-- Relato inspirado en "No es serio este cementario" de Mecano --
"¿Con qué be se escribe bello?" - preguntó Gabriel.
"Depende" - contestó Carlos sin levantar la vista del crucigrama que estaba resolviendo, él era así... nunca levantaba la mirada mientras estaba rebanándose las neuronas si resolvía uno de los crucigramas que pasaba arrancando cada mañana a periódico que la señora del comedor compraba para la clientela de la colonia donde vivían los tres hermanos.
"¿Dependen de qué?" - osó en preguntar Gabriel.
Carlos tuvo un instante de silencio, no sabía si contestar lo primero que le pasó por la mente, o si, al contrario, debía poner a funcionar sus filtros y no parecerle tan odioso a su hermano menor.
"De tu ingenio" - dijo con desdén Carlos. Por supuesto Gabriel entendió que no debía seguir preguntando, se arriesgaba a una respuesta mucho más grosera y que dejaba en evidencia su ignorancia en cuestiones ortográficas y de redacción.
"Ya no vino Silvio" - apuntó a otro tema con mucha sabiduría, vio como Carlos levantó la mirada hacia la ventana que daba a la calle, supo que dio en el clavo.
"Tenés razón, ya no vino este maje" - acotó Carlos, inmediatamente frunció la frente, no le gustaba que sus hermanos menores anduvieran muy noche solos en la calle. Desde que su madre se fue vivían en la vieja casa del abuelo, en la zona vieja de la ciudad, rodeados de burdeles, cantinas y vencidas imprentas de antaño.
Silvio era el hermano de enmedio, tenía unas horas de haber salido a buscar algo para comer, por supuesto, Carlos cocinaría, ni Silvio, ni Gabriel estaban preparados para sobrevivir en la vida, no sabían ni hervir agua. A Carlos "le tocó" aprender por necesidad, sino se hubieran muerto de hambre cuando niños. Luego la maña quedó y simplemente siguió la rutina. Más cuando su madre los abandonó.
Pensaba Carlos en el rostro de su madre, al menos cómo lo recordaba, hacía varios años de que se había marchado, era bella para entonces. "Bella, con b" pensó mientras veía a Gabriel que se entretenía en acariciar al gato que los había adoptado. No solo recordaba bella a su madre, la recordaba inteligente, "Brillante, con b" volvió pensar e inmediatamente se preguntó por qué sus hermanos no habían heredado su brillantez, él se sabía algo topado, pero tenía el empecinado objetivo de superar su estupidez natal y parecer un poco listo.
Se oyó la llave entrar a la chapa de la puerta de madera e inmediatamente vieron el rostro redondo de Silvio. "¡Holaaaaa!" dijo mientras entraba con las bolsas del mercado. Las puso en la mesa mientras se iba quitando la camisa, dejando a la vista sus hermosas lonjas grasosas. Carlos lo observaba en silencio, no comprendía muchas cosas de aquellos dos jóvenes que compartieron con él la casa desde niños, se llevaban muchos años entre ellos, pensaba insistentemente que debía irse, ya no podía vivir con ellos, no porque se odiaran o no se soportaran, no... nada de eso, de hecho, vivir con aquellos dos era fácil. Tanto, por una sola razón, solo él se preocupaba de toda la logística de un hogar... la limpieza, la ropa, el gato, la comida, los recibos, todo... con suerte (como aquel día) ayudaban a hacer algún mandado, previamente escrito con cada detalle para no agarrar cólera porque olvidaban algo. Aún así, los amaba, aún así deseaba irse lejos y pronto. Se pensó la peor persona sobre la faz de la tierra.
"¿Por qué no me voy? con v..." pensó mientras veía a aquel par y sacaba las verduras que acababa de llevar Silvio.
"¡Puta! No trajiste el apio, Silvio..." dijo con vos molesta Carlos.
"Eeehh... se me olvidó" contestó el otro con una pereza premonitoria de la siesta que iba a darse... "me hablas cuando ya esté la comida" dijo mientras se acomodaba en el sillón de la sala, dispuesto a empezar a roncar inmediatamente.
"Si queres te lo voy a traer", dijo Gabriel, en realidad era su forma de salir de casa, antes que Carlos montara en cólera y empezara a hablar fuerte (porque no, él no gritaba [según su propio concepto]) y evitar escucharlo decir que aquella casa era una desgracia.
"No" dijo a secas Carlos. Se le notaba, ya estaba molesto. No solo era la falta de apio, o vivir en aquella casa en ruinas o la pobreza que los envolvía, o el gato que se le choyaba en las piernas cada vez que podía y él no tenía corazón para decirles a sus hermanos que detestaba al animal. No tenía corazón para decirles que los amaba, pero que deseaba irse lo más lejos y lo más pronto posible... con el gato... No podía. Sería enfrentarlos a un nuevo abandono, primero el padre que se le ocurrió morirse muy joven y luego la madre que de la nada se fue una mañana. No podía irse. Estaba condenado. En eso se escucha que alguien toca a la puerta.
"Andá a ver quién es" le dice Carlos a Gabriel. El otro deja su cuaderno donde está escribiendo un reporte estudiantil y va a la puerta, Carlos se atreve a ver de reojo el cuaderno y medio lee algunas líneas, en un pequeño párrafo ve al menos cinco errores de ortografía, se "amarra" las manos para no corregirlos, piensa que Gabriel debe aprender a corregir sus propios errores, como él hizo.
Gabriel regresa a la cocina, viene pálido, como si algo lo asustara mucho, Carlos con un gesto leve de su cabeza le hace entender que quiere saber qué le pasa.
"En la puerta está un señor, bien parecido a vos, que dice que es papá", dice con voz entrecortada Gabriel, que apenas era un bebé cuando el padre de todos murió. Carlos abre los ojos como suele hacerlo cuando algo le sorprende, suelta el cuchillo que usaba para ralear la carne que cocinaría para la cena y va a ver quién es el gracioso que pretende ser el autor de una puntada.
Al llegar al puerta, lo ve... está ahí, de pie, tal como lo recuerda... su pelo muy negro, su piel morena y su bigote... todo parece igual que la última vez que lo vio con vida. ¿Estaba vivo? ¿Y dónde estuvo todos aquellos años? ¿qué hacía ahí en la entrada? Gabriel iba justo atrás de su hermano, no quería perderse detalle.
"Hola hijo" dijo el hombre. Carlos estaba inmovil viéndolo, más con enojo que con asombro, el hombre lo supo, conocía aquel rostro desde que nació y sabía que habían muchas preguntas en ellos, vio a Gabriel y se sorprendió de verlo tan grande. "Vos has de ser Gabriel" dijo "eras un bebé la última vez que te vi", concluyó.
"¿Qué pasa aquí?" Preguntó Carlos.
"Los anduve buscando desde hace años, pero su mamá no me dio muchas señales de cómo se veían ahora de grandes" dijo... "por eso me tardé un poco".
"¿Qué pasa aquí?" preguntó Silvio, rascándose la cabeza, tratando de desesperezarse, cuando vio a su papá se asustó y se puso justo atrás de Carlos, como acuerpándolo, también quería una explicación.
