Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
Mostrando las entradas con la etiqueta inspiration. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta inspiration. Mostrar todas las entradas

20150323

Llueven subjuntivos















Relato inspirado en Kitsch en C, de Cartas a Felice.

Podría ser que ese dolor en el corazón le durara toda la vida. Y él lo sabía. A lo mejor lo supo desde el principio, quizás desde que ella se le apareció con el pelo revuelto y los zapatos gastados de tanta vuelta por el mundo. En ese momento él supo que podría mirarla dormir todos las noches.

– Me gustaría apagarte la luna cada vez que sea necesario–, le ofreció él.


Puede que haya sido lo único que podría darle; no permitir que la luna le empañara la mirada. Esa mirada de ámbar desmesurado que le haría pensar en todos los "y si" que fueran posibles. Y así sería siempre. Él queriéndole tapar la luna, los defectos y las imperfecciones para que ella pudiera levantarse cada mañana; fresca y sonriente, mirando las nubes y los amaneceres, pensando en palabras como nadie más podría hacerlo, como tal vez solo ella pudiera, cada vez que quisiera. O que imaginara. 

– Deberías saber que la vida real es una mentira –, le dijo ella una mañana.

Tal vez enojada por el descubrimiento de que, cada noche, por más intentos de él de opacar la luna, esta siguiera estando tras las cortinas. 

• Foto, Flor Aragón

20150123

602













(Relato inspirado en Red Right Hand de Nick Cave)

La habitación es la 602 y llueve.

El agua golpea las ventanas como queriendo entrar de tanto miedo, o soplo, o solo de ganas por querer estar allí adentro.

Con ellos dos.

Que solo se miran. Sin decir nada. Como dos cuerpos aflojándose o desarmándose ante la inevitable parsimonia de aquellos que saben que ya no tienen que intercambiar palabras.

Porque ya está todo dicho.

– Que sí quiero
– Y yo también
– Y lo demás ya no importa

No importa. Dijeron. Y de seguro para ambos importa mucho, pero saben disimularlo bien. Esconderlo entre las comisuras de las sonrisas, alteradas un poco por los cuatro vasos de whisky.

(Cada uno, mirada, sorbo, sonrisa)

La cama está blanca. Blanca de sábanas, cobertor, almohadas, almohadones y cojines. El, sentado en la orilla. Ella, enfrente en el sofá, de espaldas a la ventana, que se derrite de agua deslizándose y de abismos absurdos.

Solo la luz de una lámpara ilumina su cara. La de ella.

– Me voy a quitar la ropa
– ¿Es una amenaza?

Es un aviso. Dice. Y deja caer su vestido gris y sin vida sobre la alfombra. El vaso de él también cae formando una mancha deforme que se expande sobre el azul arabesco del suelo.

Se acercan y se miden. Se miran y sonríen.

Sus cuerpos, curvas, líneas, abismos, vacíos; se desdibujan sobre la cama roja de sábanas, cobertor, almohadas, almohadones y cojines.

Sigue lloviendo.

20140902

Brighton Beach and Cobblestones





Short story inspired by “Ventura Highway” - America

End of summer sky
Summer is about to end, you could feel it then and you can feel it now. Clara is the only one one dumb enough to drag out a light jacket, ‘cause of how cold she get. Her thoughts are scattered so much that in the midst of a new experience, one that will take years in the making, all she can make out is this serenity of being home away from home, like that song by O.A.R. And you can’t wear white after labour day, they say. It’s the begining of an indian summer which brings the hype of a new semester, a first year at University, not unlike like that first kiss in a damp garage back when she was 14. There’s something about her teenage years that lingers still in the tone of her stories and the passions she’s feeding and building. But, yeah, everything’s a whirlwind exept the sight of old friends by the river banks. European cities have a knack for illuminating public places by night so much that you feel in the corridor of your desire.

It didn’t matter who those new guys where, the radar was off; the focus was the laughter in Clara’s mother tongue and the sounds of music that wasn’t playing. It had been long since they all saw each other, and the wood under her of the bridge over the Seine was new to her senses which amiably called the strangers drinking not far. A couple, Paps and Jean-Michel, they were intrigued by the spanish speaking young people, introducing their wine and their marijuana to them. Clara smoked and flew over away from their spontaneous conversations, resorting to dancing with her best friend. They were, they claimed, in a scene from Everyone Says I love you.

