Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20150602

La última gota



Relato inspirado en
I don't think about you anymore but I don't think about you any less de Hungry Ghosts




Eran las seis de la mañana y ya había desayunado un huevo tibio, una tostada con sardinas y tomado un vaso de leche. Preparó la taza y la apartó, dejándola junto a la ventana. Se levantó, lavó los platos y fue a regar los geranios. El jardín se marchitaba lentamente, cocinándose en su propia sopa de vapores hediondos. Lamentó tener que dejar morirse a los helechos y de dejar que las rosas aguantaran sed, pero eso iba a tener que dejar paso a otras cosas más importantes. Miró de nuevo esa selva que tenía encerrada entre barrotes de hierro y suspiró por todas esas plantas ahogadas buscando algo de frescura. Hacía calor, pero era ese vapor espeso y pegajoso del verano, no un simple subidón de temperatura. De todas formas, donde él vivía siempre había niebla y lluvia, algo de calor era un buen cambio.


Seis y treinta. Cerró la puerta del jardín, revisó que no quedara nada sucio en la mesa y se adelantó a darse un baño. Revolvió el jabón, tomó la esponja y se propuso quedar muy limpio. "Ojalá el jabón también me limpiara por dentro", se dijo. Salió de la tina y dejó un sendero líquido en el piso. Apenas terminó de vestirse, tomó una toalla y con cuidado secó el piso, hasta el último azulejo. "Alguien puede caerse aquí, pero... ¿Quién?", pensó. Satisfecho, terminó de arreglarse. Tomó el perfume y usó unas gotas en su cuello, detrás de la oreja y cerca de la solapa. Con la mayor suavidad posible, acomodó su pelo y lo dejó justo como quería. Se arregló la corbata, confirmó que tenía un pañuelo en la bolsa derecha, revisó el pliegue de cada pierna de su pantalón y vio sus pies con cuidado. No quería ponerse algún par de calcetines con hoyos. Lustró bien sus zapatos hasta dejarlos relucientes. Se los puso y se miró en el espejo. Estaba listo para el día.



Ocho y cuarenta. Había pasado leyendo un buen rato el libro de la semana anterior, sentado en la terraza. En esa misma terraza había recibido sorpresas, alegrías y malas noticias. La misma terraza de siempre, mustia y gris. Tomó un trapo y comenzó a limpiar las tablas de la entrada, viendo a la gente pasar. Lo miraban extrañados de verlo limpiar su casa, se olvidaban de su soledad y él suponía que no habría problema en que pensaran algo distinto a la realidad. Barrió el suelo polvoso y por último enderezó una canasta colgante que estaba torcida desde hace ya algunos días. Ya no quiso pensar en cuánto había vivido en ese lugar, así que tomó una bolsa y se fue a la calle de los vendedores.



Once y veinte. Probó dulces, saludó al panadero, encargó una flauta de pan por la que no volvió, compró un par de ciruelas y se sentó en el parque después de haber caminado mucho. Había un niño jugando con barcos de papel en una fuente, un perro saltando, niñeras con vestidos largos, abuelas cosiendo sentadas y quejándose de sus males, un vendedor de globos. Todo demasiado feliz, demasiado brillante. La luz del sol en todo su esplendor comenzaba a ahogarlo, a dejarlo aturtido, a sofocarlo. Ya se acercaba el mediodía y el calor estaba mucho más fuerte en el parque que en su casa. Por más que lo intentó, la imagen de su cara se dibujaba en su mente una y otra vez. Eran los árboles, las flores. todo. Eran las risas, los amantes en las bancas de madera vieja, los susurros. Primero fue el movimiento de las hojas, como el de su pelo castaño. Luego, alguien fumando un cigarrillo y tarareando... justo como ella lo hacía cuando lavaba los platos. Los sonidos también tenían la culpa: en las piedras redondas y lisas de la acera, sonaban zapatos como cuando salía ella a recibirlo. Comenzó a caminar de vuelta a casa.



