Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20140820

Doña Yolanda

Relato inspirado en "Le Festin" de Camille


Doña Yolanda era una abuela con corazón de gran dama y maneras de señorita. Sabía Francés e Inglés, estudió en California en su juventud, tuvo su boda exagerada de encajes con luna de miel en México y autógrafos de Pedro Vargas, era socia del Club Tecleño donde me llevaba a comer copas de sorbete con merengue y tenía citas semanales con sus amigas del Colegio de monjas de donde había salido para ir a tomar el té y conocer a los nuevos nietos de las demás (por supuesto, yo, como buena nieta celosa que era, tenía la obligación moral de romper las fotos de estos nietos ajenos porque no me podía consentir sino sólo a mí), tuvo que aguantar miles de queridas de parte de mi abuelo con la mirada digna y orgullosa y era asidua lectora. Pero no conseguía cocinar. Se le quemaba el agua del café y doraba los fideos en aceite sin cocerlos.

Decía que su único arrepentimiento era no aprender a hacerse pasteles para saborearlos cuando quisiera.


Tenía debilidad por las cosas dulces: íbamos a comer melocotones flameados a su restaurante favorito, a ver el carrito de los postres y escoger entre un cardenal con fresas, un pastel de queso, un trozo de Selva Negra o un flan de coco bañado en caramelo mientras el mesero me llamaba por mi nombre y me daba una rosa y un dulce.

Más avanzada en su edad, mi abuela escondía turrones de Alicante con almendras en sus gavetas, lo que perfumaba su ropa con un olor a miel y yo iba a abrir las cajas para sacar trozos poco a poco sin que se diera cuenta y luego compartirlos con el resto de la familia. Los atesoraba con devoción obsesiva, más valiosos para ella que collares falsos y joyas de fantasía.

Oía a Mario Lanza y Plácido Domingo, a Frank Sinatra y a Nat King Cole... Se perfumaba con Yves Saint Laurent y Chanel, pero sus cremas favoritas eran sencillas y sin marca. Todos sus ungüentos la hacían oler a nata con azúcar y vainilla. Ahora la vainilla tiene su nombre.

Extraño sus manías de reina, sus manos suaves y nudosas, sus abrazos justo antes de acostarme cuando  recitaba de forma dramática partes del "Nocturno a Rosario" (... Adiós por la vez última, amor de mis amores, la luz de mis tinieblas, la esencia de mis flores, mi lira de poeta, mi juventud.. adiós!) y sus mimos.

Me dejó el romance y la nostalgia, el orgullo y el silencio placentero de leer un buen libro o saborear un buen chocolate, las aspiraciones de artista y la placidez de saberme querida y única. Por ella, los suspiros no son sólo una forma de respirar, son la nostalgia transformada en azúcar y merengue.

20140805

Canción de Amor

 
















 Escena Uno.

Érase una vez una tarde, una tormenta que se deslizaba escandalosa por la ventana y un montón de ingredientes para un festín al que nadie estaba convidado.

Días de eso, días de la querida madre con la misma cantaleta de siempre, con las típicas recriminaciones para una veintiochoañera como yo, sin una pareja fija, sin un hombre en el que depositar mis futuros y mis realizaciones como mujer. Mientras yo deletreaba mis ingredientes para juntarlos y darles sentido, érase la misma canción de la querida madre...

qué cuando sentar cabeza
qué cuando un novio formal
qué cuando hijos y nietos
qué cuándo una casa en serio

La misma de siempre, cantada por la misma madre que me había tocado, a la cual ya estaba acostumbrada –a la madre y a la canción, entiéndase-  y también acostumbrada a no contestar o al menos solo con un “mamá sí tenés razón algún día va a aparecer el hombre de mi vida y me voy a casar y vas a tener nietos y todo lo que has soñado”.

Uno se acostumbra a eso, a contestar érase una vez una mujer que no era y fin o no vivieron felices para siempre. Uno no deposita sus esperanzas en eso. Yo no las depositaba, al menos. Pero hace meses había decidido no discutir más con mi madre acerca de mis ideas, mi odio al llamado matrimonio, o al solo hecho de pensar juntarme con un hombre para crear algo, o a un hombre deambulando por espacios en lo que obviamente no cabría... Soy una mujer moderna, madre, le habría dicho en su momento, entenderás que no espero que un hombre le dé sentido a mi vida, no puedo congeniar con la idea de que el matrimonio y los hijos me puedan definir como mujer... Eso le había dicho, pero por poco muere de un ataque agudo de dolor de madre y desde entonces decidí que no volvería a tocar el tema. Y los ingredientes seguían estando allí, revolviéndose con la lluvia que corría estrepitosa por la calle, quién sabe a dónde, a dónde va a ir a parar todo esto. Los ingredientes infinitos de un festín al que nunca nadie estaba invitado.

Escena Dos.

Érase una vez una noche, una tormenta que se escabullía sigilosa entre el silencio de azafranes y mariscos, de arroces y salchichas, de carnes, ajos y cebollas, de pimientos de colores, de deseos infinitos saltéandose entre el mutismo del aceite de oliva.

