Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20160620

Las pesadillas

inspirado en Toto - "Africa"
Nadie se acordaba de qué habían pedido. ¡Menos mal habían aprendido algo de tanto salir con sus hermanas mayores! “Este es truco de vieja bola, mirá…” y apuntaban cada una de las cervezas que habían pedido, en palitos, en la parte trasera del menú o en algún equivalente. Ya así era más fácil sacar la cuenta y que cada uno pusiera sus 2, 3, 15 dólares correspondientes. Y es que te dije que salía más barato tomar en mi casa; pero esa casa me acuerda a él y es que no estoy allí todavía.

Se la habían pasado 15 dólares de cervezas y bocas hablando de lo que les había pasado a cada una y aún así había que tocar el tema con pinzas. Fumándose cada una un cigarrillo, caía brisa que golpeaba los ojos hinchados de la recién cortada y coqueteaba con la tos de la otra con su mal de amores. Pero es que, Clara, vamos, siempre has sido muy terca con tu gripe. Siempre me da cuando corto, contestó; no lo puedo evitar, son las defensas que se me bajan. Volvió a ver la hora, como buscando explicación a 1) por qué se demoraban con la cuenta y 2) el por qué de esa vibra de las estaban echando… Y, bueno, sabes Clara, yo no tengo tanta experiencia cortando, como tú, pero ahora que lo decís… ¡por eso debe ser que ando mala del estómago!

Y soltaron unas risas entre lágrimas, aludiendo que ahora que estaban solteras podían hablar con más libertad de estómagos flojos y otras sandeces. De hecho, ¿cuándo fue la última vez que hablábamos tan largo y tendido? La noche se estaba desintegrando y el techo las estaba invitando, esta vez sí, vamos. Se saltaron la visita al piso y fueron direcro a la azotea, sí, Emilia, nos podemos subir por aquí; llevaban cerveza y tabaco. Ojalá alcancen los cigarros. Ojalá ninguna de los dos fume tanto, tampoco. Todo con mesura, por una vez, ese era el nuevo lema con el que se acomodaron en las sillas que siempre están allí puestas en la azotea del inmueble espantoso de Clara. Y entre toses y risas, el amargo humor fue suavizado por la ausencia de ruido de la ciudad tediosa y  Clara recordó las palabras de un su amigo psicólogo: A todos nos agarran desprevenidos las cachetadas emocionales. De hecho, te lo puedo presentar, Emilia. ¡Callate! No quiero salir con nadie. Quiero que se me pase y lo vea todo como una pesadilla, porque las pesadillas se te olvidan. Es cierto, vos, se vuelven una cosa borrosa. Una cuestión borrosa que ya no te impacta, pero recuerdas que no te la pasaste bien y que allí no querés volver. La verdad es que allí en esa azotea estaban tan bien que no importaban las pesadillas ni el duelo.

20151018

Blue - Joni Mitchell

Blue 

// That's why I became a confessional poet. I thought, "You better know who you're applauding up here." It was a compulsion to be honest with my audience. //

And I'm sorry for whichever man would meet my sorry state, watch this steady lonesome gate and be aware... y se quebraba su voz, recurrentemente ronca por el desvelo y los cigarros. Además que no solía hacer eso de agarrar la guitarra y tocar en público, pero esa noche se lo habían pedido. Dale, Andrea, tocá esa canción. Juan Camilo no tenía ni puta idea de quién era Andrea. Tenía años y años de ver a su círculo de amigos pero jamás hubiese podido decir "Ah, sí, la Andrea, yo la conozco..." Y ella reía de sí misma, pues aparentemente se estaba inventando la letra de la canción New Romantic, y fingiendo tener todo bajo control. Días pasaron, no sé cuántos días fueron exactamente, pero cuando él se acercó al balcón del segundo piso de la casa de sus papás, él vio de nuevo esa imagen de Andrea y su piel bronecada, con una voz talentosa y viciosa... ¡Chás! Aparecía ese rostros ordenado por el pelo desordenado, y unos versos bien sentidos y unas ganas de acercarse a conocer qué tantas pecas tiene. Qué mujer, Dios mío. Quizás habían estado antes en alguna reunión, alguna fiesta, alguna oportunidad de hacer cabuda para comprar más alcohol y terminar con Tic Tack sin admitirlo el día siguiente... Pero hoy, ese día, hace unos días, se había fijado en ella y al rededor de esta figura flotaba algo que había estado apagado, ¿quizás? No sabía qué pensar, y tosía.

