Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]

20141113

No podés huir para siempre


Relato inspirado en Rock'n Roll Dreams Come Through de Meat Loaf.

Ella se despide del hombre de su vida en un cuarto de hotel. La desnudez es normal y dejarle un rastro de rimmel que le escurre por los hombros después de llorar por horas, también. No quería que fuera el final, pero es. Le dice. Rescata su cara de mapache frente al espejo del baño que siempre se prestó con una acústica sorprendente. El jaboncito pequeño y las toallas blancas. Lo encuentra con su camiseta, la de ella, casi envolviéndole cara, tal vez tratando de grabarse el olor para siempre. ¿Huelo rico, verdad? Y sin esperar respuesta lo abraza. Lo abraza con la camiseta que cae al suelo entre los dos. Lo abraza sabiendo que es la última. La doble cerradura de la puerta y el adiós. La deja en el centro comercial donde siempre habían quedado y no quedarán jamás. Este es el final, se repite. Y le deja un beso. El último. En el centro comercial, ella camina con toda la gente. Es lo normal. Lo apropiado. Se cruza con parejas y disparejas, mamás con niños, papás sin nada, mujeres con bolsas, hombres con preguntas que nunca se hacen, se cruza con gente apurada que sabe que es treinta de diciembre y compran pavos y vinos y jamones y postres y cervezas y whiskys y zapatos y vestidos y perfumes y más vestidos y más zapatos. En el súpermercado se reune con el hombre de su vida. Ellos también compran pavos como la gente normal y licores para olvidarse de quienes son. Para olvidarse que no saben para dónde van. También compran jamones y dulces para las fiestas que organizan como una pareja actual, con luces de colores en las ventanas y olor a pino en los baños, con música estridente que no da lugar a la plática y mujeres demasiado emperifolladas en cada esquina. Sirven cocteles hermosos e inolvidables. Perfectos anfitriones de gente que no saben ni quién es, ni por qué las invitaron. Gente equis de algunos pasados imperfectos y presentes que ni quieren saber. Las pláticas y los gritos la abruman. La socialización no es el fuerte de ella. Sale por aire y un cigarro al patio. Allí, el hombre de su vida, sonríe entre las sombras y el humo de cada recuerdo que han ido acumulando. El le hace algún comentario irrelevante acerca de su chaqueta de terciopelo. La suavidad de la textura, el negro tan profundo. Ella se quita los zapatos de tacón demasiado alto. Que se quite la falda también, le pide él. Que por qué no se la quita él, lo reta ella. Amanece en su cama, la de él, como si amanecer fuera irrelevante. Amanece en otro año. Otros pensamientos. Otras angustias. El se da vuelta y la abraza, dormido. Ella piensa en cuánto se podrá querer a alguien que no te quiere igual de regreso. Aprovecha para abrazarlo como probablemente no se va a dejar cuando esté despierto y mira una mancha de humedad en el techo, una mancha que inútilmente parece un corazón. Alguien llama a la puerta. Que alguien toca la puerta, le dice a él que se despereza de la pereza del desvelo de año nuevo con el jalón que ella misma le ha dado para que no la descubra tan cerca y cursimente abrazada a él. Finalmente va ella y abre. En la puerta, el hombre de su vida, todavía casi en pijama, aunque ya casi son las doce del medio día, le dice que solo quería saber si de verdad estaba allí, que vio su carro estacionado afuera, que la anduvo buscando toda la noche entre los escombros de la vida que hubiera querido para ellos y los miles de bolos y papeles de cuetes reventados y gente que iba de un lado a otro como queriendo recuperar los últimos minutos del año. Que era innecesario, le dice ella, que nunca la iba a encontrar, que nunca la va a encontrar por más que la busque, hasta que ella quiera que la encuentre. Caminan por la calle. Por las calles. Calles vacía de primero de enero. Caminan por horas y sin sentido. Se besan en un San Salvador desierto, con lenguas inquietas y temblores hasta entonces desconocidos. Se detienen a tomar aire y se miran. Se miran y se calculan. Se besan como si el mundo no existiera o como si no fuera el primer día del año o como si el mundo se fuera a acabar, precisamente ese día, ese primer día del año en el que particularmente la gente ha desaparecido de la faz de la tierra y son solo ellos dos para caminar y besarse, descalzos y desnudos, si quieren, eternos y dispares, también. Siguen caminando sin preguntarse ni saber a dónde quieren llegar. Caminan y sobre la arena, arena dulce, tibia y suave, ella encuentra el rastro del hombre de su vida. Lo sigue en silencio pensando en canciones. Lo sigue en silencio pensando hasta dónde puede llegar o si la vida empieza allí o acaba, como se piensa cosas tan simples como si el mundo es plano o redondo.

En la playa lo encuentra, con colochos revueltos y castaños, con sonrisa clara y diecisiete años, con mirada tan suave que parece imposible, con una vida tan enmarañada que parece mentira.

– No podés huir para siempre.–
Le dice. El hombre de su vida. 

Y pasa la doble cerradura de la puerta.

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