Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]

20140304

Ella y Él


Relato inspirado en Still de Alanis Morisette.

Durante tres mil seiscientos noventa y dos días se miraron a los ojos y sus corazones sonrieron sin parar. Era una extraña condición, por cierto, ya que por alguna razón poderosa aquellos dos corazones intercambiaban emociones incapaces de salir al exterior, de convertirse en sonrisas verdaderas en los labios verdaderos de sus rostros.

Él, podría llamarse Narciso. De hecho, ese era su nombre; pero antes de que esta historia continuase, algún lector docto y conocedor de la mínima parte de la mitología griega y su posterior relación con algunas condiciones de la sicología moderna, estaría haciendo análisis muy adelantados de nuestro personaje, encasillándolo en ciertos rasgos de personalidad ya conocidos por media humanidad. Así que nos limitaremos a llamarlo Él. Ella podría llamarse de cualquier manera, Carmen, Eugenia, Concepción, Olga, Esperanza, y daría la mismo; ya que aquella mujer andaba suelta por el mundo sin un nombre que pudiera definir su presencia. Así que nos limitaremos a llamarla Ella.

El primer día de los tres mil seiscientos noventa y dos días llovía suave, con gotas casi dibujadas, tan leves que parecía que se las llevaba el viento. Ella caminaba por una esquina cualquiera mirando para abajo como siempre, como si buscara algo que se le había caído al suelo, como si nunca lo encontrara. El frío le hizo cruzar los brazos y el suéter sobre el pecho y buscar en el café más cercano un chocolate con leche y malvaviscos flotantes y esponjosos. Atrás del chocolate se lo encontró a Él, que la miró por primera vez con sus profundos ojos de playa caribeña.

– Tenés un bigote de chocolate– dijo Él, sonriendo cada vez más para adentro.
– ¿De qué más podría ser?– contestó Ella, lamiendo cualquier rastro de sonrisa en sus labios.
– Parecés del tipo que sabe cómo y cuando disfrutar un buen chocolate caliente y distinguir el olor del café recién hecho– dijo Él, sin saber que estaba pactando un contrato de trabajo que duraría tantas miradas, cafés recién hechos, pasteles de queso con jalea de fresa, pastelitos de guayaba, matrimonios hasta que la muerte los separe, abrazos sinceros, hijos queriendo y sin querer, lágrimas de mentira y de verdad, escaramuzas de separación y de odio; y en medio de todo, tanta sonrisa del corazón.

Los primeros trescientos sesenta y cinco días se fueron entre miradas y el nuevo nombre del café que ahora se llamaba Arkadia. “El lugar donde se reúnen los poetas”, dijo Ella sin tanta ceremonia, colocando el rótulo en un lugar más visible que el anterior y dejándose envolver por el abrazo reconfortante del primer café de la mañana.

– No entiendo eso del lugar en donde se reunen los poetas–, dijo Él a la mañana siguiente, porque de verdad era muy lento para procesar y pensar en las cosas que consideraba irrelevantes. – ¿Nuestro café es solo para poetas o qué? ¿Vamos a hacer recitales los viernes y sábados por la noche o qué? ¿Vamos a competir con Los Tacos de Paco o qué? No conozco muchos poetas, sabes...

Ella lo miró despacio y sin prejuicios, como solía verlo cada vez que Él no la seguía en alguna de sus ideas, que era casi siempre. Como cuando le dijo que el cielo estaba morado y Él lo seguía viendo azul-celeste, como cuando lo besó esa noche porque le dio la gana y Él se arrepintió -al contar hasta diez- de corresponderle y bajar la mano por la espalda descubierta, como cuando Ella le dijo que estaba llegando demasiada gente y que tenían que ampliar el local o irse a otro lugar y Él le contestó que no era necesario que la gente se iba a acomodar a donde fuera.

– La poesía puede estar en cualquier parte,– le dijo, haciendo de lado la boca y apretando los ojos como cuando pensaba mucho, – incluso en la forma en la que cerrás los ojos cuando querés olvidar, o en la forma en que la luz cae sobre ese afiche tonto del Louvre que has puesto en esa esquina–.

Él sonrío por dentro, porque la misma luz que Ella mencionaba caía sobre su pelo y destacaba-subrayaba un par de canas salvajes y sin remedio entre su pelo. Y pensó que eso también era poesía.

