Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]

20141223

Impresiones de Estela y el olor de la luz






















Relato inspirado en Shine On Your Crazy Diamond de Pink Floyd

I. Primera impresión de Estela.

Estela llegó esa noche como una de esas olas que te caen de golpe. Estela vino y se fue, vino y se fue, vino y se fue de mi vida como una marea para la que nunca estuve preparado. Me golpeó con toda la fuerza que era capaz desde el primer segundo que mis ojos se fijaron en ella, y quién sabe por qué nunca supe decírselo, nunca supe cómo, ni cuando tenía veinticinco años, ni cuando tenía treinta y cinco, ni cuando tenía más de cuarenta. Ni ahora.

Mi primera impresión de ella es verla allí, bailando como la ráfaga de viento que era, bailando sola en la pista sola de baile, brillando como un diamante, el pelo rojo enloquecido, los ojos cerrados, la camiseta morada, las manos abiertas, el jeans demasiado desteñido, los tenis blancos con cintas de colores. La veo allí, así, y ahora me doy cuenta de que era un presagio. Estaba entrando para siempre en la monotonía de nuestros días para darles vuelta de una manera que ninguno de los tres podía sospechar en ese momento. Sí, los mismos tres que habíamos sido desde los quince años, los que estábamos allí, enamorándonos de ella, supongo, enamorándonos con amores diferentes, pero amor, de ese que dura toda la vida, por el cual podés hacer cualquier cosa por alguien, de ese amor, porque era imposible no querer a Estela, no querer hacer todo por ella, no querer perseguirla a donde fuera. Estela era como un imán.

Cuando la canción terminó –no me pregunten cuál era- salió de su trance, así de fácil como había entrado, nos miró a los tres como se mira a una silla o un mueble o un objeto cualquiera y salió al patio por una cerveza. Era julio y llovía. Regresó medio mojada, riéndose por quién sabe que cosa que le contó en secreto a Alberto, que era quien la había traído a la fiesta. Carlos y yo no dejábamos de ver alelados el colochero rojo que le caía casi hasta la cintura, los ojos –de color extraño- que se convertían en una adorable línea cada vez que se reía. Creo que esa fue la noche en que los tres, sin decírnoslo, decidimos que de alguna manera se tenía que quedar en nuestras vidas.

De alguna manera.

Desde ese día dejamos de ser el trío para convertirnos en cuarteto. Estela se convirtió en la mascota del equipo, como ella misma decía, iba a todos lados con los tres, una noche pasaba yo por ella y la regresaba Alberto, a la siguiente Carlos la llevaba y la regresaba yo, y así las noches se iban en verla salir delgada y apurada con un vestido mínimo, algún jeans desgastado, alguna idea rondándole la mente y el típico comentario acerca de la vecina treintona y casada que siempre le vigilaba los pasos de salida y entrada para luego tener de qué hablar en el vecindario.

II. Estela en el pozo.

Siempre dijo que no le importaba lo que la gente dijera o pensara de ella, se reía tanto de eso, se burlaba de todas las señoras casadas de la colonia, sin vida propia, aburridas dentro de una rutina que no pasaba de cuidar niños y tener feliz al marido. “Mujeres que han tenido que casarse porque ese es el fin último de su existencia”, decía Estela, pegándole otro jalón al cigarro, haciendo coronitas con el humo. Pero siempre supe que sí le importaba, siempre vivió luchando con ella misma para complacer a la gente, para hacer lo que se esperaba de ella, luchando, porque tenía esa mala costumbre de la que siempre renegó de no pensar en las consecuencias de sus palabras y sus actos. Y entonces caía en esos pozos profundos, como ella misma solía llamarlos. No contestaba el teléfono por días, no quería salir ni saber nada de nosotros. “Estoy en el pozo”, decía, que no nos quería meter en él, que era bien feo, profundo y oscuro. A los días aparecía como si nada, radiante y fresca. Brillando como el sol.

No sé cuanto tiempo pasé tratando de analizar cómo la quería, de qué forma. Porque a veces no lo entendía, yo apenas tenía veintiseis años y a esa edad uno piensa que lo sabe todo, pero no sabe nada. Y yo no sabía, no entendía cómo la quería. Obvio que cada vez que decía una de sus frases retorcidas y sin sentido, riéndose con los ojos de color extraño, me entraban unas ganas locas de abrazarla y besarla y quitarle el vestido mínimo y bueno... Hacer lo que había que hacer. Pero también estaba ese asunto de que los tres la queríamos y ella nos quería, y a veces en las noches de cervezas y risas enloquecidas por la marihuana, era como un chero más con el que te podías quedar doblado de ya no poder más, o como un chero más con el que te podías quedar hablando mierdas hasta ver salir el sol. Y amanecíamos, enroscados los cuatro, como cuatro gatos de la calle.

III. Estela con un pájaro muerto en la cabeza. 

Nunca supe cómo Estela me quería, tampoco. Porque la primera vez no tuve tiempo de preguntárselo. Pasaron dos años, llegó mayo y llovía. Estela, como estatua, deteniendo un cigarro encendido en la mano derecha y una copa de champaña en la otra, mientras le hacían un moño descomunal que más bien parecía un pajaro muerto sobre su cabeza. Que eso no le iba arruinar el día, que ninguna lluvia iba a hacer que las cosas no fueran cómo se las había imaginado, nos decía a Carlos a mí, que éramos los encargados de aprobar que el maquillaje y el peinado le fueran bien con el vestido. Nunca tuvo amigas, por lo menos no por entonces. Odiaba a las mujeres, nos decía, que no hablaban más que de ropa, de hombres y de niños, pero que en un momento como ese, no le habría venido mal una. Que nosotros qué íbamos a saber de vestidos de novia y peinados y esas cosas. Pero nos dejó mirarla. Admirarla. Aprobar el resultado final. Estela, vestida de blanco y con un pájaro rojo anidando en su cabeza. Estela caminando hacia el altar como la única certeza del amor. Brillando, como siempre. Estela, sonriendo, con la copa de champán escondida entre las flores del ramo.

