Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20150908

“Just Breathe” - Pearl Jam



     Sólo me dijo que se ahogaba. Entre el intercambio de miradas, que más bien eran monólogos, sabía que era de dolor que se quedaba sin aire; que era la mismísima traquea la que se le contraía, impidiéndole usar esa voz de hielo raspado. Luego llegaba el hipo como metralleta infinita. Supongo que era el resultado de guardarse todo ese aire en el diafragma. ¡Qué se yo! Era incómodo y divertido al mismo tiempo, y ahí iba yo, con dolor de tripa por tragarme las carcajadas que no soltaba pues me parecía de mal gusto reírme de su impedimento frente a ella.
     Por lo menos no se descose en llanto, suspiraba aliviado. Esas son cosas con las que no puedo: mujeres llorando. No tuve hermanas y a mi madre nunca la vi llorar. Supongo que es por eso que cuando alguna de ellas viene deslavada en lágrimas, instintivamente me aparto, como si de un puñetazo se tratase. Es una cosa instintiva, no sé. Para mí, las cosas se arreglan disparando en Call of Duty, destruyendo a todos esos que en la vida real no se puede; y si de ahogarse se trata, pues para eso está el alcohol.
     
Por lo menos eso teníamos en común: el encierro de las cosas no dichas. No me quedan dudas que era por eso que nos entendíamos tan bien. Supongo que ambos necesitábamos hablar, pero era la comodidad del silencio lo que nos afianzaba en esa relación tan desigual. Nada teníamos en común, ni siquiera amigos. Y mientras yo me inflaba en alquitrán, ella se llenaba en alcohol. Yo comía ensaladas y ella, cerdo. Ella vivía de día y yo de noche. Ella era dulce, yo amargo. Ni siquiera podíamos dormir juntos después del placer  pues ella quería luz y yo oscuridad. Así, nada nos gustaba igual. Nada. Solo el silencio.
     Ese día apareció tocando timbres, acompañada de sol, de tacones y de gafas oscuras. Entre ojos quemados por el resplandor y el desvelo, la dejé entrar. Me besó con un sabor mentolado. Que esos cigarros rojos raspaban mucho, dijo; que poco a poco le iba gustando la menta, que le suavizaba los pulmones. 
     Pero ni siquiera es menta, —dije.
      Se quitó los zapatos y, descalza como sabía que me molestaba, anduvo dando vueltas por ahí, dejando un reguero de ceniza por allá en sala, en el sofá. Se acercó a la repisa de los libros dejando cenizas; hojeó aquel libro de pinturas, dejando más y más cenizas; hasta que por fin se detuvo en la caja de botellas. Tomó la azul y se fue a la cocina. 
      No sé de dónde sacó la idea pero regresó con un gin tonic. Se lo bebió de golpe. Salud, dije mientras prendía un cigarro de esos rojos que tantas veces dejó desperdigados por la casa. ¿Querés un trago?, preguntó sin tanto afán. No, le dije. Parece que vos los necesitás más. Regresó a la cocina, siempre descalza y regresó con más hielo. Ponete las sandalias, le dije. ¿Para qué? No hay nada en el piso que pueda hacerme más daño, dijo, y se volvió a tragar el gin de un solo. Bueno, como querrás, le dije terminándome ese cigarro rojo. 
     Tiene razón, raspan mucho, pensé.
     Se quedó viendo el vaso por largo rato. 
     Prestáme el baño—, rompió el hechizo del hielo derretido. 
     ¿Desde cuándo andás pidiendo permiso?
     No lo sé, vos decime. 
     Desapareció bajo las escaleras. Paso bastante rato allá abajo, prendí otro cigarrillo y me puse a limpiar. Vacié el cenicero, por Dios que esa mujer fumaba como bestia. Ordené sus zapatos pues por ahí andaba el izquierdo, tropezando con el gato, y el derecho a medio camino entre la sala y la cocina. Fui a la cocina, saqué más hielo y preparé otro trago, con una bolita de melón esta vez, pues ambos, el calor y ella, estaban insoportables. Cuando regresé, la encontré sentada en el escritorio. Me miraba como sin quererme ver. Le extendí el vaso. 
     Gracias, dijo pero no se lo bebió. Lo dejó sobre el escritorio, a la par del teclado, sobre el papel blanco con jueguitos de preguntas, nombrecitos y números mágicos milenarios.
     —Y, ¿cómo estás?finalmente preguntó. 
     Desvelado.
     Ah, mirá pues…
     —Y vos ¿en qué andas?
     —No sé, vos decime.
     —¿El qué?
     —¿Qué de qué?
     —Vos, ¿en qué andás?
     —En nada. No ando en nada.
     —Mmm... no te creo.
     —¿Por qué?
     —No sé, vos decime.
     —Es extraño.

