Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]

20160412

Adulto 1.0: Manual de instalación



Inspirado en
The Logical Song de Supertramp




Si tan solo fuera tan fácil...



¡Gracias por adquirir el sistema operativo Adulto 1.0! Esperamos que la instalación de este sistema le brinde años de una sana vida en sociedad.



Prólogo

El Manual del usuario del sistema operativo 'Adulto 1.0', tiene como objetivo responder a las preguntas relativas a la instalación y ejecución de este sistema en unidades humanas. El documento pretende abarcar de forma básica la instalación, configuración y precauciones de uso  con el sistema 'Adulto 1.0'.

A excepción de los componentes externos, la instalación o reposición de cualquier otro componente o pieza del sistema debe dejarse en manos de proveedores de servicios capacitados según se explica en este breve manual.

Este manual distribuye la información en un formato modular diseñado para responder al tipo de preguntas que un usuario se haría al instalar, configurar y utilizar el sistema 'Adulto 1.0'.


El usuario es el que determina cuánta información necesita leer.




Introducción
El sistema 'Adulto 1.0' está diseñado como programa de seguimiento a Adolescente 1.1 o posteriores. Resulta muy útil en el desenvolvimiento de la unidad humana en actividades independientes y para el funcionamiento adecuado de utilidades más avanzadas como "Préstamo Hipotecario" (en cualquiera de sus versiones), "Adquisición de bienes", "Vida en pareja" (en cualquiera de sus versiones"), "Manejo de finanzas personales", "Vida laboral" e incluso para la movilidad de la unidad en planos geográficos y lenguajes diferentes a los utilizados en su versión original. Resulta sumamente flexible y se adapta a variados programas.



Requisitos mínimos de instalación

El sistema 'Adulto 1.0' pretende ser accesible desde la mayoría de unidades humanas, independientemente del hardware y del sistema operativo instalado. En la mayoría de unidades muy probablemente no requerirá instalación adicional a la que ya dispone el usuario. No obstante, mencionamos los requisitos absolutamente necesarios para su instalación:

  • Deben haberse instalado y utilizado sistemas operativos anteriores (Entiéndase: "Infante", "Adolescente"). El sistema operativo no puede funcionar sin la instalación y uso previo de sistemas anteriores.
  • Deben haber pasado al menos 18 años desde que fuera creada la unidad. Se ha comprobado que el sistema operativo 'Adulto 1.0' no es compatible con unidades de fabricación reciente.
  • Los sistemas internos (nervioso, emocional y físico) deberán estar preferentemente en óptimo estado. De no contarse con un sistema de garantía, el usuario instalará 'Adulto 1.0' bajo su propio riesgo, aunque dicho factor no impide la instalación del sistema.





Cómo instalar su nuevo sistema operativo Adulto 1.0

Lea detenidamente estas instrucciones antes de actualizar su sistema y guárdelas como referencia para el futuro.



Instalación fácil


  1. No instale el sistema bajo presión, violencia o en situaciones de estrés inminente en la interfaz humana a utilizar.
  2. Para un óptimo desempeño, instale el sistema sobre la plataforma "Infancia feliz 2.0". El no hacerlo causará graves problemas de funcionamiento y adaptación.
  3. Debe existir adecuada circulación y libertad de movimiento de la interfaz humana después de la instalación de su nuevo sistema.
  4. La distancia entre una entidad humana y otra con el mismo sistema operativo no debe ser mínima al equivalente a un cuerpo, excepto en situaciones donde quiera crear copias de sistemas anteriores como "Bebé 1.0" o iniciar "Sexo" (en cualquiera de sus versiones).
  5. Deberá sobre-escribir versiones de sistemas anteriores tales como "Adolescente 1.0", "Ilusiones Románticas" o "Modas" (en cualquiera de sus versiones) antes de instalar su nuevo sistema operativo.
  6. Limpie el exterior con una toalla seca luego de aplicar jabón y agua diariamente. En casos de suciedad severa de la unidad a actualizar, deberá utilizar "Retiro Espiritual 1.1", "Experiencia Religiosa 1.0" o "Psicoanálisis 3.0". Consulte al fabricante directo de cada programa alterno antes de su aplicación.
  7. Espere cinco años para conectarlo y utilizarlo después de instalado. Puede prolongarse su arranque inicial indefinidamente. Esto puede variar según la unidad y de ninguna manera indica un desperfecto. 
  8. Conéctelo a una fuente constante de alimento e hidratación en cualquiera de sus formas. Prolongará su vida evitando sustancias etílicas y alteradores de funcionamiento del procesador no autorizados (entiéndase: psicotrópicos, alucinógenos, tabaco, cannabis y otros similares)
  9. No remover ninguna parte de la unidad, a excepción del cabello y uñas. Puede dañar o desactivar la unidad de inmediato. 
  10. Deje que el sistema permanezca instalándose al menos cinco años antes de instalar uno nuevo. Algunos programas adicionales a instalar pueden ser: "Ingeniero", "Abogado", "Padre", "Madre", "Empresario", etc. Puede ser necesario esperar más tiempo entre un programa y otro dependiendo de los programas a instalar. Consulte el manual del programa que desea instalar, en caso de existir éste. Hay programas que no cuentan con manuales de instalación, tales como "Padre" y "Madre". Instale bajo su propio riesgo.