And they walked the length of the night that stretched, the boats beaming with moonlight besides the river banks, and he stood in front of her. He didn’t know who she was but, listen, she said, How come they did not have a boat? They should, now, shouldn’t they? However unprepared, without any weapons, they may be, they should still proceed to steal it. But how? Oh, the others kept walking, they have to walk behind them or else they will end up losing a fight against Madrid.

Laying against the cobblestones of old Europe, he taught her the concept of concert envy saying “There is more concert envy than there are good concerts”, as they discussed the etymology of English expressions such as “I can see where you are going” and all sorts of idioms that are not meant to be taken literally, please, but there is so much comfort in losing yourself in translation, isn't there? Especially when you find yourself in his or her beliefs, so much that you feel like grabbing that exclamation with your hand and owning it. “Your words are mine, you are speaking for me”, and it’s not the drugs, nor the wine, nor the summer breeze that leaves with Labour Day. Oh, his hand was the one to reach out and make hers write.

The days that follow are greyer, announcing the autumn of her stability. They don’t really have a means to speak or call or talk or cheer, let alone write together and see each other. She should just turn the page, as she was told to do. These swift and passing romances are meant to travel through you, and not linger. Should they linger, Clara knew, she’d fall against the limits between he and she, unable to translate the things that separate them. But it’s not about him, although she doesn’t know: it’s the changes and the foreign languages, is losing touch of her 14-year-old-voice, and not finding the warmth of a home away from home. It’s moving through places deliberately as she moved away from feelings and emotions. It’s the trouble of understanding your emotions. Parting with the difficulty of doing so, choosing to indulge in the fantasies, the utopian lyrics of your ups and downs. It is not knowing it has little to do with him and so much to do with you, ignoring what will take you to Brighton Beach. Laying down, under the sun in the cold May air, you will know you can’t ask for anything that you cannot give yourself first, can you?

20140224

Hablemos de misericordia.

Hablar de amor es difícil. Más difícil es hablar de la misericordia, habitualmente hemos perdido la perspectiva de lo que eso significa. La humanidad es voraz.

Pero, ¿cómo fui a caer a esta canción? 

Hace poco mas de dos años empecé a tener problemas de salud, de esos problemas de salud que no te dejan en paz... tanto por el dolor corporal como también por el miserable miedo de morirte desangrada. A veces he pensado que el miedo me ganaba. En especial al inicio. Lloré mucho la semana en que me diagnosticaron. Para entonces trabajaba y vivía en Suchitoto en un proyecto de arte y cultura, tenía a maravillosas mujeres a mi al rededor que me aguantaron esa semana de lágrimas. Sumado a la situación de salud, justo ese día mientras hacía mi recorrido desde la clínica de mi ginecólogo hasta mi oficina en Suchitoto en mi correo estaba una carta que me ayudó a llorar aún más. Las cosas no iban bien en mi relación con el hombre que sigue a mi lado. Esas cosas pasan, pero estaba cansada que me pasaran a mí.

Como todo ser humano, común y silvestre, me pregunté ¿por qué a mí?

Esta canción apareció justo entonces, ya la conocía, pero aquella noche, mientras me terminaba una cajetilla de cigarros y una botella de vodka, esperando (quizás) a que eso acabara con mi sufrimiento me vino a la mente. Esos vericuetos de la mente tienen su misterio. 

"Still" es un mantra... bueno, para mí lo es. Comprendí aquella madrugada que muchas cosas no las puedo cambiar, otras sí, pero que lo que impulsa esos cambios es el amor. No de ese amor cursi y ridículo de catorces de febrero, o de ese amor maternal cuasi compulsivo y protector de la camada a cargo, no, sino de ese amor que es tan raro, inmaterial e incomprendido: la misericordia. 

La misericordia a una misma y hacia los demás. Ese que te dice que a pesar de todos los errores, todos los dolores, de toda la sangre, de toda la vergüenza, de la historia pasada que te hace herir a los demás... aún, a pesar de todo eso, existe el amor para una, que merecemos ese amor. 

