Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.
Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?
[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
She lay in bed and looked at him. She was breathing thoughts of what this man is to her. He looked back at her and his stare asked her what was on her mind. “You’re like an addictive substance” she began, “you get me high, you know? What you make feel is so good I feel my heart touches the ceiling and leaves my ribcage. This state altering taste leaves me wanting another hit of you.” You cannot tell whether he is intrigued or flattered, though it is most obvious that she speaks with passion. She continues saying “At the same time, there are no words for how bad it feels when I am left without a fix of you. You’re not good for me. Paradoxically, you make everything worse. The memory of you is too good. You’re my drug of choice, nevertheless.”
Microrelatos inspirados en
What it takes de Aerosmith
A los héroes anónimos del pasillo
El chicle tenía un mal sabor después de estarlo mascando por dos horas. Llevaba un marcador en el bolsillo de la falda desdoblada de su uniforme. Allí venía la sueca amargada que le daba clases de Inglés. Seguía preguntándose qué putas había venido a hacer a este país de podridos, de muertos y de recuerdos grises cuando tenía todo un mundo civilizado a sus pies, a un país que aseguraba el futuro de sus mujeres y sus recién nacidos con buena salud y educación gratuita. No entendía por qué siempre olía a whisky y cigarros. O quizás sí. Se ponía a pensar en sus propios zapatos mal lustrados y en los pellejos de la sueca asomando por las mangas de la chaqueta que llevaba. No ha de haber sido fácil para la pobre sueca seguirle el ritmo a ese montón de malcriados que se creían con derecho a todo por venir de una familia con dinero. Después de pensar en todo eso, botó el chicle y se puso a dibujar, sentada con las piernas cruzadas en el pasillo polvoso.
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Un par de minutos después, sonó el timbre que llamaba a clases. Recogió el cuaderno, los lápices y la orilla de la falda llena de polvo. Volvía a oír a las mismas idiotas de siempre que la llamaban, preguntándole por qué nunca hablaba. Las oía pero no les daba el gusto de dejarles ver una rección de su parte. Sintió algo húmedo en el bolsillo. Justo lo que le faltaba: el marcador se había derramado. Pensó en la suerte que tenía. Menos mal que el marcador no era rojo. Eso le hubiera dado algo más para reír al grupo de arpías de los recreos.
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Allí estaba otra vez, leyendo un tomo de las enciclopedias que quedaban en la biblioteca. Le gustaba ver cómo leía. Le gustaba ver como se podía quedar callado durante toda la hora con aparente y fingido interés a la clase mientras seguía leyendo cualquier cosa: desde los ritos funerarios de una tribu africana perdida hasta cuántas clases de bacterias puede haber en un cabello humano. Podía haber estado haciendo cualquier cosa y ella lo hubiera seguido viendo con el mismo encanto. Tenía pestañas largas, el uniforme sucio (como ella), pelo negro como el de un cuervo (como el de ella) y por qué no decirlo, un buen trasero (Con eso ella no había tenido tanta suerte). Verlo era lo único que hacía tolerables esas largas horas escuchando fórmulas, reglas y teoremas que en realidad nunca terminaba de entender. Era simple en realidad: cuando no veía que estaba en clase, las horas se estiraban y multiplicaban hasta lo insoportable.
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Había terminado una pintura más. La esposa del director daba las clases de pintura más por amor al arte que por el sueldo. Se le notaba en la cara sonriente que tenía, enmarcada con una melena corta de color plata. Se deshacía en elogios y le decía que tenía talento. Ella apreciaba a su maestra pero pensaba que en realidad la señora tenía buenas intenciones y no comprendía que en ese jodido país nadie jamás apreciaría el hecho que pudiera imitar a Klee o Kandinski de esa forma. Jamás le serviría de nada. Pobre mujer. (Pobre... ¿Ella?) Sus ilusiones germanas no se habían aclimatado todavía al país en el que le había tocado vivir. Se limitaba a sonreírle de regreso a su maestra. ¿Cómo le explicaría que la ilusa era ella y no sus alumnos?