Precauciones de seguridad

  1. No utilice demasiados programas a la vez. Puede sobrecargarse la memoria de la unidad, causando variaciones de desempeño y mal funcionamiento.
  2. Si el procesador de la unidad llegara a sufrir desperfectos, consulte inmediamente a un especialista de acuerdo al punto 6 de la Instalación Fácil. Deberá tener en cuenta el programa de depuración de memoria con el que contaba la unidad antes de la falla.
  3. Nunca guarde sustancias peligrosas dentro de la unidad. Puede resultar peligroso e irreparable. La unidad no puede servir para almacenaje y transporte, excepto en el caso del desarrollo de la sub-unidad "Feto". No todas las unidades son aptas para la clonación de programas, sub-unidades o desarrollo de sistemas nuevos.
  4. La unidad no puede ser desarmada. Consulte a su centro de servicio más cercano y a un especialista en ensamblaje y reparación (conocidos también como miembros del "sistema de salud", "cirujanos" u "Hospitales".)
  5. No use dispositivos mecánicos o intente reparar la unidad después de instalar el sistema operativo. Extensiones para la reparación de unidades incompletas o dañadas pueden ser aplicados en caso de necesidad sin afectar su rendimiento.
  6. Manténgase lejos de fuentes extremas de calor, humedad o frío.
  7. Vacíe la unidad de alimentos no procesados al menos cada dos horas, de ser posible.
  8. La unidad puede dar indicios de mal funcionamiento si su sistema de género instalado no corresponde al sistema de género dado por el fabricante. Verifique que tanto el procesador de la unidad como el sistema de género de fábrica encajen. Consúltelo directamente con la unidad. Puede que sea necesario utilizar "Re-asignación de Género". Ver punto 4 de esta lista.
  9. Verifique que el sistema de protección interno siempre esté al día con las definiciones de virus y otras afecciones en sus versiones  más recientes.
  10. Si la unidad presenta fugas, apagones súbitos, movimientos y/o ruidos inesperados, atienda inmediamente o llame a un especialista según convenga para identificar síntomas. Consulte el manual para el padecimiento interno o externo que corresponda. No todas las unidades responden bien a la instalación del sistema operativo 'Adulto 1.0'.


A veces lloro en seco, como hoy

A Gustavo
Porque la familia siempre es la familia

Relato inspirado en "The Logical Song", de Supertramp.


Llegar a la finca siempre era una alegría, el espacio, el clima y el silencio siempre nos recibía junto a la jauría de feroces perros que se volvían mansos al vernos. Siempre amé la finca, así la llamábamos, pero que en realidad era un pedazo de terreno asignado a la servidumbre en la verdadera finca, la finca era propiedad de un doctor alemán. Mi familia siempre estuvo bajo la protección del doctor, un viejito loco y científico pero millonario. 

Yo no nací ahí, pero mi madre que había logrado salir de la servidumbre y se fue a trabajar a un hospital, tenía un vínculo explicable, su hermana era la ama de llaves del caserón y al no tener quien me cuidara mientras trabajaba yo iba a parar a aquella finca mientras ella cumplía su horario de burócrata. Aprendí a ser callada, a ser discreta e invisible. No importaba dónde estuviera, si en la casa patronal o en la pequeña casita de mi tía, yo debía encontrar un espacio donde no estorbar. 

El silencio se instaló en mi, dentro de mi y alrededor de mí. 

La tarde era un poco más aburrida, caminar entre los surcos que hacía mi abuelo para sembrar hortalizas y hermosas flores era la única entretención, el tiempo se detenía, era entonces cuando me iba a "ispiar" a mis primos, que habían llegado del colegio y colgaban sus lustrosos uniformes de colegio católico, el mismo donde yo iría a estudiar años después, becada por supuesto, por el doctor alemán.

Gustavo era largo y chele, muy distinto a Miguel, que era más bien pequeño e impresionantemente colocho. Eran hermanos y no se parecían, eran mis primos hermanos y no nos parecíamos en nada entre los tres, yo era una niña y ellos eran de esos adolescentes ochenteros que escuchaban canciones raras que terminaban gustándome y que no eran las mismas que escuchaban mis papás. 

Tenían otro hermano, Roberto, hijo de mi tío... hijo de crianza de mi tía. Pero eso lo supe muchos años después, porque en mi familia, cuando sos hijo de alguien, no importa que no lo hayas parido o lo hayas engendrado, es tu hijo y punto. 

Yo tenía 4 años en aquel entonces, cuando mi abuelo aún se iba de zumba y mis primos lo andaban buscando desesperados por la calle que conduce a la puerta del diablo, cuando Gustavo era el encargado de regar las plantas que primorosamente cuidaba mi tía, cuando Miguel hervía la sopa magi con papas hasta tres horas para "matar los gérmenes" de la mosca que había caído en ella y que era el único alimento que tendríamos, cuando Roberto me enseñaba a bajar mangos a punta de pedrada, cuando yo pensaba que había un pequeño duende escondido entre las piedras que dividían las plantaciones de mi abuelo. 

Yo tenía 4 años y aún siento el aroma del bambú que daban la bienvenida a la finca, el sonido de las largas varas amarillentas y con hojas largas y delgadas, ese sonido que me aterraba cuando me quedaba a dormir ahí; aún recuerdo los colores del atardecer desde aquella finca, cómo se veía San Salvador a esa hora, a nuestros pies.

Yo tenía 4 años y creo que ha sido la época más feliz de mi infancia, cuando me revolcaba con los perros, jugando o arrastrándome panza a tierra para ver a los conejitos recién nacidos en su madriguera, regresando chuca y despeinada para que mi tía se admirara de mi capacidad de rasparme las rodillas una y otra vez y que eso no me impidiera seguir escondida entre los árboles. 

Yo tenía 4 años y todos a mi alrededor parecían adultos serios y callados, en especial Gustavo... hasta que lo veía a escondidas en su cuarto, cantando con los ojos cerrados the logical song y yo imitaba a la perfección el sonido gutural y que no comprendía que era inglés lo que balbuceaba. 

