Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20151103

La vie en rose

Su espalda se acalambró con una sensación de aprisonamiento, si es que existe tal cosa, se dijo a sí mismo tragando saliva a la fuerza. Elisa se llamaba y Elisa estaba dispuesta a seguir, a esperarlo a que Esteban se relajara y, pues, no hay prisa... Pero, como era de esperarse de aquel personaje un poco cínico en su manera de expresarse, huyó del cuarto de Elisa con afán de limpiarse el sudor helado en el comfort de su refugio alfombrado con perfume de libros y tabaco, mientras Elisa esperaba que diera la hora de un siguiente encuentro mediocre, migajas de una relación que uno acepta cuando no sabe lo que quiera. 

Llegó a casa mareado, a lo mejor porque de nuevo se le olvidó comer y terminó exhausto del juego de ceder a la insistencia de Elisa. ¿Será que el amor desamora? La idea de despertarse oliendo al champú de Elisa le parecía impensable, ¡guácala! (Ajá, con el tiempo se había agravado su aversión hacia las dinámicas de parejas, pero...)

Si Erica no está escuchando Edith Piaf con un trago en la mano, es que ya se durmió o que ha salido. Las luces apagadas eran una señal que esta vez no iba a exhalar su confusión en el costado de su roommate. 

Encendió la luz, no más que como un reflejo simple para apoyar el acto de aventar el abrigo y las llaves y en eso sorprendió a Erica en el sofá, fumando. Que qué hubo, dijo tosiendo, con cara de culpable. Su rostro decía que estaba relajándose después de vino y marijuana - hubieras visto, Esteban, yo no sabía cómo iba a volver si apenas conocía a los que estaban... Esa noche vino alguien , al parecer, y con su discurso disonante de Tengo novia pero te quiero a ti...

Mejor me vine sola, decía la roommate, y ssí fue que terminé fumando en la oscuridad. Que qué bueno que Esteban había entrado, pues interrumpió el simil que se manifestaba entre Erica yMargot  Tenenbaum. 

La convivencia había sido solo cuestión de conveniencia y, esquivos de sus emociones, no hablaban a menudo de la complicidad que habían adquirido tras años de vivir juntos. Era tácito pero visible en cómo Esteban la empujaba del sofá y le quitaba cigarros, acompañándola con una mano cerca de sus piernas. Erica, ¿vos porqué le hacés caso o, mejor dicho, dejás que te ha leña esos tipos? Y "yo qué culpa tengo de que ustedes son imbéciles?" repetía ella, con elocuencia particular y olor a vino rosado, de ese que te hace daño en El estómago al día siguiente. Y tan relajada se sentía que le sacó a cucharadas su Historia, con H mayúscula con la exnovia. Elisa solo es un episodio menor dentro de la Gran Historia, infería la roommate, su alera fumadora. Elisa no existiera si no existiera el resentimiento y las dudas de qué hubiera pasado sí... Y así, en el análisis barato del que solían ser partícipes con chistes de Freud y Jung, Erica insistió en que Esteban debía dejar de ver a Elisa. Una profecía, solemne, un "Vos sabés, Esteban, que son mentiras tuyas eso de huirle a la intimidad. Si vos estuvieras en el estado en el que estoy, me dijeras Ay, Erica, todo lo que quiero es alguien con quien despertarme, la familiarididad de..." Y ya empieza el sueño a joder la dicción, ¿sí ves? 

Esteban no quería aceptarlo, porque no entendía cómo dos personas estaban tan solas como él y Erica, quienes solían quejarse de problemas inexisten. Hoy se quejan de que las cosas son más complicadas de lo que parecen y añoran la sencillez que buscan en sus recuerdos idealizados. Ella se hubiera quedado con aquel exnovio, pero si no no estarían en el sofá dándole sentido al sábado en la noche llano e insostenible. Pero, mirá Esteban, nos hemos convertido en personas tan complicadas que hasta lo sencillo nos parece difícil. Y con un jalón de un pedazo de porro que levantaron de las cenizas, acordaron que la solución era retroceder en el tiempo y valorar la ausencia de complicaciones que existe cuando uno simplemente no ha pasado por los altos y bajos que perjudican nuestro disposición a amar. 

