Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20150504

Plaza Salvador

Los Amantes de Marc Chagall

Texto inspirado en
Relato inspirado en Ostatnie Lato XX Weiku de Komety
Era un martes, a media semana de enero iba, caminando hacia todo lo que lo pendiente del resto de sus años, cuando se fijó por primera vez en Plaza Salvador. ¿Se estaría refiriendo a El Salvador, este pequeño monumento incrustado en el barrio de Varsovia? Moja droga, le decía él al oído cuando se permitían caminar el largo del río. Kocham cie, le iría a firmar luego cuando todo se condensara en cartas postales, porque primero hubo caminatas e invitaciones a salir de estos espacios circulares de verbena y masajes de ego para discutir y platicar y viajar, poco a poco, a los recuerdos el uno del otro. Luego cesaron las miradas, quedaron las palabras al aire e impresas en el cartón de cartas postales.


Ella firmada en español y con mucho cariño tácito que llevaba el eco de cuando a media caminata se volvían a ver a los ojos y guardaban el sentimiento de que era la primera vez que veían a los ojos a alguien que hace mucho conocían.. cuando no se conocían. ¿Cómo pronunciar nombre de ella? Si los alfabetos eran tan distintos pero cachaban en el aire sonidos y semejanzas y en la traducción se perdían las construcciones gramaticales pero no el sentido de un yo también ni de un yo entiendo, el privilegio de dos personas que juraban ser amigos de toda la vida, a quienes les dolía separarse cuales amantes enamorados.


Ella iba a llegar a Varsovia, algún día, solo para que se juntaran de nuestros los brindis de El Salvador y Polonia, brazos cruzados, y rieran todo. Uno creería que a medida se escurre el tiempo esos elementos que carecen de sentido se van llenando de significado, cuando para estos había tanto que permanecía sin casar con ninguna pieza de sus reflexiones. Claro, ¿cómo iba a querer alguien el bigote de Hitler? No era necesario especificar que no le gustaba el fascismo, al contar de la vez en la que se empezó a quitar la barba y el bigote la primera vez.


Reirían de ello una vez más en las ciudades costeras y al sur por Dachau y Auschwitz, aunque no al mismo tiempo. Ella iba a entender, por fin, la sensación de cortar las conexiones con la capital y escaparse a los paisajes húmedos y grises y encontrarían nuevas frases para el glosario que iban armando, más allá de nazdrovie y drogo. Y estando más cerca, así como estaban, quizás pasaría algo que rompa la promesa de amistad, como dicen que ningún lazo fraterno es del todo inquebrantable. De cerca pasarían por encima de los dibujos de la facultad de arquitectura de Varsovia o dibujo en Cracovia.


Y las palabras nuevas y el sabor de las aventuras dibujadas en un bar con luz tenue, un círculo polaco alrededor de la salvadoreña, vivían y crecieron en una libreta que tenía escrito Warsaw en la portada. El cuaderno está untado de pistas que pueden reconstruir lo que nunca sucedió, todo lo que evoca Plaza El Salvador, aun después de que las postales hayan hecho la brecha más grande. Pues, de repente las postales ya no venía desde Varsovia. Luego vinieron los viajes a México, al Oeste de EE.UU., inquietudes con respecto a si seguir con el dibujo, y pedazos de historias que perdían vigencia y relevancia tan rápido como el pasar de semestres que, luego, uno justo después de otro, cobran un ritmo que conexiones tempranas son incapaces de alcanzar. a

Leonor

Relato de Graciela Aguilar @GraceCrayola (NonGirly Blue invitada) inspirado en Ostatnie Lato XX Weiku de Komety

Tengo un concepto del amor errado, lo sé. No me importa. Hace unos años espero acá, sentada en este tronco de pino, al hombre que dejé ir pensando en su bienestar, mas no en el mío. Muchos dicen que mi idea era descabellada, dejarlo ir fue un error. Pero creo fervientemente que el corazón habla con más lógica que la cabeza, máxime cuando lo hace quedito.

No me quejo de mi soledad, se aprende a vivir con ella y de ella. La casa donde me refugio me quiere y yo a ella. Las paredes desgastadas por el tiempo me protegen de la lluvia y el viento, del sol y la nieve. ¿Cómo podría tener alguna queja si me trata tan bien?