"Sé que tienen muchas preguntas... pero no se preocupen, tenemos toda la eternidad"
___
La mujer, como cada noche, antes de dormir, elevaba una oración por las almas del purgatorio, donde seguramente estaban sus tres hijos y su marido... solo esperaba que hayan podido estar en la misma región.
"Amén".
Cuando la música se convierte en inspiración
Cuando la música se convierte en inspiración y la inspiración se transforma en historias es cuando nace Non-Girly Blue.
Somos un experimento literario conformado por mujeres amantes de las letras y la música. Cada quince días nos alternamos para recomendar una canción sobre la cual las demás non-girly blues soltamos la imaginación y nos inspiramos para escribir... escribir relatos, historias, cuentos, personajes y a veces hasta poemas. ¿Y por qué no pues?
[Publicaciones y canciones nuevas cada quince días]
20140715
20140714
Cumpleaños en el apartamento
Entre más se extendían las estadías de Rosa María en aquella casa acogedora de las afueras de la Antigua, más crecían los lazos de sus hijas con la casa que tenían en Ciudad de Guatemala. Rosa María aceptó que entre más crecía la ausencia de ella, disminuía su espacio en lo que alguna fue la casa de ella y de Miguel, el padre de sus hijas. Ella casi nunca iba a la ciudad ya, siempre pasaba afuera, en la casa que tenían afuera de Antigua Guatemala, la casa que ahora era de ella. Los muebles habían crecido y ya se habían comido el vacío que dejó la división de bienes: el vacío en el que iban los vinilos de él, el cuadro de Zuñiga que compraron juntos se fue pero se quedó la escultura que compraron en Cuba… y ya el closet no olía al almidón de sus camisas planchadas, y ya su olfato no extrañaba el olor a almidón de camisas planchadas… (Aunque a veces el olor particular de una marca de desodorante la enviaba directamente a los brazos de Miguel, a la remembranza de no ser ni libre, ni aceptada, ni feliz; extraño…)
Ahora, habían crecido las raíces de su felicidad, desde hace mucho. Después de sus altos y bajos, su lucha contra la pasividad, los fracasos sentimentales en el intento de reemplazar la estabilidad que venía con las palabras que definían a su ahora exesposo, después de encontrar en intercambios el recuerdo de sus gustos más profundos y pasiones… ahora ya era feliz con su mente, su cuerpo, el sonido ronco de sus risas, los escotes de los vestidos viejos y pasados de moda, el sabor a alcohol fuerte que le queda después de una noches que se supone ser de cena pero termina siendo de copas. No sabe, ni se imagina, lo que dirán de ella, esa señora de 52 años que aún hoy modela para pintores-amigos-de-ella que pintan figura humana en acrílico. Su piel morena brilla más de lo que brillaba en su juventud, quizás porque sabe qué quiere de su vida, esta vida que no le pertenece a nadie más. Rosa María, divertidísima, como pasa que llega a echar tanto de menos a sus queridos amigos. Es que ella casi nunca va ya a la ciudad.
Pero era el cumpleaños de Rodrigo Antonio, y ya era hora de verse, igual. Ana y Rodrigo, el modelo de pareja al que trataron de llegar Rosa María y Miguel (pero se quedaron en el camino). ¿Será que escogieron bien al quedarse con la opción de no tener hijos? ¿Será que fue el hecho que Ana era divorciada para el momento en el que se conocieron viendo El lago de los Cisnes en el Teatro Nacional de Guatemala, el Centro Miguel Ángel Asturias? Pues aún se acuerda Rosa María, de encontrarse en la cocina ayudando a Ana a preparar el fiambre, anticipando el 1ero de noviembre y la ida al cementerio, comentandole el cambio de opinión que empezaba a habitar en ella… Todo este cuento de que ahora sí, ya, quizás tenga hijos con Miguel, a pesar de todo el discurso que había sostenido antes…
Rosa María mueve la cabeza, la sacude como para evacuar el pasado que estaba acechando a su presente.
Todo es gritos y abrazos. Ya, aquí estamos ya todos, que gusto, feliz cumpleaños. Rodrigo Antonio está cumpliendo 55 años, viste igual que cuando tenía 35, sonríe igual que cuando tenía 21, baila como cuando tenía 19. Un cumpleaños más de reencontrar a todas estas características que ha acumulado, de nuevo en el cuarto del apartamento de él y su novia de 25 años, Ana. Van a ser los cuatro de siempre y además esta vez nos acompañan los sobrinitos de Anna, que hora ya están grande. 28 ya es grande. Beso en el cachete, y adelante. Suena David Bowie en el fondo, como anunciando ese ansiado momento de cantar todos juntos, al unísono, Space Oddity. Pero ese momento no ha llegado: es hora de sentarnos todos alrededor de la mesita de madera. Jaime, el nuevo-amigo de México, cuenta sobre su viaje a Italia. Recién vino de Roma, o algo así; trajo grappa. Por supuesto que Rosa María recuerda el sabor y el efecto de grappa, recuerdos que la alientan a volver a recordar, un trago directo de la botella; la rola, se la pasan a Ana y a Rodrigo, y sus ojos siguen en Jaime; hasta que José Luis toma la palabra y nos cuenta acerca de lo que él aprendió en su último viaje a El Salvador.
***
Para este momento de la noche ya contaron las anécdotas que no fallan, las que los hacen reír con los ademanes y gestos y el detalle de la narrativa de Rosa María. Y ya sabemos todos qué ha pasado en Antigua, y qué tal están las hijas de Rosa María; que lástima que la grande cree que ya encontró el amor de su vida. Los hijos de Jaime, en cambio, hablan de piñatas y regalos y malcrían a los nietos. Jaime, con su barba blanca, creemos que se ha puesto de meta que se compagine el crecimiento de su barba blanca con el de su panza. Hay suficiente humito verde, pero no tanto: ya para estas altura la que más fuma es Anna, y el resto nos hemos calmado. Ya no vamos a volver a tener 23 años y correr desnudos por exceso de substancias en playa del Carmen, pero aún le permitimos algo a nuestros pulmones y nuestro paladar. Y no sabemos si hay eco de nuestro pasado en el presente de los nuevos, de los jóvenes de 28 años presentes en esta mesa. No sabemos, tampoco, si aguantan más que nosotros, porque, ajá, hemos tomado lo mismo.
Ya Rodrigo Antonio tiene seis canciones de estar bailando solo, y a medida crecen las risas, sube el volumen, alzamos las voces, Rosa María va agarrando energías para bailar. Los jóvenes deberían de seguirle la iniciativa, ¿no? Además ya son años de que bailan entre sí; una nueva pareja de baile estaría bien.
