vida y por eso se inventan problemas", ha contestado la otra.

Veo al techo, ya sin fuerzas para nada , ni para sacar las lágrimas que se me atoran en la garganta. Supongo que es el medicamento. Me  cuesta respirar. No logro pensar con claridad.

Y sin embargo, estoy más resuelta que nunca. Esta vida debería ser de permanencia voluntaria, y yo he decidido que quiero levantarme e irme.


20160523

Inquina


Ilustración: Otto Meza


El carrusel avanzaba lentamente y hacía un extraño rompimiento con la música acelerada que inundaba la noche. El volumen era exagerado, pero ¿qué de esa noche no lo era?

Las luces en el cielo se confundían con las estrellas, no se sabía qué era natural, qué era artificial, un caleidoscopio de pequeños focos, bengalas, fuegos artificiales y las pocas estrellas de aquel cielo veraniego que se negaban a ser opacadas por el exceso de iluminación formaban un velo iridiscente bajo el que la fiesta adquiría un tono de surrealismo al que nadie escapaba.

Lo más real del momento era el galope de su corazón, sus manos frías y esa embriaguez que definitivamente no se debía a las dos cervezas que había tomado. Sarah sospechaba que era la música, la hora, las risas, ese hoy-se-vale-todo tan extraño para ella. Pero sobre todo, la compañía de Andrew.

Sus días llenos de rigidez y tareas, de horarios y compromisos, de control, control y más control, habían preparado el terreno para que esta noche, justo esta noche, fuera tan espectacularmente especial. Se le cruzó precisamente ese pensamiento: de no ser por la vida gris que había llevado hasta hoy, no se sentiría extasiada y embriagada por lo que en ese instante ocurría. De pronto se encontró dando gracias por tanta disciplina y rutina, pero al mismo tiempo la horrorizó la certeza de que mañana volvería a esa normalidad... Sacudió la cabeza y paró allí su hilo de ideas. No quería arruinar su momento.

—¿Bailamos?

Andrew le extendió el brazo y tomó su mano, que seguía fría, a pesar del calor sofocante que se mantenía aún a esa hora. Sarah se incorporó suavemente, sin prisa, fiel a su objetivo de prolongar aquella vivencia tanto como pudiera, de expandir los segundos hasta donde dieran sus fuerzas. Imaginó un reloj elástico, y rió con la idea de poderlo estirar a su antojo.

En la pista apenas había espacio. Las parejas rebotaban entre sí en una danza desordenada y alegre. Algunos hablaban a los gritos, otros reían y comenzaban a abundar los besos. Pero para Sarah todo lo demás sobraba. Existían sólo ella y Andrew. El roce de su cuerpo tibio, el olor de su colonia impregnado en la camisa de algodón, la sensación de su barbilla mal rasurada sobre el hombro de ella, su cercanía, esa deliciosa cercanía, interrumpida cada tanto por las exigencias de los pasos de baile entre melodías cada vez más aceleradas... todo era perfecto, no podía pedir más.

Al lado de la pista de baile, decenas de jovencitos se malacomodaban en las bancas de la improvisada cafetería. La carpa apenas lograba cubrir el tumulto de gente que comía y bebía entre aquel jolgorio. Allí, entre los comensales, Alicia había logrado sentarse y seguía a los danzantes con la vista.

Una amargura que la hacía desconocerse a sí misma le impedía tragar la limonada que ya se había calentado en el vaso de cartón. Veía a Andrew, a su Andrew, bailando con una chica de nada, feliz y entusiasmado,  apretándola contra su cuerpo y diciéndole quién sabe qué cosas al oído.

La amargura le sube a la cabeza, de la misma forma que lo hizo el rubor, aquella vez que había sido a ella a la que le había susurrado algunas palabras al oído:

—Hasta la próxima, muñeca.

Sólo que "la próxima" nunca llegó. Esa primera y única cita con él la había dejado en pausa. Ella se consideraba una muchacha libre, experimentada, sabedora de los rituales del cortejo adolescente e incluso de las técnicas utilizadas por los hombres mayores, al menos por los tres con los que había estado. Pero Andrew tenía algo especial, algo que la cautivaba y que la había dejado prendada. Jovial, despreocupado, demasiado coqueto, le parecía un punto de equilibrio ideal que se alejaba de la inocencia y falta de decisión que le irritaba tanto entre los jóvenes de su edad, pero tampoco llegaba a la altanería y cinismo que había encontrado en los hombres mayores.

Durante días y semanas esperó que la llamara. Su ansiedad crecía y finalmente se decidió a buscarlo ella misma, para encontrar únicamente respuestas evasivas. Inventaba pretextos para encontrárselo, incluso se ofreció a ayudar a su padre con las compras de los insumos para la granja en la tienda de la familia de Andrew. Al padre le extrañó el repentino interés en los asuntos del hogar. Él y su hija no se llevaban bien y apenas intercambiaban un par de palabras por las noches.

Alicia persistía, ilusionada, pero el joven comenzó a evitarla.  Ella no se rendía fácilmente. El efecto no fue el esperado. En lugar de tomar a bien el interés de la chica, Andrew decidió cortar todo contacto con ella, lo que la dejó confundida y resentida.

Los recuerdos se mezclaban en su cabeza, sublimaba la intensidad y la importancia de los pocos momentos que habían compartido, y minimizaba los rechazos que había recibido. Quizá él sería muy tímido, o estaría confundido. Había terminado por causarle cierta ternura que él no fuera capaz de encarar su amor. Pero esa noche, esa calurosa noche llena de luces en medio de la multitud embriagada por la fiesta, la ternura había dado paso a un odio y a un resentimiento que la mantenían paralizada en una banca de madera mientras veía a Andrew y a Sarah prestos a darse el primer beso.

—¿Ganador o perdedor? ¡Usted decide su suerte, venga y atrévase!

El grito del encargado de la carpa de apuestas la hizo dar un salto en el asiento. Vio a su alrededor y se sintió extraña, foránea, totalmente fuera de lugar. Le irritaban las risas, el alegre ambiente, la música, las luces. La amargura había vuelto a bajar a su pecho y la asfixiaba.

—Pues sí— se dijo — quizá deba ser así. Quizá esta vez decida no ser la única que pierda.

Metió la mano al pequeño bolso de tela y acarició con feliz anticipación el frío metal del revólver que algunas horas antes había sacado del cajón de su padre.


20160116

La luz

Relato basado en Space Oddity, de David Bowie




Ilustración: Otto Meza




Día 1
¿Dónde está mi traje? ¿Es este el ajuar de la muerte, una desnudez fría? Es posible. Llegamos al mundo vestidos sólo con nuestra piel y la tibia viscosidad remanente del vientre de nuestras madres. En cambio, ahora tengo frío.

Día 2
Quiero moverme pero mis músculos se han vuelto plomo inmóvil. ¿Serán mis músculos? ¿Será que este cuerpo nuevo es así, helado e inamovible? Nunca imaginé así la muerte, la conciencia presa por siempre en el cadáver mustio que irremediablemente volverá a ser polvo... Pero no puede ser. Mi cuerpo material debería estar aún vestido, sí, debería tener mi traje, no hay modo de que fuera diferente.

Día 3
Me pesa pensar. Apenas logro ver. Todo es blanco aquí, tal y como lo pensé. La luz era blanca, blanquísima, me envolvió, me cegó. Estoy sobre una cama, quizá una mesa, o simplemente una plataforma de algo que parece metal. Creo que por eso tengo frío todo el tiempo. Lo que no me explico es esta alternancia entre conciencia e inconsciencia, este ir y venir entre recuerdos de mi colorida vida en la Tierra y este blanco despertar en ¿la muerte? Ya no sé, ya no estoy tan seguro.

Día 4
¿Cuánto tiempo ha pasado desde que flotaba en el espacio? Recuerdo la angustia que me invadió cuando veía alejarse la nave, la opresión en el pecho, el galope de la ansiedad en mi pecho. Y luego, la luz. La paz que me dio esa luz me hizo suponer que, después de todo, estuve equivocado todo el tiempo y sí hay un dios, sí hay algo más allá, y que la muerte no es el final de todo. Pero ahora todo es confuso. Extraño las estrellas. Siempre fueron la única constante en mi vida. Desde el hueco del techo de la granja cuando me escapaba al cobertizo, desde la ventanilla del auto en los largos viajes con mi padre, desde las noches de desvelo en el tecnológico. Ellas, siempre ellas, y ese inexplicable anhelo por ir siempre más lejos. ¿Valió la pena? ¿Habrá algún  legado en mi sacrificio, más allá que una escuela que lleve mi nombre?

