Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]

20160826

Señorita perfecta


Relato inspirado en Garota de Ipanema
de Caetano Veloso y Roberto Carlos



Me enamoré de Simone el 24 de Septiembre del 2002. La tarde había sido aburrida hasta el momentó en que la ví. De lejos alcancé a ver el baile de sus caderas y fue así como me flechó. Su sonrisa relucía entre las otras y ya no pude mirar a otra, no me culpen porque no pude evitar tener mi mente solo ella. ¿Cómo podría ver a otro lado con semejante monumento de mujer a mi lado?  Normalmente espero unos meses para poder llevarme a alguien a casa, pero con ella fue diferente y esa misma noche me acompañó hasta después del amanecer. Y ya nunca más se fue.


Pienso ahora en las cosas que me atrajeron a ella, pienso en las advertencias antes del desastre: amigos y familiares preguntándome si lo había pensado bien antes de juntarme con ella, mi conciencia diciéndome que el silencio de ella era prueba más que suficiente para ver que lo nuestro no iba a funcionar jamás, que estuviera siempre con la piel brillante y con menos ropa que yo porque era tan fácil dejarla desnuda y que yo hiciera con ella lo que quisiera o verla tan pequeña entre mis manos.


Todo me hizo recapacitar. Entiéndanme y escúchenme: las muñecas son para verlas y no para casarse con ellas. Es mejor dejarlas en el estante de la tienda y seguir de largo.


No se casen con una muñeca. Aun si tiene un nombre de chica Bond como Simone.

20160825

El camino

Aquella noche Judit y Mario fueron a cenar al restaurante que querían visitar hacía meses. Comieron y bebieron.

Mario no lo sabía, pero Judit ha estado pensando en hacer algunos cambios. Ella pronto será otra mujer.

Ellos siempre se han divertido, ambos estaban claros de que pocas personas podían ponerse a la altura del otro y eso los dejaba con la fantasía de ser el uno para el otro.

Bajaron del taxi que los llevo a casa.  Las luces estaban apagadas, pero un leve resplandor salía bajo las puertas de los cuartos de sus hijos. Todos pretendían ser disciplinados, para llegar temprano cada mañana a la universidad y al trabajo.

Mario tomó la mano de Judit y la guió al cuarto. Se besaron, como la primera vez que cerraron una puerta para alejarse de todos.

- Permitime, dijo Judit y fue al baño. Mario se sentó a la orilla de la cama y vio a su mujer desaparecer en el mínimo cuartito del baño. Suspiró.

Al otro lado,  Judit se enfrentó al espejo. Se vio. Cuarenta años y muchas reflexiones después se sentía fea. En secreto se preguntaba si su marido la deseaba. Sospechaba que tenía una amante, pero... ¿A qué hora? El hombre pasaba a su lado siempre. Tanto que hasta era difícil encontrar un tiempo y un lugar para la sana soledad. Se regañó a sí misma.

Estaba cansada. De ella misma, de su timidez, de sus dudas.

Se quitó la ropa. Vio su cuerpo. Recorrió con la yema de los dedos sus caderas, la redondez de su barriga de maitra, escuchó a su marido... "¿estás bien, linda?" dijo el hombre, pensando que su mujer había enfermado luego de la cena.

Judit empezó a caminar, sintiendo el movimiento de sus senos grandes con cada paso que daba. El camino la lleva hacia la cama donde Mario la esperaba. Él la vio llegar y sintió algo tan extraño que solo había sentido siendo un adolescente cuando besó por primera vez a una vecina.

Ella terminó su recorrido y Mario la esperaba ansioso. Él Posó sus manos en las caderas de ella.

"Sos maravillosa" dijo Mario mientras ella cerraba los ojos tratando de no morirse en ese momento.

