Cuando la música se convierte en inspiración

Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.

Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?

[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]

20150809

Espejismo



Relato inspirado en No More I-Love-You's de The Lover Speaks
y Sandman de Neil Gaiman


Deseo y Desgracia
gemelos eran,
ambos caras de una misma moneda.
El uno enamora y
la Otra envenena.



Mientras se encoje y consume su carne
en el dulce tormento de su hambre
clama febril a Deseo el amante.


Si en la mañana su amada lo olvida
vuelve terrible su angustia
y ya no es Deseo quien lo calcina 
sino Delirio con sus ojos de ámbar 
y piel cristalina.


Sus manos se mojan con lágrimas
y se deleita en ver los rubíes
brotar de sus venas
gota a gota saliendo
mientras lavan juntos
el dolor, los desaires,
todo muy lento.


A través de su espejo
Desgracia lo encuentra.


Llega a él sin llamada ni aviso,
como siempre
horrenda y perfecta,
lista para forjarlo en el fuego
que antes encendiera Deseo.


El silencio





Aquí nadie me cree, pero él era real. Era un caballero, de esos que describen en las novelas clásicas, de los que luchan por el corazón de una mujer, de los que te abren puertas, te acercan la silla, te preparan el café y los desayunos de domingo.

Sus ojos eran una fuente de paz. No importaba el mal día, los veía y olvidaba todo. Sus brazos, su pecho, su barbilla sobre mi cabeza mientras nos fundíamos en abrazos eternos, se habrían convertido en mi salvación en medio de la más severa de las depresiones.

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Habré tenido 8 años la primera vez que pensé en el suicidio. Fue justo después de que aquel vecino se sobrepasara conmigo de una manera que no logré entender, y que mi mente tuvo a bien cubrir con un manto nuboso que ni con la hipnosis ha sido posible develar. Recuerdo la boca de ese adulto sobre la mía, sus manos sobre mi cuerpecito, y lo su voz áspera repitiendo "no le digás a nadie", mientras me llevaba en brazos a su casa. No recuerdo más, y tampoco quiero.

Desde entonces fue una montaña rusa de buenas y malas épocas. Abandonos, pérdidas y todos los retos de ser parte de una familia desintegrada y pobre. Cuando tuve edad de trabajar me fui de aquella casa en la que me habían hecho sentir menos que nada, en la que siempre se me exigió y en la que todo lo que di nunca fue suficiente.

Me enamoré por primera vez justo en esa época. Aquel compañero de la universidad era un revolucionario encantador, de discurso fluido, de palabras convincentes. Dijo que yo era una "burguesita" a la que él terminaría de enderezar. Su concepto de amor me sumió en la segunda gran depresión de mi vida, y en la primera hospitalización por abuso de pastillas.

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Había cumplido ya 30 años y un par de cicatrices en las muñecas, era paciente frecuente de la unidad siquiátrica del hospital local y luchaba por mantenerme fuera de la reclusión, que ya más de alguno de los médicos del sistema público había indicado.

Por primera vez tenía un trabajo que me entusiasmaba. Había logrado colocarme como escritora de cuentos en una publicación de alcance nacional, después de ganar un concurso promovido entre jóvenes plumas. Mis textos, firmados con un seudónimo, salían en el suplemento dominical y eran para mí el lienzo en blanco en el que plasmaba la vida que habría querido tener. Entre semana ayudaba a corregir piezas de otros escritores y a hacer trabajo de archivo.

En esa época lo conocí. Él, poeta, no era visitante asiduo a los lugares en los que el círculo literario e intelectual solía congregarse. Yo, totalmente anónima en el medio, sólo había asistido a un par de actividades del Ministerio de Cultura para recibir segundos o terceros lugares en los concursos a los que participaba casi compulsivamente, más por la necesidad económica de ganar algo que por convicción.