Día 5
La Tierra luce particularmente bella desde el espacio. Aquella es una visión sobrecogedora. Nos hace sentir pequeños, ínfimos. La vista de las estrellas lo es más aún, y aunque el rigor científico y mi natural escepticismo siempre me hicieron dudarlo, ahora creo que no estamos solos. Al menos yo no. No estoy muerto, pero no sé por cuánto tiempo más sea así. Supongo que una vez obtengan lo que quieran no les seré más útil y deberán desecharme. O querrán diseccionarme. La curiosidad con la que me observan me hace pensar que soy el primero que ven. ¿Será que no han llegado realmente hasta la Tierra? ¿No les atrae visitar esa peculiar esfera azul en un sistema planetario más bien muerto? Quizá no, quizá sea mejor así.

Día 6
No sé dónde floto ahora. Sé que no es aire, no es una cámara sin gravedad. Creo que es agua. Trato de entender cómo respiro en este líquido y sigo vivo y alerta de todo lo que pasa. Nunca me gustaron los acuarios, y ahora me observan como a uno de tantos delfines que soñé liberar en las visitas a Miami durante las vacaciones veraniegas. Me observan y los observo. No han intentado hablar conmigo, y yo no tengo intención de decir nada. Espero que me tomen por un bruto, por un espécimen de una raza radicalmente inferior a la que no vale la pena conocer. Mi única preocupación en este momento es la nave. Podría haber rogado al dios en el que creí brevemente que no encontraran mi nave.  

Día 7
Me han devuelto mi traje. Ha sido un alivio no padecer más de frío. Sigo inmóvil, de espaldas en la plataforma en la que desperté el primer día. Qué curioso que yo siga pensando en términos de días. No sé cuánto tiempo he estado aquí y los conceptos de días y horas de la Tierra no tienen ningún sentido. Mi equipo no funciona. Nada. Supongo que estas criaturas me han vestido por alguna consideración para con mi dignidad. Me río de mis propios pensamientos. No me han dado mejor trato que el que le daríamos a una chinchilla en un laboratorio de la tierra. Debo seguir siendo la chinchilla, uno no piensa que las chinchillas representan algún peligro ni considera siquiera la idea de aniquilar a la población completa de chinchillas.

Día 8
Abro los ojos y siento la brisa en mi rostro. El inconfundible olor del campo recién segado. El sol no me deja ver bien pero escucho a mi madre hablándome. "¡Qué bien lo has hecho! ¡Eres famoso ahora!", me dice. "Los periódicos no han dejado de llamar y tu padre refunfuña con cada solicitud de entrevistas". Me paro con dificultad, camino hacia ella y la abrazo, la aprieto, siento el olor a galletas de su cabello, el dulce roce de su delantal de algodón crudo. "¿Madre? ¿Cómo es posible?". Y lloro, lloro de felicidad y de alivio.

Día 9
Me duele el cuerpo. Las fantasías y los sueños vívidos durante los periodos de coma a los que me inducen son cada vez más reales, ahora dudo de mi cordura. Estoy en lo que creo es una celda. No hay puertas ni ventanas, qué maldita obsesión con el blanco. Pero me dejan moverme, puedo caminar, puedo tratar de explorar. Doy vueltas, recorro una y otra vez aquel confuso espacio sin formas particulares. Más bien pareciera que cambia para aumentar mi tormento. Finalmente abren la puerta y me ven. Les grito, les exijo saber qué quieren, les llamo cobardes, lloro, les pido que me maten. Luego un sonido fuerte y la nada. La nada.

Día 10

En la inmensidad de esta plataforma mi nave no es más que una pequeña y delgada lata. No sé cómo desperté acá dentro. No veo a nadie. No veo otras naves, solo la plataforma y, al final de esta, una esfera negra que pone fin al desesperante blanco, al maldito blanco de este lugar. Ese pequeño trozo de espacio me llena de alegría, puedo huir, puedo flotar entre las estrellas, puedo quitarme el casco y terminar con mis miserias. Quizá eso quieren. No me han matado ellos mismos pero saben que no duraré mucho allá afuera. Qué poco saben de los humanos. La muerte en libertad. La prefiero con creces sobre la vida como su conejillo-de-Indias-cautivo. La nave funciona.  ¿La han reparado ellos mismos? Se abre una puerta y los veo allí, pálidos y altos, inexpresivos, observándome. Un zumbido y se aparta el techo de la plataforma. Un segundo zumbido y mi nave comienza a flotar. Pruebo los controles y todo está bien. Me miran, sus ojos negros me retan, se preguntan si me atreveré. Y sí, claro que me atreveré, me atrevo, enciendo propulsores y salgo. Voy hacia la nada y, sin embargo, jamás fui tan feliz. No se me cruza siquiera la más mínima esperanza de volver a la Tierra, pero no me importa. Las lágrimas recorren mi rostro mientras un sonido de estática interrumpe la celebración de mi recién recuperada libertad. "Control de tierra al Mayor Tom, ¿nos escucha, Mayor Tom?". 

20151018

Not so blue

Relato inspirado en Azul Oscuro, de Zurdok.

Por: Mariana Belloso






Mandy sale corriendo del auditorio. La clase se atrasó y debe apurarse para llegar al trabajo. Mandy es periodista y trabaja en la redacción web del periódico más prestigioso de la ciudad.

Corre por los jardines, la mochila en un brazo y varios papeles en el otro. La melena obscura y abundante se mueve a uno y otro lado. Viste botas cafés, falda azul y suéter celeste. Mandy quiere ser una chica formal.

Al entrar a la redacción saluda con prisa, sube las gradas y llega a la sala asignada para el área web. Lo primero que encuentra es la isla del IT Crew. Los chicos de soporte son sólo dos, pero se encargan de todo, desde el diseño y mantenimiento del sitio, hasta resolver los problemas con las computadoras y tabletas del equipo. Cada día, cuando Mandy llega, lo primero que ve es el espacio de trabajo del equipo de soporte. Cada día, al llegar, a la primera persona que ve es a Phillip.
Mandy se aparta la melena de la cara y saluda a Phillip con su mejor sonrisa. Él apenas levanta la cabeza para devolverle el saludo y continúa trabajando. Phillip es un poco mayor que Mandy. Se encarga de la programación y el back end en el sitio del periódico. Es serio y reservado, además de excéntricamente formal. Parece un escolar disfrazado de abuelo, cubierto de tweed.

A Mandy le gusta que lo primero que ve al llegar sea el rostro cuadrado de Phillip, su cabello negro, sus grandes ojos verdes tras las gafas de marco gris, y los tiernos labios enmarcados por una perenne barba com crecimiento de dos días. Le gusta mucho Phillip, quisiera ser diferente y animarse a invitarlo. Se conforma con quererlo de lejos.

Continúa hacia su escritorio cuando un brazo, fuerte como un tronco, la levanta por los aires. Se le cae la mochila, se le sueltan los papeles y ahoga un grito mientras Danny la carga hacia el módulo de al lado, donde está la recepción. Mandy ríe mientras Danny simula gruñidos y levanta a Kim con el otro brazo. Ambas protestan, se carcajean y tratan de soltarse. Las chicas son menudas pero Danny es fuerte y mide dos metros, parecen muñecas presas en brazos de un gigante.

Danny las suelta finalmente y se dobla de risa. Las chicas lo regañan y le reclaman su falta de seriedad, sin dejar de reír. El juego se ha vuelto un ritual matutino para los tres, siempre y cuando no haya jefes a la vista.

Phillip los observa, pero luego se hunde más entre el teclado y el monitor. Danny se sienta a su lado, aún riendo. Es el otro IT guy del sitio web, el especialista en diseño y front end. Rubio y alto, siempre con jeans gastados y camisetas, parece más un surfista californiano.

Mandy recoge sus cosas y va a su escritorio, mientras le dice a Kim que debe ponerse al día con sus clases. Ha faltado mucho y los profesores han preguntado por ella. Kim asiente con una sonrisa mientras recoge en un moño sus rizos rojos. No se toma muy en serio los estudios desde que trabaja allí. Mandy y Kim son compañeras en la universidad y aplicaron al mismo tiempo a plazas de reporteo en el periódico. Mandy logró un puesto como redactora web, pero a Kim la colocaron como recepcionista. Asistente operativa, dice su ID, pero la decepción es la misma.

Ordena su escritorio y mira a Danny, que corta pedacitos de papel para luego hacerlos bolitas y tirárselos a Mandy. Ríe y su rostro enrojece. Kim suspira. Ha pensado mucho en renunciar, en buscar un trabajo en una redacción y demostrarles a todos que puede ser una excelente periodista. Kim aprecia y admira a Mandy, pero desea mucho estar a su nivel y en esa oficina lo ve difícil. Quiere irse. Quiere irse pero la detiene Danny, el niño grande que provoca sus sonrisas a diario. Ve sus ojos azules y piensa en cómo le gustaría ser más interesante, para que se fijara en ella. Quisiera ser diferente e invitarlo a salir. Baja la vista y vuelve a suspirar. Se conforma con quererlo de lejos.

