Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
Mostrando las entradas con la etiqueta Relatos Non Girly Blue. Mostrar todas las entradas
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20170113

Un nuevo año azul


Un nuevo año comienza y todas en Non-Girly Blue queremos empezar haciendo lo que más nos gusta: contar historias.





Para celebrar la llegada de 2017, estaremos publicando relatos inspirados en las canciones que cada una de nosotras elija para arrancar una nueva ola de relatos, poemas, cuentos y más.  ¿Nos acompañan?

20160822

Isla

relato inspirado en "Garota de Ipanema, Caetano Veloso y Roberto Carlos,"



















Durante la noche ruidosa explotaron
sonrisas enteras y frágiles, cayeron
inhibiciones decoradas por el tiempo
Pedazos de relatos efímeros, guarniciones
de la isla que acoge, el cuarto que espera.

Bailaron de una almohada a otra y se fueron
la espera y las promesas al oído, basta
de tanto coqueteo, en la isla las palmeras
dicen que se dice lo que quieran,
y nadaron del barco a la arena y
tomaron desnudos y escondidos, el velero
ya se iba y el nudo desapareció en las olas,

olas que suben y que bajan, bañados
por el sol y el calor de la vida que no tenemos,
el sabor de las lágrimas se vuelve alcohol,
este es el sol y el calor que todos quieren, es
la isla en la que nos encuentran, invisibles;
vista solo del azul infinito de posibilidades
que no tienen, espacio cerrado de días,
sonrisas enteras que no existen sino en la isla,
cayéndose el sabor a agua salada, permanente
el sudor que se seca de caras deshinibidas.


20160404

Supertramp y el camino a la adultez



Pocas canciones dejan lecciones para pensar el resto de una vida. Una de esas que me marcó para siempre fue "The Logical Song", de Supertramp. Vuelvo casi siempre a la clase de música que oí siendo niña porque he pasado ya varios años dándole vueltas a su letra en mi mente y sigue estando tan vigente como ese entonces.

Recuerdo la portada del disco de acetato que teníamos en la librera, guardado con cariño en un estuche. Me encanta su estilo, tan propio de su época.







Así que sin más comentarios, les dejo mi recomendación de la semana, una canción fabulosa que casi 40 años después de su lanzamiento, sigue siendo válida, especialmente para alguien como yo, una treintañera que no sabe (o no quiere) encontrar su lugar en el mundo.




20160103

De finales y comienzos


Estrenamos nuevo año en NonGirly Blue. Tengo el privilegio de elegir la primera canción con la que escribiremos en el 2016 y después de mucho pensarlo, di con la canción ideal.




"Closing Time" de Semisonic es una de esas canciones que nunca me canso de oír y que por alguna razón me trae una sensación de tranquilidad que muchas veces recuerdo con nostalgia. Es una canción que en su época me hizo pensar si eso de poder terminar las cosas, de cerrar ciclos y de poder estar con la mente en paz era el ser realmente un adulto completo.

Curiosamente, esta canción salió en 1999, justo antes de dar fin a un milenio y a una década que todavía atesoro. Hoy es la canción que espero nos sirva para cerrar y comenzar con inspiración en forma de recuerdos, relatos o poemas.

El 2015 fue un año de cambios y de muchos desenlaces, casi todos favorables para mí y quiero recordarlo con esta melodía para poder dar la bienvenida a esos nuevos 366 días que se nos vienen encima (este año es bisiesto).


¿Están listos para más relatos?



20150906

Doce

Relato inspirado en Just Breathe de Pearl Jam



No te buscaba. Ni siquiera te imaginaba y apareciste cuando menos me lo esperaba. Que eras un hombre espantoso, me dijiste. "Buscá al enano, ese voy a ser yo". No ví a ningún enano; no fue nada de eso, no. Llegué y no ví al enano prometido.


Había demasiadas cosas que te quería decir porque te mandé al carajo cuando me tomaste demasiada confianza y ni siquiera te conocía. Esa primera vez que te dirigiste a mí personalmente no fue amistosa. Estaba a la defensiva, como siempre. Recuerdo bien. Cualquier otro hubiera desistido. No lo hiciste y seguiste hablándome entre una broma y otra. Sentí muchas cosas al verte, pero más que cualquier cosa, me sobraba curiosidad. No puedo decir que haya sido amor a primera vista, eso me había fallado antes. Me dije que iba a tomarme el tiempo que fuera necesario para aprender a entenderte, para ver si podías entenderme. Te ví frente a esa vitrina y no podía entender por qué había venido: no había visto tu cara antes, solo había leído tus chistes malos y críticas de películas. Poco me bastó para darme cuenta que hacerme reír tanto como hacerme enojar se iba a convertir en uno de tus mayores pasatiempos . Comenzaste por hacerme reír. Los enojos vinieron después, pero eso es lo menos importante. Nos saludamos torpemente como hacen los que no se conocen todavía y luego nos movimos de esa vitrina a un lugar con menos gente para platicar. Eso fue el comienzo de estos doce años.


Nunca he conocido a nadie que disfrute más del humor negro. Odiamos a las mismas personas: a los nuevos hippies creyentes de cristales y auras, a los pretenciosos yuppies que se creen muy exitosos y viven hablando del último libro de superación que han leído, a los estudiantes universitarios que piensan que lo saben todo, a las mujeres amargadas y resentidas con el mundo, a los hombres muy machitos que quieren parecer malos aunque no lo sean, a las cucas de iglesia, a los hijitos de mamá, a los que fingen vidas perfectas. Fue entonces que comprendí que quizás parte de eso que llamamos amor sea el odiar las mismas cosas y tipos de gente. Eso me lo enseñaste poco a poco.


Contigo no me han llovido rosas pero has estado callado junto a mí cuando más te he necesitado, fiel a tu costumbre de aparecer cuando menos se te espera. No han sido años melosos ni amelcochados llenos de cartas infantiles. Eso hubiera estado bien en la primera juventud, pero ya no estábamos tan jóvenes. Esas son mierdadas, al fin y al cabo. Me dí cuenta que al principio quizás lo hubiera deseado pero nada se compara a ver un par de ojos mirarte al despertar en una cama de hospital y que esos sean los ojos que más se desea ver. Ahora que estás tan lejos me doy cuenta de muchas cosas. Hay hechos que valen más que un asqueroso muñeco de cerámica o un cartón en forma de corazón o flores. En las mañanas casi anhelo oírte roncar. Casi.


Fueron años largos llenos de indirectas, de miradas incrédulas y para mi desgracia, de incontables chistes malos. No hubo citas, eran salidas. Te pasé sermoneando con estupideces como la forma correcta de tomar un tenedor o cómo distinguir un cuchillo para pescado de un cuchillo para carnes, pensando (inútilmente) que lo apreciarías.

Fueron otras cosas las que apreciaste y que consideré ordinarias como el desayuno de los domingos o llevarte chatarra para comer con tus películas.

Fueron más noches de las que pude contar, llenas de desvelos por darle vuelta a la misma porquería de "él no debería estar con ella sino conmigo y éste no debería de estar conmigo sino con ella".


Son hasta ahora cruces en el calendario, contando los días para que vuelvas a mí, pensándote en cada canción y adivinándote en cada instante. Hay cosas ínfimas con las que pienso entretenerte cuando regreses. Tengo ya una cadena larga de preguntas que hacerte para cobrarme los minutos que no has estado conmigo, para recompensarte todas las veces en las que quizás has querido abrazarme lleno de temor y no has podido... Para decirte que doce años se sienten cortos por el tiempo en que no te he visto y que estos malditos días parecen no terminar. Pienso además sacarme todo esto acumulado de no poder hablarte. Apesto a tristeza y silencio. Me muero de sed sin risas, sin tí.


Nunca te he escrito una verdadera carta de amor. Quizás esto lo sea. No pienses que esto se hará costumbre, eso sí. Es demasiado doloroso esto de verme expuesta. Mierda, ya escribí algo cursi y no hay vuelta atrás.


A lo mejor me insistas en que eres un hombre espantoso. Yo pudiera decirlo de otra forma porque no estoy de acuerdo: de ninguna manera pienso que seas perfecto, pero eres perfecto para mí.

20150824

Sorbo a sorbo

Relato inspirado en Mala de La Garfield


Ya no recuerda cómo empezó todo. Sabe que alguna vez su vida fue tranquila, aburrida y que alguna vez amó a alguien de cara difusa que ya no recuerda. Quizás fue feliz, ya no lo sabe. Lo único que le importa es encontrar algo que pueda saciar su sed de una vez por todas. Los días pasan lentos y parsimoniosos y ella contempla las hojas del calendario con desgana. Se siente vacía de nuevo. Poco a poco decide que no puede quedarse esperando a que su salvación caiga del cielo: empuja a un lado sus dudas y sale a buscarla.