En una de estas premiaciones fue él uno de los jueces y habló sobre mi cuento, que había ganado el tercer lugar, con una fascinación y un deleite que me parecían totalmente desconocidos. Hundida en mi silla me ruboricé a niveles inimaginables, y cuando finalmente él pidió que la autora de aquella pieza pasara al frente a recibir el diploma y el aplauso del público, no pude moverme de mi lugar.

Estaba cautivada por aquel hombre. Debo reconocer que el encanto de sus ojos me capturó desde el primer momento, pero fue cuando comenzó a hablar, cuando las palabras comenzaron a fluir de sus labios, que llegué al punto sin retorno. Siempre me he enamorado de las palabras bellas, es como una maldición.

Esperé mucho después de que el acto terminara para finalmente acercarme a la promotora del Ministerio de Cultura para recoger mi cheque y, bueno, el diploma. Caminaba hacia la salida cuando él se me acercó y me cortó el paso.

—La escritora misteriosa.

Me quedé, de nuevo, petrificada. Incapaz de moverme o hablar, fascinada por aquel hombre alto y guapo, inteligente y sereno, apenas esbocé un mal intento de sonrisa.

—Veo que no se va a quedar al coctel. Yo tampoco. ¿Nos vamos juntos al estacionamiento?

—No...

—¿No? Es tarde, no es tan recomendable que vaya sola...

—No, quiero decir, es que no vengo en auto. Voy a tomar el autobús.

—Faltaba más. Venga.

Ese "venga" fue, finalmente, la cábala que dio pie a nuestra historia. Me tomó del brazo y me llevó hasta su auto, un Volkswagen escarabajo muy a tono con su personalidad sencilla y despreocupada. Se ofreció a llevarme a casa. En el camino me sacó a cucharadas mi nombre, a lo que me dedicaba, y tuvo a bien contarme lo que él hacía, dónde vivía, me habló de su madre, de sus mascotas, del pueblo donde vivía su familia y donde ansiaba vivir cuando por fin se retirara.

Me invitó a tomar un café al día siguiente y yo accedí. La tercera cita para tomar café la concertamos, por fin, en mi apartamento, que era pequeño y con escasos muebles, pero que tenía una vista envidiable de los atardeceres. Y fue así, viendo el atardecer, que me besó por primera vez.

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No recuerdo una época más feliz en mi vida. Aquel apartamentito se llenó de amor, de luz, de caricias, de olor a café y a pasta recién hecha, de sus libros y sus escritos, de las notas de su guitarra y de las melodías que me cantaba.

Los meses pasaban volando mientras soñábamos juntos con viajes, con aventuras, con proyectos imposibles para mejorar el mundo, con huir de todo y de todos. No había ya un tiempo suyo y uno mío, era nuestro tiempo, nuestras horas, la vida misma fundida en abrazos y besos, en nuestros cuerpos aferrados entre sí, en las pláticas en la madrugada, en las promesas de media noche, en las lágrimas de felicidad y de miedo...

Y entonces pasó. La carta me la mandó una prima lejana que me reclamaba nunca haberme preocupado por mi mamá, que me criticaba por haberme creído siempre superior al resto de la familia, que me echaba en cara los gastos que habían tenido por la hospitalización y, solo después de todo eso, me informaba que mi madre había muerto después de sufrir tres infartos y una dolorosa agonía.

No pude salir de casa ese día. Me quedé sentada junto a la ventana esperando a que Felipe llegara para contarle todo, para soltar el caudal de lágrimas que me estaban ahogando, para abandonarme al dolor y gritar todas las angustias pasadas, presentes y futuras, porque solo me sentía capaz de hacerlo con él.

Pasaron las horas, se convirtieron los días, y la espera pasó a ser angustia. Lo busqué en su trabajo, con sus amigos, traté de contactar a su familia, pero nadie sabía sobre él. Cuando fui a denunciar su desaparición, la agente policial que me atendió me dijo con aburrimiento que de seguro cuando se le pasara el enojo volvería conmigo. De muy mala gana accedió a tomarme el reporte. La investigación, si es que se dio, nunca tuvo resultados, porque mi Felipe seguía sin aparecer.

