Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20140129

La comida


Texto inspirado en Metropolis, Owl City


Tomó la pequeña caja metálica y el trozo de mantel que llevaba a diario. Buscó el lugar más apartado y cómodo del jardín trasero, debajo de una palmera artificial que le servía como sombra. Extendió allí aquel trozo de tela corroída que, pese a ser usado a diario, siempre parecía curiosamente limpio.
Se sentó y sacó su comida. Sin prisa, comenzó a almorzar. Aquellos 20 minutos de pausa en la Corporación eran sagrados para ella, una especie de ritual.

Comía sola. El resto de obreros se acurrucaban junto al muro exterior de la sección C del edificio 3 de la Corporación, uno junto al otro, casi codo a codo, disputándose la sombra que proyectaba la estructura y la sensación de frescura que les proporcionaba el contacto con aquel muro gris.

A ella, la que comía sola, la miraban con desprecio o, en el mejor de los casos, con indiferencia. No era solo que comiera sola, que tuviera la desfachatez de preferir la grama artificial al piso del patio, como el resto, sino que además comía despacio, en un ritual religioso que abarcaba los 20 minutos de la pausa. 

Los demás, exhaustos, engullían la ración lo más rápido que podían, a modo de aprovechar el tiempo restante para cerrar los ojos y hacer un simulacro de siesta. Aquel muro parco se mimetizaba entonces con el gris de los trajes de aquellos seres agotados, inmóviles y silenciosos, hasta que la sirena avisaba que había finalizado la pausa.

Pero antes, mientras tragaban la ración la observaban, despreciándola por lo que interpretaban como un tonto afán de superioridad. Ella, tan obrera como el resto, tan de gris como el resto, comía sola, bajo un trozo de plástico que simulaba una palmera y, para colmo, se atrevía a no comer la ración como se debía.

Desde hacía un par de décadas el dinero había sido sustituido por una especie de sistema de intercambio trabajo-por-bienes. Se trabajaba para las corporaciones y se recibía el pago a través de una tarjeta que sólo servía para comprar lo que la corporación en cuestión producía. La gente, entonces, comenzó a intercambiar los productos y así aún había algo de variedad.

Pero en las ciudades de la periferia, como esta, sólo existía una gran corporación y no había modo de adquirir cosas que no fueran despachadas por la misma, dependiendo del puesto y salario que se tuviera.
Así, la comida se limitaba a la ración: una proteína sintética que asemejaba a lo que en otros tiempos debió ser la carne molida, grasa también sintética, papas y pan, que se cosechaban dentro de la sección B del edificio 1.

La gente mezclaba la carne con las papas en una especie de guiso, y lo comía frío en la pausa de la 1 de la tarde, alternando grandes cucharadas de ración con mordidas al pan.

Pero ella no comía eso. De lejos la veían sacar cada vez cosas diferentes: ese lunes era una torta de carne metida entre dos trozos de pan, y unas papas que había cortado muy finas y sofrito con cuidado. Comía despacio, saboreando cada bocado con la parsimonia de quien no tiene aún una jornada de 7 horas de trabajo que completar. Terminaba justo antes del toque de la sirena, doblaba su mantel y regresaba a su puesto.

Ese día, una mujer un poco mayor que ella no soportó más, y le gritó, a modo de reclamo: "¿Acaso no tienes miedo?".

"Miedo", pensó ella. En aquel sitio el miedo era el sentimiento común entre la gente que, conforme y desesperanzada, agradecía tener un trabajo en la corporación para poder comer y vestirse, tener derecho a la ración y a los trajes grises. Afuera, cientos de menos afortunados morían de hambre, mataban para robar raciones, o sucumbían producto de cualquier enfermedad cuyo tratamiento no pudieran costear.

Recordó entonces a sus padres, fallecidos un año atrás luego de contraer una fiebre. Ella había solicitado, en vano, que los atendieran en la Corporación, y luego hizo un pedido de medicinas como si fuesen para ella. Cuando el pedido fue aprobado, sus padres llevaban tres meses de muertos.