Danny se levanta y les recuerda que el domingo es el cumpleaños de Phillip, y les propone ir por unos tragos esa noche al salir de la oficina. Es viernes, y aquella ciudad gris olvida su opacidad los viernes en la noche, y se tapiza de fiesta.

Mandy se ha quedado callada esperando la reacción de Phillip ha levantado la vista y se ha quedado congelado, como un niño al que han sorprendido tratando de escapar de la escuela. Es Kim la que pone fin al momento incómodo. ¡Qué buena idea! Hace mucho que no salimos los cuatro juntos, les dice, con una sonrisa amplia y despreocupada.

Danny la ve y le palpita fuerte el corazón. Le fascina esa pelirroja alegre, le cautiva su forma relajada de ver la vida, su facilidad para la risa, la ternura de su mirada. Esta puede ser la noche, se dice, sólo para contestarse con amargura, claro, siempre dices que este será el día, trozo de cobarde bueno para nada, y al final es lo mismo, tú jugando al payaso, a hacerla reír. Danny quisiera ser más decidido, tener suficiente valor para tomarla en sus brazos con suavidad, pero con firmeza, robarle un beso y decirle que le encanta, que ya no quiere pensar en vivir sin su risa. Nunca ha llegado siquiera a intentarlo. La única forma en la que logra acercársele es con chistes y bromas, y se siente mucho mas cómodo cuando Mandy es parte de la charada. Se conforma con hacer reír a Kim. Se ha resignado a quererla de lejos.

Phillip ve a Danny y le dice que no había pensado salir esa noche. Mandy lo escucha y se le encoge el corazón. Danny se voltea y le da un manotazo, vamos, hombre, es tu cumpleaños, qué más regalo que la compañía de estas tres bellezas. Todos ríen, hasta Phillip. La cita ha sido acordada.

*****

Es la 1 a.m. y la tibia noche, las risas y el alcohol han hecho que vuele el tiempo. Están en el Heaven's Pub y han conseguido una de las mejores mesas, justo al lado del muelle, con vista a la bahía.

La luna se asoma a ratos entre el entramado de nubes que permite prever que aquel inesperado clima cálido es antesala de lluvia.

Pero mientras tanto, la neblina que comienza a asomar por el muelle es apenas la materialización de la magia de aquella noche. Se han divertido más de lo que esperaban. Hasta Phillip ha hecho chistes, se ha quitado la chaqueta de tweed y se ha arremangado la camisa para acompañar sus bromas con mímica. Mandy está fascinada, lo ve y cree soñar. De pronto la despierta, bajo la mesa, el roce de una mano sobre la suya. Se sobresalta y la aparta. Phillip la mira fijamente y vuelve a intentar tomarle la mano, ella vuelve a apartarla y lo ve con un gesto de espanto. Se excusa y se levanta de la mesa. Kim y Danny ni siquiera la ven, están absortos en su propio idilio platónico, en el imaginario heroico del supuesto amor no correspondido.

Phillip se levanta tras Mandy, la sigue, la toma del brazo y la ve con un gesto suplicante. Te quiero, le dice, y trata de besarla. Mandy se aparta sin saber por qué, tiene un millón de lágrimas atoradas en la garganta y no entiende de dónde ni por qué han salido.

Phillip también está al borde del llanto. Te quiero, le repite. Te quiero, y no sé cómo hacer esto. Yo tampoco, le contesta ella, con la voz quebrada: ya me había resignado a quererte de lejos.

20150809

El silencio





Aquí nadie me cree, pero él era real. Era un caballero, de esos que describen en las novelas clásicas, de los que luchan por el corazón de una mujer, de los que te abren puertas, te acercan la silla, te preparan el café y los desayunos de domingo.

Sus ojos eran una fuente de paz. No importaba el mal día, los veía y olvidaba todo. Sus brazos, su pecho, su barbilla sobre mi cabeza mientras nos fundíamos en abrazos eternos, se habrían convertido en mi salvación en medio de la más severa de las depresiones.

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Habré tenido 8 años la primera vez que pensé en el suicidio. Fue justo después de que aquel vecino se sobrepasara conmigo de una manera que no logré entender, y que mi mente tuvo a bien cubrir con un manto nuboso que ni con la hipnosis ha sido posible develar. Recuerdo la boca de ese adulto sobre la mía, sus manos sobre mi cuerpecito, y lo su voz áspera repitiendo "no le digás a nadie", mientras me llevaba en brazos a su casa. No recuerdo más, y tampoco quiero.

Desde entonces fue una montaña rusa de buenas y malas épocas. Abandonos, pérdidas y todos los retos de ser parte de una familia desintegrada y pobre. Cuando tuve edad de trabajar me fui de aquella casa en la que me habían hecho sentir menos que nada, en la que siempre se me exigió y en la que todo lo que di nunca fue suficiente.

Me enamoré por primera vez justo en esa época. Aquel compañero de la universidad era un revolucionario encantador, de discurso fluido, de palabras convincentes. Dijo que yo era una "burguesita" a la que él terminaría de enderezar. Su concepto de amor me sumió en la segunda gran depresión de mi vida, y en la primera hospitalización por abuso de pastillas.

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Había cumplido ya 30 años y un par de cicatrices en las muñecas, era paciente frecuente de la unidad siquiátrica del hospital local y luchaba por mantenerme fuera de la reclusión, que ya más de alguno de los médicos del sistema público había indicado.

Por primera vez tenía un trabajo que me entusiasmaba. Había logrado colocarme como escritora de cuentos en una publicación de alcance nacional, después de ganar un concurso promovido entre jóvenes plumas. Mis textos, firmados con un seudónimo, salían en el suplemento dominical y eran para mí el lienzo en blanco en el que plasmaba la vida que habría querido tener. Entre semana ayudaba a corregir piezas de otros escritores y a hacer trabajo de archivo.

En esa época lo conocí. Él, poeta, no era visitante asiduo a los lugares en los que el círculo literario e intelectual solía congregarse. Yo, totalmente anónima en el medio, sólo había asistido a un par de actividades del Ministerio de Cultura para recibir segundos o terceros lugares en los concursos a los que participaba casi compulsivamente, más por la necesidad económica de ganar algo que por convicción.

En una de estas premiaciones fue él uno de los jueces y habló sobre mi cuento, que había ganado el tercer lugar, con una fascinación y un deleite que me parecían totalmente desconocidos. Hundida en mi silla me ruboricé a niveles inimaginables, y cuando finalmente él pidió que la autora de aquella pieza pasara al frente a recibir el diploma y el aplauso del público, no pude moverme de mi lugar.

Estaba cautivada por aquel hombre. Debo reconocer que el encanto de sus ojos me capturó desde el primer momento, pero fue cuando comenzó a hablar, cuando las palabras comenzaron a fluir de sus labios, que llegué al punto sin retorno. Siempre me he enamorado de las palabras bellas, es como una maldición.

Esperé mucho después de que el acto terminara para finalmente acercarme a la promotora del Ministerio de Cultura para recoger mi cheque y, bueno, el diploma. Caminaba hacia la salida cuando él se me acercó y me cortó el paso.

—La escritora misteriosa.

Me quedé, de nuevo, petrificada. Incapaz de moverme o hablar, fascinada por aquel hombre alto y guapo, inteligente y sereno, apenas esbocé un mal intento de sonrisa.

—Veo que no se va a quedar al coctel. Yo tampoco. ¿Nos vamos juntos al estacionamiento?

—No...

—¿No? Es tarde, no es tan recomendable que vaya sola...

—No, quiero decir, es que no vengo en auto. Voy a tomar el autobús.

—Faltaba más. Venga.

Ese "venga" fue, finalmente, la cábala que dio pie a nuestra historia. Me tomó del brazo y me llevó hasta su auto, un Volkswagen escarabajo muy a tono con su personalidad sencilla y despreocupada. Se ofreció a llevarme a casa. En el camino me sacó a cucharadas mi nombre, a lo que me dedicaba, y tuvo a bien contarme lo que él hacía, dónde vivía, me habló de su madre, de sus mascotas, del pueblo donde vivía su familia y donde ansiaba vivir cuando por fin se retirara.

Me invitó a tomar un café al día siguiente y yo accedí. La tercera cita para tomar café la concertamos, por fin, en mi apartamento, que era pequeño y con escasos muebles, pero que tenía una vista envidiable de los atardeceres. Y fue así, viendo el atardecer, que me besó por primera vez.

