Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]

20160809

26

Relato inspirado en Creep versión Postmodern Jukebox

Alex se quitó el reloj y frotó su muñeca, descontraído, antes de acostarse contra el respaldo. ¿Se acordaban de cuando no les importaban las sillas sin respaldo? Hoy no, hoy se joden la espalda y, por lo menos para Alex, era un pequeño secreto. Siempre buscaba momentos solitarios para tocarse la espalda baja, que como duele esa mierda, de modo a no quejarse en público, frente a los bichos de la oficina, de sus dolencias lumbares. Para Manuel, en cambio, el golpe bajo fue cuando lo venció la rodillera. Él había visto a su nana poniéndose esa cosa para jugar tenis, y hoy es él, con tobillera y muñequera. A la edad que tienen no pueden descuidar nada.

¿Otra birria?

Pero la edad no es tan mala, pensaba Alex. A Manuel no le va tan mal. Es bello ese apartamento en el que tantas veces se han juntado. Y ya se van a casar, al fin se van a casar, pero, pues sí, tenés que darle largas si quieren pero no pueden. ¿O serán solo las ganas de prolongar la soledad? Manuel no le veía el punto, pero pues Alex y Manuel nunca han sido iguales, men, ¿qué esperan? Manuel ha tirado más para un lado y Alex para otro, pero se juntan en el medio, siempre. Los extremos son como un putazo que se te sube, pero baja, y tanto Manuel como Alex siempre buscan su centro. El justo medio, a veces, era el balance encontrado entre la novia que viaja y la novia que vive lejos. Y así como a veces Manu se pierde siguiéndole el hilo a una que otra promesa y cambia –porque sí, cerote, te volvés irreconocible–o qué sé yo, Alex tendía por mantener un status quo y setear solito las barreras que lo confinan a su comfort.

Si por Manuel fuera, se habría casado hace ratos y se quedara en ese apartamento, pero la lógica de su chero era distinta: él había prolongado y estirado el noviazgo tanto que ya no veíamos el borde, el inicio.  Todo era de esperarse, y así ¿cómo no te vas a malacostumbrar? Esas malas mañas de agarrar el celular y escribir y esconder. A saber si las irá a dejar botadas, cuando deje el apartamento y encuentre su casa y tengan sus hijos. Manuel se quedara allí, con ella, en el apartamento. ¿Qué ondas con construir algo y dejarlo? Él solo quiere algo más cuando lo dejan, y allí ni modo. Y cuando Alex y él se salgan cada uno del camino que les tienden las costumbres, y el cuerpo no les deje de acordar que ya no tienen 26 años, porque esas birrias cada vez más los hacen más pedazos y pica el intestino el día siguiente –es verdad, cerote, es como una picazón– y tengan su balance, probablemente se encuentren en los extremos. Los excesos son un lujo que damos por sentado, dijo Alex, y se levantó a contestar una llamada.

20160808

Prohibido reír




Relato inspirado en Creep versión de Postmodern Jukebox




Me preguntó usted por qué es que soy así. O mejor dicho, por qué creo yo que soy así. Le dije que varias cosas tienen la culpa: las figuritas de las corredoras que flotaban por la pista con velocidad envidiable mientras yo apenas alcanzaba a salir de la meta, el árbol seco del área social donde aquella amiga me mandó a la mierda, los hot dogs insípidos con los que aquel primer novio me pidió que anduviera con él, aquella señora que me vio con desprecio cuando llegué al cumpleaños de su hija un día antes por querer encajar. Usted no sabrá cómo es esto de ser yo, de ser invisible a voluntad y de ser notoria por los motivos equivocados. Usted no lo sabe y es mejor así, porque si no, no estaría contándole todo a $40 la hora. Quisiera que me dijera que esta combinación de cosas que llevo adentro es culpa de todo eso y de esta cobardía de no haberles dicho lo hijueputas que eran todas, de no haber tenido el valor de defenderme. La verdad es que yo misma sé la respuesta, no tendría ni por qué estar sacando toda esta sarta de cosas. Después de tres meses de estar dando vueltas a la misma cosa, no creo que sea necesario que me siga escuchando, pero como ya le pagué todo el tratamiento, voy a seguir en esto. Me da risa pensar que me decían que parecía dragona, me da risa porque en realidad no tenía ni la mitad de la furia que tengo hoy, porque la única diferencia es que hoy la disimulo mejor.


