Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
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20170224

Tipos de rosario


Relato edición "Yo fui una vez" de Silvio Rodríguez

Existen tipos de rosario, así como hay todo tipo de días: los días nublados que se alían con un sol canicular que propaga el vapor y el dolor, son días que caben esta tipología de días que se encuentran descritos rigurosamente en la agenda de 2008 de Cynthia. La mamá de Cynthia coleccionaba rosarios de todo tipo, y ese día no estaba pensando en ellos. 31 grados, dos baldes; La Herradura, Merliot; ¿habrá algún tipo de vino que se llame Merliot? Cynthia se levantó (cuando es de noche, desde las mesitas de madera de la Herradura de Merliot, no se nota el vapor inusual de la mitad del año) y en la cola –––que siempre se hace, que nunca termina– se despreocupó por lo que ocurría en la mesa, en la barra, en el pasillo, en la calle. Tres personas delante de ella tenían que orinar (o ajustarse el sostén, o putearse a sí mismos con un poquito de agua en la frente o…) y era, al fin, un privilegio no huirle a sus estupideces. Se imagino tocándose el vientre, porque sus manos no lo sobaron, no tal cual… Buscó cómo acomodarse sus manos, en esa fila, esa noche húmeda como la mañana con nueve días de retraso en los que se sintió los senos más grandes, hasta que encontró cómo colocarlas en las bolsas del pantalón ajustado y desteñido… Se las mordió, antes, justo antes de resignarse con las palmas sudadas al efecto de esa noche. En un par de años, no le fuera a causar este estrés. ¿Qué más va a hacer? Manejar, mantener al niño, y estar soltera y, de alguna manera, trabajar y estudiar; ¿pero en qué órden? Y cuando el tipo barbudo y brilloso salió del baño, perturbando el orden de la cola formada con mucha gracia sobre el suelo mojado por el vaivén de baldes y hieleras, volvió a ver a Cynthia y bajó un poco la mirada. Con sincronía imperceptible, el hombre, factor de disrupción de la cola, le vio el escote a la muchacha y reveló un rosario muy similar al –así como hay tipos de días o días de todo tipo, hay distintos tipos de rosario– al que cuelga del cuello de la lámpara de la mesa de noche de la mamá de Cynthia. Su “Él” usaba un rosario muy similar, y rebotaba contra su pecho cuando estaba encima de ella, y aquel ir y venir distorsionó el significado de cada perlita de madera y la única salida era rezarle a otro tipo de rosario, que no le recordara a ninguno de esos hombres. Después de la ida al baño, verse en el espejo, buscar una barriga nueva en su perfil contra el espejo sucio del bar, regresar a la mesa a fingir que todo está igual de bien o de mal que siempre, Cynthia se iría a dormir con un rosario turquesa, sin ninguna perlita de madera.

20170221

Hubo una vez

Relato-recuerdo inspirado en Yo fui una vez, de Silvio Rodríguez


A la que me acompañó en mi primera noche de espanto


Aunque esperaba aquel día con ansias desde hace semanas, Judith no vio nada distinto a otros amaneceres, estaba acostumbrada a ver levantarse el sol desde muy niña, cuando se levantaba muy temprano y salía del rancho a levantar el cerco para que las cabras salieran al potrero a comer, luego le daba maicillo a los pollos y después dedicaba todo el peso de su cuerpo pequeño y delgado a sacar agua del pozo para cocer el maíz que usaba su mamá para echar tortillas.

Aquella madrugada era igual que aquellas con una rutina rural establecida. No había nada distinto. Excepto el arma que tenía en el regazo, abrazándola como última esperanza de una vida que quería que fuera distinta. Aún se veía la penumbra cuando alcanzó a ver unos ojitos asomándose en los primeros vidrios solaire de la casa donde estaba refugiada. No tuvo miedo por primera vez en las últimas 24 horas. 

El silencio se había instalado al fin. Judith se había separado de su célula en medio del combate, su unidad intentaba repeler a varios soldados apostados en la base del cerro, en medio del cerro había una colonia y justo en la noche el ejercito había estado tirando bombas desde un helicóptero así que les tocó bajar hasta aquel caserío de techos de duralita ondulada. La estrategia era llegar al punto más alto de la colonia y desde ahí atacar hacia los cielos. 

___

La noche parecía eterna, tenía cinco días de no ver a su papá, aquella guerra de la que siempre había escuchado al fin se veía cercana y palpable, nadie podía entrar o salir de la colonia y a ella le tocó vivir aquellos días sola con su mamá y su hermanita menor. No lo decía, pero tenía miedo. 