Nada le importa más que su sed entonces. En su cabeza, todo da vueltas. La sensación de soledad la abruma. Escoge una calle oscura y se funde con la negrura de la noche. Paciente, espera. Cierra los ojos y se da cuenta de cada reacción de su cuerpo: cada inhalación, cada gota de sudor, cada temblor. A lo lejos todo se magnifica y escucha... Desde el gato en la esquina dentro de un basurero, un vigilante que anuncia la medianoche con un silbato y los tacones de una mujer que va suspirando. Sigue esperando, sabe que tarde o temprano va a encontrar lo que busca. Después de un par de horas, se da cuenta que no está de suerte. Llega el amanecer y se resigna a no encontrar sosiego una vez más.


De nuevo, comienza un día repleto de preguntas para ella. Se acuerda que dejó a alguien esperando pero no deja que eso la distraiga. Todo es nuevo y la luz del sol está especialmente brillante, sus ojos arden y quiere evitar a la gente. Quiere llorar y no puede, todo se ahoga en su garganta y hierve su cabeza con más preguntas que la noche anterior. Ha pasado algún tiempo sin poder entender cómo es que todo de un momento a otro parece fastidiarla más de lo normal. La música es algo más que un par de notas para sus oídos, nadie parece entender todos los matices que una canción lleva sino ella, nadie busca entenderlo y no logra concebir cómo es que no oyen las trompetas, las cuerdas de cada guitarra y bajo que suena. Sin querer, cierra los ojos y comienza a caminar por la acera, casi cantando. Ama la música porque es lo único que logra apartarla un poco de tanta incertidumbre, adora la seda que entra por sus oídos, las notas que acarician sus sentidos. Siente cada vibración, disfruta el toque del viento sobre su piel que se siente casi de papel. De repente hay silencio y vuelve la ansiedad. Deja de estar tranquila y se da cuenta que debe verse como una loca bailando en plena calle, está segura que los demás la miran y lo que menos desea es llamar la atención. Asustada y nerviosa, se cubre la cara y sale corriendo lo más rápido que pueda hasta su casa, dispuesta a ver llegar la noche de nuevo.


Ha hojeado libros, ha intentado dormir y no ha podido, No ha comido, no ha bebido nada. No es ella misma. No se siente completa, no como hace dos días. Elástico, el tiempo la traiciona y se enrosca en su cerebro, torturándola. No soporta el pasar de las agujas del reloj, la nada que pasa con las horas, minutos, segundos. Finalmente, comienza a oscurecer y ve su oportunidad.


Toma lo que necesita y busca un lugar nuevo donde buscar. Descarta los parques. Hay demasiada gente allí. No toma en cuenta las plazas porque le han fallado demasiadas veces. Detrás de las tiendas puede ser, usualmente hay quienes se quedan allí después de las jornadas de trabajo. Sabe que quien sea ese a quien encuentre, tiene que estar solo, estar callado y tener ese aire de desamparo de quienes no han conocido nada que los ilumine todavía.  Si llega con una sonrisa, es probable que alguien le sonría y le pregunte qué hace tan sola, que le ofrezca acompañarla a su casa, que le brinde un hombro donde llorar para lamentarse de sentirse tan abandonada en una ciudad tan grande. Se lo imagina. Tal vez le pregunten por quién llora o para adonde va. Intenta hacer su mirada lo más líquida y pequeña que puede. Ellos se pierden por un par de pequeños ojos vidriosos. Para rematar, deja mostrar un hombro y suspira.


Sabe reconocer a aquellos que intentan buscar presas sin saber que son ellos mismos los que terminan siendo las presas. Ha pasado años haciendo esto, tantos que ya no puede precisar cuándo fue la primera cacería. Sabe reconocer a los depredadores fallidos. Sabe cómo ir sacando lo más asqueroso de ellos y lo más frágil de ella misma para tentarlos. Alguien que se alimenta de almas sabe cómo obtenerlas.

20150518

Trazos

Relato inspirado en Kashmir de Led Zeppelin


Se miraba al espejo y se sentía extraña, se preguntaba si acaso los otros la mirarían mal y si era ésa su verdadera cara. El pelo, los ojos... todo encajaba pero no encajaba. Se preguntaba si acaso serían de piel azul, quizás blanca. También pensaba que los rayos eran lanzas doradas que tiraban desde las nubes y creía que los arcoiris eran puentes a otro mundo. Pensaba en cosas extrañas y no se aburría. Pensaba que los espejos eran entradas a otras dimensiones y le aterraba verse en ellos cuando no había luz. Pensaba y pensaba, sin jamás dejar ver por fuera que pensaba. La creían idiota por tanto silencio. Nadie imaginaba las galaxias creadas en su mente en tan solo minutos.

Recogía sus apuntes y papeles tostados y volvía a la mesa del jardín para dibujar algo más. Sí, los ángulos de un rostro se entendían mejor si los dividía en figuras geométricas, así descubrió que todo se dibujaba mejor con puras líneas, curvas y articulaciones. Volvió a verse y se dio cuenta que su cara no tenía una forma ovalada pero tampoco era redonda, notó que sus ojos tenían una forma almendrada y su boca tenía un lunar pequeño en el labio inferior. Decidió que observaría todo a su alrededor para dibujarlo mejor. Se dio cuenta que las telas brillaban, que las arrugas se podían ver preciosas y que el pelo movido por el viento era casi siempre lo más elegante que una persona podía tener. Ponía atención especial a sus pies. Cada dedo estaba enlazado al otro por una fina membrana, corta. Si la hacía más larga, sus figuras parecerían peces.

Cuando le hacía falta un lápiz, dibujaba con los dedos y en el aire, estudiaba las formas. Las manos le temblaban sin un lápiz en ellas. Primero fueron lápices, luego pinceles, luego plumas, lapiceros, cualquier cosa que tuviera tinta. Pasaron los años... siguió con el mismo vicio. De pequeña manchaba las paredes, siempre dibujaba. Ya mayor, dibujaba. Lo único que cambió fue el lugar. Una nube, una flor, algo, cualquier cosa. Luego le dio por dibujar hojas, plantas, plumas y alas. Llenaba cuadernos propios y ajenos de garabatos que nadie entendía. No compartía sus delirios con nadie mas pero así era feliz. Siempre quiso un hermano que le enseñara a jugar rudo y a correr, alguien que la protegiera y que la acompañara como un dócil gigante guardián. No había ni hubo un hermano, así que siguió dibujando sola. Mezclaba colores, usaba nuevas líneas y coleccionaba objetos pequeños con formas interesantes: un caracol, una perla suelta, un dije sin cadena, un peine de juguete, un camafeo, una barra de incienso, un trocito de encaje, una argolla sin par, un anillo roto, un cromo suelto. Los combinaba, romántica ella, de tal forma que ninguno se quedara solo.

Pasó años pensando que los juguetes cobraban vida por las noches, por culpa de Andersen y sus cuentos. Lloró luego con el Príncipe Feliz de Wilde y con el ruiseñor de Andersen, se enfureció con Barba Azul de Perrault y adoró a la Pastora de Gansos de Grimm. Platero la deprimió y el Principito la inspiró. Se enamoró perdidamente de Florentino Ariza y se identificó con Fermina Daza. Sintió los huesos de Scherezade como los propios y aprendió a temerle a las aglomeraciones de pájaros. Descubrió que las letras se podían juntar en historias imposibles y comenzó a escribir las suyas también. Seguía siendo feliz en su soledad y su mundo inventado.

El tiempo hizo de las suyas y la niña alucinada se convirtió en mujer racional, ocupada, arraigada. Ya no hay lanzas doradas ni piensa en los otros. Y se aburre.

20150504

No te enamores de un hombre que canta



- ¿Vas a ir a verlo?
- Sí, quiero conocer dónde vive.
- Esa es una excusa. Te está gustando
- ¿Y qué tiene de malo?
- No te enamores de un hombre que canta. Si comienza a hacerlo, corre. Peor si canta mientras cocina. No hay regreso de un hombre que canta.

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Esa casa en la playa tenía un encanto de principios de siglo. El techo se caía a pedazos con elegancia, las paredes con vigas de madera se quejaban constantemente del viento, las baldosas tímidas habían dejado de brillar varias décadas atrás y las cortinas parecían esqueletos de fantasmas. Pero toda ella tenía la gracia de sonreír entera.