Verá usted, si hay algo que no entiendo es cómo toda esa gente que nunca se esforzó ni la mitad de lo que yo me he esforzado vive viajando por el mundo, en pent-houses de lujo y con veinte fotos por día en Instagram, en Facebook y en cuanta red que aguante fotos exista. Le pasan machacando a una por casi veinte años que es especial cuando en realidad es una poco menos que ordinaria. Los otros restaltan no por sus logros, sino por sus apellidos y por las amistades de papá y mamá. Es una lástima que eso lo haya venido a aprender demasiado tarde. Antes veía los calendarios y de repente me caía un anuncio para avisarme de la nueva imagen de alguien, porlagrandísima. Ellos en un yate, ellos en París, ellos en el bautizo del segundo hijo y ellos en los juegos de invierno en milnovecientosquiénsabe en algún lugar de Europa del Este, con nieve en el fondo. Seguí su consejo y por mi salud mental dejé de seguir a toda esa gente, desinstalé programas de todo, cerré cuentas de redes y solo paso hablando con la gente que de verdad me importa. Resultó que encontré amigos entre perfectos desconocidos que hablaban mi idioma y boté supuestos contactos de gente hipócrita que conocía desde hace veinte años. El que dijo que los amigos del colegio eran eternos, claramente no conoció a la misma calaña de personas que conocí yo. El que a usted lo obliguen a estar encerrado en un salón seis horas al día con el mismo grupo de personas durante ocho años no lo hará tener amigos entre sus compañeros de encierro. Si no me cree, pregúntele a un ex-convicto. No veo la diferencia entre las paredes de un colegio al de una cárcel. Bueno, si... El cambiar de juego de paredes pasado el mediodía puede que haga la diferencia, pero el encierro forzado y el falso compañerismo comparten la misma naturaleza. Juzgue usted.


Y no hablemos del falso fervor. Falso, falso... Todo falso. Creo que esa palabrita resume todo en esta vida. O al menos una buena parte de la mía. Podría pasarme horas quejándome de esa porquería, siempre encontrando algo nuevo que criticar. Amén la clase de catecismo, oremos por el Santo Padre que lleva en sus hombros la salvación de todos nosotros y no recuerdo qué más. Yo misma veía a los supuestos líderes coqueteando con las muchachas del grupo, que solo eran grupos de encuentro para potenciales novios y novias aprobados por los padres y a veces asolapados por los mismos curas. Pero le veo la cara de espanto y el labio arrugado; no me mienta, que sé que le ofendo. Y está bien, usted es libre de creer lo que quiera, pero a mí ya no me vienen con cuentos. Pasé por eso: por los hermanitos de los coritos dominicales, por los Hare Rama Hare Hare, por los otros hermanitos del diezmo que es del Señor y muchos otros. Creo que brinqué por todas las religiones, a excepción de los mormones y musulmanes. Mejor le cambio el tema porque veo que no le voy a poder echar la culpa a eso con usted. Ya lo ví, creo que es mejor que no le diga nada más de eso. Cerremos nomás al decir que yo no voy a buscar la religión como un consuelo así como hacen otros porque ya pasé por eso y sigo sin encontrar a Dios. No me malinterprete, que no soy atea. Creáme cuando le digo que sí quiero encontrar a Dios. Quiero creer en El pero la vida me tira razones para no creer directamente a la cara, todos los días. Dios y yo nos entendemos y El me conoce. Dejémoslo allí.