Alberto y Estela fueron una pareja feliz los primero años. O siempre se veían felices. O siempre parecían felices. Tenían una maña para que les pasaran cosas extraordinarias, como la madrugada que subían de una boda del Puerto y se les quedó el carro en plena soledad y tuvieron que esperar a que amaneciera y pasara el primer bus. Tenían una gracia para contar el momento en el que se subieron completamente vestidos de gala, se atropellaban las palabras mientras hacían grandes gestos imitando las caras de los pasajeros al verles la facha. Se reían. Y nos hacían reír. Nos hacían felices con su felicidad. Al menos a mí. Como dije, era la certeza más cercana que tenía del amor. De lo que podía ser o pudo haber sido. Hacían fiestas descomunales con cualquier cantidad de güaro y marihuana y comida e invitados. Conocíamos mucha gente allí. Gente rara de todas las especies: escritores, pintores, ilustradores, arquitectos, publicistas; siempre había gente diferente, siempre sus fiestas terminaban en una locura, en un amasijo de cuerpos bailando, brincando, gritando enardecidos. Y siempre Estela allí, pasando y paseándose como si nada pasara, como si nada pudiera tocarla o alcanzarla, destacando con ese brillo particular, con esa manera de sonreír sin mover si quiera los labios, con esa forma en la que se le iluminaba la mirada. Estela cantando come on you stranger, you legend, you martyr, and shine y acercándose tanto a mí que podía sentir su olor tan parecido a como podría oler la luz.

Pero sí, de vez en cuando volvía a caer en el pozo. Algunas veces por días. Algunas otras veces la perdíamos por meses. Se acababan las fiestas bulliciosas, deambulaba por la casa, las pocas veces que la veíamos, como una sombra, como algo fugaz. Alberto se cansaba de tratar de encenderla, de sacarla, de avivarla, como él mismo decía, y se perdía él también por días o semanas. Y siempre le quedaba yo. Porque esa era mi misión en la vida, decía Estela. Quedar. Estar. Soportarla. Acompañarla en el pozo, en el que entonces sí me dejaba entrar. Mirábamos películas. Nos emborrachábamos en silencio. Fumábamos sin perder la compostura. Yo la acompañaba y ella, la mayoría de veces, lloraba, y yo la dejaba, porque esa era mi misión en la vida, la única a la que le encontraba sentido, era un imán, ya lo dije, y yo quería estar pegado a ella, verla dormirse con los ojos hinchados, abrazando un cojín peludo de los sillones. Verla dormir con el colochero rojo enredándosele en los sueños. Hubiera querido que fuera feliz. Nada más. Pero en esos momentos me daba cuenta  que para ella no existía la felicidad. Ni siquiera la tranquilidad mediana que todos buscamos.

IV. Cargando a Estela.

Carlos y yo tuvimos que cargarla cuando ella y Alberto se separaron luego de seis años de un matrimonio que no daba para más. Volvimos a ser los tres y a ratos los cuatro, porque Carlos ya tenía casa con patio y mujer y un hijo por venir. Volvimos a ser los tres a veces y antes de que Estella le dijera adiós para siempre al colochero rojo y se dejara el pelo casi a la altura de las orejas y del color natural, que por entonces supimos que era castaño oscuro, con algunos reflejos más claros que brillaban con el sol. Con ese sol que se le metió entonces otra vez en la vida y abrió todas las ventanas de un apartamento pequeño con vista a un San Salvador rugiente y enfadado, como ella, que quería recuperar el tiempo, la carrera de artes a medias, que quería pintar, que quería escribir, ¿qué era lo que no quería? Bajábamos al mar y quería piedras, conchas, caracoles, quería pareos de todos los colores, quería tenderse al sol, olvidarse de sí misma por horas, olvidarse de mí, supongo, sentado junto a ella con un libro que nunca leía, con una cerveza que se calentaba de tanto olvido, solo quería vivir, decía, yo solo quería vivir junto a ella. Quedar. Estar. Soportarla. Cargarla todas las veces que fuera necesario. Y entonces, tampoco tuve tiempo de saber o entender o preguntarle cómo me quería, porque una mañana de octubre, unos días antes de su cumpleaños número treinta y cuatro, desapareció con toda su vida sin decir adiós. No la busqué. No estaba para eso. Además, como ya dije, ni yo estaba seguro de cómo me quería y hacer un drama de persecución por un aeropuerto o país o ciudad, tal vez hubiera sido demasiado. No iba conmigo. No quería caer en la escena que tal vez, como me lo confesó muchos años después, ella hubiera esperado. Me casé algunos años después. No es que lo hubiera buscado. Claro, haber vivido contemplando la vida de Estela por más de diez años no me había permitido la más mínima oportunidad de conocer otras mujeres y tener alguna relación normal. Supongo que a esas alturas de la vida ya no se tiene todas aquellas expectativas de un amor que te vuelva loco o enloquecer por alguien o querer hacer todo por alguien, o anularse por una persona que sabés que te quiere, pero no le de la forma en que vos quisieras que te quiera de regreso. Vayan a saber. La verdad es que me casé sin grandes alborotos y sin aquella infatuación necesaria para llevar a alguien a vivir con vos. La verdad que todo era tan tranquilo que a veces me despertaba a media madrugada esperando que Elsa estuviera convulsionando en histeria y llanto, esperando que no pudiera dormir, esperando al menos un asomo de insomnio en su cara, dormida. Pero no. Elsa no cuestionaba nada, no hacía aspavientos para hablar, y su locura o indecisiones más grandes eran seleccionar la película que quería ver. Y así fue. Una vida tranquila fue hecha para mí. Ella la construyó sin mucha dificultad, con una paz que era casi imposible que viniera de un humano. Pero venía de ella que siempre tenía todo bajo control. Un control que no molestaba, saben, un control que le salía tan natural y del alma que parecía que estaba hecha para eso. Y yo me acomodé, como solo un hombre que viene de tratar de encontrarle explicaciones a las cosas, podía hacerlo.