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No recuerdo una época más feliz en mi vida. Aquel apartamentito se llenó de amor, de luz, de caricias, de olor a café y a pasta recién hecha, de sus libros y sus escritos, de las notas de su guitarra y de las melodías que me cantaba.

Los meses pasaban volando mientras soñábamos juntos con viajes, con aventuras, con proyectos imposibles para mejorar el mundo, con huir de todo y de todos. No había ya un tiempo suyo y uno mío, era nuestro tiempo, nuestras horas, la vida misma fundida en abrazos y besos, en nuestros cuerpos aferrados entre sí, en las pláticas en la madrugada, en las promesas de media noche, en las lágrimas de felicidad y de miedo...

Y entonces pasó. La carta me la mandó una prima lejana que me reclamaba nunca haberme preocupado por mi mamá, que me criticaba por haberme creído siempre superior al resto de la familia, que me echaba en cara los gastos que habían tenido por la hospitalización y, solo después de todo eso, me informaba que mi madre había muerto después de sufrir tres infartos y una dolorosa agonía.

No pude salir de casa ese día. Me quedé sentada junto a la ventana esperando a que Felipe llegara para contarle todo, para soltar el caudal de lágrimas que me estaban ahogando, para abandonarme al dolor y gritar todas las angustias pasadas, presentes y futuras, porque solo me sentía capaz de hacerlo con él.

Pasaron las horas, se convirtieron los días, y la espera pasó a ser angustia. Lo busqué en su trabajo, con sus amigos, traté de contactar a su familia, pero nadie sabía sobre él. Cuando fui a denunciar su desaparición, la agente policial que me atendió me dijo con aburrimiento que de seguro cuando se le pasara el enojo volvería conmigo. De muy mala gana accedió a tomarme el reporte. La investigación, si es que se dio, nunca tuvo resultados, porque mi Felipe seguía sin aparecer.

Me volví visitante asidua de hospitales y morgues, repartía fotos en noticieros y periódicos, hice volantes y los repartía en los parques. Las fuerzas me flaquearon y un día, varios meses después de la desaparición de Felipe, me tomé un frasco entero de pastillas para dormir.

Desperté en el hospital, amarrada a la camilla. "Esta vez te vas a quedar, hasta mucho te habías tardado", me dijo el enfermero. Efectivamente, habían pasado ya tres años desde mi último intento de suicidio. Esta vez, sin nadie que llegara a responder por mí, habían ordenado mi internamiento en la Unidad Siquiátrica.

Los compañeros de la revista llegaron a visitarme un par de veces. La última vez me comunicaron "con mucha pena" que el editor había decidido rescindir mi contrato porque sería muy penoso que se enterara que escribía yo desde mis "circunstancias". Esa fue la última vez que los vi.

Me enfoqué en tratar de recuperarme, en convencer a los médicos que estaba bien y que podía salir. Hice todo lo que me pidieron, mentía durante las terapias y aprovechaba las catarsis grupales para invitar a los demás internos a seguir las indicaciones de nuestros médicos para lograr el avance que yo había conseguido. Mantenía una falsa sonrisa día y noche, y esperaba con ansias la reunión del comité que decidiría si me daban el alta.

El comité jamás llegó a discutir mi caso. Una semana antes de ello me encontraba leyendo algunos periódicos viejos y revistas de meses anteriores que una de las enfermeras me conseguía. En una de ellas, editada en España, vi a mi Felipe recibiendo un premio internacional de poesía, de la mano de una elegante dama que, según el pie de aquella fotografía, era su esposa, y tenía nombre de reina: Victoria de los Ángeles Ancalmo.

No recuerdo los detalles de mi crisis. Sí recuerdo el dolor, la dificultad para respirar y haber escuchado gritos. Pero no recuerdo haber corrido a la ventana, no recuerdo haber roto los vidrios con la cabeza y tampoco recuerdo haber golpeado a enfermeros que luchaban conmigo para evitar que saltara.

No pude guardar la revista. Acá nadie me cree que Felipe existió. Nadie recuerda a un poeta con ese nombre. Menos creen que un hombre de esas características haya podido alguna vez amar a una depresiva suicida violenta y peligrosa. Y aún más increíble es que ese hombre se me haya perdido para aparecer luego casado en España... Los médicos creen que es todo parte de mi neurosis, y que he llegado a estar tan mal que alucino e invento realidades alternas.

Hay días en los que se me van las fuerzas para llorar. Debe ser el medicamento. Hay medicamentos diseñados a obligarte a no estar triste. Creo que ahora estoy más allá de todo eso. Ahora, cuando ya solo me queda el silencio, tomé valor para escribir estas líneas. Quiero que se sepa que Felipe sí existió, que fue mío, que yo fui suya, que cuando estuvimos juntos el tiempo era nuestro, la vida misma, que en sus ojos hallaba paz y que sus brazos, su pecho y su barbilla sobre mi cabeza se habrían convertido en mi salvación en medio de la más severa de las depresiones.

20150518

El mausoleo

Por: Mariana Belloso




La escena era capaz de oprimir cualquier corazón: cuatro cuerpos se hundían, retorcidos de agonía, en lo que parecía ser un río, pero que me atrevería más a decir que era de lava, o de arenas movedizas, que de agua. El río manaba —¿o era absorbido?— por una pirámide cuya punta estaba en llamas vivas. De las cuatro víctimas veíamos los torsos y los brazos en alto, los rostros de dolor, el rictus de la angustia, menos en el caso de Ebeth, que permanecía impasible, y era el único que realmente parecía dejarse llevar por las aguas de alguna corriente plácida.

Los pobladores temían a ese monumento al horror. No se acercaban. Los demás sepulcros pululaban como un desordenado dominó alrededor del mausoleo principal, pero ninguno estaba a menos de diez metros de distancia de este. La pulcritud del monumento contrastaba con este aislamiento. Se erguía pulido y limpio, y en los atardeceres cercanos al solsticio de verano reflejaba el sol sangrante con una luz que aumentaba el espanto representado en el mineral labrado.

Recorrí el pueblo el primer día. Aquel amasijo de casas de lodo y varas de madera no era muy grande, pero la dificultad del terreno y el sol, aquel sol que parecía filtrado por una lupa en este árido punto, hacía que cada paso costara el triple que en otro paraje menos hostil. El recorrido fue prácticamente en vano, no encontré respuestas.

La historia me la repetían una y otra vez. Ebeth, el sabio, había vendido el alma al diablo, pero no sabían por qué. Riqueza siempre tuvo, y las ruinas de su palacete de roca en las afueras del poblado eran el testigo mudo de esa parte de la leyenda. Tampoco le faltaba amor, con una esposa, varias concubinas y un puñado de hijos de los que, sin embargo, nadie logró darme cuenta. Fue como si se los hubiera tragado la tierra después de la muerte del sabio.

No logré que me dieran pistas de los tres acompañantes de Ebeth en la efigie de roca de su enigmático mausoleo. Ninguna mención de quién o quiénes lo erigieron —los más ancianos me juraron que apareció de la nada—, ni si los restos de los personajes de las estatuas realmente estaban allí. Simplemente lo asumían.  

Yo estaba seguro  de la identidad de una de las figuras, la que representaba al más viejo: era mi abuelo, tal y como aparecía en el último daguerrotipo que se había tomado, con sus ropas de explorador, a finales del siglo XIX. De hecho, mi parecido físico con la escultura despertó la desconfianza entre los pobladores más antiguos con los que logré hablar. ¿Qué tiene que ver este inglés de bigote engominado con la figura que espanta por igual a niños y a adultos desde el centro del pueblo mismo? Yo tampoco tenía respuestas para ellos.

Tras una semana de preguntar y repreguntar, volví a mi única brújula en aquella búsqueda yerma: el diario de viajes de mi abuelo. Al menos, el último que escribió antes de salir hasta estas tierras. Lo teníamos nada más por la suerte de que se terminaran las páginas antes de este viaje en particular, para lo cual debió llevar uno nuevo. "Estamos preparados para una última exploración con un conocedor del terreno en particular. Los lugareños le llaman sabio y le tienen un respeto que raya con el temor. Williams y Mayhew coinciden conmigo en que esta vez encontraremos la pirámide. Esperamos contratar trabajadores del área y luego regresar con las pruebas. Eso nos facilitará conseguir fondos para continuar. 9 de junio de 1892".

No hubo más. Sin una orden del gobierno local —imposible de conseguir— no había forma de buscar los restos de mi abuelo en el antiguo cementerio. Nadie se dio por enterado de alguna pirámide cercana a ese rincón desértico. Nadie corroboró que se hubiera contratado a poblador alguno para la expedición. No había registros de la llegada de extranjeros. Nada.