20160824

Sin pena y con mucha gloria














(Relato inspirado en Garota de Ipanema, interpretada por Caetano Veloso)

Estábamos cansados de que la zorra esa de la Paula Rodríguez siempre se saliera con la suya. Digo estábamos, cuando en realidad éramos dos o tres los que nos fijábamos en la maña que tenía para conseguir siempre el mejor trabajo, ser la primera en la fila, tener el mejor puesto en las reuniones, ser la que nunca dejaba de bailar en las fiestas. La gran puta. Qué astucia para ser querida por todos. Qué pericia para andar siempre impecable, ni un pelo de fuera, todo peinado para atrás en un moño, con los grandes ojos maquillados en tono con la ropa, en la que de seguro se gastaba todo el sueldo. “La ropa es solo otra manera de expresarme”, decía cada vez que la embromaban cuando contaba que se había pasado más de una hora decidiendo qué ropa ponerse ese día. Ya me la imaginaba parada en el closet frente a su ropa ordenada por colores, de todos los colores y blanca. Menos negra. “Según las teorías el negro es un color para esconderse. Si querés pasar desapercibida vestíte de negro. El blanco es el color de las princesas”, proclamaba enfundada en su gracioso vestido de lino blanco con alforzas bordadas con diminutas flores verdes y naranja cayendo hasta el suelo. Semejante presumida. De verdad se creía una princesa. Ella nos contaba medio riéndose del abolengo de su sangre y nos recitaba de memoria su árbol genealógico como quinientos años para atrás hasta llegar a Portugal por la región de Albufeira, en donde al final resultaba que también tenía raíces árabes. “Por eso no me costó nada aprender el bellydance”, decía, haciendo un movimiento extraño con la panza que decía se llamaba camello, pero mas bien parecía una culebra. Todo lo sabía. Era una verdadera enciclopedia ambulante, de cine, arte, literatura, psicología, historia, geografía; “Wikipedia” le decíamos, siempre tenía algo que decir, algo que contar, la gente se arremolinaba a su alrededor para escuchar sus historias. 

“Está científicamente comprobada la perfección matemática de la música de Mozart”. “La palabra república viene del latín. Res pública, la cosa pública. Sí, res quiere decir cosa. Y sí, creo que por eso a las reses les decimos reses”.  “El Tequila Sunrise lleva, obviamente tequila, jugo de naranja y granadina, se echan en el vaso sin mezclar y forman un agradable desvanecimiento de colores, desde el rojo hasta el dorado del tequila, por eso del nombrecito”.  Yo no le creía del todo, siempre estaba pendiente de algún error, “¿Quién ha oído de semejante película? ¿Shawshank Redemption? Qué nombre más ridículo”, me aprontaba yo a decir cuando mencionaba la película y la catalogaba como de las mejores que había visto. “Tal vez solo vos no, me decía, yo la he visto ocho veces, estuvo nominada a seis oscars en el noventa y cuatro, incluyendo mejor película, pero ese año se los llevó casi todos Forrest Gump. El guión está basado en un libro de Stephen King, ¿sabés quién es? El tipo ese que escribe cosas de suspenso. Creo que en español se llamó Sueños de Fuga”. 

Mil veces puta y recontra puta. ¿Cómo le hacía? ¿Cómo es que tenía marido, dos hijos, administraba el departamento de comercio externo en la empresa, siempre andaba intachable y todavía le quedaba tiempo y espacio en el cerebro para saber todo eso y encima acordarse? Perra desgraciada. Si todavía le quedaba tiempo para moverle las pestañas al jefe con los grandes ojos árabes y andarse besuqueando con él en todas las fiestas de la oficina. Todos lo sabíamos. Pero ella, Paula Rodríguez, con ese su modito suave y refinado, con sus vestidos blancos bordados, había logrado que todos se lo celebraran, que la gente de la oficina se emocionara al verla atravesar el pasillo a la puerta del jefe, nadie entraba si ella estaba, aunque estuviera abierto, aunque de verdad estuvieran trabajando. Me tenía harta.

Esa noche de la fiesta de navidad ya llevaba unos cuantos tragos de más, cinco güisquis, ¿por qué no tomaba cerveza como todos los demás? Siempre el mismo show con sus tragos caros, aunque tuviera que pagar más. Daba vueltas por la pista bailando en medio de todos los jovencitos con el abundante pelo negro suelto cayéndole en la espalda escotada de su vestido azul. “Azul pavo real”, según ella misma nos había dicho esa tarde en la oficina, cuando nos describió con lujo de detalles el famoso vestido que había comprado en Anne Klein. Mientras ella se “pavoneaba” por la pista de baile, atrayendo con sus movimientos a todos los machos de la bandada, las demás mujercitas nos teníamos que conformar con pasar desapercibidas en el típico vestidito negro de Zara.