Me volví visitante asidua de hospitales y morgues, repartía fotos en noticieros y periódicos, hice volantes y los repartía en los parques. Las fuerzas me flaquearon y un día, varios meses después de la desaparición de Felipe, me tomé un frasco entero de pastillas para dormir.

Desperté en el hospital, amarrada a la camilla. "Esta vez te vas a quedar, hasta mucho te habías tardado", me dijo el enfermero. Efectivamente, habían pasado ya tres años desde mi último intento de suicidio. Esta vez, sin nadie que llegara a responder por mí, habían ordenado mi internamiento en la Unidad Siquiátrica.

Los compañeros de la revista llegaron a visitarme un par de veces. La última vez me comunicaron "con mucha pena" que el editor había decidido rescindir mi contrato porque sería muy penoso que se enterara que escribía yo desde mis "circunstancias". Esa fue la última vez que los vi.

Me enfoqué en tratar de recuperarme, en convencer a los médicos que estaba bien y que podía salir. Hice todo lo que me pidieron, mentía durante las terapias y aprovechaba las catarsis grupales para invitar a los demás internos a seguir las indicaciones de nuestros médicos para lograr el avance que yo había conseguido. Mantenía una falsa sonrisa día y noche, y esperaba con ansias la reunión del comité que decidiría si me daban el alta.

El comité jamás llegó a discutir mi caso. Una semana antes de ello me encontraba leyendo algunos periódicos viejos y revistas de meses anteriores que una de las enfermeras me conseguía. En una de ellas, editada en España, vi a mi Felipe recibiendo un premio internacional de poesía, de la mano de una elegante dama que, según el pie de aquella fotografía, era su esposa, y tenía nombre de reina: Victoria de los Ángeles Ancalmo.

No recuerdo los detalles de mi crisis. Sí recuerdo el dolor, la dificultad para respirar y haber escuchado gritos. Pero no recuerdo haber corrido a la ventana, no recuerdo haber roto los vidrios con la cabeza y tampoco recuerdo haber golpeado a enfermeros que luchaban conmigo para evitar que saltara.

No pude guardar la revista. Acá nadie me cree que Felipe existió. Nadie recuerda a un poeta con ese nombre. Menos creen que un hombre de esas características haya podido alguna vez amar a una depresiva suicida violenta y peligrosa. Y aún más increíble es que ese hombre se me haya perdido para aparecer luego casado en España... Los médicos creen que es todo parte de mi neurosis, y que he llegado a estar tan mal que alucino e invento realidades alternas.

Hay días en los que se me van las fuerzas para llorar. Debe ser el medicamento. Hay medicamentos diseñados a obligarte a no estar triste. Creo que ahora estoy más allá de todo eso. Ahora, cuando ya solo me queda el silencio, tomé valor para escribir estas líneas. Quiero que se sepa que Felipe sí existió, que fue mío, que yo fui suya, que cuando estuvimos juntos el tiempo era nuestro, la vida misma, que en sus ojos hallaba paz y que sus brazos, su pecho y su barbilla sobre mi cabeza se habrían convertido en mi salvación en medio de la más severa de las depresiones.

20150729

El amante habló primero



"No more I love you's" es una de esas canciones que todos hemos escuchado, pero cuya historia quizá no todos conocemos. La encargada de hacerla famosa fue Annie Lennox, que, sin embargo, no es la intérprete original de la misma.

En realidad es una canción que tocaba y cantaba el grupo de los 80 "The lover speaks", que solía abrir los conciertos para Lennox. Annie cuenta que solía pararse a un lado del escenario a escucharlos, y que le dolía mucho ver que no despegaban. Finalmente decidió hacer un cover de esta bella pieza y es así como todos la recordamos cantando sobre deseo y desesperación y de cómo el lenguaje la iba dejando,  ataviada en un corsé.

