Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]

20141216

La única forma

Relato inspirado en "Learning to Fly" de Pink Floyd





El aire tenía un olor salado, el viento frío y las piernas me dolían. Eso que hice fue lo más idiota que pude hacer, eso y ponerme a pensar que podía hacerlo. Abrí los ojos y ví el cielo. Todo estaba allí: las torres, los ojos de miles que veían hacia abajo y las canciones. Todas esas canciones, voces, hablaban, decían, lloraban, reían. La cabeza me iba a estallar. No había luz, sólo sombras. ¿Dónde estaba? Sentía dolor, no podía ser eso. Los párpados pesaban, no había más que esa infinita arena y el viento, más viento. Y la arena. No me gustaba la arena.


La ví caer. Cayó lentamente sin ruido después de cerrar los ojos. Corrí hacia ella pero era tarde. Iba rumbo al agua, el aire la abrazó y la llevó al mar. 


Polvo y más polvo. Luego el viento, más frío. Como pude, me levanté, estaba sola. ¿Dónde estaban todos? Una gaviota volaba sobre mi cabeza . Sentí escalofríos y siguió molestándome el dolor de piernas mientras la gaviota volaba cada vez más bajo. Con un soplido, se deslizó sobre la arena a mis pies y tuve la impresión que me miraba. Ese animal sin gracia no despegaba sus ojos amarillos de mí y yo sólo me preguntaba qué hacía en medio de la nada, en plena noche. A lo lejos, la luna dejaba una estela de plata sobre el agua. No había olas.


Primero fueron las risas, luego las bromas y después la seriedad, esa mirada que me decía que hablaba sin ninguna duda y que lo pensaba hacer. Que era la única forma en que se sentiría valiente, que las alturas no eran nada si había algo adonde aterrizar abajo, me imaginé que estaba haciéndose la chistosa, que bromeaba. Estaba tan equivocado. Si hubiera sabido que no bromeaba, hubiera hecho algo, la hubiera dejado en casa ese día, no sé, la hubiera encerrado en su cuarto, hubiera hecho todo diferente.


Algo me dijo que podía alargar la mano y la gaviota no se iba a ir. Así fue. Pude poner mis dedos sobre su cabeza, no dejaba de verme. Sentí calor al tocarla, la tomé entre mis manos y me pareció tan suave que la abracé. Más calor. Ya no estaba oscuro, la arena se sentía más seca y sentí punzadas en el brazo, unas ganas horribles de llorar y menos dolor en las piernas. No lloré.


Creí que la iba a perder esa noche. Cuando la recogimos, estaba tan fría... Apenas respiraba.


Tenía más arena en las piernas que antes, podía sentir cómo picaba, la gaviota se movía en mis manos y no quería soltarla, me hacía compañía en ese lugar tan solo. Sonaban de nuevo las voces. Cantaban, susurraban. Volvió de nuevo ese frío y al final la gaviota se fue cuando comenzó a llover. Lo más extraño era que llovía sin ruido, no habían truenos, ni ruido del agua al caer sobre la arena, ni las olas sonaban con su arrullo. El cielo ya no era gris, sino de un profundo negro, nubes y más nubes, más oscuro. Volví a sentir punzadas, esta vez en las piernas.  Las voces se callaron. El único sonido era mi respiración, agitada con cada segundo, sin entender nada. La oscuridad me sofocaba, el silencio me aterraba, ese vacío, la soledad, todo  a mi alrededor sofocaba y daba miedo. La maldita gaviota ya no estaba, me había quedado completamente sola. No veía a nadie.


Nunca la había visto así. Ese día pasó de estar bailando sobre la arena a estar tendida sobre ella, de la peor manera. Le dije que sólo los pájaros volaban. Sus pies, tan pequeños, se hicieron nada cuando saltó. Ni siquiera los ví cuando iba cayendo.


El viento seguía, más frío. La lluvia se convirtió en escarcha, caía sobre la arena dejando manchas de agua y cristales en mi pelo. Pensé en buscar un refugio, algún lugar donde poder guardar el poco calor que me quedaba. Comencé a caminar, a correr y así pensé que entraría en calor. Seguí hasta que no pude más, las piernas me volvían a doler. Ví una roca enorme, con una gruta y entré porque allí al menos no me mojaría y podría esperar a que pasara la lluvia y la escarcha. Me senté a esperar, volvieron las punzadas. Y el frío. Y el miedo. Y esa oscuridad que no me dejaba ver ni sentir nada. No me quería quedar allí, necesitaba salir. Quería salir. Oí un ruido más adelante y me levanté, buscando algo distinto a toda la negrura y el frío. Ví un punto blanco y un aleteo. "No puede ser". Era la maldita gaviota, mirándome con la misma cara demente, esperándome. Caminé hacia ella, ví algo de luz y se levantó, volando bajo. La seguí, la luz se hacía más fuerte. Me sentía cada vez más ansiosa, más nerviosa, buscando sentido a todo: a las voces, las sombras, el frío, el viento, el agua, la arena, a la nada. La gaviota seguía volando y la seguía, paraba si yo me detenía. Quería que la siguiera. El lugar donde me había metido tenía una salida y había luz. No me importaba donde fuera, lo que quería era ver luz, alguien a quién preguntarle dónde estaba y por qué había terminado allí. No entendía.


No sé por qué saltó. Era uno de esos días en los que había amanecido de buen humor y no aparentaba tener otra de sus euforias. Cuando pasó todo, temí lo peor, pero respiraba. Estaba bien, dentro de todo. Las inyecciones no la reanimaban, la fractura de su pierna lo complicaba todo, creíamos que no reaccionaba por el dolor. Respiraba con dificultad y seguía lívida. 


Ví a la gaviota, escuché el aleteo con el que aterrizó al borde del abismo. Entendí lo que tenía que hacer. Estaba claro. Tenía que salir de allí de la misma forma en la que entré. Sudé de miedo, respiré profundo a bocanadas y corrí, sintiendo el viento de la caída bajo mis pies. Un grito salió a medias de mi garganta. No grité.