Unos minutos después de su derroche magistral de ritmos latinos sobre la pista –sí, el colmo era que también podía bailar demasiado bien-, me la encontré en el baño. Sostenía el quinto güisqui casi terminado en la mano derecha mientras con la izquierda se apoyaba en el mármol del lavabo y se miraba fijamente al espejo.  “Me siento muy mal”, me dijo al verme entrar. Impecable como siempre. De no ser por la vista un poco extraviada, nadie le hubiera creído el cuento. “¿Querés vomitar?” logré apenas decir, deseando que sí, que se descompusiera allí mismo en el baño, que tirara bocanadas de asqueroso y pestilente vómito sobre su adorable vestido azul pavo y luego abrir la puerta para que semejante imperfección quedara a la vista de todos. “No, dijo, pero creo que me tengo que ir”. Puso el vaso sobre el lavabo, abrió la carterita de mano y sacó cincuenta dólares de la billetera. “¿Qué hacés cuando querer a alguien te puede llevar a convertirte en su sombra mal reflejada?” Qué que. Para más joder hablando en acertijos. Sonrío para sí misma en el espejo. “No creás que no sé que todos saben…  Volvió a sonreír. “Ya sé que vos y yo no somos muy amigas, es más, creo que te caigo mal... No me digás que no, no importa. Ahora estoy tan borracha que no importa. Te voy a hacer una confesión y probablemente mañana voy a negar todo lo que te diga y vos vas a poder decir que me viste llorando aquí mismo en el baño mientras te contaba que a pesar de las miradas y los besos de vez en cuando, nada más ha pasado entre nosotros, porque yo quiero y no puedo y él puede y no quiere… Estaba llorando de verdad. Me dio una cosa verla con las lágrimas corriéndole el perfecto delineado de los ojos. “Todo es una ilusión. Tomá, aquí te dejo cincuenta dólares para que pagués mi cuenta cuando se vayan todos”, dijo, como si nada, limpiándose los ojos y salió. Yo salí detrás con los cincuenta dólares en la mano. Entonces tuve que impedir que se fuera, estaba demasiado borracha, pero me quedé allí parada observando como Manuel la seguía con la mirada hasta que salió por la puerta, como se quedó en blanco por unos minutos, pensando, como se levantó a un lugar apartado y le habló por teléfono. Le dijo que no podía irse todavía, que era tan temprano, que se había ido sin despedirse de él. Le pidió que regresara. Estoy segura que le pidió que regresara, porque él también salió, despacio y discreto, siguiendo a su mujer perfecta, a la sombra mal reflejada de sus deseos imperfectos.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que nos diéramos cuenta del accidente, obviamente yo no estaba contando el tiempo, solo estaba allí parada con los cincuenta dólares en la mano, mirando a todos enardecidos por el alcohol y la música. Creo que todo empezó como un rumor, como un murmullo que fue llenando la sala hasta que la música calló y todos nos dirigimos a la calle a observar semejante espectáculo navideño cortesía de Paula. Allí estaba, el lindo carro europeo del año ensartado literalmente en una zanja que al parecer habían abierto esa mañana para una reparación de la calle. Al parecer Paula regresaba, quién sabe por qué razón, a la fiesta y la curva demasiado pronunciada le ocultó la zanja. Al parecer mientras el carro volaba por el aire, impulsado por el promontorio de tierra que estratégicamente había sido olvidado por lo trabajadores unos metros antes, le pasó volando uno de los retrovisores al carro alemán del alemán que vociferaba a todo pulmón por el espejo que yacía impávido en las manos de Paula, a quien, al parecer no le había pasado nada y permanecía callada, elegante y discreta parada junto a Manuel que negociaba con la policía por el indecoroso estado de ebriedad de la señora, con el agravante de la licencia de conducir vencida, y con el alemán malencarado por la irreparable pérdida del retrovisor. 

No quedan más adjetivos para Paula. Zorra. Gran puta. Semejante presumida. Puta y recontraputa. Perra desgraciada. ¿Qué más decir si con su cara de gatito indefenso logró que el policía sentenciara que si lograba una negociación con el alemán y retiraban el carro de la zanja antes de que concluyera la negociación la dejaba ir sin esquelas ni cargos? ¿Qué más decir si mientras se realizaba la negociación, consistente en trescientos dólares americanos que fueron saliendo de las bolsas de todos los presentes, incluyendo los cincuenta que yo tenía en la mano; entre seis hombres fuertes y vigorosos con palancas improvisadas y una cadena amarrada de bumper a bumper, sacaron el lindo carro europeo del hoyo? ¿Qué más decir si luego terminó estrechando la mano del alemán, mientras ella le pedía, tal vez inspirada por los tragos de más, que la perdonara, que todo había sido por amor y él, sonriente, le preguntaba “amor por cual de todos” y ella señalaba a Manuel con un leve gesto de su boca, mientras al vestido azul se movía con el viento?¿Qué más decir si al final Paula-pavo real-princesa-arabesca terminó en los brazos de Manuel en plena calle ante la mirada de más de cincuenta compañeros de oficina, tres policías, unos cuantos curiosos y los dos empleados de la grúa, que para hacer completo el espectáculo se aprontaron al lugar de los hechos para alzar el carro sin pena y con mucha gloria?