La última noche me dirigí de nuevo al cementerio para despedirme de aquel espantoso montón de piedras en el que alguien —¿o algo— había esculpido el rostro exacto de mi abuelo, con una precisión que horrorizaba. Llegué a pensar que había sido petrificado en vida, con un gesto de terror o sufrimiento que a la fecha no logro olvidar. Me despedí con las primeras luces del día y me dirigí al desierto, ese que, con sus dunas y su silencio sepulcral, será quizá el único que supo lo que en realidad pasó aquel día.

20150504

La fortaleza


Heme aquí, la reina indiscutible del imperio del deseo no satisfecho. Me harté de pelear hace ya demasiado tiempo y me construí una fortaleza cómoda en medio del desierto. Acá paso los días regodeándome en lo que se hizo, lo que no se hizo y lo que queda por hacer.
A veces tengo visitas furtivas. Rostros amables que no reconozco porque en el pasado fueron miradas hostiles y huidizas. ¿Se vuelve uno atractivo cuando decide vivir solo? ¿Por qué atrae esa singularidad? Mientras más quiero alejarme, más me buscan. Ya no quiero ser encontrada.
También viene, de cuando en cuando, la paloma de los designios. Es terca, insiste en que podremos, en un futuro indeterminado, conjugar sus arrebatadas visiones con mis pétreos planes. La dejo hablar y convencerse a sí misma de lo que yo jamás aceptaré. Así es ella feliz.
A los que no tolero ya es a los coyotes. Con demasiada frecuencia aparecen y me recuerdan, con sus aullidos, los trozos de carne que me arrancaron uno a uno en los días en los que aún me guiaba por la ingenuidad. Escuchar sus pasos, su respiración, sus gruñidos, me transporta irremediablemente al momento del ataque, de la traición. Varios de ellos se mostraron en algún momento amigables conmigo, amorosos, dóciles. Otros fingieron necesitarme. El resto simplemente pudo acercárseme porque me simpatizaron. Me costó mucha piel entender que no podía confiar en ninguno, que el final sería siempre el mismo, sin importar la trama intermedia.

Esta noche es diferente, tengo una cita con la luna. Es la única que, lejana y hermosa, me recuerda que aún estoy viva, que no me he vuelto piedra mimetizándome con las paredes de mi frío refugio. Hablar con ella me hace hervir la sangre de un modo delicioso que me recuerda a los calores de la juventud. Esta noche la dejaré cantarme, la escucharé en silencio, hasta quedarme dormida.  

20150213

Expiación


Aquel había sido un día particularmente extenuante. Tomó sus pastillas y luego de algún tiempo se durmió. Pronto comenzó a soñar. Soñaba con una casita de madera y un portón, con una mecedora y una hamaca. Con un vestido de algodón, aquel vestido blanco de florecitas amarillas y con su olor a limpio, a jabón de pacunes y a Heno de Pravia. Lloró y las lágrimas rodaron desde sus ojos cerrados hasta sus orejas, pero no pudo despertar.

En el sueño buscaba su mano, después de cuatro o cinco intentos logró tomarla, y la llevó hasta la hamaca. Se sentaron a la par. Le apretó la cintura y hundió la nariz en su pelo, en aquella maraña de colochos descuidados, negros, brillantes, y sintió el olor del amor joven. La apretó más y más, hasta que ella, agobiada, lo apartó muerta de risa.

—¿Qué te pasa, loquito?
—No, no, dejame agarrarte, por favor, no te vayás.
Aquella criatura aún con alma infantil tomó el ruego más como un reto o una invitación a jugar, que como una petición seria, y riendo aún más se levantó y comenzó a huir de él.
—¡No! Por  favor, por favor, vení, dejame besarte, por favor.

Las lágrimas le rodaban por las mejillas, en el sueño y en la realidad. La criatura que corría paró de pronto, asustada por aquel a arranque sentimental.

—¿Qué te pasa, mi vida? ¿Qué te pasa? ¿Quién te hizo algo?
—No entendés, amor, no entendés, vení, he querido abrazarte desde hace tanto, dejame besarte, por favor, dejame besarte.

Ella seguía extrañada pero se dejó besar, abrazar, acariciar... lo tomó de la mano de nuevo y lo llevó adentro. Lo acostó en la cama de pita, siguió besándolo, acariciándole el pelo, rascándole la cabeza suavecito, diciéndole en el oído ya calmate loquito, a saber qué te pasó pero ya, ya estoy aquí con vos, dejá de llorar que me partís el alma, dame esa boquita, tranquilo, no tengás miedo de nada, y él, él se asía a aquel cuerpo juvenil como si no hubiera nada más allá, como si el vacío lo jalara, y la besaba y quería explicarle, lloraba y le pedía perdón, la penetraba y lloraba más, sentía en sus entrañas el calor que había conocido hace décadas, y le parecía irreal, imposible, efímero...

Quedaron acostados apenas uno junto al otro, en la estrecha cama de pita. Ella le pasaba los dedos por el pecho, jugando con su piel, con sus vellos, en la ingenua felicidad de quien se sabe con la vida por delante.

—No entendés, no entendés, perdoname, te juro que no quise que nada fuera así de mal, te lo juro. Te prometo que voy a aprovechar el tiempo, que voy a estar aquí, vos vas a ser lo más importante, no, vos sos ya lo más importante. Bien sabés que te amo, te he amado desde que te reíste conmigo la primera vez, y te voy a amar para siempre, creéme, te voy a amar para siempre, no logro olvidarte, no quiero, no quiero, vení.

Ella lo veía extrañada, sin entender nada, y redobló entonces los mimos en un intento por consolarlo, como cuando se calma a un niño asustado. Él luchaba por explicarle, porque tratar de expiar en esos segundos una vida de arrepentimientos, por querer rescatar en ese instante todos los años desperdiciados, pero no pudo. Finalmente sucumbió al deleite de los sentidos y se durmió junto a ella, aún llorando.


Las lágrimas caían desde sus ojos cerrados hasta sus orejas, y el agua en los oídos terminó por incomodarlo. Despertó de súbito y se secó con la manga. Buscó en vano a la novia veinteañera, a la casa de pueblo, a la cama de pita. No estaban más. Solo quedaba el doloroso vacío, el recuerdo, y el amargo espacio libre que no alcanzaba nunca a ocupar en su solitaria cama de viudo.

20150209

Repeticiones





El pasillo oscuro de la estructura abandonada no deja espacio para caminar a la par. Sus pasos y los de él intercambian ecos, unos tras de los otros en aquel espacio mínimo. Ella no quiere abrir los ojos y se guía por el oído: sigue el ritmo de su respiración y finalmente busca su boca. Un beso frío, cerrado, sin olor ni sabor. Él se aparta y las manos de Adalli ya solo tocan la pared, también fría.

Abre los ojos y busca de nuevo a  Olen. Una silueta que huye de prisa hacia la luz de una torre lejana. Su primer impulso es, una vez más, seguirlo. Pero esta vez se detiene. Esta vez, solo esta vez, no corre tras él. Llevan huyendo juntos ya, ¿cinco años? Y permanecer juntos es lo que les ha permitido sobrevivir. A Adalli la taladra la idea de que el instinto de supervivencia sustituyó, hace mucho, al amor. Ya antes se han despedido, ya antes han vuelto, ¿pero por qué? Para seguir viviendo, seguro, aquella vida que ya no sabía igual. Esta vez no será ella la que intente rescatar la alianza. Algo en ese beso le dice que es el último, y dedica esos segundos a tratar de grabar el sabor de esa boca adorada, antes de que desaparezca.

Aún puede verlo, alto y encorvado, caminando hacia la luz, pero ya llora su ausencia. Le duele su soledad recién asumida. Se da pena a sí misma allí, apoyada en el sucio muro. Lo ve y le sube un ardor por los brazos, la invade un dolor en el pecho, una pesadez en las sienes. Se va y no lo va a parar. Se va. Se le va.

De pronto le enoja la certeza de que aquello pudo haber pasado mucho antes. Reconstruye, en una docena de déjà vus, las veces que Olen intentó dejarla. Si nuca lo hubiera detenido hace tiempo que serían historia. De haber logrado sobrevivir separados, ya habría pasado el luto de sus ausencia, quizá se habría encariñado menos, ya no sentiría este espantoso dolor.

Trata de dejar de llorar y solo logra ahogar un adiós. Le duele la garganta también. Tiene las manos frías y suelta pequeños gemidos mientras lo ve por última vez. Debe buscar ahora refugio. Hay pocos lugares en este mundo para los desertores.
...