"Estúpida, mil veces estúpida. No me vuelvas a hacer esto. ¿En qué estabas pensando?"


Acostada, sentí sus lágrimas en mi hombro y ví su ridícula camiseta blanca con ese medallón que le regalé. Las luces del cuarto me cegaron un rato, pero al fin lo ví, tan llorón como siempre. Suspiré.

20141213

"Remember A Day" - Pink Floyd





          “La vida es más que eso” sonrió hacia la pequeña Amalia, quien le observaba desde el espejo, dibujando preguntas silenciosas en la profundidad de sus ojos negros y redondos. “Verás, Amalia, un día crecerás y todo eso, todo eso que te rodeaba, los juegos, los atardeceres de escondeleros y peregrina, las nubes rosadas dibujando pajaritos, las carreras de 'ladrón librado' y los 'pido tai', serán solamente un vago recuerdo de lo que fuiste, de lo que día con día dejarás atrás porque irás encontrando nuevos juegos…  dijo en voz alta mientras terminaba esa línea negra, delineando el misterio en su mirada de mujer, mientras delicadamente colocaba polvos dorados sobre su párpados.

          “Es duro eso de crecer. Siempre me lo dijo, sí Amalia, siempre lo dijo, pero es que nunca se es demasiado terco como para escuchar lo que las nanas tienen que decir” suspiró. Un rápido aire de melancolía pasó por su mirada pero así como llegó se marchó. Dejó las brochas en el tocador y observó el resultado de su meticulosa obra: un rostro perfectamente maquillado. De sus ojos negros se había esfumado la curiosidad de la pequeña Amalia, esa que quizás no regresaría más. Los labios relucían un rojo brillante y sediento de placer. De esa piel intacta, brillaba la sutileza de la juventud.

          “¿Dieciséis años? Dieciséis años no es edad para andar jugando a adulta.” le susurró al oído el recuerdo de don… don… ni su nombre podía recordar. ¡Niña! ¡Ja, nada de niña! Ya quisiera ese imbécil haber encontrado mujeres capaces de hacer lo que hago yo. se dijo a sí misma con esa altanería de mujer fresca. Recordó con una sonrisota de oreja a oreja la despedida mientras le entregaba en un sobre suma acordada.  “¿No me vas a meter en problemas verdad niña?” “No cariño, no te preocupés. Ésto nunca pasó.” Esbozó una sonrisa. Un guiño. Una carcajada maliciosa. Un beso al aire. Un adiós. Otro anónimo más.

          Clientes felices, dinero en efectivo. “Así se cambia en la vida, Amalia. Con el tiempo, ya no hay 'ladrón librado' más que eso que ellos libran contigo durante una, dos, tres horas. Ya no hay más 'pido tai’ porque nunca saben tu verdadero nombre y nunca saben dónde encontrarte. Ya no hay más nubes rosas que dibujan pajaritos, porque para eso está el dinero: para comprarte la libertad más temprano que tarde. Esos, Amalia, esos son los juegos que importan ahora.” dijo señalando a la Amalia que se reflejaba en el espejo. Apagó la luz y salió de cacería. Una vez más. 



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NGB.DA20141213



20141210

La mujer que aprendió a mirar













(Relato inspirado en Nobody Home de Pink Floyd) Por Flor Aragón

Es la típica barra de bar con la gente amontonándose después de una larga jornada de viernes, el humo de los cigarros flotando alrededor de las mismas pláticas de siempre y las empleaditas de oficina vestidas para salir, alzando las jarras a medio servir con marcas de lápiz labial por todos lados. Lía, vestida de gris, sin escote y de manga larga, no alza su vaso, no mueve sus manos con grandes gestos al hablar, es que ni siquiera habla, solo lleva la cerveza a su boca, solo le da un sorbo lento y eterno, abre los ojos de par en par y deja caer su mirada lánguida de color indefinido sobre el barman. Solo la deja allí. El barman sonríe. Sonríe otra vez. Le vuelve a llenar la jarra con cerveza.

A los catorce años Lía supo muy bien que no era bonita cuando se paró completamente desnuda frente a un espejo y se dio cuenta de que nunca iba a enloquecer a los hombres con sus caderas y trasero bien “dotados”, que su pelo jamás iba a caer desparramado por su espalda ni se iba a mover al viento como en los anuncios de champú, que no iba a ser ese tipo de mujer a la que los hombres voltean a ver cuando va por la calle y le silban o le gritan cualquier tontería, ni sería con la que todos quieren bailar en la fiesta ni con la que fantasean en las largas noches de calor e insomnio; mucho menos con la que todos se quieren acostar.

- No me mirés así, dice Gabriel, el barman, a Lía, esta vez con güisqui en las rocas y sin la barra abarrotada de empleaditas bulliciosas.


- No conozco otra manera de mirar, dice Lía bajando los párpados, mirando el hielo derritiéndose en el fondo del vaso, levantando lentamente la mirada. Las pestañas brillan, ayudadas tal vez por el maquillaje, tal vez por la luz de la lámpara que desde arriba cae sobre ellas.

– Das miedo, dice Gabriel sin poder mirarla directo a los ojos. 

- ¿De cuál miedo? Le pregunta ella mirando otra vez el hielo. 

- Del único que existe.

No era bonita, su piel lechosa, casi transparente, bajando sin forma definida ni curvas de la cabeza a los pies, se lo afirmaba. Las dos diminutas líneas rosadas que aparentaban ser labios y apenas dejaban espacio para la sonrisa, se lo repetían. La nariz aguileña imperando soberana en desproporción al tamaño de la boca se lo recalcaba. No era bonita, ni hermosa, ni llamativa, ni deseable, ni graciosa, ni divina, ni cualquier otro adjetivo que en ese momento ella pudiese imaginar. Nada de eso, solo sus enormes ojos de color indefinido brillaban en medio de toda aquella palidez, iluminando sin medida su rostro, casi todo su cuerpo, casi toda la habitación, casi todo el mundo.