– Quiero informarte que creo que me voy a casar–, anunció Él, el día ochocientos veinticuatro.
– ¿Con la pobre boba niña nice de colores pastel o con aquella vieja cargada de imitaciones de pieles de gatos?–  Pregunó Ella, apurando una tercera cucharada de azúcar al chocolate.
– Espero que no creás que espero tu aprobación…
– Y yo espero que vos no creás que tengo que dártela…
– Entonces… ¿Está bien?
– Ni siquiera me has dicho con cual de las dos…
– La de las pieles de gato…
– Me imaginé–, dijo Ella terminando el chocolate en un solo trago grande. – Aunque seás un cursi sin remedio no te podrías quedar con la pobre boba niña nice.. La de las pieles de gato tampoco me parece, ocho años de diferencia es demasiado, pero como no estás esperando mi aprobación, no importa.

Decidieron que la despedida de soltero la harían ellos dos solos. Ellos dos solos como particpantes, pues. Él no tenía muchos amigos. De hecho, no tenía amigos. Ella siempre se lo dijo: era un narciso sin clemencia, por eso no tenía amigos hombres, no le gustaba la competencia de ninguna forma.

– No esperés que hayan mujeres chulonas bailando y cosas como esas–, le dijo ella cuando lo pasó a traer a su casa para la despedida. Él pensó que a la única mujer chulona bailando que le gustaría ver sería a ella, pero no se lo dijo, la mayoría de las veces nunca le decía las cosas que pensaba, porque siempre creía que no podía soportar que ella se burlara o no pensara igual o lo mandara por allá.
– No espero mujeres chulonas–, le dijo en cambio. – ¿Qué vamos a hacer?
– Vamos a bailar, nos vamos a emborrachar, nos vamos a drogar, vamos a ir un puterío si querés, traje este libro para leer mientras te espero, mirá– Él miró: Salvajes de Jon Winslow. – y finalmente podemos ver el amanecer en el cuarto que tengo en el Hilton. Un cuarto que da al amanecer, entendés... Tu último amanecer soltero.

La boda fue un día de diciembre. Ella se encargó de todos los detalles de la comida, tragos, cafés, música, chocolates y demás. Fue la madrina de lazo, Ella lo pidió, Ella quería.

– Te quiero recordar la metáfora de ese acto tan descabellado. Te voy a amarrar tan fuerte que nunca te vas a soltar–, le dijo. Él solo la miraba con su estómago retorciéndose de dolores secretos como esos que les llaman cólicos y cosas por el estilo. Y así fue: lo amarró fuerte a la mujer de pieles de gato que esta vez no las llevaba, aunque en el ensayo le hayan repetido varias veces que no lo tenía que amarrar, que solo era un símbolo, que solo tenía que “colocar” el lazo alrededor de ellos. No, ella los amarró. Mientras Él se quería reír y ella desparramaba su olor a cítricos, café, chocolates y azúcar alrededor de Él, que solo podía recordar ese mismo aroma –el de Ella- la madrugada anterior junto a Él en la cama, que no miraba el amanecer, sino a Ella dormida sobre los pedazos de la carta que había escrito para el acto de despedida –como Ella le había llamado- y que nunca leyó, porque en un arrebato de borrachera extrema le contó la historia de la carta mientras la rompía en piezas simétricas de aproximadamente media pulgada, antes de expulsar en el inodoro toda la cena y el alcohol que había entrado a su cuerpo por más de nueve horas y quedar cuajada sin aviso en el piso del baño.

En el día mil quinientos noventa y ocho, Ella tuvo un hijo. – De padre desconocido–, repitió durante los más de ocho meses en que su panza fue creciendo al calor del chocolate con leche y los pastelitos de guayaba que Él se encargaba de tostar en el horno. Él, a pesar de las quejas y rabietas de la mujer de las pieles de gato, la acompañó al parto, le secó el sudor, le detuvo la mano, se aguantó todos los gritos y maldiciones que le calleron al Padre Desconocido, pero que, por la manera que le estrujaba los dedos, parecía que eran para Él. Sonrió con ella cuando el niño pegó el primer grito, se fue detrás del pediatra para comprobar que tuviera todos los dedos y pestañas, se sintió orgulloso al verlo por primera vez, ya sin todas las tripas, sangre e inmundicias del primer momento y fue el segundo en cargarlo, después de Ella. la foto del nene acostado en la cunita de hospital, envuelto como cigarro en frazadas de ositos amarillos, fue lo primero en decorar el escritorio de Él en su nueva oficina en la sucursal 4 de Arkadia, que recién acababa de abrir en esos días. Él y Ella ya ni necesitaban hacerse cargo, sin mucho esfuerzo el negocio se había vuelto tan rentable que ahora se dedicaban más bien a pensar en qué hacer con todo el dinero que entraba a sus cuentas de ahorro.