Han pasado 35 años de aquel entonces. Roberto murió en un accidente hace más de 11 años y Gustavo cerró los ojos para siempre hace una semana, hoy terminan sus misas de novenario, mi abuelo murió hace 25 años y Miguel sigue vivo, ahora es un hombre panzón y más bien chiquito, sigue igualito de colocho pero ahora con canas en las sienes, tiene dos hijos y una esposa. Mi tía ya no es la ama de llaves de la finca, el doctor alemán murió hace muchos años y su hijo mayor fue asesinado el mismo año en que mi primo Roberto murió. 

Es difícil, pero me queda claro que no podemos regresar a esa época en la que somos felices de niños aunque los adultos que te rodeaban te exigían ser un mini adulto. Está fuera de toda lógica. Todo está fuera de la lógica, incluyendo este sentimiento de abandono. 

20160404

Supertramp y el camino a la adultez



Pocas canciones dejan lecciones para pensar el resto de una vida. Una de esas que me marcó para siempre fue "The Logical Song", de Supertramp. Vuelvo casi siempre a la clase de música que oí siendo niña porque he pasado ya varios años dándole vueltas a su letra en mi mente y sigue estando tan vigente como ese entonces.

Recuerdo la portada del disco de acetato que teníamos en la librera, guardado con cariño en un estuche. Me encanta su estilo, tan propio de su época.







Así que sin más comentarios, les dejo mi recomendación de la semana, una canción fabulosa que casi 40 años después de su lanzamiento, sigue siendo válida, especialmente para alguien como yo, una treintañera que no sabe (o no quiere) encontrar su lugar en el mundo.




20160402

“Heart of Glass” —Blondie




cumplía 42 años. su sonrisa mengüaba como luna frente al monitor del ordenador donde la monotonía se repetía en pornografía. cumshots, racial, sado, trans, elderly, obese. había visto —y hecho, de todo. a sus 42, ¿qué sorpresas encontraría en lo sexual? ¿qué placeres pendientes por experimentar? ¿qué aventurillas por conquistar?

cumplía 42 y, desde que el número 4 rondaba la inicial de su edad, cazaba echado. si es cierto ese cuentico de que todos los caminos llevan a roma, esa era su realidad. una donde todos esos pussies, adolescentes o añejados, vírgenes o experimentados, rasurados —y los más old-school forrados en un bush bien arreglado, se presentaban literalmente a su puerta, su facebook, su mesenger y su skype.

a sus recién estrenados 42, ya no era un casanova. no tenía nada que cazar. después de tantas jugarretas y de una juventud experimentada, había aprendido que no era necesario buscar presas ni asediar, mucho menos importunar. tampoco se lamentaba la ausencia de amantes pues el dicho también es cierto: siempre hay más peces en el mar. además, su apariencia escueta, su habla tajante y su misterio de mister-know-it-all, eran la miel perfecta para atrapar las mosquitas, quienes creyéndose vivas, morían en un affair intenso, placentero y vacío.

lo conocí junto a un johny walker black label en las rocas. tres cubos de hielo y ese oro líquido magnificando ese efecto je ne sais quoi a través de un chat en skype. hablamos de todo y de nada, de cosas que parecen tan inteligentes que se olvidan, de mensajes breves que se transformaron a una videollamada cuando soy yo quien odia hablar. que le mostrara una teta, sonrió la imagen pixelada. que me invitara a un trago en persona, respondí yo. varias noches después —y pocos kilómetros de distancia, cumplieron la predicción. la teta. el trago. el hielo derritiéndose en un refill de johny walker, celebrando frente al ordenador su cumpleaños número 42.


—NGB.DA20160403/08 

20160331

La Señorita Isabel


















Relato inspirado en Heart of Glass de Blondie.


Entre todas las monjas y las demás maestras, la señorita Isabel caminaba con sus faldas vaporosas y pañuelito de colores amarrado al cuello. Era linda de pies a cabeza, con el pelo negro amarrado al cuello en un moño. Yo se lo había visto suelto, era negro, brillante y largo, ninguna de mis compañeras podía creerme, el pelo le llegaba hasta la cintura y si el sol le daba de frente, le brillaba como nunca he visto. Su sonrisa le brillaba también en la cara. Su sonrisa nos hacía el día más lindo y divertido mientras hablaba de continentes y países, mientras nos contaba de Alejandro Magno y sus viajes, mientras sumábamos un cuarto más tres octavos. El sol se paraba a verla, como decía la Madre Paula. Les puedo asegurar que el sol se detenía para dejarla pasar y no hacerle daño. Así era la señorita Isabel y por eso nunca me extrañó que Jaime, mi hermano se enamorara de ella. Fue casi un flechazo como de esos que veíamos esos días en el cine Regis, envueltos en oscuridad, olor a encierro y palomitas. Él me llegó a traer ese día porque Amelia, la empleada, estaba preparando la cena para la recepción de no sé qué embajador. Jaime se paró al otro lado de la calle en medio del mar de niñas, maestras, papás y mamás que llenaban la salida, me hizo así con la mano y en eso la vio, a la señorita Isabel a la par mía, llevándome de la mano, cruzándose la calle conmigo para entregarme.