V. Estela en tres etapas. 

Nunca me gustó Nueva York y esa primavera hacía mucho frío. Demasiado como para caminar como otro transeúnte más que trata de confundirse entre la gente. Esas calles tan anchas y difusas, tan quién sabe para dónde van, siempre me dieron el pavor típico de un latino acostumbrado a las calles estrechas y desordenadas. Pero allí estaba, tratando de encontrar el número de línea adecuada del metro para estar a la hora indicada en la 42. “A unos pasos del MoMA”, me había dicho en perfecto español la recepcionista o lo que fuera de la nueva editorial con la que de alguna forma la franquicia que yo representaba quería hacer alianza o negocios. Sí, negocios, esa palabra tan intimidante para alguien que como yo solo sabía de libros y  literatura. Pero alguien tenía que hacerlo, me había dicho mi jefe, que solo sabía de números y estadísticas. Resulta que soy malo para las direcciones, para las ubicaciones, para eso siempre tuve a la controlada Elsa, mi capitán, oh, mi capitán, en todos esos asuntos de ubicarse. Y ese día. Ese día de esa primavera demasiado fría, lo único que podía encontrar era la famosísima fachada del MoMA con sus vidrieras y banners. Una vuelta a la calle, y el museo otra vez. Otra vuelta y las vidrieras con el anuncio de la nueva exhibición. Otra vuelta y la nueva exhibición otra vez. La hora convenida para la reunión eran las cuatro de la tarde, y faltaba más de treinta minutos, así que decidí entrar al museo para calmar mi ansiedad y el frío que a esas alturas se colaba por mis pulmones como un dolor demasiado anticipado para mi edad. Ya había estado allí una vez antes y lo que más me había gustado era todo el salón dedicado a Pollock así que allí me dirigí, necesitaba su descontrol para controlarme. Me fui directo a esa pintura, la 502 o algo así, esa manía del hombre de nombrar sus pinturas solo con números. Esa, la que esta llena de corcholatas, colillas de cigarros; esa, colgada como si nada de la pared con su brochazos sin límites y su desorden prominente. Siempre me gustó el desorden, pensaba, mientras pensaba si tocarla o no, si poner mis dedos sobre los chispazos que el hombre alguna vez lanzó y el vigilante apropiado y correcto me anunciaba “no se puede tocar”. Y fue entonces, en ese momento, mientras mi mirada y mis dedos avergonzados buscaban en dónde posarse, que mi mirada se posó en ella. Ella, con el pelo castaño más corto que el mío, con un cuello largo, con las manos cómodamente descansando sobre la banca de madera. Ella, Estela, no podía ser otra aunque estuviera de espaldas. Ella, Estela, aunque su abrigo, guantes, pantalón y botas, no dejaran ver nada más que su silencio frente al gran cuadro. Estela, dije, parado a tan pocos centímetros que podía sentir su olor, tan parecido a como podría oler la luz.

La mirada de Estela, reconociéndome en un museo. En tres etapas.

Etapa I: Escucha mi voz, su nombre, y vuelve a ver como quien mira un horizonte desértico que nunca termina. Duración: algunos segundos.

Etapa II: Sus ojos se detienen, suspendidos en algún recuerdo, en muchos recuerdos y palabras, sus ojos se clavan en los míos con una chispa que se va encendiendo en cámara lenta. Lentísima. Duración: treinta y nueve segundos.


Etapa III: La mirada le brilla, finalmente. Sonríe con los labios, los ojos y todo el cuerpo. Me abraza. Me duele el corazón. Duración: alrededor de cinco minutos)


VI. Veinte horas con Estela.


Estela en primavera, aunque hiciera frío, caminaba por las calles de Nueva York como si hubiera nacido allí. Que el destino era una cosa tan caprichosa, repetía sin sacar las manos de su abrigo, que siempre había odiado a Pollock, que no lo entendía, pero no sabía qué la había llevado a sentarse en esa banca, que tenía más de media hora de estar allí viendo los splashes de pintura, qué quién iba a saber qué hacía allí, pero seguramente esperándome. Esperándome, repetía.

Habíamos caminado no sé cuántos minutos, probablemente mucho más de una hora, luego de que, guiada por ella misma al lugar, hubiera salido de mi reunión con la editorial, que al final había resultado un éxito. Nos sentamos en una banca en Riverside, bastante cerca de la 104, que era donde estaba ubicado su apartamento, me dijo. El Hudson lucía bastante poético a esa hora en que el sol iba desapareciendo en el horizonte casi como un objeto que ya no quiere estorbar más. Las olas del agua brillaban con la última luz y Estela se empeñaba en seguir queriendo saber de mí, qué había hecho, qué hacía, si me había casado, si tenía hijos. Hablaba y reía como siempre, haciendo grandes gestos con las manos, avivando cada vez más su ojos de color extraño. Que sí, que me había casado, que no, no tenía hijos... Y me detenía un poco hablando de Elsa y nuestra vida sin sobresaltos.  “¿Pero sos feliz?”, preguntaba y sin dejarme responder seguía, “decime que sos feliz...” Y la palabra feliz se quedaba resonando en mi cabeza cada vez que la mencionaba, como un eco sordo y lejano.