Y llegaban los amigos, con sonrisas e historias, con parejas disparejas, con sus vidas juntándose entre las cosas que no son, o las que no podrían ser, y yo allí en la cocina con mis ingredientes de siempre, con los olores subiendo de aquí para allá, de allá para acá y la sonrisa, esa sonrisa, esa mirada azul ebullendo junto al arroz, creciendo. Érase una vez que me cantaba detrás de la barra del desayunador, que me cantaba

y no solo quiero verte cocinar
y también quisiera verte bailar
debajo de la luna te vas a reír
porque la vida, la vida así va
porque la vida, se va

Y luego se vieron desfilar muchos más ingredientes, los que, como en cualquier mesa de cocinera que se respete, eran un derroche de canelas y de azúcar, azúcar morena, la nuez mozcada y sus olores; olores por todas partes y sabores que surgían uno tras otro. Eso era todo lo que podía ser. Érase una mujer que era, que quería ser, sin fin y todas las metáforas del mundo; una mujer con todos sus ingredientes, una mujer y las ganas de quererlo mezclar todo, con las posibilidades de mezclarlo todo, con el poder de mezclarlo todo, quién sabe hacia donde, a dónde iba a parar todo eso. Los ingredientes infinitos de un festín con un único invitado.
 
Escena Tres.  (Próximamente)

20140804

"Le Festin" - Camille




          Cuando tengas los pies ligeros y los vientos soplen a favor, los caminos se mostrarán largos y variados, esos caminos te llevarán a lugares inesperados. Paso tras paso, el camino se convertirá en tu aliado, tu confidente, tu mejor amigo; y descubrirás a todos tus enemigos en la soledad de tus pensamientos, en la inmensidad de la noche, donde la luna dibujará las sonrisas de los que dejaste atrás. Entonces, lanzarás deseos a las estrellas pidiendo regresar; desearás que todos tus sueños salgan a la luz del día para ser realidad y lanzarás mil besos al viento esperando que lleguen a salvo a su destino. Recorrerás todos los senderos y los encontrarás vacíos. Caminarás por años, como sentenciado por el anhelo de encontrar un destino real, pero no lo encontrarás, porque descubrirás que todos los caminos son estériles. Recorrerás aldeas y pueblos, esperando escuchar una señal, hasta que un día llegarás al final de todos los senderos, entonces encontrarás ese camino que se bifurca.

          Te acercarás con dudas y desconfianza, incrédulo ante lo que escuches, porque será el primer camino que te hable directamente al corazón. Entonces lo sabrás. Sabrás que lo has encontrado cuando escuches el corazón palpitar tan fuerte que dudarás. Dudarás porque los caminos no palpitan, pero ese camino que tendrás frente a tí, palpitará tan fuerte que pensarás que es un sueño. Tendrás dudas, porque para entonces habrás caminado tanto que habrás olvidado los deseos que una vez lanzaste a las estrellas. Tendrás dudas porque habrás olvidado los besos que lanzaste al viento con la esperanza de ser encontrados. Dudarás y tendrás miedo porque sabrás que ese camino frente a tí te llevará a ese lugar que tanto deseaste encontrar. Entonces lo sabrás. Sabrás que has llegado cuando después de largas horas de camino y lluvia encuentres una pequeña casa blanca iluminada solamente con un par de velas. Tocarás a la puerta y el sonido será tan agudo que no lo escucharás. Entrarás despacio y olerás el delicioso sabor del amor. Hasta enconces te darás cuenta de lo hambriento que estabas y el cuerpo te gritará el cansancio y hará que dejes todo en el suelo, entonces estarás completamente desarmado. Sabrás que has llegado cuando te encuentres brindando y una copa de vino perfume tus cabellos, cuando las suaves caricias te desnuden y los labios te cubran completamente de miel y compartas miradas cómplices en la oscuridad. Sabrás que has llegado cuando finalmente puedas descansar, cuando todo lo que encuentres te llene completamente el cuerpo y el corazón, cuando no te quieras marchar aunque sepas que debes partir a la mañana siguente. 

          Entonces te marcharás. Te marcharás arrastrando los pies buscando con la mirada todo lo que dejas atrás, dejando todo en un banquete inconcluso. Los pasos de los que tanto te confías se convertirán entonces en una procesión y caminarás en círculos esperando encontrar nuevamente ese altar de manjares, esos que sabrán amor, esos que te llenarán completamente y te dejarán el corazón contento y estarás seguro que aunque encuentres otros banquetes, ninguno será como el de ese camino palpitante donde los besos saben a azúcar y las caricias son adictivas que te encadenarán como una dulce tortura cuando las recuerdes en las noches de ausencia, cuando el hambre haga un hueco en tu mente, cuando el recuerdo se convierta en una vela prendida en la oscuridad esperando que sea la hora del encuentro y la cena se vuelva nuevamente una fiesta para dos. Una que querrás repetir cada noche, una que hará que regreses para siempre, una que te hará reconocer que aunque tengas hambre a veces esperar tampoco resulta tan malo.

          Y entonces esperarás. Esperarás pacientemente porque sabrás que es la espera lo único que no has conquistado. Esperarás pacientemente porque, lo sepas o no, es lo que siempre has hecho. Esperarás porque después de cada banquete te sabrás dueño de todos los banquetes por venir, de todas las noches por compartir. Esperarás, porque para entonces, la distancia será lo único que podrá unirlos. 

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NGB.DA20140804