Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20150211

Crisis

Texto basado en "Let's stay together" de Al Green.

Oda a un mal día.




Sabía que no saldría completa de aquella habitación, al menos intentaría salir de una sola pieza.

"Cerrá" - escuchó la voz del jefe - "sentate" - fue la siguiente orden.

Era difícil no ser autómata ante el enojo instalado en aquellos ojos, sabía que lo que discutirían es el trabajo atrasado, el trabajo poco creativo, el trabajo rutinario. Era difícil no obedecer. Era difícil conformarse. Le dolía la cabeza, no dijo nada, no escuchó sus pasos que dio desde la puerta hasta la inmensa mesa de cristal en medio de la sala. "Cristo, ampárame" logró pensar. Era lo único lógico y honesto que había pensado en todo el día.

Tener un mal día es lo más común. Lo que no es común es lo que sucedió a continuación. En sus manos traía una pequeña libreta amarilla, de esas genéricas para anotar ideas genéricas y para anotar, traía entre sus dedos un lapicero genérico. Se sentó.

No lograba escuchar lo que le decía el hombre, en su cabeza sonaba incesante la letra de la canción que la martillaba desde 48 horas atrás. Quería desesperadamente escapar.

Tomó su lapicero con la determinación necesaria para ignorar al hombre que la había citado para discutir su último texto. Jamás había trabajado de copy. Jamás lo haría de nuevo... con fuerza clavó el lapicero en su brazo izquierdo, acertando justo en la vena adecuada, a pesar del dolor y del grito del jefe, tuvo la buena voluntad de arrastrar la punta del arma, antes lapicero, y abrir de tajo el lugar por donde la vida se liberaría. Jamás estarían juntos, ella y sus textos. Jamás escucharía esa horrible canción de nuevo.

La sangre se esparció sobre el vidrio de la mesa... lo último que escuchó fue la voz de su jefe... "Vieja!".

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"Cerrá" - escuchó la voz del jefe - "sentate" - fue la siguiente orden.

20150209

Repeticiones





El pasillo oscuro de la estructura abandonada no deja espacio para caminar a la par. Sus pasos y los de él intercambian ecos, unos tras de los otros en aquel espacio mínimo. Ella no quiere abrir los ojos y se guía por el oído: sigue el ritmo de su respiración y finalmente busca su boca. Un beso frío, cerrado, sin olor ni sabor. Él se aparta y las manos de Adalli ya solo tocan la pared, también fría.

Abre los ojos y busca de nuevo a  Olen. Una silueta que huye de prisa hacia la luz de una torre lejana. Su primer impulso es, una vez más, seguirlo. Pero esta vez se detiene. Esta vez, solo esta vez, no corre tras él. Llevan huyendo juntos ya, ¿cinco años? Y permanecer juntos es lo que les ha permitido sobrevivir. A Adalli la taladra la idea de que el instinto de supervivencia sustituyó, hace mucho, al amor. Ya antes se han despedido, ya antes han vuelto, ¿pero por qué? Para seguir viviendo, seguro, aquella vida que ya no sabía igual. Esta vez no será ella la que intente rescatar la alianza. Algo en ese beso le dice que es el último, y dedica esos segundos a tratar de grabar el sabor de esa boca adorada, antes de que desaparezca.

Aún puede verlo, alto y encorvado, caminando hacia la luz, pero ya llora su ausencia. Le duele su soledad recién asumida. Se da pena a sí misma allí, apoyada en el sucio muro. Lo ve y le sube un ardor por los brazos, la invade un dolor en el pecho, una pesadez en las sienes. Se va y no lo va a parar. Se va. Se le va.

De pronto le enoja la certeza de que aquello pudo haber pasado mucho antes. Reconstruye, en una docena de déjà vus, las veces que Olen intentó dejarla. Si nuca lo hubiera detenido hace tiempo que serían historia. De haber logrado sobrevivir separados, ya habría pasado el luto de sus ausencia, quizá se habría encariñado menos, ya no sentiría este espantoso dolor.