Mientras Juan Camilo tosía, Andrea se hacía muchas preguntas. ¿Qué habrá querido decir J.P. Toussaint con Faire l'amour? ¿qué querrán decir dos cuerpos cuando se encuentras, cuando se acostumbran, cuando se separan? I don't love you anymore, you don't let me in, I won't let you in. ¿Porqué duele tanto? ¿Cuánto tiempo va a aguantar empujarlo con los pies y abrazarlo con los brazos? ¿O estará abrazando los ideales? Esos que da por sentado, por que ha pasado mucho tiempo desde aquel acto consciente de plasmar sobre un pedestal un conjunto de ideas, factores inexsitentes, dictadores invisibles de una marea de emociones. No sabés qué va a pasar, no te me acerqués. No es primera vez que hablaba sola, pero estaba sola, al final. Abandonó la preguntadera y se puso a bailar con su guitarra, en el delirio posterior al consumo excesivo de soledad, en el que las paredes desaparecen y se libran las manos de ataduras imaginarias. ¿Quién, yo? Yo no sé de qué estás hablando, y las llamadas seguían entrando irregularmente pero demasiado regular para alguien que sabe que Andrea, la nueva Andrea, no estaba disponible. Ojalá se le pase la adicción a terminarse sus frases y al placer del cariño y el perdón.


***

El le preguntó ¿Andrea? cuando creyó reconocera saliendo de la librería y ella le dijo Camilo, verdad, y él la corrigió, porque se llama Juan Camilo, si le dijo ella, es un nombre compuesto, no es un nombre con segundo nombre. Ella de hecho se llama Andrea Carolina, pero es un secreto que pocos saben. ¡Tan rápido y ya se cuentan secretos, mira! Ah, mira, de hecho si tenés tiempo, le dijo ella sin medir el impacto de sus palabras, podemos tomarnos un café acá, dicen que es muy bueno, y miticulosamente examinó los distintos tipos de café y pidió un molido específico y una palabra que él jamás había oído antes, "chemex". Él pidió un cappuccino y a los 10 minutos lo estaba endulzando con tres bolsitas de azúcar, mientras pensaba rápidamente en el sabor a café que prometían los labios resecos de Andrea, la amiga de alguien que se inventa las letras de canciones. Alguien muy suelto, en comparación a las demás de su edad. ¿Cuántos años tienen estso personajes? No lo sé, pero él es barbudo y a ella no le gusta, solo finge que sí; pero pasa que se anticipa a que si este señor la llegara a besar, la barba la molestaría, si no es que la lastimara. Hace tanto que no besaba a alguien que se dejó llevar por su imaginación pensando en que quizás no se nota, de todas formas. Sin embargo, justo cuando la conversación se tornó trivial pero apasionada con el debate de las producciones de Walt Disney, Juan Camilo atrapó el mensaje sutil de los ojos de ella, a lo cual él respondió que sí con su cuerpo, su pecho inclinado hacia delante con el pretexto de que las mesitas de café son muy bajas, hablando de lo que no existe, pensando lo que no se habla. Se muerde los labios y pregunta en voz alta que ¿por qué no nos conocimos antes? Podríamos ser vecinos pero cada uno había pasado desapercibido. Quizás es fatum, dijo ella, o quizás es el karma... Y en respuesta esto el cuerpo de él se enfrió porque ¿qué irá a pensar esta Andrea de su ateísmo?

Juan Camilo se llevó en el bolsillo esa sonrisa de ambos mostrando lo mejor de sí, de acuerdo con ideas que se deslizaban  pot la boca. Mientras saboreaba la promesa de acercársele más a Andrea, a los dedos que te dan ganas de vos también tocar guitarra  que... En eso se dio cuenta del posible sí Pero no. ¿Qué tal que esta sea la mujer que le rompa el corazón? Que esta vez haya un dolor del que No se repone, porque todos somos vulnerables a perder la Esperanza  y a cerrar puertas. ¿Qué tal que abrir sus piernas sobre sábanas frías borren lo que lo rodea, Lo que sucede, lo que él creía? Andrea, me tienes y aún no me tienes, ¿Qué me va a pasar cuando me tengás?

20150727

Outgrown mink coat

Just because I can't wear my hair pink anymore


That piercing she had on the tip of her lip would be rusty by now,
withered and weary it faded out of her lips
but comes back, in a flash, all at once;
I blink and I see her hinting it’s from when she was 15,
because we’ve all been teens, her lips say.

And don’t do that to me, she’d say,
just because she couldn’t wear her hair pink anymore
just because she gave in to acting,
a smile with gritted teeth hiding what we believed in.

I wore us so willingly, so comfortable
without a knife in my back pocket, such a mink coat feeling,
she loved me and they loved us perfect pair of artists,
wouldn’t you say we had it all?

It’s a choice and we can’t afford them anyway,
and it’s not the only thing we ceased sharing,
except I hoarded and tried to keep it all,

biting those piercing-less lips to the sound of
my censored rock n’ roll, because it gives her headaches,
excuses that cannot excuse how much she left me,
it’s as easy as saying goodbye,
because you and I don’t fit here anymore;

the coat's heavy and shabby,
it's only that I keep wearing it.