     —¿El qué?
     —Ese papel,—dijo señalando con la mirada el ahora posavasos. 
     Me asomé al papel mirando sin atención.
     —¿Extraño por qué?
     —Parecen incoherencias.
     —No. Tiene todo el sentido del mundo.
     —Para quién lo escribió, supongo.
     Prendió otro cigarro dejando aquel nefasto olor a menta sintética en el aire.
     —¿Qué hiciste mis zapatos?
     —Ahí están—, señalé hacia el sofá—. ¿Me vas a despreciar el trago pues?
     —Bien sabes que es la otra quien bebe gin.
     Se puso de pie y caminó hacia el sofá. Tomó el cojín de rayas y tirándolo al piso, se limpió los pies en él. Se puso los zapatos y tomó su bolso. Abrió la puerta dejando entrar ese vapor de pueblo que tanto detesto. Tiró el cigarrillo hacia las escaleras. En la distancia, vi las lágrimas congeladas en sus ojos. No se quedó para el hipo. Ni siquiera dijo adiós.
     Por lo menos no se descose en llanto, pensé mientras terminaba el cigarrillo.
     —¿No te vas a llevar los

     Pero ya había cerrado la puerta. 
En mi estómago, se estancó un dolor sutil, diferente al de las carcajadas reprimidas. Es por este tipo de cosas que me gustaría ser doctor, para entender mejor lo que pasa con el organismo cuando se indigesta de emoción.


—DA20150908



20150906

Doce

Relato inspirado en Just Breathe de Pearl Jam



No te buscaba. Ni siquiera te imaginaba y apareciste cuando menos me lo esperaba. Que eras un hombre espantoso, me dijiste. "Buscá al enano, ese voy a ser yo". No ví a ningún enano; no fue nada de eso, no. Llegué y no ví al enano prometido.


Había demasiadas cosas que te quería decir porque te mandé al carajo cuando me tomaste demasiada confianza y ni siquiera te conocía. Esa primera vez que te dirigiste a mí personalmente no fue amistosa. Estaba a la defensiva, como siempre. Recuerdo bien. Cualquier otro hubiera desistido. No lo hiciste y seguiste hablándome entre una broma y otra. Sentí muchas cosas al verte, pero más que cualquier cosa, me sobraba curiosidad. No puedo decir que haya sido amor a primera vista, eso me había fallado antes. Me dije que iba a tomarme el tiempo que fuera necesario para aprender a entenderte, para ver si podías entenderme. Te ví frente a esa vitrina y no podía entender por qué había venido: no había visto tu cara antes, solo había leído tus chistes malos y críticas de películas. Poco me bastó para darme cuenta que hacerme reír tanto como hacerme enojar se iba a convertir en uno de tus mayores pasatiempos . Comenzaste por hacerme reír. Los enojos vinieron después, pero eso es lo menos importante. Nos saludamos torpemente como hacen los que no se conocen todavía y luego nos movimos de esa vitrina a un lugar con menos gente para platicar. Eso fue el comienzo de estos doce años.


Nunca he conocido a nadie que disfrute más del humor negro. Odiamos a las mismas personas: a los nuevos hippies creyentes de cristales y auras, a los pretenciosos yuppies que se creen muy exitosos y viven hablando del último libro de superación que han leído, a los estudiantes universitarios que piensan que lo saben todo, a las mujeres amargadas y resentidas con el mundo, a los hombres muy machitos que quieren parecer malos aunque no lo sean, a las cucas de iglesia, a los hijitos de mamá, a los que fingen vidas perfectas. Fue entonces que comprendí que quizás parte de eso que llamamos amor sea el odiar las mismas cosas y tipos de gente. Eso me lo enseñaste poco a poco.


Contigo no me han llovido rosas pero has estado callado junto a mí cuando más te he necesitado, fiel a tu costumbre de aparecer cuando menos se te espera. No han sido años melosos ni amelcochados llenos de cartas infantiles. Eso hubiera estado bien en la primera juventud, pero ya no estábamos tan jóvenes. Esas son mierdadas, al fin y al cabo. Me dí cuenta que al principio quizás lo hubiera deseado pero nada se compara a ver un par de ojos mirarte al despertar en una cama de hospital y que esos sean los ojos que más se desea ver. Ahora que estás tan lejos me doy cuenta de muchas cosas. Hay hechos que valen más que un asqueroso muñeco de cerámica o un cartón en forma de corazón o flores. En las mañanas casi anhelo oírte roncar. Casi.


Fueron años largos llenos de indirectas, de miradas incrédulas y para mi desgracia, de incontables chistes malos. No hubo citas, eran salidas. Te pasé sermoneando con estupideces como la forma correcta de tomar un tenedor o cómo distinguir un cuchillo para pescado de un cuchillo para carnes, pensando (inútilmente) que lo apreciarías.