Las Non-Girly Blue nos inspiraremos en la versión original de la canción y veremos qué historias resultan. Les invitamos a escucharla y contarnos qué les parece, así como a leer los relatos que publicaremos durante las próximas dos semanas.





20150727

Soliloquio

Es oficial, te quiero de todas las formas posibles y por todos los medios.
Lo pienso y analizo todas las noches y los días, en todos los momentos que, en medio de esta vida a la que no pertenezco, me queda tiempo para pensarlo.

Y eso. Eso.

Quería destrabarte, desprenderte, desquererte, vos lo sabés; pero de alguna manera no pude, ni podré, supongo, mientras estés, para quererte de todas las formas posibles.

Y ya. Ya no me duele.

Lo he aceptado: te quiero y no, no puedo quererte.
Ah, sí, querido, las contradicciones de la vida, mi cariño no pasa de ser contemplativo, mientras tu sonrisa apachurra tus ojos y te convertís en el ser más adorable del planeta.

Contemplarte.
Eso es lo que voy a hacer, lo sé.
Pero no como se mira el objeto inalcanzable.
No y no.
Ya te alcancé una vez y fue maravilloso.
Lo sabés.
Haberte querido con uñas y lengua, con piernas y piel, con todas las canciones que con vos tuvieron sentido.

Así.

Haberte querido así también.
Como cuando llovía afuera y no podías abrir la botella de vino.
O como cuando llenábamos el lavamanos de hielo a falta de heladera.
O como cuando me despintaba los labios para no pintarte.
O como cuando te leía largas cartas que nunca te iba a enviar.
O como cuando te cantaba en la cama y te cantaba y te cantaba.
Y vos me mirabas serio o muerto de la risa y eso nos llevaba de una cosa a la otra.

Y así.

Te quiero también cuando te duele la cabeza y no puedo hacer nada para evitarlo.
Cuando no encontrás la canción que querías.
Cuando te quedás mirando el cielo falso por la noche esperando a que el día se acabe o al menos la película que no te interesa ver o al menos el mundo.
Y cada vez que te quiero de todas las formas posibles, solo quiero que te levantés de esa cama y vivás la vida a la que estás destinado.
Sí, no puedo evitarlo.
A veces te siento un poco morir dentro de vos mismo y eso no me parece.
No deberías estar allí acostado, ni sentado, ni parado.
No deberías estar ni siquiera aquí.
Ni siquiera leyendo esto.
Deberías estar corriendo.
Lejos de aquí en donde ni siquiera el sol brilla en todo su esplendor.
En donde la gente es simple con toda la simpleza que le fue conferida.
Deberías despertarte ya.
No dejés que el azul se nuble de gris o cualquier otra metáfora cursi con los colores.

Igual, yo voy a seguir mirando el cielo falso por vos.
O esperar a que el día se acabe.
O al menos el mundo.


"Wake Up" - Mad Season


al desconocido que por hoy me inspiró "sonetos" octosílabos.


I. 
por rendijas ondulantes 
entras radiante, triunfal; 
trayendo como acompañante 
los rayos de un sol estival. 

vagas por la habitación 
maullando con voces de estrellas, 
cargando en excelsa emoción, 
tus pasos, tu esencia, tus huellas; 

y saltas en donde tu dueña 
oculta durmiendo sus penas 
mientras imaginas que sueña 
memorias e intrigas ajenas. 

     y antes que algo le ocurra, 
     con tus ronroneos susurras: 


          II. 
          ¡despierta! ha llegado el momento
          y tira ese oscuro disfraz, 
          desecha todo ese lamento, 
          regresa de nuevo a la paz.

          el sol ha indicado el camino 
          marchando sin trastabillar
          trazando un nuevo destino
          de luz y de amor por brillar. 

           ¡despierta y sal por la puerta!
          deja esos fantasmas detrás,
          camina y mantente alerta 
          pues hoy ya no hay marcha hacia atrás. 

               recuerda, es valiente la espera
               por quien tu amor arderá. 