Nunca supe con certeza cuántos años tenía la señorita Isabel, por eso no podía calcular cuántos le llevaba a Jaime que, por entonces, tenía veintiuno y se acababa de graduar de abogado en la Nacional. Algunas compañeras decían que tenía casi treinta, algunas otras, que veinticinco... La cosa es que nos empezamos a ver de escondidas con la señorita Isabel. Jaime iba por mí al colegio por lo menos una vez a la semana, caminábamos toda la Calle Arce para abajo hasta llegar a la Fuente de Sodas. Cuando llegábamos siempre estaba ella esperándonos primero. Y a saber qué hizo, pero se miraba más linda que nunca, no solo le brillaba la sonrisa, sino que también los ojos, las manos, el pañuelito anudado en el cuello. Podría jurar, además, que Jaime no me quiso más en ninguna época de nuestras vidas. En esos días se desvivía por mí, me compraba todas las sodas que quisiera, después de su cita me llevaba al Torreón a escoger alguna cosa linda para mí, que casi siempre eran pañuelos de colores para regalarle a la Señorita Isabel, que, por entonces, ya era como mi hermana, ¿verdad? Y ella también me daba toda clase de atenciones, me hacía trenzas en los recreos, me compartía alguna de sus frutas de la merienda, me ensañaba cómo anudarse el pañuelo. Éramos una pequeña familia con un gran secreto.

Yo apenas tenía ocho años y qué iba a saber de todo eso.

De repente yo ya no los acompañaba porque Jaime había alquilado el segundo piso de una casa allí por el parque Bolivar, me había dado cuenta porque fuimos por algunos muebles y adornos, compramos flores frescas y las pusimos en una mesita de centro. Habían pocos muebles y todo era sencillo. Habían pasado seis meses desde la primera vez que se habían visto y ya era vacación escolar. Yo nos estrañaba a los tres juntos mientras los vientos elevaban piscuchas y hojas muertas y polvo. Y miraba por la ventana pasar los días muertos y tristes. Y en eso fue mi mamá me llevó al hospital a verla. Que las monjas le habían avisado y que era de caridad visitar a los enfermos. Ya no brillaba y el pelo le caía en la almohada como que era mar negro. Me sonrió bonito al verme y le llevamos manzanas. Nadie quería hablar de su enfermedad, ni siquiera ella. No quiso decirme qué tenía y solo me agarraba las manos, me hacía trenzas, me sonreía. Fuimos varias veces al hospital con mamá. A veces le llevábamos melocotones o peras que la Amelia había pasado comprando en el mercado. A veces mamá se iba por allí a pedir unas sábanas limpias o un pichel con agua y hablábamos de cosas, pero nunca de su enfermedad o Jaime.

Jaime no se aparecía.

También fuimos al funeral con mamá, como era de esperar, ya por entonces era más el chambre que el acto de caridad. Todas las mamás de mis compañeras fueron, todas mis compañeras también. El lugar estaba lleno de flores blancas y olor a café. Yo la vi en el ataúd y es la única vez que he visto a un muerto-muerta como ella, con el pelo suelto bajando por sus hombros hasta la cintura sobre un vestido azul de manga larga. Obviamente no brillaba su pelo ni su sonrisa, pero se seguía viendo linda como siempre y parecía que me iba a voltear a ver recitándome algún poema de Rubén Darío de esos que le gustaban, "Y en una tarde triste de los más dulces días, la Muerte, la celosa, por ver si me querías, ¡como a una margarita de amor, te deshojó!" Y entonces Jaime se apareció, me abrazó junto al altar con flores blancas por largo rato.


Lloré como nunca en la vida. 

Tenía el corazón demasiado grande, me dijo. Demasiado grande y no era una metáfora. Su cuerpo no lo había aguantado, le había explotado en pedazos, me dijo, como pedacitos de cristal. Y eso sí era una metáfora.  


20160330

Adicta







This state altering taste leaves me wanting another hit of you.



Parte de ella es incapaz de relajarse, debe admitirlo. Eso de andar viajando no era algo que la hacía bajar la guarda. Al contrario: encuentra más tiempo para pensar, repensar, mover cosas, ordenar, tachar, limpiar. Y uno entre más limpia su alrededor, más siente la necesidad de bañarse. ¡Quién sabe cuánta mugre acumulan las sábanas de hotel! Y eso él ya se lo había escuchado decir. No, de verdad, Alex, uno creería que con el tiempo habría dejado mis viejas manías de orden y limpieza, que ya para este momento me hubiera calado, no sé, algo, pero no: sigo siendo impecable. Y Alex rió, porque ese adjetivo de impecable se lo atribuía a la compulsión por el aseo que caracterizaba a Anna, que los habían acompañado a lo largo de tantos años que pasaron juntos… pero no dejaba de ser a la vez un descriptivo de cómo lucía. Anna, con su pelo ordenado (ordenadísimo) y su paleta de colores que se mantiene oscilando entre el blanco y el negro, el beige y el gris. ¿Seguís teniendo solo eso en tu clóset, cierto Anna? Y nadie se fijó en la manera en la que él ya no acortaba su nombre, desaparecidos los diminutivos; ni en la distancia que se había trazado, trazada por los años transcurridos desde su separación.

Pues, no, no era así: eso ya había cambiado.

–Ahora uso celeste muy a menudo, dejame decirte.

–Tú panama hat no dice lo mismo, querida.

–Dejame. Cuando me vaya de Buenos Aires, vas a poder odiarme de nuevo desde tu estoicismo. Ahora no: ahora debes ser indulgente.

–Ah, ¿soy yo el estoico? Yo siempre creí que tu obsesión con la limpieza y el orden (y el control de todo lo que sientes) era una expresión de estoicismo. ¿Qué paso con la chica que refutaba la exaltación de la pasión? Cómplice de Descartes, ¿no era así?