20150630

Todo lo posible o

Relato inspirado en "Special to me" – OST Phantom of the Paradise 
La mesa de madera se tambaleó un poco cuando Sara dejó ir el shot glass sin tequila, luego de los 9 tequilas que llevaba encima, consecutivos, una competencia con ella misma. No, no es nada más que estaba chambona –como dispareja– y que había que decirle al mesera que, con la ayuda de una servilleta, les arreglara el desnivel de la mesa que habían escogido, porque si algo le molestaba a Alejandro eran las mesas disparejas, y si algo le molestaba a Sara era sentirse así de dispersa… Era que Sara sí le había pegado con fuerza a la mesa. Porque ya basta, ya no podía seguir así como estaba.

Al principio, la reciente relación de Sara, no tenía la misma pinta que tenía hoy, domingo 17 de julio de 2016. Retrocedamos un par de años, tal y como Sara se permite hacer cuando está en la ducha y se aferra, cerrando los ojos, a los altos y no a los bajos que definen el relieve de una relación tumultuosa. No, yo sé, había llegado a comprender más tarde que temprano que ya no se podía dar el lujo de una vez más perseguir el conflicto, ni de alimentarlo con sus conflictos. Sos una boba, Sara,  y ¿cómo así que es culpa de mis papás? Su reflejo era más apacible que el del Doctor y era claro que si seguía así Sara lo iba a perder, a este hombre amigo compañero amor.

Esa relación lucía una cara fresca y encantadora, cuando se presentó ante la pareja en un mirador en Valparaíso, y el día olía a rocío de madrugada y a lavanda. Ven, le dijo él, que estos son aceites esenciales de lavanda. Doctores, reyes y botanistas coinciden con que dicha fragancias tiene propiedades antidepresivas y se convertiría en el elixir en forma de olor para revivir a Sara de sus días grises. Bien dicen que la juventud enamora y que cuando enamorado, todo enamora: eran los primeros días de una promesa de besitos y pactos tácitos de hacer mucho. ¿Será que entonces no había nada que perder porque tenía tantísimo en común? El porvenir no había sido truncado por las amenazas de que una de las partes se fuera a trabajar al extranjero –a su país inventado en el que nadie envejece y los hoyos sin legado se llenan de trabajo– ni tampoco se había identificado bien los riesgos como para que ellos pudiesen mitigarlos.

Aceptar, resolver, seguir adelante. Él no quería hijos pero ya después de un rato no podés dejar que tu corazón se siga rompiendo, cuando está en vos estar en paz con las cosas. Y aunque nos hayamos aguantado los tires y encojes y pongamos nuestra mejor cara, a Sara le ardía tragarse las veces en las que él era inaccesible por sus trabazones. Los amigos en común no alcanzaban a tropezarse con estas tensiones y nudos en medio de un intercambio tan personal, pero ¿de qué nos sirve que todos nos crean bien?

En todo lo que Alejandro tenía de conocer a Sara, jamás la había visto tan enamorada. Lo sabía, pues, digo, ella tampoco se había visto tan enamorada. Debe ser, pensaba él, que quizás tenía razón, después de todo, cuando decía de que para todos existen alguien que te mueve el piso y que, pese las circunstancias y las opciones tendidas para regarlas, con todo; esa conexión impermeable que muta con el tiempo mas no desaparece. Eso suena muy bonito, pero ¿qué hago, Alejandro?

Su rostro estaba adormecido por el tequila pero el ánimo la estaba despertando. Cuesta pasar por estos lares disfuncionales que hacen que todo pese y que querrás arrojarle a tu pareja tu colección de DVD’s, habiendo bajado del pico en el que le gritaste que de todas formas siempre supiste en qué te mentía, pero Sara seguía, terca. Yo ya sé qué quiero, y lo voy a exigir, le dijo. “Después nuestés llorando” recuadraba Alejandro que eran las palabras de Sara, que entonces si nunca le dijiste a la tipa que la querías y que la querías de regreso, ¿qué putas vas a hacer cuando estés llorando? Cuando hemos hecho todo lo que podemos hacer, no podemos quedarnos llorando, punto final, le escribió una vez esta misma Sara en un correo electrónico, ¿te acordás? Nos mandábamos correos cuando vivías en Alemania y allí me imaginaba tus historias con las bichas.

La resaca no la afectó tanto al día siguiente como ese nudo en el estómago que le enderezaba la espalda con tensión, para dar vueltas en la cama vacía. Él volvería y lo van a resolver, así es como se deshacen los nudos de gastritis. Por mientras, café y tabaco para calmar lo sofocante que es saber lo que querés pero no estar segura de que si él va a querer. Lo más seguro es que me dice que no, porque él así es, mucho me aguantó ya. Y yo ya no aguanto pero quiero más.