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La fuerza centripetal (¿O era centrípeta?) era esa que actuaba sobre objetos en movimiento en una trayectoria curvilínea... O al menos eso era lo que recordaba al final de la clase. La señora holandesa tenía un inconfundible tono de voz nasal que actuaba como un tónico para el sueño. Con su compañera de mesa se dedicaban a señalar (con risas secretas) todos los errores gramaticales al intentar componer oraciones en otro idioma. Terminaban armando una lista que revisaban después, sacando un "top 10" de los errores más garrafales, sin acordarse que ellas también estaban leyendo un idioma extranjero. Eso, claro... Si acaso el sueño no las dominaba primero.
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La señorita (No señora) de apellido italiano tenía más telarañas que cabello. Veía su enorme y canosa cabeza adivinando si habrían bichos adentro. Seguro era un nido de alacranes y otros animales con más patas que ella misma. Había decidido que todo lo que tuviera más de cuatro patas era horrendo y debía ser eliminado del planeta... Esa señora (no, señorita) debía albergarlos a todos en su cabeza. Estaba segura. Ese pelo no era normal. Les dictaba lentamente como debían ir sus dedos sobre el teclado. A con meñique, S anular, D con el medio y F con el índice. ("F" de 'Fuck you'. Eso siempre la hacía reír) No sabía si era viuda, solterona o simplemente sin suerte en el amor o adicta a su persona sin espacio para nadie más. Siempre la veía sola y se imaginaba que aparte de su población secreta de animales en su cabeza, tendría muchos gatos con los que hablar en sus horas de soledad, quizás dándoles instrucciones para mecanografiar correctamente o para lamentarse acerca de sus alumnos que ya no entendían el arte escondido en las enormes máquinas Olivetti del salón. Era realmente una mala alumna: pasaba fantaseando más con la vida oculta de su profesora que poniéndole atención a lo que intentaba explicarles. Y así, sin darse cuenta, comenzaba a sonar entre sus oídos el timbre de salida.
Era mil novecientos ochenta y nueve, yo me asomaba a la adolescencia y definitivamente no entendía mi lugar en el mundo, no era niña, tampoco una señorita. La vida se me asomaba haciéndome guiños en aquellos días. Tuve una buena época entre mi quinto y sexto grado. Aprendí que, como los gatos, tenía garras y podía usarlas o esconderlas. Pese a mi hermetismo, me hice aún más callada y desconfiada y me encaminé a la vida que me esperaba.
Hace dos noches me soñé de esa edad, entre los 12 y los 13 años, en mi sueño me veía con el uniforme del colegio y aquella niña se sentaba a platicar conmigo, mi yo de 38 años, me hizo recordar las tardes de tareas, las soledades del patio colegial, las tardes comiendo mangos maduros en el techo de mi casa de la infancia, de mi eterno esfuerzo por aprender a nadar en la interminable piscina del colegio, de mis lecturas a escondidas con la lámpara que me regaló mi abuelo antes de morir, me hizo recordar que la vida sencilla y sin pretensiones es una forma de vida. Al despertar de aquel sueño lo primero que vino a mi mente fue esta canción, la misma que tarareaba mientras Samuel, el muchacho que manejaba el microbús escolar, ponía a todo volumen y la cantaba a grito pelado, mientras una veintena de niños y niñas veíamos los carros pasar.
Decidí que sería nuestra canción para esta quincena en Nongirly Blue, porque a veces hay que seguir solo el mero gusto de mecer la cabeza mientras suena una vieja canción. Porque al final, a veces, lo único que necesitamos es recordar una época feliz de la vida.
Primero conocí a @florsypower en Twitter. Después conocí a Flor Aragón cuando me entrevistó en Apex BBDO, para ver si entraba a trabajar en la agencia.