Pero, perdonarnos es bien difícil. Se los digo por experiencia, pareciera que soy una persona que tiende mucho al error y a herir gente (la mayoría de veces sin intención) y eso me ha traído reflexiones nocturnas bastante duras contra mí misma. Pero perdonarnos esos errores es precisamente lo que nos puede salvar.

No soy una persona religiosa, en mi juventud primera si lo fui. Demasiado creo. Mucha gente me asume atea y yo misma a veces digo que no creo en Dios. Posiblemente sea porque lo que no logro entender con la lógica me parece imposible de existir. Pero entonces recuerdo aquella madrugada, drogada por analgésicos, sumergida en vodka, envuelta en el humo de cigarros baratos, ahogada en lágrimas... justo ahí lo comprendí. Tengo vida y merezco vivirla y eso depende exclusivamente de mí, no de otros... no de mis doctores, no de mi pareja, no de mi familia nuclear, no de mis amigas que me acompañaban en la tragedia. Vivir depende de mí y eso implica que debía perdonarme para poder agarrar estos treintypico de años que he vivido y ver qué haré con los que están por venir. Sean estos pocos o muchos. 

Perdonarse es amarse a pesar de todo. Es saber que la divinidad no está en una imagen, en un culto o en una creencia, la divinidad nos habita. Es esa vocecita interna que te dice "dejate de tonteras ya, buscá cómo ser mejor persona"

Cuando andaba pensando la semana pasada qué canción regalarles a mis compañeras de Non-girly Blue la recordé y la lógica fue: Si a mí me sirvió debo compartirla, porque amar es perdonarse, luego vivir y luego... compartir eso que te hace vivir, porque seguramente le puede servir a otro ser humano. 

Así que les dejo esta canción, Still de Alanis Morrisete, no solo a mis compañeras de blog, sino también a todos los que se toman el tiempo de leer y compartir con nosotras.

Termino contándoles que esta semana, como invitado, nos acompañará Otto Meza, caricaturista, escritor y un muy buen amigo que surgió de la nada y que a través de mensajes esporádicos del wasap hemos establecido un afecto que va más allá de las posibilidades de vernos seguido. Léanlo, es bueno encontrarse, de vez en cuando, personas que aún guardan candor en el alma. 

Saludos.



20140124

Metrópolis

Relato inspirado por la canción homónima de Owl City.

__

5:00 a.m.

La vida aún está a oscuras, tengo miedo de salir, de no encontrar nada a mi paso. Me da miedo todo... el viento, la soledad, el frío, no adaptarme, no entender, no aprender, los extraños, que me juzguen, que algo me salga mal, todo puede suceder y a esta hora todo es merecedor de mi miedo.

Me enfundo en mi sueter, no puedo quedarme acá encerrada, la casa es refugio solo cuando realmente el tiempo que paso es controlado, no me gusta estar sin trabajo, detesto no sentirme productiva, me aterra la idea de depender de otros... el dinero siempre ha sido un problema... ahora menos, pero no dejo de temer a la falta de él. Como si eso fuera importante.

Debo salir ya, ir al trabajo... ni siquiera sé si a esta hora pasan los buses ya. Una sola ruta me lleva desde mi casa a mi nueva oficina. El recorrido es corto, lo que me preocupa es que no a amanecido.

Tomo mi cartera, mis ganas de trabajar, mi coraje y mi mejor cara para enfrentarme a cualquier problema y salgo de mi casa.

Comprobé lo que se vislumbrara desde mi ventana... el sol no ha salido... la calles está sola, hace frío, el viento baila entre mi cabello suelto... camino a mitad de la calle, es la forma más segura de trasladarme desde mi casa hasta la parada del bus, al menos eso creo. Camino, escucho mis propios pasos, el retumbo de mi corazón, me abrazo a mí misma para guardar un poco de calor. Para consolarme un poco. Las últimas semanas no fueron muy buenas que digamos, pero... he sobrevivido a cosas peores. No entiendo por qué he sentido tanto temor en las últimas horas. Estoy loca... me lo digo en un murmullo mientras llego a la parada y espero el bus.