Era ya de noche y caminaba hacia su casa. "Miedo", seguía pensando. El miedo era el motor que hacía funcionar aquella maquinaria que en otros tiempos se hacía llamar sociedad. El monstruoso capitalismo que controlaba todo los había vuelto piezas iguales de un mismo aparato, los había vuelto individuos idénticos, al mejor estilo de la utopía comunista que alguna vez, cuando niña, escuchó relatar de boca de su padre. Solo que aquí nadie era feliz. Todos tenían miedo, por miedo se levantaban en la mañana, por miedo iban a trabajar, con miedo regresaban a sus casas y se encerraban durante la noche.

El miedo, por supuesto, era a la muerte. La marginalidad, la incapacidad de comprar medicinas o alimentos, la violencia que cada vez era más cotidiana, todo llevaba a lo mismo, a la muerte. Para ella, en cambio, esa inminencia de la muerte había sido una suerte de liberación. Desde que se había quedado sola veía todo de forma distinta, y más que miedo había llegado a una especie de aceptación. Por eso buscaba, a toda costa, que sus días no fueran idénticos. Por eso veía el cielo y disfrutaba el agua y llenaba sus pulmones del aire limpio que aún se respiraba bajo el domo de la Corporación.

Por eso se fascinaba ante la vista de algún pájaro, cada vez más raro en aquella remota Metrópolis. Por eso ponía su alma en cada cosa que hacía, desde limpiar su minúscula casa hasta atender su segmento de la línea de producción en la Corporación.

La muerte, la inminencia de la muerte, la había hecho feliz, por primera, vez, desde que era niña. Ese convencimiento de que la vida era algo sumamente frágil y efímero le ayudaba a disfrutar cada momento, cada minuto, y la motivaba a preparar cada noche su almuerzo para el día siguiente, con el primor de un condenado que alista su última comida.

Pensaba en todo eso y sonreía. Y así, sonriendo, continuó el camino a su casa. 

20140127

La ciudad.


(Relato breve inspirado en Metrópolis de Owl City)

Caminaremos por las calles de la ciudad buscando las sombras entre escombros de un día que pasó: bártulos por todas partes, olores a podredumbre, papeles que se lleva el viento, chuchos viejos y algo moribundos arrastrando las patas y las garrapatas. Caminaremos por las calles de la ciudad, te digo, hasta un parque iluminado algo sepia con una glorieta pre-histórica y miles de árboles que de seguro ya están hartos de ver pasar tanto cuento como el de nosotros: manita agarradas como adolescentes, sonrisas algo tontas, las ganas de borrar las vidas y ser solo ese par de vidas. Así como las nuestras. En esa glorieta probablemente yeda a miados, y a hombres que pasaron y descansaron y a mujeres que lloraron sin consuelo y a sonrisas cholcas y a ganas y a sexo. En esa glorieta no me va a importar cómo huele, porque vos y yo también vamos a tener ganas allí. Ganas de ser lo que no somos. Y te voy a ver a los ojos. Sin preguntas. Y me vas a ver a los ojos. Sin miedo. Con carros que pasan a lo lejos sobre calles llenas de cartones y basura y pasos que se alejaron y se encontraron y se alejaron otra vez y se volvieron a encontrar y así infinitamente hasta llegar allí, donde vos y yo solo vamos a ser dos sombras más en la noche, alejados del infortunio ese. Este. Y te voy a besar. Te lo prometo. Y tal vez deje allí mi corazón. Pequeño, febril, aprimaverado.

20140126

"Metropolis" - Owl City

El contraste, en eso se resume ese período. A pesar de que no era primera vez, para ninguna de las dos, que había que acostumbrarse a algo nuevo -- hablando de las veces que a una le había tocado mudarse de casa, y a la otra de colegio y de grupos extracurriculares -- este fue de los cambios más decisivos, para ambas; y no lo vivieron igual. Contraste, choques, como colores que paradójicamente van bien juntos; pero ellas se conocían.

Cambiar de ciudad, de país, de cultura, de necesidades, de ritmo, de opinión. No basta con hablar el mismo idioma que ellos: hay cosas que no podés traducir, porque culturalmente no se dicen. Va a haber un choque, vas a vivir y convivir con diferencias que hasta te pueden seducir. No es que sean tan extraños los nuevos contextos que uno no tiene más opción que extrañar: es que uno no tiene más opción que aprender, y el reto es acostumbrarse a dejarse llevar, a seguir adelante e incluso romper con la idea de que allí vamos a estar, pues porque sí se conocían ellas dos. Vivían juntas, es más. Y las palabras de aquel amigo comenzaron a tener sentido: "Te vas a dar cuenta que aunque vivás con alguien, vas a estar vos sola. Es sólo una persona más."

