Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20150520

De fantasmas hambrientos y otros espíritus

Los recuerdos, los sueños y las ideas son como los fantasmas: muy etéreos, invisibles y extraños pero llenos de vida propia. Allí están siempre y solo quien los tiene en mente los puede ver realmente.






¿Por qué digo esto? Porque curiosamente el grupo que interpreta la canción para esta semana se llama "Hungry Ghosts" (Fantasmas hambrientos) y su canción evoca justo eso: el acto de recordar y no querer hacerlo. Como los fantasmas, a veces esas mismas ideas o esos mismos recuerdos y sueños nos acosan. La mejor forma de espantarlos es darles un nombre o una historia.

Cuando oí esta canción por primera vez, me sorprendió su título tan largo: "I don't think about you anymore but I don't think about you any less" y a la vez me encantó todo ese universo de notas tan deliciosamente misteriosas que me estallaban en la cabeza, dando paso a muchas ideas. La canción es instrumental, así que para mí es perfecta para escribir, es como un lienzo en blanco al momento de pintar.


20140106

En pausa

Vio su reloj. Era tarde ya para salir al trabajo. Le dio un último sorbo a su café, tomó su teléfono, su bolso y se puso los tacones. En el ascensor que la llevaría al lobby de su edificio sintió de nuevo esa angustia que en los últimos días le había clavado un dolor inexplicable en el cuello, uno que ni su quiropráctico ni su siquiatra habían logrado aliviar.

Ese día le darían la respuesta a su gran propuesta. Había madurado esa idea por semanas y la había trabajado durante meses. Había dejado en ello su corazón, su —escaso— tiempo libre y muchas de sus horas de sueño, pero estaba convencida de que sería la respuesta a todos sus problemas. Durante los últimos cinco años había trabajado para esa gran empresa que de joven siempre le había fascinado, gracias a la que se había enamorado de su oficio, y en la que se habían formado y habían brillado muchos de los colegas que consideraba maestros, de los que esperaba aprender.

Pero la compañía hacía tiempos que vivía más de su prestigio que de su desempeño. La gente que ella admiraba se había ido largando, poco a poco, y pocos de los que quedaban contaban con su respeto.

"Esto será un antes y un después", se repetía, mientras trabajaba en su proyecto. Lo había cuidado como a un hijo, lo había mimado, arreglado, nutrido, como se hace con un vástago, con un fruto de las entrañas. ¿Acaso no lo era esta idea loca que la había convencido de que lograría finalmente el trabajo gratificante que había soñado siempre? Recordó todo el amor que había puesto en esta propuesta, y sonrío, aliviada. Nada que se haya hecho con tanto empeño puede quedarse sin ser.

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Salió de la oficina de su jefe con un gesto de serenidad que pocas veces habían visto sus compañeros. Se paró un momento después de cerrar la puerta, y sonrió. Siguió caminando hasta su escritorio. Cerró la computadora, tomó sus libros y los guardó en una caja. Salió sin despedirse, con pasos pausados, después de dejar su gafete con la recepcionista.

Sus compañeros la buscaron hasta pasadas dos semanas, pero no la encontraron ni en su casa, ni a través de su móvil. Apareció un mes después, a través de un post de FB, intencionadamente publicado con georeferencia: "Hola a todos. Me les perdí, sí, pero es que estaba en pausa. Estuve en pausa cinco años, pero ya retomé mi vida. - desde Barcelona".

20131111

Soñé



Soñé con una playa y un amanecer. Había arena, como es de suponer; miradas y palabras y cuerpos húmedos. Esas cosas pasan cuando soñás con playas. Digo. No sé. Había música de fondo, como es debido en cualquier sueño que se la lleve de sueño verdadero, y el mar sonaba poético al reventar sobre la arena, casi como un llamado, y si uno prestara más atención a los mensajes oníricos, podría darse cuenta que ese llamado era casi una advertencia. Pero en el sueño uno no se da cuenta de esas cosas, oye el eco del mar y el otro te mira como si te viera por primera vez, como si se fuera a derretir, como si estando así de cerca te pudiera respirar y aspirar y volver una vez más a respirar y aspirar y así sucesivamente, sin fin. Porque, es raro, mientras se está en ese estado inconsciente tan famoso, el tiempo parece no existir y el otro te mira así, mientras amanece y vos estás acostada en la arena muriéndote de frío y de canciones que suenan a otros sonidos que no deberían, como a milagros desatándose, como a rumores lejanos, como eso y mucho más.

Soñé con esa playa en un día que pudo haber sido noviembre. No un día, una noche con su madrugada y amanecer específicos y lo raro es que en el trance el amanecer no era de colores, no habían nubes rosa, ni color naranja, ni siquiera medias tintas; eran nubes blancas y aunque tenía la cámara a mano no se dejaron retratar, saltaban de un lado a otro como pensamientos sin sentido. Mejor dicho: como sentimientos surreales. De esos, ya saben, de esos que suceden solo en los sueños. El mar no era  turquesa como en los poemas, ni azul marino, ni siquiera verde; el mar era transparente y yo jugaba a no verlo, a ver sus ojos, en cambio, que en este caso si eran azul y verde. Sí, uno azul y otro verde, mientras se sueña pasan esas cosas arbitrarias, no tiene que ver con lo que uno quiere, espera o piensa, tiene que ver con el subconsciente jugando esas pasadas extrañas, como cuando entra sin querer alguien que no te imaginabas o un personaje secundario de la vida real, o alguien quien ni siquiera conocés. En este caso no era alguien quien no conocía, ni mucho menos un personaje secundario, y yo miraba sus ojos que miraban con sorpresa, de esas sorpresas ricas, supongo, en los sueños uno puede presentir los sentimientos y él me miraba con sorpresa, con el ojo azul y el verde y las pestañas medio cerradas. Con sorpresa tierna, podría decirse. Y mientras lo hacía nuestros cuerpos se convertían en arena, en arena blanca en este caso, cual playa caribeña, y las olas llegaban a nuestros pies rozando con espuma y caracolitos de todos colores los dos cuerpos, que de tanto ir y venir –las olas, entiéndase- terminaron por fundirnos en la playa, como una escultura, los dos cuerpos casi abrazados, casi queriéndose amarrar en un beso, rodeados de moluscos, estrellas, lunas y soles, nubes blancas y espuma salada, pescaditos y niños con madres apartándolos de esa suerte de sueño del que no se puede escapar. 

Del que huyo cada noche y siempre me alcanza.