 -- 
NGB.DA20150727

Outgrown mink coat

Just because I can't wear my hair pink anymore


That piercing she had on the tip of her lip would be rusty by now,
withered and weary it faded out of her lips
but comes back, in a flash, all at once;
I blink and I see her hinting it’s from when she was 15,
because we’ve all been teens, her lips say.

And don’t do that to me, she’d say,
just because she couldn’t wear her hair pink anymore
just because she gave in to acting,
a smile with gritted teeth hiding what we believed in.

I wore us so willingly, so comfortable
without a knife in my back pocket, such a mink coat feeling,
she loved me and they loved us perfect pair of artists,
wouldn’t you say we had it all?

It’s a choice and we can’t afford them anyway,
and it’s not the only thing we ceased sharing,
except I hoarded and tried to keep it all,

biting those piercing-less lips to the sound of
my censored rock n’ roll, because it gives her headaches,
excuses that cannot excuse how much she left me,
it’s as easy as saying goodbye,
because you and I don’t fit here anymore;

the coat's heavy and shabby,
it's only that I keep wearing it.



20150714

"Wake Up" - Mad Season


¿Suicida? ¿Yo? ¡No, para nada! ¿Cómo crees? Me alimento bien, hago deporte, trabajo. Nop. Nadita de suicida. No te preocupes, tú tampoco lo eres, por lo menos no conscientemente.

Quizás fue en Enero o Febrero… o Marzo o Abril… si, quizás fue Abril cuando escuché a Layne Stanley cantar slow suicide is no way to go en la canción “Wake Up” de Mad Season. 
La ironía, pensé, luego de leer sobre el vocalista y la banda, es que me lo diga alguien que murió en severa depresión y problemas de drogadicción.

Mal(ben)dita consciencia.

Ese día dejé de fumar.
Ese día decidí dejar el lento suicido del descuido. No somos más que el resultado exterior de nuestras aventurillas amorosas con ideas y emociones. Y vos, ¿Estás listo para despertar?


--NGB.DA20150714

20150713

Advertencia



Relato inspirado en Self Esteem de The Offspring




No tengo los años que tengo sin haber aprendido un par de cosas en el camino.


Te voy a decir algo que no te va a gustar. Todo en esta vida se reduce a los que te parecen pendejos, a los que no lo son y a los que de verdad son. Todo es sencillo. ¿No te gusta o no se parece a vos? Pendejo. ¿Dijo algo que no tenía que decir? Pendejo. Es cuestión de sobrevivir y hacerte de la vista gorda porque no podés andar por allí mentándole a su progenitora a medio mundo sin esperar a que no te devoren vivo. Este mundo es para los que estén dispuestos a navegar con bandera de pendejos sin serlo, porque solo así pueden ver las dos caras de la moneda.


Tal pareciera que hay un momento en que todos a tu alrededor viven para irritarte: el camión de la basura que no pasó a la hora o no pasó, la señora con su banderita de católica en el vidrio del carro que no hizo caso al semáforo, la cajera del banco con cara de aburrida que se toma su almuerzo justo antes que pasés, el pollo que no se descongeló a tiempo. Comenzás entonces a imaginar cosas y  planeás una muerte lenta y dolorosa para todos esos inútiles que se atraviesan... en tu mente, claro. La cosa aquí no es terminar en la cárcel, sino mantener tu salud mental más o menos entera.


Olvidáte de lo que te dijeron antes: que es mejor ir un paso adelante de los demás. No. Primero mirá a los otros y date cuenta de sus errores, de cuándo caen, quién estorba. Entonces y solo entonces vas a poder dar tu primer paso. Ahorráte tiempo y frustraciones dejando que los otros sí sean pendejos, es mejor mirarlos de lejos.


Sesenta y tres años he tenido que aguantar estar vivo y te voy a decir que todo comenzó a ser más fácil cuando aprendí que es mejor dejar que los demás piensen que sós pendejo. Te enterás de cosas que luego te sirven y nadie te echa la culpa porque no piensan que sós capaz de reaccionar. Es obvio: sós pendejo, entonces no debiste haber sido vos. Aparentar ser pendejo es todo un arte. ¿Ves por dónde voy?

