Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]

20170221

Hubo una vez

Relato-recuerdo inspirado en Yo fui una vez, de Silvio Rodríguez


A la que me acompañó en mi primera noche de espanto


Aunque esperaba aquel día con ansias desde hace semanas, Judith no vio nada distinto a otros amaneceres, estaba acostumbrada a ver levantarse el sol desde muy niña, cuando se levantaba muy temprano y salía del rancho a levantar el cerco para que las cabras salieran al potrero a comer, luego le daba maicillo a los pollos y después dedicaba todo el peso de su cuerpo pequeño y delgado a sacar agua del pozo para cocer el maíz que usaba su mamá para echar tortillas.

Aquella madrugada era igual que aquellas con una rutina rural establecida. No había nada distinto. Excepto el arma que tenía en el regazo, abrazándola como última esperanza de una vida que quería que fuera distinta. Aún se veía la penumbra cuando alcanzó a ver unos ojitos asomándose en los primeros vidrios solaire de la casa donde estaba refugiada. No tuvo miedo por primera vez en las últimas 24 horas. 

El silencio se había instalado al fin. Judith se había separado de su célula en medio del combate, su unidad intentaba repeler a varios soldados apostados en la base del cerro, en medio del cerro había una colonia y justo en la noche el ejercito había estado tirando bombas desde un helicóptero así que les tocó bajar hasta aquel caserío de techos de duralita ondulada. La estrategia era llegar al punto más alto de la colonia y desde ahí atacar hacia los cielos. 

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La noche parecía eterna, tenía cinco días de no ver a su papá, aquella guerra de la que siempre había escuchado al fin se veía cercana y palpable, nadie podía entrar o salir de la colonia y a ella le tocó vivir aquellos días sola con su mamá y su hermanita menor. No lo decía, pero tenía miedo. 

El primer día le ayudó a su mamá a acomodar toda la vida hogareña para sobrevivir. Levantaron los colchones de las camas y los apoyaron sobre las ventanas de la sala y los cuartos, excepto del cuarto que daba al patio, porque ya no alcanzaban los colchones, de todos modos ese cuarto y el que daba a la calle no iban a ser usados, las tres dormirían bajo la mesa del comedor que metieron a rastras en el cuarto de en medio. 

Dormir nunca había sido fácil para ella y aquellos días y sus noches no había podido dormir mucho, la asustaban los pasos secos y pesados que se escuchaban sobre el techo de su casa. "Son los muchachos", le decía su mamá a manera de explicación que buscaba dar alivio. Por precaución tenían prohibido ella y su hermana salir a la calle y al patio. Aún así, ella se las arreglaba para asomarse a la ventana que daba a la calle para ver si milagrosamente aparecía su papá bajo el árbol de mangos que daba la bienvenida a su casa. 

Aquella madrugada escuchó más pasos que las noches anteriores, además de escuchar el helicóptero que sobre volaba muy bajo, no estaba segura si su mamá y su hermana escuchaban lo mismo que ella, con la agilidad que siempre tuvo se fue deslizando hacia fuera de la mesa del comedor y salió con pasos de gato, se sentó en los sillones de la sala y solo se quedó viendo hacia la duralita ondulada que le anunciaba que mucha gente caminaba sobre su cabeza. 

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De pronto lo sintió. No fue dolor, fue un fuego que le pegó en la parte de atrás del muslo derecho. No dijo nada, vio a sus compas seguir el camino y ella, para no atrasarlos, solo se hizo a un lado del techo, se refugió entre las ramas de un árbol de marañón y vio hacia abajo, el patio era un espacio libre, solo había una pila y un enorme barril que supuso Judith que estaba lleno de agua. Sintió sed de solo pensar en el líquido. 

Arrastró su dolor y abrazó su AK-47, decidió que debía refugiarse si no quería recibir otro disparo. Se alegró de tener la experiencia de subir y bajar árboles desde que era una niña allá en Aguilares, se terció el fusil a la espalda y con todas las fuerzas que le permitieron sus brazos se abrazó al marañón y fue bajando, despacio, procurando no hacer ruido, solo el frotar de sus ropas asperas contra la corteza del árbol la delataban. De pronto no pudo más y faltando metro y medio para llegar al suelo se soltó y cayó al patio. Gimió de dolor al caer y el instinto le indicó que debía estar sentada, fusil en mano, apoyando la espalda al gran muro que separaban el patio de esta casa con el patio de los vecinos.