Si hay algo que me encanta es la gente que cree. Ella creyó en mí a través de un “mensaje directo" en Twitter cuando le envié un enlace a mi portafolio de egresada de la U.
Trabajar en publicidad es duro cuando tenés un alma artista porque hay muchas cosas que no podés hacer, o por lo menos, cuesta un poco más hacer, como por ejemplo escribir guiones de t.v. llenos de poesía; o si sos diseñador, intentar escribir un copy es algo raro, porque para eso ya hay copys.
Pero trabajar en publicidad tampoco es una excusa para no seguir tus sueños y hacer lo que querés hacer. Supongo que esa fue la motivación principal para comenzar este proyecto.
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Como nació la idea de Non Girly Blue no estoy segura. Lo que sí sé es que no se me ocurrió a mí. Fue una idea que a Flor Aragón (@florsypower) se le ocurrió compartir, probablemente en una de esas salidas a fumar a la terraza de la agencia, o quizás en uno de esos viernes de “Premios Marfil” en el estacionamiento de Apex, entre cerveza y cerveza que hablamos del proyecto. No lo sé y poco importa. Lo que importa es que así como mucha gente ha creído en mí, yo también comencé a creer.
Y un buen día, decidimos que era hora de comenzar.
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El 17 de febrero de 2013, tres soñadoras de generaciones diferentes, se reunieron en lo que me gusta llamar “la primera reunión oficial” para hablar sobre un proyecto para escribir.
La cita fue a las 10 a.m. en el Palacio Tecleño de la Cultura y las Artes, en Santa Tecla. Era sábado. Hacía calor. Nada raro, porque en El Salvador siempre hace calor. Yo andaba con una resaca ligera.
Café tras café, esperamos junto a Carol Monroe (@carolmonroe) más de una hora a que Flor Aragón apareciera. "El tráfico” dijo en una excusa.
Estaban construyendo la carretera hacia Los Chorros, era sábado, casi mediodía, quincena… Decidimos creerle.
Cuando por fín apareció, platicamos y soñamos juntas por una hora o más, no recuerdo. Hablamos de cosas e historias, de sueños e ideas. Posibilidades infinitas de esas que a los artistas les gusta imaginar. Compartimos correos electrónicos y nos comprometimos a hacer el proyecto.
Esperando a @florsypower en el Palacio Tecleño.
Sin planes claros, como es costumbre en nuestra cultura, pasaron días, semanas y meses… y nada. El proyecto no comenzaba todavía.
Luego, a mi se me ocurrió que era buena idea aceptar un trabajo en Honduras, y me fuí. Recuerdo que era abril cuando emocionadamente le conté a mi directora de cuentas que por fín, por fín! ibamos a comenzar un proyecto, comencé a bocetar un par de logos… terminó abril… y nada.
Hispter eye. Boceto para logo.
Entre correos, sykpe chats, y más correos, llegó Junio y nada. Pasó Julio y nada. Dejé mi trabajo en Honduras y me fuí a Guatemala… y nada. Aún no había proyecto.
Un buen día, me prometí hacer el logo. Me senté por horas, desempolvé mi Wacom y comencé a hacer logos. Y se los mandé a las involucradas.
Recuerdo que un buen sábado, en un Facebook chat le dije a Flor: “si no comenzamos hoy, no lo vamos a hacer nunca. Comencemos como sea y en el camino lo mejoramos”.
Así, alguna de las dos abrió el blog en blogger (no recuerdo quien la verdad) y así, como una patada en el trasero, Flor envió un correo a todas diciendo “ya es hora de comenzar”. Era octubre.
Y así, sin tanta vuelta, dejando el perfeccionismo atrás, comenzamos con una idea, creyendo que podemos escribir, que podemos hacer lo que querramos porque ¿por qué no?
...
Es complicado eso de seguir tus sueños. Siempre vas a encontrar obstáculos, y mientras más pasión y amor sintás, más grandes serán esos obstáculos. No sé si es ley de Murphy, pero así sucede siempre.