Hace ya mucho que no lo veo, he perdido la cuenta. No me duele... o quizás un poco, pero no quiero arrepentirme. Lo amé hasta la saciedad, hasta que dejé de ser yo misma, el sentimiento era mutuo, pero dicen que tanto cariño hace que pierdas la perspectiva, tambalea tu mundo y eso le pasó a él. Necesitó irse y lo dejé.

Cuando tomó sus cosas me dijo que quería conocer el mundo, pues nos habíamos alejado de él. No le insistí en que se quedara, él tiene derecho a ver más allá de esta casa y ese bosque que nos rodea, del lago y las rosas que nos saludaban cada mañana. 

Lo único que le pedí es que no se despidiera. Así fue. Lo extraño, pero la soledad es buena consejera, aunque solo escuche mi voz y el susurro de la madera de la casa. No más. 

Cada mañana me siento en el pino y lo espero. Hace ya mucho que lo hago y no viene. Tengo fe de que vendrá, no sé cuando, no sé cómo, no sé si se acordará de cómo llegar hasta aquí, si recordará mi rostro, mis manos. No lo sé.

Las noches se me hacen más largas, me odio por dejarlo ir. Una voz dentro de mí me reprocha que por qué no me fui con él. La callo a golpes de razón, pero no entiende y me desespero... lloro.

Sigo creyendo que algún día regresará. Lo necesito y deseo que él me necesite. Las rosas me siguen saludando. Sembré tulipanes.

El tronco de pino sigue en el mismo lugar, bajo el frondoso amate, ese mismo donde hace 12 años me pidió que me casara con él.

La fortaleza


Heme aquí, la reina indiscutible del imperio del deseo no satisfecho. Me harté de pelear hace ya demasiado tiempo y me construí una fortaleza cómoda en medio del desierto. Acá paso los días regodeándome en lo que se hizo, lo que no se hizo y lo que queda por hacer.
A veces tengo visitas furtivas. Rostros amables que no reconozco porque en el pasado fueron miradas hostiles y huidizas. ¿Se vuelve uno atractivo cuando decide vivir solo? ¿Por qué atrae esa singularidad? Mientras más quiero alejarme, más me buscan. Ya no quiero ser encontrada.
También viene, de cuando en cuando, la paloma de los designios. Es terca, insiste en que podremos, en un futuro indeterminado, conjugar sus arrebatadas visiones con mis pétreos planes. La dejo hablar y convencerse a sí misma de lo que yo jamás aceptaré. Así es ella feliz.
A los que no tolero ya es a los coyotes. Con demasiada frecuencia aparecen y me recuerdan, con sus aullidos, los trozos de carne que me arrancaron uno a uno en los días en los que aún me guiaba por la ingenuidad. Escuchar sus pasos, su respiración, sus gruñidos, me transporta irremediablemente al momento del ataque, de la traición. Varios de ellos se mostraron en algún momento amigables conmigo, amorosos, dóciles. Otros fingieron necesitarme. El resto simplemente pudo acercárseme porque me simpatizaron. Me costó mucha piel entender que no podía confiar en ninguno, que el final sería siempre el mismo, sin importar la trama intermedia.

Esta noche es diferente, tengo una cita con la luna. Es la única que, lejana y hermosa, me recuerda que aún estoy viva, que no me he vuelto piedra mimetizándome con las paredes de mi frío refugio. Hablar con ella me hace hervir la sangre de un modo delicioso que me recuerda a los calores de la juventud. Esta noche la dejaré cantarme, la escucharé en silencio, hasta quedarme dormida.  

No te enamores de un hombre que canta



- ¿Vas a ir a verlo?
- Sí, quiero conocer dónde vive.
- Esa es una excusa. Te está gustando
- ¿Y qué tiene de malo?
- No te enamores de un hombre que canta. Si comienza a hacerlo, corre. Peor si canta mientras cocina. No hay regreso de un hombre que canta.

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Esa casa en la playa tenía un encanto de principios de siglo. El techo se caía a pedazos con elegancia, las paredes con vigas de madera se quejaban constantemente del viento, las baldosas tímidas habían dejado de brillar varias décadas atrás y las cortinas parecían esqueletos de fantasmas. Pero toda ella tenía la gracia de sonreír entera.

Al entrar había un perro raquítico. De esos encantadores que muestran más costillas que colmillos y su cola no distingue buenos de malos.

Me recibió su dueño con la misma sonrisa canina. Habíamos decidido cocinar mientras bebíamos algo y darle tiempo al sol de desaparecer con la lentitud de quien no quiere morir.