Pero ella y Ricardo ya han bailando, solo que no han sido pareja. Y ahora que se han vuelto a ver, que las risas van creciendo y el volumen y el ritmos también, allí se encuentran a bailar también. 28 años, con voz de 28 años que habla y coquetea con la voz de Rosa María. Mano en la cintura, bailan cerca, se cuentan cosas, y ríen. Los cachetes se acercan, también. Es una ocasión especial en donde se juntan dos personas con cotidianidad especial que esa noche sin ataduras se acercan más, y todo dice que pasarán a más…
Llega el momento de cortar con la música, pues el final de ese CD da para el regreso a David Bowie: el cumpleañero quiere y debe de cantar y gritar Space Oddity. Ground Control to Major Tom… Y cantamos todos, las edades, los rostros, los gustos, confundidos y mezclados en la alegría de hacer lo que a nos hace felices a cada uno.
Inspirado en "No es serio este cementerio"
(im)Posibilidad
Dicen que no todo se puede dar ni decir.
Hay experiencias que crean miedos,
miedos que crean frenos,
frenos que se hacen piedra
piedras que nos tropiezan
tropiezos que nos callan.
Pero hoy no callo tanto, aunque no todo se dice: Sigo guardando una posibilidad.
De esas que nacieron flexibles en una camada de rigidez.
Que no se confundan las palabras, si fuera esperanza estaría vestida de humo.
Con la posibilidad me visto de cinismo largo hasta los tobillos.
La guardé por instinto. No pensé volver a usarla y hoy la encontré. Sigue siendo mi talla y no ha perdido brillo.
No te diste cuenta; pero la pusiste al sol. Hoy huele a aire limpio y quiero usarla con sandalias.
Dicen que no todo se da,
pero esa posibilidad insiste.
Más que aquel error. Más que la sensatez y el tiempo
Más que tu necesidad de huir.
Esa posibilidad duerme a tus pies
te mira ir y venir en la madrugada
se fija en los detalles que extraño
te espía bajo la cama
te entiende el silencio
te acompaña
Sabe.
La olvidé por un tiempo; pero no la puedo obviar. No la quiero ignorar
Sigue ahí con la misma tibieza con que la guardé.
No se puede perder lo que ya sabe cómo regresar.
Dicen que no todo se dice,
Amor
Amor
Amor, te digo ya sin culpa y sin miedo.
Como el derecho que tengo a tenernos
Como cada impulso que amarro cuando te veo
Como la implosión que termina en sonrisa
Como esa posibilidad que conoce tu insomnio
Como la libertad con la que te quiero.
Te digo y te doy una posibilidad
Sigue ahí.
Dejemos que nos acomode
Te la voy a regalar
Hay experiencias que crean miedos,
miedos que crean frenos,
frenos que se hacen piedra
piedras que nos tropiezan
tropiezos que nos callan.
Pero hoy no callo tanto, aunque no todo se dice: Sigo guardando una posibilidad.
De esas que nacieron flexibles en una camada de rigidez.
Que no se confundan las palabras, si fuera esperanza estaría vestida de humo.
Con la posibilidad me visto de cinismo largo hasta los tobillos.
La guardé por instinto. No pensé volver a usarla y hoy la encontré. Sigue siendo mi talla y no ha perdido brillo.
No te diste cuenta; pero la pusiste al sol. Hoy huele a aire limpio y quiero usarla con sandalias.
Dicen que no todo se da,
pero esa posibilidad insiste.
Más que aquel error. Más que la sensatez y el tiempo
Más que tu necesidad de huir.
Esa posibilidad duerme a tus pies
te mira ir y venir en la madrugada
se fija en los detalles que extraño
te espía bajo la cama
te entiende el silencio
te acompaña
Sabe.
La olvidé por un tiempo; pero no la puedo obviar. No la quiero ignorar
Sigue ahí con la misma tibieza con que la guardé.
No se puede perder lo que ya sabe cómo regresar.
Dicen que no todo se dice,
Amor
Amor
Amor, te digo ya sin culpa y sin miedo.
Como el derecho que tengo a tenernos
Como cada impulso que amarro cuando te veo
Como la implosión que termina en sonrisa
Como esa posibilidad que conoce tu insomnio
Como la libertad con la que te quiero.
Te digo y te doy una posibilidad
Sigue ahí.
Dejemos que nos acomode
Te la voy a regalar
20140706
"No es serio este cementerio" - Mecano
La lluvia encontraba difícil borrar las huellas que dejaban los pasos pesados de Esteban. Caminaba lento hacia el Oeste dejando nada más que una sombra alargada detrás de él. El pesado azadón se arrastraba en el lodo dejando un surco tan profundo como sus huellas, imposible de borrar. El sol se ocultaba rápidamente entre las colinas que bordeaban la ciudad. Las nubes grises se vestían de negro y los pájaros se arrullaban entre sí en algún rincón de algún árbol mientras un destello eléctrico surcaba el cielo haciendo que la sombra de Esteban se alargara hacia el infinito. Un segundo. Dos segundos. Un estruendo. Luego el murmullo de la lluvia incesante cayendo como una letanía larga y perenne, como una Magdalena legendaria llorando la muerte de todos sus hijos a través de la existencia de la humanidad.
Esteban tropezó en una pequeña maceta de mármol con crisantemos grises que bordeaba el camino. Había llovido tanto que el agua le llegaba hasta los tobillos. “¡Es imposible! Imposible trabajar bajo estas condiciones… sin embargo los muertos, aunque muertos, no deben esperar el santo entierro. No es de Dios hacerlos esperar”, murmuró haciendo la señal de la cruz. Miró hacia el cielo con la esperanza que dejara de llover pero las nubes parecían reunirse como viejas chambrosas, escupiendo aguas torrenciales. No, no dejaría de llover ni en mil años. El sol había desparecido por completo. El océano de lodo se había tragado la sombra de Esteban en una oscuridad de agua salpicante. La silueta de Esteban se había vuelto una con la noche disfrazando el silencio con el sonido de la lluvia. Casi poético. Casi, excepto que estaba solo, solo con él.
A pesar de ser uno de los señores más importantes de la ciudad, no había llegado nadie al funeral, no había ni un alma llorando por él, solo el cielo infinito llorando por todos aquellos difuntos abandonados. Estaba solo con un difunto importante que para él era uno más. Miró en dirección del ataúd y esbozó una sonrisa incrédula. “¡Carajos! ¿Cómo se supone que te entierre?”, sonrió amargamente. "Más fácil es que ambos terminemos sepultados con este diluvio a que te logre hacer reposar por la eternidad”. Reclinó el azadón sobre su rodilla e iluminando con la luz de una linterna que sacó de su bolsillo, buscó la banca más cercana.