No, no soy feliz.

La noche parecía eterna y al parecer Estela no quería hablar de sí misma. Le huía a mis palabras cada vez que quería escudriñar en su vida.  Nos conducíamos sin mucho preámbulo a su apartamento luego de varias horas de caminar, sentarnos en alguna banca, caminar, mirar alguna vitrina, caminar, volvernos a sentar, mirar el río apagarse entre las últimas luces del día. Su edificio era bastante antiguo, con corredores estrechos y oscuros. Su apartamento estaba en el piso siete, pero no había querido usar el ascensor. Que siempre le había dado miedo y desconfianza, me dijo, que el edificio siempre parecía estar abandonado y en ocasiones tenía la sensación de que algún alma en pena se le iba a aparecer por allí, dentro del ascensor, al salir de él. Prefería las escaleras. Además hacía el ejercicio que nunca llegaba a hacer.


Estela en su apartamento, que no era más grande que el dormitorio de mi casa, se desenvolvía como el ama de casa que nunca llegó a ser, recogiendo prendas tiradas y colgadas de cualquier parte, colocando diferentes lápices de grafito dentro del recipiente colgado a un lado de la mesa de dibujo, cerrando libretas con bocetos y páginas en blanco y colocándolas una encima de la otra, buscando vasos pequeños para servir el sake que había comprado en la licorería de la esquina, invitándome a sentarme dónde fuera posible... La silla de la mesa de dibujo, los cojines enormes de colores, tirados sobre la alfombra negra del espacio que parecía ser la sala, el único sillón que daba a una ventana escasa y en donde probablemente se sentaba a leer, porque a un lado, en el piso, se encontraban apilados varios libros; la cama blanca, completamente blanca, separada del resto del espacio por un biombo de madera. Me senté en el suelo, en uno de los cojines, revisando la pila de libros, algunos en español, otros en inglés: Bradbury, Gioconda Belli, Auster, Marcal Aquino, Woolf, Plath, Huezo Mixco (bien por El Salvador, bien por El Salvador). Me los había leído todos, pensé, en eso trabajo, pensé, leyendo, interesándome por esas historias de los otros, y podría ser un buen tema de conversación para romper ese silencio que ya era demasiado largo. Ella estaba de espaldas a mí, en el reducido espacio que servía de cocina, abriendo la botella de un turquesa nevado que me había sorprendido desde el principio, una botella diseñada no solo para contener su líquido, sino para ser hermosa, para admirarla, para querer guardarla en una esquina de alguna parte de la casa. Que era una egoísta, me dijo al voltear con los dos vasos servidos, que ni siquiera me había preguntado si me gustaba el sake, que había decidido ella sola, que a ella le gustaba desde hace años... Desde que llegó allí. Yo solo sonreía y alargaba mi brazo para recibir el vaso. Ella se sentó cerca, en alguno de los otros cojines. Tan cerca que podía presentir su aroma desmedido a luz y estrellas.


Remember when you were young, you shone like the sun. Habíamos oído tantas veces esa canción... Cientos, miles de veces, que oirla una vez más ya no era nada del otro mundo. Shine on your crazy diamond. Nada del otro mundo menos en ese momento en que el mundo era otro y Estela otra, convertida en todo lo que algún día tuvo que haber sido, con la piel tan transparente y la sonrisa tan suave que daba miedo incluso acercársele. Now there’s a look in your eyes, like black holes in the sky. Shine on your crazy diamond. Quién iba a decir que esa piel de tantas veces, tantas veces vista iba a ser tan suave y que esos labios que tantas veces me habían sonreído, que tantas veces habían pronunciado las palabras más duras y terribles y despiadadas e infames; iban a ser tan suaves, tan blandos, tan líquidos. Estela era suave y eso nunca lo hubiera imaginado. You were caught in the cross fire of childhood and stardom blow on the steel breeze. Estela era un cuerpo que había sido hecho para estar entre mis manos. Eso pensaba y no sé qué pensaba ella. No me importaba. Porque estaba amaneciendo y de alguna manera yo volvía a tener 26 años y ella volvía atrás borrando toda la historia que ne ese momento ninguno de los dos quería recordar. Come on you target for faraway laughter, come on your stranger, you legend, you martyr, and shine!!


Estela era todo lo que hubieras esperado de una mujer a tus veintitantos años. Estela era esa sorpresa brillando a las ocho de la mañana, haciendo café en algún lado de su diminuto apartamento, envuelta en una camiseta blanca demasiado transparente y una luz desmedida.


VII. Estela, la luz y los finales.



Claro, me separé de Elsa esa Semana Santa. Ella se quedó con el carro, la casa y la promesa de los hijos que nunca tuvimos. En su mente organizada, nunca supo entender las razones, que ella era todo para mí, me dijo, que me había ordenado la vida, seguía, sin perder la compostura y el buen porte, hasta que, luego de cinco horas de quererme hacer entrar en razón, se le desató el animal emocional que llevaba dentro y comenzó a lanzarme las copas y lo vasos de los juegos que nos habían regalado algunos años atrás para nuestra boda. Tuve que esquivar algunos, la mayoría terminaron hecho pedazos contra la pared de la sala mientras yo huía. Solo la volví a ver el día en que firmamos los papeles. Ecuánime y medida como siempre, sonrió algunas cuantas veces, con pausa y parsimonia, como ella. Me deseó Buena suerte en mi vida, me estrechó la mano al saber que me dejaba casi en la calle. La abracé de regreso sin saber qué iba a hacer con lo que me quedaba en la vida.