Esa cena fue un baile. La risa hervía más lento que el fuego y los temas de conversación se derretían con la mantequilla. No recuerdo de qué hablamos porque de pronto aparecimos sentados a la mesa compartiendo ideas como ensalada.

El plan era visitar un nuevo bar cerca de la zona. Lo habían publicitado semanas antes y sirvió de excusa para mi viaje. Cuando vimos la hora, era muy tarde para salir a disfrutar la noche y la solución fue disfrutarla en una hamaca. En una sola. Con besos tardos, manos pausadas, miradas mordaces y una noche que nos encontró queriendo querer.

Cuando se levantó para traer más vino, lo escuché cantar. Cada paso era pronunciada la estrofa de una canción que descubrí cuál era; pero seguramente le gustaba mucho porque cantaba con alegría. Entonces recordé las palabras que sentenciaron el momento: "no te enamores de un hombre que canta".

Entendí que la alegría de la música agrava el amor. La contentura de unos besos empeora si se le pone ritmo y las ganas de querer se hace honda si encuentra una buena letra para recordarse. Regresó cantando y sonriendo. Sin garantías de nada porque no las necesitaba; pero sin posibilidad de salir de salir de él. De esa alegría que me hacía preguntarme qué más tendría para mi. Y mientras saboreaba mis labios escuchaba mi propia voz por dentro: "no te enamores de un hombre que canta... no te enamores de un hombre que canta..."...



20150424

1999


Relato inspirado en Ostatnie Lato XX Weiku de Komety




A Melanie y Radka


Siempre he pensado que el lenguaje es un virus, entra por los oídos y sale por los poros o la boca. Infecta a quien lo escuche o tenga cerca y no siempre se sabe quién es el portador y quién es el sintomático. Vaga por las calles, siempre errante, salta de nube en nube y se cuela por todas las rendijas. Ha viajado al espacio, navegado en el aire y vibrado en mil bocas, justo antes o después de algún beso, una cachetada infame o un estrecho abrazo. Es contagioso, incoloro, invisible o visible, cambiante. No siempre se escucha, a veces solamente se ve. De todas las formas de lenguaje, de todas sus caras, la que más me interesa es la conversación. Eso no lo pude hacer bien al principio contigo.


Nacemos acostumbrados al ruido de todo: los llantos, las risas, las palabras. Yo, nunca me acostumbré al ruido ni a la palabrería hueca siempre presente a mi alrededor, pero a lo que sí me acostumbré fue al sonido de tu voz. Aun sin comprender bien que me decías, me gustaba oírte.


Lo primero que escuché fue tu risa, sin ver tu cara ni tu espalda. Tuve que voltear a ver, esa risa contenía todo en una nota.  En un segundo, el pánico me invadió porque escuché tu voz en un ronroneo tirarme a la cara un Wie geht's? Bist du die Austauschschülerin? y no supe qué responderte. Recuerdo cómo te quedaste esperando una respuesta: me mirabas mientras yo me congelaba de terror. En ese momento no supe si te habías burlado de mí, pero ví tus ojos líquidos clavados en mí y me dí cuenta que honestamente estabas preguntándome algo, no sabía qué. Me defendí con un tímido Jawohl y te reíste de nuevo. (Después me enteré que eso solo lo decían los militares, debí haber parecido muy estúpida).


El cerebro me daba vueltas.
 

Qué le digo, si tengo la respuesta en la punta de la lengua, era der die o das, el libro decía esto, todos se van a burlar, que no, que sí, me quedo callada, allí va, luego espero, no, mejor no hablo, y si muevo la cabeza, de nada me sirvió aprender esta mierda, por que no me sale nada, que me pasa, tengo que decir algo, si llevo más de diez años en esto, no puede ser... se fue.