Justo entonces sucede.

Veo más allá de mi nariz y descubro mi ciudad... está ahí... desperezándose, estirándose, llenando sus pulmones, sabe que el sol se acerca... se ve perfilarse el horizonte con una breve y hermosa línea dorada... las nubes empiezan a pintarse... todo es tan hermoso y yo no lo había visto. No me había percatado de eso que pasaba fuera de mí por estar pensando en el miedo, en protegerme, en no tropezar. Todo estaba ahí. Todo estaba ahí... y era hermoso.

Cada una de las luces que estaban posadas sobre el manto de la ciudad fueron apagándose... también las estrellas que me acompañaron cuando salí de la casa fueron apagándose, lentamente se despidieron de mis ojos, solo una persistía cerca del horizonte, fuerte, contundente, tenaz... un poco terca. No es estrella... es Marte y yo estoy ahí para verlo, para recordar que él con su espíritu guerrero me llama desde la oscuridad para llevarme de la mano hacia la luz, hacia el sol.

Metrópolis se despierta a mis pies, la veo desde la cima de la montaña... mientras espero el bus que me conectará con el mundo entero. Ya no tengo miedo, avanzo.

20140104

Bañado de negro

(Relato inspirado en Paint It Black de Rolling Stones)

La orden fue clara: poner una señal con pintura negra en las puertas de las casas que tenían que pasar por alto y correr.

Correr hasta dejar atrás toda la historia de esa guerra, de los miles de muertos vistos en los cementerios cada mañana, correr como loco, como si el mundo se fuera acabar esa madrugada, correr como único alivio a todos esos años de miedo, pintar las puertas: las rojas, las celestes, las amarillas; pintarlas y correr, correr dejando los pasos atrás, correr como un simulacro, como queriéndose agarrar la vida, como queriendo ganarla, la vida de verdad, esa vida que de verdad se merecía, esa vida por la que estaba gritando desde diez años atrás cuando apenas era un niño, y ahora no, no tanto, había crecido, había visto morir a su papá, desaparecer a su mamá, irse a sus hermanos, y ahora no le quedaba nada más que correr, pintar las puertas, pintarlas como le habían, dicho marcar las puertas de las familias que no habían estado con los militares, las que no los habían apoyado, las que no les había dado de comer tenía que pintarlas y correr, no dejar de correr nunca le habían dicho, no mirar atrás porque ese sábado daban inicio a la ofensiva final, ese sábado iban a tomarse las calles, los pasajes, las casas; esa noche iban a liberar el país y el tenía que correr, que correr para salvarse, para no estar allí, correr hasta donde pudiera y pintar las puertas, dejar señales, correr correr correr, correr como una salvación, como un socorro, como un grito de auxilio, correr para redimirse, correr para empezar de nuevo, correr para encontrar su pasado, correr para que su vida sirviera de algo, correr como una excusa, correr como si el miedo ya no existiera y no te hubiera perseguido durante tantos años, correr como si la soledad no fuera estar solo, correr para encontrar algo adelante, correr sin mirar atrás, correr llorando, correr gritando, correr como si el corazón tuviera que salirse, correr entre las casas, las calles, debajo de los árboles, entre los carros y las paredes cayendo, correr entre las balas y los ruidos de helicópteros volando, encima volando, cerca volando, correr mas rápido que el helicóptero, correr entre los soldados, correr en sentido contrario que ellos, correr, verlos entrar en las calles, los pasajes, pasar debajo de los árboles, entre las casas, correr mientras oye los disparos, correr en contra, correr hacia dónde no sabe, correr, seguir pintando paredes, correr como única forma de creer, como único sentido de la vida, como único motivo para viviendo, correr por todos los muertos, por todas las bombas, por todos los que huyeron, por todos los que escaparon, por todos los muertos con sus pieles pálidas y sus ojos abiertos, correr porque no queda otra cosa, correr porque ya no le queda nada, correr aunque ya no queden calles que seguir corriendo, correr aunque ya no hay pasajes, aunque ya no hay puertas, correr porque atrás hay bombas, balas, helicópteros, porque atrás hay fuego y muerte, correr para resucitar, correr para no tener miedo, correr, tirar la pintura y la brocha, seguir corriendo hasta donde ya no suena nada, donde solo hay campo y más campo y más campo...