Me quedaba Estela. O al menos eso era lo que yo imaginaba.

20141216

La única forma

Relato inspirado en "Learning to Fly" de Pink Floyd





El aire tenía un olor salado, el viento frío y las piernas me dolían. Eso que hice fue lo más idiota que pude hacer, eso y ponerme a pensar que podía hacerlo. Abrí los ojos y ví el cielo. Todo estaba allí: las torres, los ojos de miles que veían hacia abajo y las canciones. Todas esas canciones, voces, hablaban, decían, lloraban, reían. La cabeza me iba a estallar. No había luz, sólo sombras. ¿Dónde estaba? Sentía dolor, no podía ser eso. Los párpados pesaban, no había más que esa infinita arena y el viento, más viento. Y la arena. No me gustaba la arena.


La ví caer. Cayó lentamente sin ruido después de cerrar los ojos. Corrí hacia ella pero era tarde. Iba rumbo al agua, el aire la abrazó y la llevó al mar. 


Polvo y más polvo. Luego el viento, más frío. Como pude, me levanté, estaba sola. ¿Dónde estaban todos? Una gaviota volaba sobre mi cabeza . Sentí escalofríos y siguió molestándome el dolor de piernas mientras la gaviota volaba cada vez más bajo. Con un soplido, se deslizó sobre la arena a mis pies y tuve la impresión que me miraba. Ese animal sin gracia no despegaba sus ojos amarillos de mí y yo sólo me preguntaba qué hacía en medio de la nada, en plena noche. A lo lejos, la luna dejaba una estela de plata sobre el agua. No había olas.


Primero fueron las risas, luego las bromas y después la seriedad, esa mirada que me decía que hablaba sin ninguna duda y que lo pensaba hacer. Que era la única forma en que se sentiría valiente, que las alturas no eran nada si había algo adonde aterrizar abajo, me imaginé que estaba haciéndose la chistosa, que bromeaba. Estaba tan equivocado. Si hubiera sabido que no bromeaba, hubiera hecho algo, la hubiera dejado en casa ese día, no sé, la hubiera encerrado en su cuarto, hubiera hecho todo diferente.


Algo me dijo que podía alargar la mano y la gaviota no se iba a ir. Así fue. Pude poner mis dedos sobre su cabeza, no dejaba de verme. Sentí calor al tocarla, la tomé entre mis manos y me pareció tan suave que la abracé. Más calor. Ya no estaba oscuro, la arena se sentía más seca y sentí punzadas en el brazo, unas ganas horribles de llorar y menos dolor en las piernas. No lloré.


Creí que la iba a perder esa noche. Cuando la recogimos, estaba tan fría... Apenas respiraba.


Tenía más arena en las piernas que antes, podía sentir cómo picaba, la gaviota se movía en mis manos y no quería soltarla, me hacía compañía en ese lugar tan solo. Sonaban de nuevo las voces. Cantaban, susurraban. Volvió de nuevo ese frío y al final la gaviota se fue cuando comenzó a llover. Lo más extraño era que llovía sin ruido, no habían truenos, ni ruido del agua al caer sobre la arena, ni las olas sonaban con su arrullo. El cielo ya no era gris, sino de un profundo negro, nubes y más nubes, más oscuro. Volví a sentir punzadas, esta vez en las piernas.  Las voces se callaron. El único sonido era mi respiración, agitada con cada segundo, sin entender nada. La oscuridad me sofocaba, el silencio me aterraba, ese vacío, la soledad, todo  a mi alrededor sofocaba y daba miedo. La maldita gaviota ya no estaba, me había quedado completamente sola. No veía a nadie.


Nunca la había visto así. Ese día pasó de estar bailando sobre la arena a estar tendida sobre ella, de la peor manera. Le dije que sólo los pájaros volaban. Sus pies, tan pequeños, se hicieron nada cuando saltó. Ni siquiera los ví cuando iba cayendo.


El viento seguía, más frío. La lluvia se convirtió en escarcha, caía sobre la arena dejando manchas de agua y cristales en mi pelo. Pensé en buscar un refugio, algún lugar donde poder guardar el poco calor que me quedaba. Comencé a caminar, a correr y así pensé que entraría en calor. Seguí hasta que no pude más, las piernas me volvían a doler. Ví una roca enorme, con una gruta y entré porque allí al menos no me mojaría y podría esperar a que pasara la lluvia y la escarcha. Me senté a esperar, volvieron las punzadas. Y el frío. Y el miedo. Y esa oscuridad que no me dejaba ver ni sentir nada. No me quería quedar allí, necesitaba salir. Quería salir. Oí un ruido más adelante y me levanté, buscando algo distinto a toda la negrura y el frío. Ví un punto blanco y un aleteo. "No puede ser". Era la maldita gaviota, mirándome con la misma cara demente, esperándome. Caminé hacia ella, ví algo de luz y se levantó, volando bajo. La seguí, la luz se hacía más fuerte. Me sentía cada vez más ansiosa, más nerviosa, buscando sentido a todo: a las voces, las sombras, el frío, el viento, el agua, la arena, a la nada. La gaviota seguía volando y la seguía, paraba si yo me detenía. Quería que la siguiera. El lugar donde me había metido tenía una salida y había luz. No me importaba donde fuera, lo que quería era ver luz, alguien a quién preguntarle dónde estaba y por qué había terminado allí. No entendía.


No sé por qué saltó. Era uno de esos días en los que había amanecido de buen humor y no aparentaba tener otra de sus euforias. Cuando pasó todo, temí lo peor, pero respiraba. Estaba bien, dentro de todo. Las inyecciones no la reanimaban, la fractura de su pierna lo complicaba todo, creíamos que no reaccionaba por el dolor. Respiraba con dificultad y seguía lívida. 