Al entrar había un perro raquítico. De esos encantadores que muestran más costillas que colmillos y su cola no distingue buenos de malos.

Me recibió su dueño con la misma sonrisa canina. Habíamos decidido cocinar mientras bebíamos algo y darle tiempo al sol de desaparecer con la lentitud de quien no quiere morir.

Esa cena fue un baile. La risa hervía más lento que el fuego y los temas de conversación se derretían con la mantequilla. No recuerdo de qué hablamos porque de pronto aparecimos sentados a la mesa compartiendo ideas como ensalada.

El plan era visitar un nuevo bar cerca de la zona. Lo habían publicitado semanas antes y sirvió de excusa para mi viaje. Cuando vimos la hora, era muy tarde para salir a disfrutar la noche y la solución fue disfrutarla en una hamaca. En una sola. Con besos tardos, manos pausadas, miradas mordaces y una noche que nos encontró queriendo querer.

Cuando se levantó para traer más vino, lo escuché cantar. Cada paso era pronunciada la estrofa de una canción que descubrí cuál era; pero seguramente le gustaba mucho porque cantaba con alegría. Entonces recordé las palabras que sentenciaron el momento: "no te enamores de un hombre que canta".

Entendí que la alegría de la música agrava el amor. La contentura de unos besos empeora si se le pone ritmo y las ganas de querer se hace honda si encuentra una buena letra para recordarse. Regresó cantando y sonriendo. Sin garantías de nada porque no las necesitaba; pero sin posibilidad de salir de salir de él. De esa alegría que me hacía preguntarme qué más tendría para mi. Y mientras saboreaba mis labios escuchaba mi propia voz por dentro: "no te enamores de un hombre que canta... no te enamores de un hombre que canta..."...



20150424

1999


Relato inspirado en Ostatnie Lato XX Weiku de Komety




A Melanie y Radka


Siempre he pensado que el lenguaje es un virus, entra por los oídos y sale por los poros o la boca. Infecta a quien lo escuche o tenga cerca y no siempre se sabe quién es el portador y quién es el sintomático. Vaga por las calles, siempre errante, salta de nube en nube y se cuela por todas las rendijas. Ha viajado al espacio, navegado en el aire y vibrado en mil bocas, justo antes o después de algún beso, una cachetada infame o un estrecho abrazo. Es contagioso, incoloro, invisible o visible, cambiante. No siempre se escucha, a veces solamente se ve. De todas las formas de lenguaje, de todas sus caras, la que más me interesa es la conversación. Eso no lo pude hacer bien al principio contigo.


Nacemos acostumbrados al ruido de todo: los llantos, las risas, las palabras. Yo, nunca me acostumbré al ruido ni a la palabrería hueca siempre presente a mi alrededor, pero a lo que sí me acostumbré fue al sonido de tu voz. Aun sin comprender bien que me decías, me gustaba oírte.


Lo primero que escuché fue tu risa, sin ver tu cara ni tu espalda. Tuve que voltear a ver, esa risa contenía todo en una nota.  En un segundo, el pánico me invadió porque escuché tu voz en un ronroneo tirarme a la cara un Wie geht's? Bist du die Austauschschülerin? y no supe qué responderte. Recuerdo cómo te quedaste esperando una respuesta: me mirabas mientras yo me congelaba de terror. En ese momento no supe si te habías burlado de mí, pero ví tus ojos líquidos clavados en mí y me dí cuenta que honestamente estabas preguntándome algo, no sabía qué. Me defendí con un tímido Jawohl y te reíste de nuevo. (Después me enteré que eso solo lo decían los militares, debí haber parecido muy estúpida).


El cerebro me daba vueltas.
 

Qué le digo, si tengo la respuesta en la punta de la lengua, era der die o das, el libro decía esto, todos se van a burlar, que no, que sí, me quedo callada, allí va, luego espero, no, mejor no hablo, y si muevo la cabeza, de nada me sirvió aprender esta mierda, por que no me sale nada, que me pasa, tengo que decir algo, si llevo más de diez años en esto, no puede ser... se fue.


Con una sonrisa, intentaste hablarme en inglés y yo reaccioné. Estaba todavía oxidada y era mi primer día en ese lugar. Mi pelo oscuro y baja estatura me delataban como extranjera, mi cara desorientada me marcaba como la nueva del grupo. Me preguntaron por el paisito de dónde venía, para asegurarse que no andábamos en taparrabos, si las calles eran de tierra y piedra o concreto y si no vivíamos en los árboles. Les contaba en mi media lengua de las frutas de colores imposibles y nombres impronunciables que teníamos todo el año, de nuestras temporadas de lluvia de varios días y de los animales que se miraban cada vez menos pero que existían y eran diferentes a los que ellos tenían. Me maravillaron con quesos, pan de diferentes clases y hasta vino especiado que temía probar pero resultó ser delicioso. Así pasaron las horas hasta que terminó la jornada de clase y me llevaste a caminar para conocer el pueblo. Me contaste que tenías una familia repartida en diferentes ciudades, de tus padres divorciados y de tu único hermano. Creo que en ese momento, decidiste adoptarme como hermana postiza para enseñarme todo lo que hubieras querido compartir con alguien deseosa de escuchar. Procuraba no distraerme, me divertía tu plática y me encantaba el paisaje. Después de haber pasado por la lechería, la iglesia, el supermercado, la oficina de correos y un buen número de pastos, llegamos a la casa en donde pasaría esos cuatro meses y nos despedimos con un abrazo. No podía creer mi enorme suerte de conocer gente tan cálida en un país tan frío, especialmente la suerte increíble de conocerte, tan única. No lo sabía en ese momento, pero acababa de conocer a una amiga para toda la vida.


Eso fue hace dieciseis años. Volví a verte hace siete apenas. Sigues impresionándome con lo que haces, con la enorme fuerza con que enfrentas a la vida, con la delicadeza que tienes al dedicarle tu cariño a otra persona. Pasamos cuatro meses yendo a buscar panecillos, a recolectar hongos en esas alfombras de hojas doradas camino a la escuela, pintando con todos los colores que teníamos a la mano, contándonos historias que escribiríamos después. Sigo viéndote desde lejos, sigues enviando cartas que suenan a poemas y sigues siendo esa valkiria salvadora con sensibilidad de artista que aun a la distancia me hace sentir apreciada. Poco ha cambiado a pesar del océano que literalmente nos separa.


Ese virus del cual me contagiaste a unos días de estar contigo, me permitió conocerte, entenderte aunque fuera un poco para poder entrar a tu mundo. Y aunque al principio me diera lo mismo que me dijeras Friend en lugar de Freundin, entiendo que era tu forma de alcanzarme. Me enseñaste qué querían decir Wanderlust y Fernweh y desde que lo supe, entendí qué era ese dolor que me quedaba por una patria ajena.


Sé que algún día volveremos a vernos. Simplemente lo sé.


20150224

Nemo my name forevermore...

La voz de Tarja Turunen quedó para siempre en mi mente entre las más hermosas que he escuchado jamás. Cuando la oí por primera vez hace 10 años, me enamoré. Fue mi encuentro cercano con el metal sinfónico. Nightwish me hizo escuchar cosas distintas, me hizo admirar su género. No juzguen el video (los videos metaleros casi siempre son malos), escuchen:





Todo en esta canción me encanta: las guitarras, la letra, la voz de Tarja. TODO.

Cuando oí Nemo por primera vez, busqué las letras y las leí varias veces, intentando descifrar la historia detrás de los versos.


This is me for forever
One of the lost ones
The one without a name
Without an honest heart as compass
This is me for forever
One without a name
These lines the last endeavor
To find the missing lifeline

....


Once and for all

And all for once
Nemo my name forevermore


Una vez, conversando con Flor, Delmy y Karla surgió la frase: una mujer que se ha perdido y no se encuentra. ¿Quién es esa mujer? ¿Cómo se llama esa mujer? No es nadie, pero es alguien. No tiene nombre, realmente, pero sabemos quién es y cada quien tiene o conoce una, aun si es ella misma. 

Nemo no tiene nombre, realmente. Nemo no es nadie, Nemo es, literalmente, nadie. Nemo, el siempre errante de Julio Verne. Por un corto período de nuestras vidas, todos somos como Nemo: nacemos sin nombre. ¿Qué hacemos después? ¿Cómo nos encontramos a nosotros mismos? ¿Qué nos guía? ¿Qué hacemos con el nombre que hemos recibido y con nuestras vidas? 

Nightwish invita a soñar. Espero que disfruten la canción y los relatos que escribiremos inspirados en ella. 