Ya es casi rutina sentarse sin excusa, la noche que sea, a la hora que sea, a mirar a Gabriel detrás de la barra, siguiéndole los pasos, sonriéndole de vez en cuando, haciendo como si no mira de vez en vez, reorganizando el maní dentro de la bandeja, limpiando la humedad que deja el vaso con una servilleta, mirándose las uñas de unos dedos que tampoco fueron hechos para ser bonitos, para llevar un anillo. A él parece no importarle tener a esa testigo silente e implacable de todos sus movimientos, mucho más si al final de la noche, más bien de madrugada, ella lo espera en el callejoncito de atrás con unos cuantos tragos de más, la sonrisa de medio lado y la mirada lánguida languideciendo, para acompañarlo a donde sea. Menos a su casa. A ella parece no importarle que él sea casado.

Parada frente a su desnudez, inspeccionando palmo a palmo sus imperfecciones, decidió que ese par de ojos, enmarcados bajo el escaso pelo corto, cejas espesas y largas pestañas largas, era lo único que necesitaba para sobrevivir en el extenso mundo de las mujeres que llaman la atención al pasar, de las mujeres que siempre obtienen el mejor asiento en cualquier parte, de las que no hacen fila y que de alguna manera logran que hasta el sol se pare a verlas. Se acercó al espejo sin miedo, miró frente a frente sus ojos durante varios minutos sin ni siquiera parpadear. Eso bastaba, pensó. Así que sin más, a esa edad, Lía comenzó a entrenar su mirada para los diferentes gestos de la vida.

- Perdoná, pero esta vez no puedo descifrar que querés decir con esos ojos, dice Gabriel acercándose a ella y hablándole casi en el oído, porque las empleaditas bulliciosas alzan sus jarras, ríen, gritan, cantan a todo pulmón “Hey, teacher, leave the kids alone” en la noche de Pink Floyd. - ¿Qué esperabas? ¿qué me casara con vos? ¿qué te pusiera una casa? ¿qué te tire pétalos de rosa cuando pasás? ¿qué esperabas?, le pregunta, acercándose tanto como puede para no levantar sospechas, aunque a esas alturas nadie se fija en ellos, todos cantan enardecidos “All in all it’s just another brick in the wall”, el humo eleva su fragilidad alrededor de Lía, que mira sin sentido las gotas que van bajando por el vaso, que solo levanta una mirada profundamente vacía y la clava en Gabriel, que se mueve hacia atrás, sintiendo una leve y repentina opresión debajo de la garganta, cerca del pecho.

A los veinte años era toda una maestra para expresarse solo con un leve movimiento de los párpados. A los veinticinco podía interpretar cualquier mirada que quisiera sin ninguna dificultad, aunque estuviera sintiendo lo contrario; a pesar de la tristeza, podía lograr su mejor gesto de alegría; a pesar del amor, con sus ojos de color indefinido podía lograr una actuación de odio que convencía a cualquiera. Luego de haber alcanzado esos dominios, se dedicó por más de un año a perfeccionar la mirada vacía, tal como ella la llamó. Se la había visto a visto a Aníbal Lecter en El Silencio de los Corderos. Había leído en alguna parte que la idea de esa mirada había sido del propio Anthony Hopkins para volver más inquietante a su personaje y que había practicado por semanas para lograrla. ¿Por qué no yo? Se había preguntado Lía. El ejercicio consistía en pararse frente al espejo y mirarse directo a los ojos sin parpadear todo el tiempo que fuera posible. Lía practicó días, semanas, meses; cuando hubo perfeccionado su técnica supo que estaba lista para salir al mundo. Nadie podría hacerme daño, pensó. Estaba lista para clavar la mirada en su presa.

Todos los de cocina la miran pasar, acostumbrados a verla por allí casi todas las noches, el cocinero le sonríe amable, mientras al fondo suena una estúpida canción de Pink Floyd, got thirteen channels of shit on the T.V. to choose from. Que ya no podía seguir con eso, le dijo, que era por la esposa, le afirmó. Pero ella no está segura. La esposa no le importó nunca, es una de esas amas de casa, aburridita como cualquiera, pegada a Viva la Mañana de nueve a doce. I've got electric light. And I've got second sight. And amazing powers of observation. Está segura que es por la empleadita del mes, la que llegó a celebrar su ascenso el viernes pasado, a la que el escote le llegaba casi al ombligo, a la que el pelo planchado le caía brillante sobre la espalda. And that is how I know when I try to get through on the telephone to you, there'll be nobody home. Por la puerta de atrás de la cocina sale al callejón, el fondo se pierde en fuga con la oscuridad. Nada, solo un ruido extraño. I've got nicotine stains on my fingers. I've got a silver spoon on a chain. I've got a grand piano to prop up my mortal remains. Un ruido extraño que viene del fondo en donde apilan las cajas vacía de pedidos, cervezas, botellas y basura. Se acerca despacio y en silencio, con la mirada perdida en la oscuridad. Quisiera ser como gato, esperando que las pupilas de sus ojos color indefinido se dilaten para poder ver algo, está a solo seis pasos y no mira nada. I've got wild staring eyes. And I've got a strong urge to fly. Cuando ya está a menos de dos metros de las cajas puede ver la espalda de Gabriel iluminada por quién sabe qué luz, camisa negra de seda, pantalón negro también, desabrochado y abierto, cayéndole sobre el trasero. A un metro de distancia, la mirada profunda de Lía, entrenada para las más absurdas emociones de la vida, no puede dejar de incomodar a los dos amantes. Gabriel se voltea, deteniéndose el pantalón. Él, que con el tiempo ha aprendido a descifrar aquel impresionante derroche de expresiones, de pronto no puede entender esa mirada de papel, de historia sin terminar, esa mirada en blanco, clavada como dos agujas en sus pupilas. But I got nowhere to fly to. Parece que Lía ya no puede ver nada más que a él. Gabriel quiere hablar, pero su garganta se cierra, le falta el aire, abre la boca para decir algo... Nada. En cuestión de segundos cae al suelo ahogado por la angustia de la mirada que no pudo interpretar.