Ví a la gaviota, escuché el aleteo con el que aterrizó al borde del abismo. Entendí lo que tenía que hacer. Estaba claro. Tenía que salir de allí de la misma forma en la que entré. Sudé de miedo, respiré profundo a bocanadas y corrí, sintiendo el viento de la caída bajo mis pies. Un grito salió a medias de mi garganta. No grité.


"Estúpida, mil veces estúpida. No me vuelvas a hacer esto. ¿En qué estabas pensando?"


Acostada, sentí sus lágrimas en mi hombro y ví su ridícula camiseta blanca con ese medallón que le regalé. Las luces del cuarto me cegaron un rato, pero al fin lo ví, tan llorón como siempre. Suspiré.

20141213

"Remember A Day" - Pink Floyd





          “La vida es más que eso” sonrió hacia la pequeña Amalia, quien le observaba desde el espejo, dibujando preguntas silenciosas en la profundidad de sus ojos negros y redondos. “Verás, Amalia, un día crecerás y todo eso, todo eso que te rodeaba, los juegos, los atardeceres de escondeleros y peregrina, las nubes rosadas dibujando pajaritos, las carreras de 'ladrón librado' y los 'pido tai', serán solamente un vago recuerdo de lo que fuiste, de lo que día con día dejarás atrás porque irás encontrando nuevos juegos…”  dijo en voz alta mientras terminaba esa línea negra, delineando el misterio en su mirada de mujer, mientras delicadamente colocaba polvos dorados sobre su párpados.

          “Es duro eso de crecer. Siempre me lo dijo, sí Amalia, siempre lo dijo, pero es que nunca se es demasiado terco como para escuchar lo que las nanas tienen que decir” suspiró. Un rápido aire de melancolía pasó por su mirada pero así como llegó se marchó. Dejó las brochas en el tocador y observó el resultado de su meticulosa obra: un rostro perfectamente maquillado. De sus ojos negros se había esfumado la curiosidad de la pequeña Amalia, esa que quizás no regresaría más. Los labios relucían un rojo brillante y sediento de placer. De esa piel intacta, brillaba la sutileza de la juventud.

          “¿Dieciséis años? Dieciséis años no es edad para andar jugando a adulta.” le susurró al oído el recuerdo de don… don… ni su nombre podía recordar. “¡Niña! ¡Ja, nada de niña! Ya quisiera ese imbécil haber encontrado mujeres capaces de hacer lo que hago yo.” se dijo a sí misma con esa altanería de mujer fresca. Recordó con una sonrisota de oreja a oreja la despedida mientras le entregaba en un sobre suma acordada.  “¿No me vas a meter en problemas verdad niña?” “No cariño, no te preocupés. Ésto nunca pasó.” Esbozó una sonrisa. Un guiño. Una carcajada maliciosa. Un beso al aire. Un adiós. Otro anónimo más.

          Clientes felices, dinero en efectivo. “Así se cambia en la vida, Amalia. Con el tiempo, ya no hay 'ladrón librado' más que eso que ellos libran contigo durante una, dos, tres horas. Ya no hay más 'pido tai’ porque nunca saben tu verdadero nombre y nunca saben dónde encontrarte. Ya no hay más nubes rosas que dibujan pajaritos, porque para eso está el dinero: para comprarte la libertad más temprano que tarde. Esos, Amalia, esos son los juegos que importan ahora.” dijo señalando a la Amalia que se reflejaba en el espejo. Apagó la luz y salió de cacería. Una vez más. 



--
NGB.DA20141213



20141210

La mujer que aprendió a mirar













(Relato inspirado en Nobody Home de Pink Floyd) Por Flor Aragón

Es la típica barra de bar con la gente amontonándose después de una larga jornada de viernes, el humo de los cigarros flotando alrededor de las mismas pláticas de siempre y las empleaditas de oficina vestidas para salir, alzando las jarras a medio servir con marcas de lápiz labial por todos lados. Lía, vestida de gris, sin escote y de manga larga, no alza su vaso, no mueve sus manos con grandes gestos al hablar, es que ni siquiera habla, solo lleva la cerveza a su boca, solo le da un sorbo lento y eterno, abre los ojos de par en par y deja caer su mirada lánguida de color indefinido sobre el barman. Solo la deja allí. El barman sonríe. Sonríe otra vez. Le vuelve a llenar la jarra con cerveza.

A los catorce años Lía supo muy bien que no era bonita cuando se paró completamente desnuda frente a un espejo y se dio cuenta de que nunca iba a enloquecer a los hombres con sus caderas y trasero bien “dotados”, que su pelo jamás iba a caer desparramado por su espalda ni se iba a mover al viento como en los anuncios de champú, que no iba a ser ese tipo de mujer a la que los hombres voltean a ver cuando va por la calle y le silban o le gritan cualquier tontería, ni sería con la que todos quieren bailar en la fiesta ni con la que fantasean en las largas noches de calor e insomnio; mucho menos con la que todos se quieren acostar.

- No me mirés así, dice Gabriel, el barman, a Lía, esta vez con güisqui en las rocas y sin la barra abarrotada de empleaditas bulliciosas.


- No conozco otra manera de mirar, dice Lía bajando los párpados, mirando el hielo derritiéndose en el fondo del vaso, levantando lentamente la mirada. Las pestañas brillan, ayudadas tal vez por el maquillaje, tal vez por la luz de la lámpara que desde arriba cae sobre ellas.

– Das miedo, dice Gabriel sin poder mirarla directo a los ojos. 