“Supongo que poco le importa quién esté a la par suya a estas horas”, exclamó. “Sin embargo, esta lluvia no me va a dejar cumplir con mi trabajo, verá usted, llueve como si fuera el fin del mundo”, reprochó chasqueando la lengua. “Usted debió haber sido alguien con mucho dinero… uno de esos que le tienen mucho amor a las cosas y por eso no quiere irse del todo todavía”, exclamó mientras iluminaba el ataúd tratando de identificar algún detalle que le diera más información sobre su cliente. “Pero mire usted, déjeme decirle que así no funciona. Una cosa le voy a decir, es más fácil que se suelte del todo y que deje que la tierra se lo trague de una vez por todas. Ya va a ver que va a ser más fácil para todos, especialmente para mí porque no vaya a creer que es divertido estar aquí en vigilia bajo esta lluvia junto a un desconocido”. Esperó un buen rato en silencio. La lluvia continuaba cayendo sin señal de menguar. “Supongo que no tiene mucho que decir, sin duda en vida fue uno de esos que hablan sin cesar. ¡Ah! pero no se preocupe, en la muerte todos son así de mudos, tampoco se crea el único”, se carcajeó para sí. “Todos se ponen tan fríos y serios que parecen inteligentes, como si estuvieran pensando lo que van a responder, pero al final no dicen nada… pero ¿sabe qué? no se preocupe, a mi el silencio no me estorba, es más, no puedo creer lo maleducado que he sido, permítame presentarme, mi nombre es Esteban Segovia”, dijo solemnemente quitándose la gorra empapada y poniéndose de pie nuevamente. “Mucho gusto, don… emmm… bueno, poco importa el nombre. En la muerte todos se llaman igual. A falta de nombre, le llamaré Rodolfo. Encantado de conocerle Don Rodolfo. Rodolfo Aguirre. Mañana cuando haya luz podré leer su nombre real desde la lápida, usted por eso no se afane”. Sacó un pequeño frasco de vidrio que guardaba en la bota de hule del pie derecho. “¡Salud! ¡Salud porque todo tiene un fin!”, brindó mientras se empinaba el pequeño frasco. “¿A poco no toma usted?”, dijo incrédulo mientras extendía el brazo en dirección al ataúd. “Bien. Bien que sí, bien que si era un borracho también. Quizás uno de aguas más finas, pero borracho después de todo, porque no es la calidad sino la cantidad lo que hace borracho a los hombres. ¿No cree?”, cerró el pequeño frasco y lo guardó nuevamente entre la bota y su pantorrilla.
Un rayo cruzó el cielo e iluminó el agua a su alrededor. Los pequeños mausoleos de piedra blanca y mármol relucieron como estrellas fugaces. “Mire, está algo peligroso que estemos aquí, ¿no cree?”, exclamó mirando a su alrededor. “Bueno, a usted igual le puede dar que le caiga un rayo, si ya no tiene caso, pero a mí, como que no me va a agradar ser uno de esos electrocutados que aparecen en las noticias… A poco y somos dos los enterrados mañana”, se carcajeó con ironía.
Se levantó de la banca en dirección a uno de los mausoleos buscando refugio de esos rayos que comenzaban a amenazar la tranqulidad de la noche. “No crea que me voy. Es solo que me voy a guardar de esos rayos malignos. Aquí mire, cerquita de usted, con una tal 'Lui-sa-Man-cí-a'”, dijo leyendo la lápida iluminada con la pequeña linterna. “Me pregunto quién habrá sido esta tal Luisa. Oiga, mire aquí dice mil-ocho-cien-tos-setentay-cua-tro a... mil-no-ve-cient-os-se-senta… osea que vivió qué ¿Ochenti qué? Ochent-iseis años?”, dijo contando con los dedos. “¿Cómo puede alguien vivir tanto? ¿Rodolfo? ¿Cuántos años tiene usted?”, dijo iluminando el ataúd. “Mire, aquí hay una fotografía en la pared… Fue bonita esta tal Luisa usted. Si la viera, no lo creería”. Sacó nuevamente el frasco de vidrio. “¡Salud mis amigos Luisa y Rodolfo! Ustedes son los mejores amigos que he encontrado hasta hoy: su silencio habla más que cualquier palabra. ¡Salud! porque aquí vamos dando vuelta juntos, en este cementerio. Aquí vivimos sin pasar de la puerta, eso sí, ¡sin pasar de la puerta! Los muertos... si... los muertos... es aquí donde tienen que estar...”. Y empinándose el resto del líquido en el frasco se recostó sobre la pequeña puerta de hierro forjado del mausoleo de Luisa Mancía mientras cantaba … que los muertos aquí es donde deben estar… los muertos... aquí es dónde nos debemos quedar… mientras la lluvia continuaba llorando a todos aquellos que como Rodolfo, Luisa y Esteban no tienen a nadie quien llore por ellos.
—
NGB.DA20140706
20140630
Todo, frágil
No era la primera vez que le pasaba esto de sentir que todo se perdió. O que, fragilizado por los conflictos que dibujan el final de una relación (relación que no es seria, que tomas en serio, que nunca fue, que siempre será), había que llorar. Quizás aún hay esperanzas. El miedo de que cuando se vayan a ir las lágrimas se va a ir todo. ¿Cómo dejar ir voluntariamente todo lo que nunca antes te había pasado? Como se habían mezclado ciudades con gustos con deseos y con virtudes. Como habían nacido chistes y escalofríos y ganas de más. Fragilizado todo por cómo no tenía que pasar más, no daba para más lo que parece haber sido un vínculo y unos círculos de entendimiento y emociones recíprocas.
El problema era, después, que ya le había pasado antes esto de sentir que todo se perdió. Habían, desde entonces, ya pasado varios suspiros y respiraciones y proyecciones que la sacaban de allí. Dejarte llorar o dejar de llorar, no había diferencia. Prolongar el dolor o ver para adelante, no hay diferencia pues igual no cambian el hecho de que lo hecho hecho está. Y viene el aliado de sobre-pensar las cosas, ese amigo con el que se complementan el exceso de preguntas: el tiempo ayuda a ver las cosas cómo eran y tomarlas por lo que son. Ajá, sí; eso: sea lo que haya sido, fue y será el recuerdo de que en su momento eso hizo sentido. Así como hizo sentido la amistad que llegó a su fecha límite, o esa relación estrecha con la discografía de Madonna, o la obsesión-expertise con Almodóvar. Los primeros años de tus veintes hacen sentido, hasta que ya no. Hacen que agarremos fuerza y criterio y reafirman las ganas y las pasiones, o no. Hacen que nos hagamos preguntas y no sigamos tan ciegamente, tan felizmente, tan incómodamente.
El problema era que se le olvidaba, como amnesia parcial, como borrón de tape de una noche de copas… Es decir, recordamos vívidamente lo que aprendemos. Qué hacer, qué evitar, con nuestros ojos nuevos, cada año más viejos en el amor y el odio, que ven la imagen grande, la realidad como sustituto de la influencia de la pantalla grande. Hay matices, las cosas no son tan simples y tu paladar no es insensible a la incompatibilidad ni a los conflictos que fragilizan ese estado que alcanzás, que no querés perder. Recordamos lo que aprendemos, algo que nos hace olvidar cómo lo aprendemos. Olvidamos que debemos de ir probando, jugando, viviendo, cayéndonos. Así, cayéndose, levantándose para aprender más, con la seguridad de que no pueden durar los amoríos ni con los miedos ni con la comodidad.
("So I thought" - Flyleaf)
#nueserioestecementerio
Luego de un obsesivo debate conmigo misma que ha durado más de dos semanas, finalmente he llegado a elegir una canción para recomendar.