Trata de dejar de llorar y solo logra ahogar un adiós. Le duele la garganta también. Tiene las manos frías y suelta pequeños gemidos mientras lo ve por última vez. Debe buscar ahora refugio. Hay pocos lugares en este mundo para los desertores.
...

Aún está llorando al despertar. La pesadilla recurrente es igual de dolorosa que la escena que la originó. Trata de incorporarse para respirar, pero no puede. La cápsula del sanatorio es apenas lo suficientemente grande para permanecer acostada. Recuerda dónde está y todo lo que ha pasado, y la doblega comprobar que, pese al tiempo transcurrido, él sigue allí, doliendo. Haga lo que haga no logra hacer que se vaya, no se va, no se le va. 

20140328

Promesas

Relato inspirado en Promises, de Fugazi





Entró con cuidado, para no hacer mucho ruido. Las miradas se fijaron en ella. Seis jóvenes, casi niños, con el miedo flotando entre las cejas. Caminó en el pasillo frente a ellos y se sentó al fondo, con las otras chicas, casi niñas también, que habían llegado para "la despedida" del grupo.

Ahora está allí, esperando. Una a una, las meretrices son escogidas por los niños-cadetes y se retiran a sus respectivos privados, autorizados especialmente para la ocasión. Assenne queda última, revisa el galpón con la vista y sus ojos se detienen en las pupilas dilatadas de un veinteañero moreno, encorvado sobre su litera, y que la mira con tristeza.

Assenne se estremece por dentro. El cadete es grande, muy grande, parece ser fuerte y no tiene el miedo a flor de piel que caracteriza a otros antes de la primera misión. Corta edad y miedo eran dos ventajas que esperaba tener para esta, la que había decidido sería su última encomienda. Olen es todo lo contrario a lo que ella había esperado encontrar.

Él, sentado, la observa con sorpresa y tristeza. Esta chica que le ha tocado en suerte parece una mala broma. "Es casi idéntica", piensa, y decide retirarle la vista.

Pero Assenne está decidida y no ha llegado hasta allí, hasta ese día específico en su vida, hasta esa noche, para no hacer nada. Se levanta y le ofrece su mano a Olen. "Deberíamos comenzar, pronto se terminará el tiempo y sonará la sirena", le dice, con la voz más dulce que logra fingir.

Olen no contesta. Baja la mirada y se lleva una mano al rostro. "¿Te importa si solo fingimos que hemos terminado con esto? Puedes escanear mi CR para que pruebes que has cumplido", le dice. Assenne está sorprendida, nunca le había pasado antes. Estos cadetes, llevados al extremo en sus entrenamientos previos a las misiones, eran bombas de hormonas que solo lograban descargarse la noche antes de la partida.

De pie, estupefacta, lo observa.

—¿Tienes miedo?

—¿Eh?

—Miedo, a morir.

—No. No... no estés allí de pie, por favor, siéntate.

—¿Qué es, entonces?­

—Olen, soy Olen Ref.

­—Assenne.

—Assenne. No es miedo a la muerte, Assenne. No. Supongo que tú puedes entenderlo. ¿Te gusta la vida que llevas?

Ella lo observa sorprendida. Mueve la cabeza hacia los lados, incapaz de pronunciar el "no" con la boca.

—A mí tampoco. Verás, yo no quería enlistarme. Mi padre murió en la batalla de 2134 y a mis hermanos y a mí se nos asignó el rol siendo aún pequeños... no sé, he escuchado con ustedes es igual.

Assenne asiente con un nuevo gesto de su cabeza.

—El punto es que no temo a la muerte. La muerte, en mis circunstancias, sería una consecuencia lógica, una pérdida previsible, y para mí, una liberación. Sabes que los Ahdalls se han vuelto más fuertes, tienen armas nuevas y no tardarán en sitiar esta ciudad. El bosque ya no es seguro tampoco, he escuchado que comienzan a poner bombas y nadie se lo explica porque no son detectados por los módulos de vigilancia...