El primer día le ayudó a su mamá a acomodar toda la vida hogareña para sobrevivir. Levantaron los colchones de las camas y los apoyaron sobre las ventanas de la sala y los cuartos, excepto del cuarto que daba al patio, porque ya no alcanzaban los colchones, de todos modos ese cuarto y el que daba a la calle no iban a ser usados, las tres dormirían bajo la mesa del comedor que metieron a rastras en el cuarto de en medio. 

Dormir nunca había sido fácil para ella y aquellos días y sus noches no había podido dormir mucho, la asustaban los pasos secos y pesados que se escuchaban sobre el techo de su casa. "Son los muchachos", le decía su mamá a manera de explicación que buscaba dar alivio. Por precaución tenían prohibido ella y su hermana salir a la calle y al patio. Aún así, ella se las arreglaba para asomarse a la ventana que daba a la calle para ver si milagrosamente aparecía su papá bajo el árbol de mangos que daba la bienvenida a su casa. 

Aquella madrugada escuchó más pasos que las noches anteriores, además de escuchar el helicóptero que sobre volaba muy bajo, no estaba segura si su mamá y su hermana escuchaban lo mismo que ella, con la agilidad que siempre tuvo se fue deslizando hacia fuera de la mesa del comedor y salió con pasos de gato, se sentó en los sillones de la sala y solo se quedó viendo hacia la duralita ondulada que le anunciaba que mucha gente caminaba sobre su cabeza. 

____

De pronto lo sintió. No fue dolor, fue un fuego que le pegó en la parte de atrás del muslo derecho. No dijo nada, vio a sus compas seguir el camino y ella, para no atrasarlos, solo se hizo a un lado del techo, se refugió entre las ramas de un árbol de marañón y vio hacia abajo, el patio era un espacio libre, solo había una pila y un enorme barril que supuso Judith que estaba lleno de agua. Sintió sed de solo pensar en el líquido. 

Arrastró su dolor y abrazó su AK-47, decidió que debía refugiarse si no quería recibir otro disparo. Se alegró de tener la experiencia de subir y bajar árboles desde que era una niña allá en Aguilares, se terció el fusil a la espalda y con todas las fuerzas que le permitieron sus brazos se abrazó al marañón y fue bajando, despacio, procurando no hacer ruido, solo el frotar de sus ropas asperas contra la corteza del árbol la delataban. De pronto no pudo más y faltando metro y medio para llegar al suelo se soltó y cayó al patio. Gimió de dolor al caer y el instinto le indicó que debía estar sentada, fusil en mano, apoyando la espalda al gran muro que separaban el patio de esta casa con el patio de los vecinos.

___

De pronto lo sintió. No era miedo, era pura curiosidad, unos pasos sonaban distintos a los que acababan de pasar y luego el silencio, sintió cómo el árbol emitía un sonido distinto al que daba cuando el viento lo mecía. Siguió el consejo de su mamá al pie de la letra: cuando sospeches que alguien desconocido está en la casa, no importa dónde, tirate al suelo. Cuando terminó de pensar en eso, su pecho ya estaba en contacto con el piso helado. En vez de regresar al cuarto con su mamá y hermana, se fue deslizando hacia el cuarto que daba al patio. 

Su corazón latió más fuerte y rápido cuando escuchó un golpe seco, como cuando alguien deja caer un saco de papas, luego escuchó un gemido. Reconoció el dolor ajeno. No se atrevió a asomarse por la venta, el instinto le indicó que debía sentarse justo abajo de la ventana, apoyando la espalda al muro que la separaba del patio. 

___ 

Silencio. Ninguna dijo nada, ambas se morían de apoco. Más de diez años las separaba. Todo las separaba, un muro, un arma, la edad, los estudios, el origen, una ventana. Solo las unía el miedo.

___

Aún se veía la penumbra de la madrugada cuando alcanzó a ver unos ojitos asomándose en los primeros vidrios solaire de la casa donde estaba refugiada. No tuvo miedo por primera vez en las últimas 24 horas. 

Del otro lado, la niña vio a la muchacha vestida con pantalones y camisa oscura, no entendía muy bien, pero supuso que era de "los muchachos", era evidente que le dolía algo, aún así... No tuvo miedo por primera vez en las últimas 24 horas. 