Lía solo da la vuelta, mientras Jorge, el gerente del bar, se termina de acomodar el pantalón y corre angustiado a llamar a una ambulancia.


Ooooh, Babe, when I pick up the phone, there’s still nobody home

20141208

La cuestión de la canción

Pequeño homenaje a Pink Floyd



















Luego que por varias semanas acariciara la idea de escribir en NonGirly Blue basándonos sí, en alguna canción de Pink Floyd, mi banda favorita de todos los tiempos, resulta que hoy, hoy, 8 de diciembre de 2014, se cumplen 35 años de que el disco The Wall fuera lanzado al mercado en Estados Unidos.

La semana pasada, como ya es costumbre, mi costumbre, les escribí un correo a las integrantes del blog anunciándoles que mi recomendación es Pink Floyd, pero que durante varios días me debatí por cuál canción seleccionar... Shine On Your Crazy Diamond, Learning To Fly, High Hopes, Nobody Home, mi favorita, estaban entre la lista. Desesperada por la cuestión de la canción llegué a hacer una encuesta en Twitter entre algunos de los “conocedores” para ver si  me ayudaban a dilucidar por cuál canción decidir. ¿Cuál es la mejor canción de Pink Floyd? Pregunté. @orusvilla, @robertodomin y @hinchadelrock dijeron que Comfortably Numb, Wish You Were Here, dijo también @hinchadelrock, Hey You, dijo @GVichez. Mientras yo, seguía escuchando y pensando si no sería mejor Run Like Hell, o la mismísima The Wall, o Money...

O, ya saben, la lista es larga.

Y, bueno, no nos vamos a poner aquí a hacer un tratado acerca de por qué Pink Floyd o por qué no, solo he de decir que los conocí por La Pared cuando todavía era una niña y una guerra empezaba en el país y que traté de hacer mi “tratado de Pink Floyd”, Roger Waters y The Wall aquí, y que luego, terminada la guerra y jovencísima conocí más de su música a través de los “amigos de toda la vida” y quien ahora es el querido que duerme a mi lado todas la noches y que Pink Floyd es inexplicable, y es solo una sensación y una compañía, un sonido y unas letras que, como dice la @sinrevelar, te cantan algunas verdades de vez en cuando, y te las repiten, y le dan sentido a muchas cosas.

Por eso.

Así que, emocionada de emociones incalculables, proclamé ante las integrantes de Non-Girly Blue que esta semana no sería una canción de Pink Floyd sobre la que nos inspiraríamos, sino que, sobre muchas. Que cada una puede seleccionar la canción del grupo que prefiera... Y sí, que este sería como un homenaje al grupo.

Y sí, sin recordar que ahora se cumplen los 35 años del lanzamiento de la pared.

Y sí, esperemos a ver que resulta de este sincero homenaje a una de las mejores bandas de todos los tiempos.

20141201

"Al Lado Del Camino" - Fito Paez



          Meciéndose en la hamaca, Anastasia escucha el creciente atardecer de un domingo pintándose de nubes rosas, de viento juguetón despeinando los palos de mango componiendo melodías con las hojas y los cantos de pericos anónimos, de esos pocos que todavía pasan.

          Un eco de risas se escucha detrás de las paredes, en algún lugar de la casa del vecino; las risas de los niños mezclándose con los ladridos de ese perrito blanco, enano y altanero que siempre se acerca a los conocidos de la colonia; a lo lejos, un cumpleaños; una piscucha surcando libremente entre el cielo azul grisáceo; unos niños jugando fútbol en el parque de la colonia, los gritos de un gol bien logrado y las quejas de los que van perdiendo; la despedida sonriente a la visita. Las luces amarillas que se encienden detrás de las cortinas de encaje blanco. Abajo, los pasos de Doña Ana como staccatos, marcando rítmicamente el paso del tiempo con el tic-tac del reloj que cuelga de la pared. La puerta de la alacena abriéndose, el sonido de los platos de siempre, de blanca porcelana, las palabras desarticuladas de algún programa en la televisión, el olor a plátano frito, a frijoles, a café. 

          O-Yarkandal se cierra sobre el regazo de Anastasia quien lentamente se desvanece con el arrullo de costumbres, de hogar, de familia; del domingo que se marcha en sombras tenues y en brisas juguetonas; que se pinta de índigo dándole paso a la distancia, a la sonrisa lunática que asciende hora con hora, a los pequeños temblores de brillante locura

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NGB.DA20141201

20141124

La sonrisa del adiós

Mientras la abrazaba -un abrazo que duró más de lo usual- escuchó un silbido fino y largo. Era un silbido delgado como sus brazos y frío como el viento que entraba por el vidrio roto de la ventana.

La encontró en el suelo cuando entró a la habitación. Ya le había dicho que cuando decidiera morirse, tuviera la decencia de esperarla. Que por ningún motivo se le ocurriera morir sola.

Casi le contradice; pero logró esperarla. 

La vio en el suelo con la misma tranquilidad con la que vivió. En paz, siempre presente y muy consciente. Hasta sonriente. La vio desde el marco de la puerta que le sirvió para detenerse por el susto y tratar de entender -en un segundo- que había llegado su hora.

Se conocieron quince años atrás por pura casualidad. Uno de sus novios de esa época las presentó. A él lo recuerda no solo por haber sido un tipo decente, también por haber propiciado ese encuentro por el que seguía eternamente agradecida. 