20150213

Miss Cecile

Relato inspirado en "Let's stay together" de Al Green



Miss Cecile y sus caderas de mulata. Temblorosa, se mira en el esposo, suspira y se da un beso en el reflejo. Se da la vuelta y mira su pelo. Baila, contenta, pensando en besos robados, suspiros y flores. El frío entra por la ventana acariciando su piel.

Miss Cecile sigue mirándose, recorriendo sus años en forma de lunares, cicatrices, canas y marcas. Ve la ventana y la cierra para evitar que los fantasmas de sus recuerdos se le escapen.

Miss Cecile se viste, vuelve al espejo y adivina las curvas bajo su ropa. Curvas que antes provocaban miradas lascivas, curvas que ya no se ven sino en su mente.

Miss Cecile mira sus ojos, su piel. Canela, caramelo, nata oscura quemada por el tiempo. Vuelve a darse un beso y recuerda cómo antes eran otros labios que se posaban en los suyos. Recuerda los días de disco, lentejuelas y música.

Miss Cecile abre el closet y toma su vestido dorado de baile, sus tacones altos brillantes y se los pone en lugar del camisón. Del joyero escoje unas argollas enormes, tres brazaletes anchos y así lista, se mira al espejo y siente de nuevo el humo del estudio de aquella noche, el ronronear de los grillos en la oscuridad y esa voz ronca que la invitó a bailar. Sin sentir cómo, comienza a cantar y a girar de felicidad. El esfuerzo la cansa.


Mira qué encanto, por qué tan sola, quieres bailar, acompáñame,  vamos a platicar, cuéntame tu vida, solo vine a conocer gente, que quieres que te diga encanto, el encanto, ven conmigo, mírame y vamos a bailar, no conocía este lado de la ciudad, quédate conmigo, me tengo que ir, quédate solo esta noche, mira cómo brilla el vestido, son lentejuelas, este lugar es pésimo, sí, no me dejes sola, no, ven y escápate conmigo, sí, quiero ver este vestido más de cerca, ilumíname, quieres venir, ven conmigo, déjame solo, no me dejes sola, déjame ir, qué noche, quédate conmigo, vamos a bailar, ven conmigo, juntos para siempre, qué hermosos ojos, me encanta tu pelo, baila para mí, vamos juntos, bailemos juntos, déjame ir, no me dejes sola, sí acepto, miremos el mar, bailemos juntos, vivamos juntos, sí, quiero irme, no, déjame ir, no me dejes sola, por qué tan sola, quédate conmigo, siempre juntos, ya vine, no te conocía, luces bien, Cecile de mi vida, Cecile por siempre, adiós Cecile.


Miss Cecile recuerda. Miss Cecile duerme. En la bruma de sus sueños, ve la imagen de quién siempre la amo cuando los demás se iban. Miss Cecile mira su rostro en el espejo.


20150205

Robinson Snake

Relato inspirado en "Goodbye Horses de Q Lazzarus"


El Bulevar de Las Luces estaba lleno a esa hora, repleto de gente que quería salir. Salir un día de semana sin encontrar tráfico era un lujo. Ese miércoles no fue una excepción. Manejó aburrido por la avenida Principal, pasando por la calle llena de evangélicos esperando su milagro a cambio de su diezmo, vio a las escolares esperando el bus, a oficinistas con cartapacios y lentes negros, mujeres hastiadas queriendo vender galletas y chicles en las esquinas y después de varios minutos en carretera, llegó al portón de la colonia de militares donde vivía.


Allí estaba el Tata, tan amargado y serio como siempre. No sabía más que dar órdenes, gruñir a la gente y perseguir toda falda que se moviera. De vez en cuando tenía una sonrisa para él, pero últimamente era raro verlo sonreír. Que si el Pueblo lo iba a apreciar, que si la gente entendía la magnitud de lo que estaba haciendo por ellos, que si su familia no entendía que era un sacrificio por la patria abandonar la vida en la casa para servirle bien a la bandera, carajo.


Hablar con el Tata lo hostigaba, hacía que quisiera salir de allí. Eso mismo hizó esa noche: ir a la Zona Rosa, el lugar más brutal de la ciudad, donde se reunían los que sabían disfrutar la poca vida nocturna que había en ese lugar de mierda.


Pensó en qué llevar para impresionar. Impresionar era todo lo que le importaba. No quería que la sombra del Tata lo opacara, brillar con luz propia era su intención. Se vistió, despacio, disfrutando cada vuelta y beso hacia sí mismo esa noche. Abrió la puerta hacia el cajón de armas del Tata y buscó. Sabía que la llave la escondía abajo del asiento de su escritorio, ese sillón viejo de cuero y madera oscura que tenía un fondo falso abajo de la parte tapizada. Tomó la llave y sacó un revólver con mango de marfil, muy pequeño. Se podía esconder bien en la cangurera que llevaba en la cintura. Les gustaría verlo, daba gusto verlo y era muy antiguo. Les podía servir de modelo para su logo. Lo guardó entre su pañuelo antes de descargarlo. Después se acordó que no había terminado de arreglarse, sólo se había vestido.


Se amarró las cintas de los zapatos para no caer y los lustró bien por la noche para verse deslumbrante. Ese blanco en sus pies era lo que hacía falta para verse como quería. Sus pantalones con triple lavado, la cangurera lista, la chaqueta con pines, su camiseta en amarillo neón... todo estaba perfecto. Un toque de gotas de Drakkar para el toque seductor y Dep en el pelo no podían faltarle, porque estaba reservado para los guapos, como él.


Entró al salón y la luz lo deslumbró. El aire apestaba a cigarros y sacó el suyo, porque tenía que impresionar. Había aprendido a sacar el humo por la nariz, eso arrancaba suspiros de admiración de hombres y mujeres. Escogió una de las mesas de afuera del Méditerranée, esperando a los demás. Al rato fueron llegando, y allí estaba Rosalía. Con su pelo en cascadas negras, su vestido blanco con lazo rosa y aretes de perlas. Le encantaba verla con esos aretes.


Cuando ya estaba completo el grupo, les contó del acto musical que pensaba armar y por supuesto, quería que Rosalía fuera la vocalista. Se llamarían Robinson Snake y tenía el modelo perfecto para la portada de su disco nuevo, el dinero para el dibujante bien se lo iba a poder pedir al Tata diciendo que eran para los libros de la Universidad que iba a empezar en dos meses. Carlos le aplaudió, dijo que era buena idea y que luego podrían reunirse en su casa para tocar. Adrián se rió y el Rafa protestó porque el nombre sonaba gringo. Pero hubo una voz que no se dejó escuchar.


Puso el revólver en la mesa contando que esa iba a ser la cara de su disco. Saboreó ese suspiro largo de impresión. Miró la cara de Rosalía. No sonreía. ¿Y si lo había arruinado todo? Seguro pensaba que era como el Tata. No, no podía pasarle otra vez. Miró a Rosalía, pidiendo su opinión. Quiso oírla, pero los gringos de la mesa de al lado no lo dejaban oír. ¿Qué era ese ruido? Rosalía no decía nada, pero tenía los ojos muy abiertos. Todos se levantaron. Algo habían visto.


Rosalía gritó.


"¡Tenían un arma aquí! ¡Yo lo ví, éste es el hijo del Coronel!"


No alcanzó a decirles que no, que el Tata no tenía nada que ver con él, que no era como él. La vida se le fue a borbotones a través de ese hueco que la paranoia de otro le dejó en la garganta y no pudo terminar de arrepentirse.

20150116

Cuentas claras


Relato inspirado en Red Right Hand de Nick Cave & The Bad Seeds

~ A Dave Hope 



Era una lástima haber ensuciado ese suelo de mármol. Tan brillante, impecable. De las cosas que menos me gustan de este oficio es eso: tener que dejar tanto desorden atrás. Me gustan las cosas limpias.




Me levanté temprano, con el sol. Como tiene que ser. Nada de holgazanerías. Cuando se trabaja como yo, hay que ser puntual. Le hago un servicio a la comunidad: cuando se acumula la basura, aparezco yo a encargarme de todo, a espulgar los parásitos y a desechar lo que no sirve a nadie. Se requiere algo de encanto para esto, no es lo mismo tener a alguien que trabaje con elegancia que contratar a cualquier bruto que sepa moverse. La juventud no es garantía de talento en esto, sino al contrario. Entre más canas y años tenga quien lo haga, más sabrá acerca de cómo es que se hacen bien las cosas. Estos niñitos de hoy confían más en su bola de músculos que en su cabeza. Pobres. Piensan con la otra cabeza, inútiles. No saben cómo se hacen las cosas, se les olvida que otros como yo tenemos muchos años más en esto. Si me pongo a pensar, al principio era como ellos, pero prefiero no pensarlo.