Reían sin reír y Anna aseguró que eso sí había cambiado. De pronto, por más que crecía este afán por controlar todo, Anna había aprendido a dejarse ir en muchos otros aspectos. Vos no fuiste mi última ruptura, ya sé lo que es llorar de la cólera en un trabajo y lamentarme por acciones dictadas por mis emociones, acciones de las grandotas que se pasan llevando a gente. No, pues me imagino, habrá dicho él. Y lo acepto: no dejarse llevar te deja sintiéndote truncada, limitada, casi irracional. “Uno es más racional en cuánto más busca cómo optimizar sus recursos” y otras patrañas neoliberales. Debe existir un balance, de algún modo, en algún lugar.

Alex sugirió otra ronda, porque el equilibrio lo pueden buscar en otro momento. La noche pasó tan rápido como se habían sentido esos últimos (2) años. Había sido mucho, muchísimo, para seguir así como estaban. Embriagaba, más que los shots que venían en fila buscando las bocas, como un grupo de amigos que llega buscando diversión, la idea de estar tan cerca a Alex, así de nuevo. ¿Será que va a ser distinto esta vez? Las manos se acercaban y nadie podían separarlas, la pregunta “¿qué va a decir tu esposa?” fue solo dialéctica entrecortada por suspiro.

Él se quedó dormido, pero ella no logro dormir. Se le bajó la adrenalina y el efecto arrullador de esa piel conocida, y sus ojos quedaron abiertos en la penumbra del cuarto de hotel. Olía a cuarto de hotel. No olía al apartamento que ella había conocido. ¿Qué será ese ruido de afuera? Y pesan las sábanas, pero pesa más esta cosa en el pecho. Esta cosa que reconozco. Anna pensaba más lento que de costumbre, a un ritmo condicionado por el desvelo. El cambio de horario. El susto de estar tan cerca, de nuevo, de alguien tan peligroso.


relato inspirado en Heart of Glass - Blondie

20160320

Mi Heart of Glass



En mi vida pasada, bailé disco. Salí a estsos ambientes neuyorkinos a bailar, conectar, hablar y bailar más. Algunos dicen que el impacto vino de los clubes franceses, que ellos lo empezaron todo con Serge Gainsbourg, que eso migró y mutó. Descubrieron los gemidos de Donna Summer y los de Diana Ross en la versión larga de Donna Summer no se quedaron atrás. Era música que te hacía vibrar y dejarte ir, en la que resonaba este funk, el nuevo vehículo del soul y el r&b, vértigos de emociones universales en us letra al son de beats hechos para moverte. Vinieron los Bee Gees y the Village People, y el grupo Le Chic, peleando por entrar a Studio 54 un 31 de diciembre, se identificó como "Somos los que tocan esta canción!" cuando empezó a sonar Good times. Hubo una sucesión de momentos eufóricos que juntaron a un montón de artistas, de todo tipo de disciplinas. "Everyone was doing disco" y se juntó el punk con el disco, y surgió Heart of Glass, mi heart of glass, que bailo, que bailé cuando me sorprendieron en un cumpleaños y también cuando se casó una amiga. Tiene la energía de toda la banda con los giros bailables propios del disco, de bailar toda la noche, de dejarse llevar porque todo es frágil. Yo bailo aún, cuando suena a Disco, a funk y a Heart of glass.

20160317

"Miss Sarajevo" —U2 ft. Luciano Pavarotti


     Los ojos de la señorita eran de un color azul amargo. Los recuerdo muy bien porque cada vez que su mirada se fijaba en la mía era como morder la semilla de un mango tierno. Pero esta primera descripción es solamente una distracción. Bien sabré yo que las primeras impresiones son solamente espejos de las locuras que guardamos en la mente y en el corazón. Era tan profundos ese par de ojos que tuve que entrenarme durante varias noches para poder adentrarme en ese azul profundo. Cuando por fin logré mantener la mirada firme, no encontré nada de amargura. Encontré un misterio gigantesco y ululante. Cada abrir y cerrar de ojos era como el aleteo de un búho. Una persecución voraz donde siempre que perdía la batalla, en lugar de demostrarme débil y bajar mi mirada tal como ella lo deseaba, yo estallaba en carcajadas. “Es imposible hacer un serio contigo”,  reprochaba y como un cielo atormentado, cerraba esa fuente maravillosa de vida y de misterio que eran sus magnificos ojos. Por más que intentaba hacerla reír con cuentos tontos, chistes y alguna que otra cosquilla, una vez se encerraba en su capricho no lograba adentrarme en esas fuentes azules de vida hasta que ella me lo permitiera. No sé como lo hacía pero lo que una vez parecían cálidas lagunas de agua viva se convertían en una férrea bóveda oscura, privándome de los más amables tesoros que tan pocas veces compartía conmigo. Aún así, la amaba. Amaba sus caprichos. Amaba su silencio. Amaba esa locura de hablar con la mirada en lugar de las palabras. Amaba los secretos que sus ojos resguardaban.

     Los secretos que la señorita escondía los supe seis meses después de nuestro último juego a las escondidas. “Serios”, diría ella. “Escondidas”, diría yo. ¿Cómo iban a ser serios si siempre me estaba riendo? Nunca me dio la razón y tampoco anhelaba tenerla. Para ese entonces ya había entendido yo que es imposible razonar con cierto tipo de mujeres cuando creen firmemente tener la razón. La señorita  era una de ellas. Luego de haber comprendido —y aprendido—muchas cosas sobre la señorita, como que sus pestañas no eran pelos sino que alas gigantescas de búhos legendarios, que su hermetismo no era del todo un capricho sino que resultado de un misterio inalcanzable, que su color favorito para pintarse las uñas era el rosado Barbie y que tomaba té de manzanilla con media cucharadita de azúcar, siempre lograba perderme en la profundidad de sus ojos azules. Tan claros, tan frescos, tan… transparentes. Ella nunca lo supo. Yo nunca se lo dije. Pensé que era parte de un juego, ya saben, como parte de una amistad de esas que se consolidan en el silencio de las cosas no dichas, de esas que se atragantan con besos reprimidos y suspiros en la cama vacía mientras las noches, ya saben, incitan a auto saciarse el sofocante calor del deseo. Una de esas noches, luego de una vana conversación por Messenger, terminaron todos los juegos, los serios y los secretos.
     “Me voy a casar”, escribió en un mensaje amargo. 
     Si, amargo, como esa primera impresión que por tanto tiempo tuve de ella y de su mirada. Letra a letra me voy dando cuenta que cuando la vida me golpea de forma inesperada, el mundo se me vuelve amargo. 
     ¿Por qué?, me revolcaron internamente las tripas. ¿Por qué después de tantos silencios tiene que quebrarlo de esa forma tan siniestra e impersonal? 

