Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20160906

Te sigue





nadie se da cuenta
y apenas se escucha
la madera se mueve;
te sigue y la persigues, no es
el viento, no es neblina

son los pasos que los persiguen,
se acercan, se alejan; siguen
susurros cuando duermen
de los secretos que se
prometieron nunca dejarse
–te sigo amando, dice–

y seguirán las promesas
no se van del pasado, pero
te sigue y la persigues, no es
la arena, no es la neblina

son los momentos que nunca
se han ido, perdidos; siguen
destellos que no existen
de lo que hubieran dicho
y callaron sin decirse
–te sigo amando, canta–.


RELATO INSPIRADO EN "TE SIGO AMANDO" - JUAN GABRIEL
SEMANA TRIBUTO

20150824

Deberías comer

"A secret place in public"
escena de Frances Ha
relato inspirado en "Mala"-La Garfield


Era imposible identificar en qué momento había aprendido a dar mordidas tan grandes, pero lo hacía, muda. A eso se debía su manera tosca de masticar y de allí venía también el ritmo acelerado con el cual Marielos se terminaba su comida. A menudo, el vacío pos-hamburguesa le dejaba chance de comer algo extra… Y si no era en el almuerzo, eran esos espacios entre comidas con boquitas saladas pero, ¿qué más va a comer? ¿Lechuga? Si nos malacostumbramos, comemos un montón y a Marielos no le molestaba la carga que tener aguante y buen diente, pero–


–...Entonces, eso fue lo que me dijo.–


Natalia no había tocado su comida, porque tiene la manía de hablar y hablar, más aún los días en los que tiene cosas que contar. Esto de salir a almorzar se había convertido en una rutina, al punto en el que si alguien mencionaba el nombre de ese restaurante de mariscos, Marielos no podía evitar asociarlo a su amiga y reaccionar con un mensajito de What’s App. Marielos solo había mantenido contacto con Natalia. Pero, ¿cómo así? Si es fácil mantener contacto con la gente. Lo es, pero Marielos exagera y lleva todo a un extremo: hay gente con quien habla, de la que se rodea para ir de un lugar a otro, pero solo con Natalia permanece ese contacto cercano que hace que uno vuelva a ver a la persona y sentirse entero. Natalia es una extensión de Marielos. Marielos, por ende, puede estar en dos lugares a la vez. Puede desplazarse, y estar quieta a la vez; un guiño basta y un pongámonos al día, al rato. Natalia es su extensión, su amiga del alma con quienes posaban en fotos llenas de brackets y espinillas, y estos almuerzos elegantes tienen todavía esa malicia y sencillez de las escapadas y los escondederos.


Ahora le tocaba hablar a Marielos, mientras Natalia tocaba con delicadeza su sándwich que ya se había enfriado. Le dio un par de mordiscos, mientras Marielos fingía no haber perdido el hilo de la tragedia greco-romana de la semana. Mostraba interés y daba consejos en vano como Ya no le hablés, Esta vez déjense de ver, pensando en que ¿y uno qué sabe de estar en los zapatos de los demás? Natalia y su novio habían jugado antes a un ping-pong de ruptura y esta vez probablemente iban a volver a hacer lo mismo, independientemente de qué opinaba Marielos. El tercer mordisco quedó a medias y Natalia casi que empujó su platillo cuando puso el sándwich.


–Deberías comer, Nat. Y dormir.


La solución a las ojeras no es el maquillaje. Es la salud. Y esa figura tan delicada de Natalia no es accidente, tampoco.


–Ya me llené, Mariel. Y me duele el pecho.


–No fumés. Y pidamos la cuenta, así te podés ir a descansar.–dijo Marielos, buscando al mesero y haciendo ademanes incómodos.

Nat se le quedó viendo al vacío, probablemente exteriorizando la confusión interna, buscando cómo manejar una situación que doblega lo racional.