Con una sonrisa, intentaste hablarme en inglés y yo reaccioné. Estaba todavía oxidada y era mi primer día en ese lugar. Mi pelo oscuro y baja estatura me delataban como extranjera, mi cara desorientada me marcaba como la nueva del grupo. Me preguntaron por el paisito de dónde venía, para asegurarse que no andábamos en taparrabos, si las calles eran de tierra y piedra o concreto y si no vivíamos en los árboles. Les contaba en mi media lengua de las frutas de colores imposibles y nombres impronunciables que teníamos todo el año, de nuestras temporadas de lluvia de varios días y de los animales que se miraban cada vez menos pero que existían y eran diferentes a los que ellos tenían. Me maravillaron con quesos, pan de diferentes clases y hasta vino especiado que temía probar pero resultó ser delicioso. Así pasaron las horas hasta que terminó la jornada de clase y me llevaste a caminar para conocer el pueblo. Me contaste que tenías una familia repartida en diferentes ciudades, de tus padres divorciados y de tu único hermano. Creo que en ese momento, decidiste adoptarme como hermana postiza para enseñarme todo lo que hubieras querido compartir con alguien deseosa de escuchar. Procuraba no distraerme, me divertía tu plática y me encantaba el paisaje. Después de haber pasado por la lechería, la iglesia, el supermercado, la oficina de correos y un buen número de pastos, llegamos a la casa en donde pasaría esos cuatro meses y nos despedimos con un abrazo. No podía creer mi enorme suerte de conocer gente tan cálida en un país tan frío, especialmente la suerte increíble de conocerte, tan única. No lo sabía en ese momento, pero acababa de conocer a una amiga para toda la vida.


Eso fue hace dieciseis años. Volví a verte hace siete apenas. Sigues impresionándome con lo que haces, con la enorme fuerza con que enfrentas a la vida, con la delicadeza que tienes al dedicarle tu cariño a otra persona. Pasamos cuatro meses yendo a buscar panecillos, a recolectar hongos en esas alfombras de hojas doradas camino a la escuela, pintando con todos los colores que teníamos a la mano, contándonos historias que escribiríamos después. Sigo viéndote desde lejos, sigues enviando cartas que suenan a poemas y sigues siendo esa valkiria salvadora con sensibilidad de artista que aun a la distancia me hace sentir apreciada. Poco ha cambiado a pesar del océano que literalmente nos separa.


Ese virus del cual me contagiaste a unos días de estar contigo, me permitió conocerte, entenderte aunque fuera un poco para poder entrar a tu mundo. Y aunque al principio me diera lo mismo que me dijeras Friend en lugar de Freundin, entiendo que era tu forma de alcanzarme. Me enseñaste qué querían decir Wanderlust y Fernweh y desde que lo supe, entendí qué era ese dolor que me quedaba por una patria ajena.


Sé que algún día volveremos a vernos. Simplemente lo sé.


20150421

Mówisz po Polsku?



El Salvador! Oh, El Salvador! —respondían en un inglés medio masticado y ojos de interrogación al no poder ubicar ese país en su globo terráqueo mental.

Los ojos de sorpresa y las expresiones de admiración, que nunca entendí cómo se pronunciaban ni mucho menos como se escribían, formaban parte de las conversaciones con los amigos del centro budista en Gdańsk, quienes luego de un recorrido por el sitio y una meditación, nos recibieron con una parrillada al aire libre. El recorrido en carretera, las impresiones del país, la arquitectura, el clima, la política, el comunismo, el trabajo, la inmigración, la economía… fueron de los temas que entre cervezas, chorizos, carne, mostaza y cebollas asadas intercambiamos, aprovechando la oportunidad de practicar ese mal logrado inglés que conectaba la curiosidad del visitante, del residente.

Fue quizás entre cigarro y cigarro bajo ese arbolito que estrenaba hojas en un verano de 20 grados centígrados que llegamos a la música. ¿Cómo es posible que alguien que hable español y que viva del otro lado del mundo, en un país de Centroamérica (“perdón, pero ¿dónde queda eso?”) supiera de una banda llamada Komety?

I dont really know! —respondía abriendo los ojos igual que ellos, como queriendo ser un espejo. Y la verdad es que ya ni recuerdo como llegue a Komety. Supongo que los encontré de la misma forma en que llegamos a todos lados, con curiosidad.

Este fin de abril me encuentra pasando fotografías, recordando esa visita a la ciudad del ámbar mientras “Ostatnie Lato XX Weiku” me susurra emociones al oído. Nunca supe que dicen y nunca me tomé la molestia de buscar las letras para darle copy-paste en el traductor de Google. Hoy tampoco será ese día. Me sucede últimamente que las letras me estorban.

Quizás sea mejor así: no saber nunca y simplemente dejarse llevar. Dejar que sea la melodía la que hable, la que inunde mi cuerpo y la que suelte mis dedos en un desenfreno mental de palabras, para que finalmente vea las emociones, para que finalmente las comprenda.

Dziękuję za przeczytanie!

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NGB.DA20150421