No quedan más adjetivos para Paula. Quizá unos cuantos para mí, que al final feliz de la trágica historia, la terminé escoltando a su casa en mi humilde carro japonés, mientras ella no terminaba de agradecer mi generosidad al haber puesto cincuenta dólares para completar los trescientos que le habían sido entregados al alemán.

20160822

Isla

relato inspirado en "Garota de Ipanema, Caetano Veloso y Roberto Carlos,"



















Durante la noche ruidosa explotaron
sonrisas enteras y frágiles, cayeron
inhibiciones decoradas por el tiempo
Pedazos de relatos efímeros, guarniciones
de la isla que acoge, el cuarto que espera.

Bailaron de una almohada a otra y se fueron
la espera y las promesas al oído, basta
de tanto coqueteo, en la isla las palmeras
dicen que se dice lo que quieran,
y nadaron del barco a la arena y
tomaron desnudos y escondidos, el velero
ya se iba y el nudo desapareció en las olas,

olas que suben y que bajan, bañados
por el sol y el calor de la vida que no tenemos,
el sabor de las lágrimas se vuelve alcohol,
este es el sol y el calor que todos quieren, es
la isla en la que nos encuentran, invisibles;
vista solo del azul infinito de posibilidades
que no tienen, espacio cerrado de días,
sonrisas enteras que no existen sino en la isla,
cayéndose el sabor a agua salada, permanente
el sudor que se seca de caras deshinibidas.


20160815

Garota

Soy violenta.

Lo lamento, es así, no soy una mujer demasiado suave, a veces se me ha acusado de anti cursi y anti girly. Es cierto, yo he abonado a esa imagen.

Pero hay una parte mía, algo blanda, algo soft, algo esponjadita. En esos momentos, cuando un poema se me instala en la mente y logro calmarme y no pongo barreras al mundo que se me acerca algo mágico sucede. La música me atrapa en su tranquilidad, en su armonía.

Por eso, y solo por eso, esta quincena mis compañeras y yo escribiremos inspiradas en una de las grandes canciones de todos los tiempos, Bossa Nova, Caetano Veloso... Garota de Ipanema. Porque al final, sentirse linda es un derecho humano.

Que disfruten.