20151027

“Henry Lee” —Nick Cave & PJ Harvey


(fragmento de "Henry Lee" - texto en proceso)

     “¿Cuál es tu nombre?”, preguntó.
     “No tengo, Señor”, dijo la muchacha encogiéndose de hombros.
     “¿Cómo que no tienes nombre?”
     “Nunca me ha hecho falta señor. Cuando me necesitan me dicen '¡Hey tú! Ven acá'. Otras veces me llaman con silbidos. Sólo la señora de la panadería ocasionalmente me llama ‘Anabel’”, dijo mientras sus mejillas pecosas se sonrojaban ligeramente.
     “Anabel”, repitió pensativo.
     “Es un bonito nombre cuando lo dicen otras personas pero no creo que sea un nombre digno para mí”.
     “¿Por qué dices eso?”
     “Pues verá, Anabel suena bastante real. Uno de esos nombres que pasea por salones y baila de la mano de elegantes caballeros. No es un nombre para andar cortando ramas y dejar las manos en el campo. No. Para nada. Muchos dicen que la señora Lizbeth, la panadera, enloqueció desde que mataron a su marido. Yo no creo que haya sido eso. Yo más bien creo que fue porque no tiene a quien llamar por su nombre. Por eso prefiero seguir viviendo sin nombre, para que nadie enloquezca por mi culpa”.
     “¡Qué cosas dices!”, dijo con una mezcla de furia y ternura. “Nadie se vuelve loco por no tener nombres que mencionar. La verdadera locura es andar por ahí sin un nombre que mencionar ni recordar. Así que si alguien ha de llamarte Anabel, ese seré yo. No se hable más.”



     A la mañana siguiente, la recién bautizada Anabel despertó antes que los gallos. Salió a la oscuridad donde una luna curiosa espiaba sobre los tejados y el jardín. No sintió frío pues un fuego se encendía en su interior. ¿Sería la emoción de tener un nombre, de tener a alguien que se preocupara por ella? Nunca nadie se había fijado en ella, por eso no tenía ningún nombre que le fuera propio. Más bien se veía a sí misma como una herramienta para todas esas tareas que nadie quería hacer, todas esas actividades que los demás tachaban de impropias y desagradables. Había dejado de preocuparle desde hace mucho tiempo el no tener un nombre. Contrario a lo que cualquiera pudiera pensar, era fácil vivir sin nombre. Nadie sabía realmente nada de ella y nadie se preocupaba por ella. No tenía que rendirle explicaciones a nadie y era libre para ir y venir como le pareciera. Entonces lo supo. No era fuego lo que en su interior se había despertado. Era la preocupación de tener que responderle a alguien por las cosas que siempre había hecho pero que al no tener nombre no tenía que explicárselas a nadie. Lo pensó por un momento y se dio cuenta que era peligroso tener un nombre. Uno que todos pudieran pronunciar. Uno que todos pudieran recordar.
     Un amanecer naranja se vislumbraba en el horizonte. La puerta de la habitación principal se abrió. Trató de esconderse detrás de los arbustos pero fue demasiado tarde.
     “Buen día Anabel”, sonrió el indeseado visitante.
     Como un animal asustado, presa de un depredador, la muchacha retrocedió sin éxito. No había lugar dónde escapar.
     “Buenos días”, susurró.
     Una gallina pasaba por su lado. La recogió con sus brazos y desviando la mirada avanzó hacia el gallinero, escapando de la vista de tan atroz cazador. Henry Lee sonrió para sí mismo. Una ternura profunda se apoderó de su interior.
     En la cocina, el día comenzaba a calentar no sólo la estufa sino que la vida de la casa. Las criadas iban y venían cargando cubetas de leche, agua y mantequilla. Se preparaban para un gran día.
     Luego de un tibio baño, Henry Lee revisó con extremo detalle sus prendas habituales que Josefina, la mucama, había lavado el día anterior. No había ningún rastro de sangre. Se preguntó si la joven campesina sabría distinguir la sangre del lodo, pero al recordar la amabilidad de sus anfitriones, supo que ni siquiera podían distinguir la mantequilla de la manteca.
     Se vistió sin prisas. Por primera vez desde que dejó Villa Cavilha se permitió arreglarse sin la incertidumbre de la persecución. Se peinó los cabellos, se afeitó la barba al ras y se perfumó con el agua de maderas que le había dejado la mucama la noche anterior.
     Deambuló por las instancias de la habitación dubitativo de acercarse a la jovencita que horas antes le había esquivado. Se preguntaba si realmente tendría la intención de acercarse más, de ser responsable de ese nombre que tan despreocupadamente le había otorgado la tarde anterior. Recordó la mirada de la chica y comprendió que ese silencio no era timidez campesina como había pensado al principio, sino que miedo.  Supo que no era un juego. Que un nombre no era solamente una manifestación de simpatía, ni un apelativo para identificar a alguien más. Era una responsabilidad.
     Entendió entonces que más que un nombre, había creado la idea de una vida. La ilusión de una personalidad que no solo afectaría a la vida de una simple muchacha campesina, sino que el rumbo de todo un pueblo. 



—DA20151027/1230