Lo escucha en silencio, fascinada. También ha soñado con tomar las armas y pelear esa guerra que van perdiendo, que la dejó huérfana y la convirtió en lo que ahora es. Esa guerra que los había vuelto una sociedad automatizada y en las que la vida valía cada vez menos. Esa guerra en la que no le importaría morir.

—... y es ahora, justo ahora que salgo a mi primera misión, que me doy cuenta de que no es esto lo que quiero. De pronto me doy cuenta de que quiero vivir.

Olen se voltea y la mira fijo a los ojos. Le explica que hay una cadete muy parecida a ella. Son los mismos ojos, le dice, la nariz, sólo las distingue el hecho de que tienen diferentes complexiones físicas. Él ha quedado prendado de los ojos de la cadete desde que la conoció, le dice. Le explica que siente no merecerla, que se siente un cobarde porque ella le ha propuesto muchas veces escapar y él no ha tenido el valor para someterla a semejante riesgo. Que ella tiene todo un plan de escape que incluye arrancarse los chips de roles con cuchillos, de modo que no puedan rastrearlos, que ella le ha prometido que no importa si viven poco, que ese poco tiempo compensaría toda una vida de conformidad si no lo hacen. Ahora se irá a su primera misión mientras ella aún está en entrenamiento, y posiblemente muera y nunca logre cumplirle su deseo de escaparse juntos a las aldeas de las montañas occidentales y vivir allí marginados, pobres y felices. Quizá merezca morir, le dice, como un pobre infeliz que simplemente tiene demasiado miedo de perderla.

—Desertar, quieren desertar.

—¡Cállate! No sé por qué te he dicho todo esto. Por favor, por favor sal ya.

Olen se arremanga el uniforme para dejar su chip de rol a la vista, de modo que ella pueda escanearlo e irse. A Assenne se le ilumina el rostro, lo toma del brazo desnudo y le pide que salgan juntos hasta las barracas de las mujeres. Le explica con prisas un plan disparatado que lo termina de asustar, pero aún así la sigue y salen juntos, entre las sombras, con los corazones acelerados, hacia la sección de mujeres del campamento.


---


Por la mañana suenan las alarmas. Falta un cadete. Presumen que se ha fugado con una de las meretrices que ha llegado la noche anterior. No salen a buscarlos porque es momento de preparar el lanzamiento de las unidades que deben ir a misión.

En las barracas de mujeres todas están alistándose para una nueva jornada de entrenamiento. Entre las cadetes-niñas que se alistan, solo una lo hace con una sonrisa amplia. Se ajusta un vendaje en el antebrazo con el CR recién cambiado, y se pone la chaqueta con su nombre, su nuevo nombre: Adalli Sekhian.

20140225

La marcha



Relato inspirado en "Con nombre de guerra", de Héroes del Silencio.



Assenne se ve en el espejo. Decide cambiar su cabello de rojo a azul y oprime para el ello el botón respectivo de su control capilar. También cree que quiere llevarlo un poco más corto hoy. Otro botón, y listo.

El microvestido sería lo mejor para la visita de hoy. "Cadetes", recuerda. Suspira resignada y opta por un mono de pantalones, para facilitar el camino hasta la base.

Vive fuera de la ciudad, lo que le dificulta las visitas a los clientes en la metrópoli, pero no a los de la base. Su chip de roles no tiene permiso para abordar los trenes ultrarápidos, pero sí cuenta con privilegios para los transportes de campo. La base, sin embargo, queda a un par de kilómetros de su casa y esta vez se le antoja ir caminando.

A los primeros metros andando recuerda por qué no le gusta caminar: se encuentra sola consigo misma y entonces comienza a pensar. Detesta hacerlo, siempre lo ha evitado con todo recurso disponible: sicoestimulantes, música, lectura de historias sobre vidas ajenas. Enciende su audífono y espera que las notas estridentes le ayuden a enajenarse de sus recuerdos.