20160810

Ese lugar conocido


Qué bien que sea de noche, que el viento sea esa oleada fría que entra por la ventana y hace elevarse la cortina blanca de encaje a flores. Está bien el cigarro que inútilmente humea en el cenicero lleno de colillas, los boleros sonando sin importancia como propicia música de fondo y la tenaz narración de Eduardo Galeano abriendo las heridas, haciendo las preguntas que vos nunca hiciste, dictando las respuestas que nunca tuviste. “¿Qué esperabas, ¿Qué te corriera atrás? ¿Qué te llamara a gritos?”.  Ese no es tu estilo, ya te imaginás implorando algo y te da risa, tenés un orgullos que es más grande que cualquier otra cosa, aún que el amor, porque si tenés que rogar a alguien significa que ese alguien no quiere nada de vos. Mejor te hacés a un lado, como siempre, y fingís un valeverguismo parco, un “estoy magníficamente bien”, una mirada por encima del hombro, una sonrisa de lado. Aunque terminés llorando cuando menos se lo esperan y tengás que andar explicando después que se te destemplaron los nervios, que se te vinieron encima los errores, te reís.“ O un perfil que se escapa, una voz adivinada entre otras cosas”.  Un perfil que contemplabas subir y bajar, aspirar y respirar, dormido e inconciente, despierta y esperando, oír al menos las mentiras de siempre, pero oír algo, no ese insondeable traqueteo de tu mente.“Que se equivocaría siempre”. Mil veces y otra vez caminando por la cuerda floja, imaginando que algo te pertenecía, rayando en la ingenuidad, tu terrible ingenuidad que enferma, que él te enseñó a derribar, a creer en tu cuerpo. “Deambulando desnuda por la región nochera de sus sueños”. Te enseñó a creer en vos misma, porqué no decirlo, a destruir los muros de ese candor hipócrita que quisieron, que ya no estabas segura para qué. Y fuiste e hiciste lo que el estadio más primitivo de tu conciencia te mandó, como dirían los sicoanalistas. Quién sabe porqué, como dirían los moralistas, si se enteraran, si fueran capaces de ver entre las líneas oblicuas de tu mirada. “Persistiría, persistiría”, mil veces. Otra vez llena de odio, ese lugar conocido que recorrés de memoria. “Y a veces late y a veces arde y a veces duele”.  Al cual regresas en cada paso, en cada noche, en cada cigarro, en cada canción –you float like a feather in a beautiful- que te cantaba, que te presagiaba aquella luna llena alumbrando escurridiza por los altos pinos de Montecristo junto a las fronteras de tu incomprensible felicidad, blanca y pasajera. “La necesidad de volver”. ¿A decir qué? A sentir tu inocencia como un animalito mudo y juguetón rondando los caminos de la inminente madurez que se abría paso, que querías capturar. “Como esto, nunca, nada. Y no volvió. Un país en demolición. Esperando”. Amando, aprendiendo, esperando, creciendo, esperando, aprendiendo, amando. Conociendo la vida de una manera inesperada, con aliento tibio y manos calientes. Obligándote a salir, a caminar, a corre por oportunidades, empujándote a crecer, a sonreír de veras, a iluminar tus ojos, a dar patadas, mordiscos, arañazos, a voltearle la cara de dos cachetadas. “Alzándola y aguantándola para que no se tropiece y caiga”. Tu árbol donde arrimarte. Aunque te advirtieran que amarlo era una batalla por los caminos de la desesperanza. El oportuno flash back en cámara automática: un click y vos acostada de bruces en la cama, él tirado en el piso como náufrago, diciendo sí te quiero y no me digás farsante, que no gano nada con decírtelo. Otro click y los dos parados de frente, recostados contra el marco de la puerta, él diciendo sí te quiero y vos contestando pero no de la manera que yo quisiera. Tercer click y vos sentada en la cama, él sorprendido, diciendo “shit” cuando se dio cuenta de que eras virgen. Miles de clicks, la misma historia. “Persistiría, persistiría”. Mil veces. Tomando pastillas para dormir, contando retazos de la historia a la sicóloga moralista que no entendía nada, asistiendo a misa los domingos, esperando, intentando cortarte las venas, logrando ser más fuerte que eso, logrando traspasar los límites de tu miedo y resurgir del modo que él te quiso. “I want  to have control, I want a perfect body, I want a perfect soul”.  Para entender que no era eso tampoco, que te acostumbraste a no esperar nada, a verlo venir de vez en cuando, transpirando su simpatía y sonrisa gentil, que aprendiste a callarte todo con tal de que estuviera.

Click

Los dos en el carro surcando las calles, él agarrando tu mano, diciéndote sos perfecta. “Para no sentirse obligado a esperar a nadie”

Click

“Por los ojos no le sale nada,  por la boca tampoco. No me gusta sufrir, no me gusta estar sola”.  Despertando en una realidad de brazos y piernas confundidas, él diciendo, podría ser tu noche de bodas y vos diciendo, pero no es, pero podría, pero no es. Y ese es el final que inauguró el principio. “Y lo convertimos en pasado cuando dejamos de llorar”

Y fuiste desde entonces la querida amiga perfecta, la que se busca porque no hace preguntas ni le gustan los dramas, la que aprendió a lanzar señales, a mentir como manera de vida, a transfigurar los poemas rosa, a herir a la gente y todavía reírles en la cara. “Y te odié mucho o quise odiarte, para que no me lastimaras”


Por eso está bien que sea de noche, que el viento sea esa oleada fría que entra por la ventana y hace elevarse la cortina blanca de encaje a flores, el cigarro apagado en el cenicero lleno de colillas, la música que ya no suena de fondo, la tenaz narración de Eduardo Galeano que concluiste.“La espalda de ella siente frío y él le sube el cierre de la blusa”. Final feliz. Menos para vos, que tenés que verlo voltearse, mientras sabes que en alguna parte alguien lo espera, mientras te dice que se siente responsable de que te hayás acostado con Mario, porque si nada hubiera pasado entre ustedes todavía seguirías conservando tu inocencia como un animalito mudo y juguetón.