–¿Vos cómo hiciste para estar tan tranquila cuando cortaste?–preguntó la amiga a Marielos, quien vive todo con una aparente resiliencia e integridad.


–La verdad, Nat, es que cuando el tipo cuyo nombre no quiero repetir (porque se me revuelven las tripas cuando digo su nombre y se me viene el de Ella) viene y me manda al chorizo, me pongo yo a pensar en Puta, yo he sido él. Así como él por x o y razón la regó al actuar como actuó, yo he sido estúpida e insensata, o como querrás llamarlo. Yo he sido la mala.


Y se extendió hasta que cada una firmó sus vouchers, recriminándose un poco por las veces en las que ella ha actuado mal a fuerza de no saber cómo actuar. Se culpa mucho, pues ha sido muy exigente con terceros como para no ser exigente con ella misma. Pero esos vaivenes del karma no iban a llevar a ningún lado, así que Marielos cerró con un apretón de mano y un:


–¿Sabés qué? Hacé lo que tengás que hacer y no perdás de vista que vos has hecho las cosas bien. Pensá en vos y que el resto siga. Y comé, Nat.

¿Qué más decir? Si cada una tiene su manera de comer, de caminar, de reaccionar.

20150630

Todo lo posible o

Relato inspirado en "Special to me" – OST Phantom of the Paradise 
La mesa de madera se tambaleó un poco cuando Sara dejó ir el shot glass sin tequila, luego de los 9 tequilas que llevaba encima, consecutivos, una competencia con ella misma. No, no es nada más que estaba chambona –como dispareja– y que había que decirle al mesera que, con la ayuda de una servilleta, les arreglara el desnivel de la mesa que habían escogido, porque si algo le molestaba a Alejandro eran las mesas disparejas, y si algo le molestaba a Sara era sentirse así de dispersa… Era que Sara sí le había pegado con fuerza a la mesa. Porque ya basta, ya no podía seguir así como estaba.

Al principio, la reciente relación de Sara, no tenía la misma pinta que tenía hoy, domingo 17 de julio de 2016. Retrocedamos un par de años, tal y como Sara se permite hacer cuando está en la ducha y se aferra, cerrando los ojos, a los altos y no a los bajos que definen el relieve de una relación tumultuosa. No, yo sé, había llegado a comprender más tarde que temprano que ya no se podía dar el lujo de una vez más perseguir el conflicto, ni de alimentarlo con sus conflictos. Sos una boba, Sara,  y ¿cómo así que es culpa de mis papás? Su reflejo era más apacible que el del Doctor y era claro que si seguía así Sara lo iba a perder, a este hombre amigo compañero amor.

Esa relación lucía una cara fresca y encantadora, cuando se presentó ante la pareja en un mirador en Valparaíso, y el día olía a rocío de madrugada y a lavanda. Ven, le dijo él, que estos son aceites esenciales de lavanda. Doctores, reyes y botanistas coinciden con que dicha fragancias tiene propiedades antidepresivas y se convertiría en el elixir en forma de olor para revivir a Sara de sus días grises. Bien dicen que la juventud enamora y que cuando enamorado, todo enamora: eran los primeros días de una promesa de besitos y pactos tácitos de hacer mucho. ¿Será que entonces no había nada que perder porque tenía tantísimo en común? El porvenir no había sido truncado por las amenazas de que una de las partes se fuera a trabajar al extranjero –a su país inventado en el que nadie envejece y los hoyos sin legado se llenan de trabajo– ni tampoco se había identificado bien los riesgos como para que ellos pudiesen mitigarlos.

Aceptar, resolver, seguir adelante. Él no quería hijos pero ya después de un rato no podés dejar que tu corazón se siga rompiendo, cuando está en vos estar en paz con las cosas. Y aunque nos hayamos aguantado los tires y encojes y pongamos nuestra mejor cara, a Sara le ardía tragarse las veces en las que él era inaccesible por sus trabazones. Los amigos en común no alcanzaban a tropezarse con estas tensiones y nudos en medio de un intercambio tan personal, pero ¿de qué nos sirve que todos nos crean bien?