–Invertir en fincas de café– Decía ella emocionada por la idea de producir su propio café...
–Abrir un prostíbulo o motel de lujo, eso da mucho dinero, comprobado,– sugería Él.
–¿Un café-guardería para madres sin oficio? Todas las mujeres con hijos se quieren ir a tomar un café decentemente.–
–Hoteles temáticos en todas las playas de El Salvador–
–Calzonetas desechables para esos casos de emergencia–
–¿Qué casos de emergencia?–
–Como cuando se te olvida...–
–¿Un hotel nudista cinco estrellas en una playa exclusiva del país?–
–Una línea de paletas de sopa de gallina, mondongo, arroz aguado; y diferentes sopas criollas, camisetas hechas del bagaso de la caña, uñas acrílicas con pinturas de Fernando Llort o el Aleph, aire de las montañas de Apaneca para exportar, arena de las playas de la Libertad para exportar, yuca con pepescas para exportar, el olor a la Navidad salvadoreña para exportar...

Los productos para exportar eran los que tenían más éxito en sus brainstormings, podían pasar horas pensando en productos nostálgicos para mandar a los yunais y así se les iban los días en una calma aparente. Hasta que, exactamente en el día dos mil quinientos, la mujer de las pieles de gato anunció que se iba con un hombre que bien podría ser su hijo, al que solo llamó “conejito” y, según contó, había conocido en una despedida de soltera... Conejito tenía un gran talento para quitarse la ropa mientras bailaba, según relató, y había decido convertirse en su “manager”. Así que sin más anuncios ni aspavientos se fueron a Las Vegas a buscar fama y fortuna. Por supuesto que el divorcio tuvo que ser apresurado y con todas las peticiones y exigencias le costaron a Él más de una sucursal de Arkadia. Así que ahora eran Él, sus dos hijos, Ella, su hijo y el Amante Desconocido que había aparecido unos meses atrás en conversaciones y los – hoy me tengo que ir antes porque tengo algo que hacer en la noche–, de Ella que cada vez se hacían más frecuentes. Por lo menos tres veces a la semana. Eso, sin incluir los sábados y domingos que desaparecía por completo, a veces incluídos algunos lunes, a veces incluído también el nene.

El día dos mil quinientos noventa y siete Ella le anunció a Él que se iba a ir a vivir con el Amante Desconocido, que habían alquilado una casa con patio amplio y vistas al atardecer, en donde, además del nene, iban a tener un lindo cachorro y algunos pajaritos en una jaula.

– No esperaras que te haga una despedida de soltera con “conejitos” desvistiéndonse–, preguntó Él mientras le ayudaba a meter sus libros en cajas para la mudanza.

– No esperarás que a estas alturas de la vida yo espere algo de vos... Además no, no creo que hoy, ni nunca, vaya a despedirme de mi soltería, digamos que esto solo es una prueba...

– ¿Querés que te escriba una carta y después la rompa sin leértela?

– No quiero nada, ya te dije.– Concluyó, aunque en el fondo esperara a que hubiese algún tipo de objeción de parte de Él.

Le estaba administrando el negocio, organizándole la vida, escogiéndole la ropa para esta o aquella reunión, acompañándolo cuando se sentía solo, como siempre; y ahora, además, criándole a los hijos. Lo menos que se podía esperar es que fuera Él con quien se fuera a vivir y no con un Amante Desconocido al cual conocía apenas de unos meses. Claro, no se lo dijo. No iba a ser Ella quien lo sugiriera. Sonrió para afuera con una sonrisa de esas fingidas, sonrió para adentro con tristeza.

–¿Querés que vayamos a ver el amanecer?–

–...



El día tres mil doscientos veinticuatro Él tuvo que aceptar que ella se estaba dejando ir de su vida, de la vida de todos al parecer... No le interesaban los pastelitos de guayaba ni el chocolate con leche y malvaviscos, ni hacer planes de qué hacer con todas las ganancias de Arkadia, ni le parecía divertida la idea de la línea de minutas de tiste con alguashte que Él sugería para invertir. Ya no quería sonreír, ni para dentro ni para afuera. Algo faltaba en el color de sus ojos, en la forma cómo miraba hacia un lado cada vez que pensaba en algo importante, algo faltaba en la comisura de sus labios cuando trataba de hacer esa mueca de aburrimiento, algo faltaba en su pelo cada vez que el sol caía oblicuo sobre él con la primer luz de la mañana. Él no entendía exactamente qué, pero algo faltaba. Y Ella empezó a faltar también. Primero unas horas, luego toda la mañana, toda la mañana con algunos momentos de la tarde. Una tarde completa. Hasta que las horas de su ausencia se convirtieron en días, dos días sin verla, tres días y luego aparecía con el nene de la mano, pidiendo un frozen de sandía para él, comentando el calor de esa mañana como si nada de eso estuviera pasando, como si no tuviera que justificar su ausencia, su desaparecimiento. Él no iba a preguntarle. No iba.