Fueron otras cosas las que apreciaste y que consideré ordinarias como el desayuno de los domingos o llevarte chatarra para comer con tus películas.

Fueron más noches de las que pude contar, llenas de desvelos por darle vuelta a la misma porquería de "él no debería estar con ella sino conmigo y éste no debería de estar conmigo sino con ella".


Son hasta ahora cruces en el calendario, contando los días para que vuelvas a mí, pensándote en cada canción y adivinándote en cada instante. Hay cosas ínfimas con las que pienso entretenerte cuando regreses. Tengo ya una cadena larga de preguntas que hacerte para cobrarme los minutos que no has estado conmigo, para recompensarte todas las veces en las que quizás has querido abrazarme lleno de temor y no has podido... Para decirte que doce años se sienten cortos por el tiempo en que no te he visto y que estos malditos días parecen no terminar. Pienso además sacarme todo esto acumulado de no poder hablarte. Apesto a tristeza y silencio. Me muero de sed sin risas, sin tí.


Nunca te he escrito una verdadera carta de amor. Quizás esto lo sea. No pienses que esto se hará costumbre, eso sí. Es demasiado doloroso esto de verme expuesta. Mierda, ya escribí algo cursi y no hay vuelta atrás.


A lo mejor me insistas en que eres un hombre espantoso. Yo pudiera decirlo de otra forma porque no estoy de acuerdo: de ninguna manera pienso que seas perfecto, pero eres perfecto para mí.

El día que respiró profundo.

Era un domingo cualquiera y él se sentaba en una esquina de la casa a oír el Concierto Número Dos de Rachmaninov mientras caía la tarde. Lo hacía desde tiempos en los que no tenía recuerdos, cuando era un adolescente y no podía entender cómo la vida se iba escurriendo entre cosas irrelevantes. Sus tías eran unas viejas con las que había crecido y no entendían nada. Viejas de vestidos largos y olores a naftalina, viejas, que, a pesar de sus veintitantos años seguían mencionando su nombre en diminutivo. Nombre con el cual ya no se identificaba. Le gustaba la vecina de la esquina y cada tarde la miraba pasar arrastrando su vestido de señorita bien venida a menos. Lo sabía, su familia había perdido todo en una apuesta del tío, del tío que ahora no se tentaba el hígado para ofrecer a sus sobrinas e hijas como un tesoro preciado a los tipos más ricos de la calle y el barrio. Pero a él le gustaba ella. Esa sobrina. La que no se detenía para andar descalza en la calle y montar los caballos que ni siquiera los hombres querían montar. Los peores, los más cabríos.

Ahora la querida vecina, señorita bien venida a menos, era su esposa. Ahora tenían cinco hijos que crecían sin saber ni entender como una mujer tan fina podía andar en una casa en la que apenas había pan o las cosas necesarias. En una casa en la que él fumaba en todas las esquinas a cada momento y se llenaba de las notas de toda aquella música que nadie entendía. A la esposa se le iba en hacer malabares con el dinero y las raciones de comida; y a los niños, en estudiar para asegurarse el futuro que la mamá quería o soñaba para ellos.

Uno iba a ser doctor, el otro ingeniero, el otro economista, el otro maestro; pero de los de la universidad y la niña... La niña que se consiga un esposo doctor o ingeniero o economista o al menos profesor universitario.

Pero no, él se sentaba en una esquina de la casa mientras caía la tarde y la niña lo miraba desde la puerta de su cuarto entreabierta y ella quería hacer música como esa, o bailarla al menos y sentarse a fumar en la oscuridad como si nada más existiera. Eso quería. No quería usar vestidos a media pierna de algodón del más barato. Y quería ser como las mujeres de esos libros que leía en la tarde mientras la mamá no se daba cuenta y las baldosas rojas del piso se ponían cálidas con el sol que caía, que se esfumaba, que se iba.

Sabía que había demasiado en este mundo para seguir los deseos de una mamá frustrada y una familia en la que nunca iba a poder ser ella. Mientras el papá seguía fumando y la mamá construyendo el futuro de sus hijos y ella.

Ella.

Ella tenía doce años el día que respiro profundo y se paró frente al papá durante el minuet de Chopin. Que no quería ser la hija que se iba a casar con el profesor universitario, le dijo. Que su mamá no iba a entender, pero que él se la pasaba entre cigarros y música clásica y pensamientos que al parecer eran profundos. Que no quería, no iba a ser lo que los demás quisieran, que ni siquiera le llamaban la atención los profesores universitarios y que menos sabía para qué servían. Que no. El papá solo la miró entre otra bocanada de humo y algunas notas de Chopin que se deslizaban como si nada estuviera pasando. Respiró profundo y no supo qué decirle.

Era un domingo cualquiera y Chopin seguía sonando de fondo.