En todo lo que Alejandro tenía de conocer a Sara, jamás la había visto tan enamorada. Lo sabía, pues, digo, ella tampoco se había visto tan enamorada. Debe ser, pensaba él, que quizás tenía razón, después de todo, cuando decía de que para todos existen alguien que te mueve el piso y que, pese las circunstancias y las opciones tendidas para regarlas, con todo; esa conexión impermeable que muta con el tiempo mas no desaparece. Eso suena muy bonito, pero ¿qué hago, Alejandro?

Su rostro estaba adormecido por el tequila pero el ánimo la estaba despertando. Cuesta pasar por estos lares disfuncionales que hacen que todo pese y que querrás arrojarle a tu pareja tu colección de DVD’s, habiendo bajado del pico en el que le gritaste que de todas formas siempre supiste en qué te mentía, pero Sara seguía, terca. Yo ya sé qué quiero, y lo voy a exigir, le dijo. “Después nuestés llorando” recuadraba Alejandro que eran las palabras de Sara, que entonces si nunca le dijiste a la tipa que la querías y que la querías de regreso, ¿qué putas vas a hacer cuando estés llorando? Cuando hemos hecho todo lo que podemos hacer, no podemos quedarnos llorando, punto final, le escribió una vez esta misma Sara en un correo electrónico, ¿te acordás? Nos mandábamos correos cuando vivías en Alemania y allí me imaginaba tus historias con las bichas.

La resaca no la afectó tanto al día siguiente como ese nudo en el estómago que le enderezaba la espalda con tensión, para dar vueltas en la cama vacía. Él volvería y lo van a resolver, así es como se deshacen los nudos de gastritis. Por mientras, café y tabaco para calmar lo sofocante que es saber lo que querés pero no estar segura de que si él va a querer. Lo más seguro es que me dice que no, porque él así es, mucho me aguantó ya. Y yo ya no aguanto pero quiero más.

Él regresó al apartamento hasta pasadas las 7 p.m. y no sabemos de donde venía. Fue la primera y la última vez que largaba así sin avisar, sin contestar llamadas, sin decir más nada. No lo volvería a hacer, Sara no tendría que acostumbrarse a él. Hacía mucho calor pero él estaba frío y ¿qué te pasa? ¿no me vas a escuchar? No, Sara. Esto no está funcionando. Lo he pensado ya mucho y creo que no estamos bien juntos.

Seguro volverás a lo que hacías antes y estarás mejor sin mí. Estoy seguro que en algún momento volveremos hablar, no estoy seguro en qué términos, pero por ahora no es el momento.

Las palabras que se añadieron a esta cola de ruptura se desvanecen, no alcanzan ya los oídos de la ahora exnovia. Lo perdí y un collage de palabras que acompañaban este sentimiento de que algo se salió al cuerpo de Sara, un extraño sentimiento de vacío que tardaría luego en convertirse en paz. Ya más no podíamos hacer.


20150520

El bar arenoso

Relato tardío entregado pos-deadline
inspirado en Kashmir de Led Zeppelin 
Dichosa esa pareja (pareja o par de personas, “we were always two, never one”, o quizás eran amigos, no sabemos) que estaban sentados no muy lejos del área V.I.P., cerca de la segunda barra. Tenían el privilegio de haber encontrado una mesa solo para ellos en medio del arenoso bar que, ruidoso y lleno, insistía en juntar a la misma gente con la misma música de siempre. Parecían gozar además de otro privilegio moderno: se veían felices. Habían obtenido esa felicidad tan escasa, de manera legítima o no; y era evidente, pues algo tan sencillo y plano como la canción del taxi se volvía un motor de conversación genial. Era motivo de risas y de susurrar cosas al oído, cuando en otros generaba alguna reacción de esas que pasan desapercibidas mezcladas con lo esperado, cosas como ya sea repulsión o emoción. La pareja, en cambio, tomaba sorbos de sus tragos por intervalos que interrumpen la sucesión de secretos y besos, e imitaban voces. –Me. lo. paró. ¡El taxi! –Yo, yo, yo le paré el taxi… Pareciera raro, pero existe tal cosa como carcajearse con el diálogo de una canción reggaetonera