Decidió recorrer el camino del cuarto hacia la puerta que daba al patio y abrirla. Cuando asomó la cabeza solo vio el rostro de Judith con su dedo índice perpendicular a su boca, diciéndole que no hablara. 

Con todo y todo, Judith sintió alivio de ver a la niña. Ya no recordaba la última vez que había sentido ternura, la guerra no es buen momento para la ternura, ¿o sí? La niña salió al patio y se acercó a Judith. 

- ¿Estás sola? - preguntó Judith. La niña solo movió la cabeza en negativa. 
- Estoy con mi mamá y mi hermana menor - dijo ella. 
- ¿Y tu papá? 
- No sé dónde está - dijo la niña. 
- Regalame agua - pidió la joven.

En ese momento la niña se dio cuenta de la herida que traspasaba la pierna de Judith y se asustó al ver sangre. Era evidente que aquella niña no sabía muchas cosas de la vida, incluyendo la muerte. Judith le tomó las manos delgadas y la forzó a verla al rostro.

- Regalame agua, por favor - dijo Judith. La niña abrió los ojos mucho y vio el rostro de la guerrillera y salió del susto, asintió y se levantó. Entró a la casa y salió con un vaso plástico con una calcomanía de IRA 26, era grande el vaso. La niña se inclinó sobre la pila y con mucho cuidado apenas giró el grifo para dejar salir un chorro mínimo de agua, de manera de no hacer ruido. No quería despertar a su mamá, ¿qué le iba a decir al ser descubierta dándole agua a una desconocida? ¿cómo iba a explicar todo aquello?

La niña le dio el vaso a Judith lleno de agua fresca, mientras daba grandes tragos vio a la niña entrar a la casa de nuevo y al rato salir con dos toallas, una se la puso en la espalda y la otra en la herida y la apretó. Es lo que en el colegio le habían enseñado que se debía hacer en casos de heridas con mucha sangre. Judith agradeció el gesto. Muchas cosas cambian con un gesto, solo que a veces no nos damos cuenta.

- ¿Cómo te llamas? - preguntó Judith.
- Karla María. 

20170220

La Domesticación












(Relato inspirado en Yo Fui Una Vez de Silvio Rodríguez)

Simón era el primo de una prima. Lo que podría verse como si él fuera mi primo, pero realmente no lo era, porque mi prima era pariente por el lado de mi papá, y Simón era primo por el lado de su mamá o algo así… En fin, no era mi primo. Todo ese análisis no lo hice ese sábado en que nos conocimos en el Chantilly que quedaba atrás del Camino Real (¿Se acuerdan?)  cuando llegó con mi prima y su novio de turno. Simón, mi prima y el novio de turno eran varios años mayores que yo, unos diez, diría. Por entonces, esas diferencias de edad me parecían fascinantes, la gente de mi edad me aburría. Sí. Así.

Simón no era guapo, ni siquiera atractivo. Tenía el típico físico de los salvadoreños natos: moreno, nariz aguileña, ojos achinados, pelo negro, liso y grueso y estatura promedio. En pocas palabras: no tenía nada de atractivo a primera vista, a excepción de su excesiva seguridad y una sonrisa de perfectos dientes blancos de lado a lado que me encantó al momento. Después de unas horas y varias cervezas, ya estabamos hablando como viejos conocidos. Lo primero que me pregunté, y obviamente le pregunté a Simón, fue que cómo, siendo pariente de mi pariente, nunca nos habiamos conocido. Resultó que vivía en Washington -el DC, no el estado- y realizaba no sé qué trabajo con las comunidades latinas de allá. Al parecer se había ido a vivir con alguna familia (que no era la mía, ya está claro) a principios de los ochentas cuando lo de la guerra y la guerrilla se empezó a poner feo y desde entonces había estado allá, yendo y viniendo cada vez que le era posible. Tenía un título universitario en International Affairs (¡Wow!) o algo parecido o algo que me sonó como a eso y una maestría en Politics (Doble ¡wow!). Así que ya se imaginarán qué placer le causó a una "intelectual de pacotilla", como yo, entablar conversación con semejante ejemplar. Simón no era solo un hombre muy “estudiado”, también sabía de música, tocaba la guitarra, escribía de vez en cuando sus propias letras (¡El colmo!) y hasta escribía una columna en un periódico.