Aún está llorando al despertar. La pesadilla recurrente es igual de dolorosa que la escena que la originó. Trata de incorporarse para respirar, pero no puede. La cápsula del sanatorio es apenas lo suficientemente grande para permanecer acostada. Recuerda dónde está y todo lo que ha pasado, y la doblega comprobar que, pese al tiempo transcurrido, él sigue allí, doliendo. Haga lo que haga no logra hacer que se vaya, no se va, no se le va. 

20150203

Q Lazzarus y sus caballos

"Goodbye horses" es, como bien dijo Flor cuando definíamos la canción de esta semana, un "one-hit wonder", un éxito de la cantante estadounidense Q Lazzarus, que lastimosamente no se repitió en ninguna de sus otras obras.
También es una de esas canciones que uno no sabe que ha escuchado... hasta que la escucha sabiendo cuál es.
¿Una pista? ¿Recuerdan la imagen de Buffalo Bill bailando frente al espejo en "El silencio de los inocentes"?


Pues esa es la canción que baila mientras está travestido y lanza su frase de culto: "Would you fuck me? I'd fuck ... I'd fuck me so hard".
Muy aparte de esta escena en particular que hizo famosa a la canción en 1991, la rolita fue lanzada en 1988, y es un deleite para los sentidos.
La letra de la canción es enigmática y triste. La musicalización es muy rica, el bajo tiene mucho del toque ochentero que usaron grupos como Duran Duran y The Cure, pero con una composición que la hace única.
Los invitamos a escuchar desde ya esta excelente canción —les recomiendo la versión extendida—, y a esperar los relatos que publicaremos las Non Girly Blue inspiradas en ella.



Pro tip: Si usted es amante de los juegos de video, recordará también esta canción como parte del soundtrack de Grand Theft Auto IV.


20140427

Ecos de antes rebotando en la quietud


¿Cuántas veces hemos estado en lugares por primera vez, pero que nos resultan extrañamente familiares? ¿Cuántos nos hemos visto en medio de escenas que reconocemos de algún recuerdo imposible, de un sueño? Olores, sabores, colores, imágenes, reflejos de lo nunca antes vivido y, aún así, aparentemente, ya visto.
Los franceses le llaman "déjà vu", "ya visto", a este tipo de experiencias. Y este término es también el título de la canción en la que nos inspiraremos para escribir esta semana.

"Déjà vu", una de las más bellas canciones del álbum "Fuerza natural", del genio Gustavo Cerati, alborota nuestra imaginación y dará lugar a los relatos que publicamos desde hoy. Esperamos que los disfruten.  

20140328

Promesas

Relato inspirado en Promises, de Fugazi





Entró con cuidado, para no hacer mucho ruido. Las miradas se fijaron en ella. Seis jóvenes, casi niños, con el miedo flotando entre las cejas. Caminó en el pasillo frente a ellos y se sentó al fondo, con las otras chicas, casi niñas también, que habían llegado para "la despedida" del grupo.

Ahora está allí, esperando. Una a una, las meretrices son escogidas por los niños-cadetes y se retiran a sus respectivos privados, autorizados especialmente para la ocasión. Assenne queda última, revisa el galpón con la vista y sus ojos se detienen en las pupilas dilatadas de un veinteañero moreno, encorvado sobre su litera, y que la mira con tristeza.

Assenne se estremece por dentro. El cadete es grande, muy grande, parece ser fuerte y no tiene el miedo a flor de piel que caracteriza a otros antes de la primera misión. Corta edad y miedo eran dos ventajas que esperaba tener para esta, la que había decidido sería su última encomienda. Olen es todo lo contrario a lo que ella había esperado encontrar.

Él, sentado, la observa con sorpresa y tristeza. Esta chica que le ha tocado en suerte parece una mala broma. "Es casi idéntica", piensa, y decide retirarle la vista.

Pero Assenne está decidida y no ha llegado hasta allí, hasta ese día específico en su vida, hasta esa noche, para no hacer nada. Se levanta y le ofrece su mano a Olen. "Deberíamos comenzar, pronto se terminará el tiempo y sonará la sirena", le dice, con la voz más dulce que logra fingir.

Olen no contesta. Baja la mirada y se lleva una mano al rostro. "¿Te importa si solo fingimos que hemos terminado con esto? Puedes escanear mi CR para que pruebes que has cumplido", le dice. Assenne está sorprendida, nunca le había pasado antes. Estos cadetes, llevados al extremo en sus entrenamientos previos a las misiones, eran bombas de hormonas que solo lograban descargarse la noche antes de la partida.

De pie, estupefacta, lo observa.

—¿Tienes miedo?

—¿Eh?

—Miedo, a morir.

—No. No... no estés allí de pie, por favor, siéntate.

—¿Qué es, entonces?­

—Olen, soy Olen Ref.

­—Assenne.

—Assenne. No es miedo a la muerte, Assenne. No. Supongo que tú puedes entenderlo. ¿Te gusta la vida que llevas?

Ella lo observa sorprendida. Mueve la cabeza hacia los lados, incapaz de pronunciar el "no" con la boca.

—A mí tampoco. Verás, yo no quería enlistarme. Mi padre murió en la batalla de 2134 y a mis hermanos y a mí se nos asignó el rol siendo aún pequeños... no sé, he escuchado con ustedes es igual.

Assenne asiente con un nuevo gesto de su cabeza.

—El punto es que no temo a la muerte. La muerte, en mis circunstancias, sería una consecuencia lógica, una pérdida previsible, y para mí, una liberación. Sabes que los Ahdalls se han vuelto más fuertes, tienen armas nuevas y no tardarán en sitiar esta ciudad. El bosque ya no es seguro tampoco, he escuchado que comienzan a poner bombas y nadie se lo explica porque no son detectados por los módulos de vigilancia...

Lo escucha en silencio, fascinada. También ha soñado con tomar las armas y pelear esa guerra que van perdiendo, que la dejó huérfana y la convirtió en lo que ahora es. Esa guerra que los había vuelto una sociedad automatizada y en las que la vida valía cada vez menos. Esa guerra en la que no le importaría morir.

—... y es ahora, justo ahora que salgo a mi primera misión, que me doy cuenta de que no es esto lo que quiero. De pronto me doy cuenta de que quiero vivir.

Olen se voltea y la mira fijo a los ojos. Le explica que hay una cadete muy parecida a ella. Son los mismos ojos, le dice, la nariz, sólo las distingue el hecho de que tienen diferentes complexiones físicas. Él ha quedado prendado de los ojos de la cadete desde que la conoció, le dice. Le explica que siente no merecerla, que se siente un cobarde porque ella le ha propuesto muchas veces escapar y él no ha tenido el valor para someterla a semejante riesgo. Que ella tiene todo un plan de escape que incluye arrancarse los chips de roles con cuchillos, de modo que no puedan rastrearlos, que ella le ha prometido que no importa si viven poco, que ese poco tiempo compensaría toda una vida de conformidad si no lo hacen. Ahora se irá a su primera misión mientras ella aún está en entrenamiento, y posiblemente muera y nunca logre cumplirle su deseo de escaparse juntos a las aldeas de las montañas occidentales y vivir allí marginados, pobres y felices. Quizá merezca morir, le dice, como un pobre infeliz que simplemente tiene demasiado miedo de perderla.

—Desertar, quieren desertar.

—¡Cállate! No sé por qué te he dicho todo esto. Por favor, por favor sal ya.

Olen se arremanga el uniforme para dejar su chip de rol a la vista, de modo que ella pueda escanearlo e irse. A Assenne se le ilumina el rostro, lo toma del brazo desnudo y le pide que salgan juntos hasta las barracas de las mujeres. Le explica con prisas un plan disparatado que lo termina de asustar, pero aún así la sigue y salen juntos, entre las sombras, con los corazones acelerados, hacia la sección de mujeres del campamento.


---


Por la mañana suenan las alarmas. Falta un cadete. Presumen que se ha fugado con una de las meretrices que ha llegado la noche anterior. No salen a buscarlos porque es momento de preparar el lanzamiento de las unidades que deben ir a misión.

En las barracas de mujeres todas están alistándose para una nueva jornada de entrenamiento. Entre las cadetes-niñas que se alistan, solo una lo hace con una sonrisa amplia. Se ajusta un vendaje en el antebrazo con el CR recién cambiado, y se pone la chaqueta con su nombre, su nuevo nombre: Adalli Sekhian.

20140225

La marcha



Relato inspirado en "Con nombre de guerra", de Héroes del Silencio.