Ya ni me acuerdo cuando comencé, fue algo que salió de repente: me ofrecieron dinero, dije que sí y lo hice. En esa época tenía pocas opciones para trabajos 'honorables'. Habían muchas manos listas, pero todos los de mi edad querían lo mismo: ser doctores, abogados, contadores, profesores. Hubiera podido hacerlo, sería uno del montón y hubiera podido tener una maldita casa con jardín abierto, petunias en el césped y un perro faldero que me recibiera al llegar. En realidad no vivo tan mal con mi espacio en el condominio y un gran piso para mí, en lo alto de la ciudad con luces en mis ventanas todas las noches, rodeado de rascacielos y tiendas de lujo. Puede que no tenga quien me espere todas las noches, excepto el portero que me hace sentir jodidamente especial. Buenas noches señor, pase adelante señor, gusto en verlo señor, si el señor tiene la gracia de acompañarme por acá: trato de rey, mejor que el que me pudiera dar un perro faldero babeando sobre mi alfombra. Y puedo vestirme como yo quiera, no tengo a nadie a quien impresionar, lo tengo todo para tener lo que quiera. Con los años se aprecia el lujo de la soledad y tranquilidad, sin nadie que llegue a interrumpir la comodidad propia ni fastidiar la rutina.


Este trabajo tiene grandes beneficios, viajo mucho y conozco personas nuevas todos los días; aunque eso realmente no dura más que unos momentos en verdad. Olvidemos eso último, no es realmente un beneficio. En los trabajos formales, firman las dos  partes involucradas. Eso fue diferente en mi caso. No hubo ceremonias formales, ni contratos, sólo un apretón de manos y una promesa de caballeros, eso fue suficiente. Todos ahorran, hasta las palabras.  ¿Para qué ahorrar algo que nadie valora? No sé por qué ya nadie da su palabra para cumplirla. La palabra de nadie no vale nada, pero eso ya es polvo, estoy chocheando.


A mi edad no me gusta recordar la juventud más que para reírme de mis idioteces. Sí, cuando tenía veinte años menos daba pena. Es vergonzoso. Era un asco, no sabía lo que hacía y dejaba todo mal. Nada de la limpieza de ahora con mis zapatos bien lustrados, traje impecable y mis guantes. ¿Cómo pude haber trabajado sin guantes antes? Es de principiantes dejar rastro. Tuve suerte: no tenían forma de saber quién pasaba y cómo. Tenía también que cuidarme, no podía exponer mis manos a tanta suciedad. Claro que cuando se es joven no se piensa en uno mismo de esa manera. Si no me hubiera cuidado lo suficiente después, no estuviera aquí todavía pensando en esto, pensando en el mármol y casi lamentando que esa casa y ese piso no fueran míos. ¿Saben qué es lo mejor de este trabajo? No sólo la paga, sino la satisfacción. Saber que nadie lo puede hacer mejor que yo, que los demás sólo lo hacen por salir del paso y cobrar pero yo lo hago mejor que nadie. Es esa pequeña gran diferencia la que me hace querer seguir haciendo esto hasta que se terminen mis días.


Regreso a lo de hoy. Terminé de guardar todo, cerré las persianas y escuché, mis herramientas listas en la mano derecha y el trapo en la izquierda, mi sombra en el piso y estaba listo. Subí los escalones despacio, no se oía más que el viento afuera. Abrí la puerta con cuidado, pasando el trapo por el pomo, con una caricia. Estas cosas se hacen bien. Esperé hasta que lo oí venir. Se sentó en el sofá, alcancé a oír cómo cayó en los cojines, apagó la luz y se dispuso a ver la televisión. Desde ese momento dejó de ser una persona a un trabajo más. ¿Por qué no leía como la gente? No, prefería quedarse como idiota mirando la caja mágica. Mejor para mí. 


Un gato gordo y gris (como su dueño) pasó cerca del sofá y tuve que esconderme aun más para que no me viera. En silencio, saqué del bolsillo una tira de carne seca (sirve bien para los perros, gatos y otras mascotas que hagan estorbo). El gato sintió el olor y a los pocos segundos vino hacia mí, fue entonces cuando tiré la carne un poco más lejos para que se fuera. Cerré la puerta con el trapo para evitar el ruido y seguí esperando. Pasaron varios minutos y luego una hora... El fofo del sofá seguía viendo una película asquerosamente aburrida. Esperé hasta que comenzó a roncar.  Le dí unos minutos para que estuviera del todo dormido y supe que era el momento perfecto para terminar lo que había comenzado.



El infeliz no se lo esperaba: bastó un segundo para que terminara todo. Saqué el silenciador, lo puse con toda calma en su lugar y disparé. Salpicó mi guante ese desgraciado. Iba a tener que volver a dejar todo limpio. Pero no importaba. Había terminado y era un trabajo bien hecho. 

20141230

La Hermosa

Relato inspirado en "Jeremy" de Pearl Jam 


El hombre es el único animal 
que come sin tener hambre, 
bebe sin tener sed 
y habla sin tener nada que decir.
- Mark Twain



Desde su torre y su trono, pensó en cómo hacer que nadie lo olvidara. No, nadie jamás lo olvidaría. Sólo él, el príncipe desollado conocía la verdadera historia. Les enseñaría humildad, les enseñaría a apreciar, a alabarlo. No, glotones como eran, no apreciaban nada, esos pedazos de escoria que tenía por súbditos no lo sabían apreciar, siempre habían visto las nubes, siempre habían tenido prados verdes. Pobre alma perdida, pobre alma. Con ella empezaría de nuevo y les daría un comienzo libre de pecados, libre de gula, libre de ambiciones, puro y limpio. No sabían qué era necesitar nada, lo tenían todo, pero él les enseñaría. Les enseñaría a respetar, a obedecer y a trabajar para vivir como él lo había hecho. Nunca se habían dormido entre la ceniza, no conocían el miedo al mañana. La tierra generosa les había dado demasiado. ¿No había dejado todo por gobernar? ¿No veían ellos acaso su esfuerzo en su cara? ¿No veían cuánto había dejado a un lado para este Reino? No, no lo veían, sólo pedían, sólo extendían las manos para más, no sufrían.


Pobre alma, pobre alma perdida. Era perfecta. Tomó su mano sin peso, sin calor.


Caminó hacia el final del cuarto del trono, donde estaba solo. Sacó la llave que nadie sabía que tenía. Vio la puerta, acariciándola como a una amante nueva y lentamente, la abrió. El hierro se lamentaba. Se acostumbró a la oscuridad en un momento y se arrodilló. Ella se arrodilló con él.


Este era un trono que nadie recordaba, detrás del suyo. Su Hermosa, su Magnífica estaba siempre allí, oculta. Sus labios secos y mandíbulas huecas no sonreían, sus rodillas salían de sus piernas, su piel fina como el papel, escamosa y suelta, colgaba en hilos finos y largos. Sus ojos hundidos miraban a la nada, inmensamente vacíos. Un rastro de algo que debió haber sido una cabellera algún día reposaba sobre su cabeza. Algunos dientes todavía se mantenían, no tenía más que costillas en su torso. En todo su espanto, era siempre su Hermosa. Le debía mucho.


 Nadie te recuerda, Hermosa. No temen tu nombre como yo. No conocen tus regalos como yo. No te aman como yo. Les mostraré tu rostro, Hermosa. Yo les daré algo que recordar. No me olvidarán, no nos olvidarán. No nos puedes dejar ahora. Esta tierra te necesita.

 Mis huesos están cansados, Desollado. No tengo intención de dejar un legado. Me diste tu piel pero yo ya no tengo nada que dar. 

 ¿No tienes intenciones ni nada que dar? Deberías. Míralos, retorciéndose como puercos, engordando a sus anchas. No mencionan tu nombre, no te respetan como yo. Llenan mis tierras de hijos inútiles, parásitos, piden más, quieren más, no respetan nada, no te respetan a ti. No tiemblan con tu nombre. ¡Tienes que verlos, dan asco!

— Muéstrame. ¡Muéstrame!

— Ve por ti misma, Hermosa. Míralos. ¿Ves cómo dejan mis prados? ¿Ves cómo no agradecen? ¿Su ingratitud no te ofende? No aprendieron de mi ejemplo. ¡No te conocen!

— ¿Qué quieres que haga, Desollado? Mis días están contados, ni siquiera yo soy eterna.