(   (  (  ( ( M e v o y a c a s a r ) )  )  )   ) 

     Así, una por una se separaron las palabras como garras de una bestia rapaz, destrozando cada fibra de mi fragilidad. Todavía ningún emoticon logra expresar ese sabor amargo que explotó en mi corazón. 

     “?” 

     …la señorita está escribiendo un mensaje…

     …la señorita está escribiendo…
      …la señorita está…
      …la señorita…

La señorita jamás volvió a escribir mensajes.






DA20160316



      

20160314

De coronas y despojos
















(Relato inspirado en Miss Sarajevo de U2 y The Passengers)

Que hay un tiempo para todo le había dicho esa canción.

Y ella se recordaba a sí misma, ¿de cuántos? ¿16 o 17 años? Subida en la tarima del pueblo con su corona y vestido verde de tirantes en una ceremonia que le dijo, con una vergüenza algo temprana, que algo podía haber en esa cara y en ese cuerpo...

–En esos ojos lindos, pero tristes–,

Que se fueron preparando para toda clase de actuaciones en la vida. Como esa misma noche, subida en la tarima, saludando con la mano temblorosa de su adolescencia y la no consciencia -todavía no- de su cuerpo, de esas piernas tan flacas que había odiado toda la vida, de su trasero plano, del vestido que colgaba de ella como de un gancho. Y sus zapatitos negros de tacón no tan alto. Y su mamá, aplaudiendo orgullosa desde allá abajo.

Que hay un tiempo para todo, pero qué iba a saber ella, con las flores rojas entre los brazos, del poder que podría tener con su mirada, con ese par de ojos lánguidos languideciendo, qué sabía de cómo habría que batir las pestañas para lograr, para lograrse, qué sabía de cuántas veces iba a mirar a alguien así, así con el rimmel corrido por el agua de la piscina y la madrugada colándose por alguna parte. Que hay un tiempo para todo, pero qué iba a saber, qué iba a saber ella, niña sin curiosidad y sin malicia, como decían las tías, siempre con un libro a media noche, siempre con una libreta debajo del colchón...

Qué iba a saber de cuántas veces en la vida tendría que desprenderse, de coronas, flores, miradas, palabras, despojos...

¿Cuántas veces?

Mírenla, allí viene, dicen unos cuántos bichos, mirones como en todos los pueblos, cuando la ven bajar de la tarima. Mírenla allí viene, repiten.

Pero no viene. Se va.

Playa La Concha

relato inspirado en Miss Sarajevo, de Passengers (Bono y Pavarotti).

Parecía normal que se dieran las cosas cómo se dieron. Un mensaje inocente, una cita no muy prometedora, apatía general que disfrazaba el morbo y la melancolía. ¿Por qué debieron haberse dado las cosas como se dieron? Mi querida gitana, mi pequeño amor tropical. Esas palabras Raúl se las había tragado y enterrado; la promesa de volverse a ver no era más que un súbito incidente que había interrumpido la agenda laboral de ella y, por consecuencia, el día a día de él. La sorpresa no era el mensaje tecleado, porque sabía que había idas y regreso a Sarajevo que la hacían deambular por ciudades, rara vez pero sí. Alguna foto en Facebook que trataba de olvidar e ignorar. Menos mal nunca se propuso a olvidarla, esa tarea no habría sido fácil con las nuevas tecnologías del 2006 para acá. Un mensaje inocente, ajá, un “cancelaron mi vuelo de París a Madrid, debo llegar a Madrid en bús. Llego primero a San Sebastián. ¿Nos vemos?” 

Sin mayor preámbulo, sin hablar de todo el tiempo que tenían de no verse, del elefante rosado de que desaparecieron todos y cada uno de los cuadernos que ella dejó aventados en San Sebastián; viendo en las nubes del ocaso las imágenes de ella despidiéndose. No se querían, no se quisieron, no como él ahora quería a su esposa, pero estaba eso. ¿Qué era? Intriga perpetua, deseo que nunca se disipa. La única manera, quizás, de acabarlo, fuera, quizás, si ella, esta gitana, se hubiera presentado como una oportunidad tanto finita como eterna, y no una alma libre; que la segunda esposa fuera esta alma brasileña, piel brasileña, piel mulata, identidad dividida en secreto, buscando llenarse sola antes de que alguien la llene; mulata que pasó por las playas del Norte de España. La oportunidad había sido, pensaba Raúl mientras se ponía el corbatín  que si no probaba, ella se iría y él nunca sabría lo que sabe hoy: el placer de su compañía, placer recluido y perdido. ¿Lo estaría recuperando? Ana estaba muy cansada cuando se vieron en el aeropuerto, con sus inconfundibles ojos vidriosos. No, no había llorado, era solo el desvelo. ¿Quién hace eso? La aerolínea no se había hecho carga de nada, además. Y, no gracias, reservé un hotel cerca del Casco, no hará falta que me recibas en tu casa. ¿Además qué va a decir tu esposa? Vamos a la playa. La brisa les iba a hacer bien a ambos, con los Beatles sonando y disimulando ese nudo en la garganta de una invitación solo por compromiso, porque Raúl no debía estar allí. Estaba allí justamente porque sabía que no debía estar allí. 