Correr.

Correr le dijeron, correr hasta donde ya no quede más ciudad, correr a pesar de las balas y de las bombas y de los helicópteros, correr sin mirar atrás le dijeron, correr sobre el campo, correr sobre la grama, correr viendo las flores, correr viendo los árboles, correr para olvidar le dijeron, correr y nada más, correr más allá, hasta donde la respiración y las piernas aguanten, eso le dijeron, correr hasta los campos de caña.

Correr hasta los campos de caña.

Hasta los campos de caña recién quemados, hasta ese desierto bañado de negro.

Detenerse allí.

Mira hacia arriba y ve el cielo, negro también, con ceniza negra que cae como lluvia. Ceniza, quién sabe, de donde viene.


20131223

Anónimos


(Relato inspirado en Love Is Blindness de Jack White)

Un mes antes había decidido llamarla La Noche del Final. Y en ese momento, treinta días le habían parecido de lo más lejano. Treinta días no llegarían nunca, había pensado. Y sin embargo, allí estaba: sentado en la esquina más apagada del Bar Anónimo, en donde había empezado todo hace ocho meses. 

El Bar Anónimo era de esos lugares desconocidos en la ciudad, “underground” como solían llamarle elegantemente. Solo se podía ingresar por invitación y luego de una exhaustiva investigación acerca de los contactos, costumbres y discreción del sujeto. Todos habían oído hablar del lugar, muchos se morían por asistir, tal vez por curiosidad, tal vez por pertenecer a ese grupito cerrado; pocos podían decir haber estado cerca. Nadie había estado allí nunca. Esa noche de diciembre, nuestro amigo había recibido –sin mucha ceremonia- el sobre color gris plomo. Solo su nombre cubría el exterior. En el interior, una tarjeta negra con una dirección y la hora. Hora exacta, decía; si no estaba allí en punto, perdería la entrada... Para siempre. Al principio le pareció una de esas bromas tontas del Día de los Inocentes, ya que la había recibido ese día, el día en que todos se vuelven creativos para hacer caer a los más incautos en las más absurdas mentiras. Pero no, al parecer no era una broma. Estaba citado para el día 30 de diciembre a las 9 de la noche. Tenía todavía dos días para arrepentirse de la idea, a esas alturas, todo le parecía demasiado surreal como para vivirlo. Él, el tipo más equis de la ciudad, el que siempre pasaba desapercibido en las reuniones y en las fiestas, qué iba a hacer allí en el Bar Anónimo.

Sin embargo, veinte minutos antes de la hora convenida estaba allí, en la esquina más oscura de una casa en la parte baja de la Colonia Escalón. A las nueve de la noche en punto un carro polarizado se detuvo despacio junto al andén. "Vamos", le dijo una voz saliendo de la penumbra del carro... Al verlo dudar, la voz le dijo desde adentro su nombre, apellido, dirección y hasta número de celular. En el interior, solo un motorista, casi una sombra y el tipo que lo había llamado. "Uno de los requisitos para poder entrar al bar Anónimo es que te tengo que vendar", le dijo el tipo, sentado a su lado, pero metido tanto en la oscuridad y en su papel, que no asomaba más que la mano blanca sosteniendo el pañuelo rojo. "Te podés bajar ahora, si querés, y aquí se olvida todo."

-No, dale.

Desde ese momento en adelante su vida no volvió a ser la misma. Claro, él no lo sabía en ese instante en que su vida se partió en dos: la real y la anónima. Por algunos minutos, diez, quince, veinte, el carro siguió y siguió por la calles desconocidas y secretas, esas que recorrió durante meses con la misma venda roja de ese primer día, con una emoción nueva recorriéndole cada milímetro de la sangre. Cada milímetro de noche de allí en adelante... Cuando el carro se detuvo el mismo tipo le ayudó a bajar, como un ciego en la penumbra de su ceguera -pensó-. Dos toc-toc y una puerta que se abrió. Los olores  y sonidos se confundieron de golpe con la noche. Voces, murmullos, una versión demasiado electrónica de la Toccata y Fuga de Bach. Humo de cigarro, alcohol, tal vez whisky, perfumes baratos. Voces y más murmullos sonándole en los oídos al pasar. Risas lejanas. Risas estridentes.