Es en vano. Se ve a sí misma nuevamente como la infante 2987 del orfanato. Recuerda su escape a los 12 años, su paso por las capillas de reorientación y su final asignación como meretriz cuando recién cumplía 15. "No llores", le había dicho la oficial que la llevó a la implantación del chip de roles. "Todos somos importantes, hagamos lo que hagamos. Vas a ayudar a la pacificación con tu trabajo, a eliminar tensiones que podrían convertirse luego en violencia".

Ella había soñado con ayudar a la pacificación, pero no de esa manera. Ir a las bases le gustaba. En su niñez había visto a las cadetes sin poder evitar fantasear con convertirse en una de ellas, con viajar en el tiempo y evitar aquel ataque al sector noreste de la ciudad que la dejó huérfana, medio sorda, con dificultades para mover un brazo y una cicatriz en el rostro, que le borraron poco antes de su asignación de rol.

Ahora iba a la base. Le habían encomendado a miembros nuevos de la tropa. Tendrían misión en un par de días y el gobierno les había aprobado un pase verde para esa noche.  Entró despacio, llegó antes que las demás mujeres asignadas a la unidad y saludó a un par de oficiales que ya conocía.

Había pensado ya en huir. Había considerado escapar. Hasta se le había ocurrido enojar a alguno de aquellos oficiales para que un golpe de láser acabara con aquella vida que otros habían escogido para ella.

Pero ese día sonríe, avanza sin prisas al galpón donde la esperan los cadetes. Sabe que esa será su última asignación. Ya ha calculado que la inexperiencia y los nervios de estos jóvenes serán factores a su favor.  Entra y saluda. "De una forma u otra, esto termina hoy", piensa, y cierra la puerta.

20140204

Escape




El último disparo recibido le había dejado una de las alas dañada. Su vuelo era oscilante y apenas lograba mantener la dirección, mientras trataba de no reducir velocidad. Seis naves más lo perseguían y Sekhian sabía que no habría capturas en esa misión.

Sobrevoló la última cordillera y pudo divisar el bosque. A esa hora, en la oscuridad densa, la ciudad se perfilaba en la lejanía como una luz tenue, como la que había escuchado que veían los moribundos. Calculó las distancias, el tiempo que le tomaría, y se decidió. Envolvió la cápsula en su chaqueta y la apretó contra su pecho, activó el piloto automático, suspiró, y activó el mecanismo de eyección.

La obscuridad, a la que tanto temía, terminó siendo su aliada. La cuadrilla de perseguidores no notó cuando salió disparada de la nave para luego quedar en caída libre. Encender inmediatamente los propulsores habría sido alertarlos, así que aún esperó un poco, lo suficiente para dejar que los Ahdalls se alejaran, pero no demasiado como para no lograr evitar estrellarse.

A los Ahdalls no les tomó mucho tiempo alcanzar su nave. Como lo imaginó, dispararon al mismo tiempo y el destello de la explosión iluminó su descenso en medio de los árboles. Los propulsores lograron amortiguar su caída pero no la libraron del espeso follaje, en el que quedó atorada varios metros antes de tocar el suelo.  Usó todo su cuerpo para tratar de soltarse, menos los brazos, que mantenían presionada sobre su pecho la cápsula. Temía dejarla caer, perderla, que toda la misión fracasara por su desesperación, por el pánico profundo que sentía en ese momento, no debido al ataque, ni siquiera a la altura, sino a aquella obscuridad profunda y asfixiante que la envolvía como brea.

Finalmente logró liberarse y aún golpeó un par de ramas más antes de caer al suelo viscoso del bosque. Se levantó, encendió la linterna de su casco y comenzó a correr. "La cápsula, debo llevar la cápsula a la base", se repetía, mientras calculaba cuánto tiempo le duraría la batería del traje, de la que dependía la débil luz que ahora la guiaba.

Se detuvo un momento para orientarse. En la caída había calculado la dirección de la ciudad, y había terminado de precisársela la explosión de su nave, pero en ese bosque no podía permitirse errores. Se quitó un momento el casco y sintió el aire frío en el rostro. El viento le confirmó que iba bien, que no se había desorientado a pesar de la caída, se colocó de nuevo el casco y siguió corriendo.