Era una época de muchos cambios para ella, de muchas despedidas juntas y de sentirse como un aeropuerto donde la gente llegaba, se iba y nadie se quedaba. Hacía la broma de ser una eterna puerta por la que la gente cruzaba sin detenerse mucho tiempo. Reía de su metáfora para ocultar lo mucho que le costaba acostumbrarse a ese karma de ser puerta en lugar de un cómodo sofá.

En ese ir y venir de gente, países y cosas, decidieron hacerse amigas y vivir juntas para paliar como equipo sus problemas y hacerlos mitad para que pesaran menos. Esa relación creció como los cerezos en oriente: con reverencia, paciencia y mucha vistosidad hasta ser un símbolo de algo infinito.

Esa amistad desafió prohibiciones, tiempo, enfermedades, pobreza, noches de insomnio y cientos de dudas. Las dos se convirtieron en el camino de la otra.

Una aprendió a vivir el presente sin preocuparse tanto por el futuro. La otra aprendió a confiar, que era lo que más le costaba, al venir de donde venía. Una familia numerosa que poco se había ocupado de ella.

Cuando la amistad cumplió diez años, comenzaron los cambios. El invierno llegó a una de las cabezas y la sombra del tiempo se acomodó en sus para nublarlos. Su salud comenzó a decrecer mientras trataban de ignorar lo obvio para no adelantar el final.

Las alegrías siguieron igual a pesar del dolor de huesos. Los abrazos y apretones continuaron a pesar de la respiración cansada. La comida compartida, las siestas juntas y sentarse en la terraza para ver llover, siguieron como actividades favoritas sin mencionar nada más.

La que quedaba, entendió lo que tantas veces había escuchado: aquí y ahora, no hay más que el presente, hay que disfrutar y amar cuando se puede porque no se sabe cuándo será la última vez. Así fue como aprendió a vivir, cuando al fin estuvo consciente que había un final sin saber cuándo y no quería sorpresas.

Una tarde, en pleno invierno, cuando una regresó del mercado, la llamó para contarle que había encontrado de los mangos que tanto le gustaban y piña muy fresca para calmar sus antojos. Cuando nadie respondió, el peso de la soledad le cayó como yunque en el pecho y se le instaló un frío que le abrazaba cada vena hasta congelar sus pies. Levantó cada rodilla que pesaba una tonelada de hielo para buscarla, creía que la llamaba pero de su boca solo salía aire. La encontró enrollada detrás del sofá con dolor saliendo de sus ojos. 

Con mucho esfuerzo la cargó hasta la alfombra, le puso toallas calientes para cubrirla y masticó un remedio casero que luego puso en su boca. Como las mamás pájaros hacen con sus crías salidas del cascarón. Ese remedio llevaba más amor y paciencia que medicina.

Para tratar de quitarse el peso del susto que le duró varios meses, un día la sentó al sol, le puso una fotografía de ambas a sus pies, la tomó de las manos y le dijo:

Sos un ser maravilloso por el que agradezco cada día
Con vos he aprendido a vivir, más que a estar viva
Decidí dejar de pensar para imitar tu simple sentir
Esa simpleza de estar que tanto me alivió la soledad.

Has sido una maestra en respirar
Una manta al sol
Representas la mayor nobleza en tu mirada
Sin juzgar, ni pedir, ni mentir
La autenticidad en un constante dar
El verdadero significado de estar conectada con algo más
Ahora sé que vienes del más alto bien.

Gracias por tu fuerza, tu honestidad, tu tiempo y tu paciencia
No he sido la amiga que debí; pero te he amado a ami manera
Gracias por tu vida en la mía.

Esa noche sintió que alguien se sentaba a la orilla de su cama y le sobaba los pies. Pensó que el susto que se le había instalado aquella tarde había decidido perdonarla y soltarla.

Por si acaso, a veces iba a verla a su cama y le ponía la mano en el estómago para sentir que subía y bajaba. Para sentir que sí respiraba.

Otras, le daba un besito en la frente y llegaba hasta la ventana para que el suspiro de alivio saliera y no regresara. Lo último que necesitaba era llevarse más suspiros a la almohada y desacomodar su tamaño.

Cuando despertó, muy temprano antes que el sol, escuchó cantar a lo lejos una aurora. Cayó de rodillas suplicándole a la vida que fuera lo suficientemente lejos para que se llevara a alguien más.

Salió a hacer sus mandados con su nombre en los labios. Pasó por la calle principal que ya vendía la época en canastos itinerantes. Dobló por la iglesia que repicaba campanas de otra fe. Siguió por la fuente del parque central que le trajo un silbido a sus oídos. En ese momento decidió desandar el mismo camino. 

Llegó a la casa y sin saber nada, su instinto la llevó hasta donde estaba. Levantó su cabeza y la puso en sus rodillas, arrastró de la cama la manta que a veces compartían y la cubrió. 

_Gracias por esperarme. No quería que te fueras estando sola. Ya vine, ya vine.
Aunque me ayudarías mucho si pudieras esperar un poco más. No estoy segura de poder seguir sin vos. No estoy segura de estar lista. No lo estoy. No lo estoy. No lo estoy.

[silencio]

Con una mano le tapaba los ojos y con la otra espantaba al ángel oscuro que le seguía silbando al oído. Estaba segura que si no se veían, no se la llevaba. 

Las dos terminaron como siamesas en el vientre de la Tierra. En el suelo y de frente. Como flotando en un espacio solo de ellas. Cuando cruzaron miradas, sonrieron. 

Vio una pequeña luz dorada salir de su boca, rebotar en su nariz, en la cama, en el espejo y detenerse flotando en la ventana rota. 

Desde el suelo y con los ojos muy abiertos y mojados, le tiró un beso hasta la ventana y le hizo una reverencia, como antes se saludaban a los maestros, a los reyes que daban favores y a los sabios que veneraban al sol, el mar y el fuego. 

Una reverencia que seguía guardando esa última sonrisa. La sonrisa del adiós.