Esta vez buscaba alejarme de las canciones de amor, decepción o melancólicas. Quería que fuera una canción feliz. Por un momento estaba por recomendar una clásica (la Danza Húngara No. 5 de Brahms), luego iba una de Chumbawamba, pasé por Imagine Dragons, American Authors.
Luego se volvió más difícil la búsqueda porque se me ocurrió que debía ser cantada por una mujer. Y por allí pasó Pink, mi ídola Carly Simon, Annie Lenox, Los Aterciopelados, Bebe, Pastora, y así... Pero al final, los temas siempre eran los mismos: amor, desamor, decepciones...
Cuando estaba a punto de tirar la toalla, apareció Mecano en el espectro musical. Les diré que no soy muy fan de su música de los 80's, si hubieran tenido que oír Cruz de Navajas por días y días en la radio me entenderían. Pero, sí diré que tiene muy buenas canciones, mucho más maduras, al final de su carrera como grupo; Ai-Dalai es una hermosura de disco, incomparable. Si no lo han oído completo, se los recomiendo. Tú, El Fallo Positivo, Naturaleza Muerta y El Uno, El Dos y El Tres, son mis favoritas.
En fin, que buscando algo divertido para esta ocasión, llegué a No Es Serio Este Cementerio, de su disco Entre El Cielo y La Tierra de 1986.
No se necesita más presentación para la canción. Espero que nos divirtamos escribiendo.
20140626
"So I Thought" - Flyleaf
Entonces espero. Me siento afuera de cada puerta verde en la calle a esperar, a escuchar las conversaciones de los transeúntes, a ver como la vida se va en palabras y palabras que nadie nunca recuerda porque nacen en la trivialidad. Me siento con las piernas recogidas y las manos dentro de los bolsillos porque el frío comienza a calar.
Y escucho. Escucho con los ojos cerrados imaginando el sonido de tus pasos, esos que nunca he escuchado pero que algún día llegarán como promesas sin fecha.
Como quien tiene la vida por delante, con paciencia de esa que sólo los santos conocen, espero a que la lluvia, el frío o los perros sin dueño me espanten esta maldita gana de esperar. ¿Por qué el espacio, aunque vacío, siempre está lleno de ilusiones? ¿Por qué es juego de niños creer?
Calle tras calle y día tras día la ciudad cada vez se me hace más pequeña: ya no me quedan suficientes calles; ;os perros, transeúntes y vecinos me conocen ya. Me he sentado en cada puerta a esperar y tras cada espera una historia y dos cervezas, cinco cervezas y mil historias más, sin un final real. Todos los hombres somos iguales: buscamos sin encontrar pasos que nunca vienen y siempre van.
—
NGB.DA20140519
20140623
El Museo
El Museo
(Relato inspirado en "So I thought" de Flyleaf)
![]() |
| Se tiene miedo cuando se está en desacuerdo consigo mismo. - Demian, Herman Hesse. |
Tocó a la puerta de vidrio. Estaba impecable y sin embargo, tenía un leve olor a óxido que le revolvió el estómago. La recibió una anciana de pelo blanco, vestida de negro y con una radiante sonrisa.
- Bienvenida, hija. Sabía que vendrías.
- No sé si estoy en el lugar correcto.
- Claro, no todos lo saben. El Museo recibe a todos por igual. ¿Traes algo para mí?
- ¿Es para usted? Me dijeron que si lo dejaba acá, mi memoria sanaría y mis recuerdos verdaderos regresarían. Que podría ser yo misma otra vez.
- Eso no lo puedo garantizar, hija. Eso depende de tí.
- ¿Hay algo que pueda hacer para acelerar el proceso? ¿Papeleo, permisos? No creo que debería ser complicado.
- No. Pero antes debes estar segura de lo que vas a hacer.
- Lo estoy. No tengo dudas.
- Me imagino, hija. Pero es parte de mi deber darte un recorrido antes. Debo asegurarme que sabes lo que estás haciendo. No todos están dispuestos a pagr el precio por limpiar sus recuerdos. La nostalgia es una amiga traicionera, pero una amiga al fin y al cabo. No todos quieren dejarla.
- Haga lo que tenga que hacer. Sé que no cambiaré de opinión.
- Como tú digas, hija.
Pasaron por el salón primero de la exhibición. La primera urna de vidrio tenía un zapato algo, esbelto, hermoso y de charol rojo.
- ¿Y esto qué es? ¿Por qué está aquí?
- Lo dejó una mujer que fue engañada por otra. Dejó esto porque era de esa 'otra'.
- Qué estupidez. Páseme a la siguiente y las que sean, terminemos esto ya.
- Como digas.
La segunda urna tenía una copa rota. Estaba sucia, empañada.
- ¿Y ahora?
- Esta la dejó un joven. Su padre era alcohólico. Esto lo dejó porque fue la que le tiró a la cara el día que decidió no volverle a hablar nunca.
- Bueno, quizás lo merecía. Los borrachos no son dignos de lástima.
- Todos merecemos una lágrima por nosotros, hija.
- No, no lo creo. Vamos a la siguiente.
- Muy bien.
La tercera urna tenía un hacha. Vieja, desgastada, oxidada. Parecía haber sido usada muchísimas veces.
- ¿Qué historia sangrienta tiene ésta? ¿Por qué un hacha?
- No es lo que parece, hija. Esta hacha fue usada por un hombre para cortar leña... de muebles.
- ¿Cómo? ¿Deshizo su sala?
- No. Deshizo todos los regalos de su esposa cuando ella desapareció. Nunca volvió a saber de ella. Dicen que hasta la fecha nadie sabe qué le pasó. El hombre estaba tan dolido que hizo pedazos cada mueble en el que ella se había sentado. Luego sacó todo a una pira en el jardín y le dio fuego.
- ¿Qué? Esto ya no me está gustando. Yo no estoy loca, yo sólo vine a dejar esto y ya.
- No todos reaccionamos igual al abandono y la pérdida. Ese hombre escogió una vía extrema, pero válida.
- Estaba loco. No es para tanto.
- No se sabe nunca, hija.
- Sigamos, ya no quiero estar aquí.
- Sígueme. Ya sólo quedan dos.
La cuarta urna tenía una llave de metal antigua. Era realmente encantadora. Tenía incrustaciones de piedras preciosas, relieves de hojas y parras plateadas con una forma inusual.
- Esto no parece tétrico. Esta llave es hermosa.
- Sí, hija. La dejó una mujer que vivió sola toda su vida.
- ¿Y entonces? ¿Cuál es la historia?
- Quien se la dio nunca quiso estar con ella. La llenaba de regalos, dicen que la adoraba pero no quiso casarse con ella ni darle hijos. Sólo la visitaba y le llevaba pequeños regalos.
- ¿Y cuál es el problema? Nadie está obligado a casarse con nadie.
- El hombre murió después de un año de una enfermedad incurable y contagiosa. No quiso estar con ella para que ella no llorara su pérdida. La llave fue el último regalo que recibió esa mujer y la vino a dejar aquí porque no quería continuar con "esa herida abierta", como dijo.
- No veo el problema. Debería de alegrarse que la quisieran alguna vez.