Andrés no sabía ninguno de estos detalles desde su condición de turista en El Tunco, pudiendo sólo escuchar alaridos y musicón, a mesas y cuerpos de distancia de esa escena. No tenía manera de saberlo. Alcanzó a ver, sin embargo, porque le llamó la atención, esa situación que contrastaba con su estado propio. Quizás ellos eran los culpables de esta genuina infelicidad que siente Andrés, los muy malvados, como una especie de mutantes cuyo superpoder es succionar la felicidad del prójimo llevándolo a un estado de tristeza y frustración.  Demasiados elementos separaban a Andrés de los Bonnie & Clyde modernos (los vándalos roba-felicidades que reían felices), elementos como las cervezas heladas que se habían calentado del principio de la noche, y sus labios que tocan el borde de los vasos que sostienen sus manos, puestas sobre la mesa larga en la que cinco cuates vertían palabras y conversaciones. Los chismes y las discusiones no faltaron. Estas diferentes reuniones siempre desembocan en una misma piscina de querer tener la razón y culminan en un inelocuente Fuckyou, cerote en respuesta al valeverguismo de Andrés, quien puede fingir en menor o mayor medida que las cosas le importan cuando en realidad le dan igual. ¡Le valió! gritaba su hermana, desde el pasillo de su excasa, allí en El Pasado, reprochante; cuando en realidad los únicos reclamos que valen son los que uno mismo se hace. 

A eso sabe el humo del décimo cigarrillo de la noche.


Cualquier diría que el calor y el reggaetón se transforman con el tiempo y que se vuelven soportables, totalmente admisibles, con la mezcla adecuada correcta de alcohol y veneno. Sin embargo, la noche avanzaba y Andrés no lograba salir de su estado antipático –peleado con el ánimo y con el ambiente– ¿por qué siempre olvidaba su aversión por este lugar? Debe ser que desde el punto de vista de su rutina en Guatemala y la costumbre de manejar tanto tiempo en ese tráfico tan tenaz, maldiciendo al borde de su asiento porque lo pueden asaltar… Nada, que en comparación todo parece de ahuevo. ¿O será el toque de malinchismo activado al cruzar la frontera, mezclado con la vieja frase del tío Chino “Uno siempre quiere lo que no tiene”? Y aunque sus labios y sus manos han pasado por noches más tediosas y por la tarea de hacer más grande el hoyo de sus desesperaciones, el calor que perdura pone en evidencia esta necesidad de escapar. Pero ni siquiera se siente borracho, ni cabezón, ni… ¿qué ondas con ese cielo nublado? Allá se ve y se nota en todo el horizonte el vapor del clima tropical salvadoreño.