Silencio.

Perfume de jazmín envolviendo la noche.

-¿Qué querés tomar? Pregunta una voz diminuta de mujer en algún rincón de la habitación mientras la puerta se cierra detrás de él.

-¿Tenés whisky? Un doble. ¿Me puedo quitar la venda?

-No, todavía no. Nunca. Dice ella, con la misma voz tan profunda que pronunció todo a partir de esa noche.

"Todavía no. Nunca", llegó a ser como el lema de esos encuentros anónimos, una frase tan acariciada, como lejana y extraña. Le preguntó si ella también tenía venda en los ojos y le dijo que no, pero que podía tenerla cuantas veces él quisiera. Y así comenzó el juego de nunca acabar. Sus manos, las de ella, eran suaves, pequeñas y lisas, pero lo suficiente fuertes como para masajear su espalda si el día había sido duro. Pero lo suficiente leves como para deslizarse como mariposas entre sus piernas, para meterse como hilos entre los hilos finos de su pelo y su cuello. Esa parte que le gustaba acariciar tanto, le decía ella al oído, confundiéndose entre olores a whisky y jazmín, entre sonidos como vocales y consonantes. A veces eran pocas las palabras, porque los cuerpos eran largos y al tacto se proclamaban soberanos. A veces jugaban a ponerse los dos la vendas, a reconocerse los cuerpos en la oscuridad y al tacto, y todo era como si estuviera planeado. Como si estuviera escrito desde hace siglos. "Sos mi oasis", repetía ella entre besos y caricias.

-No olvidés que la mayoría de veces los oasis son un espejismo.-

Ocho meses había sido demasiada oscuridad como para seguir siendo anónimos, dos cuerpos y dos nombres extraños, dos pieles desconocidas a la vista. Dos ciegos, cegados quién sabe por qué.  Así que allí estaba él, sentado y sin venda en la Noche Final: "Todo esto se fue tan de nuestras manos", había dicho ella un mes antes, argumentando que había que darle fin, que no podía dormir ni vivir. Él, había accedido, apelando a lo imposible del asunto, el primer hijo de él estaba a punto de nacer en esos días. Todo era real ahora: paredes rojas, sábanas rojas, espejos en el cielo más falso de todos los cielos. Una rosa, inesperadamente, también roja, posada solitaria en un florero transparente. Todo el set iluminado apenas por dos velas blancas junto a la rosa.

-Apaga las velas.- Dice ella con la misma voz tan profunda de siempre.

-Todavía no. Nunca.- Repite él.

20131216

The Limit To Your Love


Estoy enferma, de una enfermedad incurable, al menos así parece, o al menos así lo dicen los tres médicos a los que he acudido: el remedio no existe, dicen, al menos hasta hoy porque no hay registro conocido de una enfermedad como la mía. No hay récords en los anales de la medicina, repiten, y en vista de que los síntomas empeoran con el transcurso de los días, les ha dado por decir que es una enfermedad degenerativa. Enfermedad mental, diagnosticaron, y me mandaron a tomar calmantes, relajantes, ansiolíticos y toda serie de pastas y drogas.

Todo empezó hace cuatro mañanas... Solo cuatro, ¿entienden? Hace cinco días llevaba una vida normal y de repente esa madrugada la canción se metió en mis sueños, una canción que nunca había escuchado, “there’s a limit to your love-your love-your love-love”, repetía la propia vocalista, cantando bajo una luz blanca y cubierta solo por su larga cabellera castaña, el lugar era una especie de bar en el medio de quién sabe dónde, con varias mesas y sillas de metal de color negro, todas vacías, menos una en donde estaba yo y yo misma, viéndome desde mi inconsciente en el sueño. “There’s a limit to your care, so carelessly there, is it truth or dare?”, repetía, mientras el mesero, vestido todo de rojo, traía una copa de vino y una corbata, ambos rojos también, en una bandeja. Mientras sorbía el primer trago de vino el mesero amarraba la corbata, cubriéndome los ojos. En ese momento desperté y el estribillo “I know, I know, I know, that only I can save me” seguía sonando en mi mente. Obviamente lo primero que hice fue buscar la canción en internet. La escuché varias veces. Busqué el video en YouTube. ¿Cómo era posible que es canción haya ido a dar a mi mente? ¿Era algo que ya había escuchado antes en una de tantas fiestas o reuniones? ¿Algo que sonó de fondo y quedó allí grabada para dar vida a un sueño?