20160809

26

Relato inspirado en Creep versión Postmodern Jukebox

Alex se quitó el reloj y frotó su muñeca, descontraído, antes de acostarse contra el respaldo. ¿Se acordaban de cuando no les importaban las sillas sin respaldo? Hoy no, hoy se joden la espalda y, por lo menos para Alex, era un pequeño secreto. Siempre buscaba momentos solitarios para tocarse la espalda baja, que como duele esa mierda, de modo a no quejarse en público, frente a los bichos de la oficina, de sus dolencias lumbares. Para Manuel, en cambio, el golpe bajo fue cuando lo venció la rodillera. Él había visto a su nana poniéndose esa cosa para jugar tenis, y hoy es él, con tobillera y muñequera. A la edad que tienen no pueden descuidar nada.

¿Otra birria?

Pero la edad no es tan mala, pensaba Alex. A Manuel no le va tan mal. Es bello ese apartamento en el que tantas veces se han juntado. Y ya se van a casar, al fin se van a casar, pero, pues sí, tenés que darle largas si quieren pero no pueden. ¿O serán solo las ganas de prolongar la soledad? Manuel no le veía el punto, pero pues Alex y Manuel nunca han sido iguales, men, ¿qué esperan? Manuel ha tirado más para un lado y Alex para otro, pero se juntan en el medio, siempre. Los extremos son como un putazo que se te sube, pero baja, y tanto Manuel como Alex siempre buscan su centro. El justo medio, a veces, era el balance encontrado entre la novia que viaja y la novia que vive lejos. Y así como a veces Manu se pierde siguiéndole el hilo a una que otra promesa y cambia –porque sí, cerote, te volvés irreconocible–o qué sé yo, Alex tendía por mantener un status quo y setear solito las barreras que lo confinan a su comfort.

Si por Manuel fuera, se habría casado hace ratos y se quedara en ese apartamento, pero la lógica de su chero era distinta: él había prolongado y estirado el noviazgo tanto que ya no veíamos el borde, el inicio.  Todo era de esperarse, y así ¿cómo no te vas a malacostumbrar? Esas malas mañas de agarrar el celular y escribir y esconder. A saber si las irá a dejar botadas, cuando deje el apartamento y encuentre su casa y tengan sus hijos. Manuel se quedara allí, con ella, en el apartamento. ¿Qué ondas con construir algo y dejarlo? Él solo quiere algo más cuando lo dejan, y allí ni modo. Y cuando Alex y él se salgan cada uno del camino que les tienden las costumbres, y el cuerpo no les deje de acordar que ya no tienen 26 años, porque esas birrias cada vez más los hacen más pedazos y pica el intestino el día siguiente –es verdad, cerote, es como una picazón– y tengan su balance, probablemente se encuentren en los extremos. Los excesos son un lujo que damos por sentado, dijo Alex, y se levantó a contestar una llamada.

20160808

Prohibido reír




Relato inspirado en Creep versión de Postmodern Jukebox




Me preguntó usted por qué es que soy así. O mejor dicho, por qué creo yo que soy así. Le dije que varias cosas tienen la culpa: las figuritas de las corredoras que flotaban por la pista con velocidad envidiable mientras yo apenas alcanzaba a salir de la meta, el árbol seco del área social donde aquella amiga me mandó a la mierda, los hot dogs insípidos con los que aquel primer novio me pidió que anduviera con él, aquella señora que me vio con desprecio cuando llegué al cumpleaños de su hija un día antes por querer encajar. Usted no sabrá cómo es esto de ser yo, de ser invisible a voluntad y de ser notoria por los motivos equivocados. Usted no lo sabe y es mejor así, porque si no, no estaría contándole todo a $40 la hora. Quisiera que me dijera que esta combinación de cosas que llevo adentro es culpa de todo eso y de esta cobardía de no haberles dicho lo hijueputas que eran todas, de no haber tenido el valor de defenderme. La verdad es que yo misma sé la respuesta, no tendría ni por qué estar sacando toda esta sarta de cosas. Después de tres meses de estar dando vueltas a la misma cosa, no creo que sea necesario que me siga escuchando, pero como ya le pagué todo el tratamiento, voy a seguir en esto. Me da risa pensar que me decían que parecía dragona, me da risa porque en realidad no tenía ni la mitad de la furia que tengo hoy, porque la única diferencia es que hoy la disimulo mejor.