Nunca lo decía, pero seguía atormentado por el misterio de qué pasó entre ellos. Cuando Raúl preguntó que si había habido alguien más, ella solo lo volvió a ver y aspiró humo del cigarrillo, con ojos parcos y una cortina de privacidad. No importaba, porque el problema era que estaba muy joven, muy dudosa, muy ella. Ahora era mayor, pero los dos coincidían con que no había necesidad de tener hijos, no ahorita. Demasiadas cosas ocupan mi mente y me absorben, me amarran; es un laberinto y no me pierdo, decía. Era necesario hacer esos recuentos, verse a los ojos, y adivinar qué había detrás de las palabras que se daban. La proximidad se había perdido, pero no la comodidad, o al menos eso parecía. Subyacía la atracción, debajo de esas palabras. El mar parecía arrullar el deseo.

Confesó, de repente, como si Raúl fuera la única persona en el planeta, como si él fuera un espejo que refleja esa parte con la que ella habla siempre a través de sus monólogos con promesas malditas, que aún se odiaba. No dejaba de existir esta especie de autoamenaza que envuelve su interior de color azul, Raúl, azul como este mar, profundo como la melancolía. Me odio, me recuerdo de mis defectos contra los cuales lucho y veo que todos logran superar el pasado hasta alcanzar la felicidad. Yo no, decía conmovida y triste; yo me divido y me fragmento y… cansa. Y perdón, no era más que el cansancio de estos viajes. El desequilibrio físico siempre termina por confrontarme y entra el peso de mis cosas, las que no he resuelto sin resolver. La última vez había sido la semana de insomnio y migraña; la última vez que él recordaba fue aún aquí en esta ciudad playera, la semana antes de las vacaciones que todo parecía venírsele encima. Irse, y dejar todos esos cuadernos tirados, había sido precisamente un mecanismo de defensa. Huye, corre, cae. (Si esto fuera una película de Almodóvar, alguien los estuviera viendo de lejos, siluetas nocturnas, diminutas en la playa; podía adivinar que eso pensaba.) Raúl se hubiera cansado de ella, pero esta frase no era algo que ninguno se creía, no del todo. Esta frase era coquetería clásica, pulida por la diplomacia de la edad en la que se encontraban y perfectamente sincronizada con la marea que subía.

Miss Barrio Concepción

Relato inspirado en "Miss Sarajevo" de U2 y Luciano Pavarotti

A la inocencia,
que se nos muere sin darnos cuenta.

La escena era dantesca, las llamas salían por las ventanas, arrasando todo a su paso, todo lo que estaba en el edificio sería destruido sin nada que pudiera evitarlo. Era desolador.

Abajo, todas las personas que habían logrado salir a tiempo miraban estupefactas el alcance del desastre. Nadie decía nada, el rechinar de las llamas en contacto con el cemento, con las telas, con la madera y con todo tipo de materiales se hacía escuchar a muchas cuadras, la luz en los rostros tilosos y entristecidos de la gente doraba no solo planes rotos, sino también la desesperanza. ¿Qué les quedaría luego de ese día de infamia?

- ¿Han visto a la Adelita? - se escuchó la voz de un hombre joven. Al instante todos salieron del hipnotismo de lo nefasto. Un rumor empezó a escucharse mientras unos se veía a otros. La respuesta era una sola, nadie la había visto desde antes de que la alarma los despertara y salieran en estampida rescatando lo único que tenían puesto y las ganas de vivir. 

A lo lejos se empezaron a escuchar las sirenas, alguien al fin había llamado a los bomberos, alguien al fin se apiadó de los adultos mayores y los separó del cordón humano al rededor de lo que quedaría de sus hogares, inmediatamente llegaron bomberos, paramédicos y el alcalde con su tropa de gente falsamente piadosa municipal, protegieron a los niños, dieron mantas a los ancianos y otorgaron oxigeno a los asmáticos, nadie sabía donde estaba la Adelita y aunque todos se preguntaban por ella, nadie se miraba ofuscado buscándola, con la desesperación del amor. 

Alguien le dijo al jefe de bomberos que faltaba, en el censo de seres humanos y máscotas, la loquita del barrio. La Adelita. Se dio la voz de alarma. Ella siempre dormía en el sótano abandonado del edificio, siempre con primor guardaba sus pocas pertenencias, tan protegidas que nadie sabía de qué se trataba su tesoro envuelto en trapos chucos.

El siniestro fue apagándose poco a poco, los bombero fueron combatiendo a las furiosas llamas, arrancaron de sus brazos pocas pertenencias de algunos inquilinos, fueron despacio y con cuidado abriendo habitaciones, hicieron censo de pérdidas, revisaron posibles causas del inicio del incendio, recuperaron fotografías a medio quemar, juguetes rotos, cuadros quebrados, cada habitante del edificio agradeció la entrega de un pequeño escombro, era lo que quedaba, eso y la vida, ese pedazo carbonizado de su vivienda y la vida. 

Cuando ya solo quedaba humo y carbón y las llamas se habían apagado, volvieron a decirlo, la Adelita no aparecía, ya era preocupante, alguno de los cuerdos presentía algo malo y lo contagió, los bomberos, los paramédicos y la gente de la alcaldía se dedicaron a buscarla entre las ruinas. La encontraron en su antiguo refugio; calcinada.