No me enamoré de él, como se hubiera esperado. No me explico por qué, tenía todas las características necesarias. Ahora que lo pienso: ni siquiera me gustaba, de gustarme físicamente, me encantaba estar con él y pasar interminables horas hablando de temas inesperados, insospechados y desconocidos. Y eso fue lo que pasó durante su larga estadía de un mes. Nos ibamos (ya sin la prima y su novio de turno) a repasar todos los posibles lugares que típicamente visitaban los “Hermanos Lejanos”. También ibamos al apartamentito en el que se quedaba con un amigo. Estaba en la segunda planta de una casa en la Centroamérica. Que no era una segunda planta de verdad, sino que, un cuartito que habían construído sobre la cochera y que tenía su acceso privado por una gradas de metal que subían desde la calle. En fin. Allí me cantaba con su guitarra las canciones que había escrito y otras, como “Usted es la culpable”. Yo no era la culpable de nada. El tampoco estaba enamorado de mí. Ya saben… Uno presiente esas cosas.

A estas alturas se estarán preguntando si era casado o algo por el estilo. Yo también me lo pregunté y se lo pregunté la segunda vez que salimos. No era casado, pero si "algo por el estilo". Vivía "rejuntado" con una gringa, lo que a mí no me impidió seguir saliendo con él, y, según me contó, tampoco a la gringa le importaba que saliera conmigo. Bien para todos. Después del mes de estar saliendo todos los fines de semana, se borró por un tiempo. Como se imaginarán, no lo busque ni pregunté a dónde estaba, me imaginé que en Washington haciendo su vida con la gringa. A esa edad quién se clava en esas cosas. Yo no. Tenía mi vidita, con familia sobreprotectora, estudios universitarios y ensayos de grupo de teatro (si, quería ser actriz).

Apareció otra vez como a los seis meses. Me llamo un sábado por la mañana y al medío día ya estabamos sentados platicando en el peñón más alto de la Puerta del Diablo. Debe haber sido octubre, porque estaba haciendo un vientecito bien rico que hacía que todo el monte de abajo se mecieran al unísono y me hiciera pensar en el poema de Alfredo Espino “Eran mares los cañales que yo contemplaba un día…” Los que yo contemplaba ese día no eran cañales, pero se movían como mares y pensé que algo así había visto el Alfredo. La cuestión es que el momento era como para enamorarse o para estar enamorado, no para estar hablando de la doble moral de los salvadoreños y la sexualidad a finales de los ochentas. Sí, de eso estábamos hablando. Esos eran nuestros temas. 

Estabamos allí sentados los dos solos y sonrió con esa sonrisa de lado a lado con perfectos dientes blancos, por un momento lo vi hasta guapo y derrepente sentí que él también había sentido que era un momento como para estar enamorado o enamorarse. Pero me equivoqué. Nunca hablamos de amor. No en el sentido romántico. Sí hablamos de hacer el amor, o mas bien: él habló o sugirió que “porqué no haciamos el amor”. Le dije que sí, que estaba bien, pero que el asunto no podía ser así nada más (sí, dije asunto), que primero tenía que domesticarme (sí, dije domesticarme) como hizo el Principito con el zorro. ¿Cómo así?, preguntó Simón. Y entonces le conté la metáfora del niño que quería jugar con el zorro, pero el zorro le dijo que no se le podía acercar, que primero debía domesticarlo, es decir, acercarse a él cada día un poquito más hasta que ya se hubiera acostumbrado a él y pudieran estar cerca. Al final el zorro le suplica “Domestícame”. O algo así. Así que allí mismo, en la peña más alta de la Puerta del Diablo con viento de octubre que nos mecía el pelo, montes que parecían mares, un sol cálido y amable en un momento que hubiera podido ser para estar enamorado o enamorarse; me besó por primera vez. 

El segundo beso nos lo dimos en el pick up azul que le prestaba su amigo mientras se quedaba en San Salvador. Estábamos parqueados en el boulevard Constitución, cuando estaba recién abierto y estrenado. Creo que no imaginamos que por alli pudiera pasar nadie, no en esa época. Y de no haber sido por la patrulla que se estacionó adelante, el policía que se bajó y nos pidió la identificación y que nos retiraramos de ese lugar, este beso sí hubiera sido apasionado, sin llegar a ser de película. De vez en cuando saliamos con mi prima y su novio de turno. A veces ibamos al cine, a veces a tomarnos algo, a veces solo a sentarnos en el apartamentito a ver tele, a veces a oir a Simón tocar la guitarra, a veces cantabamos con él. A veces cuando ellos se iban, seguíamos con la domesticación y nos besabamos en el único sillón que había. Después de varias sesiones de domesticación, como diez en realidad, Simón volvió a desaparecer. Esta vez me llamó para despedirse, le habían llamado de Washington para un asunto de un papeleo o algo así, me dijo que todavía no sabía cuando iba a regresar, pero en cuanto volviera se iba a comunicar conmigo.