Verá usted, si hay algo que no entiendo es cómo toda esa gente que nunca se esforzó ni la mitad de lo que yo me he esforzado vive viajando por el mundo, en pent-houses de lujo y con veinte fotos por día en Instagram, en Facebook y en cuanta red que aguante fotos exista. Le pasan machacando a una por casi veinte años que es especial cuando en realidad es una poco menos que ordinaria. Los otros restaltan no por sus logros, sino por sus apellidos y por las amistades de papá y mamá. Es una lástima que eso lo haya venido a aprender demasiado tarde. Antes veía los calendarios y de repente me caía un anuncio para avisarme de la nueva imagen de alguien, porlagrandísima. Ellos en un yate, ellos en París, ellos en el bautizo del segundo hijo y ellos en los juegos de invierno en milnovecientosquiénsabe en algún lugar de Europa del Este, con nieve en el fondo. Seguí su consejo y por mi salud mental dejé de seguir a toda esa gente, desinstalé programas de todo, cerré cuentas de redes y solo paso hablando con la gente que de verdad me importa. Resultó que encontré amigos entre perfectos desconocidos que hablaban mi idioma y boté supuestos contactos de gente hipócrita que conocía desde hace veinte años. El que dijo que los amigos del colegio eran eternos, claramente no conoció a la misma calaña de personas que conocí yo. El que a usted lo obliguen a estar encerrado en un salón seis horas al día con el mismo grupo de personas durante ocho años no lo hará tener amigos entre sus compañeros de encierro. Si no me cree, pregúntele a un ex-convicto. No veo la diferencia entre las paredes de un colegio al de una cárcel. Bueno, si... El cambiar de juego de paredes pasado el mediodía puede que haga la diferencia, pero el encierro forzado y el falso compañerismo comparten la misma naturaleza. Juzgue usted.


Y no hablemos del falso fervor. Falso, falso... Todo falso. Creo que esa palabrita resume todo en esta vida. O al menos una buena parte de la mía. Podría pasarme horas quejándome de esa porquería, siempre encontrando algo nuevo que criticar. Amén la clase de catecismo, oremos por el Santo Padre que lleva en sus hombros la salvación de todos nosotros y no recuerdo qué más. Yo misma veía a los supuestos líderes coqueteando con las muchachas del grupo, que solo eran grupos de encuentro para potenciales novios y novias aprobados por los padres y a veces asolapados por los mismos curas. Pero le veo la cara de espanto y el labio arrugado; no me mienta, que sé que le ofendo. Y está bien, usted es libre de creer lo que quiera, pero a mí ya no me vienen con cuentos. Pasé por eso: por los hermanitos de los coritos dominicales, por los Hare Rama Hare Hare, por los otros hermanitos del diezmo que es del Señor y muchos otros. Creo que brinqué por todas las religiones, a excepción de los mormones y musulmanes. Mejor le cambio el tema porque veo que no le voy a poder echar la culpa a eso con usted. Ya lo ví, creo que es mejor que no le diga nada más de eso. Cerremos nomás al decir que yo no voy a buscar la religión como un consuelo así como hacen otros porque ya pasé por eso y sigo sin encontrar a Dios. No me malinterprete, que no soy atea. Creáme cuando le digo que sí quiero encontrar a Dios. Quiero creer en El pero la vida me tira razones para no creer directamente a la cara, todos los días. Dios y yo nos entendemos y El me conoce. Dejémoslo allí.