Las avenidas amplias, invadidas por el ruido del tráfico y el zumbido de las preocupaciones de quienes habitan esta gran ciudad, diferente al lugar en el que crecieron... Calcular cuánto tiempo se necesita para recorrer la distancia del apartamento a la parada, y del tranvía al campus; salvo que sea día de coger el bus, o el tren, de esos días de ir más lejos... Para después volver, y en el regreso contemplar las opciones más atractivas que la cocina para uno... Todo opaca la compañía, profundiza la privacidad y hace más agudas a las dudas. Y las personas nuevas que vienen y van, se pierden... Hasta que, con el tiempo, la perspectiva cambia y logras ver cómo hacen parte de este cuadrado que se ha ido pintando. Tan llenos de vacío eran los días que el cielo podía estar azul, coqueteando con algunas nubes que lo complementan perfectamente, y no se dejaba ver. Opacado por los edificios y estructuras que agudizan las dudas, que no les pertenece, que les pregunta qué están haciendo aquí. Son quiénes son por este viaje constante, que se volvió cotidiano; por atravesar las diferencias hasta encontrarse.

Entre copas y bebidas compartían la risa, las ganas de olvidar el día y la sed de que valga la pena. Se hacían una y otra taza de té, pues hace frío y sus respectivos secretos se querían conocer. El diálogo era el mejor ansiolítico, te mandaba a la cama conforme con tu soledad y tus preguntas. Estaban también el café y los cigarros, reservados para los momentos compatibles con el estímulo de la cafeína y la nicotina, momentos para confundir al placer. Quizás nadie las conoce como ellas se conocen, ellas quienes terminaron de conocerse a ellas mismas en el vaivén del cambio.

Compartieron el contraste entre ellas mismas y la ciudad que las acogió. La amistad quedó intacta, a pesar de que ahora no son las mismas calles, paredes y ventanas que las rodean. Parte de conocerte es conocer adónde vas a ir después, o adónde querés regresar, o adónde te querés quedar.

"Metrópolis" - Owl City



          Apareció al atardecer, atado en una de las rejillas de mi balcón, lleno de colores y un sobre color rosa. Mi nombre estaba impreso en finas letras doradas. Al abrirlo, mariposas diminutas volaron en todas direcciones y un collar con una pequeña llave color esmeralda cayó al suelo. Una corriente de aire me indicó que era hora de zarpar. Y así lo hice. Tomé la pequeña llave y la colgué en mi cuello y sin dudarlo, me embarque en ese globo gigante multicolor, emprendiendo un viaje por los cielos, entre nubes de algodón y dorados rayos de sol.


          Me elevé por los aires, hacia una travesía sin retorno, acompañada por bandadas de gaviotas, navegando sobre un océano de aguas turquesas y reflejos mágicos de sol sobre las crestas de las olas. Grupos de delfines saltaban emocionados de tal forma que parecía una danza sincronizada.

          Tomé la llave turquesa y la coloqué dentro del motor. El globo comenzó a a elevarse hasta que me me perdí en un cielo infinito color lavanda con pinceladas de nubes rosas en el horizonte. Por un instante, el tiempo se detuvo, no había nada a mi alrededor más que espacio. El mundo estaba allá abajo, tan distante y diminuto que parecía surreal. Pequeñas gotas de agua se condensaron en mi rostro. Una corriente de aire me arrastró hacia un bosque de nubes. Escapé de tormentas, esquivé imponentes montañas, y al anochecer, el mundo allá abajo se convirtió en una gigante constalación vibrante de energía y amor.

          Si, es cierto cuando dicen que el amor te eleva por los aires, llevándote por travesías indescriptibles. Más que un cliché, es una realidad. Así me encontré cuando llegaste a mí, disfrazado de globo multicolor. Aún después de este tiempo, sonrío como idiota enamorada, deseando verte una vez más. Como una adicción, una dulce adicción al placer que me provoca verte sonreir una y otra vez. 





NGB. DA20140126