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De pronto lo sintió. No era miedo, era pura curiosidad, unos pasos sonaban distintos a los que acababan de pasar y luego el silencio, sintió cómo el árbol emitía un sonido distinto al que daba cuando el viento lo mecía. Siguió el consejo de su mamá al pie de la letra: cuando sospeches que alguien desconocido está en la casa, no importa dónde, tirate al suelo. Cuando terminó de pensar en eso, su pecho ya estaba en contacto con el piso helado. En vez de regresar al cuarto con su mamá y hermana, se fue deslizando hacia el cuarto que daba al patio. 

Su corazón latió más fuerte y rápido cuando escuchó un golpe seco, como cuando alguien deja caer un saco de papas, luego escuchó un gemido. Reconoció el dolor ajeno. No se atrevió a asomarse por la venta, el instinto le indicó que debía sentarse justo abajo de la ventana, apoyando la espalda al muro que la separaba del patio. 

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Silencio. Ninguna dijo nada, ambas se morían de apoco. Más de diez años las separaba. Todo las separaba, un muro, un arma, la edad, los estudios, el origen, una ventana. Solo las unía el miedo.

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Aún se veía la penumbra de la madrugada cuando alcanzó a ver unos ojitos asomándose en los primeros vidrios solaire de la casa donde estaba refugiada. No tuvo miedo por primera vez en las últimas 24 horas. 

Del otro lado, la niña vio a la muchacha vestida con pantalones y camisa oscura, no entendía muy bien, pero supuso que era de "los muchachos", era evidente que le dolía algo, aún así... No tuvo miedo por primera vez en las últimas 24 horas. 

Decidió recorrer el camino del cuarto hacia la puerta que daba al patio y abrirla. Cuando asomó la cabeza solo vio el rostro de Judith con su dedo índice perpendicular a su boca, diciéndole que no hablara. 

Con todo y todo, Judith sintió alivio de ver a la niña. Ya no recordaba la última vez que había sentido ternura, la guerra no es buen momento para la ternura, ¿o sí? La niña salió al patio y se acercó a Judith. 

- ¿Estás sola? - preguntó Judith. La niña solo movió la cabeza en negativa. 
- Estoy con mi mamá y mi hermana menor - dijo ella. 
- ¿Y tu papá? 
- No sé dónde está - dijo la niña. 
- Regalame agua - pidió la joven.

En ese momento la niña se dio cuenta de la herida que traspasaba la pierna de Judith y se asustó al ver sangre. Era evidente que aquella niña no sabía muchas cosas de la vida, incluyendo la muerte. Judith le tomó las manos delgadas y la forzó a verla al rostro.

- Regalame agua, por favor - dijo Judith. La niña abrió los ojos mucho y vio el rostro de la guerrillera y salió del susto, asintió y se levantó. Entró a la casa y salió con un vaso plástico con una calcomanía de IRA 26, era grande el vaso. La niña se inclinó sobre la pila y con mucho cuidado apenas giró el grifo para dejar salir un chorro mínimo de agua, de manera de no hacer ruido. No quería despertar a su mamá, ¿qué le iba a decir al ser descubierta dándole agua a una desconocida? ¿cómo iba a explicar todo aquello?

La niña le dio el vaso a Judith lleno de agua fresca, mientras daba grandes tragos vio a la niña entrar a la casa de nuevo y al rato salir con dos toallas, una se la puso en la espalda y la otra en la herida y la apretó. Es lo que en el colegio le habían enseñado que se debía hacer en casos de heridas con mucha sangre. Judith agradeció el gesto. Muchas cosas cambian con un gesto, solo que a veces no nos damos cuenta.

- ¿Cómo te llamas? - preguntó Judith.
- Karla María. 

1 comentario:

  1. Hola Karla soy Yuri Montano, es bueno haber leído sus relatos en este hermoso blog, sabe algo me gustaría decirle algo (NO ES una declaración de amor, aclaro, ni nada malo) pero no puedo decírselo aquí; ojalá me siguiera en twitter (@YOriginalml) pero como no la hace :( no porque le dijera por DM, Así es que solo esperaré haber cuando Dios me concede la oportunidad de conocerle y decirle de frente lo que le tenga que decir. Sin más ni más, me despido de ud. ofreciéndole una disculpa por escribirle esto. Éxitos en sus nuevos proyectos y salúdeme al "Clan Azul" del cual ud. seguirá siendo parte por los siglos de los siglos, amén.
    ¡Bendiciones Karla!
    F. Yuri Montano.
    PD: No sabía que uno de sus artistas favoritos era José José, hace poco cumplió años por cierto. ¡Ud. siempre ha sido tan sorpresiva! :)

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