De vuelta al trabajo ese día, hace apenas cuatro días, traté de olvidar el asunto del sueño y la canción, pero, entre reuniones, llamadas teléfonicas y demás asuntos de rutina; la canción volvía a sonar con todas sus palabras, estrofas y estribillos. Hice lo que normalmente se hace en esos casos: meter otra canción para borrar la que no deja de sonar en la cabeza. Probé con Cuando calienta el sol de Luis Miguel y por unas horas el sol calentó, el cerebro se puso alegre y hasta llegue a bailar uno que otro pasito mientras salía del baño. Estaba curada de canción y de sueño. La vida volvió a tomar su curso normal con salida tarde de la oficina, tráfico endemoniado y largos minutos tratando de encontrar las mejores vías de salida de la ciudad. Hasta que esa noche el sueño se repitió: los mismos personajes, el mismo escenario, la misma canción sonando sin límite al límite de mi sueño. Solo que esta vez el mesero no traía la copa de vino, sino que dos corbatas rojas. Con una ató mis ojos y con la otra mis manos... Cuando desperté “I love, I love, I love, this dream of going upstream” seguía sonando en mi cabeza.

Ese día pude deshacerme de la canción por algunas horas tocando de manera aleatoria en mi cerebro algunas canciones de Alejandro Sanz, Thalía, David Bisbal y Shakira. Pero fue inútil, al llegar a Inevitable, Feist se introdujo de nuevo y desde entonces no ha dejado de sonar como banda sonora rayada y desgastada your love your love your love.

Al principio pensé que era como uno de esos casos de enfermedades raras que solo se dan una en mil. Una en mil, pensé. Pero los médicos me sacaron de mi error. Uno de ellos hasta quiso encerrarme unos días en una clínica. Allí podría descansar y ser observada por profesionales, dijo. Que podría convocar una rueda de especialistas en la materia, agregó. ¿Músicos, compositores? ¿La misma Leslie Feiste en persona? Pregunté. No: psiquiátras, psicólogos, neurólogos. Ante mi negativa me recetó drogas y me envió a casa.

Y aquí estoy desde entonces. Ayer.

Y la canción no para de sonar, mientras Leslie la canta a mi oído y el mesero vestido de rojo me amarra también las piernas.


20131209

Lo único que sé

Lo único que sé es que este sonido va dentro de mí, navega en la correntada de sangre que me inunda, explota, me devora.

Este sonido me invade, llega lejos, se extiende sobre mi piel, revienta en mis vellos, destroza las gotas de mi sudor. Este sonido me hace caminar, me detiene, saca alas de mi espalda y yo vuelo.

Este sonido me mantiene despierta, me hace dormir, se instala en mis sueños, me destierra y en el exilio también me acomapaña.

Este sonido tiene ojos que me miran a los ojos, me hace sentir bella, me dice que puedo ser mejor, que me quiere; este sonido tiene manos que me tocan, que se posan en mis caderas, que me deslizan hacia el desamparo y espera pacientemente hasta que todo mi cuerpo vibre a su ritmo y emita un gemido de placer.

Este sonido me abraza entonces, se queda quieto y se posa sobre mi pecho... pretende escuchar el sonido que sale de mi interior, quiere este sonido, escuchar el sonido de mi corazón y yo se lo permito. Abro mi sonoridad y dejo que este sonido se confunda con mi propio sonido.

Este sonido sos vos.

20131208

Todo lo que sé.