- Ese fue el problema, hija. Ella no siente que nadie volverá a quererla igual. No quería recordar para poder continuar. Pero la mente es impredecible. Sus recuerdos volvieron y ahora sigue tan sola como antes, sin querer que nadie se le acerque.
- Qué terrible, pero tenía muchos buenos recuerdos de él. No tendría que haberlo olvidado.
- Ahora que lo sabes... ¿Quieres continuar?
- Sí. Ahora más que nunca. Lo mío es diferente.
- Muy bien. Hemos llegado a la última urna. Esta es la tuya.
- Sí, veo que está vacía. El Museo podrá tener esto.
- Dame el paquete y ábrelo, hija.
Sacó un objeto enrollado en papel de seda y lo puso en las manos de la anciana. Era un cuaderno.
- Este es un cuaderno, vengo a dejarlo para siempre. Quiero que mis recuerdos falsos se vayan. Quiero ser quien era, no la que soy ahora. No quiero seguir engañada.
- Entrégame tu historia, hija.
La anciana abrió el cuaderno. Estaba lleno de dibujos de hadas, de príncipes, de castillos y armaduras, de flores y unicornios.
- Estos son mis recuerdos falsos. Cosas que no existen. Quiero que se vayan.
- Parece que fuiste muy feliz, hija. No dejaste una esquina sin ilustrar.
- Pero todo era falso, cosas que no existen. No los quiero. Quiero que queden en el Museo para que otros sepan que no existen, que no cometan el mismo error que yo cometí.
- ¿A quién quieres olvidar?
- A la que era hace diez años. No puedo seguir así.
Sus ojos se humedecieron. Comenzó a sollozar y ahogó un suspiro.
- Hija, veo tus dudas. Es tu última oportunidad. Decide si quieres dejarlo, eres libre de llevártelo si quieres. Una vez lo dejes, tus recuerdos vinculados a este cuaderno se borrarán. Y cambiarás. Piénsalo bien.
El suspiro se convirtió entonces en un lamento. Extendió su mano y lo tomó de regreso. La anciana la tomó en sus brazos y la consoló con un abrazo.
Etiquetas:
Conmemoraciones,
ficciones que son reales.,
flyleaf,
inspiración,
iojiki,
relatos,
relatos Iojiki,
Relatos Non Girly Blue,
So I thought,
te cuento un cuento
20140619
Creo que hemos llegado
Abrió los ojos y no le pareció que estuviera demasiado bien. Vio su mano y recordó que estaba en un hospital al ver el fino tubo que se insertaba en la piel. No podía pensar muy bien. El dolor siempre había sido una dimensión demasiado conocida para ella. Desde siempre.
Intentó respirar profundo, le dolió el pecho cuando el aire entró. Tenía frío, la bata de manta rústica con el logo del ISSS no le daba el calor que necesitaba. Sintió cómo temblaba todo su cuerpo. ¿Cuánto tiempo tenía de estar en aquella cama? No lograba recordar. Lo último que recordaba era que llegó a consultar porque aquella gripe se había salido de proporciones. Luego de muchas horas de espera al fin había entrado en una de las pequeñas habitaciones para que una doctora, pasada en años y libras, le dijera.... "acuéstese"... cuando la vio entrar con dificultad. Luego nada.
La nada es un espacio-tiempo muy raro. Es como flotar a la deriva.
Se acercó un enfermero, moreno, grueso, pelo crespo y negro. La vio con un poco de compasión, pero no le dijo nada, solo le tocó la frente, notó el constante temblor en su cuerpo y cómo se abrazaba a sí misma, se fue y regresó con una frazada gruesa y se la puso encima. "Tome agua" le dijo, mientras le destapaba una botella, "tiene mucha fiebre todavía". Con dificultad pudo arrecostarse y sintió llegar el agua a su boca, era como intentar apagar un incendio con un guacalito de agua. Sin embargo había un dejo de alivio esperanzador al pasar el líquido por su garganta, pudo sentir todo el recorrido hasta que el agua llegó a su estómago. "Alivio" pensó. Cerró los ojos de nuevo, el dolor de cabeza era demasiado intenso.
----
- ¿Vos crees que te vas a morir joven?
- No sé... creo que ya no estoy tan joven
- jejejeje - se ríe recordando que pronto ella cumplirá 40 años.
- Digo... morirme joven hubiera sido antes de los 30. De todos modos eso no me aturde. Uno se muere y ya.
- Creo que nos hemos ido atrasando en algunas cosas.
- ¿Por qué decis?
- Creí, cuando te encontré, que ya tenías hijos, casa y estabas casada.
- mmmm... eso de atrasarse en esas cosas es relativo, además, creí que esas "cosas" no eran una preocupación para nosotras.
- Bueno, a los 15 no, pero ya vas pateando los 40.
- Hemos hecho otras cosas, igual importantes y lindas - le dijo a la chica que era hace 21 años.
- ¿Cómo cuales?
- Hemos viajado, hemos conocido gente y la hemos querido y hemos aprendido a des-quererlas, hemos estudiado y leído mucho.
- Si me lo preguntas ahorita no le veo lo grandioso...
- No te quejes, hemos sido felices - su ella de 15 años la veía un poco incrédula y con un poco de lástima.
- ¿Nos han amado?
- Si
- ¿En serio? y entonces por qué no nos casamos.
- Porque casarse no es imprescindible para amar.
- ¿Nunca quisimos hijos?
- A veces, pero no podía ponerme a parir a lo loco.
- Pero estamos solas ahora... nadie viene a vernos.
- Si vienen, además nos llaman por teléfono.
- Enseña ese bolado, en 1992 no habían de estos - dijo la chica tomando el celular entre sus manos, como si se tratara de un delicado animalito.
- Vamos a tener uno hasta el 2000 - dijo la actual, mientras se acomodaba la almohada.
- ¿Cuánto llevas acá?
- No sé, ni sé qué día es...
- 7 de junio dice aquí - dice la cipota, viendo la fecha en la pantalla del celular.
En aquel momento el celular empieza a vibrar y la "ella" joven se asusta y se lo pasa a la "ella" adulta. Qué gracia le hace a esta ver los ojos asustados de su juventud a algo que se ha hecho tan cotidiando con el paso del tiempo.
- Aló?... Hola... si... mejor, creo... no... creo que vendrán al mediodía,... no, no te preocupes. Vaya... nos vemos.
Ella cuelga.
- ¿Con quién hablaste?
- Era Miguel.
- ¿Quién?
- Mi pareja.
- Ah... tu novio!
- A esta edad una no tiene novios, niña... tiene parejas. Es algo que vas a descubrir en un tiempo.
- Y él como es? ¿estamos enamoradas de él? ¿viven juntos?
- Preguntas mucho niña.
- Ve, chis! es mi vida, quiero saber.
- No creo que sea buena idea darte tantos detalles... es bueno tener cosas con las que te podas sorprender.
- ¡Contame, no seas así!
- Quiero dormir, no me siento bien.
- Y si le pregunto al enfermero cuándo nos van a dar el alta?
- No te va a decir.
- ¿Qué apostamos?
- Nada.
- Me he vuelto algo aburrida...