Él regresó al apartamento hasta pasadas las 7 p.m. y no sabemos de donde venía. Fue la primera y la última vez que largaba así sin avisar, sin contestar llamadas, sin decir más nada. No lo volvería a hacer, Sara no tendría que acostumbrarse a él. Hacía mucho calor pero él estaba frío y ¿qué te pasa? ¿no me vas a escuchar? No, Sara. Esto no está funcionando. Lo he pensado ya mucho y creo que no estamos bien juntos.

Seguro volverás a lo que hacías antes y estarás mejor sin mí. Estoy seguro que en algún momento volveremos hablar, no estoy seguro en qué términos, pero por ahora no es el momento.

Las palabras que se añadieron a esta cola de ruptura se desvanecen, no alcanzan ya los oídos de la ahora exnovia. Lo perdí y un collage de palabras que acompañaban este sentimiento de que algo se salió al cuerpo de Sara, un extraño sentimiento de vacío que tardaría luego en convertirse en paz. Ya más no podíamos hacer.


20141223

Impresiones de Estela y el olor de la luz






















Relato inspirado en Shine On Your Crazy Diamond de Pink Floyd

I. Primera impresión de Estela.

Estela llegó esa noche como una de esas olas que te caen de golpe. Estela vino y se fue, vino y se fue, vino y se fue de mi vida como una marea para la que nunca estuve preparado. Me golpeó con toda la fuerza que era capaz desde el primer segundo que mis ojos se fijaron en ella, y quién sabe por qué nunca supe decírselo, nunca supe cómo, ni cuando tenía veinticinco años, ni cuando tenía treinta y cinco, ni cuando tenía más de cuarenta. Ni ahora.

Mi primera impresión de ella es verla allí, bailando como la ráfaga de viento que era, bailando sola en la pista sola de baile, brillando como un diamante, el pelo rojo enloquecido, los ojos cerrados, la camiseta morada, las manos abiertas, el jeans demasiado desteñido, los tenis blancos con cintas de colores. La veo allí, así, y ahora me doy cuenta de que era un presagio. Estaba entrando para siempre en la monotonía de nuestros días para darles vuelta de una manera que ninguno de los tres podía sospechar en ese momento. Sí, los mismos tres que habíamos sido desde los quince años, los que estábamos allí, enamorándonos de ella, supongo, enamorándonos con amores diferentes, pero amor, de ese que dura toda la vida, por el cual podés hacer cualquier cosa por alguien, de ese amor, porque era imposible no querer a Estela, no querer hacer todo por ella, no querer perseguirla a donde fuera. Estela era como un imán.

Cuando la canción terminó –no me pregunten cuál era- salió de su trance, así de fácil como había entrado, nos miró a los tres como se mira a una silla o un mueble o un objeto cualquiera y salió al patio por una cerveza. Era julio y llovía. Regresó medio mojada, riéndose por quién sabe que cosa que le contó en secreto a Alberto, que era quien la había traído a la fiesta. Carlos y yo no dejábamos de ver alelados el colochero rojo que le caía casi hasta la cintura, los ojos –de color extraño- que se convertían en una adorable línea cada vez que se reía. Creo que esa fue la noche en que los tres, sin decírnoslo, decidimos que de alguna manera se tenía que quedar en nuestras vidas.

De alguna manera.

Desde ese día dejamos de ser el trío para convertirnos en cuarteto. Estela se convirtió en la mascota del equipo, como ella misma decía, iba a todos lados con los tres, una noche pasaba yo por ella y la regresaba Alberto, a la siguiente Carlos la llevaba y la regresaba yo, y así las noches se iban en verla salir delgada y apurada con un vestido mínimo, algún jeans desgastado, alguna idea rondándole la mente y el típico comentario acerca de la vecina treintona y casada que siempre le vigilaba los pasos de salida y entrada para luego tener de qué hablar en el vecindario.

II. Estela en el pozo.

Siempre dijo que no le importaba lo que la gente dijera o pensara de ella, se reía tanto de eso, se burlaba de todas las señoras casadas de la colonia, sin vida propia, aburridas dentro de una rutina que no pasaba de cuidar niños y tener feliz al marido. “Mujeres que han tenido que casarse porque ese es el fin último de su existencia”, decía Estela, pegándole otro jalón al cigarro, haciendo coronitas con el humo. Pero siempre supe que sí le importaba, siempre vivió luchando con ella misma para complacer a la gente, para hacer lo que se esperaba de ella, luchando, porque tenía esa mala costumbre de la que siempre renegó de no pensar en las consecuencias de sus palabras y sus actos. Y entonces caía en esos pozos profundos, como ella misma solía llamarlos. No contestaba el teléfono por días, no quería salir ni saber nada de nosotros. “Estoy en el pozo”, decía, que no nos quería meter en él, que era bien feo, profundo y oscuro. A los días aparecía como si nada, radiante y fresca. Brillando como el sol.