¿Le cuento algo? Creo que encontré una forma de maldecir menos y pensar menos. Así paso los días concentrada en cosas más productivas que en cómo insultar a esas malnacidas si me las llego a topar en la calle algún día. Sí, es mejor si paso buscando formas de reírme por estupideces. Si la vecina patea porquería de perro, me río. Si alguien me cuenta un mal chiste, me río igual. Reírse es gratis, disfrutar pequeñeces es barato, no jodo a nadie y me siento mejor después. Lo que más me gusta es que puedo reírme al fin de mis errores aunque no me de risa, aunque quiera llorar o mandarlos a todos al carajo. Es más fácil reírse a la fuerza que fingir que alguien me cae bien porque a la larga termina dándome risa de verdad. No importa si al principio no siento cosquillas en el estómago, porque la risa no comienza en el estómago sino en el cerebro. Una vez me dijeron que la risa abunda en la boca del tonto, pero no creo en eso. El que se ríe a propósito no tiene ni un pelo de tonto, sino que navega sutilmente con bandera de pendejo para enterarse de todo y no afectarse por nada, digo yo. ¿Sabía que dicen que disfrutar del sarcasmo es signo de inteligencia? Desde que oí eso, me siento menos estúpida cada vez que hablo antes de pensar. Sigo pensando en las cosas que encuentro risibles y no logro entender todavía si soy penosamente idiota o increíblemente lista. ¿Será que eso importa? Yo digo que mientras logre pasar un día más sin agarrar a alguien del cuello para cobrármelas todas, eso sale sobrando. ¿Usted que piensa? Ah, sí. No me puede decir. El tiempo se nos ha terminado y esos $40 no alcanzan para que me diga eso.  Será para otro día.

You're so fuckin' special

Relato inspirado en Creep, de Radiohead, pero en la versión de Postmodern Jukebox.


A mi amiga,
la imaginaria... 


Giró la perilla de la ducha y el sonido del agua cayendo la alejó de todo. El agua llegó a su cabeza y empezó a bajar por su rostro, su cuello, sus pechos y pasó acariciando su vientre antes de desviarse por los pliegues donde inician las piernas. Tenía mucha fiebre. 

Levantó los brazos para que el agua mojara sus axilas, sentía que la fiebre la debilitaba, apoyó sus manos sobre la pared, exponiendo su espalda a la frescura del agua, quería que pasara la sensación de morirse. 

Agachó la cabeza, un poco más abajo de sus hombros, cerró los ojos y quiso recordar el momento más feliz de su vida, por si se moría, podía hacerlo llevándose la mejor experiencia que había vivido. Vio a Mario, su marido, sentado en la silla que ocupaba un lugar en el gran reino de su habitación, todo lo demás estaba a oscuras. Ella estaba recostada sobre la cama, desnuda, tal cual estaba bajo la regadera, con los cabellos sueltos, el aliento agitado, sentía el corazón rebalsando, la sangre galopando, de pronto sintió el suave tacto de unas manos. Eran manos de mujer. 

Sintió el recorrido interminable de esas manos, había iniciado en sus muslos, rodearon la carnosidad de su vientre y se divirtieron un poco al llegar a las protuberancias de sus pezones, los dedos juguetearon un momento con la suave vellosidad de su piel. Mario veía fijamente hacia ellas. No decía nada. Ella se permitió suspirar. Cuando las manos terminaron de llegar a sus hombros y empezaron a acomodarse en su espalda, mientras los brazos se deslizaban sobre sus homóplatos rodeándola, vio al fin el rostro de la mujer. Era bella, como ella. Eso era lo que pensaba Mario de ambas. Las deseó. Se le notó.

Ambas se querían, eran amigas desde hace años; para ella, su amiga siempre había sido tan especial, jamás se lo habían dicho pero lo sabían, se sentían atraídas, pero ser mamás y esposas era un deber, una obligación, un cumplimiento del deber que no podía ser detenido por fantasías lesbo-eróticas. Ambas sabían que aquello no era un error, sino una enmienda a años interminables de cumplimiento del "deber ser". Sus labios se juntaron y Mario hizo evidente su necesidad de acercarse, se sentó a la orilla de la silla y abrió las piernas, ambas vieron su increíble erección. Separaron un poco sus carnes y extendieron, cada una, un brazo, invitándolo a unirse al festival de caricias. Mario se dejó guiar. Sin hablar le mostraban dónde tocar, donde dejar una marca en la piel, dónde juguetear, él se maravilló.

Ninguno dijo nada, incluso cuando al fin Mario penetró a la amiga de su mujer, viendo cómo se movían sus pechos con cada arremetida, mientras su mujer abría las piernas para que la lengua de su amiga entrara fácilmente a su región más escondida. Cerraron el triángulo Mario y su mujer al juntar sus bocas. Los tres se vinieron en ese momento. 

Ella abrió los ojos, el agua seguía corriendo por todo su cuerpo. Seguía caliente. Cerró la llave, se envolvió con una toalla y salió del baño; a la salida, uno de sus hijos adolescentes le preguntó si seguía sintiéndose mal.

"Ya me siento mejor" - le dijo.