Siguieron los vientos de octubre, participamos en el festival de teatro universitario y ganamos el segundo lugar, celebré la Navidad con mi familia sobreprotectora, se acabó ese año, empezó otro, comencé mi penúltimo ciclo de universidad, empezaron los primeros parciales y Simón volvió a comunicarse conmigo. Me saludó como si se hubiera ido el día anterior y me dijo que ya era suficiente domesticación, que no tenía tiempo para eso, que iba a pasar a traerme, ibamos a ir a cenar y a tomar vino en algún lugar bonito y después podíamos ir a la casa en la que se estaba quedando, que ya no era el apartamentito, sino una casa de verdad, que compartía como con cuatro o cinco personas más. Nos fuimos por allí, tomamos vino y hablamos de todo, menos de la domesticación y del asunto que nos competía esa noche. Nos reimos bastante. Tal vez si no hubiera disfrutado tanto la compañía de Simón, la relación –o lo que haya sido- no hubiera llegado hasta allí, y si él hubiera puesto un mínimo esfuerzo de su parte, hasta me hubiera enamorado, pero todo fue demasiado directo y simple como eramos los dos. La velada (como dicen en las películas) pasó más rápido de lo que me imaginaba, entre conversaciones triviales y nuestras típicas charlas tratando de componer el mundo; al rato ya estabamos en la casa saludando a todos los “roomates” y sus amigos, que eran como diez personas en total, desparramadas por toda la sala en los sillones, el suelo y una que otra silla del comedor. Había uno con una guitarra tocando alguna canción lejana. El cuarto de Simón quedaba pasando el patio, que era pequeño, con una jardinera al centro que le daba vida a un arbolito de limón y algunas hierbas que lo rodeaban a la altura del suelo. 

Simón puso todo de su parte para que el asunto se desarrollara lo más normal posible: me enseñó el cuarto, su aparato de sonido, el baño (por si quería darme una ducha o algo) y lo más importante: la cama. Puso un casette de Silvio Rodríguez y se sentó sobre la cama. Yo hice lo que parecía mas lógico y me senté junto a él, nos besamos despacito mientras pasaba su mano detrás de mi cuello, esta vez si como en las películas. No cerré los ojos, los deje abiertos mirando un punto fijo en el cielo falso, precisamente en una mancha de humedad que casi tenía la forma de un corazón (¡sí, qué cursi!). Entonces el beso dejó de ser despacito, empezó a desabotonar mi blusa blanca y caimos horizontalmente sobre la cama, su horizonte sobre el mio. Se quitó la camisa, lo que dejo entrever dos bien marcadas cicatrices: una en el brazo izquierdo, otra a un lado del pecho. (Al fondo seguia Silvio “Yo fui una vez al monte, yo fui una vez lucero, yo fui una vez sinsonte, yo fui una vez lo nuevo.”) Y entonces, cuando su mano iba entrando por debajo de mi falda, sonaron los primeros disparos, ráfagas, primero lejanas y que luego se iban acercando. Más disparos, golpes en las puertas, vidrios que se quebraban al parecer en la casa de la par. Simón solo me tiró al suelo, jaló el colchón y me lo echó encima. Me quedé allí largos minutos, horas, quizás, hasta que algunas de las cheras que estaban en la sala al entrar vinieron a sacarme, nos subimos a un Toyota viejísimo y me llevaron a mi casa.

Volvimos a Simón unos meses después, ya con la prima y el novio de turno. Nos vimos en el Chantilly, el que quedaba atrás del Camino Real (¿se acuerdan?). No hablamos nunca del asunto, de su desaparición, ni de lo que pudo haber sido. Entre tlo poco que hablamos, solo se me quedó grabada su sonrisa perfecta de dientes blancos de lado a lado y su comentario de (“aquella noche en que salimos, aquella noche tan surrealista, ¿te acordás?”) Al día siguiente desapareció así como había aparecido.