Quizás habían cosas por desaprender que le hubieran permitido mejor disposición, pues por ahí empieza todo, ¿no? Ser, estar; dejar ser y estar, querer querer y querer quererse. Espalda recta, avanza para acomodarse en lo que podría ser una mejor noche. No es mucha ciencia, o al menos así lo balbuceaba con el bartender. Quizás si lo intentara, podría encontrarse en un bar arenoso pidiéndole a este bartender una Ciguanaba y un shot de tequila. (No venden Ciguanabas, es en otro bar del Tunco, entonces deme un Coco Piña). Siempre le había gustado el tequila y cada vez que, en cada bar, erguía su cuello para tomárselo de un solo, era como cumplir un voto de fidelidad con todo lo que tomó en México durante su estadía de 3 meses, un lejano recuerdo que se siente como ayer, porque cada año cumplimos años. Exhalando el vaho de agave, ve para abajo justo antes de ver hacia arriba. Ahora se atrevería a dirigirle la palabra a la señorita que medio bailaba a la par de él, con movimientos casi involuntarios que respondían a advertencias musicales. Ella, se asomaba cerca de él para alcanzar a ver. Parecía que quería pedir algo de tomar y a la vez que sus ojos captaran quiénes estaban tocando, pues ya para este momento no se escucha más reggaetón. Las influencias de la banda eran claramente de Led Zeppelin. Ella las conocía no solo porque tenía que ser cool, había algo de interés genuino, permeable aun pues le faltaba recorrer sus 20's. Mencionaron un CD y una canción, hablaron de “Houses of The Holy”; y justo después la cantaron, se movieron y las estaban cantando cuando ella le explicó que odiaba Kashmir, las pupilas de Juan se dilataron y parpadeó. Esta banda que sonaba hace covers de otras bandas también y es oportuno porque así se saltan Kashmir, la canción fácil que a todos les gusta. Y es que dura mucho, ¿o no? Andrés defendía los riffs de Kashmir y en algún tiempo su correo electrónico fue akashmir99@hotmail.com pero quizás entendiendo dimensiones como ésta, su duración de 8+ minutos, iba a aferrarse a este respiro, esta conversación con una joven de no más de 19 años, no puede tener más de 20 años. Hay algo familiar y cercano en el trato aun lejano con esta niña que bailaba y que ahora le habla. Sí, es larga, dijo la niña, pero también "Hurricane" de Boby Dylan, y esa me encanta. Enters Patty Valentine in a pool of blood… This is the story of the Hurricane… Es muy buena, explicaba, yo la escucho bien seguido. Me llamo Mariana, por cierto. Y empezarían entonces a hablar más de cerca, a un ritmo acelerado de personas que se entretienen. Andrés no percibe la dualidad, lo fragmentado, que dividen a Mariana desde su nacionalidad hasta lo que va hacer cuando sea grande, pero las contradicciones de su identidad van implícitas en el juego de miradas y defensa del derecho a odiar todo. Así como odia a Kashmir, odia tantas otras cosas.


Andrés puede ver desde donde él está viendo el cielo nublado, con un vaso vacío en la mano, que aparecen jóvenes medio bailando allí en la barra, donde él debería de ir a refillear su güaro. ¿Qué es esta música? Perreo desconocido, probablemente. No hay bandas de covers, ni tampoco promesa de escapar de la despedida de soltero a una terraza, o al borde de la playa. Muchas cosas separan a Andrés de un “¿y si vamos a platicar a otro lado?.”

20140321

el artista 3


Llegué a un punto en donde creía cosas extrañas, pendejas y lejanas. Por una noche entera, en claro-oscuro y sublime, en donde círculos de colores me abrazaron y los roces de mi piel contra el lienzo me acariciaron, alimentando mi sueño... Creía estar viviendo un mundo de óleo, que pincelazos cobraron vida, me abrazaban, y que esto es lo que hay que perseguir. Que mi energía, mis colores se mezclaban con los colores de él, fusión el morado con el verde, y pasión que venía de sus manos tocando mi espalda, abrazándome toda, deseándome... Era una pintura a la que yo aportaba, pues sensaciones fueron sentidas y provocadas, y emociones compartidas, esos azules de la madrugada del producto final.

Hicimos un cuadro casi perfecto, lleno del desorden del arte de la pasión, algo que no dejó de decirme que esa noche era adonde yo quería permanecer, que las estrellas que nos veían no nos iban a dejar de perseguir. Los días que siguieron con la ausencia de esa noche me persiguió el recuerdo de la euforia de haber pintado con él, y no volvimos a compartir sino que chocamos y nos dejamos, a pesar de las promesas que me hice esa noche. 