¿Le cuento algo? Creo que encontré una forma de maldecir menos y pensar menos. Así paso los días concentrada en cosas más productivas que en cómo insultar a esas malnacidas si me las llego a topar en la calle algún día. Sí, es mejor si paso buscando formas de reírme por estupideces. Si la vecina patea porquería de perro, me río. Si alguien me cuenta un mal chiste, me río igual. Reírse es gratis, disfrutar pequeñeces es barato, no jodo a nadie y me siento mejor después. Lo que más me gusta es que puedo reírme al fin de mis errores aunque no me de risa, aunque quiera llorar o mandarlos a todos al carajo. Es más fácil reírse a la fuerza que fingir que alguien me cae bien porque a la larga termina dándome risa de verdad. No importa si al principio no siento cosquillas en el estómago, porque la risa no comienza en el estómago sino en el cerebro. Una vez me dijeron que la risa abunda en la boca del tonto, pero no creo en eso. El que se ríe a propósito no tiene ni un pelo de tonto, sino que navega sutilmente con bandera de pendejo para enterarse de todo y no afectarse por nada, digo yo. ¿Sabía que dicen que disfrutar del sarcasmo es signo de inteligencia? Desde que oí eso, me siento menos estúpida cada vez que hablo antes de pensar. Sigo pensando en las cosas que encuentro risibles y no logro entender todavía si soy penosamente idiota o increíblemente lista. ¿Será que eso importa? Yo digo que mientras logre pasar un día más sin agarrar a alguien del cuello para cobrármelas todas, eso sale sobrando. ¿Usted que piensa? Ah, sí. No me puede decir. El tiempo se nos ha terminado y esos $40 no alcanzan para que me diga eso.  Será para otro día.

You're so fuckin' special

Relato inspirado en Creep, de Radiohead, pero en la versión de Postmodern Jukebox.


A mi amiga,
la imaginaria... 


Giró la perilla de la ducha y el sonido del agua cayendo la alejó de todo. El agua llegó a su cabeza y empezó a bajar por su rostro, su cuello, sus pechos y pasó acariciando su vientre antes de desviarse por los pliegues donde inician las piernas. Tenía mucha fiebre. 

Levantó los brazos para que el agua mojara sus axilas, sentía que la fiebre la debilitaba, apoyó sus manos sobre la pared, exponiendo su espalda a la frescura del agua, quería que pasara la sensación de morirse. 

Agachó la cabeza, un poco más abajo de sus hombros, cerró los ojos y quiso recordar el momento más feliz de su vida, por si se moría, podía hacerlo llevándose la mejor experiencia que había vivido. Vio a Mario, su marido, sentado en la silla que ocupaba un lugar en el gran reino de su habitación, todo lo demás estaba a oscuras. Ella estaba recostada sobre la cama, desnuda, tal cual estaba bajo la regadera, con los cabellos sueltos, el aliento agitado, sentía el corazón rebalsando, la sangre galopando, de pronto sintió el suave tacto de unas manos. Eran manos de mujer. 

Sintió el recorrido interminable de esas manos, había iniciado en sus muslos, rodearon la carnosidad de su vientre y se divirtieron un poco al llegar a las protuberancias de sus pezones, los dedos juguetearon un momento con la suave vellosidad de su piel. Mario veía fijamente hacia ellas. No decía nada. Ella se permitió suspirar. Cuando las manos terminaron de llegar a sus hombros y empezaron a acomodarse en su espalda, mientras los brazos se deslizaban sobre sus homóplatos rodeándola, vio al fin el rostro de la mujer. Era bella, como ella. Eso era lo que pensaba Mario de ambas. Las deseó. Se le notó.

Ambas se querían, eran amigas desde hace años; para ella, su amiga siempre había sido tan especial, jamás se lo habían dicho pero lo sabían, se sentían atraídas, pero ser mamás y esposas era un deber, una obligación, un cumplimiento del deber que no podía ser detenido por fantasías lesbo-eróticas. Ambas sabían que aquello no era un error, sino una enmienda a años interminables de cumplimiento del "deber ser". Sus labios se juntaron y Mario hizo evidente su necesidad de acercarse, se sentó a la orilla de la silla y abrió las piernas, ambas vieron su increíble erección. Separaron un poco sus carnes y extendieron, cada una, un brazo, invitándolo a unirse al festival de caricias. Mario se dejó guiar. Sin hablar le mostraban dónde tocar, donde dejar una marca en la piel, dónde juguetear, él se maravilló.