Todos están en casa

Relato inspirado en "Self esteem" de The Offspring

A mi confusión,
a mi prioridad
a mi silencio.



Se detuvo justo unos milímetros antes de introducir la llave en la cerradura de la casa, llegaba noche, como casi siempre, el mundo no lo entendía, no le gustaba la gentes, sus compañeros le parecían fatuos, solo algunos, alguna amiga le merecía cariño fuera de su casa. 

La casa. Esa casa, habitada por personas que ya estaban ahí antes de que ella llegara. Ese espacio llamado hogar. Todo muy romántico, todo muy bien, hasta que la furia que corría en sus venas aparecía, galopaba a ritmo distinto y no soportaba las diferencias entre los demás y ella. 

Aquella noche llegaba cansada, se detuvo justo antes de meter la llave en la cerradura, eso anunciaba su llegada, todos adentro hablaban o generaban su propio ruido: la tele, la otra tele del cuarto, los aparatos de música sonando, el tarareo de alguno con los audífonos puestos, el perro, el gato y todo aquello que generara ruido. 

¿Cómo aguantaba? Siendo muy joven decidió vivir sola, para no enfrentarse al roce social, para tener poca gente al rededor, ¿cómo había llegado hasta ahí? Vivía con cinco adolescentes, un marido refunfuñón, un perro enorme y un gato psicótico y ella... ella y sus demonios, ella y sus alucinaciones, ella y las voces gritándole que salieran corriendo, ella y su conciencia deteniéndola, recordándole que el amor todo lo puede, claro... ella a veces lo ha dudado seriamente. Ahora se detuvo segundos antes de enfrentarse a un hogar, a una casa, a una familia. Nadie tenía su sangre, nadie tenía su mismo carácter, nadie había heredado su enfermedad y eso era lo único que la alegraba. Con ella terminaba una larga lista de gente loca, de gente impaciente, de gente a la que le cuesta concentrarse, a la que le cuesta terminar una tarea, a la que toda la vida pierde las llaves.

"De eso se trata" se dijo para sí misma, al escuchar a todos dentro de la casa, al marido diciéndole a las chicas "¡Arreglen ese cuarto!", a los chicos discutiendo el último gol de Dustin Corea contra Costa Rica, el sonido de los televisores, el sonido, el rumor, el rugido, el ensordecedor momento de meter la llave a la chapa llego, el clic de cada diente entrando en la maquinaria simple que abre una dimensión, llega ella, con su mochila cargada de cansancio, insomnio, libros, camisetas, de dudas, de expectativas, de alegrías, de recetas nuevas por hacer, de enojo con gente que nada tiene que ver con esa región perdida. La casa. La casa. La casa. La casa. "De esto se trata, ellos son mi prioridad".

Giró la llave y recordó la noche en la que, siendo muy joven, llegó de madrugada, intentando no ser escuchada y el silencio la encontró en la sala de la casa de sus padres. Sintió miedo. En aquel entonces y ahora siendo una maitra, ese silencio que abarcaba recuerdos y el presente le dijo que era mejor el enorme estruendo de una casa habitada. 

No importa la molestia, un mal día, había llegado a la casa, en esos breves segundo en los que abrió la puerta, encontró alivio. 

"Qué tal le fue" fue la primera frase con la que la saludaron, era Alejandro, el más joven de todos sus no-hijos. Ella sonrió y todo lo anterior lo olvidó y guardó sus llaves en el bolsillo del pantalón. Cerró la puerta.