20141118

Se supone



Hay mucha gente en el mundo, pero todavía hay más rostros, pues cada uno tiene varios. - Rainer Maria Rilke

Relato inspirado en Al lado del camino de Fito Paez




Era de esas personas raras a las que no les gustaba lo que a todos, que se escondía en los funerales porque de repente se acordaba de chistes de hace dos años y que no tardaba en decir que un bebé no se parecía a nadie y era feo o que la novia no era bonita y los difuntos no habían sido buenos. Espantaba a la mala suerte con un buen porro a sus dieciocho pero terminó rezando Padre Nuestros en una capilla de hospital cuando su viejo se ahogaba en su propia sangre. Cuando vió que salió de esa, se dijo a sí misma que diría un Padre Nuestro todos los días antes de salir de casa, por mucho que jamás entrara a una iglesia y que no diera limosnas. Lo hacía más por superstición que por fe, pero le servía para serenar su corazón.

Se suponía que fuera a salir igual que su viejo: bochinchera, fumadora y viajera pero resultó todo lo contrario. Nadie se imaginaba que detrás de su mirada tibia y líquida se escondiera lo que de verdad esperaban que fuera: una copia exacta de su padre. Si él salía, allá iba ella colgada de sus piernas; si él cantaba, detrás estaba ella golpeando tambores de cacerolas y ollas viejas. Pero eso fue cuando era una niña. Estaban los dos solos pero juntos y bien revueltos. Luego siguió su camino, como se suponía que debía ser. Se afanó siempre en ser lo que se suponía, no lo que los demás esperaban que fuera ni lo que quería ser.

Por fuera se mostraba tranquila, con una seriedad eterna clavada en la cara, de cejas firmes y un aire de santa que fastidiaba. No sabían que por las noches salía de farra con amigotes de bigotes escandalosos y que cantaba a gritos lo que se le pusiera enfrente, sin importar que fueran mariachis o merengues. Fumaba de vez en cuando porros a escondidas porque le gustaban, pero entre familiares nunca tocaba ni siquiera una copa. Todo era por el puro afán de llevarles a todos la contraria, en realidad se sentía feliz de ser como su viejo, adoraba su espíritu que vivía desconectado de todo, contento sin aparentar nada. Se encerrada dentro de su cascarón de mujer aburrida para no tener que dar explicaciones y ya. Le había funcionado hasta ahora, pero se estaba cansando.


"Se supone... se supone un carajo. Hablo sola, ya estoy camino a volverme loca."


Estrella pensaba en mil cosas que decirle mientras sobrevolaba el océano. Al llegar a Madrid, todavía no tenía pensado que le diría a su viejo, pero la idea iba tomando forma. Mascaba el diálogo imaginario, le daba vueltas en su cabeza y se encogía de angustia porque lo que menos le gustaba era tener que dar explicaciones. Debía tomar un autobús para llegar al pueblucho de nadie donde su viejo se había instalado, tenía todavía un buen rato para seguir volteando las cosas y encontrar las palabras correctas.

Quería imaginar su cara, cuando ya tranquila y llena de mil emociones, pudiera abrazarlo y decirle: "Viejo, soy igual a vós. Ya me harté de este teatro. ¿Te acompaño con mi guitarra y un porro?"

20141117

Al Lado del Camino - Fito Paez


¿Por qué recomiendo esta semana al gran Paez?. Pudiera dar mil explicaciones sobre el pilar fundamental que es Fito para la música. Hablar de su talento, de su personalidad, de su misterio y su presencia absoluta en un escenario. Pero eso sería inventar el agua tibia.

Esta canción es mi padre nuestro musical. Es la que canto al despertar para agradecer mi vida y la que recito llorando cuando alguna emoción me rebalsa. Acabo de cumplir años y es la canción con la que celebro mis cierres de ciclo para agradecer lo vivido y soltar lo aprendido.

Al lado del camino ha sonado en mis oídos en aviones, trenes, barcos, montañas y playas. En encuentros felices y ansiosas despedidas. He procurado ponerle este ritmo a cada paso. Es la letra que me hace estar consciente en un presente total. Disfrutar aquí y ahora. Ser y estar. Solo hoy.

"Rock and Roll Dreams Come Through" - Meatloaf




          Julieta se sentó a escribir todas esas historias que la hicieron ser quien era: un rostro sin nombre, un alma en oscuridad, un corazón sin aire. Las palabras encontraron un catalizador monótono de dedos tecleantes en una máquina de escribir oxidada. “Que se oxide el mundo menos la memoria. Que se oxiden las teclas menos las palabras que me harán recordar la persona que ahora soy y que dejaré de ser mañana”, escribió conclusivamente en el blanco papel.

          Sin titubeos, arrancó la página del rodillo negro. Colocó otra página, intacta. Escudriñó la blancura del papel y sus ojos se cubrieron de una fina capa de lágrimas. Era una lástima tener que manchar semejante blancura con su verborrea y sus verdades a medias, pero era lo único que sabía hacer: escribir. Escribir como si fuera el fin del mundo; escribir porque la voz se le escondía cuando intentaba hablar; escribir porque era el papel la única medicina para su ansiedad, su soledad, sus huesos fríos y el único remedio comprobado para ese hormiguero mental, ese que se alborotaba ante los pasos inesperados de la verdad.

          Tecleó en automático, tecleó leyendo entre líneas, tecleó entre cigarro y cigarro. Tecleó hasta que el papel la observó derrotado, con mil impresiones de letras en su blanca piel. Hasta que ya no había espacio para otra letra más. 

          Entonces tecleó un punto. Un punto que desvanecía todo el ímpetu y toda la furia que había descargado letra tras letra. Un punto que apaciguaba cualquier agitación y dejaba caer la consciencia en el sopor nocturno de ansiolíticos, de taquicardias, de sed, de ausencia de movimiento, de nudos de manos estáticas en la cama flotante. Un punto que se cerraba como una puerta dejando la habitación en paz absoluta.

          Un. Pun. To. Y. Fi. Nal.