Ninguno dijo nada, incluso cuando al fin Mario penetró a la amiga de su mujer, viendo cómo se movían sus pechos con cada arremetida, mientras su mujer abría las piernas para que la lengua de su amiga entrara fácilmente a su región más escondida. Cerraron el triángulo Mario y su mujer al juntar sus bocas. Los tres se vinieron en ese momento. 

Ella abrió los ojos, el agua seguía corriendo por todo su cuerpo. Seguía caliente. Cerró la llave, se envolvió con una toalla y salió del baño; a la salida, uno de sus hijos adolescentes le preguntó si seguía sintiéndose mal.

"Ya me siento mejor" - le dijo.

20160806

Your skin makes me cry















No sé en qué momento, Creep, la de Radiohead, llegó a esta historia de mi vida. No fue en el tiempo que salió originalmente allá por el 92, no, por esos días yo andaba tratando de entender las intrincadas letras de Rogers Waters. Creo que Creep, la de Radiohead, apareció probablemente hace unos años cuando armaba mis playlists para llorar. Y con toda propiedad podría decir que fue en ese momento en el que le puse total atención a Radiohead. Me enamoré de Thom Yorke y sus canciones y letras para acompañar los momentos más tristes de la vida. En la actualidad me dedico a comprar o conseguir todos sus vinyles, aunque, ajá, su voz suene más rara que nunca en acetato.

Esa canción -aunque al mismo Thome le disguste tanto su éxito- tiene algunas líneas que son increíbles

YOUR SKIN MAKES ME CRY

es prueba de eso.

YOUR SKIN MAKES ME CRY

es la palabra hecha poesía.

Me declaré fan de Radiohead hace algunos años, y en mi lista de bandas favoritas ahora ocupa el segundo lugar.

¿Ya dije que amo a Thom Yorke?

Pero claro, hubiera sido tan fácil escribir con el Creep de Radiohead, ¿verdad? Entonces recordé esta versión de Postmodern Jukebox. ¿Postmodern Jukebox? Ya saben, el experimento de Scott Bradlee, este músico gringo que hace versiones de canciones actuales con tonos de estilos como ragtime, jazz y swing...

Mis hijos y yo somos fan de Postmodern desde hace varios años, pero cuando, en abril de 2015, salió esta versión de Creep; simplemente enloquecimos. Sinceramente, creo que es imposible que haya tanta belleza en una letra, un arreglo y una voz.

Además, la versión esta amenizó un atardecer en el Lincoln Memorial del DC, con mi hijo adolescente y un pintor gringo de atardeceres, mientras yo trataba de traducir YOU'RE SO FUCKIN' SPECIAL y WHAT THE HELL AM I DOING HERE al español.

Ok. Veamos qué sale.

20160724

Ella













- Carlos no está  - le dice, parada junto a la puerta, sosteniendo el picaporte como si alguien fuera a quitárselo.
- Ya sé, le hablé en la mañana por teléfono y me contó que se iba para Panamá. Me dijo que estaba bien si pasaba a devolverle este libro, me lo prestó hace meses – contesta él enseñándole el libro que, de alguna manera, justifica su presencia a esa hora de la noche.
- Bueno, dámelo. Yo le digo que pasaste – dice, por decir algo, deteniendo la puerta. Esperando algo más que el libro. Dibujando en su rostro una mueca que quiere ser una sonrisa. Una sonrisa que quiere ser una mueca. “Un momento que no podrá ser nunca”, piensa y le pregunta si quiere pasar. Él no se niega ni por un segundo y desplaza su metro ochenta dentro del pequeño recibidor de la casa, argumentando que no quiere interrumpirla en nada. Ella cierra la puerta tras de él, contestando que no interrumpe nada, que solo iba a tomarse una copa de vino y fumar un cigarro en la terraza, que si quiere acompañarla.
Sí la acompaña. Ella le ofrece algo de beber. Él solo quiere agua, tiene sed. El vaso viene fresco y transparente moviéndose suave al ritmo de ella, que se lo entrega directo en la mano. Se sientan frente a frente con la mesa de vidrio en medio y ese sentimiento a medias por todos lados.  Hablan de las mismas historias que no se cansan nunca de contar en las largas reuniones de los viernes con el grupo de siempre. Solo que ahora no es viernes ni está el grupo de siempre. Solo ellos dos con sonrisas tontas y silencios largos, entre frases cortadas y sin sentido. Ella le mira a los ojos mientras hablan, él no le puede sostener ni un minuto la mirada, nunca ha podido. Uno de los niños viene a decir buenas noches. No se extraña de encontrar allí al “Tío Santiago”, quien siempre está en la casa acompañando a su papá como su sombra. El chico le da un beso a la mamá, otro al “tío” y se va corriendo al dormitorio. Ella sonríe otra vez, con una sonrisa nueva que él no le conocía, que le ilumina toda la cara.