No sé cuanto tiempo pasé tratando de analizar cómo la quería, de qué forma. Porque a veces no lo entendía, yo apenas tenía veintiseis años y a esa edad uno piensa que lo sabe todo, pero no sabe nada. Y yo no sabía, no entendía cómo la quería. Obvio que cada vez que decía una de sus frases retorcidas y sin sentido, riéndose con los ojos de color extraño, me entraban unas ganas locas de abrazarla y besarla y quitarle el vestido mínimo y bueno... Hacer lo que había que hacer. Pero también estaba ese asunto de que los tres la queríamos y ella nos quería, y a veces en las noches de cervezas y risas enloquecidas por la marihuana, era como un chero más con el que te podías quedar doblado de ya no poder más, o como un chero más con el que te podías quedar hablando mierdas hasta ver salir el sol. Y amanecíamos, enroscados los cuatro, como cuatro gatos de la calle.

III. Estela con un pájaro muerto en la cabeza. 

Nunca supe cómo Estela me quería, tampoco. Porque la primera vez no tuve tiempo de preguntárselo. Pasaron dos años, llegó mayo y llovía. Estela, como estatua, deteniendo un cigarro encendido en la mano derecha y una copa de champaña en la otra, mientras le hacían un moño descomunal que más bien parecía un pajaro muerto sobre su cabeza. Que eso no le iba arruinar el día, que ninguna lluvia iba a hacer que las cosas no fueran cómo se las había imaginado, nos decía a Carlos a mí, que éramos los encargados de aprobar que el maquillaje y el peinado le fueran bien con el vestido. Nunca tuvo amigas, por lo menos no por entonces. Odiaba a las mujeres, nos decía, que no hablaban más que de ropa, de hombres y de niños, pero que en un momento como ese, no le habría venido mal una. Que nosotros qué íbamos a saber de vestidos de novia y peinados y esas cosas. Pero nos dejó mirarla. Admirarla. Aprobar el resultado final. Estela, vestida de blanco y con un pájaro rojo anidando en su cabeza. Estela caminando hacia el altar como la única certeza del amor. Brillando, como siempre. Estela, sonriendo, con la copa de champán escondida entre las flores del ramo.

Alberto y Estela fueron una pareja feliz los primero años. O siempre se veían felices. O siempre parecían felices. Tenían una maña para que les pasaran cosas extraordinarias, como la madrugada que subían de una boda del Puerto y se les quedó el carro en plena soledad y tuvieron que esperar a que amaneciera y pasara el primer bus. Tenían una gracia para contar el momento en el que se subieron completamente vestidos de gala, se atropellaban las palabras mientras hacían grandes gestos imitando las caras de los pasajeros al verles la facha. Se reían. Y nos hacían reír. Nos hacían felices con su felicidad. Al menos a mí. Como dije, era la certeza más cercana que tenía del amor. De lo que podía ser o pudo haber sido. Hacían fiestas descomunales con cualquier cantidad de güaro y marihuana y comida e invitados. Conocíamos mucha gente allí. Gente rara de todas las especies: escritores, pintores, ilustradores, arquitectos, publicistas; siempre había gente diferente, siempre sus fiestas terminaban en una locura, en un amasijo de cuerpos bailando, brincando, gritando enardecidos. Y siempre Estela allí, pasando y paseándose como si nada pasara, como si nada pudiera tocarla o alcanzarla, destacando con ese brillo particular, con esa manera de sonreír sin mover si quiera los labios, con esa forma en la que se le iluminaba la mirada. Estela cantando come on you stranger, you legend, you martyr, and shine y acercándose tanto a mí que podía sentir su olor tan parecido a como podría oler la luz.

Pero sí, de vez en cuando volvía a caer en el pozo. Algunas veces por días. Algunas otras veces la perdíamos por meses. Se acababan las fiestas bulliciosas, deambulaba por la casa, las pocas veces que la veíamos, como una sombra, como algo fugaz. Alberto se cansaba de tratar de encenderla, de sacarla, de avivarla, como él mismo decía, y se perdía él también por días o semanas. Y siempre le quedaba yo. Porque esa era mi misión en la vida, decía Estela. Quedar. Estar. Soportarla. Acompañarla en el pozo, en el que entonces sí me dejaba entrar. Mirábamos películas. Nos emborrachábamos en silencio. Fumábamos sin perder la compostura. Yo la acompañaba y ella, la mayoría de veces, lloraba, y yo la dejaba, porque esa era mi misión en la vida, la única a la que le encontraba sentido, era un imán, ya lo dije, y yo quería estar pegado a ella, verla dormirse con los ojos hinchados, abrazando un cojín peludo de los sillones. Verla dormir con el colochero rojo enredándosele en los sueños. Hubiera querido que fuera feliz. Nada más. Pero en esos momentos me daba cuenta  que para ella no existía la felicidad. Ni siquiera la tranquilidad mediana que todos buscamos.