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Nota de la nongirly autora: Como parte de un honesto y comprometido proceso de muchas cosas, a veces no he logrado escribir y cuando lo hago ha sido un proceso de parto muy grato, pero luego de consultarlo mucho con mi almohada, he decidido retirarme un momento del blog, para dedicarme a un proyecto personal. Agradezco la lectura de cada uno de nuestros visitantes, el cariño y empeño de mis compañeras. Espero regresar cuando este proyecto personal esté encaminado y pueda contarles con lujo de detalles muchas cosas que pasarán en el trayecto. Espero que, con mis relatos, haya sacado algunas alegrías o exorcizado alguna pena. Gracias por disfrutar conmigo tanta música y tanta locura. 

La mala memoria que no tengo


Relato inspirado en "Self esteem" de Offspring
Por: Ivonne Veciana

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Lo bueno y lo malo de la memoria, es que no aprendió a mentir.

Podemos intentar reprogramar un recuerdo,
Sumar o restarle a una situación,
Adelantar lo que queremos o fingir que nunca pasó.

Convencernos de algo invisible y jurar por lo más sagrado que fuimos testigo, o bien ponernos de rodillas y e implorar al olvido que nos abrace hasta no recordar.
Acomodar momentos en otro tiempo, suponer que todo lo que pasó fue por una buena razón y hasta aducir demencia cuando ya no podemos más.

Pero lo bueno y lo malo de la memoria, es que es nuestra mejor editora:
Nos recuerda datos exactos, nos presume claridad y no le importa si no la podemos aceptar, le informa a la conciencia que estamos haciendo trampa y ahí es cuando saca del basurero esa hoja que arrancamos y tiramos para no volver a leer.

La memoria es eso: la mejor escritora feroz, con dientes de perra, anotaciones de jueza y alma triste.

La que guarda todo por obligación, aunque también se muera por olvidar.

"Self Esteem" - The Offspring



          Es delgada la línea que separa el amor del odio. Me recuerda a ese juego de infancia donde una línea imaginaria separaba el “mar” de la “tierra”. No es cuestión de cercanías, es cuestión de rapidez: de qué tan ágil seas para saltar de un estado a otro. Dependerá de tu naturaleza acuática o terrícola el quedarte del lado al que perteneces. Lo bueno de ser ave es que no necesitamos de ese tipo de juegos.

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NGB.DA20150723 

20150701

The Offspring y su forma de calmarme

Lo confieso, estoy enojada.

Desde hace dos días todo me molesta, me enerva la impuntualidad, me descuadra que me dejen plantada, me llena de indignación que me dejen hablando sola. Los seres humanos en general me decepcionan, por ello, hace mucho tiempo empecé a vivir sin expectativas, para que no me las pisoteen. Pero he fallado, a veces confío, me acerco y me encariño. A veces, en algunos casos, es un error.

Luego viene la barbarie no solo personal, sino también las malas noticias, niñas de 6 años violadas, asesinatos de gente que va a trabajar, el desbordamiento de la violencia, la escasez, la mala repartición de las riquezas, la memoria histórica olvidada y la amnesia colectiva y selectiva.

Como cereza del pastel, anoche olvidé mis llaves en la oficina y no podía entrar a mi casa, pensé mucho camino a casa de la única persona que me soporta cuando mi demonio interior aparece, le acaricia el lomo a la bestia en la que cabalgo y me dice cosas como... "no vale la pena".

No soy mejor persona que otros, de hecho siempre me he considerado un poco odiosa, un poco altiva y de remate alguien me dio la paja de que soy inteligente, a veces lo dudo. En tiempos como estos, cuando los calendarios no cuadran, cuando el tiempo no me alcanza, cuando estoy pasando por grandes cambios, cuando llego a un hogar nuevo, cuando me da miedo dañar a otros con mis propios daños me da por enconcharme, me alejo, prefiero la soledad. Al regresar a mi casa, con las llaves de repuesto en la mano, lloré. He muerto un poco.

Había elegido otra canción para esta quincena, pero me decanté por esta, "Self esteem" es un gran recuerdo de que puedo detener a los que me enervan, de que puedo controlarme y no matar con la mirada a los demás, de recordarme que la música, sobre todas las cosas, es un bálsamo que nos cubre luego de un mal día.