NGB.DA20141117


20141112

El partido

Relato inspirado en Rock' n' Roll Dreams Come Through, de Meat Loaf.

A M.E.
Porque siempre quise verlo en un partido


Eduardo salió corriendo al sonar el timbre, jamás había sentido entusiasmo en lo que llevaba de ser adolescente... hasta que descubrió que tenía una habilidad: jugar fútbol.

Nadie le tenía fe. Es difícil vivir así, sin que nadie espere nada de ti. Es otra forma de vacío, es otra forma de muerte. Jamás entendió porque le pedían todo, sin recibir nada, ni siquiera eso, un poco de fe. Todo aquello mutaba cuando tomaba un balón.

Junto a Eduardo salieron todos sus compañeros, unos a la tienda de la escuela, otros a sentarse bajo un frondoso árbol, unos a ver si practicaban las tácticas para conseguir novia y las chicas a practicar las tácticas para hacerse las difícil. Pocos corrían hacia el pedazo de terreno que servía de cancha de fútbol. Era el pedazo más abandonado de la escuela, el jugueteo de varias generaciones de cipotes hacía imposible que creciera algún asomo de vegetación, todo era polvo. Los mismos de siempre se hacían presente y con piedras, palos o lo que se pusiera a mano se colocaban las porterías. El partido iniciaba con el característico cabeceo de los capitanes, uno de ellos era Eduardo, y luego venía el proceso de elección de los miembros de cada equipo.

Rodaba la pelota, vieja y un poco ahuevada de tanto uso y abuso; nada importaba, más que echar goles. Eso y ganar.

El recreo era lo único que los separaba de las vidas que dejaban en pausa al salir de sus casas, afueran quedaban los hermanos chillones, las hermanas a las que había que defender de "bichos patanes", las cosas que no entendían de los adultos, Todo quedaba fuera de ese terreno de juego, las malas notas, las quejas de la profesora, el miedo, los enamoramientos. Todo.

La pelota llegó a los pies de Eduardo, siempre fue bueno para jugar, siempre se lo dijo su papá y todo hombre que lo veía patear. Recordó las tardes de sábado cuando su papá los llevaba a él y a sus hermanos a un parque para que participaran en un torneo infantil, Recordó los  "Uuuuuuuh" con cada gol fallido, los gritos a los árbitros cuando el niño más grande les entraba duro, cometiendo una falta a las reglas del juego, los "ya vas a ver, si en el siguiente partido van a ganar", recordó que, desde siempre, ha querido vivir del fútbol, del juego, de la emoción, de la lágrima que brota ante el gol. Recordó que siempre el que echa el gol es el héroe. Apuntó, vio la oportunidad y lo siguiente que vio al abrir los ojos, luego de dar una patada fue cómo el portero se barría y no lograba hacer contacto con el esférico y nuevamente era el héroe. El campeón.

Sonó el timbre, termina el recreo. Todos los cipotes inician su peregrinaje al aula, Eduardo no quiere regresar, quiere vivir de su sueño, quiere seguir anotando goles, quiere cambiar el terrenito de la escuela por una cancha engramada, por un estadio profesional. Eduardo toma el esférico-huevo, lo acaricia y piensa... "mañana voy a echar otro gol".

Los zanates no cantan

Advertencia: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. 


Relato inspirado en Rock & Roll dreams come through de Meat Loaf.



Después de todo, la tarde se les había ido en risotadas y chistes. Xavier tocaba la guitarra mientras la Sequilla cantaba y el Zanate se encargaba de la batería. No sonaban lo mismo sin el bajo. Que parecían cuchumbos de leche, les dijo el papá de la Sequilla. Al fin, se hartaron y salieron a la tienda por una gaseosa y chucherías. Eso fue antes que se fuera el Zanate. Entonces todavía se reía la Sequilla. Pasó varios años esperando a que volviera hasta que se aburrió de nuestras burlas. Ya después volvió a regalarnos sus risas feyas.

Era una cosita de nada, puros huesos y pellejo con una sonrisa de dientes torcidos, amarillos por el cigarro. En aquel entonces tenía ocho años menos y más cargajadas encima. Las camisas le colgaban y la confundían con un bicho, nunca envejecía. Sólo sus manos nervudas la delataban, esas mismas manos con las que hacía tatuajes para sus compañeros, especialmente para el Zanate. Eran como hermanos. Se reían de las mismas cosas, tenían los mismos dolores y oían las mismas canciones.

El Zanate era enjuto, igual a la Sequilla. Morenito, feo, nariz pequeña y ojos de alcancía pesetera. No le gustaban el apio, la mayonesa ni los cobradores de los buses. Vivía para sus cuchumbos de leche, golpeando sus tambores con todo, aprendiendo con cada sacudida de la baqueta cómo sonar más como Dave Grohl o Dave Lombardo y menos como el chorreadito que era. Se debió haber llamado Dave, decía. Quizás algo de la magia de esos gringos se le hubiera pegado, pero los que lo conocimos bien, sabíamos que no. No tenía sentido del ritmo, tocaba sin ton ni son. Pero igual lo dejaban tocar porque no había nadie más que aguantara esas sesiones que duraban toda la noche. Si le daban instrucciones, cumplía.

"Cuando la Sequilla grite y diga "más", le tenés que dar cuatro veces al cuchumbo del centro y una al de la derecha. ¿Oís?"
"Va. Cabal."

El Zanate obedecía.  


"Cuando la Sequilla levante el brazo antes del coro, sacudís los palitos para hacer bulla así como de maraca. ¿Mentendés?"
"Simón. Va".

Terco, el Zanate obedecía.


Para ser un veinteañero, tenía mañas de mocoso. La Sequilla le daba dulces entre ensayos para tenerlo contento y el Zanate seguía hasta la madrugada o hasta donde el cuerpo aguantara. Hacía todo, pero no podía estar callado, sin hacer preguntas.