IV. Cargando a Estela.

Carlos y yo tuvimos que cargarla cuando ella y Alberto se separaron luego de seis años de un matrimonio que no daba para más. Volvimos a ser los tres y a ratos los cuatro, porque Carlos ya tenía casa con patio y mujer y un hijo por venir. Volvimos a ser los tres a veces y antes de que Estella le dijera adiós para siempre al colochero rojo y se dejara el pelo casi a la altura de las orejas y del color natural, que por entonces supimos que era castaño oscuro, con algunos reflejos más claros que brillaban con el sol. Con ese sol que se le metió entonces otra vez en la vida y abrió todas las ventanas de un apartamento pequeño con vista a un San Salvador rugiente y enfadado, como ella, que quería recuperar el tiempo, la carrera de artes a medias, que quería pintar, que quería escribir, ¿qué era lo que no quería? Bajábamos al mar y quería piedras, conchas, caracoles, quería pareos de todos los colores, quería tenderse al sol, olvidarse de sí misma por horas, olvidarse de mí, supongo, sentado junto a ella con un libro que nunca leía, con una cerveza que se calentaba de tanto olvido, solo quería vivir, decía, yo solo quería vivir junto a ella. Quedar. Estar. Soportarla. Cargarla todas las veces que fuera necesario. Y entonces, tampoco tuve tiempo de saber o entender o preguntarle cómo me quería, porque una mañana de octubre, unos días antes de su cumpleaños número treinta y cuatro, desapareció con toda su vida sin decir adiós. No la busqué. No estaba para eso. Además, como ya dije, ni yo estaba seguro de cómo me quería y hacer un drama de persecución por un aeropuerto o país o ciudad, tal vez hubiera sido demasiado. No iba conmigo. No quería caer en la escena que tal vez, como me lo confesó muchos años después, ella hubiera esperado. Me casé algunos años después. No es que lo hubiera buscado. Claro, haber vivido contemplando la vida de Estela por más de diez años no me había permitido la más mínima oportunidad de conocer otras mujeres y tener alguna relación normal. Supongo que a esas alturas de la vida ya no se tiene todas aquellas expectativas de un amor que te vuelva loco o enloquecer por alguien o querer hacer todo por alguien, o anularse por una persona que sabés que te quiere, pero no le de la forma en que vos quisieras que te quiera de regreso. Vayan a saber. La verdad es que me casé sin grandes alborotos y sin aquella infatuación necesaria para llevar a alguien a vivir con vos. La verdad que todo era tan tranquilo que a veces me despertaba a media madrugada esperando que Elsa estuviera convulsionando en histeria y llanto, esperando que no pudiera dormir, esperando al menos un asomo de insomnio en su cara, dormida. Pero no. Elsa no cuestionaba nada, no hacía aspavientos para hablar, y su locura o indecisiones más grandes eran seleccionar la película que quería ver. Y así fue. Una vida tranquila fue hecha para mí. Ella la construyó sin mucha dificultad, con una paz que era casi imposible que viniera de un humano. Pero venía de ella que siempre tenía todo bajo control. Un control que no molestaba, saben, un control que le salía tan natural y del alma que parecía que estaba hecha para eso. Y yo me acomodé, como solo un hombre que viene de tratar de encontrarle explicaciones a las cosas, podía hacerlo.