Relato inspirado en All I Know de Washed Out


Todo lo que sé es que su cuello, visto desde aquí, desde un pupitre detrás, es la cosas más hermosa que he visto en la vida: largo, infinito, con un moño divertido, como de bailarina de ballet recién estrenada, con algunos pelos saltando por aquí y por allá... Pelos castaños, de color de miel, de color absurdo, como sus ojos, como los ojos que  ahora no puedo ver, como los ojos que ahora estarán concentrados en las preguntas del examen.
Su mirada estará absorta, lo sé. Perdida en las preguntas y analizando cada una de ellas. Lo sé porque presiento cada uno de sus pensamientos, los adivino entre la paredes que se elevan, que caen a veces, entre las paredes estas de tantas veces, de tantas palabras que he ido inventando para llamar su atención, de tanta sonrisa tonta que he dibujado cada mañana al verla entrar al aula. Aula C-24 de nuestras interminables clases de Derecho Romano y la profesora contando la historia como si hubiese estado allí, como si Marco Antonio o Augusto o Julio César fueran o hubiesen sido amigos de ella, como personajes cotidianos...

Pero lo único que sé ahora es que ella, vista desde aquí, desde apenas un metro de distancia es una Livia, una Julia Augusta, una emperadora romana, la emperatriz de todos mis pensamientos, y, sí, se que suena cursi, pero qué más puedo pensar, si lo único que sé es que su mirada me sosiega, que su pensamiento me domina, que su número de teléfono está clavado en mi mente como flecha: 77298900-77298900-77298900-77298900-77298900-77298900-77298900-77298900-77298900

Y lo marco y suena y corto cuando ella contesta, aunque sepa que soy yo... Aunque lo sepa siempre y nunca diga nada. O nunca pregunte "¿me llamaste ayer?, porque yo sé que no le interesa saber que le he llamado, no le interesa saber qué quería o si algún día le voy a decir algo o si algún día la voy a invitar a un café, a cenar, al cine o, al menos, a estudiar, a repasar las lecciones, para eso que soy bueno. Porque los aventajo a todos en todas las materias, más a ella que le cuesta tanto, a ella, que quiere, pero no puede, a ella que se quema las pestañas todas las noches porque no quiere ser una más de la facultad, una bonita más caminando por allí en los pasillos... Yo sé que ella quiere más, porque me lo ha dicho cada mañana mientras esperamos a que la profesora de la vuelta por el pasillo y aparezca con sus blusas y pantalones de lino blanco, la profesora italiana que parece ser amiga de todos los augustos y césares y marcos del libro, la profesora que nos sonríe todas las mañanas mientras la esperamos y nos mira con desdén y con recelo: la niña bonita y el pobre intelectual que nunca va a conseguir a la niña bonita, lo sé porque yo fui una niña bonita y nunca un intelectual obtuvo nada de mí. Nunca, ninguno.

Todo lo que sé es que su cuello, visto desde aquí, me embruja, me atrae, me hechiza, me siembra ganas de ponerle un beso allí, un beso en ese lugar en donde hay un remolino de pelitos casi rubios que dan vueltas y vueltas y vueltas y vueltas... Sí, sus pelitos me emborrachan, me intoxican, me hacen olvidar. Me hacen olvidar todo lo que sé. Lo que sé de ella, de su nombre, su número de teléfono, su dirección, su color favorito, su postre favorito, su película favorita, su canción favorita, el actor que la hace perder la cabeza, todo lo que sé de ella porque me lo ha dicho, porque le presto atención cada vez que me lo dice, aunque ella me lo cuente como algo que no le importa, solo por pasar el tiempo, solo para perder los diez minutos en lo que llegamos -ella y yo- y aparece la profesora por el pasillo, con su blusa y pantalón de lino, sintiendo lástima por mí, no por ella, porque es linda. Es lo más lindo que ha caminado por estos pasillos gastados de la universidad.

Ya no soporto su cuello. Querer besarlo es todo lo que sé.

Está tan cerca y a la vez tan lejos.

Me levanto y entrego mi papeleta.

- Señor Quintanilla, su examen está sin contestar.- Me dice la italiana con su blusa y pantalón de lino.

- Es todo lo que sé-, le contesto abandonando el aula.