20140303

Amor con olor a amistad

Relato inspirado en "Still" - Alanis Morissette 

Había mucha gente invitada a esa fiesta o al menos así parecía, cuando ellos llegaron. Pues sí, uno no llega así como tan temprano a la fiesta de cumpleaños de un compañero mas no amigo-amigo, amigo-de-verdad. Sus amigos-de-verdad son los que llegan temprano, pero Clara y Sam llegaron tarde, formando parte de otro grupito, con sus amigos de verdad. De hecho, se sirvieron algo de tomar y se sentaron por allá. Quienes iban pasando, a veces, se unían y los sacaban de la anti-sociabilidad... no mucho, eso sí. Clara y sus amigos se la estaban pasando bien pero de manera muy diferente al resto, según lo percibía ella: ellos habían fumado marijuana, un porro había bastado; y nadie más compartía este "hobby". Sam se preocupaba por estos ataques de risa imposibles de disimular, mientras que Clara escondía su mirada. A nadie se le ponen tan rojos los ojos como a Clara después de fumar marijuana, peor que si hubiera nadado en piscina llena de cloro y químicos por horas. Los demás fumadores parecían lidiar muy bien con sus sentidos alterados, dejando a Clara y a Sam solos en su paranoia que lejos de espantarlos les daba más risa. Terminaban sus frases, se perdían encontrándole sentido a lo que no tenía ningún sentido aparente, mezclando percepciones con sensaciones y comprensión mutua.

Más o menos así fue que se dieron cuenta estos amigos de 18 años que se gustaban. No era 100% seguro, pero valía la pena por lo menos hacerse la pregunta, que si era o no era atracción más allá de la amistad. Estas dudas y preguntas los acompañaron los meses que siguieron, meses compuestos por intercambio de risas y apoyo que fortalecía la amistad. ¿Y acaso no es también amor lo que se siente por los amigos? Las cosquillas en la panza y las muestras de cariño, sin embargo, era algo nuevo. Algo que fue evolucionando hasta que tomó la forma de la expresión de una atracción más grande, de una química entre dos cuerpos, sin que ellos supieran bien qué hacían. Se escondían, más bien, detrás del alcohol y la distancia, pues ya no vivían en la misma ciudad. ¿Será que el romance viene también en presentaciones tan confusas? Ese formato ambiguo que al público incluso le cuesta definir si es o no, si son amigos o qué, pero lo que sí es que era problema de ellos.

Quisieron convertirse en pareja. Lo que él sentía por ella no es lo que te provoca una amiga, o quizás era tan fuerte la amistad que lo enamoró, y ella sentía algo parecido. Habían pasado ratos en este estado que no habían aclarado, y al decirlo pasaron al siguiente, ese en el que estaban juntos. Todo era igual, pero diferente; no les fue bien. Se pronunciaron las grietas de la diferencia entre lo que ella sentía y el quería, lo que él decía y no hacía, y lo que ella no decía. 19 años y más confundida que nunca, sofocada, ella lo acabó y él lo permitió, no sin aquella tristeza que hasta pasó a ira, todo viniendo de esa amistad perfumada con humo de marijuana.

Le siguieron muchos episodios igual de ambiguos: por años la dinámica e interacción entre Clara y Sam tenía componentes de exes, amigos, amantes, amores. Sam no la quiso dejar ir, Clara no dejaba ir los altos y bajos que hacían de él, por veces, todo lo que ella quería, hasta que un día abandonó todo lo innecesario, el peso que la mantenía dudando. En esos años, a veces había inocencia y amistad, a veces indiferencia endulzada con educación. Otras veces había amargura y rencor, otras veces un imposible amor. En el transcurso de años variaron los sentimientos, el trato y el maltrato, pero había algo que no cambió: cuánto se conocían, cómo se llevaban. Al final de cuentas, ellos se hacen reír, se entienden, se escuchan y conocen los defectos y cualidades como nadie más los conoce. Eso y los recuerdos, componentes incondicionales que nunca van a perder a pesar de que ya dejaron de joderse la vida mutuamente y ya sus episodios sólo contienen el aroma de su amistad.