V. Estela en tres etapas. 

Nunca me gustó Nueva York y esa primavera hacía mucho frío. Demasiado como para caminar como otro transeúnte más que trata de confundirse entre la gente. Esas calles tan anchas y difusas, tan quién sabe para dónde van, siempre me dieron el pavor típico de un latino acostumbrado a las calles estrechas y desordenadas. Pero allí estaba, tratando de encontrar el número de línea adecuada del metro para estar a la hora indicada en la 42. “A unos pasos del MoMA”, me había dicho en perfecto español la recepcionista o lo que fuera de la nueva editorial con la que de alguna forma la franquicia que yo representaba quería hacer alianza o negocios. Sí, negocios, esa palabra tan intimidante para alguien que como yo solo sabía de libros y  literatura. Pero alguien tenía que hacerlo, me había dicho mi jefe, que solo sabía de números y estadísticas. Resulta que soy malo para las direcciones, para las ubicaciones, para eso siempre tuve a la controlada Elsa, mi capitán, oh, mi capitán, en todos esos asuntos de ubicarse. Y ese día. Ese día de esa primavera demasiado fría, lo único que podía encontrar era la famosísima fachada del MoMA con sus vidrieras y banners. Una vuelta a la calle, y el museo otra vez. Otra vuelta y las vidrieras con el anuncio de la nueva exhibición. Otra vuelta y la nueva exhibición otra vez. La hora convenida para la reunión eran las cuatro de la tarde, y faltaba más de treinta minutos, así que decidí entrar al museo para calmar mi ansiedad y el frío que a esas alturas se colaba por mis pulmones como un dolor demasiado anticipado para mi edad. Ya había estado allí una vez antes y lo que más me había gustado era todo el salón dedicado a Pollock así que allí me dirigí, necesitaba su descontrol para controlarme. Me fui directo a esa pintura, la 502 o algo así, esa manía del hombre de nombrar sus pinturas solo con números. Esa, la que esta llena de corcholatas, colillas de cigarros; esa, colgada como si nada de la pared con su brochazos sin límites y su desorden prominente. Siempre me gustó el desorden, pensaba, mientras pensaba si tocarla o no, si poner mis dedos sobre los chispazos que el hombre alguna vez lanzó y el vigilante apropiado y correcto me anunciaba “no se puede tocar”. Y fue entonces, en ese momento, mientras mi mirada y mis dedos avergonzados buscaban en dónde posarse, que mi mirada se posó en ella. Ella, con el pelo castaño más corto que el mío, con un cuello largo, con las manos cómodamente descansando sobre la banca de madera. Ella, Estela, no podía ser otra aunque estuviera de espaldas. Ella, Estela, aunque su abrigo, guantes, pantalón y botas, no dejaran ver nada más que su silencio frente al gran cuadro. Estela, dije, parado a tan pocos centímetros que podía sentir su olor, tan parecido a como podría oler la luz.

La mirada de Estela, reconociéndome en un museo. En tres etapas.

Etapa I: Escucha mi voz, su nombre, y vuelve a ver como quien mira un horizonte desértico que nunca termina. Duración: algunos segundos.

Etapa II: Sus ojos se detienen, suspendidos en algún recuerdo, en muchos recuerdos y palabras, sus ojos se clavan en los míos con una chispa que se va encendiendo en cámara lenta. Lentísima. Duración: treinta y nueve segundos.


Etapa III: La mirada le brilla, finalmente. Sonríe con los labios, los ojos y todo el cuerpo. Me abraza. Me duele el corazón. Duración: alrededor de cinco minutos)


VI. Veinte horas con Estela.


Estela en primavera, aunque hiciera frío, caminaba por las calles de Nueva York como si hubiera nacido allí. Que el destino era una cosa tan caprichosa, repetía sin sacar las manos de su abrigo, que siempre había odiado a Pollock, que no lo entendía, pero no sabía qué la había llevado a sentarse en esa banca, que tenía más de media hora de estar allí viendo los splashes de pintura, qué quién iba a saber qué hacía allí, pero seguramente esperándome. Esperándome, repetía.

Habíamos caminado no sé cuántos minutos, probablemente mucho más de una hora, luego de que, guiada por ella misma al lugar, hubiera salido de mi reunión con la editorial, que al final había resultado un éxito. Nos sentamos en una banca en Riverside, bastante cerca de la 104, que era donde estaba ubicado su apartamento, me dijo. El Hudson lucía bastante poético a esa hora en que el sol iba desapareciendo en el horizonte casi como un objeto que ya no quiere estorbar más. Las olas del agua brillaban con la última luz y Estela se empeñaba en seguir queriendo saber de mí, qué había hecho, qué hacía, si me había casado, si tenía hijos. Hablaba y reía como siempre, haciendo grandes gestos con las manos, avivando cada vez más su ojos de color extraño. Que sí, que me había casado, que no, no tenía hijos... Y me detenía un poco hablando de Elsa y nuestra vida sin sobresaltos.  “¿Pero sos feliz?”, preguntaba y sin dejarme responder seguía, “decime que sos feliz...” Y la palabra feliz se quedaba resonando en mi cabeza cada vez que la mencionaba, como un eco sordo y lejano.

No, no soy feliz.

La noche parecía eterna y al parecer Estela no quería hablar de sí misma. Le huía a mis palabras cada vez que quería escudriñar en su vida.  Nos conducíamos sin mucho preámbulo a su apartamento luego de varias horas de caminar, sentarnos en alguna banca, caminar, mirar alguna vitrina, caminar, volvernos a sentar, mirar el río apagarse entre las últimas luces del día. Su edificio era bastante antiguo, con corredores estrechos y oscuros. Su apartamento estaba en el piso siete, pero no había querido usar el ascensor. Que siempre le había dado miedo y desconfianza, me dijo, que el edificio siempre parecía estar abandonado y en ocasiones tenía la sensación de que algún alma en pena se le iba a aparecer por allí, dentro del ascensor, al salir de él. Prefería las escaleras. Además hacía el ejercicio que nunca llegaba a hacer.