"Que jodés, Zanate. Maje, ni cantás y cómo jodés. Mira la Sequilla, no jode y canta."
"Los Zanates no cantamos, vó... Pero hacemos las cosas. Aunque nos cueste." El Zanate se reía.
"Sólo de chiva vos. Seguí, ve. Sigamos". 


Comenzaron a tocar. Entonces, ya no estaban en la cochera. El Zanate cerró los ojos ante las luces imaginarias del gran escenario que tenía enfrente y ya no tocaba sólo la batería. La guitarra se veía bien en sus brazos, reluciente. Y cantaba. Y los palitos bailaban en sus manos. Ya no era el Zanate, era una estrella.

Divertidos, los demás lo miraban. La Sequilla sonrió.


"Mirálo cómo está de ido. Sí que le gusta practicar, por mucho que joda." 


20141110

La niña blanca. Salmo 91



Esa mañana la casa olía a caldo de gallina. Todos caminaban rápido y sin hablar para evitar tocar el tema. Las cocineras sudaban cilantro, las encargadas de los animales destilaban olor a leche recién ordeñada, la nodriza igual y todas hacían sus tareas cotidianas viendo hacia abajo para no llamar a la mala suerte ni con el pensamiento.

Sabían que los gritos que habían escuchado anoche significaban algo malo; pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta. La niña más pequeña de la casa tenía la virtud de ser un hermoso bloque de queso blanco con sonrisa de porcelana y mirada de ángel; pero cuando soñaba que se le caían los dientes, era porque alguien iba a morir.

Por supuesto que no hay una lógica en eso. El mundo onírico siempre ha sido visto de menos, con recelo, con un completo escepticismo por todos en el pueblo. Incluso por los dolientes que aún lloran esas 'coincidencias' de sus familiares fallecidos.

Nadie creía lo que ocurría con la niña blanca de la casita al final de la calle. Pero todos le temían.

En la puerta desvencijada habían clavado animales muertos para "ahuyentar al demonio", recipientes con todo tipo de sahumerios, macetas con hoja de ruda, fotografías de los enfermos para ver si la niña soñaba con alguno y les avisaba a tiempo para prepararlos antes del rigor mortis cuando ya costaba vestirlos o fotos de los recién nacidos con la esperanza que la niña aprendiera a ignorarlos y les diera tiempo de vivir. incluso hojas sueltas de la biblia en el capítulo 91 del libro de Salmos, versículo 5, donde reza:


No tendrás temor de espanto nocturno,
 Ni de saeta que vuele de día;

Ni de pestilencia que ande en oscuridad, 

Ni de mortandad que en medio del día destruya.



Nadie sabía exactamente cómo era el procedimiento de soñar con dientes caídos, llenos de caries, o en el dentista del pueblo, con encontrar a alguien en su último aliento. Si no se hablaba de ello, mucho menos era posible establecer la conexión entre las pesadillas de una mocosa de familia bien, venida a menos y su amistad con la muerte.

A doña Jacinta la encontraron en la cocina. Murió sentada en la mesita del desayunador mientras ponía la corteza superior de su famoso budín de plátano. Vivía sola desde que su único hijo se fue a la guerra. Nunca nadie se atrevió a contarle el verdadero final que tuvo. En lugar de darle la noticia al poco tiempo de partir, decidieron escribirle una carta falsa por año, justo para su fecha de cumpleaños, diciendo que la extrañaba y que todo estaba bien.


Don Eleuterio cayó por las escaleras del sótano. Cuando la niña blanca estaba despertando de una pesadilla donde gritaba "¡dientes! ¡DIENTES!" siendo zarandeada por una de las nodrizas, el padre del panadero del pueblo rodaba como los bollos franceses que habían hecho famosa a su familia por generaciones. "Infarto fulminante" dijo el médico.


Ese médico bien sabía de infartos porque semanas antes había enterrado a su hermano mayor. Medio hermano, la verdad. Hijo de su padre con una lugareña varios años antes. Por más que trataron de aparentar que al llegar al pueblo con su señora, ya traían al niño; era bastante obvio que con ocho años de diferencia entre ambos, era hijo de bastardo. La santa madre del doctorcito, doña Abigail,  se mantuvo en esa versión hasta su muerte. Incluso al confesarse en su lecho de enferma, el padre Avelino fingió no saber nada y le dio la bendición de inmediato antes que la niña tuviera otra pesadilla con sus dientes de leche y el padre tuviera que salir corriendo a otra visita.


Así pasaron los asustadizos vecinos un buen tiempo. Se reunían en diferentes casas para hacer rezos, compartir recetas de quemas, incienso cuando había algún recién nacido, prestarse hierbas y biblias cuando estaban en tiempos precarios y comprar las velas rojas que estaba haciendo Balbina, tátaranieta de una de las fundadoras del pueblito, quien acababa de salir del novenario de su madre; pero había decidido usar luto riguroso. Más por su soltería que por la muerte cercana.


Esa noche todos durmieron bien. Después de varios años de angustias nocturnas, murmuraciones vespertinas y pordioses en cada esquina, esa noche todos durmieron bien. Unos con sobredosis de té de floripondia, otros con intoxicación leve de humos que mezclaban hierbas aromáticas para evitar insomnio, otros simplemente cansados de rezar a la luz de las velas rojas. Tan tranquilos y en paz, que ni siquiera se dieron cuenta a la mañana siguiente del alboroto que causó la muerte de la niña blanca.


Como pudieron, la familia logró pagar a un amigo del doctorcito para que llegara de un pueblo vecino y más evolucionado a hacerle una autopsia a la casa. Lavó la mesa de madera de la cocina donde estaban las piezas de pollo descuartizado que dejaron listas desde la noche anterior para celebrar su cumpleaños número 6, le dieron mantas blancas recién hervidas para no contaminar su cuerpecito blando con los instrumentos sucios:


_"Arsénico", dijo con voz ronca el médico visitante.