- ¿De cuál miedo? Le pregunta ella mirando otra vez el hielo. 

- Del único que existe.

No era bonita, su piel lechosa, casi transparente, bajando sin forma definida ni curvas de la cabeza a los pies, se lo afirmaba. Las dos diminutas líneas rosadas que aparentaban ser labios y apenas dejaban espacio para la sonrisa, se lo repetían. La nariz aguileña imperando soberana en desproporción al tamaño de la boca se lo recalcaba. No era bonita, ni hermosa, ni llamativa, ni deseable, ni graciosa, ni divina, ni cualquier otro adjetivo que en ese momento ella pudiese imaginar. Nada de eso, solo sus enormes ojos de color indefinido brillaban en medio de toda aquella palidez, iluminando sin medida su rostro, casi todo su cuerpo, casi toda la habitación, casi todo el mundo.

Ya es casi rutina sentarse sin excusa, la noche que sea, a la hora que sea, a mirar a Gabriel detrás de la barra, siguiéndole los pasos, sonriéndole de vez en cuando, haciendo como si no mira de vez en vez, reorganizando el maní dentro de la bandeja, limpiando la humedad que deja el vaso con una servilleta, mirándose las uñas de unos dedos que tampoco fueron hechos para ser bonitos, para llevar un anillo. A él parece no importarle tener a esa testigo silente e implacable de todos sus movimientos, mucho más si al final de la noche, más bien de madrugada, ella lo espera en el callejoncito de atrás con unos cuantos tragos de más, la sonrisa de medio lado y la mirada lánguida languideciendo, para acompañarlo a donde sea. Menos a su casa. A ella parece no importarle que él sea casado.

Parada frente a su desnudez, inspeccionando palmo a palmo sus imperfecciones, decidió que ese par de ojos, enmarcados bajo el escaso pelo corto, cejas espesas y largas pestañas largas, era lo único que necesitaba para sobrevivir en el extenso mundo de las mujeres que llaman la atención al pasar, de las mujeres que siempre obtienen el mejor asiento en cualquier parte, de las que no hacen fila y que de alguna manera logran que hasta el sol se pare a verlas. Se acercó al espejo sin miedo, miró frente a frente sus ojos durante varios minutos sin ni siquiera parpadear. Eso bastaba, pensó. Así que sin más, a esa edad, Lía comenzó a entrenar su mirada para los diferentes gestos de la vida.

- Perdoná, pero esta vez no puedo descifrar que querés decir con esos ojos, dice Gabriel acercándose a ella y hablándole casi en el oído, porque las empleaditas bulliciosas alzan sus jarras, ríen, gritan, cantan a todo pulmón “Hey, teacher, leave the kids alone” en la noche de Pink Floyd. - ¿Qué esperabas? ¿qué me casara con vos? ¿qué te pusiera una casa? ¿qué te tire pétalos de rosa cuando pasás? ¿qué esperabas?, le pregunta, acercándose tanto como puede para no levantar sospechas, aunque a esas alturas nadie se fija en ellos, todos cantan enardecidos “All in all it’s just another brick in the wall”, el humo eleva su fragilidad alrededor de Lía, que mira sin sentido las gotas que van bajando por el vaso, que solo levanta una mirada profundamente vacía y la clava en Gabriel, que se mueve hacia atrás, sintiendo una leve y repentina opresión debajo de la garganta, cerca del pecho.

A los veinte años era toda una maestra para expresarse solo con un leve movimiento de los párpados. A los veinticinco podía interpretar cualquier mirada que quisiera sin ninguna dificultad, aunque estuviera sintiendo lo contrario; a pesar de la tristeza, podía lograr su mejor gesto de alegría; a pesar del amor, con sus ojos de color indefinido podía lograr una actuación de odio que convencía a cualquiera. Luego de haber alcanzado esos dominios, se dedicó por más de un año a perfeccionar la mirada vacía, tal como ella la llamó. Se la había visto a visto a Aníbal Lecter en El Silencio de los Corderos. Había leído en alguna parte que la idea de esa mirada había sido del propio Anthony Hopkins para volver más inquietante a su personaje y que había practicado por semanas para lograrla. ¿Por qué no yo? Se había preguntado Lía. El ejercicio consistía en pararse frente al espejo y mirarse directo a los ojos sin parpadear todo el tiempo que fuera posible. Lía practicó días, semanas, meses; cuando hubo perfeccionado su técnica supo que estaba lista para salir al mundo. Nadie podría hacerme daño, pensó. Estaba lista para clavar la mirada en su presa.