Estela en su apartamento, que no era más grande que el dormitorio de mi casa, se desenvolvía como el ama de casa que nunca llegó a ser, recogiendo prendas tiradas y colgadas de cualquier parte, colocando diferentes lápices de grafito dentro del recipiente colgado a un lado de la mesa de dibujo, cerrando libretas con bocetos y páginas en blanco y colocándolas una encima de la otra, buscando vasos pequeños para servir el sake que había comprado en la licorería de la esquina, invitándome a sentarme dónde fuera posible... La silla de la mesa de dibujo, los cojines enormes de colores, tirados sobre la alfombra negra del espacio que parecía ser la sala, el único sillón que daba a una ventana escasa y en donde probablemente se sentaba a leer, porque a un lado, en el piso, se encontraban apilados varios libros; la cama blanca, completamente blanca, separada del resto del espacio por un biombo de madera. Me senté en el suelo, en uno de los cojines, revisando la pila de libros, algunos en español, otros en inglés: Bradbury, Gioconda Belli, Auster, Marcal Aquino, Woolf, Plath, Huezo Mixco (bien por El Salvador, bien por El Salvador). Me los había leído todos, pensé, en eso trabajo, pensé, leyendo, interesándome por esas historias de los otros, y podría ser un buen tema de conversación para romper ese silencio que ya era demasiado largo. Ella estaba de espaldas a mí, en el reducido espacio que servía de cocina, abriendo la botella de un turquesa nevado que me había sorprendido desde el principio, una botella diseñada no solo para contener su líquido, sino para ser hermosa, para admirarla, para querer guardarla en una esquina de alguna parte de la casa. Que era una egoísta, me dijo al voltear con los dos vasos servidos, que ni siquiera me había preguntado si me gustaba el sake, que había decidido ella sola, que a ella le gustaba desde hace años... Desde que llegó allí. Yo solo sonreía y alargaba mi brazo para recibir el vaso. Ella se sentó cerca, en alguno de los otros cojines. Tan cerca que podía presentir su aroma desmedido a luz y estrellas.


Remember when you were young, you shone like the sun. Habíamos oído tantas veces esa canción... Cientos, miles de veces, que oirla una vez más ya no era nada del otro mundo. Shine on your crazy diamond. Nada del otro mundo menos en ese momento en que el mundo era otro y Estela otra, convertida en todo lo que algún día tuvo que haber sido, con la piel tan transparente y la sonrisa tan suave que daba miedo incluso acercársele. Now there’s a look in your eyes, like black holes in the sky. Shine on your crazy diamond. Quién iba a decir que esa piel de tantas veces, tantas veces vista iba a ser tan suave y que esos labios que tantas veces me habían sonreído, que tantas veces habían pronunciado las palabras más duras y terribles y despiadadas e infames; iban a ser tan suaves, tan blandos, tan líquidos. Estela era suave y eso nunca lo hubiera imaginado. You were caught in the cross fire of childhood and stardom blow on the steel breeze. Estela era un cuerpo que había sido hecho para estar entre mis manos. Eso pensaba y no sé qué pensaba ella. No me importaba. Porque estaba amaneciendo y de alguna manera yo volvía a tener 26 años y ella volvía atrás borrando toda la historia que ne ese momento ninguno de los dos quería recordar. Come on you target for faraway laughter, come on your stranger, you legend, you martyr, and shine!!


Estela era todo lo que hubieras esperado de una mujer a tus veintitantos años. Estela era esa sorpresa brillando a las ocho de la mañana, haciendo café en algún lado de su diminuto apartamento, envuelta en una camiseta blanca demasiado transparente y una luz desmedida.


VII. Estela, la luz y los finales.



Claro, me separé de Elsa esa Semana Santa. Ella se quedó con el carro, la casa y la promesa de los hijos que nunca tuvimos. En su mente organizada, nunca supo entender las razones, que ella era todo para mí, me dijo, que me había ordenado la vida, seguía, sin perder la compostura y el buen porte, hasta que, luego de cinco horas de quererme hacer entrar en razón, se le desató el animal emocional que llevaba dentro y comenzó a lanzarme las copas y lo vasos de los juegos que nos habían regalado algunos años atrás para nuestra boda. Tuve que esquivar algunos, la mayoría terminaron hecho pedazos contra la pared de la sala mientras yo huía. Solo la volví a ver el día en que firmamos los papeles. Ecuánime y medida como siempre, sonrió algunas cuantas veces, con pausa y parsimonia, como ella. Me deseó Buena suerte en mi vida, me estrechó la mano al saber que me dejaba casi en la calle. La abracé de regreso sin saber qué iba a hacer con lo que me quedaba en la vida.


Me quedaba Estela. O al menos eso era lo que yo imaginaba.