Assenne se ve en el espejo. Decide cambiar su cabello de rojo a azul y oprime para el ello el botón respectivo de su control capilar. También cree que quiere llevarlo un poco más corto hoy. Otro botón, y listo.

El microvestido sería lo mejor para la visita de hoy. "Cadetes", recuerda. Suspira resignada y opta por un mono de pantalones, para facilitar el camino hasta la base.

Vive fuera de la ciudad, lo que le dificulta las visitas a los clientes en la metrópoli, pero no a los de la base. Su chip de roles no tiene permiso para abordar los trenes ultrarápidos, pero sí cuenta con privilegios para los transportes de campo. La base, sin embargo, queda a un par de kilómetros de su casa y esta vez se le antoja ir caminando.

A los primeros metros andando recuerda por qué no le gusta caminar: se encuentra sola consigo misma y entonces comienza a pensar. Detesta hacerlo, siempre lo ha evitado con todo recurso disponible: sicoestimulantes, música, lectura de historias sobre vidas ajenas. Enciende su audífono y espera que las notas estridentes le ayuden a enajenarse de sus recuerdos.

Es en vano. Se ve a sí misma nuevamente como la infante 2987 del orfanato. Recuerda su escape a los 12 años, su paso por las capillas de reorientación y su final asignación como meretriz cuando recién cumplía 15. "No llores", le había dicho la oficial que la llevó a la implantación del chip de roles. "Todos somos importantes, hagamos lo que hagamos. Vas a ayudar a la pacificación con tu trabajo, a eliminar tensiones que podrían convertirse luego en violencia".

Ella había soñado con ayudar a la pacificación, pero no de esa manera. Ir a las bases le gustaba. En su niñez había visto a las cadetes sin poder evitar fantasear con convertirse en una de ellas, con viajar en el tiempo y evitar aquel ataque al sector noreste de la ciudad que la dejó huérfana, medio sorda, con dificultades para mover un brazo y una cicatriz en el rostro, que le borraron poco antes de su asignación de rol.

Ahora iba a la base. Le habían encomendado a miembros nuevos de la tropa. Tendrían misión en un par de días y el gobierno les había aprobado un pase verde para esa noche.  Entró despacio, llegó antes que las demás mujeres asignadas a la unidad y saludó a un par de oficiales que ya conocía.

Había pensado ya en huir. Había considerado escapar. Hasta se le había ocurrido enojar a alguno de aquellos oficiales para que un golpe de láser acabara con aquella vida que otros habían escogido para ella.

Pero ese día sonríe, avanza sin prisas al galpón donde la esperan los cadetes. Sabe que esa será su última asignación. Ya ha calculado que la inexperiencia y los nervios de estos jóvenes serán factores a su favor.  Entra y saluda. "De una forma u otra, esto termina hoy", piensa, y cierra la puerta.

20140204

Escape




El último disparo recibido le había dejado una de las alas dañada. Su vuelo era oscilante y apenas lograba mantener la dirección, mientras trataba de no reducir velocidad. Seis naves más lo perseguían y Sekhian sabía que no habría capturas en esa misión.

Sobrevoló la última cordillera y pudo divisar el bosque. A esa hora, en la oscuridad densa, la ciudad se perfilaba en la lejanía como una luz tenue, como la que había escuchado que veían los moribundos. Calculó las distancias, el tiempo que le tomaría, y se decidió. Envolvió la cápsula en su chaqueta y la apretó contra su pecho, activó el piloto automático, suspiró, y activó el mecanismo de eyección.

La obscuridad, a la que tanto temía, terminó siendo su aliada. La cuadrilla de perseguidores no notó cuando salió disparada de la nave para luego quedar en caída libre. Encender inmediatamente los propulsores habría sido alertarlos, así que aún esperó un poco, lo suficiente para dejar que los Ahdalls se alejaran, pero no demasiado como para no lograr evitar estrellarse.

A los Ahdalls no les tomó mucho tiempo alcanzar su nave. Como lo imaginó, dispararon al mismo tiempo y el destello de la explosión iluminó su descenso en medio de los árboles. Los propulsores lograron amortiguar su caída pero no la libraron del espeso follaje, en el que quedó atorada varios metros antes de tocar el suelo.  Usó todo su cuerpo para tratar de soltarse, menos los brazos, que mantenían presionada sobre su pecho la cápsula. Temía dejarla caer, perderla, que toda la misión fracasara por su desesperación, por el pánico profundo que sentía en ese momento, no debido al ataque, ni siquiera a la altura, sino a aquella obscuridad profunda y asfixiante que la envolvía como brea.

Finalmente logró liberarse y aún golpeó un par de ramas más antes de caer al suelo viscoso del bosque. Se levantó, encendió la linterna de su casco y comenzó a correr. "La cápsula, debo llevar la cápsula a la base", se repetía, mientras calculaba cuánto tiempo le duraría la batería del traje, de la que dependía la débil luz que ahora la guiaba.

Se detuvo un momento para orientarse. En la caída había calculado la dirección de la ciudad, y había terminado de precisársela la explosión de su nave, pero en ese bosque no podía permitirse errores. Se quitó un momento el casco y sintió el aire frío en el rostro. El viento le confirmó que iba bien, que no se había desorientado a pesar de la caída, se colocó de nuevo el casco y siguió corriendo.

La cápsula comenzó a emitir un sonido periódico y agudo: el aclimatador se quedaba sin energía y Sekhian no sabía cuánto tiempo más le quedaba. Orpher, el técnico especialista en fluidos, y quien había diseñado esa cápsula en específico, había muerto en las afueras de Hersthrel, al igual que el resto de integrantes de la misión. Sekhian, la piloto, era la única sobreviviente, y también la que menos sabía sobre la naturaleza de lo que transportaba, la utilidad que tendría o lo que pasaría si el aclimatador dejaba de funcionar. Solo sabía que el desenlace de la guerra podría estar en sus manos.

Agarró aún con más fuerza la cápsula y siguió corriendo. Pensaba en que le faltaría menos de una hora para salir del bosque cuando sintió que su pierna se hundía. Sus pupilas se dilataron y trató con todas sus fuerzas de salir del agujero, impulsándose con un brazo mientras aseguraba la cápsula con el otro. La explosión fue casi inmediata, sintió el estallido y cómo su cuerpo salía disparado del agujero.

Las aveonas eran trampas que los Ahdalls colocaban en sus territorios, pero nadie en Aluqah habría pensado siquiera que las habría en el bosque. Bombas de detonación vertical, aseguraban la muerta de quien cayera en unos de esos agujeros y no conociera su mecanismo.

Sekhian no supo cuánto tiempo pasó. La obscuridad era total. Lo primero que hizo fue tratar de tocar sus piernas. Le dolía todo el cuerpo, menos la pierna derecha, así que lo primero que pensó fue que la había perdido. No podía ver. Trató de incorporarse y confirmó que su pierna seguía allí, como una especie de peso muerto. Su traje no sería, no le daba lectura de signos vitales, y la luz del casco se había extinguido completamente. Se arrancó la armazón de metal y recordó la cápsula. La buscaba a tientas, arrastrando su cuerpo, con pánico. Trataba de guiarse por el sonido del aclimatador que se quedaba sin carga, pero el zumbido de sus oídos la confundía. Sacó su arma y comenzó a disparar para aprovechar la luz de cada descarga. Sabía que era una medida desesperada, si aquel era efectivamente territorio ganado por los Ahdalls, cualquier ruido los alertaría. Finalmente logró ver su chaqueta, se arrastró hacia ella pero la cápsula no estaba allí. Siguió disparando y logró divisar un bulto a algunos metros de distancia. La cápsula estaba intacta. No podía escuchar el indicador de la carga pero sí ver la pequeña luz que emitía.  Ese débil destello la reconfortó, pero el alivio duró poco al darse cuenta de que ya no podría pararse.

Continuó el camino a rastras por algún tiempo, hasta que el peso muerto de la pierna herida se volvió un ardor creciente que competía con el dolor que sentía en el resto del cuerpo. Trató de nuevo de pararse. Nada. Quería gritar, llorar, pedir auxilio. A esas alturas sabía que ser descubierta por los Ahdalls significaría el fracaso de la misión, que la cápsula nunca llegaría a Aluqah, que sus compañeros habrían muerto por nada y que todo lo que conocía pronto desaparecería a consecuencia de la guerra que ya perdían.

El pánico se apoderó de ella al ver una luz que se acercaba, y luego darse cuenta de que no era una, sino dos, tres, cuatro...  tomó la cápsula y la cubrió con su cuerpo. Se quedó en silencio, en la oscuridad, con su arma en la mano y la vista fija en aquellas luces, hasta que una se detuvo frente a ella y la cegó. Disparó pero falló. Sintió manos que la tomaban y la incorporaban y finalmente se sintió libre para gritar.