- Siempre hemos sido aburridas, no te hagas...
----
El enfermero se acercó al ver la mujer murmuraba, supuso que estaría delirando. Era la tercera vez que el doctor le cambiaba el antibiótico porque no parecía que la enfermedad quisiera ceder. Neumonía, decía en el cuadro metálico que contenía un legajo de páginas entre resultados de exámenes, indicaciones y garabatos.
Puso su mano sobre ella y confirmó la fiebre... regresó a la estación de enfermería para tomar un termómetro y poder ver la temperatura exacta.
Ella abrió los ojos cuando sintió la mano gruesa y pesada del enfermero tocarle el brazo para ponerle el termómetro en la axila. No sabía qué le dolía más. Sintió la boca seca y vio la botella de agua que estaba en la mesa al lado de la cama. El enfermero entendió y tomó la botella y se la acercó a los labios. Fue un solo y corto trago de agua.
- Debería tomar más agua - dijo el enfermero.
Ella solo le respondió con una mirada que decía "ahora no". El cerró la botella y la puso de nuevo sobre la mesa. Sacó el termómetro de la axila de ella y vio... 40 grados... sin decir nada se fue y regresó con una compresa húmeda y se la puso sobre la frente. Se quedó unos segundos a su lado y regresó a su estación.
- Creo que se va a morir - dijo el enfermero a una mujer que también estaba de turno con él.
- Todos nos morimos - contestó ella sin levantar la mirada de los papeles que estaba leyendo.
- Lo sé, pero ella pronto.
- Igual, no es que no hayas visto a alguien morirse antes.
- No, claro que he visto.
----
- Karla, despertá - dijo la joven.
- ¿Qué queres? - contestó la Karla adulta sin abrir los ojos.
- Creo que hemos llegado...
20140616
Sin orilla
Era una buena mañana. Encontró el anillo que llevaba mucho tiempo perdido.
Por más de cinco años le llovían recuerdos esporádicos de ese círculo de plata que había perdido y le daban ganas de gritar por ello. Ahogaba su frustración en un par de suspiros, volvía a revisar los mismos lugares de siempre, revolvía sus viejos joyeros y nada... ni rastros del anillo. Olvidaba el asunto por un tiempo, luego aparecía la lluvia de recuerdos y repetía la búsqueda con los mismos resultados.
No era un anillo cualquiera. Aunque la diferencia estuviera en ella.
Le gusta acordarse del círculo perfecto que era, con una planicie leve que le hacía parecer sin orilla. recordaba que él jugaba con el anillo en su dedo meñique porque solo ahí le cabía en esa mano gigantesca y señalando el mar decía: "este anillo me gusta porque no tiene orilla, igual que toda esa agua".
Cuando se lo regaló a ella -a quien sí le cabía en el dedo anular- le dijo que recordara que lo suyo tampoco tenía orilla.
Era muy común verla con el anillo fuera de su dedo y dándole vuelta entre las manos para sentir su delgadez. Era plata 925 y de color bastante opaco por el uso, con una pequeña imperfección en su interior gracias a un golpe. Lo giraba hacia un lado, hacia el otro, lo hacía girar sobre la mesa, lo probaba en otros dedos solo para sentir el placer de terminar en el anular de siempre. Donde él lo dejó.
Esa mañana que salió de la ducha y limpiaba el espejo del vapor, abrió el joyero de siempre y ahí estaba. Como si nada. Como si no hubiera pasado el tiempo. Viéndola con su imperfección. Ella le clavó la mirada casi desafiante; pero con una sonrisa de complicidad. Al fin y al cabo, eso habían sido con su dueño: cómplices.
En lugar de tomarlo, lo saludó de lejos, con la toalla medio puesta y las manos en la cintura, como cuando una madre regaña a un hijo; pero sin dejar de reírse por la travesura:
-"¿Dónde has estado?", fue todo lo que se le ocurrió decir pensando en que le gustaría preguntarle lo mismo al antiguo dueño.
Cerró el joyero, se vistió y fue a su trabajo con el anillo girando entre sus manos... en su mente.
Al regresar, subió a buscar si todavía estaba ahí. Si era posible que el anillo desapareciera y regresara a su antojo, perfectamente podía volver a pasar. Abrió la tapa y ahí estaba, esperándola. Se lo puso en el mismo anular y le seguía quedando perfecto.
Esa noche soñó con él. Le pareció extraño ya que no había ocurrido eso en un buen tiempo. Durante el día se sentía fatigada y con un peso exagerado sobre sus hombros. Sin ánimo de nada.
Los días siguientes ocurrió lo mismo. Cansancio extremo, sueños recurrentes, pesadez en los párpados, caminar lento y extraños dèjá vu de su vida juntos.
Pensó desde cuándo estaba teniendo de nuevo el mismo insomnio y cuando lograba dormir unos minutos, el mismo sueño que tuvo hace muchos años.
El día que no se ponía el anillo, andaba con presión en el pecho como si algo le faltara. Como si tuviera un mal presentimiento sin que nada pasara. Y aunque se lo quitaba para dormir y ducharse, el peso de los recuerdos era cada vez mayor.
Todo coincidía. Aunque no le contó a nadie ni se atrevía a decirlo en voz alta. Era delirante la idea que un anillo de plata provocara una avalancha de sucesos emocionales y hasta físicos. Una locura.
Pensó en mandarlo de regreso con su antiguo dueño -sin dar mayor explicación-; pero le pareció mucho trabajo conseguir con sus antiguas amistades la dirección y el código país para envío de correspondencia, así que la solución inmediata era guardarlo en una caja bajo llave, dentro de la primera gaveta del tocador y hacer de cuenta que nunca más lo encontró.
Por más de cinco años le llovían recuerdos esporádicos de ese círculo de plata que había perdido y le daban ganas de gritar por ello. Ahogaba su frustración en un par de suspiros, volvía a revisar los mismos lugares de siempre, revolvía sus viejos joyeros y nada... ni rastros del anillo. Olvidaba el asunto por un tiempo, luego aparecía la lluvia de recuerdos y repetía la búsqueda con los mismos resultados.
No era un anillo cualquiera. Aunque la diferencia estuviera en ella.
Le gusta acordarse del círculo perfecto que era, con una planicie leve que le hacía parecer sin orilla. recordaba que él jugaba con el anillo en su dedo meñique porque solo ahí le cabía en esa mano gigantesca y señalando el mar decía: "este anillo me gusta porque no tiene orilla, igual que toda esa agua".
Cuando se lo regaló a ella -a quien sí le cabía en el dedo anular- le dijo que recordara que lo suyo tampoco tenía orilla.
Era muy común verla con el anillo fuera de su dedo y dándole vuelta entre las manos para sentir su delgadez. Era plata 925 y de color bastante opaco por el uso, con una pequeña imperfección en su interior gracias a un golpe. Lo giraba hacia un lado, hacia el otro, lo hacía girar sobre la mesa, lo probaba en otros dedos solo para sentir el placer de terminar en el anular de siempre. Donde él lo dejó.