— Dales alguien a quién respetar conmigo, Hermosa. Dales un legado. Deja que alguien siga tu labor, deja que alguien siembre gratitud en sus almas, dales algo qué temer. Tengo a tu perfecta sucesora. Hay tanto que les puedes enseñar, Grandiosa. Tu poder no tiene que morir contigo. 

— Me complace que vengas a despedirte, Desollado. Tuve mi época de gloria. Soy una anciana y mi Gran Era ya terminó.

— La desolación se puede convertir en arrepentimiento, Hermosa. Debes enseñarles. Esta puede ser tu Hija, ella ha sufrido lo mismo que tú, el mismo rechazo, dejada a un lado por todos, un alma sola y miserable que ha vivido de la nada. Tómala. Tus regalos serían una pérdida para el mundo, para esta tierra. ¿Crees que estos cerdos te conocen? ¿Quién regresará las cosas a su estado más puro sino tú? Míralos, mira ese exceso... ¡Míralos! Míralos en mis ojos. 

— Esa abundancia, tanto verdor... Tanto, tanto... ¡Es repugnante! ¡He pasado fuera demasiado tiempo! 


En lo que parecieron mil años, una silueta se movió detrás del Desollado.


— Acércate, pequeña. Sí, te veo bien... Me veo en ti. Viviendo de nada, rechazada, sola y voraz. Sí, tú seguirás cuando me vaya. Tu sangre se hará polvo, tus huesos serán visibles, todo el brillo de tu piel se apagará y temerán tu nombre. Los harás entender, conocerán la gratitud que han olvidado. Les darás la lección más valiosa de sus vidas. Temblarán al verte, llorarán hasta secarse y eso te alimentará. 

— ¿Cómo sabré qué hacer?

— Tu reinado es lo que este mundo necesita. Junto al Desollado limpiarán esta tierra de toda la porquería que se ha extendido en mi ausencia. Asolarás la tierra desde su interior, tomarás todo y te llevarás la abundancia, los harás arrepentirse de sus pecados. Su vacío será tu plenitud. Sorberás la vida y el verdor. 


— ¿Cómo te llamas, Madre? 


— Ve y enséñales mi grandeza. Ayúdale a tu príncipe. Tengo muchos nombres: Limos, Fames, Hambruna. Escoge el que quieras. 

20141216

La única forma

Relato inspirado en "Learning to Fly" de Pink Floyd





El aire tenía un olor salado, el viento frío y las piernas me dolían. Eso que hice fue lo más idiota que pude hacer, eso y ponerme a pensar que podía hacerlo. Abrí los ojos y ví el cielo. Todo estaba allí: las torres, los ojos de miles que veían hacia abajo y las canciones. Todas esas canciones, voces, hablaban, decían, lloraban, reían. La cabeza me iba a estallar. No había luz, sólo sombras. ¿Dónde estaba? Sentía dolor, no podía ser eso. Los párpados pesaban, no había más que esa infinita arena y el viento, más viento. Y la arena. No me gustaba la arena.


La ví caer. Cayó lentamente sin ruido después de cerrar los ojos. Corrí hacia ella pero era tarde. Iba rumbo al agua, el aire la abrazó y la llevó al mar. 


Polvo y más polvo. Luego el viento, más frío. Como pude, me levanté, estaba sola. ¿Dónde estaban todos? Una gaviota volaba sobre mi cabeza . Sentí escalofríos y siguió molestándome el dolor de piernas mientras la gaviota volaba cada vez más bajo. Con un soplido, se deslizó sobre la arena a mis pies y tuve la impresión que me miraba. Ese animal sin gracia no despegaba sus ojos amarillos de mí y yo sólo me preguntaba qué hacía en medio de la nada, en plena noche. A lo lejos, la luna dejaba una estela de plata sobre el agua. No había olas.


Primero fueron las risas, luego las bromas y después la seriedad, esa mirada que me decía que hablaba sin ninguna duda y que lo pensaba hacer. Que era la única forma en que se sentiría valiente, que las alturas no eran nada si había algo adonde aterrizar abajo, me imaginé que estaba haciéndose la chistosa, que bromeaba. Estaba tan equivocado. Si hubiera sabido que no bromeaba, hubiera hecho algo, la hubiera dejado en casa ese día, no sé, la hubiera encerrado en su cuarto, hubiera hecho todo diferente.


Algo me dijo que podía alargar la mano y la gaviota no se iba a ir. Así fue. Pude poner mis dedos sobre su cabeza, no dejaba de verme. Sentí calor al tocarla, la tomé entre mis manos y me pareció tan suave que la abracé. Más calor. Ya no estaba oscuro, la arena se sentía más seca y sentí punzadas en el brazo, unas ganas horribles de llorar y menos dolor en las piernas. No lloré.


Creí que la iba a perder esa noche. Cuando la recogimos, estaba tan fría... Apenas respiraba.


Tenía más arena en las piernas que antes, podía sentir cómo picaba, la gaviota se movía en mis manos y no quería soltarla, me hacía compañía en ese lugar tan solo. Sonaban de nuevo las voces. Cantaban, susurraban. Volvió de nuevo ese frío y al final la gaviota se fue cuando comenzó a llover. Lo más extraño era que llovía sin ruido, no habían truenos, ni ruido del agua al caer sobre la arena, ni las olas sonaban con su arrullo. El cielo ya no era gris, sino de un profundo negro, nubes y más nubes, más oscuro. Volví a sentir punzadas, esta vez en las piernas.  Las voces se callaron. El único sonido era mi respiración, agitada con cada segundo, sin entender nada. La oscuridad me sofocaba, el silencio me aterraba, ese vacío, la soledad, todo  a mi alrededor sofocaba y daba miedo. La maldita gaviota ya no estaba, me había quedado completamente sola. No veía a nadie.


Nunca la había visto así. Ese día pasó de estar bailando sobre la arena a estar tendida sobre ella, de la peor manera. Le dije que sólo los pájaros volaban. Sus pies, tan pequeños, se hicieron nada cuando saltó. Ni siquiera los ví cuando iba cayendo.


El viento seguía, más frío. La lluvia se convirtió en escarcha, caía sobre la arena dejando manchas de agua y cristales en mi pelo. Pensé en buscar un refugio, algún lugar donde poder guardar el poco calor que me quedaba. Comencé a caminar, a correr y así pensé que entraría en calor. Seguí hasta que no pude más, las piernas me volvían a doler. Ví una roca enorme, con una gruta y entré porque allí al menos no me mojaría y podría esperar a que pasara la lluvia y la escarcha. Me senté a esperar, volvieron las punzadas. Y el frío. Y el miedo. Y esa oscuridad que no me dejaba ver ni sentir nada. No me quería quedar allí, necesitaba salir. Quería salir. Oí un ruido más adelante y me levanté, buscando algo distinto a toda la negrura y el frío. Ví un punto blanco y un aleteo. "No puede ser". Era la maldita gaviota, mirándome con la misma cara demente, esperándome. Caminé hacia ella, ví algo de luz y se levantó, volando bajo. La seguí, la luz se hacía más fuerte. Me sentía cada vez más ansiosa, más nerviosa, buscando sentido a todo: a las voces, las sombras, el frío, el viento, el agua, la arena, a la nada. La gaviota seguía volando y la seguía, paraba si yo me detenía. Quería que la siguiera. El lugar donde me había metido tenía una salida y había luz. No me importaba donde fuera, lo que quería era ver luz, alguien a quién preguntarle dónde estaba y por qué había terminado allí. No entendía.


No sé por qué saltó. Era uno de esos días en los que había amanecido de buen humor y no aparentaba tener otra de sus euforias. Cuando pasó todo, temí lo peor, pero respiraba. Estaba bien, dentro de todo. Las inyecciones no la reanimaban, la fractura de su pierna lo complicaba todo, creíamos que no reaccionaba por el dolor. Respiraba con dificultad y seguía lívida. 


Ví a la gaviota, escuché el aleteo con el que aterrizó al borde del abismo. Entendí lo que tenía que hacer. Estaba claro. Tenía que salir de allí de la misma forma en la que entré. Sudé de miedo, respiré profundo a bocanadas y corrí, sintiendo el viento de la caída bajo mis pies. Un grito salió a medias de mi garganta. No grité.


"Estúpida, mil veces estúpida. No me vuelvas a hacer esto. ¿En qué estabas pensando?"


Acostada, sentí sus lágrimas en mi hombro y ví su ridícula camiseta blanca con ese medallón que le regalé. Las luces del cuarto me cegaron un rato, pero al fin lo ví, tan llorón como siempre. Suspiré.