- ¿Qué? – Logra apenas decir Santiago. Más que una pregunta, una súplica.
- ¿Algunas veces no sentís que estás viviendo una vida que no te imaginabas? –

Él le dice Rebeca como un conjuro, tratando de que su nombre suene como algo más que una palabra. Y no dice nada más, solo sonríe lento, tratando de sostenerle la mirada. Enmudeciendo frente a esos ojos grandes y profundos, queriendo partir en dos la mesa, el mundo, el maldito destino que la hizo cruzarse por la puta vida de Carlos antes que por la de él.
- A veces siento que estoy viviendo una vida que no es mía -  dice él, pasando una mano sobre la mesita para encenderle otro cigarro.
Ahora ella le dice Santiago como una promesa, con sílabas que pronunciadas así se vuelven una esperanza.

- ¿Qué es lo que esperás de mí, Rebeca? –
- Entenderás que no puedo esperar nada más que sigás siendo el mejor amigo de Carlos –
- Entonces, ¿Vos entenderás que ahora me levante y me vaya? –
- Lo entiendo. Está claro –

Por segundos él no se mueve. Le dijo que lo entiende. Claro que está claro. Toma el celular que antes puso sobre la mesa, junto al vaso con agua que permanece intacto, y casi de un salto se levanta. Todavía la mira. Ahora sí puede sostenerle la mirada.

En la puerta se despiden como si nada, hacen planes para verse el viernes con el grupo de siempre, cuando Carlos ya esté de vuelta. A escuchar nuevas anécdotas en Panamá, bromea Santiago, mientras con la mano derecha le agarra el brazo izquierdo para despedirse. El brazo que es eterno, que se vuelve un puente en donde su mano se va deslizando hacia abajo hasta quedar los dedos juntos, entrelazados.

- Como debería ser – dice Santiago, jalándola hacia afuera, empujándola levemente contra la pared de laja, acariciándola mientras mide los pocos centímetros que faltan para aplacar su respiración, su agitación, sus límites. Se miran como nunca. Nunca tan cerca. Se besan como nunca. Nunca antes. Reconociéndose las formas, las humedades. Se sienten, un murmullo cadente y pausado. Se desean y se adivinan, se adivinan y se desean bajo aquel cielo, inútilmente estrellado. Bajo aquella luna que quiso ser llena, pero es menguante. Santiago siente que se le escapa, que se le va a escapar y la envuelve con un brazo, sintiendo el cuerpo nuevo de Rebeca que no conocía. Dejando, sí dejando, que esta vida sea suya. Imaginando, nada más imaginando que puede ser…

- ¿Creés que si me quedo con vos esta noche estarías viviendo la vida que imaginabas? –

Entonces Rebeca piensa. Piensa y lo separa. Trata de mirarlo, pero ahora es ella quien no puede sostenerle la mirada. Camina de regreso hacia la  puerta, se voltea y lo abraza. Nada más lo abraza y se deja abrazar largo. Luego se para bajo el umbral y le contesta:
- No creo, porque en la vida que imaginaba no tenía que engañar a Carlos para estar con vos…

- Entonces… gracias por el agua - dice Santiago tratando de sonreír y se va.