El dieciséis de enero de mil novecientos noventa y dos se celebró el resultado final de la firma de los acuerdos de paz. Hubo una misa en San Jose de la Montaña, todo mundo estaba feliz y eufórico. Luego de casi doce años de guerra, de miles de muertos, de varios pueblos desaparecidos, de cientos de hijos, nietos, hermanos, amigos desaparecidos; al fin estabamos en paz. Las celebraciones se dieron por todas partes. Y nosotros (mi novio de turno, dos amigas y mi hermano) quisimos constatar y dar fe de esa realidad que parecia mentira y nos fuimos a la celebración abierta y democrática de los clandestinos, que según decían, nunca más volverían a serlo. El Parque Barrios era una feria, con casetes, libros y souvenirs de la guerrilla. Había vinchas, gorras, pasarrios, calcomanías y camisetas con el nuevo color rojo que hasta entonces había sido prohibido. Había toda clase de libros expuestos a la luz del sol y al público, todos aquellos que hasta entonces tenían que haber estado escondidos en algún desván. El Palacio Nacional y la Catedral no se podían ver con tantas pancartas, mantas y gente que después de tanto tiempo reconocían sus caras y su ideología en público. Luego  de mi asombro, de la gente moviendo las banderas en la asotea del Palacio, de la gente caminando soprendida como despertando, pude reparar en el improvisado escenario que había sobre las gradas de la Catedral, en donde un descubierto  y emocionado lider ex - guerrillero proclamaba a todo pulmón su nueva arenga política. Avancé como pude entre aquel gentío de seguidores y curiosos que se arremolinaban sobre las gradas, siguiendo el tono conocido de aquella voz que sonaba en altoparlantes por toda la plaza… Y sí, era él (lo adivinaron). Simón que era el primo de una prima, pero que no era mi primo, el que me había domesticado y me había cantado usted es la culpable y con quien casi pierdo mi virginidad, estaba encaramado en la tarima vociferando con tal propiedad, que por un momento me olvidé que habiamos estado tan cerca que no cabía un alfiler entre los dos y llegué a creer que era ese nuevo hombre allí arriba, el exclandestino, hoy llamado Comandante Aurelio. Mi sorpresa me llevó a casi cuatro gradas cerca de él, en donde por unos breves segundos su mirada se junto con la mía y descubrí la mirada de Simón y sonrió con sus perfectos dientes blancos de lado a lado… Yo también sonreí y bajé las gradas espantada de asombro.

20170213

Ser la que soy

Uno de los grandes problemas que enfrento es que a estas alturas de mi vida sigo buscándome, tratando de entenderme... tratando de sanar.

Es un problema, pero también es la razón para seguir viviendo cada día.

Somos un cúmulo de experiencias, solas y acompañadas, alguna vez intenté estar sola, aislarme, alejarme y hacer de mi vida una especie de homenaje ermitaño, pero no pude. Me encariño de la gente, aunque no lo parezca, aunque a veces intente no hacerlo; tal vez sea cobardía, tal vez sea pereza absoluta de querer gente, tal vez sea una forma de protección de mi corazón. Igual he fracasado.

Pienso en lo que ha sucedido en los últimos 5 años y solo puedo ver el camino recorrido. Ese camino empezó con esta canción que hoy propongo a mis compañeras para escribir. Desde que Flor Aragón me invitó a ser parte de este proyecto literario dije que esta sería una de las canciones que propondría, pasaron ya varios años y no lo hice, hasta ahora.

Esta canción de Silvio Rodríguez es un parteaguas en mi historia personal. Es importante e indispensable para pensarme en cómo soy ahora, para pensarme en lo que he mutado en los últimos 5 años.

Nunca la había escuchado hasta que Miguel, mi pareja, me la regaló en una de las primeras conversaciones que tuvimos. Fue precisamente ese hecho el que me indicó que no estaba conversando con cualquier persona. No me equivoqué. Hemos seguido conversando desde entonces y no se nos han acabado los temas, ni las alegrías, ni las penas. Yo fui una vez alguien que estaba sola, que no entendía nada de la vida, alguien a quien le faltaban raíces y una brújula. Yo fui una vez una muchachita que no lograba acallar las voces más atroces, fui una vez alguien muy distinta a quien soy ahora.

La vida tiene eso, la inmensa dicha de seguir mutándonos. No creo que deje de buscarme a mí misma, ni de tratar de entenderme, ni mucho menos de sanar. Sanar. No sé hasta donde me lleve esta aventura, no sé si estaré de nuevo sola, pero si sé que jamás seré la misma.

Me despido así de este proyecto. Cierro un ciclo definitivamente en Nongirly Blue. Me llevo las risas, el camino recorrido con estas maravillosas mujeres y les dejo una parte de mi en esta canción. Esta canción que me sigue cada vez que necesito regresar a mí misma.