La cápsula comenzó a emitir un sonido periódico y agudo: el aclimatador se quedaba sin energía y Sekhian no sabía cuánto tiempo más le quedaba. Orpher, el técnico especialista en fluidos, y quien había diseñado esa cápsula en específico, había muerto en las afueras de Hersthrel, al igual que el resto de integrantes de la misión. Sekhian, la piloto, era la única sobreviviente, y también la que menos sabía sobre la naturaleza de lo que transportaba, la utilidad que tendría o lo que pasaría si el aclimatador dejaba de funcionar. Solo sabía que el desenlace de la guerra podría estar en sus manos.

Agarró aún con más fuerza la cápsula y siguió corriendo. Pensaba en que le faltaría menos de una hora para salir del bosque cuando sintió que su pierna se hundía. Sus pupilas se dilataron y trató con todas sus fuerzas de salir del agujero, impulsándose con un brazo mientras aseguraba la cápsula con el otro. La explosión fue casi inmediata, sintió el estallido y cómo su cuerpo salía disparado del agujero.

Las aveonas eran trampas que los Ahdalls colocaban en sus territorios, pero nadie en Aluqah habría pensado siquiera que las habría en el bosque. Bombas de detonación vertical, aseguraban la muerta de quien cayera en unos de esos agujeros y no conociera su mecanismo.

Sekhian no supo cuánto tiempo pasó. La obscuridad era total. Lo primero que hizo fue tratar de tocar sus piernas. Le dolía todo el cuerpo, menos la pierna derecha, así que lo primero que pensó fue que la había perdido. No podía ver. Trató de incorporarse y confirmó que su pierna seguía allí, como una especie de peso muerto. Su traje no sería, no le daba lectura de signos vitales, y la luz del casco se había extinguido completamente. Se arrancó la armazón de metal y recordó la cápsula. La buscaba a tientas, arrastrando su cuerpo, con pánico. Trataba de guiarse por el sonido del aclimatador que se quedaba sin carga, pero el zumbido de sus oídos la confundía. Sacó su arma y comenzó a disparar para aprovechar la luz de cada descarga. Sabía que era una medida desesperada, si aquel era efectivamente territorio ganado por los Ahdalls, cualquier ruido los alertaría. Finalmente logró ver su chaqueta, se arrastró hacia ella pero la cápsula no estaba allí. Siguió disparando y logró divisar un bulto a algunos metros de distancia. La cápsula estaba intacta. No podía escuchar el indicador de la carga pero sí ver la pequeña luz que emitía.  Ese débil destello la reconfortó, pero el alivio duró poco al darse cuenta de que ya no podría pararse.

Continuó el camino a rastras por algún tiempo, hasta que el peso muerto de la pierna herida se volvió un ardor creciente que competía con el dolor que sentía en el resto del cuerpo. Trató de nuevo de pararse. Nada. Quería gritar, llorar, pedir auxilio. A esas alturas sabía que ser descubierta por los Ahdalls significaría el fracaso de la misión, que la cápsula nunca llegaría a Aluqah, que sus compañeros habrían muerto por nada y que todo lo que conocía pronto desaparecería a consecuencia de la guerra que ya perdían.

El pánico se apoderó de ella al ver una luz que se acercaba, y luego darse cuenta de que no era una, sino dos, tres, cuatro...  tomó la cápsula y la cubrió con su cuerpo. Se quedó en silencio, en la oscuridad, con su arma en la mano y la vista fija en aquellas luces, hasta que una se detuvo frente a ella y la cegó. Disparó pero falló. Sintió manos que la tomaban y la incorporaban y finalmente se sintió libre para gritar.

"¡Revísenla!", gritó una voz masculina. Sekhian abrió los ojos al reconocer, en su casi sordera, el idioma que comprendía. Logró distinguir los emblemas de la armada de Aluqah y respiró aliviada. "Teniente Adalli Sekhian, señor", dijo apenas, "traigo el W.I.N.E.". Soltó la cápsula y su último aliento. La misión había sido cumplida.