– Mañana tenemos que empezar con el plan de mercadeo para el próximo año–, le dijo un día de esos, solo para hacerla regresar, para detenerla de ese desaparecimiento sin tregua.

–No me necesitás para eso,– contestó Ella. –Nunca me has necesitado–.

Y salía con el nene de la mano tal cual había entrado, sin avisar cuándo iba a volver o si iba a volver y no volvía por largos días, hasta semanas. Y entonces volvía a aparecer con el pelo corto y de otro color, entraba a regar las plantas de la terraza y Él le preguntaba que qué tal le iba en su vida con el Amante Desconocido. Y Ella contestaba con un parco bien, que bien, que todo bien. Y volvía a desaparecer.

Días.
Semanas.
Meses.

El día tres mil seiscientos noventa y dos, Él decidió que era necesario ir a visitarla. Hacerla volver. Sí, estaba dispuesto a pedirle que volviera, a decirle cuánto la necesitaba y quería, si era necesario. Sí, podría hacer eso si fuera necesario. Podría decirle, incluso, que toda esa idea del Amante Desconocido siempre le había parecido absurda, que qué hacía con un hombre que no quería tanto al nene como Él. Sí, Él amaba al nene y eso era obvio. Sí, amaba al nene.

Llamó a la puerta de la casa varias veces. Cuatro veces. Solo a la quinta llamada se dio cuenta del pequeño sobre colgando a su izquierda de una maceta. Esta dirigido a Él... “Por si algún día venís”, decía.

Adentro habían dos cartas y una llave.

La casa olía a Ella, esa mezcla extraña, pero deliciosa, entre café, chocolate y cítricos. Todo estaba limpio e intacto, como si recién se hubiera ido. Entró a su habitación, la habitación de Ella con el Amante Desconocido, ese turista-intruso de sus vidas, ese pobre idiota que nunca la conocería como Él, que nunca la habrá contemplado dormir como Él lo hizo esa noche, la noche de su despedida. Horas enteras solo mirándola respirar, darse vuelta, hablar entre sueños, verla amanecer entre papeles y palabras rotas, verla abrir los ojos y mirarlo. Mirarlo como siempre. Sonreír desde adentro.

Querido Él:

No estoy segura si algún día vas a venir. Nunca estuve segura de nada. Como te darás cuenta cuando ya estés adentro y curioseando todas mis cosas como sé que lo harás –si es que algún día venís- nunca existió ningún Amante Desconocido. Esta es mi casa, mi vida solitaria. Mi vida.

En este sobre encontrarás la carta que te iba a leer el día de tu despedida. Sí, recogi los pedazos y volví a juntarlos. Sí, así era, así soy y así hubiera querido haber sido.

Too late.

Sacó la otra carta con una mano temblorosa. La otra carta, la carta Frankenstein, hecha pedazos y remendada, volando por el espacio en silencio del cuarto del hotel, cayendo sobre la frazada blanca y la mirada apagada de Ella, tratando de sonreír, siguiendo el trayecto de los papeles por el aire.

Esperar toda una vida. Y cuando digo vida no me refiero a vivir como respirar o ver o sentir o simplemente ser, me refiero a vida como eso que se esconde en las esquinas de las canciones o los poemas o en los reflejos de una mirada sobre otra o en los blancos de los grices o azules. Esperar toda una vida, digo, por las mañanas con estrellas que todavía se resisten a desaparecer, por el olor a café recién hecho, por las risas y el chocolate y la espuma, esperar toda una vida por la mirada, por la sonrisa que se resiste a salir, por la sonrisa que lucha, por la sonrisa que de desata como gota de agua sobre el agua. Esperar como quien espera la utopía, esperar en silencio y entre sombras... Esperar por mirarte y que me mirés de regreso...

Esperar por el abrazo y las risas.
Esperar.
Porque no quedaba más que eso.

Esperar y allí estás.
Como un oasis.
Un hechizo.

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