Sus manos de anciana estaban pegadas a su tesoro: la corona de latón, la que le dieron cuando la proclamaron reina del barrio, allá por mil novecientos cuarenta y siete.

Séptima Calle Oriente


Relato inspirado en
Miss Sarajevo de Passengers y Luciano Pavarotti




Me pasé toda la tarde mirando esos zapatos. Tenía zapatillas, botas, tacones... linduras que me habían costado en su tiempo mucho dinero. Cerré la caja polvosa y tiré a la basura todos esos pares que ya no me servían, los que se habían pelado y los que ya estaban por deshacerse. ¿Te acordás cuando  fuimos a comprar esos que llevaban piedras? Me insistías que llevara algo cuando en realidad no lo necesitaba. Nunca me ponía tacones ni nada parecido. Eso fue así hasta que aparecieron tus ansias de felicidad y grandeza. Eran delirios apresurados que se volvieron una desesperación por aferrarse a una vida que se escapaba como niebla.


Sigo sin entender cuál era la gana tuya de gastar dinero como si no hubiera un mañana. ¿Cómo iba a saber yo que en realidad no lo iba a haber? Ya venías pensando en cómo iba a terminar todo esto, de seguro. Quizás ya lo sabías o lo habías visto y no me habías querido decir nada por no querer matarme la ilusión. ¿Cuántos años pasaron? Unos ocho o diez, ya no me acuerdo. El juez desaparecía por días y te ibas a los tribunales a ver qué había pasado. A los días, te volvía a ver con la misma cara gris de meses anteriores y entendía que no habíamos tenido avances. Parecía que íbamos a tener una vida nueva sin realmente salir de la que teníamos. ¡Todo lo bueno se nos venía encima y no lo sabíamos! O al menos eso pensábamos. Esas salidas de noche a restaurantes donde te saludaban por tu nombre y donde eras Don Fulano de tal, los viajes en vacaciones y las tardes horneando pollo con hierbas en la casa con jardín de dos pisos... Todo se ve ahora tan lejano. Parece que fue ayer. Ponías el tocadiscos y la sala se llenaba de voces dulces, aterciopeladas y a veces graves y cremosas. Podía ser ópera, new wave, clásica... cualquier cosa. Me gustaba verte sentado en la sala bajo el óleo enorme que teníamos allí, en el sofá rosa viejo con madera clara, justo al lado del enorme armario que tenía los discos que con tanto amor habíamos pasado coleccionando todos durante décadas. Sentía que no me iba a pasar nada mientras estuvieras allí, cuidando de todos nosotros. Casi puedo oler el polvo, el olor a años acumulados entre las tapas. A veces cierro los ojos y puedo sentirlo todavía.



Paso a veces frente a la casa y la veo con nostalgia: se ha convertido en un flamante consultorio de uno de esos doctores con injusta fama de guapos que ven a señoronas de apellidos largos para cobrarles facturas largas. Pudo haber sido nuestra casa. Pudimos habernos quedado en esa zona de árboles viejos y casas con techos de tejas, pero no. No era para nosotros. Todo había sido un espejismo. Fue algo pasajero para hacernos apreciar lo que venía después. De una noche a otra nos dijeron que teníamos una noche para salir de esa casa porque ya tenía otro dueño. De repente la definición de "amigo" cambió a "persona que desinteresadamente te pueda dar cajas vacías sin importar que sean altas horas de la noche". Hasta risa me da ahora, pero en el momento fue todo lo contrario. Nunca voy a entenderlo. Le doy vueltas todos los días a esto y sigo sin entenderlo. De un día para otro, toda nuestra vida se vio resumida a dos camiones llenos de cajas. Tuvimos que vender la mitad de los muebles a los pocos amigos de buen bolsillo que les quedaban a ustedes, llamar a los que alguna vez habían sido ordenanzas o jardineros en la casa y pedirles que nos ayudaran a mover las cosas. Todavía los unía un sentimiento de lealtad a quienes habían tenido como sus patrones por tanto tiempo. Insistimos en pagarles y no nos cobraron. Pude ver que les dimos lástima. "Pobrecita la niña", alcancé a oír los susurros detrás de la columna de la cochera. Nunca te lo dije. No quise aplastarte más el orgullo. No más de lo que ya estaba.




La mente nos juega mal. Yo me acuerdo todavía de los detalles. Trato de domarlos en mi mente, intento manternerlos a raya para que no me coman viva en un momento de silencio. Porque en esos momentos donde no había explicación a nada, estaba el silencio. Y las remolachas. ¿Todavía te gustan las remolachas? Me dijiste un día que eran dulces porque encapsulaban azúcar de la tierra, que el sol las pasaba cociendo a fuego lento para que supieran así, para que yo me las pudiera comer en la ensalada y me hicieran fuerte. Tenías una forma curiosa de decir las cosas: suaves para que me gustara oírlas y directas para que las entendiera. No he encontrado todavía a nadie que hable así. Unos son melosos y asquerosamente poéticos y otros son tan directos que resultan aburridos. Creo que me voy a morir sin encontrar a nadie que me explique el mundo de esa forma. Las remolachas son ahora una forma muy morada para mí de describir al mundo. Siempre las ocupo de ejemplo con quien me quiera escuchar y tenga la paciencia de descubrir conmigo lo poco que le queda de poesía a lo cotidiano. Me aferro a ellas porque son el último símbolo que me queda de tu lucidez. Porque fueron lo último que comí en una mesa sola, pensando qué había sido de aquellos días en esa casa enorme que limpiábamos entre cinco personas mientras sonaba el tocadiscos.