20141118

Se supone



Hay mucha gente en el mundo, pero todavía hay más rostros, pues cada uno tiene varios. - Rainer Maria Rilke

Relato inspirado en Al lado del camino de Fito Paez




Era de esas personas raras a las que no les gustaba lo que a todos, que se escondía en los funerales porque de repente se acordaba de chistes de hace dos años y que no tardaba en decir que un bebé no se parecía a nadie y era feo o que la novia no era bonita y los difuntos no habían sido buenos. Espantaba a la mala suerte con un buen porro a sus dieciocho pero terminó rezando Padre Nuestros en una capilla de hospital cuando su viejo se ahogaba en su propia sangre. Cuando vió que salió de esa, se dijo a sí misma que diría un Padre Nuestro todos los días antes de salir de casa, por mucho que jamás entrara a una iglesia y que no diera limosnas. Lo hacía más por superstición que por fe, pero le servía para serenar su corazón.

Se suponía que fuera a salir igual que su viejo: bochinchera, fumadora y viajera pero resultó todo lo contrario. Nadie se imaginaba que detrás de su mirada tibia y líquida se escondiera lo que de verdad esperaban que fuera: una copia exacta de su padre. Si él salía, allá iba ella colgada de sus piernas; si él cantaba, detrás estaba ella golpeando tambores de cacerolas y ollas viejas. Pero eso fue cuando era una niña. Estaban los dos solos pero juntos y bien revueltos. Luego siguió su camino, como se suponía que debía ser. Se afanó siempre en ser lo que se suponía, no lo que los demás esperaban que fuera ni lo que quería ser.

Por fuera se mostraba tranquila, con una seriedad eterna clavada en la cara, de cejas firmes y un aire de santa que fastidiaba. No sabían que por las noches salía de farra con amigotes de bigotes escandalosos y que cantaba a gritos lo que se le pusiera enfrente, sin importar que fueran mariachis o merengues. Fumaba de vez en cuando porros a escondidas porque le gustaban, pero entre familiares nunca tocaba ni siquiera una copa. Todo era por el puro afán de llevarles a todos la contraria, en realidad se sentía feliz de ser como su viejo, adoraba su espíritu que vivía desconectado de todo, contento sin aparentar nada. Se encerrada dentro de su cascarón de mujer aburrida para no tener que dar explicaciones y ya. Le había funcionado hasta ahora, pero se estaba cansando.


"Se supone... se supone un carajo. Hablo sola, ya estoy camino a volverme loca."


Estrella pensaba en mil cosas que decirle mientras sobrevolaba el océano. Al llegar a Madrid, todavía no tenía pensado que le diría a su viejo, pero la idea iba tomando forma. Mascaba el diálogo imaginario, le daba vueltas en su cabeza y se encogía de angustia porque lo que menos le gustaba era tener que dar explicaciones. Debía tomar un autobús para llegar al pueblucho de nadie donde su viejo se había instalado, tenía todavía un buen rato para seguir volteando las cosas y encontrar las palabras correctas.

Quería imaginar su cara, cuando ya tranquila y llena de mil emociones, pudiera abrazarlo y decirle: "Viejo, soy igual a vós. Ya me harté de este teatro. ¿Te acompaño con mi guitarra y un porro?"

20141112

Los zanates no cantan

Advertencia: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. 


Relato inspirado en Rock & Roll dreams come through de Meat Loaf.



Después de todo, la tarde se les había ido en risotadas y chistes. Xavier tocaba la guitarra mientras la Sequilla cantaba y el Zanate se encargaba de la batería. No sonaban lo mismo sin el bajo. Que parecían cuchumbos de leche, les dijo el papá de la Sequilla. Al fin, se hartaron y salieron a la tienda por una gaseosa y chucherías. Eso fue antes que se fuera el Zanate. Entonces todavía se reía la Sequilla. Pasó varios años esperando a que volviera hasta que se aburrió de nuestras burlas. Ya después volvió a regalarnos sus risas feyas.

Era una cosita de nada, puros huesos y pellejo con una sonrisa de dientes torcidos, amarillos por el cigarro. En aquel entonces tenía ocho años menos y más cargajadas encima. Las camisas le colgaban y la confundían con un bicho, nunca envejecía. Sólo sus manos nervudas la delataban, esas mismas manos con las que hacía tatuajes para sus compañeros, especialmente para el Zanate. Eran como hermanos. Se reían de las mismas cosas, tenían los mismos dolores y oían las mismas canciones.

El Zanate era enjuto, igual a la Sequilla. Morenito, feo, nariz pequeña y ojos de alcancía pesetera. No le gustaban el apio, la mayonesa ni los cobradores de los buses. Vivía para sus cuchumbos de leche, golpeando sus tambores con todo, aprendiendo con cada sacudida de la baqueta cómo sonar más como Dave Grohl o Dave Lombardo y menos como el chorreadito que era. Se debió haber llamado Dave, decía. Quizás algo de la magia de esos gringos se le hubiera pegado, pero los que lo conocimos bien, sabíamos que no. No tenía sentido del ritmo, tocaba sin ton ni son. Pero igual lo dejaban tocar porque no había nadie más que aguantara esas sesiones que duraban toda la noche. Si le daban instrucciones, cumplía.

"Cuando la Sequilla grite y diga "más", le tenés que dar cuatro veces al cuchumbo del centro y una al de la derecha. ¿Oís?"
"Va. Cabal."

El Zanate obedecía.  


"Cuando la Sequilla levante el brazo antes del coro, sacudís los palitos para hacer bulla así como de maraca. ¿Mentendés?"
"Simón. Va".

Terco, el Zanate obedecía.


Para ser un veinteañero, tenía mañas de mocoso. La Sequilla le daba dulces entre ensayos para tenerlo contento y el Zanate seguía hasta la madrugada o hasta donde el cuerpo aguantara. Hacía todo, pero no podía estar callado, sin hacer preguntas.

"Que jodés, Zanate. Maje, ni cantás y cómo jodés. Mira la Sequilla, no jode y canta."
"Los Zanates no cantamos, vó... Pero hacemos las cosas. Aunque nos cueste." El Zanate se reía.
"Sólo de chiva vos. Seguí, ve. Sigamos". 


Comenzaron a tocar. Entonces, ya no estaban en la cochera. El Zanate cerró los ojos ante las luces imaginarias del gran escenario que tenía enfrente y ya no tocaba sólo la batería. La guitarra se veía bien en sus brazos, reluciente. Y cantaba. Y los palitos bailaban en sus manos. Ya no era el Zanate, era una estrella.

Divertidos, los demás lo miraban. La Sequilla sonrió.


"Mirálo cómo está de ido. Sí que le gusta practicar, por mucho que joda." 


20141023

Mundo real





Relato inspirado en "Know How" de Kings of Convenience



La vida era simple para él, sólo era cuestión de esperar. Desayunó, se levantó a correr y regresó a casa a bañarse para ir al club. Aburrido, se fue a la cancha para ver si alguien jugaba tenis a esa hora, pero no había nadie. No iba nunca a las piscinas. De todas maneras, ya casi no hacía ejercicio, no se veía a muchos correr por las mañanas o salir a los jardines, al menos a los pocos que quedaban.

No se invertía mucho esfuerzo en nada y la gente sólo trabajaba unas cuantas horas al día. Su asistente le llamó para avisarle que tenía su cita con el masajista a las diez. Ah sí, tenía que mantener sus músculos en forma. No quería que le pasara lo mismo que al vecino. Colgó.


Todo el día era aburrido. Pero ya sabía que tenía que hacer. Llegó a su sala, encendió el televisor y vió el anuncio que estaba esperando. Siguió las direcciones y llegó a un edificio enorme que nunca había visto. Lo recibió una mujer con una sonrisa artificial, rubia y más prefabricada que su ropa. Entendió que tenían que hacer eso si querían vender, así que ocultó su molestia y la siguió hasta la sala donde le dieron todas las instrucciones. Era un programa de seis meses. Comenzaba con pasos cortos y luego avanzaba hacia todo eso que quería hacer y que lo sacaría de su vida sin color. Todos los días eran iguales y ya estaba harto. Si el dinero no le podía comprar diversión, entonces... ¿Para que tenía dinero?

No habían circos ya, eran más los cantantes virtuales que los reales y las obras de teatro eran obsoletas, todos querían películas. Los parques eran escasos, la televisión hartaba después de un tiempo y no tenía amigos dispuestos a viajar para verse porque se les hacía más fácil una teleconferencia. Si el entretenimiento no estaba afuera, tendría que buscarlo adentro.