20160722

La escena del supermercado

Foto de Rodrigo Dada
relato inspirado en "Buenas épocas" - Ángel Gutiérrez
recomendación de Liza


No fue lo que pareció, pero tampoco fue un malentendido. Lo que sucedió en ese supermercado, cuando Jeff y su esposa, she has a name, regresaron del mar sin demasiado ánimo, pero era mejor ir hoy que amanecer mañana sin nada en la refri; esas cositas que se permitirían mientras no tuvieran hijos, una pequeña indirecta con la mano de ella sobre su vientre no faltó. Un beso, tranquilo, y ella se fue al pasillo de los lácteos y también a conseguir frutas y verduras; Jeff, él tendría que ocuparse del resto de las cosas en la lista, ¿dónde están esos putos filtros?

¿Cuándo había sido la última vez que vino solo? No puede pensar, no se acuerda, solo sabe que fue hace mucho y que quisiera cambiar *esta ida al súpe* por unas horas de Play Station, de todas formas Jaimie, the woman he married, había aceptado una unión matrimonial indirectamente con una consola, y nadie estaba engañado. Al menos, lo mínimo que podría hacer en este domingo sin soledad era aprovechar a comprar man things, su cera, su gillete, su whatever. Se perdió en un whatever y se quedó perplejo ante una promoción, 2x1, pero ¿cuál era el catch?

Jeff

Era la voz no de su wife, pero su ex.

Wow, long time no see… y él, tropezándose con su susto, hizo la pregunta retórica are you shopping?

The ex, ella se veía muy, muy bien y muy feliz, y hablaba, jalando una carretilla de las que son canastas en principio, pero tienen cómo jalar. Jeff y su atuendo de casado que va al mar la veían, y parecía escucharla con atención e interés, pero era todo una mentira: Jeff veía el cabello despeinado que ella solía tener y su carita pálida en ese rostro más bronceado, con pelo más ordenado. La noche que se conocieron ella ni siquiera podía escribir su nombre, I can’t spell my name, y él no sabía cómo llegar a su casa. Deambularon hasta que se les bajó lo que habían tomado con un delicioso burrito callejero y rieron de un ataque de hipo y se volvieron a presentar, I’m Jeff, by the way.

Y en ese pasillo con luz de hospital afuera del hospital, Jeff veía las acciones deliberadas que los unieron, acordándose de verla vistiéndose para ir a la universidad y pensar no, ella no se va a ir de mí, ella es. El piercing que ahora ya no tenía, que ya no se ve en ese supermercado, era nuevo y no había sanado, pero sanó. Los acompaño a viajes de una hora u dos en carro y a fiestas y a domingos empiernados en la cama, ¿por qué te fuiste?

Jeff, Jeff… No por nada te casaste. La voz de la razón sacudió la cabeza de Jeff en ese súper, sin que nadie se diera cuenta. La vació entonces de la voz de las ganas que querían aferrarse a las buenas épocas. Recordó las acciones no deliberadas que los separaron y sintió los brazos del tiempo alejarlos. She’s great, but… podemos seguir cada quien por su lado y le faltaba buscar champú y no sé qué más está en esta lista.

20160710

Inspiración quincenal ¿Buenas épocas?

Ángel Gutiérrez, Ella



Para llegar mi primera sugerencia, en Non-Girly Blue exploré varias opciones, algunas vinculadas con la modernidad que es un poco tendencia en el Blog. Sin embargo, esta semana me han perseguido ideas y recuerdos que me han llevado a este cantante salvadoreño, Ángel Gutiérrez.

Recuerdo que cuando  escuché de nuevo esta canción en los tiempos modernos, durante un concierto recopilatorio de lo que se conoce como Buenas Épocas de la música salvadoreña, interpretada por los cantantes originales, muchos de ellos ubicados en las ciudades de Estados Unidos, las lágrimas salieron de mis ojos abundates e incontrolables. Bueno no erán lágrimas, erán lágrimones. Y no me sentía triste, fue simplemente volver a un tiempo preadolescente quizá, cuando existían radios que ya no están cómo una llamada Radiopolis. Una de sus locutoras, serían los últimos años de los 80, pasaba siempre frente a casa cuando iba a sus turnos y recuerdo haber visto en esta mujer uno de mis primeros ejemplos de autonomía ¿Cómo podía ganarse la vida alguien de programar música?

A ver qué pasa.