Esa mañana que salió de la ducha y limpiaba el espejo del vapor, abrió el joyero de siempre y ahí estaba. Como si nada. Como si no hubiera pasado el tiempo. Viéndola con su imperfección. Ella le clavó la mirada casi desafiante; pero con una sonrisa de complicidad. Al fin y al cabo, eso habían sido con su dueño: cómplices.
En lugar de tomarlo, lo saludó de lejos, con la toalla medio puesta y las manos en la cintura, como cuando una madre regaña a un hijo; pero sin dejar de reírse por la travesura:
-"¿Dónde has estado?", fue todo lo que se le ocurrió decir pensando en que le gustaría preguntarle lo mismo al antiguo dueño.
Cerró el joyero, se vistió y fue a su trabajo con el anillo girando entre sus manos... en su mente.
Al regresar, subió a buscar si todavía estaba ahí. Si era posible que el anillo desapareciera y regresara a su antojo, perfectamente podía volver a pasar. Abrió la tapa y ahí estaba, esperándola. Se lo puso en el mismo anular y le seguía quedando perfecto.
Esa noche soñó con él. Le pareció extraño ya que no había ocurrido eso en un buen tiempo. Durante el día se sentía fatigada y con un peso exagerado sobre sus hombros. Sin ánimo de nada.
Los días siguientes ocurrió lo mismo. Cansancio extremo, sueños recurrentes, pesadez en los párpados, caminar lento y extraños dèjá vu de su vida juntos.
Pensó desde cuándo estaba teniendo de nuevo el mismo insomnio y cuando lograba dormir unos minutos, el mismo sueño que tuvo hace muchos años.
El día que no se ponía el anillo, andaba con presión en el pecho como si algo le faltara. Como si tuviera un mal presentimiento sin que nada pasara. Y aunque se lo quitaba para dormir y ducharse, el peso de los recuerdos era cada vez mayor.
Todo coincidía. Aunque no le contó a nadie ni se atrevía a decirlo en voz alta. Era delirante la idea que un anillo de plata provocara una avalancha de sucesos emocionales y hasta físicos. Una locura.
Pensó en mandarlo de regreso con su antiguo dueño -sin dar mayor explicación-; pero le pareció mucho trabajo conseguir con sus antiguas amistades la dirección y el código país para envío de correspondencia, así que la solución inmediata era guardarlo en una caja bajo llave, dentro de la primera gaveta del tocador y hacer de cuenta que nunca más lo encontró.
20140612
¿Por qué "So I thought" de Flyleaf?
"... el mundo infantil se resquebraja y se derrumba lentamente, cuando todo lo que amamos nos abandona y, de pronto, sentimos la soledad y la frialdad mortal del universo que nos rodea. Muchos se estrellan para siempre en este escollo y permanecen toda su vida apegados dolorosamente a un pasado irrecuperable, al sueño del paraíso perdido, que es el peor y más nefasto de todos los sueños."
~ Demian, Herman Hesse.
Me costó decidirme. Después de escribir nueve canciones diferentes en papel, escogí tres al azar y el último tenía justo ésta, una canción muy mía.
Esta canción está vinculada a una etapa de mi vida en la que me tocó dejar para siempre muchas ilusiones y enfrentar la adultez. Duele crecer y madurar por las despedidas: me despedí de mi ingenuidad y dejé de ver la vida en color rosa para verla tal como era. Lo que yo pensaba no era lo que de verdad era. Descubrí esta canción de Flyleaf por casualidad y encajó con lo que sentía en ese momento. Cada vez que la oigo, sé que tomé el camino correcto.
20140603
Algunas cosas sí las permitió
Nunca dejó de ser inocente, impalpable, platónico. El permitió que le escaparan algunas cosas de las manos y alguna otra mirada pícara, pero no pasó nada. ¿Qué tenía ella? El reía con ella cuando ella se reía se sí misma, y le contestaba lo que él exponía en su clase, y de repente él tenía ganas de contarle todo sobre lo que él había filmado y creado cuando él estudiaba en el extranjero... pero, ¿porqué? Esta vez no tenía nada que ver con lo físico, con el cuerpecito ni con su rostro, aunque quizás sí con esa sonrisa. Ella era joven, 22 años los separaban, mas no dejaban de existir los puentes y los diálogos, poco a poco. Él era el profesor que seguramente al principio ella detestó por lo abstracto de su cátedra. Cada quien tiene distinta formación de docencia. Con el ciclo, la cátedra se fue y él se ocupó con otros estudiantes, otras carreras, otros cursos, otros proyectos de su carrera. Ya fue afuera del salón y afuera del campus que estaban uno frente al otro fumando un cigarro, ella fumaba Marlboro Rojos y él esa noche tenía ganas de uno; no, no es mucho más alto que ella, no cuando ella anda en tacones. Obviamente, había que hablar de qué pensaban de la película, pero en realidad ambos querían contarse qué pensaban de la gente que piensa que sabe de películas, porque así se iban entretejiendo ideas mundanas a medida crecían las ganas de contarse más. Pero, cada quien se fue a su casa, y no hablaron más; hasta que un mensaje interrumpió la preparación de clases, esas nuevas clases que él tenía que dar un sábado, esas que hacen que el no tome los viernes... Y el mensaje terminó en series de largas conversaciones. Ella, aparentemente, hervía los calamares antes de echarlos a la parrilla con perejil y 3 dientes de ajo, según sus recuerdos de España e Italia. Pero antes, hablaron de estética y cultura y calles y murales y fotografía e ideas, cosas puntuales manchadas tanto por la subjetividad de él como la de ella. Hacía ratos, ya, que no le pasaba, a ninguno de los dos. Una sentada que te deja con suspiros, con preguntas, con deseo, pero hasta allí; una de tantas de las veces que no podían dejar de hablar. Como la vez que le dijo que pasara adelante, y vieron su colección de cassettes y de discos, aquella pared llena de cassettes con la letra de él. Pink Floyd, David Bowie, Velvet Underground, The Clash, The Ramones, Sex Pistols, Pearl Jam, Smashing Pumpkins, Candlebox... Los cassettes tenían la letra de él y los vinilos, portadas y artes de esa época. Esas épocas que no comparten, que los separan, la diferencia de edad en la que habitan mayores diferencias. Ella no sabe de matrimonios fallidos, de la guerra civil, de su hijo, de la autodestrucción de los 90's, de los conflictos entre los planes y las oportunidades, de la disciplina que requiere hacer lo que más te gusta... No sabe que a pesar de alinearse cuando se cuentan cosas y se imaginan otras, ella cede de lo que tiene por delante, empapándose de lo ventaja que él tiene. Un poco más, y ella va a perder todo lo que tiene que aprender, porque él puede manchar ese lienzo en blanco. Hay algo de niña en ella que no desaparece entre las capas de comunicación, y él no puede ser el que venga a cambiarla. El permitió que se le escaparan algunas cosas de las manos, que se acabaran algunas botellas de vino, que compartieran música, que cenaran juntos, que se subiera a su carro, que se creara una complicidad con chistes y se llevara ella muchas historias... pero no permitió más. Lo dejó atrás, se quitó del camino.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