Doce y cincuenta y tres. Sentado, comiendo sus ciruelas después del almuerzo, volvió a pensar en ella. Habían pasado tres años, cuatro meses, veintisiete días y catorce horas desde que se había ido. Había vivido en paz durante todo ese tiempo, sumido en su rutina, limpiando la casa, cocinando su comida y saliendo a la calle, leyendo sus libros. Los días le habían parecido siempre lánguidos y aburridos pero los llenaba con algo que hacer para mantenerse despierto y ocupado. Pero los últimos días no habían sido así, algo había pasado aquella última noche del Jueves, cuando soñó con ella. Soñó que le hablaba, que aclaraban todo el misterio de su partida y que veía sus ojos claros mirándolo, haciéndolo sentir tan desnudo como cuando nació, obligándolo a confesar todos sus miedos, sus vacíos y todo aquello que le hacía rumiar su recuerdo todos los días. Hablaron y hablaron. Cuando despertó, ya no quiso seguir con su rutina. Ya la cumplía por el hábito de lo cotidiano nada más, quería seguir viendo esos ojos. Fue entonces que, a media ciruela, volteó a ver la taza tentadora que había dejado lista tan temprano. Pensó en los borrachos y sus excusas para beberse sus angustias. Sonrió.



"Sí, talvez tenga que beber para olvidar". Y acarició la porcelana curva de su taza favorita.

20150209

Repeticiones





El pasillo oscuro de la estructura abandonada no deja espacio para caminar a la par. Sus pasos y los de él intercambian ecos, unos tras de los otros en aquel espacio mínimo. Ella no quiere abrir los ojos y se guía por el oído: sigue el ritmo de su respiración y finalmente busca su boca. Un beso frío, cerrado, sin olor ni sabor. Él se aparta y las manos de Adalli ya solo tocan la pared, también fría.

Abre los ojos y busca de nuevo a  Olen. Una silueta que huye de prisa hacia la luz de una torre lejana. Su primer impulso es, una vez más, seguirlo. Pero esta vez se detiene. Esta vez, solo esta vez, no corre tras él. Llevan huyendo juntos ya, ¿cinco años? Y permanecer juntos es lo que les ha permitido sobrevivir. A Adalli la taladra la idea de que el instinto de supervivencia sustituyó, hace mucho, al amor. Ya antes se han despedido, ya antes han vuelto, ¿pero por qué? Para seguir viviendo, seguro, aquella vida que ya no sabía igual. Esta vez no será ella la que intente rescatar la alianza. Algo en ese beso le dice que es el último, y dedica esos segundos a tratar de grabar el sabor de esa boca adorada, antes de que desaparezca.

Aún puede verlo, alto y encorvado, caminando hacia la luz, pero ya llora su ausencia. Le duele su soledad recién asumida. Se da pena a sí misma allí, apoyada en el sucio muro. Lo ve y le sube un ardor por los brazos, la invade un dolor en el pecho, una pesadez en las sienes. Se va y no lo va a parar. Se va. Se le va.

De pronto le enoja la certeza de que aquello pudo haber pasado mucho antes. Reconstruye, en una docena de déjà vus, las veces que Olen intentó dejarla. Si nuca lo hubiera detenido hace tiempo que serían historia. De haber logrado sobrevivir separados, ya habría pasado el luto de sus ausencia, quizá se habría encariñado menos, ya no sentiría este espantoso dolor.

Trata de dejar de llorar y solo logra ahogar un adiós. Le duele la garganta también. Tiene las manos frías y suelta pequeños gemidos mientras lo ve por última vez. Debe buscar ahora refugio. Hay pocos lugares en este mundo para los desertores.
...

Aún está llorando al despertar. La pesadilla recurrente es igual de dolorosa que la escena que la originó. Trata de incorporarse para respirar, pero no puede. La cápsula del sanatorio es apenas lo suficientemente grande para permanecer acostada. Recuerda dónde está y todo lo que ha pasado, y la doblega comprobar que, pese al tiempo transcurrido, él sigue allí, doliendo. Haga lo que haga no logra hacer que se vaya, no se va, no se le va.