"¡Revísenla!", gritó una voz masculina. Sekhian abrió los ojos al reconocer, en su casi sordera, el idioma que comprendía. Logró distinguir los emblemas de la armada de Aluqah y respiró aliviada. "Teniente Adalli Sekhian, señor", dijo apenas, "traigo el W.I.N.E.". Soltó la cápsula y su último aliento. La misión había sido cumplida.

20140129

La comida


Texto inspirado en Metropolis, Owl City


Tomó la pequeña caja metálica y el trozo de mantel que llevaba a diario. Buscó el lugar más apartado y cómodo del jardín trasero, debajo de una palmera artificial que le servía como sombra. Extendió allí aquel trozo de tela corroída que, pese a ser usado a diario, siempre parecía curiosamente limpio.
Se sentó y sacó su comida. Sin prisa, comenzó a almorzar. Aquellos 20 minutos de pausa en la Corporación eran sagrados para ella, una especie de ritual.

Comía sola. El resto de obreros se acurrucaban junto al muro exterior de la sección C del edificio 3 de la Corporación, uno junto al otro, casi codo a codo, disputándose la sombra que proyectaba la estructura y la sensación de frescura que les proporcionaba el contacto con aquel muro gris.

A ella, la que comía sola, la miraban con desprecio o, en el mejor de los casos, con indiferencia. No era solo que comiera sola, que tuviera la desfachatez de preferir la grama artificial al piso del patio, como el resto, sino que además comía despacio, en un ritual religioso que abarcaba los 20 minutos de la pausa. 

Los demás, exhaustos, engullían la ración lo más rápido que podían, a modo de aprovechar el tiempo restante para cerrar los ojos y hacer un simulacro de siesta. Aquel muro parco se mimetizaba entonces con el gris de los trajes de aquellos seres agotados, inmóviles y silenciosos, hasta que la sirena avisaba que había finalizado la pausa.

Pero antes, mientras tragaban la ración la observaban, despreciándola por lo que interpretaban como un tonto afán de superioridad. Ella, tan obrera como el resto, tan de gris como el resto, comía sola, bajo un trozo de plástico que simulaba una palmera y, para colmo, se atrevía a no comer la ración como se debía.

Desde hacía un par de décadas el dinero había sido sustituido por una especie de sistema de intercambio trabajo-por-bienes. Se trabajaba para las corporaciones y se recibía el pago a través de una tarjeta que sólo servía para comprar lo que la corporación en cuestión producía. La gente, entonces, comenzó a intercambiar los productos y así aún había algo de variedad.

Pero en las ciudades de la periferia, como esta, sólo existía una gran corporación y no había modo de adquirir cosas que no fueran despachadas por la misma, dependiendo del puesto y salario que se tuviera.
Así, la comida se limitaba a la ración: una proteína sintética que asemejaba a lo que en otros tiempos debió ser la carne molida, grasa también sintética, papas y pan, que se cosechaban dentro de la sección B del edificio 1.

La gente mezclaba la carne con las papas en una especie de guiso, y lo comía frío en la pausa de la 1 de la tarde, alternando grandes cucharadas de ración con mordidas al pan.

Pero ella no comía eso. De lejos la veían sacar cada vez cosas diferentes: ese lunes era una torta de carne metida entre dos trozos de pan, y unas papas que había cortado muy finas y sofrito con cuidado. Comía despacio, saboreando cada bocado con la parsimonia de quien no tiene aún una jornada de 7 horas de trabajo que completar. Terminaba justo antes del toque de la sirena, doblaba su mantel y regresaba a su puesto.

Ese día, una mujer un poco mayor que ella no soportó más, y le gritó, a modo de reclamo: "¿Acaso no tienes miedo?".

"Miedo", pensó ella. En aquel sitio el miedo era el sentimiento común entre la gente que, conforme y desesperanzada, agradecía tener un trabajo en la corporación para poder comer y vestirse, tener derecho a la ración y a los trajes grises. Afuera, cientos de menos afortunados morían de hambre, mataban para robar raciones, o sucumbían producto de cualquier enfermedad cuyo tratamiento no pudieran costear.

Recordó entonces a sus padres, fallecidos un año atrás luego de contraer una fiebre. Ella había solicitado, en vano, que los atendieran en la Corporación, y luego hizo un pedido de medicinas como si fuesen para ella. Cuando el pedido fue aprobado, sus padres llevaban tres meses de muertos.

Era ya de noche y caminaba hacia su casa. "Miedo", seguía pensando. El miedo era el motor que hacía funcionar aquella maquinaria que en otros tiempos se hacía llamar sociedad. El monstruoso capitalismo que controlaba todo los había vuelto piezas iguales de un mismo aparato, los había vuelto individuos idénticos, al mejor estilo de la utopía comunista que alguna vez, cuando niña, escuchó relatar de boca de su padre. Solo que aquí nadie era feliz. Todos tenían miedo, por miedo se levantaban en la mañana, por miedo iban a trabajar, con miedo regresaban a sus casas y se encerraban durante la noche.

El miedo, por supuesto, era a la muerte. La marginalidad, la incapacidad de comprar medicinas o alimentos, la violencia que cada vez era más cotidiana, todo llevaba a lo mismo, a la muerte. Para ella, en cambio, esa inminencia de la muerte había sido una suerte de liberación. Desde que se había quedado sola veía todo de forma distinta, y más que miedo había llegado a una especie de aceptación. Por eso buscaba, a toda costa, que sus días no fueran idénticos. Por eso veía el cielo y disfrutaba el agua y llenaba sus pulmones del aire limpio que aún se respiraba bajo el domo de la Corporación.

Por eso se fascinaba ante la vista de algún pájaro, cada vez más raro en aquella remota Metrópolis. Por eso ponía su alma en cada cosa que hacía, desde limpiar su minúscula casa hasta atender su segmento de la línea de producción en la Corporación.

La muerte, la inminencia de la muerte, la había hecho feliz, por primera, vez, desde que era niña. Ese convencimiento de que la vida era algo sumamente frágil y efímero le ayudaba a disfrutar cada momento, cada minuto, y la motivaba a preparar cada noche su almuerzo para el día siguiente, con el primor de un condenado que alista su última comida.

Pensaba en todo eso y sonreía. Y así, sonriendo, continuó el camino a su casa. 

20140106

En pausa

Vio su reloj. Era tarde ya para salir al trabajo. Le dio un último sorbo a su café, tomó su teléfono, su bolso y se puso los tacones. En el ascensor que la llevaría al lobby de su edificio sintió de nuevo esa angustia que en los últimos días le había clavado un dolor inexplicable en el cuello, uno que ni su quiropráctico ni su siquiatra habían logrado aliviar.

Ese día le darían la respuesta a su gran propuesta. Había madurado esa idea por semanas y la había trabajado durante meses. Había dejado en ello su corazón, su —escaso— tiempo libre y muchas de sus horas de sueño, pero estaba convencida de que sería la respuesta a todos sus problemas. Durante los últimos cinco años había trabajado para esa gran empresa que de joven siempre le había fascinado, gracias a la que se había enamorado de su oficio, y en la que se habían formado y habían brillado muchos de los colegas que consideraba maestros, de los que esperaba aprender.

Pero la compañía hacía tiempos que vivía más de su prestigio que de su desempeño. La gente que ella admiraba se había ido largando, poco a poco, y pocos de los que quedaban contaban con su respeto.

"Esto será un antes y un después", se repetía, mientras trabajaba en su proyecto. Lo había cuidado como a un hijo, lo había mimado, arreglado, nutrido, como se hace con un vástago, con un fruto de las entrañas. ¿Acaso no lo era esta idea loca que la había convencido de que lograría finalmente el trabajo gratificante que había soñado siempre? Recordó todo el amor que había puesto en esta propuesta, y sonrío, aliviada. Nada que se haya hecho con tanto empeño puede quedarse sin ser.

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Salió de la oficina de su jefe con un gesto de serenidad que pocas veces habían visto sus compañeros. Se paró un momento después de cerrar la puerta, y sonrió. Siguió caminando hasta su escritorio. Cerró la computadora, tomó sus libros y los guardó en una caja. Salió sin despedirse, con pasos pausados, después de dejar su gafete con la recepcionista.

Sus compañeros la buscaron hasta pasadas dos semanas, pero no la encontraron ni en su casa, ni a través de su móvil. Apareció un mes después, a través de un post de FB, intencionadamente publicado con georeferencia: "Hola a todos. Me les perdí, sí, pero es que estaba en pausa. Estuve en pausa cinco años, pero ya retomé mi vida. - desde Barcelona".