Llegó la hora recomendada. Como le dijeron, no cenó y tomó poca agua, tomó un baño fresco y se puso su ropa más cómoda. Cerró los ojos y trató de relajarse, esperando el milagro. Nada pasó, sólo se levantó con la garganta seca y unas enormes ganas de comer, pero le habían dicho que eso sería lo de esperar en los primeros cuatro días, era muy raro que todo comenzara el mismo día.

Pasó el segundo día... nada. Y así hasta el sexto, cuando comenzó a soñar. Al principio sólo eran sombras y vagos contornos, gente conocida y repeticiones de las mismas cosas que hacía durante el día. Le dijeron que intentara algo "consciente": escribir, leer, encender un interruptor de luz o pararse en un pie. Quiso hacerlo y despertó, eufórico.

Los días ya no fueron iguales entonces. El tiempo se le hacía elástico porque las noches nunca llegaban pronto. Primero fueron las luces, después las carreteras sin fin y luego lo mejor: crear paisajes. Noche, tras noche, disfrutaba en su paraíso personal de todo lo que no podía hacer allá afuera. Ver árboles donde ya no habían, mirar lagos donde ahora existía sólo arena o palmeras donde ahora tenían macetas, correr en plazas hermosas de ciudades remotas que visitó algún día una sola vez. Podía hacer todo lo que quisiera. No importaba si estaba en una ciudad con concreto en todas partes, podría ir a la montaña y ver el mar cuando quisiera. Si así lo deseaba, podía ver las ciudades desde el cielo y despejar los cielos o ver un eclipse.

Una noche, fue a una playa hermosa con un acantilado y se lanzó al agua para bucear. Adentro, miraba la arena y otros peces que nunca había contemplado más que en libros. Cuando despertó, decidió que era hora de ir a las piscinas porque tenía que intentarlo. Quería saber qué se sentía. Sin pensarlo, se lanzó desde una esquina. Fue alucinante y sentir que no estaba rodeado de aire y pisando suelo firme lo aturdió. Acá no podría respirar bajo el agua y comprendió que había sido una estupidez. El pánico entraba en su cuerpo en cada gota de agua que iba por su nariz y sentía como su garganta se cerraba, su cabeza se sentía estallar y comenzaba a perder la visión. Sintió unas manos fuertes y toscas sacarlo del agua. Tosió y respiró con desesperación, buscando el aire en bocanadas que no eran suficientes para quitarle el miedo de los huesos.

 - ¿Está bien, señor?

Después de unos minutos, al fin pudo hablar.


 - Sí, más vivo que nunca. Gracias.

20141015

Porros, copas y estrellas




Relato inspirado en "Luz de día" - Enanitos Verdes


Santiago vino de Argentina. Con sus sandalias, sus pizzas y sus porros. Lo conocí cuando acababa de abrir la Trattoria, una amiga me lo presentó como el mejor anfitrión de Robledondo. Me ofreció una ensalada mientras abría una botella de vino, se reía siempre a pierna suelta, pero en ese entonces yo no lo sabía todavía.

Esa noche en la pizzería tenían una session de jazz deliciosa, con diferentes músicos, todos amigos de Santiago. Cada quien agregaba su toque personal, pero el resultado era tan dulce a los oídos que embriagaba. El humo de los porros no me dejaba respirar pero disfruté esa música como nunca. Pasó un buen rato mientras escuchaba cada nota, cada matiz y me asombraba cómo esos músicos, sin conocerse antes, habían logrado encajar tan bien y producir esas tonadas armoniosas.

Mi nariz cobarde me traicionó y al poco rato tenía una alergia insoportable. Tuve que salir del salón a la terraza a respirar. Toda la fachada de sofisticación se me cayó y me resigné a quedarme fuera, viendo las estrellas. Al poco rato, llegó Santiago.

- ¿No te querés quedar adentro? Mirá que la música está linda... ¿O no te gusta?
- Ahhh... Sólo estaba tomando aire. No fumo.
- Ah, les digo entonces que bajen los porros.
- No quiero ser una aguafiestas. Acá eso es legal. Yo soy la ridícula que viene de un país sin porros en los bares.

Santiago me regaló entonces otra de sus enormes sonrisas.

- No te sintás así. Vení, cométe una pizza. O mejor aun, yo te la traigo.

Regresó con una copa de vino y una tabla de madera donde venía la pizza.

- Mirá, te la hicieron de salame. ¿O le decís salami? Da igual, espero que te guste.

Le dí las gracias y comencé a comer. Me seguía contando de su hija, Estrella, que recién había llegado a visitarlo pero que no quería irse sin conocer la Trattoria y me confesó que le apenaba saber que su hija fumaba igual que él. Había llegado hace tres días a Robledondo y todavía no la veía. No contestaba sus llamadas.

- Seguro está de farra. Yo ya estoy viejo, pero ella no. Debería de acordarse que estas cosas a la larga afectan.


Fue la primera vez que lo ví pensativo en toda la noche. Luego pasamos un largo rato hablando de los errores de su hija, de cómo se podía hacer que la pizza supiera mejor, de las plantas del jardín, de las estrellas en el cielo que le recordaban a su hija y del disco que pensaba grabar con sus amigos. Me dijo el posible nombre: "El retorno del Capitán Cáñamo". Estallé y no aguanté la risa, dije que era el nombre más absurdo que había oído para un disco y que a Estrella no le haría ninguna gracia.


- Si hasta la portada tengo ya, mirá: salgo yo con un fondo azul y hojitas alrededor. ¡Es sublime! Mirá ve, si hasta parezco un angelito.
- No sós vos hablando, son el vino y los porros. Estás loco, Santiago.


Las horas morían y seguíamos hablando. De verdad era un anfitrión genial y un amigo único. La Trattoria cerró sus puertas, pasaron los meseros y se apagó el jazz. Amaneció sin que nos diéramos cuenta y sentados en la terraza, vimos al cielo.

- Mirá ve, ya no hay estrellas.

Y con un suspiro hondo, volvió a reír, con una risa visceral que despertó al perro.

20140924

Keomara


Relato inspirado en
"Paper Trails" de Darkside



En las sombras, alcanzó a ver sus ojos. La presa se movía como en un sueño: lenta, segura, hipnóticamente ligera. Siguió arrastrándose entre el fango, moviendo las hojas en el agua, husmeando el aire. El cazador no despegaba los ojos de ella, era una bestia hermosa, oscura y valiosa. Sólo su piel negra le aseguraría un lugar importante entre los suyos y ante todo, la admiración de Keomara.

Midió su respiración: ni mucho para que sonara, ni muy poco como para perder la concentración. No se dio cuenta de cuánto tiempo pasó así. Esto ya no era un asedio. Parecía un cortejo. Llegó a admirar al animal que tan bien se fundía con el ambiente. Su cola dejaba una estela de estrellas en el agua, delicada y siempre en movimiento. En un segundo, creyó ver que la pantera volteó la cara y siguió caminando. Su corazón dio un vuelco y se ocultó detrás de un arbusto. Esperó lo que pareció una eternidad y contuvo el aire, sus pies eran de piedra. Esta era su oportunidad. En un instante, tomó su arco y lanzó una flecha. Cortó el aire y la hirió al lado izquierdo de la cara. Un rugido ahogado y zarpazos al aire le dijeron que había sido descubierto. Saltó hacia la pantera, pero ella era más veloz. Intentó sacar otra flecha, sólo para ser aplastado por una garra directamente en el pecho. Movía sus piernas, tirando patadas, intentando salir de ese abrazo que terminaría con su vida, desesperado, queriendo respirar y hacerse humo para escapar. Vio como esos ojos amarillos lo congelaron y decidio abandonarse y dejar de luchar. Sólo esperaba que le llevaran su cuerpo intacto a Keomara. Que le dijeran que sí, que fue valiente contra la pantera y que a pesar de haber muerto, siempre peleó hasta el final aunque no fuera verdad.

El peso en su pecho se fue y la pantera corrió hacia lo más profundo del pantano. Sin creer en su suerte, el cazador se levantó, derrotado pero aliviado y feliz de seguir vivo, apestando a miedo, corriendo hasta donde sus piernas le permitieron... hasta que llegó a la villa un par de horas más tarde.

En la villa, no sostuvo la mirada de nadie. Lo consumía la vergüenza. Estaba seguro de poder vencer a la pantera, de ganarse el respeto del padre de Keomara de una vez por todas. Llegó a su lecho en el suelo y al momento vio que Keomara estaba en la entrada. La vio cansada, con una sonrisa torcida que no lo alegró. Tenía un corte profundo en la mejilla izquierda.