Todos los de cocina la miran pasar, acostumbrados a verla por allí casi todas las noches, el cocinero le sonríe amable, mientras al fondo suena una estúpida canción de Pink Floyd, got thirteen channels of shit on the T.V. to choose from. Que ya no podía seguir con eso, le dijo, que era por la esposa, le afirmó. Pero ella no está segura. La esposa no le importó nunca, es una de esas amas de casa, aburridita como cualquiera, pegada a Viva la Mañana de nueve a doce. I've got electric light. And I've got second sight. And amazing powers of observation. Está segura que es por la empleadita del mes, la que llegó a celebrar su ascenso el viernes pasado, a la que el escote le llegaba casi al ombligo, a la que el pelo planchado le caía brillante sobre la espalda. And that is how I know when I try to get through on the telephone to you, there'll be nobody home. Por la puerta de atrás de la cocina sale al callejón, el fondo se pierde en fuga con la oscuridad. Nada, solo un ruido extraño. I've got nicotine stains on my fingers. I've got a silver spoon on a chain. I've got a grand piano to prop up my mortal remains. Un ruido extraño que viene del fondo en donde apilan las cajas vacía de pedidos, cervezas, botellas y basura. Se acerca despacio y en silencio, con la mirada perdida en la oscuridad. Quisiera ser como gato, esperando que las pupilas de sus ojos color indefinido se dilaten para poder ver algo, está a solo seis pasos y no mira nada. I've got wild staring eyes. And I've got a strong urge to fly. Cuando ya está a menos de dos metros de las cajas puede ver la espalda de Gabriel iluminada por quién sabe qué luz, camisa negra de seda, pantalón negro también, desabrochado y abierto, cayéndole sobre el trasero. A un metro de distancia, la mirada profunda de Lía, entrenada para las más absurdas emociones de la vida, no puede dejar de incomodar a los dos amantes. Gabriel se voltea, deteniéndose el pantalón. Él, que con el tiempo ha aprendido a descifrar aquel impresionante derroche de expresiones, de pronto no puede entender esa mirada de papel, de historia sin terminar, esa mirada en blanco, clavada como dos agujas en sus pupilas. But I got nowhere to fly to. Parece que Lía ya no puede ver nada más que a él. Gabriel quiere hablar, pero su garganta se cierra, le falta el aire, abre la boca para decir algo... Nada. En cuestión de segundos cae al suelo ahogado por la angustia de la mirada que no pudo interpretar.

Lía solo da la vuelta, mientras Jorge, el gerente del bar, se termina de acomodar el pantalón y corre angustiado a llamar a una ambulancia.


Ooooh, Babe, when I pick up the phone, there’s still nobody home

20141208

La cuestión de la canción

Pequeño homenaje a Pink Floyd



















Luego que por varias semanas acariciara la idea de escribir en NonGirly Blue basándonos sí, en alguna canción de Pink Floyd, mi banda favorita de todos los tiempos, resulta que hoy, hoy, 8 de diciembre de 2014, se cumplen 35 años de que el disco The Wall fuera lanzado al mercado en Estados Unidos.

La semana pasada, como ya es costumbre, mi costumbre, les escribí un correo a las integrantes del blog anunciándoles que mi recomendación es Pink Floyd, pero que durante varios días me debatí por cuál canción seleccionar... Shine On Your Crazy Diamond, Learning To Fly, High Hopes, Nobody Home, mi favorita, estaban entre la lista. Desesperada por la cuestión de la canción llegué a hacer una encuesta en Twitter entre algunos de los “conocedores” para ver si  me ayudaban a dilucidar por cuál canción decidir. ¿Cuál es la mejor canción de Pink Floyd? Pregunté. @orusvilla, @robertodomin y @hinchadelrock dijeron que Comfortably Numb, Wish You Were Here, dijo también @hinchadelrock, Hey You, dijo @GVichez. Mientras yo, seguía escuchando y pensando si no sería mejor Run Like Hell, o la mismísima The Wall, o Money...

O, ya saben, la lista es larga.

Y, bueno, no nos vamos a poner aquí a hacer un tratado acerca de por qué Pink Floyd o por qué no, solo he de decir que los conocí por La Pared cuando todavía era una niña y una guerra empezaba en el país y que traté de hacer mi “tratado de Pink Floyd”, Roger Waters y The Wall aquí, y que luego, terminada la guerra y jovencísima conocí más de su música a través de los “amigos de toda la vida” y quien ahora es el querido que duerme a mi lado todas la noches y que Pink Floyd es inexplicable, y es solo una sensación y una compañía, un sonido y unas letras que, como dice la @sinrevelar, te cantan algunas verdades de vez en cuando, y te las repiten, y le dan sentido a muchas cosas.

Por eso.

Así que, emocionada de emociones incalculables, proclamé ante las integrantes de Non-Girly Blue que esta semana no sería una canción de Pink Floyd sobre la que nos inspiraríamos, sino que, sobre muchas. Que cada una puede seleccionar la canción del grupo que prefiera... Y sí, que este sería como un homenaje al grupo.

Y sí, sin recordar que ahora se cumplen los 35 años del lanzamiento de la pared.

Y sí, esperemos a ver que resulta de este sincero homenaje a una de las mejores bandas de todos los tiempos.

20141201

"Al Lado Del Camino" - Fito Paez



          Meciéndose en la hamaca, Anastasia escucha el creciente atardecer de un domingo pintándose de nubes rosas, de viento juguetón despeinando los palos de mango componiendo melodías con las hojas y los cantos de pericos anónimos, de esos pocos que todavía pasan.

          Un eco de risas se escucha detrás de las paredes, en algún lugar de la casa del vecino; las risas de los niños mezclándose con los ladridos de ese perrito blanco, enano y altanero que siempre se acerca a los conocidos de la colonia; a lo lejos, un cumpleaños; una piscucha surcando libremente entre el cielo azul grisáceo; unos niños jugando fútbol en el parque de la colonia, los gritos de un gol bien logrado y las quejas de los que van perdiendo; la despedida sonriente a la visita. Las luces amarillas que se encienden detrás de las cortinas de encaje blanco. Abajo, los pasos de Doña Ana como staccatos, marcando rítmicamente el paso del tiempo con el tic-tac del reloj que cuelga de la pared. La puerta de la alacena abriéndose, el sonido de los platos de siempre, de blanca porcelana, las palabras desarticuladas de algún programa en la televisión, el olor a plátano frito, a frijoles, a café. 

          O-Yarkandal se cierra sobre el regazo de Anastasia quien lentamente se desvanece con el arrullo de costumbres, de hogar, de familia; del domingo que se marcha en sombras tenues y en brisas juguetonas; que se pinta de índigo dándole paso a la distancia, a la sonrisa lunática que asciende hora con hora, a los pequeños temblores de brillante locura…

--


NGB.DA20141201